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Unos acusados encerrados en una jaula de hierro, durante un juicio en un tribunal de El Cairo, en enero de 2018.
Unos acusados encerrados en una jaula de hierro, durante un juicio en un tribunal de El Cairo, en enero de 2018.getty

La bióloga catarí de origen egipcio Ola Al Qaradawi, más conocida por ser hija del influyente teólogo Yusef Al Qaradawi, volvió a pisar el asfalto la víspera del pasado Año Nuevo. Tras más de 1.600 días —o cuatro años y pico— en prisión preventiva y en régimen de aislamiento a la espera de juicio o de que se presentaran siquiera pruebas contra ella, la Fiscalía de Egipto ordenó su excarcelación. Al Qaradawi pudo reunirse de nuevo con parte de su familia y recibir atención médica, según afirmó su entorno en un comunicado.

No corrió la misma suerte el ingeniero informático Alaa Abd El Fattah, un icono de la revolución de 2011 en Egipto y hoy convertido en el preso político de más alto perfil del país tras pasar casi toda la última década entre rejas. El 20 de diciembre, un tribunal egipcio le impuso una nueva pena de cárcel de cinco años, según señaló su familia, por difundir noticias falsas supuestamente.

Los dos casos anteriores figuran entre varias decenas de destacados defensores de derechos humanos, activistas y políticos de la oposición que tras languidecer en prisión preventiva por largos periodos —a veces muy por encima del límite legal— han sido referidos estos meses a tribunales de excepción para ser juzgados o, en contadas ocasiones, excarcelados a la espera de ser investigados. Este movimiento inusual en los juzgados, después de años de parálisis, es interpretado por algunos como un avance positivo y el preludio de una mejora en materia de derechos humanos en Egipto. Otros observadores lo consideran un simple gesto cosmético insuficiente para acabar con la grave crisis de derechos humanos en el país y dirigido a mejorar su imagen en el exterior.

El presidente egipcio, Abdelfatá al Sisi, presentó el pasado septiembre una estrategia de derechos humanos quinquenal que plantea una serie de reformas enfocadas a proteger una noción intencionadamente amplia de derechos humanos en el país. A finales de octubre, Al Sisi anunció el fin del estado de emergencia en casi todo el país, que llevaba en vigor cuatro años y cedía a las fuerzas de seguridad amplios poderes sin apenas revisión judicial.

Grupos de derechos humanos, sin embargo, han señalado que la nueva estrategia nacional no aborda la profundidad de la crisis que sufre el país en materia de derechos humanos. Y aunque recibieron el fin del estado de excepción como un paso en la buena dirección, recordaron que el régimen egipcio ha aprobado estos años enmiendas, decretos y leyes de contenido parecido al de la ley de emergencia, de modo que, levantada esta, casi no existen diferencias significativas, lo que pone en entredicho su compromiso.

Justo antes de poner fin al estado de excepción, las autoridades egipcias remitieron al menos a 48 destacados activistas, opositores y defensores de derechos humanos que habían pasado meses o años en detención preventiva a tribunales de emergencia contra los que no se puede apelar, tal y como ha trascendido a medida que se iniciaban sus juicios y como han denunciado grupos como Human Rights Watch. Entre los remitidos a estos juzgados se encuentran Alaa Abd El Fattah, el excandidato presidencial Abdel Moneim Abu Al Fotouh y el exdiputado Ziad El Elaimy.

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Paralelamente, un puñado de destacados presos políticos, como Al Qaradawi, han sido excarcelados, sumándose a otros seis el pasado julio. Entre ellos figuran el activista egipcio-palestino Ramy Shaath, el investigador sobre derechos de género Patrick George Zaki, la activista por los derechos humanos Sanaa Seif y el activista por los derechos de los coptos y otras minorías Ramy Kamel. Pese a su excarcelación, las causas contra todos —excepto Seif, que ya cumplió su condena— siguen abiertas y no se han retirado los cargos.

El miembro del Consejo Nacional de Derechos Humanos Mohamed Anwar El Sadat, que en los últimos meses se ha erigido como activo mediador con las autoridades para liberar a presos políticos, señala a EL PAÍS que las autoridades egipcias están dispuestas a aliviar la situación de los derechos humanos porque estiman que el país es ahora estable y seguro.

