El Gobierno de Ucrania ha acusado a Rusia de deportar a su territorio a miles de personas forzosamente, entre ellas, cientos de menores. La defensora de los Derechos Humanos ucrania, Liudmila Denisova, asegura que las fuerzas de Vladímir Putin están trasladando a civiles del área de Donbás y de localidades ocupadas del sur a campamentos improvisados denominados “de filtración”. Allí las fuerzas rusas les requisan los pasaportes, son interrogados y, finalmente, muchos de ellos son enviados a ciudades rusas. Kiev denuncia que Moscú conduce a miles de civiles desesperados por las bombas y la destrucción a través de corredores, a veces sin saber hacia dónde se dirigen. Al menos 40.000 han sido trasladados ya de Ucrania a territorios controlados por Rusia, según la vice primera ministra de Ucrania, Irina Vereshchuk.
En las instalaciones de recepción de desplazados internos del centro del país, varias personas de la zona del sur de Donetsk describen casos de civiles captados en controles rusos, que son detenidos y trasladados contra su voluntad. Por teléfono, una mujer de Mariupol que pide proteger su identidad porque aún tiene familia en la ciudad, afirma que sus vecinas, muy mayores, se vieron forzadas a aceptar el traslado por parte de los soldados rusos. “Entraron en el refugio donde estaban y les dijeron que pronto sería atacado. No tuvieron otro remedio”, relata.
El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha asegurado que unos 2.000 menores han sido “secuestrados” en las zonas que permanecen bajo el ataque de las fuerzas del Kremlin. Pero las dificultades para acceder a esos territorios, sumadas a la ausencia de organismos internacionales en dichos puntos, hacen muy difícil una verificación independiente de las cifras. Ucrania denuncia el secuestro, además, de decenas de alcaldes, políticos locales, periodistas y activistas de las localidades ocupadas.
160.000 personas atrapadas a Mariupol
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Cuando la guerra de Putin contra Ucrania entra en su quinta semana y la contraofensiva de las fuerzas de Zelenski está logrando recuperar áreas del sur del país y cercanas a la capital, Kiev, las tropas rusas continúan con su asedio a Mariupol, la ciudad portuaria del mar de Azov que se ha convertido en el símbolo del sufrimiento de la población civil por esta guerra. Los soldados rusos controlan ya varias zonas de la localidad, donde quedan aún atrapadas unas 160.000 personas, según ha afirmado este lunes su alcalde, Vadim Boichenko. Desde las áreas ocupadas de Mariupol retransmiten ya los empleados de varios medios estatales rusos, que atribuyen la destrucción a los “nacionalistas ucranios”.
Desde Mariupol han sido deportadas también miles de personas. Decenas de ellas han sido transportadas a un centro deportivo de Tarangong, una ciudad rusa entre la localidad del Mar de Azov y la rusa Rostov del Don. Boichenko ha acusado a las fuerzas rusas de impedir la evacuación y las salidas seguras de la ciudad hacia otras zonas de Ucrania y de emplear varias estrategias para las deportaciones forzadas: desde obligar a la ciudadanía a subirse a autobuses con destino a territorios ocupados y de ahí a Rusia, a canalizar las salidas a través de corredores y sin detallarles a esos civiles desesperados por abandonar una ciudad devastada que van a ser trasladados a Rusia. “Los ocupantes están obligando a la gente ya agotada por la guerra a subirse a los autobuses”, dijo Boichenko en un mensaje de Telegram.
Imágenes de satélite permiten identificar también un campamento en Bezimenne, un pueblo costero a unos 90 kilómetros al este de Mariupol. Allí se alojan, al menos, 5.000 personas entre tiendas de campaña, un colegio y un club deportivo, según informó el diario oficial del Gobierno ruso Rossiskaya Gazeta hace unos días. La noticia detalla que las personas trasladadas fueron retenidas en puestos de control donde se les tomaron las huellas dactilares y fotografías. “Sus datos se verifican en una base de datos de delincuentes buscados. Uno de los problemas clave es la escasez de tarjetas SIM y no todos tienen un teléfono móvil”, señaló el diario ruso.
Por su parte, Rusia niega que esté deportando gente a la fuerza y asegura que ha recibido en “evacuaciones” a unas 400.000 personas que han “expresado el deseo de escapar” al país. Medios rusos informan también de que cientos de civiles procedentes de Ucrania han sido enviados en tren a más de un millar de kilómetros al norte, a las regiones de Yarloslavl y Riazán.
El Ministerio de Defensa ucranio y la Fiscalía del país están recopilando documentación de los casos de deportaciones forzosas para acudir ante instancias internacionales a denunciar lo que es un abuso de los derechos humanos: deportar civiles al país invasor. Kiev asegura además que tiene datos de que Moscú está reubicando a civiles en partes lejanas de Rusia, incluso en Sajalín, una isla en el Lejano Oriente ruso. “Tras pasar los campos de filtración, los ucranios son enviados a áreas económicamente deprimidas de Rusia”, asegura el Ministerio de Defensa en un comunicado en su Facebook. “Se les ‘ofrece’ empleo oficial a través de los centros de empleo. Aquellos que lo aceptan reciben documentos que prohíben salir de las regiones rusas durante dos años”, añade.
La defensora de los Derechos Humanos ucrania ha asegurado que la escala de la reubicación forzosa que se está viviendo en su país solo es comparable a la deportación llevada a cabo por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Hablar de deportaciones forzosas también hace pensar a muchos ciudadanos en la época estalinista. Y el lenguaje de “campos de filtración” evoca —también en esto y una vez más en este conflicto— a la guerra de Chechenia, en la que había instalaciones donde se retenía arbitrariamente a miles de personas en condiciones de vulneración de los derechos humanos, e incluso se realizaban torturas, según documentaron las organizaciones de derechos humanos.
La vida de la periodista Valeria Ratnikova, de 22 años, dio un vuelco en apenas cinco minutos. El tiempo que tardó en comprar un pasaje de avión de Moscú a Estambul. “Tuve que actuar muy rápido porque apenas quedaban billetes”, relata. Empaquetó deprisa el equipaje (ropa de entretiempo, un par extra de zapatos, productos de higiene, el portátil, la tableta y cargadores), cerró la puerta de su apartamento y se fue hacia el aeropuerto. Atrás quedaban sus pertenencias y toda una vida. Y la duda de no saber si podrá regresar. “Ha sido una decisión muy dura. Jamás pensé en abandonar Rusia”.
Ratnikova terminó su carrera universitaria hace tres años y se presentó enseguida en Dozhd TV porque quería dedicarse al periodismo político y hacerlo en uno de los pocos medios autónomos respecto de las directrices del Kremlin que existían en su país. No fue fácil: el año pasado, este canal de televisión, como muchos otros medios y periodistas independientes, fue declarado “agente extranjero”, lo que implica que deben publicar sus contenidos bajo esa etiqueta, además de sufrir mucho más control por parte de las autoridades. “Nuestro canal era uno de los pocos que cubría la guerra en Ucrania de forma objetiva y nuestra audiencia creció mucho. Eso al Gobierno no le gustó, y a los seis días bloqueó nuestra web porque decían que publicábamos bulos. Lo cual es mentira. Al mismo tiempo aprobaron la ley que condena a prisión a quienes diseminen información no oficial; por eso decidimos irnos”, afirma.
Casi todos los medios independientes han sido cerrados y hasta 300 periodistas rusos han elegido la vía del exilio, explica otra periodista refugiada en Estambul que pide que no se publiquen sus datos. Por llamarle guerra a la guerra (en lugar de “operación militar especial”) pueden caer hasta 15 años de cárcel, más que por asesinar a alguien.
