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La invasión rusa de Ucrania ha provocado el mayor flujo de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Más de 3 millones de personas han escapado del país desde el pasado 24 de febrero, pero la Unión Europea calcula que el número podría llegar a superar los 6,5 millones. Estos son los planes de los países europeos para gestionar la llegada de refugiados a partir de la aprobación de una directiva comunitaria de acogida ilimitada de los que huyen de las bombas.

Polonia, un permiso de 18 meses

Polonia, el país que más refugiados ucranios ha recibido desde el inicio de la guerra (dos millones de un total de 3,3 millones), ha aprobado una ley por la que podrán permanecer legalmente durante 18 meses, prorrogables a tres años. El Senado, con mayoría opositora, propuso otorgarles el derecho indefinidamente, pero lo rechazó la otra Cámara, el Sejm, dominada por el gobernante partido ultraconservador Ley y Justicia (PiS).

Los refugiados ucranios están obteniendo un número de identificación nacional conocido como Pesel y podrán trabajar y acceder a los servicios sanitarios y educativos. Decenas de miles de niños ucranios ya están matriculados en las escuelas del país. Cada uno recibirá, además, 300 eslotis (unos 64 euros), y las personas e instituciones que los alojan, 40 eslotis (ocho euros) al día con retroactividad.

Polonia —cuya población, ONG y administraciones locales se han volcado en la ayuda a los refugiados— es en bastantes casos un país de paso hacia otros más ricos de la UE, como Alemania o Italia, pero se calcula que la mitad de huidos, en torno a un millón, sigue en el país, principalmente en las grandes ciudades. La población de Varsovia ha aumentado un 17% por la presencia de 300.000 refugiados, informó su Ayuntamiento la semana pasada. Tiene que ver en parte con la tupida red de acogida que conforma la presencia, previa a la guerra, de otro millón de ucranios, principalmente migrantes económicos atraídos en los últimos años por salarios más altos, facilidades con el visado y una lengua similar. Sus visados y permisos de residencia serán prorrogados hasta final de año si expiraron durante la guerra. Polonia necesita mano de obra en aquellos empleos que sus emigrantes cubren, por ejemplo, en Francia o España.

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Pabellón deportivo de Hrubieszow (Polonia), reconvertido en centro de acogida de refugiados.
Pabellón deportivo de Hrubieszow (Polonia), reconvertido en centro de acogida de refugiados. Massimiliano Minocri

Italia: un presupuesto de 400 millones

En Italia se concentra la comunidad de ucranios expatriados más grande de la Unión Europea, con unos 236.000 inmigrantes. Desde el inicio de la ofensiva rusa y hasta este sábado, han llegado a Italia casi 56.000 personas procedentes de Ucrania, de las cuales cerca de 29.000 son mujeres, 22.000 menores y unos 5.000 hombres, según el Ministerio de Interior.

El Ejecutivo, que se está preparando para recibir a unos 83.000 refugiados ucranios, declaró a inicios de mes el estado de emergencia humanitaria hasta el 31 de diciembre, una fórmula que le permite movilizar recursos con mayor rapidez y facilidad.

El plan para acoger a los refugiados que ha preparado el Gobierno de Mario Draghi prevé destinar en total 400 millones de euros a su acogida. La semana pasada aprobó un decreto para crear 75.000 nuevas plazas en la red nacional de centros de acogida, que se suman a las 8.000 ya disponibles. Las asociaciones, comunidades de acogida de ONG y otras organizaciones voluntarias, así como las familias que alojen a refugiados, recibirán una contribución diaria de unos 35 euros por cada refugiado hasta el 31 de octubre. Los refugiados que soliciten protección internacional y se encarguen de su propio alojamiento recibirán también una asignación, variable en función de su situación familiar, durante 90 días. Además, los titulares de protección internacional y los médicos y personal sanitario ucranios tendrán permiso inmediato de trabajo.

