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Reinaldo Rueda y Carlos Queiroz.

Rueda dejó a Chile para sumarse a la ‘Tricolor’ y Queiroz asumió el banquillo de Egipto dejándolo eliminado de las clasificatorias de África.

Noticias Colombia.

Tanto el profesor Reinaldo Rueda como Carlos Queiroz, los dos técnicos que tuvo la Selección Colombia durante las Eliminatorias a Catar 2022, no asistirán al Mundial con sus respectivos equipos.

El timonel colombiano quedó descalificado al ocupar el sexto lugar de la tabla de posiciones con 23 puntos, uno menos que Perú que con su resultado favorable ante Paraguay (2-0), ahora luchará por el repechaje al ubicarse quinto con 24 unidades.

Vea: Goleadas recibidas, escándalos, ‘anti-récord’, puntos claves perdidos y «lucha de egos»: Colombia sin Qatar

Antes de ocupar el banquillo del cuadro cafetero, Rueda estuvo dirigiendo a la Selección de Chile, la cual tampoco clasificó a la cita orbital. Durante su paso por el conjunto austral, estuvo por fuera del grupo de «los cinco» y en plenas Eliminatorias abandonó el barco chileno para unirse a las aspiraciones de Colombia de ir a un Mundial.

El 14 de enero asumió como DT de Colombia.

Su rendimiento estuvo marcado por una «empatitis aguda» del equipo que por no sumar de a tres con rivales directos como Perú y Uruguay, se quedó sin Mundial.

Bajo su mando, Colombia tuvo una racha negativa de goles con más de 700 minutos sin poder marcar una anotación. Fue precisamente Díaz, quien acabó con el ‘maleficio’ con su gol ante Bolivia.

Tras la eliminación el futuro de Rueda en la ‘Tricolor’ es incierto. Algunos creen en su proceso mientras otros opinan que hayq ue tarer un técnico extranjero.

Habrá que esperar qué decisión toman las directivas de la Federación. Si lo mantienen en el cargo o si lo relevará otro estaratega.

Queiroz también «fracasó» por partida doble

Por su parte, el estratega portugués no pudo obtener una casilla para el Mundial al comando de Egipto, equipo que posee como figura al delantero del Liverpool, Mohamed Salah.

Carlos Queiroz asumió como técnico de Colombia el 7 de febrero de 2019, luego de un buen paso en la Selección de Irán.

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Empezó bien dirigiendo el cuadro nacional y uno de sus aciertos fue convocar a Luis Díaz, extremo atacante del Junior en ese entonces, a quien recomendó al Porto de Portugal.

Sin embargo, dos malos resultados «saca técnicos» en las fechas de Eliminatorias ante Uruguay (0-3) en casa y (0-6) frente a Ecuador de visitante, dieron por terminado su cliclo como DT de la ‘Tricolor’.

El 2 de diciembre y tras una reunión con la Federación Colombiaan de Fútbol (FCF), el portugués de 66 años se despidió del combinado patrio el 2 de diciembre del 2020.

Por medio de sus redes sociales emitió un comunicado:

«Cuando decir adiós no es fácil, significa que solo tenemos motivos para expresar con orgullo nuestra enorme gratitud», escribió el técnico.

Tras dejar su cargo en la Selección Colombia asumió su rol como técnico de la Selección de Egipto.

Con el cuadro africano disputó la final de la Copa de África ante Senegal, perdiendo la final en penalties.

Ya en el plano de las Eliminatorias, nuevamente la Senegal de Sadio Mané, compañero de Salah en el Liverpool, superó en penales a Egipto y lo sacó del Mundial de Catar 2022.

Queiroz y Rueda, dos técnicos que «fracasaron por partida doble».

Foto de portada: @reinaldorueda /carlosqueiroz

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Mariupol, la estratégica ciudad portuaria asediada y bombardeada por las tropas rusas, se asoma este domingo al desastre después del fracaso del segundo intento de alto fuego para evacuar a cientos de miles de personas atrapadas en la ciudad, que se ha convertido en una ratonera. Mientras, el Ejército ruso ha redoblado su ofensiva contra Kiev: el suburbio de Irpin, a 25 kilómetros de la capital ucrania, se encontraba este domingo bajo un intenso de bombardeo de artillería, mientras los civiles trataban de huir bajo el sonido de los bombazos.