Valeria es solo una de las decenas de miles de compatriotas que han escapado de la Rusia de Vladímir Putin en las últimas semanas. Opositores rusos elevan esta cifra a 300.000. Desde el inicio de la invasión de Ucrania, en el país se han disparado las búsquedas en internet de términos como “emigración”, “vuelos”, “visados”, “asilo político”…
Los cerca de 50 aviones que aterrizaban diariamente en Estambul procedentes de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades rusas se han ido reduciendo progresivamente a apenas 15: los operados por Turkish Airlines y alguna pequeña aerolínea rusa. De ahí que los precios se hayan elevado hasta superar los 1.500 euros, en un momento en que el rublo ha perdido más de un cuarto de su valor. Aun así, los vuelos desde Rusia aterrizan en Turquía llenos de pasajeros desde hace semanas. Lo mismo ocurre en los países vecinos que aún mantienen las conexiones aéreas: a Georgia han llegado varios miles de ciudadanos rusos, y en Armenia están aterrizando unos 6.000 al día, según un miembro del Parlamento. Y en Israel han aterrizado otros 2.000. Hay quienes están optando también por Asia o países del golfo Pérsico, pero Estambul ofrece una vida más asequible, según apunta una joven rusa, y buenas conexiones con Europa Occidental, objetivo final de muchos de estos emigrados.
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Daniil, un técnico que trabajaba con organismos oficiales y temía por su seguridad en Moscú dada su participación en las protestas contra la guerra, denuncia: “Todo está cambiando muy rápidamente en Rusia. Después del día 24 de febrero nos despertamos en un país diferente. Cada día se aprueban nuevas leyes, cada vez más duras. Antes la represión era ocasional; ahora es masiva. Antes sabías que quizás podías terminar en prisión por tus ideas políticas, ahora sabes que vas a terminar en la cárcel, cien por cien seguro. Tenía miedo de que algún compañero me delatase por algo que he dicho o hecho”.
El temor no es infundado a tenor de los últimos discursos de Putin. El miércoles, el presidente ruso denunció a los “quintacolumnistas” que “viven mentalmente” en Occidente: “El pueblo ruso siempre será capaz de distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores, y escupirlos de la misma forma que se escupe un mosquito que accidentalmente te entra en la boca”.
Un porteador turco transporta edredones y ropa de cama a una de las viviendas alquiladas por el proyecto Kovcheg para acoger a rusos que han huido de su país por el deterioro de la situación política, pero tienen dificultades para acceder a sus fondos por las sanciones.Andrés Mourenza
El éxodo no es únicamente de periodistas o individuos significados con la oposición. Académicos, artistas, técnicos, programadores, diseñadores y otros empleados del creciente sector tecnológico también se han unido. Alexei Levinson, analista del Centro Levada de Moscú, explica: “Se trata de profesionales con un nivel educativo alto. Hay quienes se marchan porque se sienten en peligro debido a la situación política y quienes lo hacen por la situación económica”.
“Rusia”, añade Alexei, “está a las puertas de una situación económica muy mala. Debido a las sanciones, muchas compañías están marchándose o cerrando porque no pueden proveer servicios o mercancías. Y este déficit de profesionales va a empeorar aún más las cosas”. El que los dirigentes rusos califiquen de “traidores” a quienes emigran tiene como objetivo, según este analista, detener esta fuga de cerebros.
Anna, experta en marketing y empleada en una de estas empresas, relata: “En mi avión a Yereván estaba claro, por la pinta, que todo era gente de las tecnológicas y de la intelligentsia. El vuelo se retrasaba y entró un hombre con un distintivo del FSB [servicio de seguridad interior ruso] a hacer comprobaciones. Alrededor del avión había además hombres con uniforme militar, lo cual era muy raro. Fue muy estresante. Así que cuando aterricé en Yereván suspiré aliviada”. En la capital de Armenia se alojó durante unos días, sin parar de encontrarse rusos por todas partes: “Incluso se han marchado compañeros que eran de esos que no se despegan del ordenador y odian viajar”.
Muchos no saben qué será de ellos porque trabajaban en proyectos gestionados desde Rusia, pero destinados a empresas de Europa o Norteamérica. Además, se enfrentan a un problema: solamente disponen del dinero que pudieron retirar antes de irse. Las sanciones occidentales han hecho que sus tarjetas bancarias dejen de funcionar y la desconexión del sistema SWIFT hace prácticamente imposibles las transferencias. El diario turco Dunya publicó esta semana que se ha notado un gran incremento de la apertura de nuevas cuentas en bancos turcos por parte de ciudadanos rusos.
Anna, por ejemplo, ha tenido que echar mano de la tarjeta de su novio, que lleva años residiendo en el Reino Unido; pero otros no tienen ese apoyo. Asociaciones de periodistas en Turquía se han organizado para acoger a sus colegas rusos. Otras iniciativas, como la denominada Kovcheg (El Arca), financiada por el magnate exiliado Mijaíl Jodorkovski, tratan de ayudar también a los rusos que escapan.
Brecha generacional
Tres voluntarios rusos ayudan a un porteador turco a cargar los edredones, sábanas y almohadas que acaban de comprar en una bocacalle del barrio de Yenikapi. Arrastrando su carretilla, el porteador enfila las empinadas cuestas hasta el apartamento que los miembros de Kovcheg han encontrado: un alquiler decente por seis habitaciones, que les permitirá alojar a 12 personas. Quienes se acogen a esta ayuda deben solicitarlo, y la asociación comprueba su historia para certificar que corren riesgo si permanecen en Rusia, puntualiza Eva Rapoport, una antropóloga que residía en Estambul y se ha unido al proyecto como voluntaria: “Yo no estaba involucrada en ningún movimiento de protesta, pero esta guerra ha superado cualquier línea roja. Y no podía quedarme de brazos cruzados. Así que ayudo a estas personas que se han quedado entre la espada y la pared, entre Putin y las sanciones”.
Daniil y Sasha son los primeros en llegar al piso, recién aterrizados desde Uzbekistán. “Teníamos mucho miedo de no poder salir, de que se cancelasen todos los vuelos al exterior”, explica Sasha: “Nos ocurrió varias veces que no pudimos comprar los vuelos porque se cancelaban en medio del proceso. Y cada vez hay más rumores de que cerrarán las fronteras para que no se vaya nadie”.
Daniil y Sasha huyeron de Rusia y llegaron a Estambul a través de Uzbekistán, temerosos de ser detenidos por su participación en las protestas contra la guerra.Andrés Mourenza
Una pequeña Moscú en Estambul
Otra académica, que prefiere no dar su nombre, explica su huida en que no quería quedarse en “un Estado que se está convirtiendo en totalitario”. En su caso ha roto, además de con su patria natal, con su familia: “Mi madre me dijo que soy una traidora y que me avergonzaré de mi decisión. Lo peor es que tiene parientes en Ucrania. Yo ya he renunciado a convencerla. El problema es la televisión, mis padres se pasan el día con la televisión encendida y la propaganda estatal es como una secta: les dice que les van a mentir y que son objeto de una conspiración, y ellos se creen que es la única verdad. No han aprendido a buscar diferentes fuentes de información”.
No es la única. “Mis padres no apoyan lo que está pasando, pero tampoco entienden abandonar el país. Así que hemos llegado al acuerdo de no hablar de las noticias. Además, podría ser peligroso para ellos”, asegura Anna poco antes de despedirse de la entrevista. Son casi las 10 de la noche del martes y va a empezar el concierto: cientos de personas esperan pacientemente a que les permitan entrar a Kadiköy Sahnesi, la sala donde va a actuar el popular rapero ruso Oxxxymiron. El 11 de marzo anunció en las redes sociales su actuación en Estambul bajo el lema Rusos contra la guerra, cuyos ingresos se dedicarán a ayudar a los refugiados ucranios.
Las entradas se agotaron en pocas horas. En la sala, los asistentes, casi todos rusos, corean frases contra Putin y a favor de Ucrania; y en escena, el rapero dice que, pese a haber escrito su nuevo álbum antes de la invasión, sus letras “resuenan más ahora”: “Puedes respirar atemorizado y quedarte mirando al cielo / Si resistes la mierda que nos rodea, no lo hagas con cara triste / Todo se repetirá, más de una vez. Pero estamos vivos por ahora / Es demasiado pronto para que fertilicemos la negra tierra”.
Varios de los rusos emigrados temen que la “rusofobia” desatada por la actuación de su Gobierno termine por afectarles, aunque en Turquía todavía no se han dado casos como sí ha ocurrido en Georgia o en países de Europa Occidental. “Nuestra misión es explicar que no todos los rusos apoyan la guerra. Es una tarea muy importante”, sostiene la periodista Valeria Ratnikova. Sobre todo porque no saben cuánto durará su exilio.