Una mujer ucrania se acerca al punto fronterizo de Dolhobyczowm, el pasado 10 de marzo, para cruzar la frontera hacia Polonia.
Una mujer ucrania se acerca al punto fronterizo de Dolhobyczowm, el pasado 10 de marzo, para cruzar la frontera hacia Polonia.MASSIMILIANO MINOCRI

Francia: subsidios de 426 euros

Aunque Francia tiene una comunidad ucrania menor que países como España —unos 18.000 permisos de residencia concedidos—, el flujo de ucranios que huyen de la ofensiva rusa en su país no para de crecer y más de 30.000 refugiados, sobre todo mujeres y niños, han llegado ya a Francia, que está dispuesta a acoger hasta a 100.000. Los refugiados ucranios podrán acceder a cuidados médicos, recibir el subsidio para demandantes de asilo (alrededor de 426 euros mensuales, aunque la cifra varía según la composición familiar) durante el tiempo que estén bajo la protección oficial y también tendrán derecho a solicitar ayudas personalizadas para el alojamiento como muchos ciudadanos franceses. Las autoridades trabajan, además, para escolarizar rápidamente a los menores y ya 650 acuden a una escuela en sus lugares de acogida, según el Ministerio del Interior. La compañía nacional ferroviaria, la SNCF, les permite viajar gratis en sus trenes regionales y de alta velocidad.

España: papeles en 24 horas

España ha sido uno de los primeros países en adoptar la directiva de protección temporal para los desplazados de Ucrania. También es uno de los pocos que la ha interpretado de forma más generosa y ha incluido, por ejemplo, a los ucranios en situación irregular. España, a diferencia de otros países como Alemania, Italia o Grecia, no tiene “datos fiables” sobre el número de desplazados que ya han llegado al país y mantiene un sistema “flexible” de acogida que permita adaptarse a la afluencia de refugiados.

El plan de recepción en España se sustenta en dos pilares: la obtención de la documentación, en un procedimiento exclusivo de apenas 24 horas, y la ampliación de la red de acogida con más de 21.000 camas, gracias, en buena parte, a la colaboración de las comunidades autónomas. El Ejecutivo ha abierto cuatro centros de recepción y derivación en Madrid, Barcelona, Málaga y Alicante. Las comisarías provinciales de toda España también están tramitando los papeles necesarios.

La primera acogida de los desplazados se ha delegado en tres ONG (ACCEM, CEAR y Cruz Roja) que gestionan los recursos estatales. Se estudia también la creación de un programa nacional de acogimiento familiar. La gran comunidad ucrania, de 112.000 personas, está de momento absorbiendo a la mayor parte de los recién llegados, pero ya son al menos un millar los que han solicitado acogida en diversas partes del país.

Una mujer y un niño, sentados en un tren que parte de la Estación Central de Lviv (Ucrania) con destino a Polonia, el pasado 2 de marzo.
Una mujer y un niño, sentados en un tren que parte de la Estación Central de Lviv (Ucrania) con destino a Polonia, el pasado 2 de marzo.Jaime Villanueva Sánchez

Reino Unido: más voluntarismo que realidad

La presión de la opinión pública ha empujado desde el primer momento al Gobierno de Boris Johnson para que tuviera con los refugiados de Ucrania mucha más generosidad que la que mostró en un principio. Mientras la UE abría sus puertas, sin reclamar visado, a los cientos de miles de personas que huían de la guerra, el Reino Unido ofrecía un plan cicatero de acogida al que prácticamente solo podían acogerse los ucranios que tuvieran familiares en territorio británico. Y aun así, debían someterse a los trámites burocráticos de inmigración y a los controles de seguridad pertinentes. La ministra del Interior, Priti Patel, llegó a estimar en 200.000 las personas que se beneficiarían del plan de reagrupación familiar. Hasta la fecha, apenas han sido 6.000.

Las duras críticas de las organizaciones de ayuda a los refugiados de la oposición política forzaron a Johnson a cambiar de estrategia. Puso la gestión de la crisis en manos de su ministro para todo, Michael Gove —hoy al frente del departamento de Reequilibrio Económico Territorial del Reino Unido—, quien enseguida lanzó una campaña con una mezcla de populismo, solidaridad y falta de previsión. El Gobierno ofreció 350 libras mensuales (unos 415 euros) a los ciudadanos que acogieran en su hogar un refugiado ucranio o una familia entera (la cifra no variaba, al margen del número de huéspedes). La estancia mínima debían ser seis meses. La máxima, 12. Pero el proceso de llegada no se simplificó en absoluto. El primer día en que se lanzó la página web de Homes for Ukraine (Hogares para Ucrania), cerca de 90.000 personas registraron su interés en participar. La página se colapsó durante horas. El Gobierno remitía a las ONG para el proceso de selección de las personas, y era incapaz de solucionar las miles de dudas que surgían sobre la marcha. Ya son más de 120.000 las solicitudes de los ciudadanos, pero de momento, el proceso de acogida es más voluntarista que real.