Además, apunta a que varias instituciones del Estado, incluidos la judicatura, la Fiscalía y los ministerios de Justicia e Interior, se están coordinando para abordar los abusos de la detención preventiva, objeto de muchas críticas, y conceder algunos indultos. “Se avecinan más cosas. Pero llevan su tiempo. No se puede cambiar toda la filosofía en un día. Lleva tiempo, sí; pero está pasando y es prometedor”, asegura.

La mayoría de organizaciones de derechos humanos del país, en cambio, se muestran más cautas, y pese a celebrar las excarcelaciones individuales, alertan de que aún hay decenas de miles de presos políticos en Egipto. En esta línea, la Comisión Egipcia de Derechos y Libertades lanzó el pasado abril un registro electrónico con un centenar de destacados detenidos en casos políticos. Hasta la fecha, solo 29 han sido excarcelados. “Siempre hay excepciones a la regla. Y la regla es que la represión continúa”, desliza a EL PAÍS Mohamed Lotfy, director de la organización.

Lotfy señala que otras personas que no son conocidas también han sido excarceladas, pero apunta que, una vez fuera de prisión, suelen seguir en libertad condicional, que debe renovarse ante un juzgado cada 45 días. Y explica que, recientemente, constataron cómo en la ciudad de Alejandría un juez canceló la libertad condicional de 60 personas y ordenó su reingreso a la cárcel en una sola semana, lo que exhibe una falta de directriz clara.

“Los liberados son una gota en el océano”, agrega. “Para ver un cambio real necesitamos una verdadera revisión judicial, exhaustiva y completa, de todos los que están en prisión preventiva para liberar inmediatamente a los acusados en casos políticos”.

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Abdelrahman el Gendy tenía solo 17 años cuando se enfrentó a su fiesta de bienvenida. Llegó a prisión en un furgón policial y fue recibido por dos largas filas de soldados dispuestas una frente a la otra, creando un pasillo de porras, látigos, barras de metal, cinturones y puños apretados que se extendía desde la parte trasera del vehículo hasta la entrada de la cárcel, convertida, de golpe, en algo deseado. Una gran entrada, cuenta el joven, sin alfombra roja, pura liturgia carcelaria, un teatro de crueldad.

Su vida había cambiado para siempre el 6 de octubre de 2013. La víspera de su primer día como estudiante de ingeniería en la Universidad Alemana de El Cairo, El Gendy fue detenido por fotografiar una protesta pacífica con su padre, que le había acompañado precisamente por miedo a las medidas de seguridad. Pese a ser un menor, le acusaron y juzgaron como adulto, y lo condenaron a 15 años en una prisión de máxima seguridad. En total, cumplió más de seis años entre rejas, hasta el 13 de enero de 2020, cuando salió con 24 años.

En una serie de artículos temáticos publicada en el medio egipcio Mada Masr, Anatomía de un encarcelamiento, El Gendy ha relatado durante el año pasado su experiencia en prisión. El joven se sumerge en la vida en una celda egipcia, y con él, los lectores. Evoca el espacio de entre 25 y 50 centímetros de ancho en el que los presos duermen, el código entre reclusos de no mirar a un compañero siendo humillado por los guardias, y la distinción entre un genai, encarcelado por cargos criminales, y un siyasi, en prisión por razones políticas. Y describe el proceso de convertir su celda en una suerte de mundo imaginario: una sábana que cuelga de contenedores de plástico que hace las veces de armario, la manta envolviendo medio bloque de hielo que sirve de nevera, o el envase con agujeros conectado con un tubo de contrabando a un grifo a ras de suelo que funciona de ducha. También cuenta los rituales semanales, enternecedores y desgarradores a partes iguales, de las visitas familiares, las lágrimas de su madre y su servicio postal clandestino. El miedo profundo a ser olvidado, a no salir jamás. Y la vida reducida a un día a la vez.

“Fue un día de mi primer año, cuando estábamos en el camión de transporte, volviendo de nuestra primera visita judicial con las esposas puestas. La escena fue devastadora para mí”, evoca, “y cuando volví a mi celda cogí un bolígrafo y escribí sobre ello”. “Aquello se convirtió en un proceso terapéutico, para curar y afrontar la situación”, apunta.

