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Rusia ha lanzado este jueves una agresión militar a gran escala contra Ucrania. Estas son las principales preguntas y respuestas de un conflicto con un potencial devastador, no solo para la población ucrania, sino también para el orden mundial.

¿Qué busca Vladímir Putin?

El Kremlin ha alegado varias motivaciones para justificar el ataque. Desde hace tiempo, sostiene que el Gobierno ucranio planeaba retomar por la fuerza las regiones separatistas del Donbás y que sobre la población local se cernía la amenaza de un “genocidio”. No hay ninguna prueba de lo primero, y el canciller alemán, Olaf Scholz, calificó de “ridículo” lo segundo en la reciente Conferencia de Seguridad de Múnich. En términos más amplios, Moscú denuncia que Ucrania está camino de convertirse en una gran base para armamento occidental cerca de sus fronteras. Ucrania no es miembro de la OTAN y solo ha recibido suministros de armas de pequeño calado a medida que la amenaza rusa se intensificaba. Para entender la agresión rusa es, en cambio, imprescindible observar otros factores que el presidente, Vladímir Putin, no menciona: su deseo de frenar la integración de Ucrania en la órbita occidental y el pleno desarrollo de su democracia —que podría constituir un peligroso ejemplo a la vista de la ciudadanía rusa oprimida bajo su régimen autoritario—. Ucrania es parte esencial del proyecto de recuperación imperial rusa que Putin abandera a través del restablecimiento de una zona de influencia en el perímetro de la antigua Unión Soviética en la que, a su juicio, ni Occidente debe meterse ni, de facto, las ciudadanías locales deberían ser libres de elegir su destino si este no coincide con sus planes.

¿Cuál es el equilibrio de fuerzas militares en Rusia y Ucrania?

La descompensación es enorme. Las Fuerzas Armadas rusas sufrieron un prolongado periodo de deterioro tras el colapso de la URSS. Pero Vladímir Putin ha capitaneado un enorme esfuerzo de modernización de sus capacidades, con importantes inversiones. La superioridad es abrumadora en todos los dominios, terrestre, marítimo, aéreo, cibernético y espacial. Rusia invirtió oficialmente unos 62.000 millones de dólares (55.668 millones de euros) en gasto militar en 2021, según el informe The Military Balance del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres. El gasto de Ucrania no llegó a los 5.000 millones de dólares. Rusia cuenta además con un arsenal nuclear comparable al de Estados Unidos. Las experiencias de combate en las operaciones de Georgia (2008, y en la que el alto mando ruso constató las graves deficiencias de sus fuerzas), Ucrania (2014) y Siria (2015) han permitido grandes avances en el desarrollo de la capacidad operativa. Ucrania, por su parte, ha ido mejorando unas Fuerzas Armadas que, en 2014, estaban gravemente desorganizadas y faltas de medios. Instructores militares occidentales han ayudado en ese proceso, y el país ha recibido algunos tipos de armamento que podrán ser útiles en la defensa contra la invasión, como drones armados de fabricación turca y misiles antitanque Javelin. Pero es improbable que pueda oponer una resistencia eficaz. Otra cosa es una guerra de guerrillas posterior a la fase inicial de la agresión.

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¿Es el ataque el preludio de una ocupación?

El presidente Putin ha dicho que no pretende ocupar el país vecino, sino desmilitarizarlo. Esta declaración debe ser vista en un contexto en el que los dirigentes rusos han afirmado repetidamente que la amenaza de invasión que denunciaban los países occidentales era pura paranoia. De momento se trata de un ataque amplio, con entrada en territorio ucranio desde distintos puntos y con bombardeos en múltiples puntos del mismo. Parece probable el intento de extender el territorio de los separatistas del Donbás para que coincida con la delimitación administrativa de la región. También hay razones para creer que Rusia podría buscar el establecimiento de un corredor entre el Donbás y Crimea, e incluso entre Crimea y Odesa, ciudad portuaria con relevancia estratégica.

¿Intervendrá militarmente Occidente en favor de Ucrania?

No en términos de despliegue de fuerzas para luchar contra Rusia. Ucrania no es miembro de la OTAN y no está, por tanto, cubierta por la cláusula de mutua defensa de la Alianza. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha dejado claro hace tiempo que no enviaría fuerzas a combatir en Ucrania. Otra cosa es el incremento de los suministros de armas a la antigua república soviética, hasta ahora de pequeña intensidad. Algunos aliados, como Alemania, no están por la labor, pero otros sí, como Estados Unidos o Reino Unido. El Gobierno francés emitió el jueves declaraciones que inducen a pensar que podría estar dispuesto. El problema es que la entrega de sistemas de armamento complejos no es un asunto rápido, y el entrenamiento para su uso eficaz, tampoco. Mientras, sobre el terreno, las cosas podrían evolucionar de forma muy veloz.

¿Qué sanciones impondrá Occidente?

Los aliados han dejado claro que serán contundentes en la respuesta, que será de intensidad suficiente para perjudicar la prosperidad futura de Rusia, según han señalado algunos dirigentes occidentales. Hay varias vías de acción. Una, financiera, con el objetivo de cortar el acceso de entidades bancarias rusas a los mercados de capitales; otra, comercial, bloqueando exportaciones de tecnología punteras. Una tercera son sanciones personales a altos representantes del régimen ruso, como las que ya se han producido después de que Moscú reconociera la independencia de los territorios separatistas del Donbás. Un 70% de los bancos y empresas estatales rusas serán objeto de las sanciones, según lo acordado por el Consejo Europeo. Las exportaciones de crudo y aerolíneas impedirán que la industria rusa pueda mejorar sus activos. En otro apartado, Alemania ha anunciado la suspensión del proceso de autorización de la puesta en marcha del gasoducto Nord Stream 2, una obra ya completada pero no activada que redoblaría el abastecimiento directo de Rusia a Alemania puenteando a los países del este de Europa —anulando pues las comisiones de tránsito por ejemplo para Ucrania y las ventajas geopolíticas del caso—.

¿Cómo puede responder Rusia?

El arma más importante a disposición del Kremlin frente a la UE es el suministro del gas. Según datos ofrecidos por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, un 24% del mix energético total de la UE corresponde al gas, que en un 90% es importado. Rusia abastece un 40%. Frente a una oleada de sanciones occidentales, Moscú puede jugar con el gas, tanto con alteraciones de suministro como con un corte abrupto. Von der Leyen anunció que la UE está preparada para resistir al escenario de corte abrupto gracias a los planes de contingencia hechos para incrementar las importaciones de gas natural licuado. Rusia tiene otras herramientas para responder, jugando con las exportaciones de productos como el trigo —cuyo precio ya está subiendo en el mercado, puesto que también Ucrania es gran productora— o el titanio. Occidente, sobre todo Europa, puede sufrir, entre otras cosas por la pérdida de facturación de empresas exportadoras. Pero no cabe duda de que Rusia, una economía pequeña, frágil y monocultivo, sufrirá más a medio y largo plazo. A corto, el Kremlin dispone de importantes fondos de emergencia que le permitirán atenuar el golpe.

¿Con qué apoyos internacionales cuenta Rusia?