El restaurante Istanbul 1924, anteriormente Rejans, fue fundado por rusos que escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil en los años veinte del pasado siglo. Se convirtió en un centro de las tertulias y la cultura rusa en Estambul.Andrés Mourenza
Al final de un callejón que parte de la avenida Istiqlal, subiendo unas estrechas escaleras, hay un restaurante que parece de otro tiempo. Lo es. Las sillas de madera, la pianola, los candelabros, mantienen la elegancia de hace un siglo. Se llama Istanbul 1924, antes se llamó Rejans. Y es uno de los vestigios de la comunidad rusa de Estambul: aquí los emigrados rusos enseñaron a los turcos a beber vodka con limón, a apreciar nuevas artes escénicas… El local se convirtió en uno de los centros de tertulias políticas y culturales de los años veinte, cuando más de 200.000 rusos blancos escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil, entre ellos el pintor Pável Chelishchev, la familia Smirnov (que estableció su destilería de vodka en Estambul durante cuatro años) o un niño llamado Vladímir Nabókov [tiempo después autor de la novela Lolita, entre otras]. Años más tarde, también eligió esta ruta hacia el destierro otro ruso de renombre: León Trotski.
“Muchos rusos llegan a Estambul como escala para obtener un visado e irse a otro país. Pero algunos se quedarán, porque está cerca de Rusia”, opina la antropóloga Eva Rapoport: “Así que Estambul podría convertirse en un foco de cultura rusa no putiniana, que muestre que Rusia es mucho más que apoyo a la guerra”.
Vladímir Putin se ha dado un baño de masas en defensa de la guerra contra Ucrania. Con motivo del aniversario de la anexión de Crimea en 2014 tras un referéndum ilegal, y bajo el lema “Por Rusia, por un mundo/paz sin nazismo” (Mir significa ambas palabras), el Kremlin ha organizado un concierto en el estadio de la final del Mundial de 2018 donde se han podido ver las gradas repletas hasta la bandera. Allí, en un atrio alejado del resto de los participantes por varios metros de distancia y coreado por el público, el mandatario resaltó que su ofensiva es una misión “libertadora”.
Decenas de miles de seguidores han arropado al mandatario en un recinto que cuenta con un aforo de 81.300 personas, y miles más veían el concierto-mitin en una carpa en el exterior del estadio a tenor de las imágenes. Según las autoridades, más de 200.000 espectadores siguieron el acto en directo. “El objetivo principal de la operación militar en Donbás y Ucrania ha sido liberar a la población del genocidio”, afirmó Putin sobre la ofensiva emprendida por las fuerzas armadas rusas desde la frontera bielorrusa al mar Negro y que ha puesto bajo asedio tanto la capital, Kiev, como la mayor ciudad rusoparlante del país, Járkov.
La retransmisión quedó abruptamente interrumpida durante la intervención en directo de Putin. Según su portavoz, Dmitri Peskov, un error técnico provocó que en pleno discurso desapareciese el mandatario y se repitiesen momentos previos de la actuación. Un corresponsal del diario Nóvaya Gazeta que fue testigo directo del acto afirmó que Putin “acabó tranquilamente con sus ideas y abandonó el escenario”.
“No hay mayor amor que dar el alma por los amigos”, afirmó el presidente ruso, quien subrayó que sus militares “se cubren unos a otros en Ucrania”. “No habíamos tenido esta unidad desde hace mucho tiempo”, puntualizó ante el público. La cifra total de víctimas rusas en Ucrania es desconocida. El único dato publicado hasta ahora por el Ministerio de Defensa se remonta al 2 de marzo, cuando reveló 498 fallecidos en sus filas. Putin citó a un célebre almirante ruso, Fiodor Ushakov, al afirmar que “todas las tormentas van a mayor gloria de Rusia”. “Así fue, así es hoy, y así será siempre”, puntualizó.
En el acto no faltaron ni banderas ni el símbolo de los defensores de la guerra, la “zeta”, que se hizo viral antes de comenzar la invasión por aparecer pintada en los tanques y camiones desplegados por los rusos en la frontera junto a Ucrania. El distintivo para diferenciar a amigos de enemigos fue uno de los indicios de la inminencia del ataque que más virales se hicieron en las redes sociales. Posteriormente fue adoptado por las autoridades y por los medios estatales rusos como un símbolo para promocionar el lema “por la victoria” (Za pobedu, en ruso) y el apoyo a Putin (”za presidenta”).
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Hoy, es un símbolo controvertido que divide a los rusos y una de las formas de propaganda más utilizadas por el Kremlin en este conflicto: desde camisetas a la venta en las tiendas de los canales estatales a filas de niños que forman “zetas” en las escuelas.
Ambiente en el estadio de Loujniki de Moscú, este viernes.Reuters
“Escoria y traidores”
Putin hizo otras polémicas declaraciones este miércoles en las que diferenció entre quienes apoyan al Kremlin, al que identificó con Rusia, y quienes traicionan al país. Durante una videoconferencia en la que se abordaban nuevas medidas frente a la crisis desatada por las sanciones, el presidente dijo que el pueblo ruso “será siempre capaz de distinguir a los patriotas de verdad de la escoria y los traidores, y simplemente los escupirá como un insecto en su boca, los escupirá en la acera”.
El mandatario vaticinó una “autodesintoxicación natural y necesaria de la sociedad” que, en su opinión, reforzará a su país “ante cualquier desafío que se presente”. Un día después, su portavoz, Dmitri Peskov, puntualizó que esta supuesta limpieza no solo se refería a empresarios “que ganan dinero aquí en nuestro país, pero viven allí”, como dijo Putin, sino también a todos los rusos que rechazan lo que está sucediendo. “Alguien que renuncia a su puesto de trabajo, alguien que abandona el servicio activo, alguien que deja el país y se muda a otro Estado. Así es como sucede esta purificación. Alguien que infringe la ley y es castigado de acuerdo a las decisiones judiciales”, señaló el portavoz en referencia también a los manifestantes.
Putin ha participado por segundo año consecutivo en el concierto-mitin del estadio Luzhnikí. En 2021 ofreció otro discurso ante miles de personas pese a las restricciones por la pandemia contra el coronavirus. Aquel evento de masas fue una excepción, pues otras manifestaciones, como las protestas surgidas tras la detención del opositor Alexéi Navalni, no habían sido autorizadas con el pretexto de la pandemia.
En el concierto han participado cantantes como Grígori Leps y Liubé, y algunos grupos de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, los territorios separatistas de Ucrania que el Kremlin reconoció para justificar su casus belli contra Kiev. ”Yo crecí en la URSS, mi vida está en la URSS. Cohetes, el mejor ballet, las chicas más guapas del planeta y la victoria en la Segunda Guerra Mundial”, cantaba una de las bandas a coro con el público, mientras que otros grupos interpretaban viejas canciones bélicas. “¡Adelante, Rusia! ¡Fuente de fuerza!”, era otra de las canciones coreadas.
Esta semana debe normalizarse el PAE, pero lo que piden desde la instituciones es que no solo llegue el programa, «si no que sea de calidad».
Se espera que esta semana el servicio del PAE en Pasto mejore, pues a instituciones educativas siguen llegando alimentos que no cumplen indices de nutrición, en pésimo estado o muy poca ración por cada estudiante.
Noticias Nariño.
¿Dónde están? los alimentos adecuados para miles de estudiantes en Pasto, es la pregunta de ciudadanos, padres de familia y los mismos alumnos que han hecho ya protestas en varios planteles,
Estudiantes de la Ciudadela educativa, I E Antonio Nariño, Carlos Pizarro, LIbertad y otros se quejan porque o no hay alimentación o llega «de pésima calidad», muy poca cantidad.
Cientos de alumnos practicamente solo tienen de comida lo que reciben en el colegio, «y que les den una naranja seca y una bolsita de yogur no es justo».
Desde la Secretaría de Educación del municipio capital, se informó a TuBarco que la falla esta vez, fue por el cambio de operador.