Rumania y Moldavia: alojamiento, permiso de trabajo, sanidad y educación

En Rumania, por donde han huido de la guerra medio millón de ucranios, se calcula que hay alrededor de 100.000 refugiados. El lazo familiar constituye el principal motivo de su marcha hacia otros países, pero quienes permanezcan en Rumania —hasta ahora solo han pedido la acogida poco más de 4.000— se beneficiarán de comida, ropa, alojamiento, permiso de trabajo, acceso a la sanidad pública y a la educación, transporte gratis y ayuda psicológica y jurídica, además de un apoyo financiero de unos 120 euros al mes, según el Gobierno. Las familias que acojan a ucranios también recibirán esa misma suma de dinero por persona, según el Consejo Nacional Rumano para Refugiados. También se les proporcionará traductores para agilizar su proceso de integración en la sociedad.

En la vecina Moldavia hay 99.475 ciudadanos ucranios, casi la mitad de ellos menores, y las autoridades aseguran que dispondrán de todos los derechos de los ciudadanos del país, con la sola excepción de que no podrán participar en la vida política. Más de 700 niños ucranios ya están inscritos en centros educativos moldavos.

Con información de Antonio Pita (Lublin, Polonia), Lorena Pacho (Roma), Silvia Ayuso (París), María Martín (Madrid), Rafa de Miguel (Londres) y Raúl Sánchez Costa (Bucarest).

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El futuro de Ucrania se juega hoy en Kiev y en el andén número 5 de la estación de Lviv, la ciudad fronteriza con Polonia y la urbe ucrania más europea (725.000 habitantes). La capital es el símbolo de la resistencia contra el invasor ruso; el andén de Lviv, del que parten los trenes hacia Polonia, es el camino que lleva a lugar seguro a cientos de miles de mujeres y niños, familias de combatientes. Convoyes de todo el país llegan sin pausa a la magnífica estación de estilo art nouveau inaugurada en 1904 bajo el reinado del emperador Francisco José I. La monumentalidad del edificio empequeñece ante la catástrofe humanitaria que estos días alberga.

Más de la mitad de los 1,5 millones de refugiados salidos de Ucrania, según la ONU, han cruzado a Polonia, y la gran mayoría lo han hecho desde Lviv. Cada día que pasa llegan en mayor número los desplazados del frente. En los andenes, sin embargo, impera una calma sorprendente, mientras en el exterior se agolpan miles de personas.

Cientos de personas intentan abandonar Ucrania, en tren y autobús, desde la estación central de Lviv, este domingo.
Cientos de personas intentan abandonar Ucrania, en tren y autobús, desde la estación central de Lviv, este domingo.Jaime Villanueva

Con el paso de los días ha mejorado el orden y distribución del gentío. Las autoridades han conseguido que los andenes se mantengan despejados. En las colas apenas hay discusiones pese a que la espera puede ser de más de 24 horas. Lo que sí hay son miles de niños sin entender qué ha sucedido con sus vidas y madres con los rostros demacrados. Los adolescentes intentan refugiarse en su mundo, como Karina, de 15 años y procedente de Járkov —la segunda ciudad en población del país (1,5 millones)— , que el sábado explicaba a este diario que cuando podía, intentaba leer algo de las novelas de Stephen King que cargaba en la mochila.

Los más pequeños no juegan ni corretean: se quedan junto a sus madres o piden permiso para acercarse a los vecinos de espera que transportan mascotas. Los perros son acariciados con fruición por los niños. Los gatos se pasan los días encerrados en sus jaulas de transporte. Stanislava, una niña de 8 años de Kiev, contaba que su única ilusión en esta larga espera es jugar con su gato. En cambio, a su amiga Vladislava no le dejaron quedarse con sus cobayas: ella quería convencerse de que cuando volviera a su casa habrían sobrevivido porque les había dejado “mucha comida”. En la estación de Lviv hay voluntarios que reparten pienso para perros y gatos, y que intentan salvar a unos pocos de los muchos animales de compañía que acaban siendo abandonados.