La invasión rusa ha provocado una amplia oleada de condenas, no solo por parte de países occidentales. El secretario general de la ONU exhortó al presidente Putin a retirar sus tropas. Rusia confía en que la cada vez más estrecha relación con China, consagrada a principios de mes en una importante declaración conjunta que plasma una visión común para un nuevo orden mundial, le dé oxígeno en esta tesitura. Está por ver hasta qué punto estará dispuesta a llegar Pekín. Al margen de la convergencia general, en cuanto a la invasión la potencia asiática ha mantenido una posición ambigua, por la que ha reafirmado su apego al concepto de integridad territorial de los países, pero también ha subrayado el peso de las preocupaciones rusas por su seguridad. Pekín ha evitado este jueves calificar de invasión lo ocurrido. En cualquier caso, es probable que China pueda constituir una alternativa económico-tecnológica para Rusia ante el aislamiento que sufrirá por parte de Occidente.

¿Qué está en juego más allá de Ucrania?

Por supuesto, lo prioritario es la vida de los civiles que afrontan la perspectiva de un conflicto terrible. Pero más allá de eso está en juego la definición del orden mundial del siglo XXI. Rusia y China buscan un reajuste. El Alto Representante para la Política Exterior Europea, Josep Borrell, ha definido el pulso como la alternativa entre un orden multilateral apoyado en las organizaciones y el derecho internacional, con la aspiración a la afirmación de los derechos humanos en una acepción plena y otra multipolar, con zonas de influencia, y una mirada relativista acerca de los derechos humanos. La agresión rusa a Ucrania es el terreno de juego central en ese pulso global.

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La ministra alemana de Defensa, Christine Lambrecht, conversa con el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Seguridad, Josep Borrell, este domingo en la Conferencia de Seguridad de Múnich.
La ministra alemana de Defensa, Christine Lambrecht, conversa con el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Seguridad, Josep Borrell, este domingo en la Conferencia de Seguridad de Múnich.RONALD WITTEK (EFE)

La Conferencia de Seguridad de Múnich es un foro de extraordinario interés para comprender las dinámicas políticas y de seguridad del mundo. En algunas circunstancias, en el pasado, ha permitido vislumbrar el futuro con una claridad asombrosa, como en el célebre discurso del presidente ruso, Vladímir Putin, en la edición de 2007, en el que el mandatario ruso expresó con crudeza su rechazo ante el orden mundial vigente y su determinación a modificarlo. Releído hoy, se parece mucho a una suerte de hoja de ruta de los tres lustros siguientes, hasta la culminación a la que asistimos hoy con el desafío sin precedentes en Ucrania.

La edición de este año se ha celebrado en la coyuntura más convulsa de las últimas décadas. Como de costumbre, han participado decenas de jefes de Estado o de Gobierno y ministros de Defensa y Exteriores, junto a una multitud de expertos con distintas cualificaciones. A continuación, un sintético relato de algunas de las ideas que han aflorado en los debates, con especial atención al lugar de Europa en este momento definitorio.

¿Qué está en juego?

Lo dejó claro, sin rodeos, el alto representante de Exteriores de la UE, Josep Borrell. “Treinta años después del fin de la Guerra Fría afrontamos un decidido esfuerzo para redefinir el orden multilateral. El resultado de esta lucha definirá si nos mantendremos en un sistema multilateral centrado en las Naciones Unidas, con normas internacionales y derechos universales, o si esto será reemplazado por un orden multipolar basado en el poder, con zonas de influencia y actitud relativista con respecto a los derechos humanos”, señaló Borrell en su intervención en Múnich.

El alto representante articuló su discurso alrededor de la declaración conjunta que publicaron a principios de mes Rusia y China. “Esto es la culminación de una larga campaña, un acto de desafío, es un claro manifiesto revisionista, para revisar el orden mundial. Hay que mirarlo con detalle”. Borrell destacó varios elementos de ese texto. Por un lado, la determinación sino-rusa de fijar el concepto de la soberanía en el ámbito de los Estados y no de los pueblos, como apunta la carta de la ONU. Esto representa una mutilación del orden multilateral, que desde luego reconoce la igualdad y soberanía de los Estados pero, según señala Borrell, también contempla un aspecto de objetivos comunes y valores universales, cuyo impulso de progreso se vería definitivamente mermado de imponerse la visión sino-rusa.

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Después, el intento de redefinición del concepto de democracia, sobre la base, no de sus valores esenciales —el consenso del pueblo—, sino más bien de la capacidad de ofrecer resultados a la ciudadanía.

Esta batalla ideológica se proyecta sobre el terreno en múltiples sentidos. Por un lado, según alerta Borrell, un gran objetivo del esfuerzo revisionista de China y Rusia es convencer a aquellos Estados que titubean entre abrazar el modelo democrático o formas más autoritarias. Hay muchos, en muchas regiones, desde África a Latinoamérica, desde el sureste asiático a Oriente Próximo. El objetivo es sumar aliados.

Por otra parte, se libra la importantísima batalla de los estándares, la definición de las normas técnicas en el ámbito de las nuevas tecnologías. Europa se complace a menudo de tener influencia global en esta dimensión, pero Borrell alertó de que no se podrá ser líderes en fijar estándares mañana si no se es líderes en tecnologías hoy.

“Tenemos que resistir el revisionismo chino y ruso. Porque nos llevaría a un mundo en el que los derechos humanos serían olvidados en favor de la soberanía de los Estados, que no siempre son la mejor base para la libertad del ser humano”, zanjó Borrell.

¿Qué defensa europea?

Un soldado ucranio observa mientras otro apunta con su arma desde la trinchera en la línea del frente, el 19 de febrero, en Avdiivka, Oblast de Donetsk (Ucrania).
Un soldado ucranio observa mientras otro apunta con su arma desde la trinchera en la línea del frente, el 19 de febrero, en Avdiivka, Oblast de Donetsk (Ucrania).Diego Herrera (Europa Press)

La convulsión provocada por el desafío de Putin ha agitado el debate sobre los planes europeos en materia de defensa. La consecuencia más inmediata, muy tangible en la conferencia de Múnich, es la renovada centralidad y vigencia de la OTAN. Esto contiene derivadas políticas en el camino hacia una mayor integración en el sector de la Defensa en el seno de la UE en varios sentidos, incluido el de ofrecer una plataforma más sólida a las voces escépticas, que prefieren dejar todos los aspectos coordinativos en el ámbito de la Alianza Atlántica. Pero la UE ya tiene nuevos instrumentos en marcha en este sector, como los fondos europeos de defensa, y hay cierta determinación política para avanzar.

El cuadro que se perfila es un intento de progresar en la coordinación para mejorar las capacidades y cuadrar el círculo logrando esos avances con una estrecha cooperación con la OTAN. En ese sentido, el presidente del Consejo de Europa, Charles Michel, recordó en Múnich que UE y OTAN trabajan en una nueva declaración conjunta que debería adoptarse pronto.

Un reciente informe publicado por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos indica que Europa es la región del mundo en la que más aumentó el gasto militar en 2021 y encadena siete años seguidos de crecimiento, con la invasión rusa de Ucrania y compromisos de inversión asumidos en el seno de la OTAN como factores estimulantes. Los miembros de la UE gastan mucho más que Rusia en defensa, y casi como China, pero la fragmentación, las duplicaciones o la falta de interoperabilidad hacen que ese gasto produzca capacidades más limitadas. Incluso si se diera el caso de perfecta alineación política para actuar juntos, la realidad es que hay diferentes sistemas, activos duplicados y recursos que faltan en todas partes.

