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Para llegar hasta el albergue juvenil de Calais reconvertido en centro de acogida para refugiados ucranios, hay que atravesar carreteras, calles y parques rodeados de vallas y hasta muros de hormigón con concertinas. Así se ha parapetado esta ciudad francesa, el punto más cercano a Reino Unido de toda Europa, para dificultar al máximo el acceso a los miles de migrantes que vienen con el sueño de alcanzar como sea territorio británico para empezar una nueva vida. Si no la pierden antes en la peligrosa travesía por el canal de la Mancha. Mientras tanto, la mayoría de esos soñadores sin papeles malvive en tiendas de campaña instaladas en insalubres solares de la periferia de esta localidad que desde hace años es un símbolo de todas las disfunciones migratorias de Europa.

Nada de eso se ve desde las ventanas del sólido edificio situado “al borde del mar y a dos pasos del centro de la ciudad”, como se publicita el albergue de 84 habitaciones, restaurante y hasta jardín que la Alcaldía de Calais reservó en cuanto empezaron a llegar los primeros ucranios de paso hacia el Reino Unido.

Además de productos básicos, los ucranios reciben ayuda para gestionar lo antes posible sus papeles. Ya lo pueden hacer por internet, aunque por si acaso, una lanzadera les lleva hasta puesto consular británico recién abierto para ellos en Arrás, la capital administrativa de la región. Pavlo es un ucranio residente en el Reino Unido que fue a Polonia a buscar a su madre, su hermana, una cuñada y dos amigas recién huidas de su ciudad natal, Zaporiyia. Cuando llegó el miércoles al albergue, este estaba casi vacío: la mayoría de los refugiados ya había logrado tramitar sus papeles. También Pavlo esperaba poder abordar pronto un ferri con su familia.

Todo eso es una quimera para Saddam, un sudanés de 25 años que lleva algo más de un año “estancado” en Calais. Como los ucranios, también huyó de un país en guerra casi constante, pasó por el “infierno” de Libia y casi se ahoga en el Mediterráneo, relata. Creyó que al llegar a Europa, el continente “de los derechos humanos”, como lo llamaba, su odisea había acabado. “Pero mira”, dice frustrado mientras se mesa la cabellera que, desde que está en Calais, se le ha poblado de canas.

Migrantes en Calais.
Migrantes en Calais.Álvaro García

Como los alrededor de 1.500 migrantes irregulares que esperan en Calais una manera de llegar a Reino Unido (casi todos lanzándose de nuevo al mar, aunque todavía hay quienes intentan saltar a un camión para atravesar el supervigilado Eurotúnel), Saddam malvive en una vieja tienda de campaña. Se pasa el día esquivando a la policía que se lo ha llevado ya tres veces a la frontera de Francia —una vez lo dejaron en Biarritz, cuenta— y que cada 48 horas o menos realiza batidas para desmantelar la docena de campamentos irregulares en los que, nada más marcharse los agentes, vuelven a instalarse los migrantes con lo poco que les queda. Un ejemplo de la futilidad de una política que no consigue desalentar a nadie, pero que hace más difícil aún la vida de quienes no tienen nada.

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Estos hombres jóvenes, aunque también hay mujeres y niños, proceden en su mayoría de países en conflicto como Sudán, Eritrea, Siria o Afganistán y dependen para casi todo, desde comer algo caliente o lavarse a cargar su teléfono móvil, de asociaciones solidarias que intentan cubrir sus necesidades básicas. Lo hacen en las afueras de la ciudad, ya que tienen prohibido instalarse en el centro de Calais, donde no ha habido problema alguno para alojar a los ucranios. Llevan ya más de 20.000 euros en multas por contravenir las normas, denunció esta semana la ONG Utopia 56.

Mientras reparte café, té y chocolate caliente, Suzy Corey, una voluntaria británica de la asociación Café Calais, asegura sentirse “muy contenta porque los refugiados ucranios hayan encontrado aquí tanta caridad”. Al mismo tiempo, reconoce estar “frustrada”, porque “obviamente los ucranios vienen de una situación terrible, pero estos hombres también huyen de situaciones similares, de guerras, de crisis humanitarias”. Como Ahmed, otro sudanés de 22 años. Acaba de llegar a Calais y ya ha oído hablar del albergue de los ucranios. Él ha pasado su primera noche a la intemperie, “sin una manta, con los zapatos mojados”, cuenta. “Nuestra situación es la misma. Pero ya veo que a nosotros no nos tratan tan bien”. Quizás, aventura, porque “los ucranios tienen piel y ojos claros. Los nuestros son oscuros”.