Tras una conversación con el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, el presidente ruso, Vladímir Putin, aseguró que no tenía intención de frenar la ofensiva. Según el resumen de la conversación ofrecida por el Kremlin, Rusia solo detendrá sus operaciones militares si Ucrania deja de combatir y se cumplen las exigencias de Moscú. Putin sostuvo que la operación se desarrollaba según el plan y el calendario previstos, y que esperaba que los negociadores ucranios adoptaran un enfoque más constructivo en las conversaciones previstas para el lunes y tuvieran en cuenta la realidad sobre el terreno, según el Kremlin.

Rusia y la Guardia Nacional de Ucrania se acusaron mutuamente de impedir el establecimiento de un corredor humanitario en Mariupol. La televisión Ukraine 24 mostró a un combatiente del Regimiento Azov de la Guardia Nacional que sostuvo que las fuerzas rusas que han rodeado la ciudad portuaria de unos 400.000 habitantes seguían bombardeando las zonas que, en teoría, deberían estar protegidas por el alto el fuego. La agencia de noticias Interfax citó a un funcionario de la Administración separatista de Donetsk que acusó a las fuerzas ucranias del fracaso del alto el fuego.

Los funcionarios locales de Mariupol tenían programado que un convoy encabezado por la Cruz Roja ayudase a sacar a la población civil del municipio, completamente sitiado por las tropas rusas y sin agua, calefacción, electricidad ni cobertura desde hace varios días. Este domingo por la mañana las autoridades locales habían dicho a los residentes que se reunieran en tres lugares diferentes de la ciudad y que estuvieran preparados para la evacuación, informa The New York Times, aunque el plan de evacuación no pudo llevarse a cabo, según las confusas informaciones sobre el terreno.

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La salida de civiles acordada un día antes, este sábado en Mariupol y en la pequeña localidad sureña de Volnovaja, también en condiciones críticas, tuvo que suspenderse por el fracaso del alto el fuego en esas poblaciones y de solo cinco horas pactado por Kiev y Moscú. El Gobierno ucranio acusó al Kremlin de bombardear la zona establecida como corredor humanitario para la salida de los civiles y la entrada de productos sanitarios y medicamentos, y de utilizar “artillería pesada y cohetes” contra Mariupol, que Rusia pretende controlar. El presidente ruso, Vladímir Putin, culpó a las autoridades ucranias de “sabotear” el acuerdo y el corredor para civiles.

Situación desesperada

Cientos de miles de personas resisten desde hace cuatro días en condiciones límite en Mariupol. “Ayer recogimos agua de nieve y de lluvia para poder beber. Hoy hemos tratado de conseguir agua en las distribuciones, pero la cola es enorme”, relataba este sábado uno de los trabajadores en la zona de Médicos sin Fronteras (MSF) en una nota enviada por la organización, que ha advertido de que la situación en la ciudad es crítica.

Una mujer que lograba salir de Mariupol en la noche del sábado contaba que los disparos en las calles no cesan, que los supermercados están desabastecidos y venden los alimentos que quedan, muchos ya caducados, informa Margaryta Yakovenko.

Residentes y funcionarios locales describieron a The New York Times condiciones de “pesadilla” después de cuatro días de bombardeos de las fuerzas rusas a la ciudad. “La gente bebe de los charcos en las calles”, dijo Petro Andryushchenko, asesor del alcalde de Mariupol, de casi medio millón de habitantes. “No hay electricidad, ni calefacción, ni conexión telefónica. Es un horror absoluto”. El bombardeo ha destruido el distrito de la orilla izquierda de la ciudad, que ahora “es incompatible con la vida humana”, consideró Andryushchenko.

