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Funeral por una de las víctimas en los atentados, el miércoles en Bnei Brak (Israel).
Funeral por una de las víctimas en los atentados, el miércoles en Bnei Brak (Israel).Ariel Schalit (AP)

La viralidad en las redes sociales de varios vídeos de hombres árabes armados, que acuchillan o abren fuego de forma indiscriminada en las calles de tres ciudades, ha sembrado el terror entre los ciudadanos de Israel en apenas una semana. La mayor ola de atentados registrada desde 2015, —en la entonces denominada Infifada de los Cuchillos— ha espoleado la alerta de las fuerzas de seguridad hasta un nivel no recordado desde la guerra en la franja de Gaza del pasado mes de mayo.

Los disparos a bocajarro de un palestino de Cisjordania, que había sido encarcelado en Israel por planear otro atentado, se cobraron en la noche del domingo las vidas de un rabino, un conductor judío, dos emigrantes de Ucrania y un policía árabe israelí en el suburbio ultraortdoxo de Bnei Brak, en el área metropolitana de Tel Aviv. Con este tiroteo, son ya 11 los asesinados en atentados desde el martes pasado, cuando un beduino israelí mató a cuatro viandantes, dos hombres y dos mujeres, acuchillados o arrollados por un vehículo en Beersheva (al sur). En la noche del martes, dos policías fueron acribillados a tiros por dos árabes israelíes en Hadera (norte). Mientras el agresor de Beersheva actuó aparentemente aislado, de acuerdo con el patrón de los lobos solitarios, los servicios de inteligencia investigan si los atacantes de Hadera estaban dirigidos desde el exterior. Todos fueron abatidos por las fuerzas de seguridad israelíes.

El primer ministro israelí, Naftali Bennett ha convocado al gabinete ministerial de seguridad, órgano del Gobierno que ordena los grandes despliegues militares, para responder con “mano de hierro” lo que definió como “ola de terrorismo árabe”. Bennett pidió en un mensaje televisado “vigilancia y responsabilidad” a los ciudadanos: “Quien tenga un arma con licencia, es hora de que la lleve consigo”. La policía ha movilizado a casi todos sus agentes en puestos administrativos para situarlos en labores de vigilancia de centros educativos, edificios oficiales o terminales de transporte. Las Fuerzas Armadas han reforzado con cuatro batallones (más de un millar de soldados) su presencia en el área de Nablus y Yenín, norte de Cisjordania, de donde procedía el atacante de Bnei Brak, y en torno a Ramala, sede de la Autoridad Palestina próxima a Jerusalén.

Al menos cinco personas han sido detenidas en una redada en Yenín como sospechosos de haber ayudado a Diaa Hamarsheh, de 27 años, autor del atentado del martes, a atravesar la barrera de seguridad (muros, tapias y vallas) que rodea Cisjordania para llegar con un fusil de asalto M16 hasta el centro de Bnei Brak. Antes de que fuera abatido por las fuerzas de seguridad, se puede observar en un vídeo difundido en Twitter cómo se acercó a un vehículo tras haber disparado al conductor, apuntado con su arma con la intención de rematar a la víctima si aún seguía con vida. Hamarsheh había publicado recientemente en su cuenta en Facebook una fotografía de Mohamed Halabi, el palestino que con sus ataques desató la Intifada de los Cuchillos en octubre de 2015.

Condena de Mahmud Abbas

El líder de Hamás, Ismail Haniye, saludó al autor del atentado como “el héroe de Tel Aviv” que actuó en “respuesta a la cumbre de criminales del Negev”, en referencia al foro diplomático al que asistieron cuatro ministros de Exteriores árabes el domingo y el lunes en el sur de Israel. En un inusual comunicado difundido la misma noche del martes, el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, condenó el ataque como un “agresión contra civiles que solo conduce al deterioro de la situación”.

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Los dos primeros atentados de la actual oleada fueron cometidos por árabes israelíes (un 20% de la población del país) que ya habían sido condenados y encarcelados por sus vínculos con el Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés).

El terrorismo yihadista apenas había golpeado hasta ahora a Israel, que durante la guerra de Siria ha seguido de cerca los movimientos de sus ciudadanos y de los palestinos que se alistaban en las filas de rebeldes salafistas durante el conflicto en el país vecino. Más de una docena de sospechosos han sido arrestados por sus supuestos lazos con el ISIS en el distrito israelí de Um al Fham, en el límite entre Israel y el norte de Cisjordania.