La alcaldesa de la ciudad, Natacha Bouchart, defensora de la mano dura contra los migrantes irregulares de Calais, justifica la disparidad de trato con el argumento que también esgrime el Gobierno de Emmanuel Macron: “La gran diferencia”, declaró la regidora, “es que los ucranios están en situación regular”, gracias al estatus de protección temporal otorgado por la Unión Europea.

Nadie, ni los migrantes como Saddam o Ahmed, ni las asociaciones que trabajan sobre el terreno, discute el derecho de los refugiados ucranios a ser tratados con dignidad. Lo que cuestionan es lo que Alexandra Limousin, del Auberge des Migrants, llama una “acogida a dos velocidades” en Calais y en buena parte de Europa: la vía rápida y segura para los ucranios y la precariedad y acoso de las autoridades al resto.

Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

“Deploramos la diferencia de trato. ¿Por qué unos reciben más que otros?”, denuncia. Su asociación está estudiando la posibilidad de presentar una demanda por discriminación.

No se trata de pedir que se meta a los refugiados ucranios en tiendas de campaña bajo los puentes, sino de que se abra el albergue a los demás migrantes”, subraya Sophie Djigo, fundadora de Migraction 59, una plataforma ciudadana que ofrece desde hace años una acogida temporal, normalmente los fines de semana, a los migrantes irregulares en casas de voluntarios como Jeremy Ollivier y Sandra Moreau. Por el hogar en Calais de esta pareja de profesores de filosofía de secundaria, han pasado en tres años una treintena de migrantes.

Para ellos, lo más chocante es la “invisibilidad” del problema que ha puesto de relieve la llegada de los ucranios. “No es ni siquiera que los comparemos, que digamos que hay refugiados buenos y malos”, señala Moreau. “El problema es que unos ni siquiera existen (…) es terrible ver el nivel de invisibilización al que hemos llegado, hacemos como si los primeros refugiados que llegan son los ucranios”.

Horrorizado por las imágenes de refugiados huyendo con lo puesto, Asher Shane, un padre de familia de Southampton, decidió venir a Calais una semana para ayudar a los ucranios en lo que fuera, “a hacer papeles, a llevarlos al supermercado”, cuenta. Pero al llegar al albergue juvenil, le dijeron que no hacía falta. “Aquí tienen de todo”. Así que se apuntó a Café Calais, para ayudar a los otros migrantes, de cuya existencia y situación, admite, no tenía ni idea.

Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

Mientras Saddam tomaba algo caliente y charlaba con voluntarios como Shane, la policía desmanteló otra vez su campamento. “Por supuesto que no les deseamos nada malo a los ucranios, son seres humanos, como nosotros. Yo lo único que quiero es que la policía me deje tranquilo. No me importa pasar otros tres años en una tienda, pero que me dejen tranquilo”, se exaspera. Las asociaciones de Calais y de otros puntos de Francia llevan años pidiendo, infructuosamente, unos recursos que, hasta la llegada de los refugiados ucranios, parecían imposibles. Para Moreau, “esto demuestra que hay sitio para todos y que, cuando queremos, acoger refugiados no es un problema”. Lo que falta, coinciden todos, es voluntad política. Y quizás algo más de empatía para los que huyen de guerras más lejanas, pero no menos terribles y no se parecen tanto a nosotros.

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Cuando Maria Semionova escuchó las noticias sobre los primeros ataques de las fuerzas de Vladímir Putin contra Ucrania se echó a temblar. Después, rompió a llorar. Tiene casi 86 años y con la invasión del Kremlin ya ha vivido tres guerras. Ahora, esta técnica comercial que siente algo de nostalgia por la “seguridad” de la Unión Soviética teme que la violencia que ya asola ciudades del este del país y del sur llegue con fuerza a Dnipró, en el centro. Tiene pánico a padecer otra ocupación como la que vivió de niña, cuando los soldados de la Alemania nazi y sus aliados tomaron su pueblo, muy cerca de Krivói Rog, la ciudad del presidente Volodímir Zelenski. Los recuerdos de aquella época, cuenta, le revuelven el estómago. “¿Qué más puede sufrir este país? Es tan injusto. Yo he vivido guerras, mi hija y mi nieto también. Cuántas generaciones más”, se lamenta.