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En los aledaños de la estación, bajo las tres imponentes cúpulas y la bandera de Ucrania, fluye un río en movimiento constante compuesto por personas, abrigos de colores y maletas. En las paredes de la estación cuelgan multitud de anuncios e instrucciones para los que llegan a Lviv: un comunicado recuerda a los hombres que deben registrarse en las oficinas del Ejército y que no pueden salir de Ucrania. Una nota resume las dos opciones que tienen las mujeres para proseguir hasta la frontera con Polonia, a 70 kilómetros: el tren o los autobuses que aguardan en las paradas de la estación. Para ir en bus hay dos posibilidades, montarse en los que son gratuitos, lo que implica hacer más cola, y los privados, más cómodos y rápidos, pero pagando 2.000 grivnas (alrededor de 60 euros).

El tren cuenta con una ventaja: puede desembarcar a los refugiados directamente en la estación polaca de Przemysl. Desplazarse en vehículo rodado significa pasar como mínimo un día en el interior del vehículo, o andar no menos de dos horas hasta la cola del puesto fronterizo de Shehyni, frente a Polonia, según subrayan los paneles informativos. Las penurias que estas familias atraviesan hasta llegar a la estación de Lviv solo parecen aliviarse cuando se llora o con el momento de alegría contenida de las madres al acceder al último tramo antes del andén número cinco, el de los pasillos subterráneos que cruzan las vías.

Organizaciones de auxilio del Gobierno, de ONG, de la Cruz Roja o de la Iglesia Greco-Católica, mayoritaria en el oeste de Ucrania, mantienen en funcionamiento día y noche un campamento de socorro donde es posible abastecerse de alimentos, agua y ropa. Bidones que sirven de braseros calientan a los que esperan a la intemperie con temperaturas inferiores a los 5 grados bajo cero. Frente a estas hogueras es común ver sentados a ancianos, a los pocos de las generaciones de edad avanzada que se han atrevido a emprender esta penosa odisea. Algunas personas con trastornos psiquiátricos deambulan, gritan o lloran sin consuelo. En la estación, junto a las ofertas municipales para albergar temporalmente a los que quieran descansar en Lviv, se anuncia un servicio local de atención psicológica, presencial o mediante un teléfono de consulta y auxilio.

Maria y Emilia, antes de subir al tren en la estación central de Lviv este domingo.
Maria y Emilia, antes de subir al tren en la estación central de Lviv este domingo. Jaime Villanueva

Los trenes que salen de Lviv hacia otras regiones de Ucrania marchan en la mayoría de los casos prácticamente vacíos. Fue así con el convoy que se detuvo el mediodía del domingo en Lviv procedente de Jérson, ciudad en la desembocadura del río Dniéper. Ese tren trajo a cientos de familias y marchó ya descongestionado hacia Uzhorod, en la frontera con Eslovaquia. Jérson fue la primera ciudad que cayó en manos del ocupante ruso en su ofensiva para hacerse con la costa ucrania del mar Negro. Por Eslovaquia habían huido hasta el sábado 113.000 ucranios.

Se organizan turnos para que los que lo necesiten ocupen los asientos disponibles de la sala de espera de la estación. El ambiente está tan cargado que una mujer pide socorro a un sanitario por culpa de un mareo. Una de las consecuencias de la guerra es que para los ucranios, la pandemia del covid ha dejado de existir. Si alguien enferma, se ignora. Son excepción los que llevan mascarilla o quienes se pueden lavar las manos con regularidad. Las distancias de seguridad para evitar contagios son imposibles de mantener.

En el gran vestíbulo de la estación, en una de las pantallas que en tiempos de paz comunicaban la llegada y salida de los trenes, la compañía de ferrocarriles proyecta fotografías de los bombardeos y de la destrucción causada por las tropas rusas. No hay nadie que preste atención a las imágenes, muchos han sido supervivientes de estos horrores, otros tienen la mente al otro lado de la frontera, preparando la siguiente etapa de su escapada, lejos de su país.