Los analistas de seguridad de la prensa hebrea interpretan como un “ataque de emulación” el atentado perpetrado por un palestino de Cisjordania en el corazón urbano de Israel. La conjunción del mes de Ramadán (que comienza esta semana) y la Pascua judía (que este año coincide con la Semana Santa) hace temer a las autoridades que se dispare la violencia en Cisjordania y, sobre todo, en Jerusalén Oriental, además de en las ciudades israelíes mixtas, con población árabe y judía.

La anunciada visita de extremistas judíos, este jueves, a la Explanada de las Mezquitas, ha obligado a extremar la vigilancia policial en la Ciudad Vieja de Jerusalén. “La pelota está ahora en el alero israelí”, sostiene Alex Fishman, corresponsal de seguridad del diario Yedioth Ahronot. “Cualquier movimiento en falso o decisión irreflexiva puede devolvernos a los días oscuros de los atentados suicidas”, previene este experto, “y ese precisamente pude ser el objetivo de los yihadistas o de Hamás: provocar una tercera intifada”.

No faltarán balas en un nuevo conflicto. Las fuerzas de seguridad no han hecho frente con determinación hasta tiempos recientes a la inseguridad que reina en las comunidades árabes israelíes, donde bandas criminales controlan el contrabando de miles de armas, muchas de los cuales han sido robadas a las propias Fuerzas Armadas. La violencia entre comunidades y los enfrentamientos sectarios que se sucedieron el año pasado en ciudades israelíes con población mixta mostraron que las pistolas ya están listas para ser empuñadas.

El presidente de Israel, Isaac Herzog (izquierda), y el rey Adbdalá II de Jordania, el miércoles en Amán.
El presidente de Israel, Isaac Herzog (izquierda), y el rey Adbdalá II de Jordania, el miércoles en Amán.HAIM ZACH/Government Press Offic (via REUTERS)

Llamada a la calma desde Jordania

Para intentar frenar la escalada de violencia, todas las miradas convergen en dirección a Jordania. El rey Abdalá II visitó Ramala el martes para pedirle al presidente palestino, Mahmud Abbas, que refuerce la coordinación de seguridad con Israel durante las festividades religiosas. Desde Israel, los ministros israelíes de Seguridad Pública (policía), Omer Bar-Lev, y de Defensa, Benny Gantz, han viajado hasta Amán con el mismo mensaje para el Gobierno jordano. El presidente del Estado de Israel, Isaac Herzog, se ha reunido finalmente este miércoles con el monarca hachemí, custodio de los santos lugares de Jerusalén, según el tratado de paz que ambos países suscribieron en 1994. Los mandatarios llamaron a la calma.

Abdalá II insistió en “retirar todos los obstáculos que impidan el rezo de los musulmanes en la Explanada de las Mezquitas, así como impedir las provocaciones que puedan desatar una escalada de violencia”. Como advierte Amos Harel, analista de seguridad del diario Haaretz, “este despliegue diplomático israelí sin precedentes, en muy corto tiempo y a plena luz del día público, muestra cuánto está en juego [en el mes de Ramadán, junto a las Pascuas judía y cristiana]”.

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En el largo proceso judicial en marcha por los atentados yihadistas del 13 de noviembre de 2015 en París todavía se está lejos de buscar respuestas sobre el papel concreto de los 20 acusados en la noche que dejó 130 muertos y cientos de heridos, decenas de ellos en la sala Bataclan. Pero en el primer interrogatorio en el que se profundizó sobre su radicalización y el periodo inmediatamente anterior a los ataques yihadistas, el único terrorista que sobrevivió a la terrible noche parisina, Salah Abdeslam, arrojó este miércoles luz sobre una de las principales incógnitas que penden desde hace más de seis años sobre esas horas de horror: ¿Sobrevivió porque le falló el cinturón explosivo que llevaba o porque se arrepintió en el último momento y no lo hizo detonar?

La respuesta, que no habían logrado dilucidar los expertos pese a que han analizado minuciosamente todas las pruebas y tratado de reproducir las circunstancias, la dio de forma inesperada el propio Abdeslam. En una “declaración espontánea” al comienzo de dos días de interrogatorio, dijo que el hecho de afrontar una pena grave (la perpetua) aunque no haya “matado a nadie, herido a nadie, ni un rasguño”, según subrayó, envía el mensaje a futuros arrepentidos de que da igual que no den el paso, porque se les castigará como si lo hubieran hecho.

