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Se ha convertido casi en una cuestión de pura estadística. Si la Policía Metropolitana de Londres (New Scotland Yard, como se la conoce por la dirección de su sede central) dispone de más de 300 fotos de las supuestas fiestas en Downing Street durante el confinamiento, y este es el edificio donde vive y trabaja Johnson (y de donde apenas salió durante esos meses), las probabilidades de que el primer ministro británico salga en alguna de ellas son considerables. Y la voluntad del político conservador de intentar dejar atrás esta pesadilla que ha puesto en serio riesgo su carrera se va a chocar constantemente contra un muro. El tabloide Daily Mirror ha publicado este miércoles una imagen, aparentemente capturada por un teléfono móvil, de otra fiesta en la oficina del Gabinete de Johnson.

La fotografía es del 15 de diciembre de 2020. Un empleado está sentado frente a la mesa de trabajo, sobre la que hay un altavoz de los que permiten realizar llamadas de multiconferencia. También hay una botella de prosecco (vino espumoso italiano) abierta. Y una bolsa de patatas fritas. El empleado es Stuart Glassborow, vicesecretario privado de Johnson, y lleva un collar de espumillón. Detrás de él, el propio Johnson parece colocarse algo en la solapa de su chaqueta. Y un poco más atrás, se ve a otra persona con un gorro de Papá Noel.

Aquel día, algunos trabajadores de Downing Street habían organizado un quiz show (un concurso de preguntas y respuestas) virtual. Varios equipos de hasta seis personas se habían repartido frente a los ordenadores de las distintas oficinas del edificio para participar. En aquel momento, Londres estaba en Nivel dos de restricciones sociales por la pandemia: prohibidas las reuniones en interior de miembros de hogares distintos; límite de seis personas en exteriores; trabajo desde casa siempre que sea posible.

La fiesta-concurso, que incluyó alcohol y comida y se prolongó hasta casi las diez de la noche (se sugirió por correo a los participantes que salieran por la puerta trasera de Downing Street) estaba incluida entre los 16 eventos investigados por Sue Gray, la vicescretaria permanente de la Oficina del Gabinete encargada de elaborar el informe sobre las fiestas prohibidas. Pero en el documento preliminar que presentó hace una semana indicó que Scotland Yard no había hallado indicios, ni en la reunión del 15 de marzo ni en otras tres de las analizadas, como para abrir su propia investigación policial. Sí lo hizo, en cambio, con las otras 12 fiestas.

Johnson se ha aferrado a ese dato durante su comparecencia en la sesión de control de la Cámara de los Comunes para intentar restar hierro a la pregunta que le lanzaba el diputado laborista Fabian Hamilton: “En los últimos minutos, ha surgido otra foto del primer ministro en Downing Street, rodeado de alcohol, comida y gente que viste espumillón. Parece una fiesta. ¿Tiene el primer ministro intención de referir este incidente a la policía?, porque no está entre los que investiga actualmente”, lanzaba Hamilton su cuestión retórica.

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“Su señoría está completamente equivocado”, respondía Johnson. Horas después, sin embargo, Scotland Yard anunciaba que iba a “revisar” su decisión inicial de no incorporar esa fiesta a su investigación. “Los agentes determinaron, basándose en las pruebas disponibles en ese momento, que el evento no sobrepasaba el umbral para abrir una investigación criminal. Esa valoración inicial se ha sometido ahora a revisión”, decía la Policía Metropolitana en un comunicado público.

El exasesor estrella de Johnson e ideólogo del Brexit, Dominic Cummings, que está obsesionado con derribar al primer ministro después de perder su batalla personal contra la esposa de Johnson, Carrie Symonds, y salir de modo humillante de Downing Street, echaba leña al fuego. En su cuenta de Twitter restaba valor a la foto de la discordia: “Hay muuuuuchas mejores fotos circulando por ahí fuera, incluidas algunas del apartamento privado [la residencia oficial del matrimonio Johnson]”, apuntaba Cummings.