En menos de 100 años, Ucrania ha vivido una hambruna planificada por el régimen comunista de Iósif Stalin —el Holodomor, “muerte por hambre” en ucranio—; la Segunda Guerra Mundial; la guerra del Donbás, en el Este, con los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin; y la invasión de las tropas enviadas por el jefe del Kremlin. Putin cree que la antigua república soviética es en realidad un país ficticio que quiere mantener bajo su órbita, y que rusos y ucranios encarnan un “mismo pueblo” al que proteger del Gobierno de Kiev, al que ha acusado de ser una panda de “nazis y drogadictos”. La guerra de Putin contra Ucrania rebasa las dos semanas y, a medida que las tropas rusas se adentran en el corazón del país, de 44 millones de habitantes, un Estado geoestratégico entre Rusia y Occidente, los ataques se vuelven más violentos y el número de bajas civiles y de refugiados no ha dejado de aumentar.

En casa de Semiónova y de su hija Svetlana Svetlova, una foto ya antigua en blanco y negro de su nieto, Igor, entonces un crío mofletudo con gorrito y bufanda, y de su esposo, metalúrgico fallecido hace siete años, ocupan un lugar de honor en la vitrina del salón. Los cuadros que ha pintado Svetlova, de 60 años, empresaria inmobiliaria y apasionada de los pinceles, adornan las paredes de la vivienda, en un barrio al este de Dnipró, una ciudad con una importante comunidad judía. “Somos una familia mixta, laicos y judíos. El argumento de Putin de que esto está gobernado por nazis es tan ridículo que ni merece un suspiro”, dice Svetlova. “Queremos democracia, liberalismo, valores europeos. El Kremlin y su propaganda trabajan de acuerdo con los manuales de entrenamiento de la Alemania nazi. Aquí queremos vivir en paz, con calma”, insiste.

Semiónova, menuda y de aspecto frágil, ha pedido a su hija que preste especial atención a la despensa estos días. No olvida nunca las historias sobre el Holodomor, que empezó en 1932, que escuchó en casa de pequeña. Tampoco Svetlova. “Mi abuela me contó que hubo una época en la que literalmente no había nada que comer, los comisarios de seguridad [soviéticos] se llevaron la cosecha. Cuando llegó la primavera al menos comían hierba”, cuenta la empresaria mientras sirve un té negro en una taza de loza en la mesita del salón.

En 2006, Ucrania declaró el Holodomor como un acto de genocidio. La hambruna, ignorada y silenciada en la URSS y también por gran parte de la comunidad internacional, fue “creada deliberadamente” por Stalin entre 1932 y 1933 para eliminar cualquier idea de autonomía en Ucrania, considerada el granero de Eurasia y percibida como una amenaza por el poder central, escribe la periodista Anne Applebaum, que ha investigado a fondo el Holodomor en su libro Hambruna roja. Applebaum cree que la hambruna unida a la represión de los intelectuales y de cualquier elemento que tuviese que ver con la cultura ucrania fue un intento del aparato de Stalin para evitar una contrarrevolución. Las autoridades ucranias estiman que 3,8 millones de personas murieron de hambre. Y después, Stalin prohibió hablar de ello.

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Fallecidos en Járkov por la hambruna en 1933. La fotografía pertenece a la colección del Museo del Holodomor de Kiev.
Fallecidos en Járkov por la hambruna en 1933. La fotografía pertenece a la colección del Museo del Holodomor de Kiev.Alexander Wienerberger

Menos de una década después, en 1941, narra Semiónova, los nazis invadieron Ucrania y tomaron prácticamente todo el país bajo su control. Los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial se han avivado estos días en su memoria. El ternero que nació muerto y cuya piel hubo que entregar a los ocupantes nazis, que llevaban un control estricto de todo; cómo su padre se fue a luchar con el Ejército Rojo y su madre fue destinada a cavar zanjas, mientras su hermano y ella quedaron a cargo de su abuelo, de 70 años. La imagen de su hermano mayor, muy alto para su edad, vestido con ropas de mujer para evitar que los nazis le obligasen a una movilización obligatoria. “Qué terribles eran las batallas. Solo quedaron las chimeneas de un pueblo, lo destruyeron todo”, relata con los ojos llorosos. “Y ahora nos enfrentamos de nuevo a fascistas, fascistas desde el Kremlin”, apostilla Svetlova.

Unos 1,5 millones de judíos ucranios fueron asesinados por los nazis y sus colaboradores (una de cada cuatro víctimas de la Shoah), la mayoría a manos de escuadrones de la muerte. En solo unos días, más de 33.000 fueron fusilados en Babi Yar, un barranco de Kiev hoy convertido en memorial contra el Holocausto y que fue alcanzado por los efectos de un ataque contra la antena de televisión de Kiev, que el Gobierno ucranio ha atribuido a Rusia. Entre cinco y siete millones de ucranios perdieron la vida en la Segunda Guerra Mundial.