La interoperabilidad es pues una de las palabras clave. La mencionó, entre otros, la ministra de Defensa francesa, Florence Parly, que subrayó la disfuncionalidad de tener “10 o 15 modelos de aviones de combate” y serios límites en las capacidades, como no disponer de ciertos modelos de drones estratégicos, para los cuales debe recurrir a EE UU. Su homóloga alemana, Christine Lambrecht, mencionó al respecto el proyecto Eurodrone, con participación alemana, francesa, italiana y española. Hay otros proyectos importantes en marcha como el FCAS —Futuro Sistema Aéreo de Combate— y más florecerán gracias a los nuevos fondos. Pero la realidad es todavía oscura y el camino larguísimo. Nathalie Tocci, directora del Instituto de Asuntos Internacionales de Roma, señaló que la tendencia es incluso regresiva, con un aumento en 2021 de la parte de inversión militar puramente nacional, no cooperativa, que se sitúa en niveles del 90%.

En el camino hacia la integración —cuyos impulsores insisten redundará en beneficio de la OTAN— hay que superar reticencias gubernamentales, pero también resistencias en el sector industrial. Como en otras áreas, será fundamental la disposición alemana. El canciller Scholz y Lambrecht subrayaron la intención de Berlín de seguir en la senda de paulatino incremento de gasto, pero con constantes referencias a la necesidad de hacerlo con eficiencia y a que cada aliado puede y debe aportar de forma acorde a su historia y sus características.

¿Qué relación tener con Ucrania?

En Múnich también se ha discutido sobre la relación de Occidente con Ucrania y las perspectivas de que la antigua república soviética se integre en la OTAN y la UE. Los aliados están de acuerdo en la respuesta inmediata a la crisis actual: duras sanciones contra Rusia en caso de que Moscú ataque de nuevo a Ucrania. Pero esto sería solo un paso en una partida más amplia y muy larga.

Al margen de las sanciones, el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, reclama varias cosas a Occidente. Por un lado, claridad en cuanto a una posible entrada en la OTAN y a la apertura de negociaciones de adhesión a la Unión Europea. Por el otro, armas. Las peticiones de Zelenski tocan fibra muy sensible.

La UE subraya que está dando otro tipo de apoyo al país. Borrell aseguró este domingo que la Unión ha destinado 17.000 millones de euros a Ucrania desde 2014. “No hay ningún otro país donde gastemos más dinero y tengamos lazos más fuertes en todas las esferas”, añadió.

Pero Kiev quiere otro tipo de compromisos que por ahora los Aliados no parecen dispuestos a darle. Tanto el canciller alemán, Olaf Scholz, como el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, han asegurado en fechas recientes que la entrada de Ucrania en la OTAN —el “casus belli” de Moscú en esta crisis, dijo Scholz— ni siquiera está sobre la mesa. Cuando Zelenski pidió “honestidad” sobre una posible membresía de su país, Stoltenberg enumeró la ayuda de la OTAN: “Estamos fortaleciendo sus capacidades de defensa, ofreciendo capacitación y equipamiento y, por lo tanto, estamos ayudando a encontrar la integración euroatlántica”. Pero ahora, añadió, no se trata tanto de la entrada en la OTAN como de “si aceptamos que una gran potencia como Rusia esté tratando de dictar a otro país lo que puede y no puede hacer, por la fuerza”. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, ha convocado una conferencia de donantes y ha anunciado un paquete de ayudas de 1.200 millones de euros para Ucrania. Este domingo resaltó que “en 2014 los ucranios eligieron la libertad, la democracia y el Estado de derecho y la UE apoyó esta decisión”. Y abrió una puerta a una relación más estrecha en el futuro: “En mi opinión deberíamos profundizar el acercamiento político y económico con Ucrania, junto con la Unión Europea”. Está por ver qué tipo de consenso se podrá fraguar en ese sentido en el seno de la UE.

La autonomía estratégica

El debate de la autonomía estratégica europea también ha ocupado a los líderes reunidos en Múnich. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, instó a avanzar en la diversificación en materia energética para dejar de depender del gas ruso. “Una Unión Europea fuerte no puede ser tan dependiente de un proveedor de energía que amenaza con iniciar una guerra en nuestro continente”, dijo. La crisis en Ucrania ha añadido urgencia a un debate que la Unión empezó a plantearse hace años. La pandemia de covid-19 ha ampliado a nuevos ámbitos económicos y tecnológicos el concepto de autonomía estratégica, tradicionalmente ligado a la seguridad y la defensa. El virus puso de manifiesto la vulnerabilidad de Europa, que en plena crisis sanitaria vio cómo las mascarillas o los test se convertían en productos estratégicos al producirse en unos pocos países.

El concepto se ha extendido a las materias primas y a los datos. La UE aspira a ser más autónoma para reducir su dependencia de socios comerciales a los que en los últimos tiempos se ve con otros ojos, como China. Bruselas anunció la semana pasada un proyecto para poner en órbita una red de satélites que garanticen las comunicaciones seguras en la UE. Otra de sus propuestas consiste en movilizar inversiones públicas para fomentar la fabricación de microchips en suelo europeo, una necesidad que se visibilizó con los problemas de interrupción de la cadena de suministro que han afectado a sectores clave como el de la automoción. Hay un creciente consenso político en que es preciso avanzar en esa senda, pero permanecen diferencias de fondo acerca de políticas industriales dirigidas por los poderes públicos, con Francia muy a favor —“no hacemos lo suficiente para apoyar la industria de la Defensa”, dijo la ministra Parly— y con países al otro lado del Rin más cautelosos.

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Mientras ya iba acumulando tropas y armamento en la frontera con Ucrania, el pasado 15 de noviembre Rusia disparó un misil con el que destruyó su satélite Kosmos-1408, una reliquia soviética lanzada en 1982. La prueba causó una gran polémica internacional al haber producido una nube de residuos que puso en peligro a astronautas y otros aparatos. A la vez, el disparo fue un claro recordatorio de la importancia esencial del espacio en la vida contemporánea y, por tanto, del equilibrio de fuerzas entre potencias.

El espacio tiene un enorme interés por motivos estratégicos y económicos, sobre todo debido a su papel central en la recolección y flujo de datos. Los satélites son neurálgicos para actividades como las telecomunicaciones o la geolocalización, claves tanto para fines comerciales, como de espionaje y militares. Las fuerzas armadas modernas dependen en gran medida de sistemas espaciales para desarrollar sus operaciones ofensivas o defensivas. En paralelo, el espacio es importante por motivos tan diversos como las posibilidades de investigación científica que abre o las perspectivas futuras de minería.

En este contexto, el mundo asiste a una renovada carrera espacial, de características muy distintas de las que marcaron el pulso entre Estados Unidos y la URSS en el siglo pasado. Entonces era una lucha entre superpotencias. Ahora, hay decenas de Estados con programas espaciales, pero además hay un enorme fermento en el sector privado —no solo grandes empresas como las de Elon Musk, Jeff Bezos y Sir Richard Branson, sino también de menor tamaño o start-ups— o en el educativo —con la actividad de algunas universidades—.

El fermento es considerable. Por un lado, se registra “un enorme incremento en la actividad de lanzamiento de satélites en los últimos años”, señala Jonathan McDowell, experto de la Universidad de Harvard que sigue atentamente el sector. “Además del incremento, es notable cómo ha cambiado el equilibrio entre actividad gubernamental y privada. Ahora, a diferencia del pasado, esta última es la mayor”. De los alrededor de 5.000 satélites activos en órbita actualmente según el recuento de McDowell —cuya labor de catalogación es una referencia en el sector—, unos 2.000 los ha lanzado SpaceX, la empresa de Musk, que tiene previsto lanzar decenas de miles en los próximos años.