El primer ministro británico ha hecho en los últimos días una remodelación a conciencia de su equipo de Downing Street. Ha nombrado nuevo jefe de Gabinete, nuevo director de Comunicaciones y nuevo jefe de Personal. Ha incorporado además al Gobierno a euroescépticos del ala dura del partido, como Jacob Rees-Mogg o Chris Heaton-Harris para recuperar el apoyo de esa poderosa corriente dentro de los conservadores. Y ha anunciado el fin definitivo de las restricciones sociales por la pandemia que tanto irritaban al ala más libertaria de los tories. Pero no se quita de encima la sombra de las fiestas prohibidas. Ni podrá hacerlo hasta que no se publiquen íntegramente tanto el informe final de Gray (retenido mientras investiga Scotland Yard) como las pesquisas policiales. Johnson ha vuelto a comprometerse este miércoles en el Parlamento a dar a conocer el documento de Gray en cuanto esté listo. Mientras tanto, deberá hacerse a la idea de que sigan apareciendo fotos comprometedoras.

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En los primeros meses de Boris Johnson en Downing Street, un reputado historiador constitucionalista británico advertía al corresponsal: “No caigas en el error de compararle con Donald Trump. Es más parecido a Ronald Reagan. Contagia un entusiasmo positivo, y es capaz de rodearse de un buen equipo en el que delega”, decía. Esa fue durante un tiempo la imagen del alcalde de Londres, de 2008 a 2016. Un político excéntrico, libertario, que se trasladaba en bicicleta por la ciudad y cuyo eclecticismo ideológico despistaba a admiradores y rivales. Y que logró aglutinar en su equipo a un grupo de fieles entre los que destacaba Munira Mirza (Oldham, Reino Unido, 43 años).

Hija de inmigrantes paquistaníes, de origen humilde y de ideas claras. Licenciada en Literatura Inglesa por la Universidad de Oxford, y en Sociología por la de Kent. Flirteó en su juventud en organizaciones marxistas, para acabar en el entorno de los centros de pensamiento conservadores de los que echan mano los equipos de gobierno tories (tory y tories (en plural) es el término con que se llama a los miembros del Partido Conservador del Reino Unido) para obtener asesores. Su desafío frente a las “guerras culturales” que lanzaba la izquierda británica; su reivindicación del individualismo más allá del estereotipo de la raza; su habilidad para generar ideas originales; y, sobre todo, su olfato “para detectar tonterías” —según ha dicho estos años su jefe— sedujeron a Johnson. “De joven, me consideraba una persona de izquierdas. Pero me di cuenta muy pronto, a partir de mis 20 años, de que si de algo estaba en contra la izquierda era de la libertad de expresión; que existía en ella una intolerancia hacia las ideas u opiniones diferentes”, afirmaba Mirza en 2018, en un debate que le enfrentó a la periodista y escritora Afua Hirsch en el Mansfield College, de Oxford.

El anuncio, a última hora de este jueves, de que la directora de Estrategia Política de Downing Street —era el puesto que ocupaba desde hace dos años Mirza— abandonaba el barco ha sido un golpe brutal para un Johnson en horas ya muy bajas. Las razones esgrimidas en su carta de dimisión tenían un demoledor poso de decepción ante la deriva de su jefe y amigo. Horas antes, le había pedido que pidiera perdón por la calumnia lanzada contra el líder de la oposición, el laborista Keir Starmer. Johnson le había acusado en la Cámara de los Comunes —a sabiendas de que no era cierto— de haber evitado la investigación contra el pedófilo Jimmy Savile cuando era Fiscal General del Estado. El caso del presentador de programas musicales de la BBC, que durante años abusó sexualmente de más de quinientos menores y mujeres, dejó una profunda huella de dolor en la ciudadanía británica. El uso por parte de Johnson de un golpe tan bajo ha indignado a numerosos diputados conservadores, e incluso ha llevado a su ministro de Economía, Rishi Sunak, a desacreditarle en público: “Yo no habría dicho algo así, y me alegro de que el primer ministro lo haya aclarado”, decía este jueves Sunak. Esa supuesta aclaración quedó lejos de una disculpa, como se encargó de reprochar Mirza con amargura a Johnson: “Eres mucho mejor hombre de lo que jamás entenderán muchos de tus detractores, y por eso resulta tan desesperadamente triste que te hayas rebajado a ti mismo al hacer una acusación tan injuriosa contra el líder de la oposición”, decía la asesora en su carta de despedida.