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Con 1,53 millones de personas huidas en apenas semana y media de guerra, el éxodo ucranio es ya el más rápido de los ocurridos en Europa en ocho décadas, ha anunciado este domingo la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur. “Más de 1,5 millones de refugiados desde Ucrania han cruzado a países vecinos en 10 días; es la crisis de refugiados que crece más rápido en Europa desde la II Guerra Mundial”, ha tuiteado el máximo responsable de Acnur, Filippo Grandi.

El pasado miércoles Acnur calculó en cuatro millones las personas que “podrían escapar en las próximas semanas y meses de Ucrania”, un país que antes del conflicto tenía 44,3 millones de habitantes. El éxodo, sobre todo, afecta a mujeres y niños, ya que la ley marcial impide abandonar Ucrania a los hombres de entre 18 y 60 años.

El destino principal de la huida es Polonia, que ya ha recibido a más de la mitad del total de refugiados. Se espera que el número total de ucranios que atraviesen esa frontera sobrepase el millón este domingo, después de las 129.000 entradas de la víspera. El sábado se alcanzó el máximo diario de refugiados llegados a Polonia desde el inicio de la ofensiva rusa, el pasado 24 de febrero, y el total de huidos de Ucrania a territorio polaco llegó a 922.400. Muchos ucranios escapan a Polonia porque es la frontera occidental ―es decir, en sentido contrario al avance ruso―, porque es un borde amplio ―mide más de 500 kilómetros― y porque muchos tienen allí familiares o amigos. Un millón de ucranios, principalmente migrantes económicos, residen en Polonia, donde la lengua es parecida.

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Hungría, Eslovaquia, Moldavia, Rumania y Rusia suman un tercio de las llegadas de refugiados de la guerra. Los que llegan generalmente continúan su trayecto hacia otros países europeos. El Consejo Europeo dio luz verde este jueves a la activación de un mecanismo especial de protección temporal que permitirá que los refugiados ucranios puedan permanecer legalmente en la UE hasta tres años, con derecho a trabajar y a la asistencia social que precisen.

Refugiados en Dorohusk, en la frontera de Polonia con Ucrania, el sábado 5 de marzo.
Refugiados en Dorohusk, en la frontera de Polonia con Ucrania, el sábado 5 de marzo. WOJTEK JARGILO (EFE)

Alemania, Holanda, el Reino Unido o Italia son algunos de los destinos más mencionados por quienes cruzan a través del paso fronterizo de Siret, en el norte de Rumania. Desde el inicio de la guerra han entrado en Rumania más de 252.000 ucranios, 24.846 en las últimas 24 horas, un 9,3% más que el día anterior, según datos difundidos en la tarde de este domingo por la policía de fronteras del país. El Gobierno rumano pretende instalar cerca del aeropuerto de Suceava —la principal ciudad de la región donde está el paso de Siret— un centro operativo para la llegada y envío de ayuda internacional humanitaria a Ucrania.

Los accesos por carretera a los países fronterizos están atascados por largas colas de coches, que suelen ir de los 10 a los 20 kilómetros, según el relato de quienes cruzan. Es habitual que los hombres acerquen en coche a familiares o conocidos lo máximo posible al cruce. Muchos refugiados optan, de hecho, por bajarse del vehículo y caminar los últimos kilómetros, pese al frío y la nieve. Las temperaturas en la tarde de este domingo eran de un grado bajo cero y se prevé que lleguen a menos ocho grados a mitad de la próxima semana.

Al principio de la guerra cruzaban la frontera con Rumania, a menudo a través de Moldavia, principalmente quienes vivían en el sur de Ucrania y, por tanto, esta era su vía de salida más rápida. Luego empezaron a llegar también desde Kiev, ante el atasco de la vía polaca. Aunque se dirigiesen finalmente a Polonia, preferían escapar cuanto antes de la guerra y moverse hacia allá, ya desde dentro de la UE.