Después, analiza Timothy Snyder, profesor de la Universidad de Yale y especializado en Europa Central y Oriental, llegó la represión soviética que consideró a muchos ucranios como sospechosos de colaborar con los nazis. Empezó de nuevo la política de rusificación, dice Snyder. Y durante las cuatro décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el poder central de Moscú trató de borrar la lengua y la cultura ucranias.

Hoy, en casa de Semiónova y Svetlova hacen planes por si tienen que huir. Ese escenario nunca estuvo sobre la mesa en 2014, cuando Rusia se anexionó la península ucrania de Crimea con un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional, ni cuando estalló la guerra en el este contra los secesionistas alzados por Moscú que se ha cobrado en ocho años unas 14.000 vidas. Pero ahora, las tropas rusas avanzan y codician también Dnipró, de casi un millón de habitantes —antes de que empezase el éxodo por la guerra en todo el país que la ONU cifró este martes en dos millones de refugiados— y un enclave estratégico en el centro el país por su localización para el paso de suministros y sus industrias.

Mientras, la ciudad se prepara para la llegada del invasor. Hay barricadas, controles, patrullas y trampas antitanque prácticamente en cada esquina. Svetlova ha aparcado los pinceles y ahora se dedica a preparar cócteles molotov con otras voluntarias. De momento, pese a la insistencia de su hijo Igor, que vive en Israel, no se irán. “Nos esconderemos del bombardeo en un refugio antiaéreo, prepararemos cócteles molotov que los hombres les tirarán, haremos algo, lucharemos. Nosotros no vamos a ninguna parte. Mi madre sobrevivió a Hitler, mi familia sobrevivió al nazismo y ahora también sobreviviremos al fascismo y a Putin”, asegura.

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Los satélites fotografiaron el pasado lunes, 28 de febrero, un lugar llamado Jilchika. Está situado en el sureste de Bielorrusia. Si se traza una línea recta hasta el punto más cercano de la frontera con Ucrania, la distancia es de tan solo 12 kilómetros. Hasta hace unos meses, lo que había en Jilchika era nada, más allá de un pequeño embalse de agua junto a decenas de kilómetros cuadrados de arboleda. El lunes, trabajadores de la empresa privada estadounidense Maxar Technologies, desde sus oficinas en Westminster, en el Estado de Colorado, eligieron las fotos que sus satélites captaron de este sitio y se las enseñaron al mundo. Jilchika se ha convertido, según habían comprobado, en un campamento militar ruso, el más cercano hasta lo visto de la linde hacia la guerra emprendida por el Kremlin contra el vecino ucranio. En la foto se puede identificar incluso cómo varios camiones emprenden la ruta. Un nuevo renglón en la crónica visual, construida gracias a cientos de satélites y sin parangón en la historia de los conflictos.

Jilchika no es, en cualquier caso, el mayor de los emplazamientos militares rusos establecidos en los últimos meses como cerco a Ucrania. Pero si los empleados de Maxar se fijaron en esas coordenadas era por algo: desde este acuartelamiento hacia el sur, primero por la bielorrusa P37 y luego, ya en suelo ucranio, por la P02, se conduce directo a Kiev, objetivo fundamental del presidente ruso, Vladímir Putin. Y es por esas rutas por donde esta empresa especializada en la comercialización de imágenes satelitales emprendió el 27 de febrero el monitoreo de un larguísimo convoy de fuerzas rusas enfiladas hacia la capital ucrania.

Emplazamiento militar de Khilchikha, en Bielorrusia, el pasado 28 de febrero.
Emplazamiento militar de Khilchikha, en Bielorrusia, el pasado 28 de febrero.AP

El viaje de esta hilera de decenas de kilómetros de vehículos militares tiene en vilo a la cobertura de la invasión. Por primera vez en la historia de la guerra, herramientas hasta ahora reservadas a los servicios de información y espionaje están a disposición de casi todos, primero de los reporteros y luego de la audiencia. Según los expertos en seguridad contratados por Maxar para el análisis de las fotos de sus satélites, el convoy con destino Kiev está formado por camiones con combustible, logística, tanques, vehículos de infantería y lanzaderas móviles de misiles. Se trata de cientos de unidades de un operativo de combate que de principio a fin mide unos 60 kilómetros, y que ha sido fotografiado en la ruta desde Ivankiv al aeropuerto de Antonov, dos puntos bombardeados en la primera semana de ofensiva.

El estudio de las imágenes, según ha manifestado a este periódico Maxar, apunta a que el convoy, al menos parte de él, proviene sin duda del norte, de Bielorrusia. El Kremlin trasladó a ese país a principios del pasado mes a 30.000 soldados, junto a vehículos militares y armamento pesado, para participar en maniobras conjuntas.

