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Cuando Vladímir Putin ordenó a sus tropas “desnazificar” toda Ucrania el pasado 24 de febrero, los partidarios más acérrimos de la guerra pensaron que había llegado el momento de su cruzada por la defensa del “mundo ruso”. El mandatario, que denigraba al Gobierno de Volodímir Zelenski tildándolo de “régimen” liderado “por drogadictos y neonazis”, había prometido recuperar Ucrania para su causa. Y un año antes, en un artículo que escribió sobre la hermandad de ambos países, Putin decía que Kiev era “la madre de todas las ciudades rusas” y su pueblo, una nación con 1.000 años de historia. Por ello, unas negociaciones con el enemigo que podrían derivar en un statu quo prácticamente idéntico al de antes de la guerra han provocado conmoción entre los ciudadanos que defienden la invasión y el entorno económico, militar e ideológico del presidente ruso.

Uno de los rostros más visibles del enfado ha sido el del presidente checheno, Ramzán Kadírov, también uno de los protagonistas de la hasta ahora “liberación de Ucrania” en la prensa rusa. “Salam Aleikum [que la paz sea con vosotros], queridos amigos. Leo en distintos canales de Telegram que Ucrania ha ganado, Rusia se marcha y habrá negociaciones”, arrancaba el vídeo que grabó Kadírov por la noche. “Somos luchadores y no estamos de acuerdo ni con estas negociaciones ni con sus acuerdos. Esto es voluntad política de nuestro presidente y así debe ser, pero somos combatientes que combaten y pedimos al Gobierno, al presidente, que nos permita dar fin a lo que él comenzó”, concluía su mensaje.

Horas antes, el jefe del equipo negociador ruso, Vladímir Medinski, bendecía el tono “constructivo” de sus conversaciones con los ucranios, que a cambio de que se garantice su soberanía estarían dispuestos a renunciar a solicitar su ingreso en la OTAN, a negociar el estatus de la región de Donbás ―reconocida independiente por el Kremlin justo antes de su ofensiva―, y a abordar en un periodo de 15 años la situación de Crimea, anexionada por Rusia en 2014. Es decir, una situación muy parecida a la que había antes del ataque, con la salvedad de la franja sur de Ucrania que une la península del mar Negro con Donbás, prácticamente ocupada por Rusia en su ofensiva sobre Mariupol. Como muestra de confianza, el Ministerio de Defensa ruso anunció que iba a “reducir drásticamente las operaciones militares” en las zonas de Kiev y Chernihiv.

Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo con renunciar a la capital ucrania, amenazada desde hace más de un mes por las fuerzas rusas. “Debemos completar lo que comenzamos, no detenernos. Tenemos que llegar hasta Kiev. Si nos situamos alrededor, estoy seguro de que entraremos en Kiev y pondremos las cosas en orden”, dijo también Kadírov este martes en un mitin multitudinario de militares en Grozni. Una vez que conoció el avance de las negociaciones, el líder checheno endureció su tono pese a hablar con una sonrisa cínica. “En Ucrania hay terroristas y extremistas de 52 países. Mientras haya banderistas [colaboradores de los alemanes contra Stalin], nazis o combatientes del shaitán islámico [espíritu maligno], Ucrania no podrá tener una vida normal. O los destruimos o los encarcelamos de por vida”.

Destino histórico

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Aparte de Kadírov, que pasó de luchar junto con su padre contra los rusos en las guerras chechenas a dirigir su propia república y ejército tras dar su apoyo a Putin, en el entorno del Kremlin hay dos camarillas. Una la forman los liberales y oligarcas, más abiertos a Occidente y recelosos de la guerra por las duras sanciones impuestas, y la otra la compone el ala más nacionalista. El sociólogo de ultraderecha Alexánder Dugin es un exponente de este sector. Uno de los referentes ideológicos de Putin, defensor acérrimo de que Rusia es una civilización con un proyecto euroasiático frente al bloque occidental y sus valores, mostró el martes su decepción, igual que hizo en 2015, por no haber avanzado por toda Ucrania en la entonces guerra de Donbás.

“Entiendo la preocupación de todos, pero Kadírov no habla solo en su nombre, ni en nombre de todos los chechenos, ni en nombre de todos los soldados, ni en nombre de nuestro pueblo, sino también en nombre del comandante en jefe supremo [Putin]”, escribió el pensador en su canal de Telegram. “Esto es solo el comienzo de la operación. (…) Debemos hacer acopio de valor. Y adelante, solo adelante”, subrayó.

Menos claro lo tiene el coronel Ígor Girkin Strelkov, antiguo miembro del Servicio Federal de Seguridad (FSB) ruso, el antiguo KGB, que irrumpió en una operación encubierta en Donbás en 2014 para comenzar la guerra. El exministro de Defensa de la República Popular de Donetsk, que aún tiene su público, fue muy crítico en un debate del canal Roi TV. “En el Kremlin hay muchos que proponen rendirse, pero es imposible. Cualquier desescalada será un paso a la capitulación. Como pasó con los protocolos de Minsk, Kiev firmará y no cumplirá nada”, afirmó.

“Las Fuerzas Armadas rusas han sufrido pérdidas serias. No pueden tomar Kiev, no pueden tomar Járkov, no han podido tomar Mariupol durante varias semanas y Europa observa todo esto. ¿Dónde está el tercer mayor ejército del mundo, tras EE UU y China?”, se preguntaba Strelkov tras afirmar que Moscú tiene dos opciones: la movilización masiva de las tropas y las fábricas de armamento o una tregua que, en su opinión, permitirá a Ucrania rearmarse. “Creo que el Kremlin no ha tomado una decisión aún”, afirmó tras puntualizar que debe llamar “a los reservistas, a 200.000 hombres o más, porque movilizar menos y enfrentarlos a un enemigo armado con un arsenal de gran calidad sería un sinsentido”.

Otro de los impulsores de la primera ofensiva de 2014 fue el empresario ultraortodoxo Konstantín Maloféyev, una más de las voces nacionalistas del Kremlin. Su canal Tsargrad TV (Constantinopla, en eslavo antiguo), abría su portal web con el titular “Ruso, no traiciones al ruso”. “Los resultados de las negociaciones de Estambul con los representantes de la junta de Kiev han causado conmoción entre millones de rusos. ¿Es estupidez, una traición o, incluso peor, un error?”, arrancaba el artículo donde trataba de averiguar “si el pueblo ruso está preparado para rendirse”. En cualquier caso, advertía de que “es demasiado pronto para dar por concluida la operación especial en Ucrania”.

Mensajes en la prensa

En la misma línea iban ayer las opiniones de los lectores de medios favorables al Kremlin en las noticias sobre el encuentro de Estambul. Entre los cientos de comentarios del artículo en la versión rusa de Russia Today destacaba la palabra “traición”. “¿Primero hace falta liquidar a los nazis, y luego llegar a un acuerdo con ellos?”, decía un lector. Otro destacaba que esto era firmar un “Minsk 3.0″ para volver a otro problema no resuelto. Y en el portal Roi TV destacaban frases como: “Muchos patriotas están abatidos con estas negociaciones. ¿Cuántas declaraciones de victoria hubo hoy en la propaganda enemiga?”, y: “¿Resulta que Kadírov es más patriota que nuestros generales?”.

A estas críticas se ha sumado también la confusión entre los ciudadanos por una campaña que ha oscilado entre “la desnazificación de Ucrania” y la “operación especial para la protección de las repúblicas de Donetsk y Lugansk”. “¿Para qué fue emprendida entonces?”, se preguntaba un lector. “Esto significa que nuestros soldados han dado la vida en vano”, lamentaba otro.

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Las reuniones entre las delegaciones rusa y ucrania celebradas este martes en Estambul han concluido sin avances inmediatos pero con un cambio de tono hacia un posible acuerdo. El equipo de negociación ucranio del Gobierno de Volodímir Zelenski ha manifestado que Ucrania sellaría su neutralidad y, por tanto, renuncia a entrar en la OTAN, como exige el presidente Vladímir Putin, siempre que Kiev cuente con garantías de seguridad en sus territorios ofrecidas por terceros países (excepto en Crimea y Donbás). Por primera vez, el Gobierno de Kiev ha hablado también de negociar el estado de Crimea —que Moscú se anexionó con un referéndum ilegal en 2014— aunque dentro de 15 años. La mesa de diálogo de Moscú ha allanado también el camino para una reunión entre Zelenski y Putin. Al término de cuatro horas de encuentro que la parte rusa ha considerado “constructivo”, el viceministro de Defensa ruso, Alexander Fomin, ha anunciado que, para avanzar en el diálogo y “aumentar la confianza mutua”, Moscú ha decidido “reducir drásticamente las operaciones militares” en las áreas de Kiev y Chernihiv. Oficiales de Kiev han tomado con escepticismo el anuncio.