Por otra parte, hay actividad estatal de exploración espacial muy consistente. Estados Unidos tiene en marcha el proyecto Artemis, que prevé volver a enviar astronautas a la luna (en 2024) a través de una estación en órbita alrededor de la luna (Gateway), desarrollado en cooperación con varios países socios. China avanza en ambiciosos programas, desde el próximo estreno de su estación espacial, Tiangong (este año), hasta un proyecto de cooperación con Rusia para instalar una base en la luna (de horizonte temporal lejano y muy incierto).

El equilibrio de fuerzas

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¿Cuál es la relación de fuerzas en esta nueva carrera espacial? “En términos de capacidades, Estados Unidos sigue siendo la potencia preeminente”, considera Mark Hilborne, jefe del grupo de investigación sobre la seguridad espacial del King’s College de Londres. Por experiencia, tecnología, medios, contexto empresarial, Washington mantiene una significativa ventaja sobre competidores y adversarios. A finales de 2019, Washington activó la Fuerza Espacial, un servicio específico dentro de sus Fuerzas Armadas. Al margen de esto y de la misión lunar, estudia o desarrolla multitud de planes, entre ellos sistemas para mejorar las defensas de satélites, por ejemplo dotándolos con propulsión nuclear.

La ventaja de Washington sigue, pues, clara, “pero China tiene una enorme ambición, un enorme potencial y empieza a desafiar EEUU en varias áreas”, prosigue el experto. “En sus documentos de planificación se detecta un tono agresivo y competitivo, con la intención de convertirse en potencia dominante a mediados de los años cuarenta de este siglo”, dice. Al igual que en otras áreas, el liderazgo chino dirige un esfuerzo poderoso para reducir distancias con su gran adversario estratégico —y superarlo—.

Rusia, señala Hilborne, cuenta con el activo de una larga experiencia en el sector. “Entienden el espacio”, dice. El disparo contra el Kosmos-1408 ejemplifica el asunto: la antigua URSS ya hizo pruebas de ese tipo, igual que EEUU (y, en este siglo, China e India). Moscú es un miembro importante de proyectos internacionales como la Estación Espacial, y es muy activo en lo que en jerga se conocen como operaciones de proximidad, es decir acercamiento a satélites adversarios. Pero el Kremlin no compite al mismo nivel que Washington o Pekín. “Las capacidades están significativamente limitadas por falta de tecnologías (aquí las sanciones occidentales importan) y de capital humano, debido a limitaciones financieras y baja eficiencia económica”, dice Pavel Luzin, experto en asuntos de Defensa, Seguridad y Política rusa.

Los países europeos, por su parte, disponen de altas capacidades tecnológicas y un sector privado bastante vibrante. Pero su pujanza tecnológica y su activismo en el segmento civil/comercial vienen acompañados de circunstancias que limitan su capacidad de proyección en la cada vez más descarnada arena internacional, especialmente la falta de unión política en la materia y la menor atención militar al asunto comparado con otras potencias.

Por un lado, está la cuestión de la visión. “Estados Unidos ve el espacio, en primer lugar, como un instrumento de dominación. Luego también tiene un interés comercial, pero lo otro es lo principal. Europa, a diferencia de otras potencias, no tiene esa aproximación, la suya es de perfil económico y científico. En ello, tiene una posición bastante única. En ese marco, la vertiente militar supone nada más de un 10-15% de las actividades”, comenta Jean-Jacques Tortora, director del Instituto Europeo del Política Espacial.

Por el otro, está la cuestión de la vertebración. “La Agencia Espacial Europea es un activo tremendo, muy respetada internacionalmente”, dice Tortora. “Pero obviamente no es un actor político. Por otra parte, la Unión Europea no tiene competencias de peso en la materia. Las instituciones comunitarias querrían avanzar, pero hay reticencias de países miembros en ese sentido. Así, en un entorno cada vez más competitivo y congestionado, los Gobiernos se dan cuenta que es necesario tomar posiciones, y asistimos a un florecer de iniciativas nacionales al respecto, creación de agencias espaciales nacionales, regulaciones, lanzamientos. Me parece previsible que esa dinámica seguirá”.

En esa línea, cabe destacar que el Gobierno español acaba de dar luz verde a principios de año a la constitución de una Agencia Espacial nacional, anunciada en mayo del año pasado, y que será dirigida por el exministro de Ciencia y astronauta Pedro Duque. En términos militares, Francia creó en 2019 la unidad de Comando del Espacio.

Las alianzas

Europeos, estadounidenses y otros países occidentales desarrollan una estrecha cooperación desde hace tiempo. El proyecto lunar Artemis liderado por la NASA, por ejemplo, cuenta con una amplia red de colaboración. Estas sinergias permiten grandes ventajas con un reparto eficiente del trabajo en ciertos emprendimientos. Las alianzas también constituyen redes de seguridad en casos de emergencia o ataque. Un cortocircuito de capacidades satelitares tendría efectos diferentes contra un país con aliados dispuestos a apoyar que contra otro sin las complicidades suficientes con otras potencias espaciales como para recibir esa ayuda.

Durante las últimas décadas, los países occidentales han cooperado también con Rusia en algunas iniciativas, con el proyecto de la Estación Espacial Internacional quizá como emblema. Pero esta perspectiva se reseca a pasos agigantados en un escenario geopolítico de conflicto entre Moscú y Occidente.

En ese marco, se replica en el espacio el acercamiento entre Rusia y China que también avanza en otros sectores, como ha evidenciado la reunión mantenida entre Xi Jinping y Vladímir Putin el viernes en Pekín. Los dos países desarrollan diversas iniciativas conjuntas en el espacio. Hay elementos lógicos de peso para esa convergencia: Moscú tiene la experiencia, Pekín las finanzas; ambas recelan de Occidente. Sin embargo, hay motivos para dudar del potencial real de esa cooperación.

“No hay suficiente confianza entre Rusia y China para una cooperación a plena escala”, argumenta Luzin. “Además, la colaboración de Moscú con Occidente se apoyaba en la idea de interdependencia. La estrategia de China, en cambio, no contempla ningún tipo de interdependencia. Rusia ayudó al programa espacial chino en los noventa y a principio de los 2000. China no está interesada ahora en replicar, en ser un donante. Por tanto, solo es posible un nivel limitado de cooperación. Aun así, Rusia usa la retórica de la alianza con China como elemento de presión con Occidente”. Al respecto, McDowell, de Harvard, incide en que esa colaboración “de momento, es más un asunto retórico que sustancial”.

El sector privado

El desarrollo de la actividad privada es en muchos sentidos asombroso. No solo SpaceX de Elon Musk es el principal lanzador de satélites, sino que empresas como las de Bezos y Branson han dado enormes pasos adelante y empiezan a hacer realidad el turismo espacial. La aceleración es extraordinaria, y estas compañías dominan tecnología que hasta hace muy poco parecía impensable que fueran dominadas por actores no estatales. Los intereses económicos son considerables, pero además es importante lo que el trabajo de compañías privadas aporta a las capacidades acumuladas de un Estado u otro.

Es evidente que EE UU goza en esta área de una ventaja considerable. El Gobierno ha alentado el crecimiento de estas compañías y cuenta con ellas para el desarrollo de ciertos proyectos. Tanto McDowell como Hilborne consideran que China cuenta con un sector menos visibilizado que el estadounidense pero crecientemente pujante. “En este apartado, en cambio, Rusia, se halla completamente rezagada”, dice el experto del King’s College.