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El seguimiento de este convoy vía satélite y accesible a todos los públicos es el ejemplo más claro de un nuevo escenario que evoluciona bajo el nombre Open Source Intelligence (Inteligencia con fuentes abiertas) y que tan solo se podía intuir a través de las herramientas de geolocalización del gigante Google. Hasta ahora, las grandes empresas de imágenes satelitales, que trabajan a demanda y mediante pago por uso, estaban enfocadas en prestar servicio a empresas privadas suscriptoras o a Estados en temas de seguridad y, recientemente, también para asuntos relacionados con el medio ambiente.

El pasado 3 de diciembre, el Departamento de Defensa estadounidense difundió a través de la prensa una serie de fotografías satelitales en las que se mostraba el despliegue ruso en varias localizaciones desde el verano. Firmaba las imágenes la empresa Digital Globe, propiedad de Maxar. Desde entonces, esta compañía, con decenas de satélites orbitando alrededor de la tierra, ha ilustrado las alertas lanzadas por Occidente sobre el peligro de la invasión inminente por parte de Rusia de Ucrania. Sus análisis han detallado lo que estaba pasando en el terreno más allá de los dimes y diretes de las cancillerías. Según la selección de información hecha desde las oficinas de Colorado, se distinguen tres frentes fundamentales de cobertura para entender el despliegue: Bielorrusia, el oeste de Rusia y Crimea. Y se aprecia una evolución concreta en el movimiento de estos destacamentos: en las primeras semanas con la llegada de los batallones desde varios puntos de Rusia; luego, con el montaje de barracones que indicaba que llegaban los soldados; y, por último, con el traslado a puntos más cercanos de la frontera con Ucrania.La ofensiva estaba lista y lo habían contado los satélites, a pesar de que desde Moscú se informase del repliegue en algunos puntos de la franja occidental rusa e incluso la península de Crimea.

Ahora la visibilidad de Maxar ha crecido exponencialmente tras el ataque ruso a Ucrania. No obstante, la empresa, como reconoce en su web, tiene una intensa relación con el Gobierno estadounidense, al que proporciona el 90% de la “inteligencia geoespacial” empleada en temas de seguridad nacional. También proporciona información a las tropas norteamericanas sobre cualquier terreno.

A la zaga de Maxar se han situado las californianas Capella Space o Planet Labs, ambas empresas con sede en San Francisco. Esta última ha abierto también un canal especial para la prensa con la información del frente que van recogiendo sus satélites. En una de sus últimas actualizaciones, el martes 1 de marzo, Planet Labs difundía la imagen satelital de la base aérea de Luninets, a 60 kilómetros de la frontera ucrania. Donde a principios de febrero había un manto de nieve, ahora, junto a la pista de despegue, aguardan más de 30 aparatos, la mayoría aviones de combate Sukhoi SU-25, símbolo del potencial aéreo de la Unión Soviética. Sobra decir que la herramienta de mapeo que ofrece Yandex, buscador privado de origen ruso, pero bajo la lupa del Kremlin, no muestra ninguno de los emplazamientos militares levantados por Moscú en los últimos meses.

Base aérea de Luninet, en Bielorrusia, el pasado 1 de marzo. / Planet Labs PBC
Base aérea de Luninet, en Bielorrusia, el pasado 1 de marzo. / Planet Labs PBC

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En La princesa prometida, la ya clásica película de Rob Reiner, el personaje de Vizzini, un despiadado espía siciliano, asegura: “Empezar una guerra es un trabajo muy prestigioso con una larga y gloriosa tradición”. Pero en este caso no se trata de un conflicto entre los imaginarios reinos de Florín y Guilder dentro de un cuento, sino del peligro real de un ataque contra un país soberano como Ucrania por parte de una potencia militar y energética como Rusia. La historia alberga varias lecciones, entre ellas que a lo largo de los siglos se han manejado todo tipo de pretextos para montar un casus belli y que las consecuencias de un conflicto son siempre imposibles de controlar y de imaginar. Y que, una vez puestos en marcha algunos mecanismos, resulta muy difícil dar marcha atrás. Y también que las guerras pueden tener causas, pero no son accidentes naturales como los terremotos: las desencadenan un puñado de seres humanos, aunque la tragedia reside en que las sufren, en cambio, millones de otros seres humanos.