La propuesta del equipo de enviados de Ucrania tendrá que ser ahora valorada por los delegados rusos. Los negociadores enviados por Kiev, liderados por David Arajamia, presidente del grupo mayoritario del Parlamento ucraniano, han presentado una propuesta de acuerdo en la que, a cambio de su “neutralidad” militar ―que incluye la renuncia a ingresar en la OTAN, al establecimiento de bases militares extranjeras en su territorio y al desarrollo de armas nucleares―, exige un tratado de garantías. Este tratado, que debería certificarse en los Parlamentos y una cumbre internacional, implicaría la designación de una decena de países garantes, los cinco del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido) más Turquía, Alemania, Canadá, Israel o Polonia, que, en caso de agresión al territorio ucranio tendrían la obligación de enviar armas y material de defensa en una versión adaptada sin tropas del artículo 5 de la carta de la OTAN.

Quedaría fuera de esta protección la península de Crimea y el área del Donbás, que Moscú controla a través de los separatistas prorrusos. Ucrania ha dejado claro que sigue considerando sus fronteras internacionalmente reconocidas, es decir con Donbás y Crimea, y que se compromete a no tratar de recuperar las partes controladas por Rusia por la fuerza.

La reunión se inició a las 9.30, hora local (una hora menos en la España peninsular), con la recepción por parte del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, que instó a ambas delegaciones a estar a la altura de su “misión histórica” y a lograr “una paz justa” para ambas partes. Después de un encuentro de hora y media entre los jefes de delegación ruso y ucranio, los equipos negociadores al completo (entre los que hay representantes gubernamentales, parlamentarios y militares) se reunieron durante cerca de tres horas más, con pausas entre medias. Está previsto que las negociaciones se prolonguen mañana miércoles, según ha informado el Gobierno turco.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, instó antes de las negociaciones a los representantes de Kiev y Moscú a actuar con “responsabilidad” y pactar un alto el fuego. “Con un sentido de responsabilidad estoy seguro de que se pueden alcanzar un alto el fuego permanente”, dijo Erdogan en un discurso dirigido a los delegados de ambas partes en la Oficina Presidencial del Palacio de Dolmabahçe de Estambul, según recoge la agencia Efe. El mandatario expresó asimismo su confianza en que la reunión de hoy y mañana abra el camino para un encuentro a nivel de jefes de Gobierno. “Creemos que no hay perdedores de una paz justa y equitativa. La continuación de la guerra no es del agrado de ninguna de las partes y un alto el fuego inmediato beneficiaría a todos”, subrayó el mandatario turco en su alocución televisada.

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Aludiendo implícitamente a los combates diarios desde que el 24 de febrero las tropas rusas invadieran Ucrania, Erdogan consideró que llegó la hora de que el fuego cese “tan pronto como sea posible”. “Todo el mundo está esperando las buenas noticias de ustedes”, insistió tras recordar los esfuerzos suyos y de su Gobierno para mediar entre las partes con el fin de lograr una solución que ponga fin a los combates.

Hasta ahora, las dos partes se reunieron de forma presencial en tres ocasiones en territorio bielorruso, mientras el día 10 se reunieron sin éxito en Antalya los ministros de Exteriores de Rusia y Ucrania, Serguéi Lavrov y Dmitro Kuleba, respectivamente. Desde entonces las negociaciones se han sucedido prácticamente a diario en formato de videoconferencia a nivel de las dos delegaciones y de grupos de trabajo.

Los puntos más alejados en la negociación entre los dos equipos serían el estatus de Crimea, que Moscú exige ver reconocida como parte de su territorio, y de Donbás, que el Kremlin pretende que alcance la independencia de Ucrania o sea anexionado a Rusia. Con todo, el jefe de la diplomacia ucrania rebajó las expectativas y dijo que, en los puntos mencionados por Erdogan, “no se ha logrado el consenso” con Rusia.

“Garantías de seguridad y neutralidad, estatus no nuclear para nuestro país. Estamos listos para ello”, había dicho Zelenski en una entrevista con varios medios independientes rusos como Meduza o Kommersant emitida este domingo. También aseguró que está dispuesto a un “compromiso” sobre Donbás, la región parcialmente controlada por rebeldes prorrusos desde 2014 y que ahora Moscú ha convertido en objetivo principal de la invasión.

“Entiendo que es imposible forzar a Rusia a liberar el territorio completamente, eso llevaría a la tercera guerra mundial. Por eso digo: es un compromiso. Regresen a [las posiciones] en las que comenzó y nosotros trataremos de resolver el tema de Donbás, el difícil tema de Donbás”, afirmó el líder ucranio: “Quiero terminar esta guerra. No quiero tener cientos de miles de muertos. Así que no me planteo atacar por la fuerza ni en Donbás ni en Crimea. Porque entiendo que muchos miles de los nuestros morirían”.

El cambio de sede de las negociaciones por Turquía, algo que había buscado la parte ucrania dada la implicación cada vez mayor de Bielorrusia en la campaña bélica rusa, se decidió durante el fin de semana tras varias gestiones turcas. Erdogan telefoneó el viernes a Zelenski, y posteriormente certificó que se habían producido “avances” en las posiciones negociadores. El domingo, habló por teléfono con el líder ruso, Vladímir Putin, al que convenció de trasladar las negociaciones a Estambul.

Turquía, pese a ser uno de los miembros más antiguos de la OTAN, es el único país de la Alianza que no ha secundado las sanciones contra Rusia. “No podemos romper los puentes con Moscú, de otra forma, ¿quién hablará con ellos? Nosotros hemos decidido mantener abiertos los canales”, dijo el lunes el portavoz presidencial turco, a la vez que explicó que su país está en permanente contacto con sus socios atlánticos para informarles del avance de la mediación entre Ucrania y Rusia.

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Las delegaciones de Rusia y Ucrania han iniciado este martes en Estambul una nueva ronda de negociaciones presenciales bajo los auspicios del Gobierno turco, tras dos semanas de discusiones por videoconferencia. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha pedido a ambos equipos negociadores “una paz justa” en la que, según ha afirmado, “no debería haber un perdedor”. El objetivo fundamental de este nuevo diálogo entre asesores presidenciales rusos y ucranios es alcanzar un alto el fuego. Sin embargo, aunque ambas partes se han mostrado dispuestas a acercar posturas, un abismo sigue separando las exigencias del país invasor, Rusia, de las demandas que Kiev ha asegurado estar dispuesto a aceptar; especialmente en cuanto a la reclamación de que Ucrania reconozca la soberanía rusa de Crimea —que Moscú invadió y se anexionó ilegalmente en 2014— y la independencia de la región de Donbás. El ministro de Asuntos Exteriores ucranio, Dmytro Kuleba, ha resumido la postura de su país respecto a esta negociación con una frase: “[A cambio de la paz] no estamos dispuestos a intercambiar personas, territorio o soberanía”.

¿Qué exige Rusia para parar la guerra?

Las principales exigencias de Rusia para parar la guerra que inició hace cinco semanas no han variado sustancialmente de las que el presidente Vladímir Putin enumeró justo antes de lanzar la invasión de Ucrania del 24 de febrero, según confirmó el ministro de Exteriores ucranio Kuleba en una entrevista con este diario. Estas demandas rusas son, primero, que Ucrania acepte un estatus de neutralidad, es decir, que renuncie a unirse a la OTAN, y además lo blinde inscribiendo este compromiso en su Constitución, que ahora recoge la meta de sumarse a la Alianza Atlántica. En segundo lugar, que Kiev reconozca como territorio ruso a la península de Crimea, que Moscú se anexionó hace ocho años con un referéndum celebrado en ese territorio bajo presencia militar y no reconocido por la comunidad internacional.