Las normas

El texto de referencia es el Tratado del Espacio Ultraterrestre, acordado en el marco de la ONU y en vigor desde 1967. “Es un buen documento legal”, considera Tortora. “Fijó los principios, no es irrelevante”. Pero, más de medio siglo después, el escenario ha cambiado radicalmente, y esto plantea serios problemas. “La vida evoluciona y el derecho puede quedarse desfasado. Normalmente, la jurisprudencia ayuda a superar estos problemas con su interpretación, pero en el espacio estos es imposible porque no existe una autoridad jurídica”.

Las perspectivas para reformulaciones de fondo y vinculantes son prácticamente nulas a la vista de los posicionamientos políticos mayoritarios. “El escenario puede dividirse en tres bloques”, explica Tortora. “Las grandes potencias, que sustancialmente no quieren asumir compromisos vinculantes que limiten su capacidad de acción; los emergentes, que quieren tener la misma libertad que tuvieron los pioneros; y luego un grupo de potencias medianas, como los europeos o Japón, que sí contemplaría un nuevo marco normativo, pero están en minoría. En el corto-medio plazo, no soy optimista, pero a largo creo que, como en el medioambiente, se irá consolidando la idea de que son necesarios compromisos comunes acordes al desarrollo de los acontecimientos”.

Otros actores

La actividad es intensa, la pluralidad de actores, creciente. No solo están previstos decenas de miles de lanzamientos de satélites, sino que también la actividad lunar tiene ahora protagonistas impensables hasta hace no mucho. Entre ellos, cabe por ejemplo destacar el proyecto de Emiratos Árabes Unidos, que planea colocar en la luna su aparato Rachid. El programa cuenta con ayuda de tecnología japonesa para el alunizaje, y el lanzamiento correría a cargo de SpaceX. Muchas otras naciones dan pasos cada vez más decididos. La nueva carrera espacial es concurrida. La competición celestial tiene un gran impacto en los equilibrios terrestres.

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Un convoy de vehículos blindados de las Fuerzas Armadas rusas se desplaza en una carretera de Crimea, el pasado día 18.
Un convoy de vehículos blindados de las Fuerzas Armadas rusas se desplaza en una carretera de Crimea, el pasado día 18.AP

Los soldados y las armas de Rusia se acumulan en la frontera con Ucrania; inquietud y valentía laten en los corazones de los ucranios ante la amenaza de un enemigo más poderoso; la diplomacia busca frenéticamente soluciones; Europa entera está en vilo. Con unos 100.000 uniformados ya desplegados y unas reivindicaciones políticas y de seguridad que equivalen a retrotraer al siglo XX los equilibrios del continente, Vladímir Putin ha lanzado contra Occidente un órdago sin parangón en las últimas décadas.

En su maniobra, el Kremlin cuenta con algunas ventajas a corto plazo (sobre todo, una disposición a actuar y sufrir para conseguir sus objetivos en Ucrania mucho mayor de la de Occidente), pero asume serios riesgos a medio plazo (precipitar un cierre de filas occidental, una reactivación de la OTAN y una inquebrantable determinación de un pueblo ucranio horrorizado a alejarse de Rusia y abrazar a Occidente, precisamente lo que Putin quiere evitar).

A continuación, algunas claves para interpretar un órdago que ha puesto a Europa al borde de una conflagración bélica inaudita desde la disolución de Yugoslavia y de la mayor inversión de tendencia geopolítica desde el fin de la Guerra Fría.

¿Cuál es el origen del conflicto en Ucrania?

El conflicto estalla en 2014, cuando Rusia respondió militarmente al cambio de Gobierno en Kiev. Las protestas contra la decisión del entonces presidente, el filoruso Víctor Yanukóvich, de suspender la firma de un acuerdo de asociación con la UE y reforzar en cambio lazos con Moscú —y la indignación por una brutal represión— provocaron la caída del dirigente. Rusia, que considera un interés estratégico vital la permanencia de Ucrania en su órbita de influencia, intervino de forma semiclandestina en la región ucrania de Crimea, que posteriormente anexionó, y fomentó el separatismo en la región del Donbás, alimentando un conflicto armado que se estima ha causado unos 14.000 muertos desde su inicio.

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¿Por qué se ha precipitado la crisis?

Los factores que han disparado la tensión son el paulatino despliegue en los últimos meses por parte de Rusia de soldados y medios en la frontera con Ucrania y la publicación a mediados de diciembre de unas radicales peticiones a la OTAN y a Estados Unidos alrededor de la arquitectura de seguridad europea. Los motivos por los que el Kremlin ha optado por esta escalada ahora son objeto de debate. Hay una lectura en clave ucrania y otra internacional.

Varios expertos coinciden en subrayar como importantes señales que, en los meses pasados, indicaron la determinación del Gobierno de Kiev de perseguir un rumbo independiente y vigoroso frente a Moscú. William Alberque, director del Departamento de Estrategia, Tecnología y Control de Armas del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, destaca “una serie de procesos judiciales a oligarcas y expolíticos del entorno del régimen prorruso del anterior presidente”. Una acción judicial anticorrupción que mina sensiblemente la capacidad de influencia de Moscú en Kiev procesando y condenando a algunas de sus figuras de referencia.

“Creo que en los últimos meses Putin ha llegado a la conclusión de que por primera vez desde 2014 la dinámica ya no le favorece en Ucrania, que el tiempo corre en su contra”, considera Nicolás de Pedro, jefe de Investigación en el Institute for Statecraft de Londres, quien coincide en señalar los enjuiciamientos y las condenas como factor de peso.

Andréi Kortunov, director general del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales —un centro de estudios con vínculos con el Gobierno— señala uno de los argumentos oficiales rusos, que también toca la fibra de la actitud de Kiev, pero en una óptica diferente. “A Moscú le inquieta que Kiev esté considerando resolver el problema de Donbás desviándose de los acuerdos de Minsk y usando el poder militar. Moscú quiere disuadir de esa tentación”, dice.

Es cierto que ha habido una mejora constante de las Fuerzas Armadas ucranias, y que la entrega de drones armados turcos —que demostraron su eficacia en el conflicto del Nagorno Karabaj entre Azebaiyán y Armenia— es un desarrollo significativo. Sin embargo, ni Ucrania ha recibido armamento realmente desequilibrante, ni hay ninguna prueba clara de una voluntad de Kiev de lanzar una ofensiva contra el Donbás.

En clave internacional, varios expertos creen que la tesitura global puede haber contribuido a motivar a Putin a actuar. Carmen Claudín, investigadora sénior del centro de estudios CIDOB, apunta que “Rusia considera que EEUU quiere concentrarse en su prioridad, que es China, y diagnostica, con razón, que la UE está debilitada por sus divisiones internas, con contradicciones tanto dentro de los Estados miembros, como entre ellos”. En Alemania acaba de asumir funciones un Gobierno de coalición con posiciones divergentes en esta materia, y Francia está a punto de entrar en campaña electoral. Fuera de la UE, la otra potencia europea, Reino Unido, tampoco atraviesa una fase de gran fortaleza. Un momento oportuno, pues, para lanzar un órdago.

¿Cuáles son los objetivos oficiales de Putin?

Formalmente, Moscú busca renegociar el tablero de seguridad en Europa. A mediados de diciembre publicó dos propuestas de tratados con EEUU y con la OTAN repletos de condiciones muy exigentes. Entre ellos, la OTAN debería asumir el compromiso de no ampliarse más, sus países miembros originales no deberían desplegar fuerzas militares en los nuevos miembros: Estados Unidos, renunciar a toda cooperación militar con Ucrania y otros ex países soviéticos que no son miembros de la OTAN.