Mientras, la ofensiva rusa se ensaña también con la zona de Kiev. Varios proyectiles de mortero han caído a lo largo de la mañana de este domingo en la carretera por la que están siendo evacuados a pie los civiles de la localidad de Irpin en dirección a Kiev ―las dos localidades están a solo unos 20 kilómetros—. Hay, al menos, tres muertos causados por uno de esos morteros en el cruce principal del pueblo de Romanov, según han confirmado a EL PAÍS varios reporteros presentes durante los ataques. Los cuerpos permanecían tapados delante de la iglesia y del monumento a los caídos en la Segunda Guerra Mundial, a escasos metros de donde el Ejército ucranio tiene un destacamento en retaguardia desde el que salen constantemente militares hacia la línea del frente.

Los morteros cayeron de manera repetida por el mismo lugar en el que en los últimos días pasan de manera constante miles de vecinos camino de Kiev. La mayoría son mujeres y niños que, en algunos casos, son acompañados por los hombres que, posteriormente, regresan a la localidad y colaboran en su defensa. Romanov contaba hasta el comienzo de la guerra el 24 de febrero con unos 2.000 habitantes. Esta localidad tenía uno de los dos puentes que da acceso a Irpin y que los propios militares locales dinamitaron la semana pasada para tratar de frenar el avance de las tropas del Kremlin.

La huida de ciudadanos de Ucrania tampoco deja de crecer. Filippo Grandi, alto comisionado de refugiados de Acnur, la agencia de la ONU para los refugiados, ha informado este domingo de que Naciones Unidas eleva ya a 1,5 millones las personas desplazadas desde Ucrania hacia los países limítrofes por culpa de la invasión de Rusia hace 11 días.

La directora de operaciones de Médicos Sin Fronteras, Christine Jamet, ha exigido este domingo que se reanuden las evacuaciones. “Las personas que buscan seguridad tienen que poder ponerse a salvo sin miedo a sufrir los efectos de la violencia”. La ONG considera que los corredores humanitarios no son suficientes. “El paso y acceso seguro para la ayuda humanitaria debe ser un derecho, no un privilegio”, sostienen en un comunicado.

“Hemos sido testigos, en varias ocasiones, de cómo se alentaba a los civiles a salir a través de corredores de evacuación civil con límites de tiempo, y de cómo, todos aquellos que no pudieron o no quisieron huir, se encontraron con una violencia extraordinaria e indiscriminada desatada contra todo el mundo y contra todo lo que quedaba atrás, incluyendo muchos médicos y civiles”, ha aseverado Stephen Cornish, director general de la organización, que ha pedido a todos los militares que luchan en este conflicto que respeten las reglas de la guerra; que tomen todas las precauciones para evitar dañar a la población civil y que les consideren como civiles en todo momento.

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Sin calefacción, casi sin agua y sin electricidad. Un millón de personas resisten desde hace tres días en condiciones críticas en Mariupol, sitiada por las fuerzas de Vladímir Putin. Este sábado, la evacuación de la ciudad portuaria y de la pequeña localidad sureña de Volnovaja, también en condiciones críticas, se ha suspendido por el fracaso del alto el fuego puntual y de solo varias horas acordado por Kiev y Moscú. El Gobierno ucranio ha acusado al Kremlin de bombardear la zona establecida como corredor humanitario para la salida de los civiles y la entrada de productos sanitarios y medicamentos, y de utilizar “artillería pesada y cohetes” contra Mariupol, que Rusia aspira conquistar. El presidente ruso, Vladímir Putin, ha acusado a las autoridades ucranias de “sabotear” el acuerdo y el corredor para civiles y ha elevado aún más sus amenazas sobre Kiev. Mientras, miles de personas siguen atrapadas bajo los bombardeos en una situación desesperada.

Los expertos ya habían dudado del cumplimiento ruso de la medida. Advertían, además, de que el alto el fuego podría beneficiar a Rusia, que podría aprovechar para reagruparse, reabastecerse y, tras la salida de la mayoría de la población civil, lanzar una dura ofensiva para ocupar Mariupol, de una gran importancia industrial y estratégica en el mar de Azov para avanzar en sus planes de crear un corredor desde la península ucrania de Crimea, que se anexionó ilegalmente en 2014, y el Donbás.