Otra reclamación de Rusia a Ucrania es el reconocimiento de Donetsk y Lugansk, en el área oriental ucrania de Donbás, como estados independientes. Entre las demandas iniciales de Rusia figuraban inicialmente la “desnazificación” de Ucrania —Putin sostiene que el Gobierno y el ejército de ese país están controlados por neonazis y grupos de extrema derecha—, la desmilitarización y la protección de la lengua rusa en la exrepública soviética.

¿Cuáles son las condiciones de Ucrania?

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Las principales condiciones de Ucrania para un posible acuerdo de paz son tres: la primera es la obtención de garantías de seguridad. La segunda es el reconocimiento de su integridad territorial dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas —lo que incluye a Crimea y el Donbás— y la tercera es un alto el fuego y la retirada del Ejército ruso. Kiev exige además la apertura de corredores humanitarios para evacuar a la población de las zonas asediadas por las tropas rusas con un compromiso expreso de Moscú de que no se va a atacar a los civiles que huyen.

¿A qué se refiere Ucrania cuando pide garantías de seguridad?

En su conversación con EL PAÍS, el ministro Kuleba precisó que su Gobierno aspira a “algo similar” al artículo 5 de la OTAN; es decir, un compromiso de los Estados que se hagan garantes de la seguridad de Ucrania de defender el país si alguien lo ataca. Kuleba detalló que esas garantías obligarían a “aquellos países que brindan sus garantías de seguridad a proveer a Ucrania en 24 horas de todas las armas necesarias, adoptar una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU exigiendo parar la agresión e imponer sanciones”. El ministro aseguró que Kiev está “en conversaciones con Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia y Turquía sobre su potencial participación en este modelo”.

¿Cuáles son los principales escollos para las negociaciones?

Las cuestiones en las que las posturas de Moscú y Ucrania siguen siendo más irreconciliables son la cuestión territorial y los aspectos ligados a la soberanía nacional ucrania. En su alocución televisada del domingo, el presidente Zelenski remarcó que quiere la paz pero precisó que ambas cuestiones constituyen líneas rojas para su país: “La soberanía y la integridad territorial de Ucrania están fuera de cualquier duda”. Frente a ello, Rusia insiste en su exigencia de que Ucrania acepte el hecho consumado de su anexión unilateral de Crimea en 2014 y reconozca la soberanía rusa sobre esa parte de su territorio. Moscú reclama también que Kiev renuncie a las regiones de Donetsk y Lugansk, en Donbás, y reconozca a las dos provincias de esa región ucrania como estados independientes. En 2014, poco después del referéndum ilegal en Crimea, los separatistas prorrusos, apoyados por el Kremlin, hicieron una votación en parte de esos territorios para reclamar la independencia. Antes de la invasión, Putin las reconoció como repúblicas, asumiendo además su reclamación de todo el Donbás (área donde está, por ejemplo, Mariupol) aunque solo controlaban en ese momento una tercera parte.

¿En qué se han acercado las posiciones por parte de Ucrania?

Zelenski ha reiterado que su país está dispuesto a discutir sobre un estatus de neutralidad para su país y a renunciar a formar parte de la OTAN, la última vez este domingo, en una entrevista con varios medios de comunicación independientes rusos. Sin embargo, el presidente ucranio condiciona esta discusión a una retirada de las tropas rusas y a que esta cuestión se someta a referéndum, ya que se requeriría un cambio constitucional. Como ha hecho durante todo su periodo de Gobierno, Zelenski insistió en su entrevista con los medios rusos —vetada para su emisión en Rusia— que Kiev no tiene planes de recuperar por la fuerza todo el territorio de Donetsk y Lugansk. El presidente ucranio aludió a un “compromiso” sobre el Donbás y dejó entrever que aceptaría una vuelta al statu quo previo a la invasión; es decir, una retirada de las fuerzas rusas a la línea de demarcación que, antes del 24 de febrero, separaba la zona de Donbás bajo control de Moscú, a través de los separatistas prorrusos, del área dominada por el Ejército ucranio.

¿Y por parte de Rusia?

El ministro de Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, aseguró el lunes que veía “posible” un acuerdo entre Rusia y Ucrania. Moscú podría haber renunciado a algunas de sus exigencias iniciales a Ucrania, sobre todo en tres aspectos: la desmilitarización del país, la protección legal del ruso —cerca del 30% de ucranios tienen ese idioma como lengua materna— y lo que Putin definía como “desnazificación”, de acuerdo con Financial Times, que asegura haber accedido al borrador del alto el fuego sobre el que trabajan las delegaciones rusa y ucrania en Estambul. Rusia podría estar dispuesta a aceptar también que Ucrania ingrese en la Unión Europea, siempre según el documento citado por ese periódico.

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El estruendo de las bombas y los ataques en diferentes regiones de Ucrania sigue silenciando posibles avances en las conversaciones diplomáticas para llegar a un acuerdo que ponga fin a la guerra tras 19 días de invasión rusa. Un proyectil lanzado sobre un edificio residencial de ocho plantas en Obolon, un barrio al norte de Kiev, dejó este lunes al menos un muerto. Otro ataque cerca de la fábrica aeronáutica Antonov dejó otra víctima mortal. Es, de nuevo, una señal clara de que, aunque no haya conseguido todavía su objetivo de someter a la capital ni siquiera acercar sus soldados al centro urbano, el presidente ruso, Vladímir Putin, no se olvida de la principal urbe del país, que aparece cada vez más rodeada.

Aproximadamente la mitad de sus tres millones de habitantes han salido ya buscando un lugar más seguro, aunque allí aguanta sin mostrar intención de irse y con constantes apariciones en redes sociales el presidente Volodímir Zelenski. Varios de sus representantes volvieron este lunes a mantener contactos de manera telemática con el Kremlin, pero, de momento, no hay más anuncio que el de seguir tratando de avanzar este martes. El propio mandatario, que apuesta por verse cara a cara con Putin, reconoció en un vídeo que las negociaciones están siendo “difíciles”.

Mientras, en el este de Ucrania, donde la guerra no ha cesado desde 2014, los separatistas prorrusos apoyados por Moscú y enfrentados a Kiev han denunciado el lunes un bombardeo en la ciudad de Donetsk del que acusan a Ucrania y que dejó, al menos, 16 muertos. Kiev ha negado su responsabilidad. El acoso sigue en ciudades ya muy castigadas en estas casi tres semanas de guerra como Járkov, la segunda el país, en el noreste, o la portuaria Mariupol, a orillas del mar de Azov. El alcalde de Járkov, Igor Terejov, denunció un bombardeo incesante de la localidad. Al menos dos personas murieron en un ataque con misiles a un edificio residencial de la urbe, en el este de Ucrania. Los servicios de emergencia y rescatistas buscaron durante horas bajo los escombros para intentar localizar a los vecinos desaparecidos. El edificio, cercano al centro histórico, fue alcanzado por la mañana, lo que produjo un “incendio masivo” debido a los daños en las tuberías que suministran gas al inmueble, según información de los servicios de emergencia citada por la agencia Reuters. Járkov, una ciudad estratégica a escasos kilómetros de la frontera rusa, ha sufrido bombardeos desde el comienzo de la invasión rusa.

Unos bomberos tratan de apagar un incendio en un edificio golpeado por un proyectil ruso, este lunes en Járkov.
Unos bomberos tratan de apagar un incendio en un edificio golpeado por un proyectil ruso, este lunes en Járkov.Pavel Dorogoy (AP)

También en el oeste, zona por la que cientos de miles de personas han escapado del conflicto, sobre todo a través de la frontera con Polonia, los ataques se suceden en los últimos días. En los alrededores de Lviv se podía escuchar el paso de varios aviones y ver el trazo en el cielo de un misil. Hasta el momento, según cifras de la ONU, han salido del país 2,8 millones de habitantes. Otros dos millones son desplazados internos.

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Además, nueve personas han muerto y otras nueve han resultado heridas como consecuencia de un bombardeo de una torre de televisión en la ciudad de Antopil, al oeste de Kiev. El gobernador de la provincia de Rivne, Vitali Koval, ha indicado este lunes que aún hay personas bajo los escombros, por lo que el balance de muertos y heridos podría aumentar, según recoge el portal de noticias ucranio Babel.