“Esto se va a normalizar, una vez legalizado el contrato mismo, deben cumplir a cabalidad como se lo estipula, ya que hay un equipo de supervisión para que no se presenten estos casos nuevamente”, indicaron desde la entidad.
Es decir, esta semana no deben estarse presentando problemas con el PAE.
Ahora bien, lo que piden desde la instituciones es que no solo llegue el programa, «si no que sea de calidad».
Cientos de alumnos practicamente solo tienen de comida lo que reciben en el colegio, «y que les den una naranja seca y una bolsita de yogur no es justo».
Investigaciones
En Ipiales, Tumaco y otras zonas ha habido investigaciones judiciales por el manejo de los recursos que están destinados al PAE y terminan en otras manos.
Para febrero del 2021 la Contraloría General llamó la atención en Nariño, tras conocerse que las cuatro entidades territoriales, no habían iniciado con la Ejecución del Plan de Alimentación Escolar.
Un problema que parece repetirse cada año.
Sin embargo, de ese llamado luego pocos detalles se conocieron sobre el seguimiento a la ejecución del programa. Todo el año hubo quejas, reclamos y pedidos de mejora.
Empezó el 2022, y la situación se repite.
La Contraloría volvió a abrir indagación preliminar al gobernador del departamento, esta vez, a Jhon Rojas Cabrera, y al secretario de Educación Departamental, Jairo Hernán Cadena Ortega, por presuntas irregularidades con el PAE.
#PrimiciaBLU@PGN_COL abre indagación preliminar al gobernador de Nariño, Jhon Rojas Cabrera, y al secretario de Educación Departamental, Jairo Hernán Cadena Ortega, por presuntas irregularidades con el PAE. #VocesySonidospic.twitter.com/rvDB8XS0nj
“Estamos creando un ejército digital”, escribía en Twitter el ministro encargado de asuntos digitales de Ucrania, Mykhailo Fedorov, el 26 de febrero. Hacía dos días de la invasión rusa, y el dirigente prometía una lista de tareas para “talentos digitales” de todo el mundo. Fedorov daba un enlace en Telegram de una cuenta que esta semana tenía ya más de 300.000 miembros. Unirse no implica ningún tipo de acción posterior, pero los encargados de su gestión no dejan de sugerir ataques concretos: bloquear páginas de ferrocarriles rusos, analizar correos electrónicos obtenidos mediante pirateo de miembros del Parlamento ruso o de webs de gobiernos regionales rusos. “Por favor, echadnos una mano. Haremos un chat de grupo para compartir pensamientos creativos y abordar la guerra de la información. Todos podéis uniros”, dice un mensaje en Telegram.
We are creating an IT army. We need digital talents. All operational tasks will be given here: https://t.co/Ie4ESfxoSn. There will be tasks for everyone. We continue to fight on the cyber front. The first task is on the channel for cyber specialists.
El otro gran grupo organizado es Anonymous. Desde el principio del conflicto, sus integrantes han ido proponiendo y ejecutando ataques con distinto éxito. Una ocurrencia fue llenar las reseñas de restaurantes en Google Maps Rusia y Bielorrusia con frases sobre la invasión. Era un ciberataque para hacer llegar información a los ciudadanos directamente. A pesar de no tener pruebas de que la acción hubiera tenido éxito, Google anunció que limitaba ese servicio: “Debido a un aumento reciente en el contenido aportado en Google Maps relacionado con la guerra en Ucrania, hemos implementado protecciones adicionales para monitorear y prevenir el contenido que viola nuestras políticas para Maps, incluido el bloqueo temporal de nuevas reseñas, fotos y vídeos en Ucrania, Rusia y Bielorrusia”, explican fuentes de la compañía.
También se atribuye a Anonymous haber pirateado centenares de cámaras de videovigilancia en Rusia para lanzar mensajes en contra de la invasión de Ucrania e “instar a los civiles a combatir” al Kremlin, según comprobó un reportero de Bloomberg. O que en algunas estaciones de recarga de coches eléctricos de Moscú se exhibiese en las pantallas del surtidor mensajes como “Putin es un capullo” o “Gloria a Ucrania”. Y una campaña masiva de spam mandada a rusos al azar en la que se “cuenta la verdad sobre la guerra de Ucrania”.
Anonymous no es una organización estructurada ni cerrada. Para unirse a este grupo solo hay que querer hacerlo o decir que se forma parte de él. EL PAÍS ha preguntado a una cuenta de Twitter en español con decenas de miles de seguidores y creada en 2020 si era la cuenta “oficial”. No es la más numerosa, pero sí la que tuitea sobre Ucrania a diario. Su respuesta ha sido: “Todos somos un equipo, no hay Anonymous oficial”. Eso hace que cualquier individuo u organización pueda operar bajo esa denominación.
Go to Google Maps. Go to Russia. Find a restaurant or business and write a review. When you write the review explain what is happening in Ukraine. Idea via @Konrad03249040
“No tienen una estrategia bien definida, entre otras cosas porque la idea propia del grupo es que ni ellos mismos saben quiénes son. Cualquier persona puede ser de Anonymous siempre que comulgue con sus valores”, explica Andrea G. Rodríguez, investigadora principal en tecnologías emergentes en el centro de estudios European Policy Centre de Bruselas.
Un grupo llamado Ciberpartisanos de Bielorrusia, por ejemplo, anunció al principio del conflicto que había saboteado servicios de trenes que transportaban tropas rusas en Bielorrusia, sin que se sepa su alcance exacto. También se han filtrado los chatsde más de un año de Conti, un grupo de ransomware (un tipo de software malicioso que secuestra un sistema y lo libera cuando se abona un rescate), que anunció su apoyo a la invasión rusa. De nuevo, nadie sabe con certeza quién está detrás: la filtración fue a través de una cuenta de Twitter y en la trastienda hay presuntamente un “patriota ucranio” investigador en ciberseguridad.
Esta enorme amalgama de nombres y acciones es nueva y tiene consecuencias imprevisibles: “Es algo sin muchos precedentes”, dice Lukasz Olejnik, investigador y consultor independiente en ciberseguridad y exasesor de ciberguerra del Comité Internacional de la Cruz Roja en Ginebra. En el caso del ciberejército ucranio, añade, “parece que esté algo dirigido desde arriba, pero no está claro si los efectos reales de esas actividades tienen alguna contribución significativa en el conflicto armado”.
Tampoco se sabe en qué países hay más ciberactivistas de Anonymous ni qué grado de cooperación tienen entre ellos. Sí se conocen subgrupos regionales. En España, por ejemplo, el último informe de hacktivismo del Centro Criptológico Nacional (CCN-CERT), la rama del CNI dedicada a la ciberseguridad, destaca tres. Anonymous España, Anonymous Catalonia, que desde el 1 de octubre de 2017 realizó varias operaciones de difusión de información sensible, como la revelación de datos personales de afiliados a Vox en Sabadell, y la 9ª Compañía de Anonymous, a la que se le dedica un epígrafe aparte. Así les llama el CCN-CERT, aunque ellos se autodenominan La Nueve. “Somos una perspectiva finita dentro de un concepto mucho más amplio como es Anonymous que escapa a toda delimitación. (…) No somos más que un cuestionamiento que busca poner fin a tantas asunciones trasnochadas que perpetúan el imperio de la violencia institucionalizada o capitalismo a través de internet”, se definen en una entrevista publicada en su Tumblr.
Pese a la espectacularidad del vídeo en el que Anonymous anunció el lanzamiento de la Operación Rusia, sus capacidades reales son relativas. “Son más saboteadores que otra cosa. Sobre el papel no tienen medios para realizar un ciberataque fuerte, como entrar en los sistemas del Kremlin, bloquear una red eléctrica o tomar el centro de control ruso de los drones militares que se usan en Ucrania”, subraya Rodríguez.
“Parece que hasta el momento no hay ciberataques de alto impacto”, añade Olejnik. “Excepto quizás dos eventos, uno de los cuales es la supuesta inhabilitación de internet por satélite KA-SAT el día del inicio de la invasión. El otro efecto significativo es la interrupción (supuestamente) de los procesos de flujos de refugiados debido al ciberataque que borró los sistemas informáticos del control fronterizo” el día antes de la invasión, añade.