El cambio del equilibrio estratégico en Europa es una vieja reivindicación de Moscú, planteada en múltiples ocasiones, de forma hasta ahora infructuosa. Kortunov señala que “Putin quiere demostrar de forma muy clara su insatisfacción por la situación actual. La OTAN se ha expandido hacia el Este. Putin considera estos movimientos un auténtico desafío para la seguridad de Rusia. Aparentemente cree que para captar atención de Occidente debe hacer algo muy significativo, que fuerce a Occidente a escuchar”. Lo ha logrado.

“El Kremlin quiere volver a una vieja arquitectura de seguridad”, señala Claudín, “con el reconocimiento por parte de Occidente de una franja de territorio europeo que conformaría su cinturón de una seguridad vital. Sin ello, dice, está en juego la supervivencia del Estado ruso”.

Un soldado ucranio en una trinchera cerca de las posiciones prorrusas, el pasado diciembre en Avdiivka (Ucrania).
Un soldado ucranio en una trinchera cerca de las posiciones prorrusas, el pasado diciembre en Avdiivka (Ucrania).Carlos Rosillo

¿Cuáles pueden ser los objetivos no declarados del Kremlin?

En Occidente es muy extendida la opinión según la que no solo Putin quiere evitar la deriva de Ucrania u otros países de la antigua URSS hacia Occidente; también quiere evitar que logren una democratización exitosa.

“Putin quiere que Ucrania esté alineada con Rusia, mantenerla en su esfera de influencia. Quiere un cambio de régimen en Kiev”, comenta Alberque. “Presionando para lograr ese objetivo, se ha dado cuenta de la ansiedad que generaba en Occidente la paulatina acumulación de tropas en la frontera. Así que ha seguido, y ha aprovechado para plantear un conjunto de demandas que van más allá de Ucrania. Pero el objetivo primordial es evitar que Ucrania sea un país soberano y que se aleje de su esfera”, dice Alberque.

“La cuestión democrática forma parte de la motivación, aunque no de la argumentación”, dice Claudín. “Moscú no la reconoce como razón para actuar, y sostiene que los movimientos democratizadores que han brotado en distintos países de la región no son genuinos, sino el resultado de maniobras occidentales. Algunos dirigentes rusos se lo creen, otros no. En cualquier caso, saben que podría ocurrir en Rusia, porque ya ha ocurrido, aunque de forma muy limitada”. Una Ucrania que lograse establecer una democracia estable y próspera sería una perspectiva preocupante para el Kremlin, por el mensaje a la ciudadanía rusa de que, con condiciones histórico/culturales parecidas, otro camino con respecto al autoritarismo de Putin es posible.

¿Es todavía posible una solución diplomática?

La reunión celebrada en Ginebra el viernes entre el secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken, y el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, terminó con una disposición de ambas partes a seguir en la negociación. Hay margen para forjar acuerdos en materia de control de armas, sobre despliegue de misiles, maniobras militares, medidas de transparencia. Pero Moscú ha dejado claro que lo prioritario son otras cosas, calificando como líneas rojas exigencias –como la no expansión de la OTAN- que Occidente considera inasumibles. “Son tan extremas que no veo como podría aceptarlas”, dice Claudín.

“Creo que nada en materia de control de armas puede satisfacer a los rusos. Les parecerán bien ciertas cosas, lo que EEUU quiera ceder, pero no será suficiente. Sus objetivos son otros”, dice Alberque, que fue director del Centro de Control de Armas de la OTAN. “No quieren hablar de control de armas. No están haciendo todo este esfuerzo solo para conformarse con eso”, coincide De Pedro. Es muy difícil vislumbrar pues una solución diplomática.

“En esta situación, Moscú tiene dos opciones”, comenta Kortunov. “La primera es seguir en la mesa, con un perspectiva incremental, hablando de las cosas en las que hay opción de acuerdo. La segunda es levantarse pronto de la mesa, alegando que no hay disposición en los asuntos clave, y activar medidas técnico-militares. Yo espero que Moscú opte por la primera. Pero creo que lo más probable es una opción hibrida, intermedia. Alguna medida para elevar aún más la presión, sin romper los canales de diálogo”, concluye.

¿Cuáles son las opciones militares de Rusia?

Por superioridad militar y características del teatro de acción, Moscú dispone de muchas opciones para seguir en la escalada. Algunas, como el despliegue de nuevo armamento en lugares sensibles como Kaliningrado, una entrada con insignias de fuerzas rusas en el territorio separatista de Donbás o más ciberataques, pueden elevar la presión sin activar la violencia.

Pero el despliegue militar es de tal calibre que es difícil pensar que Putin lo retire sin obtener algún éxito rotundo. Y como es improbable que lo pueda obtener por la vía diplomática, muchos expertos creen que alguna opción destructiva es muy probable.

“Yo creo que quieren como mínimo degradar de forma sustancial la capacidad militar de Ucrania. Eso supone una seria ofensiva con artillería y medios aéreos”, considera De Pedro.

Alberque considera que Rusia optará por una estrategia incremental. “Están listos para el máximo, pero quieren hacer lo mínimo. Usarán las fuerzas mínimas necesarias. Primero atacarían centros de comando, infraestructuras militares. Si Kiev no recula, si no logran nada, harían algo más. Pero tienen que medir. Si lanzan una gran invasión, con miles de muertos, no hay duda de que eso unificaría Occidente. Eso, no lo quieren”, dice el experto del IISS, que señala que la ventana de opción para una operación terrestre es de principios de febrero a mediados de marzo, cuando el terreno empezará a embarrarse complicando el movimiento de los tanques y las líneas de suministro.

“Yo creo que no es probable una guerra abierta. Lo creo porque con ella es claro lo que Rusia puede perder –fuertes sanciones económicas, fin de acuerdos de Minsk, etc.- pero no es claro lo que Rusia puede ganar”, dice Kortunov. “En cambio hay muchas opciones técnicos-militares, desde el despliegue de nuevo armamento en lugares sensibles, incluso en el hemisferio occidental, hasta incrementar la cooperación con China o el activismo en África”.

Claudín observa que una eventual invasión tendrá que “afrontar la resistencia no solo de las fuerzas ucranias, que ya no son las de 2014, cuando era un ejército de opereta, mal preparado y lleno de elementos prorrusos, sino a una población dispuesta a luchar”. Ante esta realidad, algunos analistas consideran opciones de invasión limitada, por ejemplo entrando solo en las regiones separatistas del Donbás -y quizás reconociendo su independencia, como ya han planteado algunos diputados rusos- o para instaurar un corredor entre el Donbás separatista y Crimea y/o entre Crimea y Transnistria.

El secretario de Estado de EE UU, Antony Blinken (izquierda), saludaba el pasado viernes al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, en Ginebra (Suiza)
El secretario de Estado de EE UU, Antony Blinken (izquierda), saludaba el pasado viernes al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, en Ginebra (Suiza) Alex Brandon (REUTERS)

¿Cómo puede responder Occidente?

Hay dos planos, el militar y el sancionatorio. En el primero, está claro que nadie en Occidente se plantea combatir. Sí en cambio es posible que se incrementen los suministros de armas a Ucrania, que ya se producen, por ejemplo parte de EEUU y Reino Unido, aunque de momento con intensidad modesta. Es razonable pensar que estos dos países incrementen los suministros en caso de conflicto. Los expertos no ven en cambio probable ninguna acción en ese sentido de los países de la UE.