“Tenemos que mantenernos firmes y luchar para ganar, para lograr una paz que los ucranios merecen, una paz honesta con garantías de seguridad para nuestro Estado, para nuestro pueblo. Y ponerlo por escrito durante las difíciles negociaciones”, señaló el presidente Zelenski este lunes en una grabación. Según señaló el negociador ucranio Mijailo Podoliak en Twitter, las autoridades de Kiev acudieron a la cita de esta cuarta ronda negociadora con la intención de lograr un alto el fuego, la retirada inmediata de las tropas rusas de su territorio y garantías de seguridad. Todo ello parece muy lejano según se están desarrollando los acontecimientos en el frente de batalla. “Se ha hecho una pausa técnica en las negociaciones hasta el martes” para que los grupos de trabajo puedan “aclarar definiciones”, añadió Podoliak.

“Las partes están expresando activamente sus posiciones, que ya han sido aclaradas, la comunicación es difícil, pero continúa”, explicó Podoliak, para quien “la razón de las discordancias” obedece a los sistemas políticos “muy diferentes” que tienen ambos países. “Ucrania es un país que mantiene el diálogo libre en la sociedad y un consenso obligatorio. Rusia practica, en definitiva, la supresión de su propia sociedad”, agregó. Pese a ello, negociadores de ambas partes detectaron algún pequeño avance. “Los rusos no están haciendo más ultimatums y escuchan nuestras propuestas”, dijo Podoliak. Por su parte, Leonid Slutsky, presidente del Comité de Asuntos Internacionales de la Duma [Cámara baja del Parlamento ruso], destacó un “progreso sustancial” en la marcha de las negociaciones.

El esfuerzo diplomático tuvo este lunes un segundo escenario en Roma, donde se han reunido enviados de Estados Unidos y China tras conocerse que Rusia solicitó ayuda económica y de material militar al gigante asiático poco después de iniciar la invasión de Ucrania. Desde China, el Ministerio de Exteriores ha calificado este lunes esta noticia de “desinformación”. El Kremlin también niega la petición de ayuda.

Zelenski señaló la noche del domingo que sus representantes estaban negociando un posible encuentro con Putin. “Nuestra misión es clara: hacer todo lo que sea posible para asegurar una reunión entre los dos presidentes”, dijo en un vídeo. Y destacó que una de las exigencias de Ucrania es la apertura de corredores humanitarios para las ciudades sitiadas. En total, unas 150.000 personas han sido evacuadas, según los datos ofrecidos este lunes por el alto funcionario de la presidencia de Ucrania Kirilo Timoshenko. Pese al elevado número de evacuaciones, Zelenski lamentó que todavía queda mucha gente atrapada en enclaves como Mariupol, en el sureste del país.

La alcaldía de esta ciudad señaló que unos 160 coches con civiles pudieron salir este lunes de la localidad. La información fue confirmada por la vice primera ministra de Ucrania, Irina Vereshchuk, quien también criticó que Rusia continúa bloqueando la entrada de ayuda humanitaria. Uno de los residentes de Mariupol que logró escapar del asedio y comunicarse con sus allegados en otro municipio del país explicó que el corredor humanitario estuvo abierto hasta las 17.00, hora local (16.00 horas en la España peninsular), pero que la mayor parte de la población de Mariupol no fue informada de la posibilidad de abandonar la ciudad. De acuerdo con esta fuente, las fuerzas del Kremlin impidieron que la población saliera de la localidad en autobuses y solo permitieron el uso de coches particulares, informa Margaryta Yakovenko.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó este lunes un total de 31 ataques contra centros sanitarios desde el inicio de la invasión en Ucrania, en los que 12 personas murieron y otras 34 resultaron heridas. Una de las víctimas es la mujer embarazada que sobrevivió al ataque ruso contra el hospital materno infantil de Mariupol y cuya imagen dio la vuelta al mundo, tumbada en una camilla y sujetando su tripa. Tanto ella como su bebé murieron finalmente. Los bombardeos contra civiles, y muy especialmente contra hospitales, apuntan a la comisión de crímenes de guerra por parte de Moscú. Según la Fiscalía de Ucrania, al menos 90 niños han fallecido desde el inicio de la agresión.

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El duodécimo día de invasión rusa a Ucrania amplió el listado de daños materiales y humanos, con nuevos bombardeos este lunes en la franja sur del país que une la península de Crimea con la zona de las autoproclamadas repúblicas separatistas del Donbás. Pero el día también dejó tímidos avances en el frente diplomático, como la voluntad de China para mediar en el conflicto o el debate sobre la creación de corredores humanitarios, tras tres intentos fallidos de abrir vías para evacuar a los civiles de las zonas más golpeadas por la guerra. La tercera ronda de negociaciones entre los dos países enfrentados se cerró después de que Moscú fijara sus exigencias al Gobierno de Volodímir Zelinski para lograr un alto el fuego “inmediato”, según una conversación del portavoz del Kremlin, Dimítri Peskov, con la agencia Reuters.

La tercera ronda de conversaciones entre las autoridades ucranias y rusas concluyó sin apenas avances y la sensación de que tomará mucho más tiempo antes de alcanzar la paz. “No nos hacemos ilusiones en lograr un resultado definitivo en la siguiente fase de las negociaciones con Ucrania. Es un trabajo duro”, afirmó uno de los integrantes de la delegación rusa, Leonid Slutski, al concluir la reunión.

Mientras, la guerra continúa con nuevos bombardeos este lunes en la franja sur de Ucrania que une la península de Crimea con la zona de las autoproclamadas repúblicas separatistas del Donbás. Las tropas rusas estrechan también el cerco a la capital, que se prepara para resistir al asedio.

China se declaró este lunes dispuesta a mediar en el conflicto. En sus declaraciones más claras hasta el momento sobre su interés en ocupar ese papel, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, indicó que su país está dispuesto “a llevar a cabo la mediación necesaria cuando haga falta”. Pero eso no implica que Pekín vaya a distanciarse de su socio estratégico. La relación con Moscú es “sólida como una roca” y se va a continuar profundizando, aseguró el ministro, informa desde Pekín Macarena Vidal Liy.

Las exigencias del Kremlin en la mesa de negociación son tres: el Gobierno ucranio debe reconocer la península de Crimea como rusa y las autodenominadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk como territorios independientes. Debe, además, rubricar en su Constitución un estatus “neutral” que le impedirá unirse nunca a ningún bloque occidental, especialmente la OTAN. El primer paso, afirma Moscú, sería el fin de la resistencia armada ucrania. “Estamos concluyendo la desmilitarización de Ucrania”, afirmó Peskov. “Lo vamos a conseguir, pero si detienen ahora su acción militar, nadie va a seguir disparando”. “Donetsk y Lugansk no quieren ser parte de Ucrania. Pero eso no significa que deban ser destruidas”, añadió el portavoz del presidente ruso, Vladímir Putin.

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El mayor éxito de la reunión fueron “unos pequeños avances en la logística de los corredores humanitarios”, según el jefe de la comitiva ucrania, Mijaíl Podoliak. Su homólogo ruso, Vladímir Medinski, no se mostró tan convencido. “Dejemos este asunto en el aire. Esperamos que los corredores funcionen mañana, la parte ucrania nos ha asegurado eso”, recalcó el representante de Moscú.

Kiev había rechazado los corredores propuestos por Moscú porque conducían a territorio ruso o bielorruso, país este último que sirvió de plataforma para el frente que ha puesto a la capital ucrania bajo asedio. Además, durante el fin de semana se frustró la evacuación de civiles en ciudades como Mariupol o Volvovaja por la ruptura del alto el fuego pactado entre las partes.

En la reunión de este jueves, que duró unas tres horas, se abordó no solo la “neutralidad” de Ucrania, sino también otras cuestiones que el Kremlin ha denunciado todos estos años, como la situación del idioma ruso en el país vecino. El ruso dejó de ser oficial en Ucrania en 2019, al final de la legislatura del anterior presidente, Petró Poroshenko, y con Zelenski se legisló recientemente que todos los medios en ruso —no así en otras lenguas— tienen que tener una versión en ucranio.

La delegación rusa esperaba firmar algunos preacuerdos en esta reunión, pero según su jefe, las expectativas “no se hicieron realidad”. “Llegamos con un gran número de documentos escritos: acuerdos, borradores, propuestas… Y esperábamos que hoy hubiera sido posible firmar al menos un protocolo sobre algunos de los puntos que en principio hemos acordado, pero la parte ucrania se llevó los documentos para estudiarlos”, explicó Medinski.