“En el futuro, cuando un individuo se encuentre en el metro, en un autobús o en otro lugar con una maleta con 50 kilos de explosivos, y que en el último momento se diga que quiere dar marcha atrás, ese individuo sabrá que no tiene derecho a pensar eso, porque se le va a perseguir, a matar o a humillar como se me está haciendo a mí hoy”, dijo mirando fijamente al presidente del tribunal, Jean-Louis Périès. Horas después, confirmó que decidió no activar los explosivos. “Cuando se está las 24 horas del día en aislamiento [en la cárcel], uno se dice: ‘Debería haber detonado esa cosa’. Uno se dice: ‘¿Hice bien en dar marcha atrás o debería haber ido hasta el final?”, agregó durante las preguntas de uno de los abogados de la acusación, que le recriminó “chantajear” al tribunal insinuando que si le cae una pena dura, otros futuros terroristas arrepentidos acabarán accionando sus explosivos.

La locuacidad de Abdeslam en el juicio sigue sorprendiendo tras el férreo silencio que mantuvo desde su detención en marzo de 2016, incluso durante su primer juicio en Bélgica en 2018, donde fue condenado a 20 años de cárcel.

Pero en París rompió a hablar el primer día del proceso, en septiembre, para proclamar que lo había dejado “todo” para convertirse en un “combatiente del ISIS” y desde entonces no ha desaprovechado una sola oportunidad de manifestarse, hasta el punto de que Périès ha tenido que silenciarle en varias ocasiones.

Este miércoles, sin embargo, el juez quería saber más de este hombre de 32 años que, como contó en un primer interrogatorio sobre su personalidad, en noviembre, tuvo una infancia “sencilla” en el barrio bruselense de Molenbeek, donde creció “impregnado de valores occidentales”. ¿Cómo acabó este chaval al que le gustaba “vivir como un libertino, sin temor de Dios” convertido en un miembro de un comando suicida preparado en el bastión sirio-iraquí del Estado Islámico?, se preguntan Périès y millones de franceses hasta hoy. Algo más, aunque no demasiado, se averiguó este miércoles durante un fluido y curiosamente educado debate entre el “señor presidente” y el acusado que se prolongó varias horas.

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Pese a su eventual arrepentimiento final y a que, aunque se le “pasó por la cabeza”, no llegó a viajar a Siria (como sí hizo su hermano Brahim, otro de los terroristas que murió el 13 de noviembre), Abdeslam se dijo convencido hasta este miércoles de la legitimidad de la lucha del Estado Islámico y justificó su violencia —para él los ataques como los de París no son atentados sino “operaciones militares” que responden a las “agresiones” de Francia y Occidente— porque “combate”, según él “para restablecer el orden islámico”.

“El mundo occidental impone su ideología al resto. En muchos países, los valores occidentales pasan por encima de los islámicos. Para nosotros los musulmanes, eso es una humillación”, afirmó. Por eso hizo su juramento de lealtad al Estado Islámico “48 horas antes” de los atentados, declaró, si bien algo más tarde se desdijo y aseveró que lo había hecho en su “corazón”, pero “sin seguir las reglas”. Aun así, insistió en otro momento, no se considera un “peligro para la sociedad”.

Sus palabras indignan a las víctimas. “Quiere hacernos creer que no es quien pensamos porque no ha matado a nadie y no se ha hecho estallar”, dijo Philippe Dupeyron, presidente de la asociación 13onze15 Fraternité et verité. Como recordó, Abdeslam “hizo lo que hizo, estaba donde estaba”.

El horror comenzó a las 21.16 de aquel viernes 13 de noviembre de 2015 cuando, cerca del Estadio de Francia, donde se jugaba un amistoso Alemania-Francia en presencia del presidente François Hollande y con más de 80.000 personas en las gradas, un kamikaze hizo estallar el chaleco con explosivos que portaba. Poco después, los teléfonos empezaron a sonar en todas las instancias francesas: se habían registrado disparos y explosiones en otras partes de París, una zona de bares del centro y en la sala de conciertos Bataclan.

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