No hace falta colocar en un altar a Mirza, o incluso los motivos de su partida, para entender que la decisión supone una herida mortal para Johnson. Es posible que haya intuido ya el hundimiento de la nave, y que busque refugio en embarcaciones más estables. Es muy amiga de Sunak, a quien todos ven como el rival y potencial sucesor de Johnson. Su marido, Dougie Smith —quien aún se mantiene con el cargo de asesor en Downing Street— fue quien introdujo en el mundo de la política al ministro de Economía, entonces un gestor de fondos de origen familiar indio que se había enriquecido en California.

La decisión de Mirza precipitó una cadena de salidas de Downing Street. Aunque muchas de ellas eran muertes políticas anunciadas, porque formaban parte de los planes de limpieza de Johnson para salvar la cara en el escándalo de las fiestas prohibidas, el hecho de que se aceleraran al mismo tiempo que proporcionaba un golpe tan contundente la vieja aliada del primer ministro convertía el movimiento más en una deserción masiva que en una purga. Marty Reynolds, el secretario parlamentario privado de Johnson que invitó a más de 100 personas por correo electrónico a “traer su propio alcohol” a la fiesta en el jardín, fuera; Jack Doyle, el director de Comunicación incapaz de gestionar los mensajes de respuesta al escándalo del Partygate, fuera; Dan Rosenfield, el jefe de Gabinete, fuera. Y junto a ellos, de momento, Elena Narozanski, asesora de Downing Street en Política de Igualdad. No parece que vaya a ser la única, porque todo ese batallón de asesores y altos funcionarios flotantes tienden a virar de rumbo cuando huelen debilidad.

“Es una señal sin margen de duda de que el búnker se está hundiendo y de que este primer ministro tiene los días contados”, ha escrito en su cuenta de Twitter Dominic Cummings, el exasesor estrella de Johnson que ha convertido la venganza contra el primer ministro que le echó de Downing Street con cajas destempladas en la razón de su vida. “Muy pronto veremos una desbandada loca, y a miembros del Gobierno golpeándose la cabeza y preguntándose por qué no actuaron antes. Ahora es vuestra oportunidad, buscad siquiera un parpadeo de coraje moral y empujad del todo a quien está cayendo”, reclamaba Cummings.

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El goteo de diputados conservadores que han anunciado públicamente su intención de presentar la “carta de retirada de confianza” que activaría la moción de censura interna contra Johnson se eleva ya a 13. El último en hacerlo, este viernes, era el parlamentario Aaron Bell: “La quiebra de confianza que representan todos los eventos ocurridos en Downing Street [las fiestas prohibidas] y el modo en que se ha gestionado esta crisis han hecho que su posición [de Johnson] sea insostenible”, ha dicho Bell. Se necesitan 54 cartas para forzar la votación sobre el futuro del primer ministro, pero resulta muy relevante que prosiga el goteo de anuncios en una semana en la que Johnson pretendía poner freno a la hemorragia.

El equipo que rodea al primer ministro deserta sin que Downing Street haya podido anunciar nuevos reemplazos, más allá de recolocar en los puestos vacantes al personal que aún resiste. Johnson ha echado mano del mono Rafiki de la película El Rey León, según confirmaba su portavoz, para intentar transmitir ánimo este viernes a ese personal, y convencerle de que “hay cambios que son buenos”. En tiempos de desesperación, el primer ministro ha preferido recurrir a la factoría Disney que a la Ilíada, como solía hacer.

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