Las conversaciones entre las autoridades de Kiev y Moscú se produjo el mismo día en el que los 27 países de la Unión Europea acordaron iniciar el proceso para que Ucrania, Moldavia y Georgia se puedan convertir, en un futuro, en miembros del club comunitario, tras la petición que estos tres países hicieron a Bruselas la semana pasada, informa desde Bruselas Manuel V. Gómez. Se trata de un primer paso, pero tiene un mensaje político claro en un momento en el que Ucrania está luchando contra las tropas rusas que tratan de invadir su territorio. Según informó la presidencia francesa de la Unión en su cuenta oficial de Twitter, los Veintisiete pidieron el lunes a la Comisión que dé el primer paso en ese camino, elaborando el informe necesario para decidir si los países de la UE conceden a Ucrania, Moldavia y Georgia el estatus de país candidato.

El presidente Zelenski firmó la petición de adhesión a la UE la semana pasada, como parte de la respuesta a la invasión que Rusia inició el 24 de febrero. Moldavia y Georgia siguieron sus pasos acto seguido, ante el temor a Moscú. El último informe de la ONU señala que 406 civiles han perdido la vida desde el 24 febrero, día del inicio del ataque ruso en Ucrania, aunque la organización reconoce que la cifra real es superior.

Los aliados han decidido mantener la presión contra Putin a través de las sanciones pese a las turbulencias que generan en sus propias economías y las diferencias que suscita un asunto crucial como el veto a las importaciones rusas de petróleo, especialmente lesivas para los europeos. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, mantuvo una llamada telefónica con los líderes de Francia, Emmanuel Macron, Alemania, Olaf Scholz, y el de Reino Unido, Boris Johnson, en la que compartieron “determinación en continuar elevando los costes” contra Rusia por la invasión de Ucrania, según el resumen hecho público por la Casa Blanca, una invasión “injustificada y no provocada”, informa Amanda Mars desde Wahsington.

En el duodécimo día de agresión, en el que las fotografías de civiles muertos tratando de huir de las bombas rusas han causado estupor en medio mundo, los dirigentes también subrayan su compromiso en continuar proporcionando ayuda económica, humanitaria y en materia de seguridad a Ucrania. La cuestión es cómo se materializa todo este respaldo. El Congreso de Estados Unidos impulsa una votación de carácter bipartito para prohibir las importaciones de crudo de Rusia y el secretario de Estado, Antony Blinken, aseguró el domingo que los países occidentales están negociando intensamente esta medida con el fin de endurecer la respuesta Vladímir Putin, pero Alemania ha recalcado este lunes que no planean suspender las compras del petróleo ruso.

La vía diplomática no se ha cerrado completamente, pese a todo. Los ministros de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y ucranio, Dmitro Kuleba, tienen previsto reunirse por primera vez este jueves en Turquía para tratar de buscar una salida al conflicto desatado por la invasión rusa de Ucrania. En principio, lo harán en la ciudad sureña de Antalya y en un formato a tres, con la presencia de su homólogo turco, Mevlüt Çavusoglu. “Nuestro objetivo más urgente es el cese de los combates”, explicó el jefe de la diplomacia turca al anunciar la cita, que consideró un “paso importante” hacia la paz y la estabilidad. Posteriormente, la portavoz de Exteriores rusa, María Zajarova, confirmó a la agencia TASS la participación rusa en la reunión, según informa desde Estambul Andrés Mourenza.

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El banco de desarrollo de China anuncia que suspende sus inversiones en Rusia y Bielorrusia

El Banco Asiático de Inversion en Infraestructuras (BAII), la institución financiera internacional creada a iniciativa de China en 2016, ha anunciado la suspensión y revisión de todas sus actividades en Rusia y Bielorrusia como consecuencia de la guerra en Ucrania.

En un comunicado, publicado este jueves en su página web, el banco con sede en Pekín ha indicado que “mientras continúa la guerra en Ucrania, el BAII extiende sus condolencias y tiene en sus pensamientos a todos los afectados. Nuestros corazones están con los que están sufriendo”.

China es el principal socio de la institución financiera, con una participación en torno al 30% en su capitalización, mientras que Rusia es el tercero, con una participación del 6,7%. Ni Ucrania ni Bielorrusia figuran entre los 105 miembros actuales de la institución, a la que Estados Unidos se opuso en el momento de su creación al considerar que intentaría rivalizar con el Banco Mundial y otras entidades multilaterales. Washington alegaba su temor a una falta de transparencia o de rigor en la concesión de préstamos.

El banco, que se fundó con 57 socios originales —entre ellos España— y un capital de 100.000 millones de dólares, siempre ha asegurado que se gestiona con independencia del gobierno chino. En su declaración utiliza la palabra “guerra”, a diferencia de tras instituciones relacionadas con Pekín han evitado esa denominación para referirse al conflicto en Ucrania, que describen como “situación”, “operación especial” o “crisis”. Destaca que “la adhesión al Derecho internacional es uno de los pilares de nuestra institución”.

“El BAII está dispuesto a proporcionar financiación de manera rápida y flexible y a apoyar a los miembros que puedan haberse visto afectados negativamente por la guerra, de manera directa o indirecta”, apunta el comunicado.

“Nuestro banco supervisa activamente la situación y evalúa su impacto en las operaciones y las economías de nuestros miembros. Haremos cuanto esté en nuestra mano para salvaguardar la integridad financiera del BAII, frente a la cambiante situación económica y financiera. Bajo estas circunstancias, y para proteger los intereses del Banco, su dirección ha decidido que todas las actividades relacionadas con Rusia y Bielorrusia queden en suspenso y bajo revisión”.

En la página web del banco, que tiene en su cartera 168 proyectos, no aparecen listados proyectos en Bielorrusia, pero sí figuran como aprobados dos proyectos en Rusia. El más antiguo, de 2019 y fecha de último pago en agosto de 2026, está dotado con 500 millones de dólares para el desarrollo de infraestructura de transporte. El segundo, de 2020, tiene como finalidad facilitar financiación y liquidez para la lucha contra la covid en el sistema ferroviario del país.Además, la página web precisa que la asamblea anual de la institución tenía previsto celebrar este año su asamblea anual en Rusia, aunque no se había publicado una fecha. Informa Macarena Vidal Liy.





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En el octavo día de ofensiva contra Ucrania de las fuerzas del presidente ruso, Vladímir Putin, delegaciones de Kiev y Moscú volverán previsiblemente este jueves a sentarse en una mesa de diálogo para tratar de alcanzar un alto el fuego. Con el asedio del ejército ruso al corazón de las ciudades ucranias, el asedio a Kiev y Járkov y el bombardeo a zonas civiles, el Gobierno de Volodímir Zelenski exige a Moscú que deje de lanzar ataques para poder avanzar en la senda del diálogo. Rusia, que ha agudizado su ofensiva ante la resistencia ucrania, no ha detenido los bombardeos y ha aumentado la violencia contra infraestructuras civiles. Los observadores internacionales tienen pocas esperanzas de que este segundo intento diplomático alcance alguna solución, pese al número de bajas rusas.

La reunión, que podría celebrarse en Bielorrusia, cerca de la frontera con Ucrania, será el segundo intento de establecer un canal diplomático entre Ucrania y Rusia. El primero, el lunes no solo no llegó a un acuerdo concreto sino que, en plena reunión, Putin bombardeó el centro de Járkov, la segunda ciudad más poblada de Ucrania, atacando inmuebles residenciales.

La seguridad de la delegación ucrania correrá a cargo de los servicios especiales del líder autoritario bielorruso Aleksandr Lukashenko, según Kiev, pese a que parte de las tropas de Putin están entrando desde territorio de Bielorrusia, donde hace un mes Rusia empezó a concentrar también tropas para, supuestamente, hacer maniobras militares conjuntas con Minsk.

Las tropas de Putin no están teniendo un avance tan rápido como el planeado por el Kremlin. El Ministerio de Defensa reconoció este miércoles por primera una cifra oficial de víctimas propias, 498 muertos y 1.597 heridos, para desmentir “las incalculables pérdidas” que les atribuye “la desinformación occidental”. La cifra, que aún así es tres veces menos que la cifra de soldados rusos que Ucrania dice que ha eliminado, es casi cinco veces sus pérdidas totales en Siria y subraya el nivel de resistencia que han enfrentado las fuerzas rusas en Ucrania. En Siria, ademas, Moscú envió paramilitares, que también se sospecha que están infiltrados en territorio ucranio y que esperan el momento para intervenir, según los servicios secretos ucranios y de Estados Unidos.