El informe del CCN-CERT considera que la realidad hacktivista en España “está conformada por identidades individuales de nula o baja capacitación técnica como ciberamenazas, con débil o inexistente colectivización o identidad de grupo, y motivadas fundamentalmente por lograr notoriedad mediante menciones en redes sociales”. Desde el punto de vista de este organismo, la amenaza es igualmente descafeinada en el ámbito internacional.
¿Y si hay un Gobierno detrás?
Los grupos de hacktivistas tienen un halo de justicieros del ciberespacio que causa respeto entre la comunidad de piratas informáticos e incluso entre la población no iniciada en ordenadores. No es casual que Anonymous, el grupo más famoso, tenga como imagen la careta de Guy Fawkes usada en la película V de Vendetta, todo un símbolo para la generación milenial de la resistencia ante la tiranía. Ese prestigio puede resultar goloso para quienes quieran llevar a cabo acciones muy específicas en el ciberespacio sin revelar su identidad. Porque, además de su reputación, el hecho de que se mantengan en el anonimato pone más fácil suplantarlos. Se desconoce si los servicios secretos de algún país se han hecho pasar alguna vez por un grupo de hacktivistas para encubrir un ciberataque. De lo que sí se tiene constancia es de que lo ha hecho al menos una APT, un grupo organizado de ciberpiratas profesionales supuestamente patrocinado por gobiernos.
Sucedió en 2017 en el mismo escenario hacia el que se dirigen actualmente todos los focos: Ucrania. El grupo ruso Voodoo Bear, que ese mismo año lanzó en el país el virus NotPetya, originalmente diseñado para afectar al software de contabilidad más usado en la antigua república soviética y que luego se extendió por medio mundo, llevó a cabo una serie de ataques dirigidos a sabotear las redes de comunicaciones bajo el nombre de F Society, un grupo ficticio de ciberactivistas sacado de la serie Mr. Robot. Esa fue la primera vez que esta APT realizó un ataque de falsa bandera, según contó a EL PAÍS Adam Meyers, responsable de inteligencia de CrowdStrike.
Una década antes, en 2007, Estonia sufrió una serie de ciberataques que bloquearon la arquitectura digital del país cuando las autoridades decidieron trasladar un monumento soviético a una parte menos visible de Tallin, la capital. Si bien los ataques partieron de cientos de ordenadores personales localizados en decenas de países y se coordinaron en foros de internet, la OTAN sospecha que Moscú estuvo detrás de la operación. El Kremlin siempre lo negó.
Decenas de miles de personas volvieron a salir este sábado a las calles de ciudades europeas como París, Londres, Roma, Zúrich o Hamburgo para protestar contra la guerra lanzada por el presidente ruso, Vladímir Putin, contra Ucrania y para demostrar su solidaridad con la población de este país asediado.
Una de las mayores concentraciones se registró en Zúrich, donde unas 40.000 personas exigieron, bajo el lema “la paz ahora” y entre banderas ucranias, un alto el fuego inmediato, negociaciones diplomáticas y la retirada de las tropas rusas, informa la agencia suiza ATS. También en la ciudad alemana de Hamburgo se congregaron unas 30.000 personas para reclamar “paz en Ucrania y seguridad en Europa”, según Reuters. La semana pasada, hasta 100.000 personas salieron a la calle en Berlín a protestar por una guerra que ha provocado ya la huida de más de 1,3 millones de refugiados en dirección a la Unión Europea.
En París, 16.000 personas, según la prefectura de policía citada por Le Monde, se concentraron en la plaza de la República en “apoyo a la resistencia ucrania”, como se leía en la pancarta azul y amarilla —los colores de la bandera de Ucrania— de la cabecera de la manifestación, sostenida por personalidades políticas de diversos campos, entre ellos dos candidatos presidenciales: la socialista Anne Hidalgo y el ecologista Yannick Jadot.
“Tenemos que mostrar que Putin está aislado, que no tiene ningún espacio posible, que hemos comprendido que lo que busca es atacar los valores de Europa. Estamos hoy aquí para responderle”, dijo Hidalgo a periodistas mientras avanzaba en la marcha, en la que también participaron las exministras de Justicia Christiane Taubira, que esta semana se retiró de la carrera presidencial en la que se había postulado como alternativa de la izquierda, y la conservadora Rachida Dati, entre otros.
En representación del presidente Emmanuel Macron, que acaba de oficializar su candidatura para repetir mandato, desfiló el delegado general del partido La República en Marcha, Stanislas Guerini. Según declaró, la manifestación envía un “mensaje claro, sencillo: no abandonaremos a los ucranios, seguiremos presionando a Rusia, reforzaremos las sanciones si es necesario, seguiremos ayudando a los ucranios sobre el terreno enviando armas, acogiendo a los refugiados”.
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Sindicatos y el Partido Comunista de Francia (PCF) del también candidato presidencial Fabien Roussel concentraron en otra manifestación en París a varios cientos de personas más como Evelyne, una periodista jubilada y “pacifista, sindicalista y miembro del PCF” para quien Putin es “un dictador de la peor especie que no tiene nada que ver con el comunismo”, subrayó. A su lado, Consuelo González, hija de republicanos españoles exiliados en Francia durante la Guerra Civil, contaba que las imágenes que ve ahora por televisión desde Ucrania le recuerdan lo que su madre le contaba de niña sobre la huida de los republicanos que escapaban del avance de las tropas de Franco.
Aunque en menor volumen, los franceses también salieron a protestar contra la guerra de Ucrania en otro centenar de manifestaciones convocadas por todo el país. Según la Agencia France Presse, la policía había calculado un total de 25.000 manifestantes en toda Francia.
En Londres, el rechazo a la agresión ordenada por Putin sacó a la calle a varios centenares de personas que se reunieron en Trafalgar Square para pedir el fin de la invasión rusa en Ucrania y rezar por la paz, mientras portaban banderas y pancartas con lemas como “Putin mata” y “Embargo a Rusia”. Otra “manifestación por la paz” similar tuvo lugar en Roma, donde varios miles de personas respondieron a la llamada a protestar de diversos sindicatos y oenegés.
“Esta es quizás una de las primeras manifestaciones reales por la paz. Aquí nadie cree que la paz se hace con las armas, enviando armas a una de las partes”, dijo a la AFP el dibujante, actor y escritor italiano Vauro Senesi, rodeado de miles de personas.
El padre Tadeus imparte la bendición a dos feligreses a los que ha sacado en su coche de Irpin tras varios días de asedio de las tropas rusas. La despedida es rápida en la carretera que lleva a Kiev. Esta vía se ha convertido en un torrente por el que escapan miles de personas. Vestido con sotana y estola, este sacerdote católico de 62 años se da media vuelta y regresa decidido en sentido contrario del que toma el éxodo que huye de la guerra y que está vaciando el casco urbano. El cura asegura que no tiene intención de dejar su iglesia.
El padre Tadeus imparte la bendición a dos feligreses a los que ha sacado en su coche de Irpin.luis de vega
Los combates se han recrudecido en esta localidad de alrededor de 60.000 habitantes situada a unos 25 kilómetros del centro de la capital de Ucrania. Las bombas han caído este fin de semana junto a la estación de trenes y una parte importante de la población ya no dispone de agua, electricidad o gas, según el testimonio de varios de los ciudadanos. “Tenemos que quedarnos a proteger esta ciudad, aunque yo no tengo arma”, explica Dimitri, de 40 años, que ejerce de conductor voluntario para las personas que desean salir.
Las detonaciones se escuchan con frecuencia y las columnas de humo negro se elevan tanto al este como al oeste. Un misil surca el cielo disparando aún más el estado de nervios de los presentes. Grupos de militares ucranios se dirigen a pie hacia el frente preparados para entrar en combate con los rusos, que hostigan esta zona al noroeste de Kiev desde hace una semana. Con inmenso dolor y cierto orgullo patrio, los ven pasar los civiles que dejan atrás su ciudad. Los habitantes comprueban con la incredulidad dibujada en el rostro que la guerra ha llegado a la misma puerta de sus casas. No saben cuándo regresarán, cuándo podrán normalizar su vida de nuevo.