Los escritos de El Gendy pertenecen a una literatura carcelaria con larga tradición en Egipto. Memorias, recopilaciones de cartas, novelas, relatos etnográficos y poemarios que se adentran en los confines de la prisión política y sus crueles condiciones, y que reflexionan sobre cuestiones como la brutalidad de sus regímenes, sus raíces, o formas de resistencia. Figuras históricas que han nutrido este género incluyen a autoras feministas como Nawal el Saadawi, activistas de izquierdas como Sonallah Ibrahim y a islamistas radicales como Sayed Qutb. Y ahora, bajo el consolidado régimen del mariscal Abdelfatá al Sisi, y con la prisión como elemento nuclear de su aparato represor, esta literatura resurge.

“La literatura carcelaria egipcia ha sido la crónica de diferentes épocas de represión. Pero, en mi opinión, estas obras publicadas por antiguos y actuales detenidos no necesariamente es un retrato de la situación en Egipto, sino más bien un intento de escribir como medio para sobrevivir a un proceso sistemático para quebrarlos”, considera Yasmin Omar, abogada internacional de derechos humanos. “Creo que escribir en la cárcel o sobre la cárcel en Egipto es un acto de resistencia”, asegura.

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La obra que más expectación despertó durante 2021 fue la de Alaa Abd el Fattah, el preso político de más alto perfil en Egipto. Nacido en el seno de una familia de abogados de derechos humanos y de activistas, Abd el Fattah, ingeniero de software, se convirtió en un icono durante la revuelta social de 2011 —que forzó la dimisión de Hosni Mubarak— por su actividad política y como bloguero, algo que en la última década le ha costado pasar casi tres terceras partes del tiempo entre rejas.

En octubre pasado, la editorial británica Fitzcarraldo publicó su libro You have not yet been defeated (Aún no has sido derrotado), una selección, con prólogo de Naomi Klein, de ensayos, publicaciones en redes, entrevistas, entradas de blog y cartas de Abd el Fattah escritas desde 2011, muchas de ellas desde la cárcel. La obra ofrece un testimonio único de la oposición de un intelectual de primer orden en una década de agitación global, y recoge ideas sobre tecnología, historia, política, y reflexiones sobre el significado de la prisión.

Desde junio pasado, el periodista y político egipcio Khaled Dawoud, detenido en septiembre de 2020 y encarcelado durante 19 meses sin juicio, ha publicado otra serie de artículos en el medio egipcio Al Manassa. Esta arranca con su detención cuando iba a visitar a su padre enfermo y ofrece un relato cronológico de su experiencia: su primer encuentro con el fiscal, los duros 11 primeros días entre rejas, la ventana al mundo que ofrecen las visitas, cartas y encuentros con abogados, lo difícil que es matar el tiempo, la llegada del coronavirus, la muerte de su hermana. Y por el camino, reflexiones sobre formas de oposición, la pena carcelaria o sobre pura supervivencia.

También el pasado verano, otro de los presos políticos famosos de Egipto, el poeta Ahmed Duma, que lleva 12 de sus casi 32 años en prisión, publicó el poemario Curly. En su caso lo hizo con una editorial local, pero la obra fue rápidamente retirada y prohibida en el país y su entorno está buscando alguna editorial de fuera que pueda publicarlo.

“El predominio de su actividad política sobre su producto literario, sobre todo desde el estallido de la revolución, no le gusta. Él prefiere definirse como poeta; sin embargo, considera que su actividad revolucionaria es un imperativo en defensa de los oprimidos”, explica Esmail Duma, hermano del escritor. “Su proyecto personal es la escritura y la poesía”, cuenta, “es a lo que él ha querido dedicarse por completo”.

A lo largo de 94 páginas, Duma, que escribe desde la infancia, reúne un conjunto de poemas en egipcio que ha escrito en régimen de aislamiento y que ha sacado de la cárcel en secreto. En ellos, Duma habla de libertad y unidad, de injusticia y compañeros mártires, de prisión y derrota, de esperanza, de Palestina o del sueño de una patria libre.

“En Egipto nos enfrentamos a intentos deliberados de borrar nuestra historia, de lo que ha sucedido desde la revolución [de 2011] hasta ahora: todo esto está siendo reescrito por la narrativa oficial del Estado”, señala El Gendy. “El único método de resistencia que tenemos son estas contranarrativas: proporcionamos una historia alternativa por si se quiere ver lo que realmente está pasando”, añade. “El otro aspecto es que a la gente en la cárcel le aterroriza ser olvidada en el exterior; sientes que ya nadie te recuerda, que eres un fantasma”, anota. “Deberíamos hablar de ellos, no deberíamos olvidarlos nunca”, concluye.

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