Mientras se espera la mesa de diálogo, el coste humano y económico y de la guerra es inmenso: cientos de víctimas civiles y casi un millón de refugiados, la mayor crisis de Europa de este siglo. Está por ver si las sanciones que ahogan y obstaculizan ya la economía rusa conducen a Moscú a acordar un alto el fuego. Putin, que asegura que tiene el objetivo de “desnazificar” ucrania, quiere la rendición de Kiev y la renuncia del Gobierno. El presidente Zelenski dice que está abierto a hablar sobre el estatus de Ucrania como un país neutral (lo que cortaría sus posibilidades, ya lejanas, de unirse a la OTAN), pero que no claudicará.

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Kiev denuncia además crímenes de guerra por parte de la fuerzas rusas. “Muchas de nuestras ciudades y pueblos ahora sufren el terror ruso”, dijo Oleksii Reznikov, ministro de Defensa ucranio y jefe de la delegación negociadora de Kiev. Zelenski dice que ha recibido “algunas señales” de Rusia, cada vez más aislada por la comunidad internacional, pero que el resultado es incierto. “Hasta el momento no tenemos el resultado que nos gustaría. Rusia ha expresado sus puntos, nosotros los nuestros para poner fin a la guerra. Recibimos algunas señales”, comentó esta semana el líder ucranio, que volvía denunciar los ataques rusos y el encarnizamiento de Putin contra zonas civiles y el asedio a ciudades y pueblos. “Rusia quiere presionar con ese método poco astuto pero que no pierda el tiempo. Esa táctica no funciona con nosotros”.

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El Partido Unionista Democrático (DUP, en sus siglas en inglés) lleva meses mirando de reojo y con pavor las encuestas. Anuncian que perderá su posición de primer partido en Irlanda del Norte en las próximas elecciones autonómicas de mayo, en favor de los republicanos del Sinn Féin (antiguo brazo político del IRA, y partidarios de la reunificación de la isla). Y hace tiempo también que el DUP ha señalado al chivo expiatorio que culpa de todos sus males: el Protocolo de Irlanda, que firmaron Londres y Bruselas para cerrar definitivamente un acuerdo sobre el Brexit. En una acción concertada para dar un golpe al avispero, el ministro principal del Gobierno autónomo (cargo equivalente a primer ministro), Paul Givan, ha anunciado este jueves su dimisión. Y el consejero de Agricultura, Edwin Poots, ha decidido unilateralmente suspender los controles sanitarios de productos ganaderos y agrícolas procedentes de Gran Bretaña, algo de obligatorio cumplimiento según lo acordado entre el Reino Unido y la Unión Europea.

Ambos políticos son unionistas del DUP. Ambos pertenecen a la línea dura del partido, que quiere deshacerse del Protocolo de Irlanda antes de que lleguen las elecciones de mayo. Frente a ellos se sitúa el presidente de la formación, Jeffrey Donaldson, quien quisiera dar una última oportunidad a las negociaciones en curso entre Londres y Bruselas. Después de la dimisión a mediados de diciembre de David Frost como negociador británico con la UE se abrió un cierto margen de esperanza. Tomó las riendas de ese negociado Liz Truss, la ministra británica de Exteriores. Y aunque mantuvo en sus declaraciones el tono de dureza de su predecesor, su voluntad de regresar con otra actitud a la mesa de negociación relajó una relación que a punto había estado de derivar en una guerra comercial entre las dos orillas del canal de la Mancha.

Un portavoz del Gobierno de Johnson ha asegurado este jueves que Downing Street desconocía la intención del Ejecutivo norirlandés de suspender los controles sanitarios, y que el primer ministro desearía una solución lo más pronto posible frente a este nuevo inconveniente.

Truss y su contraparte negociadora, el vicepresidente de la Comisión Europea, Maros Sefcovic, han retomado este jueves sus conversaciones bajo la sombra de la sorprendente decisión del Gobierno autónomo irlandés. “La Comisión Europea ha estado trabajando de un modo incansable con el Gobierno del Reino Unido para solucionar los problemas prácticos derivados de la puesta en práctica del protocolo. La decisión del consejero de Agricultura de Irlanda del Norte resulta de poca ayuda”, ha dicho un portavoz comunitario. “Vigilaremos de cerca los siguientes movimientos en Irlanda del Norte después de este anuncio”, han advertido.

Poots se ha cobijado en un supuesto asesoramiento legal que le permitiría suspender los controles sanitarios ante los problemas que provocan, pero el resto de partidos norirlandeses le han acusado de estar violando las obligaciones de un tratado internacional con fuerza legal. Y a última hora del jueves ni siquiera estaba claro que su orden se hubiera cumplido en los distintos puertos norirlandeses, porque los altos funcionarios encargados de trasladar la directiva habían expresado dudas sobre su legalidad.

La UE no entra en las maniobras políticas internas del Gobierno norirlandés, pero sí responde ante una decisión que choca legalmente con un tratado internacional como es el Protocolo de Irlanda. Firmado como anexo del Acuerdo de Retirada de la UE, el protocolo fue una solución compleja y largamente negociada para solucionar el atasco del Brexit. El abandono del Reino Unido suponía que Irlanda fuera la única frontera terrestre de la UE con ese país. Bruselas quería proteger a toda costa su preciado Mercado Interior, pero no al precio de volver a partir en dos la isla de Irlanda y poner en peligro la paz alcanzada en el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Aquel pacto estableció la conveniente ficción de que Irlanda era una única isla, y su frontera interna se volvió invisible. Cualquier nueva señal de control entre las partes, aunque fuera aduanero, podía resucitar la violencia sectaria. La solución, firmada por Boris Johnson, fue mantener a Irlanda del Norte dentro del espacio aduanero de la UE y trasladar la barrera aduanera al mar de Irlanda.

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Desde entonces, todo han sido problemas. La burocracia y aumento de costes y controles aduaneros y sanitarios para el envío de productos desde Gran Bretaña a Irlanda del Norte desató las protestas de empresas y ciudadanos. Fue la llamada “guerra de las salchichas”, cuando desapareció este producto de las estanterías de supermercados británicos con establecimientos en la región. A pesar de la voluntad de Bruselas de buscar soluciones prácticas —redujo hasta un 80% el número de obligaciones aduaneras—, Londres y Belfast se alinearon en una posición extrema. El Gobierno de Johnson ha mantenido en todo momento sobre la mesa la amenaza de invocar el artículo 16 del protocolo, que permite la suspensión unilateral de sus disposiciones “ante graves dificultades económicas, sociales o medioambientales”. El aumento de la violencia vandálica en las calles de Belfast y Londonderry de los últimos meses, sobre todo por parte de bandas juveniles unionistas, ha sido la justificación esgrimida por el Gobierno de Johnson para replantear un tratado que, sobre todo, irritaba al ala euroescéptica del Partido Conservador y dejaba a los pies de los caballos a los unionistas del DUP, porque su electorado veía el protocolo como una traición que los alejaba aún más del resto del Reino Unido.

La dimisión de Givan

Unionistas y republicanos están obligados a compartir el poder en las instituciones autonómicas de Irlanda del Norte, pero el puesto de ministro principal queda reservado para el partido más votado. Hasta ahora ha sido el DUP. El anuncio de dimisión de Paul Givan implica automáticamente el cese de la viceministra principal, Michelle O’Neill, del Sinn Féin. En el plazo de una semana, los dos partidos deberán ponerse de acuerdo para un nuevo reparto de puestos, o el ministro británico para Irlanda del Norte, Brandon Lewis, estará autorizado a adelantar los comicios autonómicos, previstos para mayo. El movimiento sorpresa del DUP, en teoría, no tendría por qué acelerar el plazo para convocar las urnas, pero su dirección llevaba meses advirtiendo que reventaría la estabilidad de las instituciones políticas autonómicas —al abandonarlas— si no desaparecía el Protocolo de Irlanda. La voluntad negociadora expresada por Londres y Bruselas amenazaba con mantener vivo el problema para cuando mayo llegara, y obligar al DUP a competir con ese lastre. “Nuestras instituciones vuelven a estar sometidas a prueba (…) y su delicado equilibrio ha resultado afectado por el acuerdo entre el Reino Unido y la UE que puso en marcha el Protocolo de Irlanda”, ha dicho Givan en una comparecencia en un hotel de Belfast, al borde de las lágrimas.