Cientos de personas se habían reunido en los puntos de recogida de Mariupol para montar en vehículos y autobuses habilitados para salir a través de los corredores humanitarios este sábado cuando han estallado nuevos ataques rusos, ha asegurado el alcalde de la ciudad, Vadim Boichenko, de donde necesitan salir unas 200.000 personas. “Valoramos la vida de cada habitante de Mariupol y no podemos arriesgarnos, por eso detuvimos la evacuación”, afirmó a la televisión local.

Más de 15.000 aspiraban a utilizar los corredores humanitarios supervisados por la Cruz Roja desde Volnovaja, situada entre el Mar de Azov y la ciudad de Donetsk, controlada por Moscú y reclamada por los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin desde 2014. La localidad, de 21.000 habitantes, está prácticamente arrasada por los bombardeos, los cadáveres yacen en las calles sin poderse recuperar y la ciudadanía que queda en Volnovaja permanece acurrucada en los refugios por los constantes ataques. No hay suministros y se están quedando sin comida, advirtió el diputado local Dmitro Lubinets.

Médicos sin Frontera, que tiene personal en la zona ha advertido que la situación en las dos ciudades es crítica. “Ayer recogimos agua de nieve y de lluvia para poder beber. Hoy hemos tratado de conseguir agua en las distribuciones, pero la cola es enorme”, ha relatado uno de sus trabajadores en una nota. “Las farmacias no tienen medicamentos”, ha alertado. Christine Jamet, directora de operaciones de la veterana ONG ha exigido que las evacuaciones se reanuden. “Las personas que buscan seguridad tienen que poder ponerse a salvo sin miedo a sufrir los efectos de la violencia”, ha dicho. Apenas 400 personas han podido abandonar las dos ciudades esta mañana.

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La guerra de Putin contra Ucrania ha cumplido ya 10 días y este sábado ha vuelto a endurecer la ofensiva. La resistencia del Ejército ucranio —en desigualdad numérica y con menos capacidad de lucha aérea y carencias de sistemas de defensa antiaérea— y de la sociedad civil ha ralentizado el avance de las tropas rusas, que han cambiado de estrategia y han pasado a poner en la diana infraestructuras civiles y zonas residenciales. El Kremlin está atacando el corazón de las ciudades, de donde más de 1,2 millones de personas se han visto obligadas a huir, según la ONU, que contabiliza 351 civiles muertos por la guerra pero avisa de que la cifra “subestima” la realidad.

El Ejército ruso se ha aplicado con dureza en zonas civiles de Járkov, la segunda ciudad más poblada del país, en el este de Ucrania; Chernihiv, cerca de la frontera con Bielorrusia y donde un duro ataque contra una zona residencial mató el jueves a 47 personas; Sumi, al noreste del país, escenario de duros ataques y donde hay atrapados cientos de estudiantes internacionales; y los alrededores de Kiev, la capital, hacia donde se dirige desde hace días un kilométrico convoy de blindados rusos que, sin embargo, está encontrando muchas dificultades para avanzar. Rusia ha tomado también un hospital psiquiátrico a las afueras de la capital, según ha afirmado este sábado el gobernador regional, Oleksi Kuleba.

Mientras, el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, Igor Konashenkov, ha recalcado que el cerco a Mariupol —que, según sus palabras, está aplicando las fuerzas de la autoproclamada “república popular” de Donetsk— se sigue estrechando. Rusia, que asegura que no ataca zonas civiles y que sus ataques son quirúrgicos, ha afirmado que se ha hecho con el control de otras pequeñas localidades del este de Ucrania. El Estado Mayor ucranio ha anunciado por su parte que emprenderá una contraofensiva.

Las fuerzas de Putin, que asegura que quiere “desnazificar” Ucrania, siguen tratando de avanzar por otros flancos del sur, donde han obtenido por ahora los mayores logros. Ya controlan la costera ciudad de Jersón, de 290.000 habitantes, y la primera gran urbe en caer en manos rusas, que puede actuar como otra lanzadera en su camino hacia Odesa, también en el mar Negro, en una maniobra que podrían combinar con una invasión anfibia, han advertido los analistas militares. El objetivo de Moscú es arrebatar a Ucrania el control del mar.