La historiadora canadiense y profesora en Oxford Margaret MacMillan dedica un capítulo de su último libro, La guerra. Cómo nos han marcado los conflictos (Turner), a las razones esgrimidas a lo largo de la historia para justificar guerras e invasiones, empezando por Troya —”un hombre roba la mujer de otro”— hasta el hundimiento del Maine en la bahía de La Habana en 1898, que justificó el ataque estadounidense contra España. Aunque, en este caso, fue sobre todo una invención de la prensa sensacionalista: se trata de una de las muchas tormentas de desinformación con las que empiezan las guerras y en las que la Rusia de Putin es especialmente hábil. Sin embargo, MacMillan sostiene que ningún estallido se produce en el vacío. “Las causas de una guerra pueden parecer absurdas o incoherentes”, escribe, “pero detrás de ellas suele haber disputas y tensiones mucho más profundas. A veces basta una chispa para que una pila enorme de madera arda en llamas”.

Un momento clave en cualquier conflicto reside en su punto de inflexión: ¿cuándo es demasiado tarde para pararlo? En un artículo sobre la crisis de Ucrania, la revista británica The Economist recordaba esta semana una frase del gran historiador A.J.P. Taylor: “La Primera Guerra Mundial se hizo inevitable una vez que se emitieron las órdenes de movilización en Berlín”. “La complejidad de los horarios de los ferrocarriles de principios del siglo XX, de los que dependían entonces los movimientos de las tropas, hacía prácticamente imposible cualquier alteración”, prosigue la revista.

Pocos analistas piensan que, pese a la indudable y rotunda movilización rusa, se haya superado en Ucrania ese momento sin marcha atrás, pero siempre resulta más fácil leer el pasado que el presente. Netflix acaba de estrenar la película Múnich, basada en un libro de Robert Harris, que trata de salvar la cara a Neville Chamberlain, el primer ministro británico que firmó en la ciudad bávara en 1938 el pacto por el que entregaba a Hitler los Sudetes y que permitió al dictador nazi preparar la guerra total en Europa. El filme describe a Chamberlain como un político obsesionado por la Primera Guerra Mundial, que quiere evitar a toda costa otra generación masacrada. “Hasta que un conflicto no ha empezado se puede evitar”, sostiene el personaje. Sin embargo, los espectadores del siglo XXI saben lo que Chamberlain desconocía: la Segunda Guerra Mundial ya era imparable, porque Hitler había tomado la decisión de atacar y solo buscaba ganar tiempo.

Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar, antes de la reunión en marzo de 2003 en las islas Azores en la que se decidió el comienzo de la guerra en Irak. A la derecha, Sadam Husein.
Tony Blair, George W. Bush y José María Aznar, antes de la reunión en marzo de 2003 en las islas Azores en la que se decidió el comienzo de la guerra en Irak. A la derecha, Sadam Husein.REUTERS

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La Administración de George W. Bush estuvo inventando durante años una intrincada red de mentiras para justificar una invasión de Irak. Cada vez un número mayor de evidencias muestra que la construcción del caso contra Sadam Husein empezó pocos días después de los atentados del 11 de septiembre contra Washington y Nueva York. ¿Cuándo fue inevitable la guerra? ¿Sirvieron para algo todas las sesiones del Consejo de Seguridad antes de que los misiles comenzasen a caer sobre Bagdad el 20 de marzo de 2003? Seguramente, no. Y, desde luego, cuando millones de ciudadanos se manifestaron en todo el mundo contra la guerra, el 15 de febrero de 2003 —un momento de rebelión cívica que Ian McEwan retrató en su novela Sábado—, la Casa Blanca ya había tomado la orden de invadir, que se había cristalizado en una enorme movilización militar en torno al golfo Pérsico.

Irak es un caso paradigmático de una guerra en la que todo parece controlado —empezando por las mentiras con las que arranca—, pero que se convierte en un desastre de imprevisibles consecuencias. El pasado, de nuevo, ofrece numerosos ejemplos. En el año 415 antes de nuestra era, Atenas decidió fletar una expedición contra la poderosa ciudad griega de Siracusa. El pretexto era que dos ciudades aliadas de Atenas, y rivales de Siracusa, habían pedido ayuda a la ciudad-Estado griega. En realidad, se trataba de una lucha por la expansión helena en el Mediterráneo y de un episodio más de la guerra del Peloponeso contra Esparta. Las fuerzas atenienses fueron derrotadas en el puerto de Siracusa dos años más tarde, una debacle militar que acabó por destruir la democracia ateniense.

“La incursión ateniense también trajo consigo un resultado terrible”, escribe Donald Kagan en La guerra del Peloponeso (Edhasa). “Pérdidas devastadoras en hombres y embarcaciones, rebeliones generalizadas a través del Imperio y la entrada en escena del poderoso Imperio persa. Estos motivos contribuyeron significativamente a expandir la opinión generalizada de que Atenas estaba acabada”. En 411, por primera vez en un siglo, se instauró una dictadura en la ciudad que había inventado la democracia moderna.