En el otro escenario, el de las sanciones, Washington y los europeos llevan semanas intentando perfilar respuestas, tratando de transmitir una sensación de unidad y avisando que serán de gran intensidad con la esperanza de que resulten disuasorias. Al margen de las apariencias, es evidente que hay muchos problemas.

Se trata de una situación asimétrica que dificulta los consensos. La UE está mucho más expuesta que EEUU a las consecuencias de una confrontación con Rusia. Dentro de la UE, a su vez, hay diferentes posiciones entre los Estados miembros.

María Shagina, investigadora experta en sanciones internacionales del Instituto Finlandés de Asuntos Internacionales y de la Universidad de Zúrich, considera que está avanzado el trabajo para infligir sanciones “más contundentes que las de 2014″ a entidades bancarias, y también para medidas de “control de exportaciones” de productos –sobre todo estadounidenses- que afectarían al sector de defensa y aeroespacial ruso. Sin embargo, señala que los occidentales no parecen listos para excluir a las entidades financieras rusas del circuito SWIFT, opción que se había definido como nuclear.

En cuanto al Nord Stream 2, gasoducto ya completado pero no activado que redobla la capacidad de exportar gas directamente de Rusia a Alemania puenteando el Este de Europa, Shagina comenta que se nota un evidente cambio de discurso en Alemania al respecto, incluso desde voces destacadas que antaño lo defendían, pero que el panorama en este apartado permanece incierto.

Más en general, las sanciones en el sector energético se enfrentan al problema de la enorme dependencia de Rusia de la UE. Washington ha mantenido contacto con compañías del sector para perfilar planes de contingencia.

“La cuestión que hay que tener en cuenta es que esta partida no termina con Occidente imponiendo sanciones”, reflexiona De Pedro. Rusia las espera, en cierta medida se ha preparado para asumirlas, y tiene determinación para soportarlas. “Si hay un corte en el flujo del gas, ellos pierden dinero, pero tienen un buen fondo de reservas acumulado. El ciudadano ruso no notaría nada hasta como mínimo mucho tiempo después. En cambio, en la UE puede haber gente pasando frío o disrupción de la actividad empresarial. Es una situación muy compleja. La UE ha elegido ser herbívora. Muy bien. Pero está rodeada de carnívoros”.

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La represión de las manifestaciones en Kazajistán se ha cobrado decenas de vidas hasta el momento. El país, incomunicado por el corte de internet de las autoridades, se pregunta dónde está quien fuera la cabeza del régimen durante tres décadas, Nursultán Nazarbáyev. Su delfín, Kasim-Yomart Tokáyev, cuenta ahora con el apoyo y miles de soldados del Kremlin. La exrepública soviética es uno de los principales socios de Rusia en el ámbito militar con la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) y en el campo económico con la Unión Euroasiática.

¿Por qué protesta Kazajistán?

Las manifestaciones comenzaron el pasado 2 de enero en el oeste del país tras dispararse el precio del gas licuado del petróleo que emplean los automóviles allí como combustible. El 1 de enero culminaba un periodo de transición de dos años para liberalizar su coste y poner fin a los subsidios, pero en apenas 24 horas se disparó el precio del litro de gas de 10 a unos 20 céntimos.

La aparición de estas protestas alentó a más gente de todo el país a salir a la calle a manifestarse contra un régimen que lleva en el poder tres décadas. El Gobierno kazajo, inspirado en legislaciones similares como la rusa, había endurecido la ley de manifestaciones en abril de 2020 para declarar ilegales todas aquellas que no reciban antes una autorización expresa. Sin embargo, las protestas se expandieron rápidamente por todo Kazajistán, una nación rica en hidrocarburos donde el salario medio rondaba a finales de 2021 los 249.349 tenges (algo más de 500 euros).

Las protestas pronto derivaron en disturbios, especialmente en el centro económico del país, Almaty. Se sucedieron los choques entre fuerzas de seguridad y manifestantes, y varios edificios gubernamentales ardieron. Según los datos que ofrece el Ministerio del Interior, han muerto 26 activistas y 18 agentes, a lo que se suman otros cientos de heridos y 3.811 detenidos.

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¿Por qué interviene el Kremlin?

La Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (CSTO), liderada por Rusia y de la que forman parte Kazajistán, Bielorrusia, Armenia, Kirguistán y Tayikistán, ha emprendido su primera intervención desde que fuera creada en 1992. El Kremlin, que lo califica como “misión de paz” pese a no tener el amparo de la ONU, asegura que el objetivo de la intervención de los 2.500 soldados enviados por esta alianza es “combatir el terrorismo”. Según la versión ofrecida por las autoridades rusa y kazaja, los disturbios los han provocado bandas procedentes de Oriente Próximo coordinadas por actores extranjeros.

No obstante, la CSTO ha subrayado que sus tropas no participarán en las operaciones que llevan a cabo las fuerzas de seguridad kazajas, sino que su tarea será proteger “instalaciones críticas, aeropuertos e infraestructura social clave”.

La presencia de estas fuerzas especiales supone un espaldarazo del Kremlin para el presidente Kasim-Yomart Tokáyev. En los primeros días de las protestas hubo imágenes de militares que huían de los manifestantes, y Moscú aún tiene fresco en la memoria la huida en 2014 del expresidente ucranio Víktor Yanukóvich, que en un primer momento permitió las protestas de Maidán para luego reprimirlas violentamente, lo que provocó su caída.

¿Quién tiene el poder?

El presidente Tokáyev llegó al poder en 2019 tutelado por el autoproclamado “padre de la patria”, Nursultán Nazarbáyev, presidente de la nación desde la desintegración de la URSS.

Tokáyev ha dado un golpe sobre la mesa con esta crisis. El 5 de enero no solo destituyó al primer ministro, Askar Mamin, y a todo su equipo; sino que también apartó al hasta entonces responsable del espionaje, Karim Masimov. Además, relevó al mismísimo Nazarbáyev al frente del Consejo de Seguridad, el órgano que coordina a todas las fuerzas kazajas. El “padre de la patria” había encabezado ese organismo tras abandonar la presidencia en 2019, lo que le garantizaba en cierto modo controlar todavía el poder.

También resulta llamativo el silencio de Nazarbáyev desde que empezó la crisis. La última vez que fue visto fue el 27 de diciembre en un viaje a San Petersburgo. Además, al mismo tiempo que los manifestantes derriban sus estatuas, en Kazajistán destacan que las autoridades han dejado de nombrar “Nur-sultán” a su capital en los comunicados oficiales. La ciudad, conocida antes como Akmola y Astaná, fue renombrada en su honor una vez abandonó la presidencia.

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Los resultados han sido leídos por analistas como un «castigo» a las fuerzas políticas tradicionales, y ya han aparecido los primeros mea culpa de varios de sus expositores.

«La frase simbólica que se instaló en las protestas de 2019, de que no eran 30 pesos sino que 30 años de injusticias, se hace realidad luego de estas elecciones. Chile cambió y probablemente será un país distinto después de este fin de semana», dice a BBC Mundo Roberto Isikson, director de Cadem, una empresa de estudios de mercado y opinión pública chilena.

A continuación, te presentamos 5 claves para entender los resultados de esta inédita elección en Chile.

1. Sorpresa de los independientes

Ninguna proyección o encuesta chilena adelantó la importancia que tendrían los independientes en la elección de la Convención Constituyente.