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Desde antes de llegar a Irpin por la carretera que conduce desde Kiev, se intuyen las dimensiones del movimiento de refugiados por los nutridos grupos de personas que caminan por el arcén y el carril bici. Artem, de 30 años, avanza junto a su mujer y un grupo de conocidos. Cuenta que la ciudad está tomada por el Ejército, pero que no ha visto a uno solo de los soldados rusos. “Lo peor han sido los tres últimos días”, comenta sobre los combates.
El Ejército local se divide las tareas en Irpin. En el frente, trata de frenar el avance de las tropas rusas. En la retaguardia, ayudan junto a los milicianos a evacuar la población. Miles de personas se agolpaban este sábado entre los restos del puente que los propios soldados ucranios dinamitaron la semana pasada para intentar retrasar el avance hacia Kiev de las tropas del Kremlin. Los pilares que todavía aguantan forman un corredor bajo la carretera por el que acceden los refugiados al cauce del río por un vomitorio que se queda estrecho ante la gran afluencia. Pese a la muchedumbre, apenas un puñado de militares van dando paso porque, de manera sorprendente, el orden apenas se ve alterado en el tumulto. Eso sí, los cascotes de ese puente volado en el pueblo de Romanov hacen ahora de embudo cuando los civiles necesitan escapar.
Miles de personas intentan escapar de Irpin bajo un puente que las tropas ucranias dinamitaron para retrasar el avance del Ejército ruso.luis de vega
Este sábado se multiplican los testimonios del horror dejado atrás. Como el de María, de 22 años, que viene casi con lo puesto desde Bucha, cinco kilómetros más allá de Irpin. Ese ha sido en la última semana otro escenario de los más feroces combates con imágenes de una columna de blindados rusos calcinada en una de las calles principales. María, que apenas se detiene a hablar con el reportero, trata de llegar junto a su prima a la estación de tren de Kiev y después a Polonia.
Jóvenes uniformados del Ejército ucranio se afanan en ayudar a pasar a los bebés, a los niños, a los ancianos y a los que han huido con más equipaje del que pueden transportar por sí mismos. Son muchos los que no dejan atrás a sus mascotas. Los perros y gatos son también protagonistas de la escapada. Para otros, lo que no hay que dejar atrás son iconos religiosos y la Biblia. La más absoluta incredulidad se dibuja tras las gafas de Shirley, originaria de Hong Kong y casada con Jan, un ucranio, como ella, de 33 años. Ambos, residentes en Irpin, van fuertemente cogidos de la mano hacia donde la marea humana les lleve.
Todo vale para ayudar a trasladar a las personas con dificultades por encima de los tablones habilitados sobre el cauce del río Irpin. Hay mujeres, sin fuerza para seguir avanzando, que son alzadas sobre mantas en la parte más agreste; a otras directamente las recogen los militares y las cargan sobre ellos. Algunos necesitan todavía más ayuda, pues llegan en silla de ruedas. Superado el puente, hay varias carretillas de las que los voluntarios tiran con personas que avanzan casi desfallecidas por la carretera de Romanov. Oxana, una doctora militar, está atenta para asistir a los que ve más derrumbados.
Salida de ciudadanos de Irpin, cerca de Kiev (Ucrania).luis de vega
En uno de los cruces, delante de un carro de combate, espera una veintena de personas que apenas pueden desplazarse por sí mismos. Son pacientes evacuados del hospital de Irpin a primera hora del sábado, confirma Serguéi, de 33 años, un doble amputado que se mueve sobre dos prótesis. Explica que están esperando a que los trasladen a un centro médico de Kiev. Muchos a su alrededor van sobre muletas o caminan con piernas ortopédicas. Uno, incluso, lleva su pierna de plástico sobre la bolsa de deporte donde porta sus pertenencias.
Cerca de la iglesia de Romanov, Vlod, un militar de 19 años, trata de calmar el llanto de Emma, una niña de cinco meses que lleva en sus brazos. Julia, su madre, llora desconsolada porque la situación le supera. Por unos instantes no encuentra a su marido, Oleg. “Estos últimos 11 días han sido los más terroríficos de mi vida”, cuenta en el momento en que logran acomodarla en el asiento delantero de una furgoneta con el bebé en su regazo. “Nuestra vida era perfecta en Irpin. Sus parques… ahora es una ruina. Esto es muy duro”, lamenta Julia todavía con el rostro bañado en lágrimas.
Vlod, militar de 19 años, sostiene a Emma, de cinco meses, hija de Julia (izquierda), desesperada en medio de la evacuación de Irpin.luis de vega
Sin calefacción, casi sin agua y sin electricidad. Un millón de personas resisten desde hace tres días en condiciones críticas en Mariupol, sitiada por las fuerzas de Vladímir Putin. Este sábado, la evacuación de la ciudad portuaria y de la pequeña localidad sureña de Volnovaja, también en condiciones críticas, se ha suspendido por el fracaso del alto el fuego puntual y de solo varias horas acordado por Kiev y Moscú. El Gobierno ucranio ha acusado al Kremlin de bombardear la zona establecida como corredor humanitario para la salida de los civiles y la entrada de productos sanitarios y medicamentos, y de utilizar “artillería pesada y cohetes” contra Mariupol, que Rusia aspira conquistar. El presidente ruso, Vladímir Putin, ha acusado a las autoridades ucranias de “sabotear” el acuerdo y el corredor para civiles y ha elevado aún más sus amenazas sobre Kiev. Mientras, miles de personas siguen atrapadas bajo los bombardeos en una situación desesperada.
Los expertos ya habían dudado del cumplimiento ruso de la medida. Advertían, además, de que el alto el fuego podría beneficiar a Rusia, que podría aprovechar para reagruparse, reabastecerse y, tras la salida de la mayoría de la población civil, lanzar una dura ofensiva para ocupar Mariupol, de una gran importancia industrial y estratégica en el mar de Azov para avanzar en sus planes de crear un corredor desde la península ucrania de Crimea, que se anexionó ilegalmente en 2014, y el Donbás.
Cientos de personas se habían reunido en los puntos de recogida de Mariupol para montar en vehículos y autobuses habilitados para salir a través de los corredores humanitarios este sábado cuando han estallado nuevos ataques rusos, ha asegurado el alcalde de la ciudad, Vadim Boichenko, de donde necesitan salir unas 200.000 personas. “Valoramos la vida de cada habitante de Mariupol y no podemos arriesgarnos, por eso detuvimos la evacuación”, afirmó a la televisión local.
Más de 15.000 aspiraban a utilizar los corredores humanitarios supervisados por la Cruz Roja desde Volnovaja, situada entre el Mar de Azov y la ciudad de Donetsk, controlada por Moscú y reclamada por los separatistas prorrusos apoyados por el Kremlin desde 2014. La localidad, de 21.000 habitantes, está prácticamente arrasada por los bombardeos, los cadáveres yacen en las calles sin poderse recuperar y la ciudadanía que queda en Volnovaja permanece acurrucada en los refugios por los constantes ataques. No hay suministros y se están quedando sin comida, advirtió el diputado local Dmitro Lubinets.
Médicos sin Frontera, que tiene personal en la zona ha advertido que la situación en las dos ciudades es crítica. “Ayer recogimos agua de nieve y de lluvia para poder beber. Hoy hemos tratado de conseguir agua en las distribuciones, pero la cola es enorme”, ha relatado uno de sus trabajadores en una nota. “Las farmacias no tienen medicamentos”, ha alertado. Christine Jamet, directora de operaciones de la veterana ONG ha exigido que las evacuaciones se reanuden. “Las personas que buscan seguridad tienen que poder ponerse a salvo sin miedo a sufrir los efectos de la violencia”, ha dicho. Apenas 400 personas han podido abandonar las dos ciudades esta mañana.