Soldados alemanes en un refugio durante la batalla de Verdún.
Soldados alemanes en un refugio durante la batalla de Verdún.Efe / Memorial de Verdun

De todos los desastres de la historia que trajeron imprevisibles y devastadoras consecuencias el más intrigante sigue siendo la Primera Guerra Mundial. Los historiadores llevan más de un siglo tratando de buscar el verdadero motivo por el que empezó el conflicto: desde que se produjo el asesinato del archiduque en Sarajevo, el 28 de junio 1914, hasta que estallaron las hostilidades transcurrieron cinco semanas durante las que las potencias europeas fueron incapaces de parar un mecanismo estúpido, que les llevaba a la debacle de forma bastante involuntaria. El historiador Christopher Clark acuñó el concepto de “sonámbulos” en el libro que lleva ese título (Galaxia Gutenberg) para describir la manera en que los responsables del estallido caminaron decididamente hacia el abismo sin ser conscientes de que iban a provocar 20 millones de muertos, 21 millones de heridos, la destrucción de tres imperios y, al final del camino, la Segunda Guerra Mundial.

“¿Cómo pudo hacerse Europa eso a sí misma y al mundo?”, se pregunta Margaret MacMillan en su libro sobre el principio del conflicto, 1914. De la paz a la guerra (Turner). “Hay muchas explicaciones posibles, tantas que resulta difícil decantarse por una”, escribe. Al final, deja claro que “muy pocas cosas en la historia son inevitables”, que las masacres de Lovaina, de Verdún, del Somme no tuvieron por qué existir. Pero también sostiene que “las fuerzas, las ideas, los prejuicios, las instituciones y los conflictos son ciertamente factores importantes, pero no tienen en cuenta a los individuos —que al final no fueron tantos— en cuyas manos estaba decir ‘sí, adelante, desatemos una guerra’, o bien ‘no, detengámonos”. Las guerras las declaran —y las impiden— seres humanos. Pero, sobre todo, las sufren.

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Son un puñado de escritores, guionistas y dibujantes de ciencia ficción, un auténtico comando de creadores acostumbrados a construir relatos y escenarios del futuro y a imaginar lo inimaginable. Están embarcados en una misión para las Fuerzas Armadas de su país, Francia: diseñar escenarios de conflictos —algunos posibles y otros que ahora pueden parecer inverosímiles— para ayudar al Ministerio francés de los Ejércitos a preparar las guerras del futuro.

El nombre oficial del equipo es Red Team, diez creadores de ciencia ficción que, desde hace dos años, desarrollan un encargo atípico y a primera vista desconcertante: anticipar las amenazas que podría afrontar Francia a mediados del siglo XXI. No es un ejercicio de prospectiva, un análisis racional y razonado de los futuros más o menos previsibles. El objetivo es situarse en el límite entre lo verosímil y lo inverosímil, como suele hacer la ciencia ficción, para contemplar lo que hoy parece imposible, pero que puede acabar sucediendo y, por el efecto sorpresa, desestabilizando un país.

“Lo que nos pedía el Ejército era: ‘Ponednos en una situación desagradable, dadnos escenarios que no hayamos anticipado, aunque no sea muy realista’”, dice uno de los miembros del Red Team, Laurent Genefort, prolífico escritor de ciencia ficción y autor, entre otros, del Ciclo de Omale o la trilogía Spire (no traducidos al castellano). “Para un novelista como yo, que utiliza su imaginación para algo tan inofensivo como una novela o para cuentos, sin impacto en lo real, era una manera de medirme con lo real. Siempre pienso, cuando trabajo para el Red Team, que todo puede tener una implicación en la realidad, lo que no es el caso cuando simplemente soy autor de ciencia ficción”.

La editorial Équateurs acaba de publicar Ces guerres qui nous attendent. 2030-2060 (Estas guerras que nos esperan. 2030-2060), un libro que incluye cuatro escenarios en los que ha trabajado el Red Team. Esta es la parte desclasificada de su trabajo; hay otra que permanece guardada bajo llave. Y es una ventana a un mundo inquietante y asombroso. La nómina de autores, aparte de Genefort, incluye a DOA, Xavier Dorison, Romain Lucazeau, Xavier Mauméjean, Virginie Tournay, Jeanne Bregeon y François Schuiten, entre otros.

“Afrontamos un futuro incierto, con acentos tumultuosos”, declaró la ministra de los Ejércitos, Florence Parly cuando, a finales de 2020, se desvelaron detalles de los primeros escenarios. “Hay que atreverse a pensar diferente, creer en lo imposible, imaginar lo inimaginable y cuestionar lo que ayer todavía nos parecía inmutable”.