La presidenta del Sinn Féin, Mary Lou McDonald, ha exigido la convocatoria inmediata de elecciones, “ante la ausencia de un Ejecutivo en funcionamiento. Debe quedar claro que las maniobras del DUP tienen sus consecuencias”, ha dicho.

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La Comisión Europea y el Gobierno británico han retomado la negociación sobre la aplicación de los acuerdos del Brexit en Irlanda del Norte tras el descanso navideño y, aparentemente, parece que lo han hecho con buen pie. Este viernes, de hecho, el vicepresidente Maros Sefcovic y la ministra de Asuntos Exteriores, Liz Truss, han emitido un comunicado conjunto, algo inusual en los últimos meses, sobre el primer encuentro entre ambos después de que la británica se haya hecho cargo de estas conversaciones, que hasta el mes pasado llevaba David Frost, dimitido ministro para el Brexit del Ejecutivo de Boris Johnson. “La reunión se celebró en una atmósfera cordial. Ambos acordaron que los técnicos se reunirán la próxima semana en conversaciones intensas”, apunta el texto.

Con la salida de Frost del Ejecutivo se esperaba con cierta expectación este primer encuentro. Frost es uno de los miembros del partido conservador británico con posiciones más duras e ideologizadas sobre el Brexit, y su personalidad había marcado fuertemente las negociaciones por sus constantes amenazas a recurrir al artículo 16 del Protocolo norirlandés, que supone la suspensión unilateral del acuerdo que ambas partes suscribieron para que saliera adelante la totalidad del Acuerdo de Retirada británica de la UE, que regula las relaciones entre Londres y Bruselas. En Bruselas se esperaba que la nueva jefa del equipo negociador mantuviera una posición más pragmática, pero un artículo que publicó hace días en la prensa británica había reducido esta esperanza. Finalmente, parece que, al menos en este primer encuentro, este nuevo comienzo permite ver con cierto optimismo la posibilidad de que se encuentre una salida a este asunto.

El Protocolo fue un añadido a los acuerdos generales entre la UE y Londres que permitían dar con una solución al problema más espinoso del Brexit, el encaje del Ulster tras la salida del Reino Unido. Se evitaba así la posibilidad de que se levantara una frontera física entre los condados de Irlanda del Norte y del resto de la Isla, poniendo en riesgo la delicada convivencia en esa zona entre católicos y protestantes y los acuerdos de Viernes Santo de 1998, que pusieron fin a la violencia terrorista entre ambas comunidades. Pero la aplicación de este protocolo, especialmente en el tráfico de mercancías, creó algunos problemas cotidianos que el Gobierno de Londres utilizó para renegar de un pacto que había suscrito en noviembre de 2019 y exigir que se renegociara todo de nuevo.

Esta posición siempre ha sido rechazada por Bruselas, que rechaza empezar de nuevo. La Comisión Europea no niega que la aplicación del protocolo haya traído trastornos en el intercambio de mercancías y por eso ha ofrecido la reducción de muchos de los trámites burocráticos necesarios en la llegada de productos de Gran Bretaña a Irlanda del Norte, ya que esta zona está ahora dentro del mercado común. Pero a lo que se ha negado en redondo es a prescindir del papel del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, una exigencia de Londres que Truss reiteró en su artículo de prensa. El argumento de Bruselas es que supondría el fin de la unidad de mercado.

Hasta ahora, después de tres meses de negociaciones y consumido el primer plazo que fijaba antes de Navidad la resolución del conflicto, solo se ha avanzado bastante en el capítulo de llegada de medicamentos a Irlanda del Norte desde Gran Bretaña.

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El rey Guillermo de Orange, en el centro, y el primer ministro holandés, Mark Rutte, a su derecha, posan con otros ministros del nuevo Gobierno, en el palacio real de La Haya, este lunes.
El rey Guillermo de Orange, en el centro, y el primer ministro holandés, Mark Rutte, a su derecha, posan con otros ministros del nuevo Gobierno, en el palacio real de La Haya, este lunes.Peter Dejong (AP)

Casi un año de negociaciones ha costado la foto de familia del nuevo Gobierno de Países Bajos, que se ha presentado este lunes junto al rey Guillermo de Orange. Han sido diez meses de tanteo, desencuentros, rechazos y reproches mutuos hasta lograr un pacto que repite la anterior coalición de centroderecha. Son los mismos partidos con muchas caras nuevas y por primera vez una distribución paritaria: hay 10 ministras en un Gabinete de 20, contando al primer ministro.

Liberales de derecha (VVD), liberales de izquierda (D66), democristianos (CDA) y la Unión Cristiana (CU) un partido de inspiración protestante, se reparten otra vez el poder en torno al mismo líder, Mark Rutte, que encabeza así su cuarto mandato consecutivo a los 54 años. El lema de la coalición es “Cuidarnos unos a otros y mirar hacia el futuro”, y empiezan a trabajar en un clima de desconfianza ciudadana en la labor de las instituciones afianzada por las restricciones impuestas por la pandemia.

La toma de posesión se ha producido en el Palacio de Noordeinde, en La Haya, que es utilizado por el rey para su trabajo. Luego, ha tenido lugar la foto de familia en las escaleras exteriores, guardando la distancia de seguridad de 1,5 metros para evitar contagios. Ha habido allí un momento de cierta confusión cuando el grupo ha empezado a dispersarse antes de que el propio rey tomara la iniciativa. Para esta tarde está previsto el primer consejo de ministros del nuevo Gobierno.

La paridad en la distribución de cargos ministeriales es un hito en Países Bajos. La nueva ministra de Finanzas, Sigrid Kaag, no ha podido estar presente porque ha dado positivo por covid. Es liberal de izquierda y fue titular de Asuntos Exteriores. Ahora, su lugar al frente de uno de los puestos de mayor relevancia del Ejecutivo puede servirle de trampolín para perfilarse como posible sucesora de Rutte, dado que su partido es hoy el segundo en votos del Parlamento. Kaag ha acompañado a sus colegas por videoconferencia.

Repite también el democristiano Wopke Hoekstra, que también cambia de cartera: de Finanzas a Asuntos Exteriores. En 2020, fue el rostro de la dureza frente a los países del sur de Europa al oponerse de entrada a una propuesta solidaria para combatir la crisis sin lo que consideraba suficiente supervisión y control financiero. Hoekstra acusó las críticas recibidas en el seno de la UE y también a escala nacional, y aunque hubo ajustes y las transferencias estarán condicionadas al cumplimiento de los objetivos acordados, se disculpó por su tono. Como jefe de la diplomacia holandesa tendrá que desplegar todas sus dotes en un puesto que requiere capacidad de persuasión y tacto a partes iguales.

El primer ministro Rutte ocupa el cargo por cuarta vez desde 2010 y ha sobrevivido a la formación más larga de una coalición registrada en su país. Se rodea, además, de ministros con tareas específicas y novedosas. Por ejemplo, la ministra de la Naturaleza y el Nitrógeno (adscrita al ministerio de Agricultura), el de Clima y Energía (en Economía y Clima), o la de Pobreza, Participación y Pensiones (en Asuntos Sociales y Empleo). Hay también una Secretaría de Estado de Minería, en el Ministerio de Interior. Y otra de Digitalización, en el de Interior. Se han abierto departamentos para abordar todos los problemas discutidos durante las negociaciones, un esfuerzo que muestra su habilidad negociadora y también que es ahora un superviviente.

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Si bien Rutte se presenta en buena forma, ha conseguido formar gobierno después de ser reprobado por el Parlamento, el pasado abril, por mentir supuestamente durante las negociaciones que han llegado hasta esta toma de posesión. Peleó por su vida política y pudo seguir adelante, aunque con menos brillo. A partir de ahora, no solo seguirá afrontando la contención del coronavirus. Su Gabinete tratará de reducir las emisiones de nitrógeno en la lucha contra el cambio de clima, y buscará la forma de aumentar la construcción de viviendas sin superar los límites contaminantes. Durante esta nueva legislatura se espera, por otra parte, una investigación parlamentaria sobre los daños causados por las extracciones de gas natural en el norte del país. Se ampliará la dedicada al escándalo de los subsidios familiares, que suma unos 48.000 afectados por un fraude que no cometieron, y forzó el pasado enero la dimisión del anterior Gobierno. Y será analizada la gestión misma de la pandemia. Rutte tendrá que emplearse más a fondo que nunca en el que puede ser su último capítulo en el poder.