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La guerra de Putin contra Ucrania ha cumplido ya 10 días y este sábado ha vuelto a endurecer la ofensiva. La resistencia del Ejército ucranio —en desigualdad numérica y con menos capacidad de lucha aérea y carencias de sistemas de defensa antiaérea— y de la sociedad civil ha ralentizado el avance de las tropas rusas, que han cambiado de estrategia y han pasado a poner en la diana infraestructuras civiles y zonas residenciales. El Kremlin está atacando el corazón de las ciudades, de donde más de 1,2 millones de personas se han visto obligadas a huir, según la ONU, que contabiliza 351 civiles muertos por la guerra pero avisa de que la cifra “subestima” la realidad.
El Ejército ruso se ha aplicado con dureza en zonas civiles de Járkov, la segunda ciudad más poblada del país, en el este de Ucrania; Chernihiv, cerca de la frontera con Bielorrusia y donde un duro ataque contra una zona residencial mató el jueves a 47 personas; Sumi, al noreste del país, escenario de duros ataques y donde hay atrapados cientos de estudiantes internacionales; y los alrededores de Kiev, la capital, hacia donde se dirige desde hace días un kilométrico convoy de blindados rusos que, sin embargo, está encontrando muchas dificultades para avanzar. Rusia ha tomado también un hospital psiquiátrico a las afueras de la capital, según ha afirmado este sábado el gobernador regional, Oleksi Kuleba.
Mientras, el portavoz del Ministerio de Defensa ruso, Igor Konashenkov, ha recalcado que el cerco a Mariupol —que, según sus palabras, está aplicando las fuerzas de la autoproclamada “república popular” de Donetsk— se sigue estrechando. Rusia, que asegura que no ataca zonas civiles y que sus ataques son quirúrgicos, ha afirmado que se ha hecho con el control de otras pequeñas localidades del este de Ucrania. El Estado Mayor ucranio ha anunciado por su parte que emprenderá una contraofensiva.
Las fuerzas de Putin, que asegura que quiere “desnazificar” Ucrania, siguen tratando de avanzar por otros flancos del sur, donde han obtenido por ahora los mayores logros. Ya controlan la costera ciudad de Jersón, de 290.000 habitantes, y la primera gran urbe en caer en manos rusas, que puede actuar como otra lanzadera en su camino hacia Odesa, también en el mar Negro, en una maniobra que podrían combinar con una invasión anfibia, han advertido los analistas militares. El objetivo de Moscú es arrebatar a Ucrania el control del mar.
Sin embargo, ya han estallado protestas en ciudades y pueblos bajo la ocupación rusa. En Jersón, que las tropas del Kremlin han tratado de aislar con el corte de las redes de telecomunicaciones ucranias, varios cientos de personas salieron a la calle este sábado con banderas ucranias y al grito de “vergüenza” o “iros a casa”. Imágenes similares se dieron hace dos días en la ciudad de Melitopol, Beriansk (en el mar de Azov) y otras localidades de población mayoritariamente rusoparlante, aquella que el presidente Putin afirma proteger.
Con el fracaso del alto el fuego puntual para las evacuaciones de este sábado también ha descarrilado la reunión entre las delegaciones ucrania y rusa que iba a celebrarse en Bielorrusia, cerca de la frontera con Ucrania. Está previsto que la nueva mesa de diálogo —la tercera— tenga lugar el lunes. Es posible que se acuerde un nuevo alto el fuego temporal y parcial. Aunque la ministra para los territorios ocupados de Ucrania, Iryna Vereshchuk, ha advertido que las tropas rusas pueden aprovecharlo para avanzar sobre posiciones ucranias.
Emma Beals, investigadora no residente en el Middle East institute, que ha estudiado las pautas de las estrategias rusas en Siria, por ejemplo, donde su apoyo fue clave para el régimen de Bachar el Asad, destaca que el alto el fuego y los corredores humanitarios son extremadamente necesarios para evacuar a la población civil y la entrada de asistencia humanitaria, pero que los acuerdos rusos deben tomarse con “grandes dosis de escepticismo”. “En Siria, hemos visto a Rusia aceptar ese alto al fuego que no cumplió y ofrecer corredores humanitarios que eran inseguros o inapropiados y no podían utilizarse”, señala. “Históricamente, Rusia ha aceptado aplicar un cese al fuego solo cuando está en línea con sus ambiciones estratégicas, con lo que puede ser una victoria militar completa”, advierte Beals.
A medida que la ofensiva rusa se endurece, el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, va elevando el tono para reclamar ayuda a sus aliados. Este sábado, el líder ucranio ha lanzado una llamada desesperada a los legisladores estadounidenses en una reunión por videoconferencia para obtener más aviones y apoyo para que la OTAN cree una zona de exclusión aérea sobre Ucrania. Para el país del Este, el más grande de Europa, el mayor desafío son los ataques aéreos.
Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)
Anexionada por
Rusia en 2014
Fuentes: Territorios ocupados
(Instituto para el Estudio de la Guerra).
Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)
Anexionada por
Rusia en 2014
Fuentes: Territorios ocupados
(Instituto para el Estudio de la Guerra).
Avance de tropas rusas (a 4 de marzo)
Anexionada por
Rusia en 2014
Fuentes: Territorios ocupados (Instituto para el Estudio de la Guerra).
La OTAN ya rechazó el viernes por la noche establecer la zona de exclusión aérea que el presidente Zelenski había pedido, y reclamó que no intervenga por aire ni por tierra por temor a que Rusia extienda su agresión a otras partes de Europa. Crear la zona de exclusión, explicó el secretario de la Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, requeriría desplegar aviones de combate de la OTAN y posiblemente “derribar aviones rusos”. “Como aliados de la OTAN, tenemos la responsabilidad de evitar que esta guerra se intensifique más allá de Ucrania”, dijo Stoltenberg. “Hemos dejado claro que no vamos a entrar en Ucrania, ni en tierra ni en el espacio aéreo ucranio”, añadió.
Zelenski cargó contra la decisión de la Alianza que ve como una señal de debilidad y división de la OTAN. “Todas las personas que mueran a partir de este día también morirán por vuestra culpa”, dijo el presidente ucranio en un vídeo, en el que agregó que el rechazo de la Alianza a actuar ha supuesto para Moscú una señal de “luz verde” para atacar pueblos y ciudades de Ucrania.
Ante las reclamaciones del líder ucranio, Putin ha advertido este sábado de que cualquier intento de otra potencia de imponer una zona de exclusión aérea en Ucrania sería considerado por Rusia como un paso hacia el conflicto militar. Tal paso, ha aseverado, tendría consecuencias catastróficas para Europa y el mundo.
Vadim Belov sostenía una imagen de su hermano Volodímir, militar muerto en el frente del Donbás, el jueves en su casa de Zabirya (Ucrania).
Una colección de fotografías de Yevgen Jarchenko preside, desde una mesita de café, el salón de la que fue su casa, a las afueras de Kiev. Parece un altar: el joven sonriente y con un sombrero rayado; en otra imagen, al lado de dos iconos religiosos, posa con su uniforme militar. “El 1 de febrero habría cumplido 35 años, pero la guerra nos lo arrebató”, suspira su madre, Natalia Jarchenko.
Yevgen era admirador del Che Guevara, amaba el cine y le chiflaba el color rojo, tanto que sus amigos le llamaban red (rojo en inglés). Había estudiado en la Academia de Policía, pero no le gustó, así que se recicló y se licenció en Derecho. Acababa de abrir un pequeño despacho cuando Rusia se anexionó Crimea. Poco después, cuando comenzó la guerra del Donbás, el joven, a quien nunca le había interesado especialmente el Ejército, se alistó como voluntario en uno de los batallones que más tarde pasarían a sumarse a las filas de la Guardia Nacional para apoyar al desnutrido y mal organizado Ejército ucranio. Murió en un ataque unos meses después. “Ahora, cuando hablan de que va a venir la guerra se me revuelve el estómago. La guerra está en mi casa desde hace ocho años”, recalca Natalia tirando de los cordones de una sudadera roja que fue de su hijo.
Unas 14.000 personas —en su mayoría soldados y milicianos— han muerto en los dos bandos del conflicto del Donbás desde 2014, según estimaciones de la ONU. Alrededor de un 25% de ellos eran civiles. La última guerra de Europa se libra en el este de Ucrania, entre el Ejército del Gobierno y los separatistas prorrusos de las autodenominadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk, que reciben el apoyo político y militar del Kremlin. El conflicto al que los ojos de medio mundo mira ahora con alarma en plena escalada de tensión de Rusia con Occidente en torno a Ucrania, en cuyas fronteras Moscú ha concentrado decenas de miles de soldados, ha causado también miles de heridos, un millón y medio de desplazados internos y ha drenado la economía del país más pobre de Europa junto a Moldavia. El coste de la guerra del Donbás, humano y económico, es oceánico.