Sin embargo, ya han estallado protestas en ciudades y pueblos bajo la ocupación rusa. En Jersón, que las tropas del Kremlin han tratado de aislar con el corte de las redes de telecomunicaciones ucranias, varios cientos de personas salieron a la calle este sábado con banderas ucranias y al grito de “vergüenza” o “iros a casa”. Imágenes similares se dieron hace dos días en la ciudad de Melitopol, Beriansk (en el mar de Azov) y otras localidades de población mayoritariamente rusoparlante, aquella que el presidente Putin afirma proteger.

Con el fracaso del alto el fuego puntual para las evacuaciones de este sábado también ha descarrilado la reunión entre las delegaciones ucrania y rusa que iba a celebrarse en Bielorrusia, cerca de la frontera con Ucrania. Está previsto que la nueva mesa de diálogo —la tercera— tenga lugar el lunes. Es posible que se acuerde un nuevo alto el fuego temporal y parcial. Aunque la ministra para los territorios ocupados de Ucrania, Iryna Vereshchuk, ha advertido que las tropas rusas pueden aprovecharlo para avanzar sobre posiciones ucranias.

Emma Beals, investigadora no residente en el Middle East institute, que ha estudiado las pautas de las estrategias rusas en Siria, por ejemplo, donde su apoyo fue clave para el régimen de Bachar el Asad, destaca que el alto el fuego y los corredores humanitarios son extremadamente necesarios para evacuar a la población civil y la entrada de asistencia humanitaria, pero que los acuerdos rusos deben tomarse con “grandes dosis de escepticismo”. “En Siria, hemos visto a Rusia aceptar ese alto al fuego que no cumplió y ofrecer corredores humanitarios que eran inseguros o inapropiados y no podían utilizarse”, señala. “Históricamente, Rusia ha aceptado aplicar un cese al fuego solo cuando está en línea con sus ambiciones estratégicas, con lo que puede ser una victoria militar completa”, advierte Beals.

A medida que la ofensiva rusa se endurece, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, va elevando el tono para reclamar ayuda a sus aliados. Este sábado, el líder ucranio ha lanzado una llamada desesperada a los legisladores estadounidenses en una reunión por videoconferencia para obtener más aviones y apoyo para que la OTAN cree una zona de exclusión aérea sobre Ucrania. Para el país del Este, el más grande de Europa, el mayor desafío son los ataques aéreos.


Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados

(Instituto para el Estudio de la Guerra).

Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados

(Instituto para el Estudio de la Guerra).

Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)

Anexionada por

Rusia en 2014

Fuentes: Territorios ocupados (Instituto para el Estudio de la Guerra).

La OTAN ya rechazó el viernes por la noche establecer la zona de exclusión aérea que el presidente Zelenski había pedido, y reclamó que no intervenga por aire ni por tierra por temor a que Rusia extienda su agresión a otras partes de Europa. Crear la zona de exclusión, explicó el secretario de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, requeriría desplegar aviones de combate de la OTAN y posiblemente “derribar aviones rusos”. “Como aliados de la OTAN, tenemos la responsabilidad de evitar que esta guerra se intensifique más allá de Ucrania”, dijo Stoltenberg. “Hemos dejado claro que no vamos a entrar en Ucrania, ni en tierra ni en el espacio aéreo ucranio”, añadió.

Zelenski cargó contra la decisión de la Alianza que ve como una señal de debilidad y división de la OTAN. “Todas las personas que mueran a partir de este día también morirán por vuestra culpa”, dijo el presidente ucranio en un vídeo, en el que agregó que el rechazo de la Alianza a actuar ha supuesto para Moscú una señal de “luz verde” para atacar pueblos y ciudades de Ucrania.

Ante las reclamaciones del líder ucranio, Putin ha advertido este sábado de que cualquier intento de otra potencia de imponer una zona de exclusión aérea en Ucrania sería considerado por Rusia como un paso hacia el conflicto militar. Tal paso, ha aseverado, tendría consecuencias catastróficas para Europa y el mundo.