Kujar Yaroslava, de 19 años, y su amigo Vlad Drevinskii, de 17, representan un último grupo: aquellos que no sentían urgencia de escapar, porque no vivían en un punto caliente, pero la guerra ha acabado por alcanzarlos. “No estábamos decididos a huir porque nunca creímos que fuera a llegar la guerra, pero empezaron a atacarnos ayer por la mañana [sábado] y tuvimos constancia de que mataban también a civiles”, cuenta Yaroslava a escasos metros del lado rumano de la frontera, donde se avista una ristra de vehículos ucranios. Vienen de la ciudad de Vinitsia (360.000 habitantes), en el centro del país y cuyo aeropuerto ha sido destruido por los bombardeos rusos, según ha señalado este domingo el presidente ucranio, Vladímir Zelenski, en un vídeo. “Ocho misiles fueron lanzados contra nuestra ciudad, contra nuestra pacífica y buena Vinitsia, que nunca ha amenazado a Rusia”, ha añadido.

Kujar Yaroslava (en el centro) y Vlad Drevinskii, a la derecha, este domingo en el paso fronterizo de Siret, en Rumania.
Kujar Yaroslava (en el centro) y Vlad Drevinskii, a la derecha, este domingo en el paso fronterizo de Siret, en Rumania.Alex Onciu

La empresa estadounidense de nuevas tecnologías en la que trabaja Yaroslava fletó un autobús para sacarlos de Ucrania. “No teníamos otra opción. Dejé a mis padres, que nunca querrán abandonar su tierra, y a mi marido, que debe quedarse”, añade mientras espera a varios amigos para proseguir su camino hacia Bucarest. Llevan solo una mochila y una maleta amarilla grande, con la esperanza de regresar lo antes posible a su país. “Estaremos de vuelta en unos meses”, afirma Drevinskii.

Otra cosa ha cambiado en el paso de Siret. Está más organizado que a principios de semana, con casetas de ayuda de distintos colectivos, como distintas ONG, Cruz Roja, el Arzobispado de Suceava (la capital de la provincia de Bucovina). Hay también una clínica veterinaria, una representación de los testigos de Jehová y una carpa conjunta de la organización judía conocida como Joint y la agrupación de comunidad judías de Rumania, en la que se ofrecen tarjetas SIM de móvil, cargadores, comida. También se ayuda con los trámites para establecerse en Israel. Más de 200.000 ucranios pueden obtener la nacionalidad de forma automática al tener al menos un abuelo judío.

«En Odesa, mi hija solo lloraba»

ALEJANDRA AGUDO (CHISINÁU)

En Moldavia había, según datos de Acnur, algo más de 84.000 refugiados el domingo. Unos 20.000 menos que el día anterior, pues muchos pasan a la UE por Rumania por carretera o tren, ya que el espacio aéreo está cerrado para vuelos comerciales. 

En los centros de acogida temporales en la capital, Chisináu, es fácil encontrar numerosos refugiados de países como Azerbaiyán, Marruecos o Túnez que, en algunos casos, esperan arreglar los papeles con la Embajada de su país de origen para regresar. 

Es el caso de Sagrat, que después de tres décadas en Ucrania, se ve forzado a volver a Azerbaiyán, la tierra que abandonó cuando tenía 20 años. Lleva cuatro días con sus hijos en el refugio instalado en la feria de Moldavia Moldexpo, en Chisináu, y esperan marchar en cuanto consigan pasaportes.

«Moldavia alberga el mayor número de refugiados en comparación con su población: 4 refugiados por cada 100 habitantes”, ha tuiteado este domingo su primera ministra, Natalia Gravilita, tras su reunión con el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken. 

Hasta ahora han podido cubrir las necesidades básicas de los recién llegados. En un espacio gestionado por la entidad local Areap, que habitualmente sirve comidas a personas vulnerables de su comunidad, Edinet, se ha empezado también a distribuir alimentos y artículos de higiene donados a los refugiados como Olesia, de 32 años y madre de dos hijos, uno de 12 y una de cuatro con problemas cardíacos. «No nos podíamos quedar en Odesa porque no puede sufrir estrés», explica abrazando a la niña. La zona estaba siendo bombardeada. «Pasamos tres días en un refugio subterráneo, sonaba la sirena cada 10 minutos», rememora. Llegaron hace tres días y acuden al centro de Areap a por alimentos y juguetes. «No imaginé que acabaría dejando mi país, a mis padres y mi marido», rompe a llorar. «Pero mi hijo veía la televisión y pensaba que iban a atacar nuestra casa. La niña solo lloraba».