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Después de ocho rondas negociadoras, Irán y Estados Unidos han acabado 2021 sin haber sido capaces de reactivar el acuerdo que puso coto al programa nuclear iraní. Las posturas de ambos están tan distantes que ni siquiera se sientan a la misma mesa en Viena (Austria), donde se celebran las conversaciones con la mediación de la UE y los otros países firmantes del pacto abandonado por la Administración de Donald Trump hace tres años. Numerosos analistas alertan de que no hay alternativa a la vía diplomática porque recurrir a la acción militar sería un desastre para ambos. El problema es que el tiempo apremia.

Al poco de iniciarse la octava ronda el pasado lunes, el ministro iraní de Exteriores, Hossein Amirabdollahian, dio a entender que se estaba avanzando. “Las conversaciones de Viena van en la buena dirección”, declaró a los periodistas antes de manifestar que el acuerdo dependía de la “buena fe” de la otra parte. Sin embargo, el negociador estadounidense, Rob Malley, ha asegurado que apenas quedan “unas semanas” para avivar el acuerdo si Irán continúa con su actual ritmo de actividades nucleares.

No está claro si el tono positivo de Amirabdollahian busca evitar que se responsabilice a Irán de una eventual ruptura del diálogo, o intenta enviar una señal de mayor flexibilidad ante la impaciencia de estadounidenses y europeos. Para estos, el desarrollo del programa iraní amenaza con dejar sin sentido el Plan Integral de Acción Conjunta (PIAC), el nombre oficial del pacto, que Joe Biden ha tratado de recuperar desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2021.

El progreso logrado en la primera mitad del año pasado quedó interrumpido con la elección del ultraconservador Ebrahim Raisí como presidente de Irán. La formación de un nuevo equipo negociador retrasó la vuelta a Viena hasta finales de noviembre. Desde entonces, los avances han sido imperceptibles, algo que tanto los funcionarios estadounidenses como europeos atribuyen a que el nuevo Gobierno ha rechazado los compromisos alcanzados por su predecesor, Hasan Rohaní.

La periodista iranoestadounidense Negar Mortazavi, autora de un podcast titulado Irán, admite que los nuevos gobernantes iraníes tienen “una postura más dura hacia Occidente, especialmente Estados Unidos, y también respecto a las negociaciones nucleares”. Para los conservadores, la decisión de Trump confirmó su recelo hacia cualquier compromiso con aquel país. Aun así, defiende que “quieren un acuerdo, y prefieren el PIAC [a otra alternativa], porque traerá alivio de las sanciones, la economía iraní está bajo mucha presión y para mejorarla, no hay otra forma”.

El problema es que las posiciones de partida de unos y otros son muy distantes. Teherán insiste en que se levanten todas las sanciones antes de frenar su actividad nuclear y quiere garantías de que un futuro presidente de EE UU no volverá a renegar del pacto. Mientras, Washington, bajo su exigencia de “cumplimiento por cumplimiento”, lo que quiere, según explica a EL PAÍS el analista político Ali Ahmadi, es que “Irán dé marcha atrás a los avances tecnológicos que ha hecho” desde que Trump se retiró del PIAC e impuso durísimas sanciones a Irán.

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La República Islámica respondió a esa política de “máxima presión” acelerando de forma significativa su programa atómico. Su calculado goteo de violaciones ha esquivado hasta ahora la denuncia del resto de los firmantes del PIAC (China, Rusia, Reino Unido, Francia, Alemania y la UE) ante el Consejo de Seguridad de la ONU, pero ha ido vaciando de contenido el acuerdo.

Según los últimos informes del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) —encargado de supervisar el cumplimiento técnico del acuerdo—, Teherán regresó a la mesa de negociaciones el pasado noviembre con 11 veces más de uranio enriquecido de lo permitido. Además, buena parte de ese combustible alcanza hasta el 60% de pureza, un grado muy por encima del 3,67% que le autorizaba el pacto y más cerca del 90% que se requiere para un eventual uso militar. El plazo para que Irán disponga de suficiente uranio enriquecido para una bomba atómica se ha reducido de un año a uno o dos meses.

De ahí el temor de los expertos a que la crisis nuclear que el PIAC trataba de evitar se haga realidad a principios de 2022. Algo distinto es la capacidad o la voluntad de convertir ese material en un arma. El director general del OIEA, Rafael Mariano Grossi, ha declarado que no tiene “ninguna información de que Irán cuente con un programa de armas nucleares o alguna actividad que lleve a un programa de armas nucleares”. Los dirigentes iraníes siempre han negado que sus ambiciones nucleares, que preceden a la fundación de la República Islámica en 1979, tuvieran objetivo militar.

Mortazavi reconoce que “la brecha es grande”, pero estima que “ambas partes son serias sobre querer la diplomacia y alcanzar un acuerdo”. En su opinión, la diferencia estriba en que Estados Unidos abandonó el acuerdo por completo, mientras que Irán “tardó un año en responder” y “no se ha salido del todo”. De ahí que considere que, si bien el pacto firmado en 2015 se mantiene “con respiración asistida”, todavía no está muerto.

La periodista insiste en la necesidad de que ambos hagan concesiones. Pero la desconfianza recíproca dificulta el primer paso. Tampoco ayuda la imagen distorsionada que cada uno tiene del otro. Estados Unidos sigue esperando que la presión económica fuerce la determinación de Teherán, mientras que los dirigentes iraníes han interpretado la retirada norteamericana de Afganistán como una prueba de que Washington no tiene estómago para una nueva guerra en Oriente Próximo. Ese empecinamiento en imponerse al otro bloquea cualquier salida.

Para Ahmadi, lo que hace que, a pesar de todo, Irán y EE UU “sigan negociando es que no hay una alternativa real al PIAC para ninguna de las partes”. Mortazavi coincide. “La alternativa a una solución diplomática será más costosa y peligrosa, ya que probablemente incluirá una escalada militar dañina tanto para Irán como para Estados Unidos, y otros países de Oriente Próximo”, asegura.

Según Ahmadi, Estados Unidos “hace mucho que sabe que los ataques militares solo retrasarán el programa y, al mismo tiempo, probablemente convenzan a Irán de que necesita una disuasión nuclear y que la política de máxima presión ha fracasado”. Por otra parte, Irán necesita que se levanten las sanciones para reavivar su economía. “Incluso sus lazos con China dependen de que las empresas chinas sepan que no van a ser sancionadas”, afirma el analista.

De ahí que una de las medidas que se han puesto sobre la mesa para acercar posiciones sea un entendimiento para que Irán congele su actividad nuclear a los niveles actuales a cambio de algunos beneficios económicos. Pero sea cual sea el resultado de las negociaciones, la investigación y el desarrollo que Teherán ha obtenido durante los dos últimos años es irreversible.

Detenciones controvertidas

Coincidiendo con el inicio de la octava ronda de las negociaciones nucleares, la familia de Benjamin Brière, un francés encarcelado en Irán, anunció el pasado lunes que este había iniciado una huelga de hambre para protestar contra sus condiciones de detención. Brière, de 36 años, fue arrestado en un parque natural del norte del país en mayo de 2020 y acusado de espionaje y propaganda contra el régimen iraní por “fotografiar zonas prohibidas”, algo que su familia rechaza.

Al menos una docena de ciudadanos con pasaportes occidentales, la mayoría binacionales, se encuentran detenidos en Irán. Varios grupos internacionales de derechos humanos consideran que se trata de una forma de presión para obtener concesiones. Al hilo de la huelga de hambre de Brière, algunos activistas recuerdan que todos los países democráticos que negocian con Teherán en Viena tienen algún ciudadano en esa situación. Tal es el caso de Nazanin Zaghari-Ratcliffe, Anush Ashuri y Morad Tahbaz (irano-británicos); Nahid Taghavi y Jamshid Sharmahd (irano-alemanes), y los irano-franceses Fariba Adelkhah y Nazak Afshar. Incuso el país anfitrión de las conversaciones, Austria, cuenta con los casos de Kamran Ghaderi y Massud Mossaheb. Pero Irán no reconoce segundas nacionalidades. 

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