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No importa si Vladímir Putin consigue desmembrar, destruir o anexionar Ucrania, no es relevante si su guerra clava una estaca en el centro de Europa y deshace las solidaridades en la Unión, da igual si su acción le lleva a recuperar, de forma siempre provisional, fragmentos del imperio que se deshizo en los años noventa. Incluso si triunfa de esa forma, Putin ya ha fracasado.

Esas acciones traerán la desgracia y la muerte sobre una buena parte de los europeos, incluso de aquellos que más a salvo se creen. Pero no le darán a Putin la victoria que él habría deseado. La guerra que ya ha comenzado alejará aún más a Rusia de su camino natural y de su claro destino como parte de Europa, como cocreadora de la civilización moderna. Una civilización de la que con todos sus errores, crímenes y ―también― aciertos históricos, Rusia ha formado parte y ha sido pieza clave desde el siglo XVI. Pero eso no significará que triunfe el designio de Putin.

Resulta hoy difícil recordar que hubo un tiempo en que Vladímir Putin pudo haber pasado a la historia como el gran modernizador de Rusia. Los primeros tiempos en los que el entonces apenas maduro dirigente fue capaz de hacer retroceder el reparto mafioso de los recursos del país con una centralización quizá brutal, pero efectiva. Nadie duda de que se enriqueció por el camino. Pero el desastre que significaron los años noventa ―una década que para muchos de los rusos de a pie se mantiene en la memoria como la era de la escasez, la violencia y la pobreza súbita― fue revertido. Hubo un primer Putin que lanzó algunas líneas de cambio que podrían haber hecho de Rusia el país que sus habitantes se merecen. No las continuó. Y la idea corriente de que fue el “desprecio” o la “ignorancia” de un Occidente que, se dice, se creía haber ganado la Guerra Fría es solo una excusa. Especialmente de la Unión Europea. Se podría haber hecho más, mucho más, para conectar a Rusia con el resto del continente; se podría haber tratado a su presidente de forma más inclusiva, algo de lo que parece quejarse el mandatario, como si fuera un niño insatisfecho. También el fracaso de Putin es un fracaso nuestro. Pero la responsabilidad final es de quien manda matar para defender no sé qué principios nacionales, no sé qué soberanías. Quien ordena atacar a todo un país, por todo su territorio, a 100 kilómetros de la frontera europea, ese es el agresor.

El presidente lo tenía todo a su favor: un poder indiscutido y una legitimidad real, como pocos dirigentes rusos habían tenido en la historia; un entorno internacional que no lo consideraba una amenaza y que, con todos sus problemas, estaba dispuesto a comprar y vender con Rusia, a incluirla en el duro mundo del comercio internacional; un lugar en las mesas de negociaciones de los ricos del mundo, un sitio en los conciliábulos del poder mundial; un país que respiraba por fin después de tanto dolor y tanto aislamiento. Pero Putin no siguió ese camino.

Cuando Putin lanzó a sus “hombres de verde” sobre Crimea en 2014, Estados Unidos llevaba décadas reduciendo su poder militar en Europa, más preocupado por el ascenso de China y las oportunidades del Pacífico que por un viejo continente ya inútil para ellos. Habría sido fácil para el presidente ruso el reclamar su lugar en la discusión por la transformación de Europa, un lugar preeminente. Pero lo llamaban antiguos sueños de imperio.

Podría haber optado por hacer crecer al país, por modernizarlo, insuflarlo de vida, rejuvenecerlo. Según las previsiones, si el descenso demográfico ruso sigue como hasta ahora, pasará en 2075 a tener tan solo 55 millones de habitantes. Ahora tiene 147. Putin no ha hecho apenas nada por cambiar este proceso, más allá de embarcarse en vacías aventuras militares.

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Rusia ha vuelto a retroceder. Rusia ha vuelto a alejarse del lugar que le corresponde en Europa y en el mundo. Rusia ha preferido —me lo dijo directamente un alto cargo militar ruso— ser temida antes que amada. Mi generación ya no verá otro rostro de Rusia.

Vladímir Putin ha fracasado. Y nosotros, todos, lo estamos ya pagando.

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