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La magnitud de la crisis se nota en la velocidad con la que cambian las palabras. Cuando, hace apenas siete días, comenzó la ofensiva rusa sobre Ucrania, se hablaba de decenas de miles de potenciales refugiados. Pocos días después eran ya cientos de miles. Y, este miércoles, la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, ha estimado en cuatro millones “las personas que podrían escapar de Ucrania en las próximas semanas y meses”. Ya lo han hecho 874.026, según los datos difundidos por Acnur este miércoles. Es la mayor crisis de refugiados en Europa desde las guerras de los Balcanes en los años noventa del pasado siglo y, por su espectacular ritmo de incremento, va camino de ser la más grave desde la Segunda Guerra Mundial. “Estamos ante lo que podría convertirse en la mayor crisis de refugiados de Europa en este siglo”, indicó este martes el máximo responsable de la agencia, Filippo Grandi.

“A las puertas de los cruces fronterizos ya esperan decenas de miles de las más de 100.000 personas que se han desplazado en el interior forzadas por la barbarie que está acaeciendo sobre sus cabezas”, explica Gabriela Leu, portavoz de Acnur Rumania, que prevé que en cuestión de horas se supere la dramática cifra del millón de refugiados ucranios en los países limítrofes. “Se escuchan disparos continuamente por doquier, lo que hace que la seguridad de todos ellos sea frágil; incluso estamos recibiendo cientos de llamadas de desesperación porque les resulta imposible llegar a la frontera”, añade.

Naciones Unidas ha hecho un llamamiento urgente de ayuda humanitaria de 1.700 millones de dólares (unos 1.530 millones de euros), de los que 550 millones de dólares se destinarían a socorrer (desde un lugar donde dormir hasta ayuda psicológica) a los ucranios ―en su gran mayoría mujeres y niños― que escapan de la guerra. Más de la mitad (casi 454.000) han cruzado a Polonia por una frontera de más de 500 kilómetros. Es un país con un idioma parecido y en el que ya residen un millón de ucranios, principalmente migrantes económicos. También allí se dirigieron la mayoría de ucranios en 2014, tras la anexión rusa de Crimea y el inicio de la guerra del Donbás.

Una niña ucrania, en una tienda de campaña para refugiados en el paso de Siret, en Rumania.
Una niña ucrania, en una tienda de campaña para refugiados en el paso de Siret, en Rumania.Alex Onciu

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El resto cruza, por este orden, a Hungría, Moldavia, Eslovaquia, Rumania y Rusia, principalmente sin más perspectiva que salir de Ucrania y esperar a ver cómo se desarrollan los acontecimientos. “El perfil va cambiando. Antes, se dirigían a casa de un familiar o conocido, ahora no tienen ningún plan”, indica Sorin Ionita, director del think tank Expert Forum, desde Isaccea, un diminuto puerto rumano del Danubio.

Proyecto europeo para proteger a los refugiados

La Comisión Europea ha dado luz verde este miércoles con rapidez a un proyecto para aplicar la protección internacional a todas las personas que lleguen desde Ucrania. Está previsto que el Consejo de Ministros de la UE lo apruebe este jueves. Es un mecanismo establecido en 2001, a raíz de las guerras de los Balcanes, que nunca se ha utilizado. “Desafortunadamente, tenemos que prepararnos para la llegada de millones de personas”, dijo este martes la comisaria europea de Asuntos Internos, Ylva Johansson.

En el lado ucranio del principal paso fronterizo con la localidad rumana de Siret, la cola de coches se extiende hasta 20 kilómetros, por lo que la travesía desde Kiev, que normalmente duraría ocho horas, puede ser ahora de dos días. Algunos recorren a pie por el arcén los últimos kilómetros, en paralelo al atasco, pese a que nieva y la sensación térmica a mediodía es de seis grados bajo cero.

Reparto de comida gratuita, este miércoles en el paso de Siret.
Reparto de comida gratuita, este miércoles en el paso de Siret.Alex Onciu

Iryna Draganova y Elizaveta son dos pianistas de mediana edad de Mariupol, en el este de Ucrania, a las que, según se mire, el azar les puede haber salvado la vida o jugado una mala pasada. Ya en Rumania, Draganova cuenta que horas antes del comienzo de la invasión se encontraban en el aeropuerto de Kiev, preparadas para volar a la ciudad alemana de Dortmund. Para visitar a unos amigos, nada que ver con los tambores bélicos que ya resonaban. “Fuimos, seguro, de las primeras personas en enterarse de que había comenzado la guerra”, recuerda.