Natalia Jarchenko posaba junto a las fotografías de su hijo Yevgen, muerto en el frente en 2014.María Sahuquillo
En los últimos días, la guerra puede haber entrado en una nueva fase. Las rupturas del enésimo alto el fuego son habituales, según documenta la misión de observación de la OSCE. Pero el aumento de ataques desde el jueves, las acusaciones cruzadas de ambos bandos y las órdenes de los líderes separatistas de evacuar a la población civil de los territorios y movilizar a los reservistas hace temer que el conflicto que se ha estado cociendo a fuego lento estalle en llamas. Los jefes secesionistas de Donetsk y Lugansk hablan de actos de sabotaje de suministro de agua y gas y afirman que temen que Kiev lance un ataque para recuperar el control de toda la región. El Gobierno ucranio lo niega rotundamente y advierte de que todo son “provocaciones” para profundizar la crisis en un momento especialmente delicado.
La escalada ha elevado por enésima vez las alarmas de Occidente. EE UU y la OTAN creen que las acusaciones separatistas son una operación del Kremlin, que podría usar como pretexto para intervenir abiertamente en el Donbás, donde ha repartido casi un millón de pasaportes rusos, e incluso en todo el país. El Kremlin, que pese a la evidencia niega su presencia en el conflicto y lo denomina “guerra civil”, ha iniciado un protocolo de acogida a los evacuados. Mientras, el presidente ruso, Vladímir Putin, asegura que la población de Donetsk y Lugansk está sufriendo un “genocidio”.
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Como Yevgen Jarchenko, la mayoría de bajas militares se produjeron los dos primeros años de guerra. Tras las movilizaciones europeístas y contra la corrupción que derribaron al presidente Viktor Yanukóvich, aliado de Moscú, el Kremlin, consciente de que Ucrania se alejaba de su esfera de influencia, lanzó una operación en la península ucrania de Crimea, que se anexionó con un referéndum no reconocido por la comunidad internacional en marzo de 2014. No mucho después empezó la escalada violenta en el este de Ucrania, donde los separatistas prorrusos de Donetsk y Lugansk declararon la independencia de ambas regiones tras una apresurada votación.
Vecinos de Stanytsia Luhansk, cerca de la línea del frente, en la parte controlada por el Gobierno ucranio, observaban los daños en su casa de un ataque, el pasado viernes. ALEKSEY FILIPPOV (AFP)
Las feroces batallas de 2014 y 2015 en el Donbás, otrora una rica zona minera e industrial, se saldaron con un tercio de la región bajo control de los separatistas. Tras la firma de los acuerdos de Minsk entre Ucrania, Rusia y representantes de las autodenominadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk, el avance de tropas se detuvo. Pero los pactos que marcaban la senda para la paz no se cumplieron y la lucha encarnizada se transformó en una guerra de trincheras que dura hasta hoy. La línea del frente de unos 400 kilómetros, que apenas se ha movido desde entonces, parece simbolizar ahora más que nunca —con las bambalinas y las negociaciones diplomáticas para enfriar la crisis bullendo contra el reloj— la pugna entre Rusia y Occidente.
Los estancados acuerdos de Minsk, que todas las partes incumplen, no han traído la paz. Los ataques a lo largo de la línea del frente causan aún un goteo de fallecidos; uno o dos a la semana, según datos del Ejército ucranio, sobre todo por disparos de francotiradores o morteros. Las cifras de bajas de los líderes separatistas son algo más opacas, pero la ONU estima que la sangría es similar. Este sábado, el operativo militar de Ucrania notificó dos soldados fallecidos en los ataques del viernes.
A Volodímir Belov, de 36 años, le alcanzó una mina de mortero el pasado junio en una trinchera de la línea del frente cerca de Mariúpol, en el mar de Azov. No sobrevivió. En un momento estaba hablando con su hermano Vadim por WhatsApp sobre las vacunas contra el coronavirus, con especial énfasis tras la muerte de su madre por la covid-19 meses antes, y al siguiente, el silencio. “En 2014, cuando el Kremlin robó Crimea, fue un shock. Queríamos una vida mejor. En aquella época la corrupción había llegado a tal nivel que no había a dónde ir”, dice Vadim, de 31 años, en la cocina de su casa en Zabirya, una ciudad dormitorio cercana a la capital ucrania. Así que Volodímir, que trabajaba en una compañía de internet, que en sus ratos libres componía música electrónica y jugaba de portero en un equipillo de fútbol y a quien sobre todo le gustaba hacer de hermano mayor, se alistó.
Familias tocadas de cerca por la guerra como los Belov, los Jarchenko, o la pareja formada por Lesia y Olekandr Kotovi, herido muy grave en el frente en 2015, observan tensos la escalada de estos días. Son tiempos muy difíciles, reconoce Kotovi mientras prepara café en su cocina recién reformada. No solo por el temor a una nueva guerra abierta, sino también por el equilibrio en el que se mueve el Gobierno. El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, arrasó en las elecciones de 2019 con un discurso contra la corrupción y prometió “parar” la contienda en el este. Su antecesor y rival, Petró Poroshenko, había prometido ganarla. Ahora, el líder ucranio, un actor cómico sin experiencia política a quien muchos vieron como un caramelito para Putin, se ha transformado en un halcón en política exterior.
Oleksandr Kotovi, herido en el frente, y su esposa, Lesia, el domingo en su casa de Kiev.María Sahuquillo
Analistas como Dmitri Trenin, del Instituto Carnegie de Moscú, creen que la intensísima presión de Rusia sobre Ucrania busca no una invasión a gran escala, sino obligar al Gobierno a negociar directamente con los líderes separatistas, a quien Kiev considera marionetas de Moscú, y forzar a Kiev a implementar los acuerdos de Minsk. Solo su parte, eso sí. Los pactos exigen la celebración de elecciones locales en Donetsk y Lugansk, tras las que se concedería cierta autonomía a las regiones; pero los acuerdos disponen también que se debe devolver el control de la frontera con Rusia a las autoridades ucranias, la retirada de milicianos y armamento de los territorios en control de los separatistas y que esos comicios se deben celebrar bajo la ley electoral ucrania y con la presencia de observadores internacionales.
Implementar la parte que depende de Kiev sin tener constancia de que el resto también se incumple es un jarabe amargo difícil de tragar para Zelenski, que tendría enormes problemas en casa. “Sería una capitulación en cierta medida”, dice Oleksandr Kotovi. “No al mismo nivel que ceder a que Rusia se quede los territorios ocupados abiertamente, pero es duro pensar que tanta gente habría muerto o sufrido heridas para que luego llegue Moscú a torcer el brazo así”, dice Lesia. Las lesiones de Oleksandr fueron gravísimas. Tuvo que volver a aprender a hablar y a andar. Ahora lucha en los tribunales para que se le reconozca un mayor grado de discapacidad. La burocracia es “una pesadilla”, dice Lesia. Y su abogado les reclama el 50% de la indemnización que obtengan.
Natalia Jarchenko, rusa con pasaporte ucranio y “patriota” no se atreve a analizar la escalada rusa. Cuando Moscú se anexionó la península ucrania de Crimea y algunos de sus allegados lo celebraron con cava le dolió el corazón. Cuando Yevgen murió dejó de hablarles. Al otro lado de la región, Vadim Belov, no cree que la crisis que ha puesto a ucrania en el foco mundial de nuevo vaya a derivar en una guerra a gran escala que arrastraría además, alerta, a toda Europa. “El objetivo del Kremlin no es Ucrania. El mundo necesita saber qué está pasando aquí y quién es el responsable”, insiste el hombre ante una taza de té hirviendo. Y añade: “El pueblo ruso no es el enemigo de Ucrania. El enemigo de Ucrania y de toda Europa es Putin y su séquito”.