Desastres naturales y confederaciones de piratas

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Hay, en los escenarios, desastres naturales, refugiados climáticos y confederaciones globales de piratas. Fronteras porosas y ciudades móviles y flotantes. Una humanidad dividida entre quienes aceptan un chip “capaz de conciliar la seguridad sanitaria y la capacidad individual de desplazamiento”, y quienes lo rechazan. Estados-nación que se desintegran o viejas potencias coloniales que a la vez son colonizadas por los nómadas del mar, y otras que se enrocan en “hiperfortalezas” como en una nueva Edad Media.

El escenario 3 imagina un mundo compuesto de “esferas seguras que adaptan la percepción del mundo exterior a la realidad que cada cual desee darle”, resume uno de los videos del Red Team. “En 2040, más del 90% de europeos están conectados a ellas, por lo que ya no hay una realidad común compartida”.

Una vez establecido el marco, el Red Team introduce el elemento de conflicto: un atentado biológico el 2 de octubre de 2045 en Grande-City (los escenarios evitan nombras países y ciudades concretas, pero es fácil imaginar que se trata de Londres). Francia lanza la Operación Omanyd para repatriar a los ciudadanos franceses y de la Unión Europea, pero topa con el rechazo de muchas personas que viven encerradas en sus esferas seguras y bombardeadas por noticias falsas. Epílogo: en 2047, la UE lanza la Operación Asegurar Lo Real para desmantelar las zonas de realidad alternativa. “Los dispositivos de manipulación cognitiva quedan proscritos o severamente reglamentados”, se lee en el libro, “lo que permite una desideologización de poblaciones a gran escala”.

El Read Team se mueve en un territorio a medio camino entre la ciencia ficción más fantasiosa y la prospectiva al uso. No hay personajes que viajen en el tiempo. Pero sí cables que nos lleven al espacio con un ascensor. O las esferas seguras que son una proyección hiperbólica, pero no inimaginable, de un fenómeno real: la polarización ideológica y cultural alimentada por redes sociales y medios de comunicación que cultivan los prejuicios de sus audiencias.

Hay algo de juego en estos escenarios, pero es algo más. “Para el Ejército es muy serio. Para los autores en ciertos momentos hay una parte lúdica, y es importante, pero para ellos también es serio”, afirma Cédric Denis-Rémis, vicepresidente de la Université Paris Sciences et Lettres (PSL), institución que participa en el proyecto y suministra los expertos universitarios necesarios. “En el Ejército hay personas que se dedican a la prospectiva, pero el problema es que la prospectiva no puede hacer ciertas cosas: hoy nos muestra, por ejemplo, que no es posible hacer el ascensor espacial, porque los científicos estarán de acuerdo en que no se puede fabricar el cable para subir directamente al espacio. La ciencia ficción, en cambio, tiene derecho a decir: ‘No hay problema, nosotros lo fabricamos”.

El artífice del proyecto se llama Emmanuel Chiva, director de la Agencia de la Innovación de Defensa (AID), dependiente del Ministerio de los Ejércitos. Fue él quien, en 2016, siendo oficial de reserva en la Marina, acompañó a su mujer, aficionada a la ciencia ficción, el festival Utopiales de ciencia ficción en Nantes. “Allí”, recuerda, “descubrí a una comunidad que mezclaba la creatividad, el arte, la ciencia”.

Una vez nombrado al frente de la AID en 2018, decidió poner en marcha el proyecto. “A fin de cuentas, me dije, esta comunidad puede ayudarnos a pensar de manera distinta de la manera de pensar de un ingeniero, un científico o un militar”.

El uso práctico del Red Team es evidente, en la opinión de Chiva. “Hay resultados concretos”, explica. “Le voy a dar ejemplo: acabamos de lanzar un proyecto llamado Myriade en el terreno de la guerra cognitiva. Y es el resultado de un estudio de amenazas de la Red Team. Es verdaderamente lo que queríamos: nuestros autores piensan en el futuro muy lejano y nosotros pensamos en qué podemos hacer desde hoy para evitarlo”.

Cuando el pasado noviembre la ministra Parly anunció el proyecto Myriade, habló de “una nueva forma de amenaza que combina las capacidades de manipulación de información, de desinformación, de cibernética, de psicología, de ingeniería social, de biotecnologías”. Sonaba a los escenarios del Read Team. Y de hecho, lo citó varias veces.

“La guerra cognitiva es la capacidad de explotar las vulnerabilidades del cerebro humano recurriendo a los métodos que he mencionado”, dijo Parly. “No es en absoluto ciencia ficción”.

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