El cierre del espacio aéreo frustró el viaje y tuvieron que elegir entre quedarse en casa de unos amigos en la hoy bombardeada capital, intentar regresar a su ciudad ―casi rodeada por las fuerzas rusas y sin electricidad ni gas en la mayoría de barrios― o salir del país. “Nos quedamos en Kiev, pero muchas bombas nos hicieron cambiar de opinión”, asegura Draganova, que se refugia constantemente en el humor para lidiar con la nueva situación. Ha perdido el contacto con su familia, que vive a escasos kilómetros de una zona de Mariupol frecuentemente atacada, pero tiene la “corazonada” de que está viva. “Regresaremos lo antes posible, en cuanto Ucrania vuelva a ser un país independiente y soberano”, sentencia. “Mariupol no es seguro ahora. Creo que hicimos bien en quedarnos en Kiev”, apunta a su lado Elizaveta.

Elizaveta e Iryna Draganova, este miércoles en el paso de Siret.
Elizaveta e Iryna Draganova, este miércoles en el paso de Siret.Alex Onciu

Jacob Bencharsi, de 38 años, lleva dos días en Rumania. Fue evacuado en grupo de la ciudad de Hmelnitkii, en el sur de Ucrania, por su iglesia baptista. Es uno de los pocos hombres de su edad que ha podido cruzar, gracias a una exención de la ley marcial por tener tres hijos, uno de los cuales juguetea a su lado con la nieve. “La situación se ha ido deteriorando muy rápidamente. En el camino íbamos oyendo las sirenas antiaéreas y nos dábamos cuenta de la buena decisión que era salir”, explica junto a un amplio grupo de familiares.

Jacob Bencharsi (segundo por la izquierda) con un grupo de ucranios que acaba de cruzar la frontera por Siret, este miércoles.
Jacob Bencharsi (segundo por la izquierda) con un grupo de ucranios que acaba de cruzar la frontera por Siret, este miércoles. Alex Onciu

El negro cariz que toma la crisis de refugiados se aprecia en Siret. En apenas 24 horas se han levantado 16 tiendas de campaña de emergencia a muy pocos metros de la aduana y otra para refugiarse del frío justo a la salida de la aldea homónima. Se ven más puestos con comida, té, botellas de agua y pañales gratis para los recién llegados. “Ofrecemos sobre todo platos calientes, como sopas o pollo. Sabemos que están entrando diariamente hasta 10.000 personas y calculamos las cantidades en función de eso”, explica Morgan Rains, de World Central Kitchen, la ONG del chef José Andrés, desplegada en varios pasos fronterizos con Ucrania.

Instalación de una carpa a la salida del poblado rumano de Siret, este miércoles.
Instalación de una carpa a la salida del poblado rumano de Siret, este miércoles.Alex Onciu

“Todavía no se ha llegado a la cifra de personas que huyeron de la guerra de los Balcanes, pero podría eclipsarla si dura la guerra”, señala Ionita. El número global es aún menor, pero el ritmo del éxodo es más rápido que en 2015 ―cuando más de un millón de personas, sobre todo sirios, afganos e iraquíes, entró en la UE― y que en el precedente más cercano en suelo europeo: 1999. Ese año, cerca de 800.000 albanokosovares huyeron, sobre todo a Albania y a Macedonia del Norte, al comenzar los bombardeos de la OTAN contra Serbia. Esa misma década, la guerra de Bosnia dejó 1,2 millones de refugiados. Ya en ese momento, el ritmo de huidas se consideró inédito desde la Segunda Guerra Mundial. “Si continúa la guerra en Ucrania, las consecuencias demográficas pueden ser colosales en comparación con las causadas por el desmembramiento de la antigua Yugoslavia”, apunta Dumitru Sandu, experto en migraciones y catedrático de Sociología de la Universidad de Bucarest.

Rumania solo ha vivido una crisis similar: cuando decenas de miles de polacos ―entre ellos miembros del Gobierno― fueron acogidos por las autoridades rumanas justo después de que la URSS invadiera Polonia tras declararse la Segunda Guerra Mundial.

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