Todo lo contrario: analistas advertían de que el sistema electoral chileno beneficiaría a los candidatos afiliados a los partidos políticos y, por tanto, podría darse una suerte de «decepción» entre la gente que pidió una Constitución «escrita por el pueblo» en caso de que no obtuvieran los resultados deseados.

Sin embargo, rostros nuevos y debutantes en el mundo de la política se convirtieron en la primera fuerza de la asamblea, al obtener 48 de los 155 escaños.

Entre los independientes, llama la atención el amplio apoyo a la «Lista del Pueblo», que obtuvo 24 escaños, y que se organizó a partir de las protestas en Plaza Italia, en el centro de Santiago, en el marco del estallido social.

«Somos quienes hemos vivido y crecido en la inequidad y la desigualdad, somos quienes nos levantamos un 18 de Octubre (de 2019) para decir basta», dice en su declaración de principios.

Línea de tiempo del proceso constituyente en Chile

La reconfiguración del mapa político se explica en gran parte por el fuerte estallido social que irrumpió en Chile en octubre de 2019, cuando la gente salió a las calles a protestar contra el sistema político y económico.

En paralelo, el rechazo a las fuerzas tradicionales fue aumentando cada vez más y una primera señal de aquello fue lo que sucedió en octubre del 2020 cuando casi el 80% de los votantes decidió cambiar la Carta Magna a través de una convención que no incluiría a miembros del parlamento ni del gobierno.

«Se esperaba que los independientes iban a llegar al tercio pero esto supera con creces ese resultado. Y creo que de alguna manera es un reflejo de que la élite, los medios de comunicación, el sistema político y las empresas no fuimos capaces de ver lo que estaba pasando», dice Isikson.

«Es un rechazo al sistema político actual, a toda la élite tradicional», agrega.

2. Derrota de la derecha (y castigo al gobierno de Piñera)

Si había algo de lo que había que estar atento apenas comenzaran a aparecer los primeros resultados de las elecciones en Chile, era si la derecha —que fue en una lista única llamada «Vamos por Chile»— lograba obtener al menos 52 escaños (o un tercio) de la Convención Constituyente.

Esto le abriría las puertas para influir y negociar sobre las decisiones que se tomarán respecto a las nuevas normas pues, para que sean aprobadas, deben contar con el apoyo de dos tercios de sus miembros.

Sin embargo, no lo logró. Y, en cambio, obtuvo apenas 37 de los escaños. Este es un duro golpe no solo para los líderes de este sector político, sino también para el gobierno de Sebastián Piñera.

El presidente de Chile, Sebastián Piñera.
«La ciudadanía nos ha enviado un claro y fuerte mensaje al Gobierno y también a todas las fuerzas políticas tradicionales, no estamos sintonizando adecuadamente con la demandas y con los anhelos de la ciudadanía», dijo Sebastián Piñera.

«La ciudadanía nos ha enviado un claro y fuerte mensaje al gobierno y también a todas las fuerzas políticas tradicionales: no estamos sintonizando adecuadamente con la demandas y con los anhelos de la ciudadanía y estamos siendo interpelados por nuevas expresiones y por nuevos liderazgos», dijo el mandatario luego de que los resultados se hicieran públicos.

Por su parte, uno de los candidatos presidenciales de la derecha, Mario Desbordes, señaló: «No hay duda que estamos viviendo una derrota transversalmente, una derrota que nos tiene que hacer reflexionar. No hemos sido capaces de interpretar a la mayoría ciudadana que está pidiendo cambios».

En la misma línea, Joaquín Lavín, también postulante presidencial de la derecha, indicó que «hay que tener claro que estamos ante un nuevo Chile y la Convención que se está eligiendo es un mosaico de este Chile nuevo».

La posición de la derecha chilena es aún más compleja si se considera que la derrota también se trasladó a las elecciones de gobernadores, alcaldes y concejales.

Entre las pérdidas más importantes, está la gobernación de la región Metropolitana, donde su candidata (Catalina Parot) no pasó ni siquiera a segunda vuelta. Además, el actual alcalde de Santiago, uno de los municipios más importantes del país, Felipe Alessandri, fue superado por la carta del Partido Comunista, Irací Hassler.

También perdieron otras alcaldías clave como Maipú, Viña del Mar, Ñuñoa y Estación Central.

Joaquín Lavín
«Hay que tener claro que estamos ante un nuevo Chile y la Convención que se está eligiendo es un mosaico de este Chile nuevo», dijo uno de los candidatos presidenciales de la derecha, Joaquín Lavín.

«Es el peor resultado de la derecha en mucho tiempo», afirma Roberto Isikson.

«Y el gobierno sin duda tiene mucha responsabilidad. Hay una alta correlación entre la aprobación presidencial, que se encuentra en un lugar muy bajo, y los resultados electorales», agrega.

De acuerdo con la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), publicada a fines de abril, el presidente Piñera cuenta solo con un 9% de aprobación entre los chilenos, el nivel más bajo durante su segundo mandato. La desaprobación, en tanto, alcanza el 74%.

Isikson, experto en encuestas, explica que los factores determinantes en el rechazo a la administración de Piñera tienen que ver con cómo manejó el estallido social, su oposición al retiro de las pensiones (una iniciativa altamente popular) y la percepción de que el gobierno nunca llegó con la ayuda necesaria para enfrentar la pandemia de coronavirus, entre otras cosas.

3. Decepción de la ex Concertación y triunfo de la izquierda

La centroizquierda de Chile, que gobernó el país entre 1990 y 2010 bajo el bloque denominado Concertación, tenía un reto importante en estas elecciones pues mediría su fuerza con la del eje de izquierda conformado por el Partido Comunista (PC) y el Frente Amplio (FA), una coalición que irrumpió hace un par de años y que ha venido a desafiar el poder de las fuerzas políticas tradicionales.

Así, el resultado que obtuvieran tanto en la Convención Constituyente como en el resto de los cargos regionales generaba una fuerte expectativa en el sector.

Pero esta vez la preferencia de los chilenos de izquierdas no estuvo de su lado: no solo obtuvieron menos escaños en la Convención Constituyente que la lista Apruebo Dignidad (que suma al PC y el FA), sino que también fueron superados en importantes gobernaciones y municipios.

Al contrario, candidatos del Frente Amplio sorprendieron al triunfar en lugares como la Región Metropolitana, o municipios como Valparaíso y Viña del Mar, fortaleciendo la idea de que la izquierda más radical gana terreno por sobre el centro.

Protestas chile
Desde octubre de 2019, los chilenos salieron a las calles a protestar en contra del sistema político y económico del país.

Este escenario, dijeron los analistas, no estaba ni entre los peores cálculos de la ex Concertación.

«La ex Concertación murió y se enterró hace tiempo y eso ha quedado muy claro en esta elección», dijo Heraldo Muñoz, uno de los candidatos presidenciales de la centroizquierda.

Para Isikson, «la única coalición que logró cumplir con sus expectativas es el Frente Amplio y el Partido Comunista».

«No mejoró su resultado con respecto a la representación parlamentaria pero, dado que fue la única coalición que logró sostener su resultado, evidentemente es ganadora», dice Isikson.

Los resultados de esta elección tienen una consecuencia esperada: la definición de las candidaturas presidenciales.

En Chile, históricamente las elecciones de alcaldes y concejales han sido una especie de «termómetro» para medir las preferencias políticas del electorado de cara a los comicios presidenciales, que siempre se realizan poco tiempo después.

Los ex presidentes Eduardo Frei y Ricardo Lagos, ambos líderes de la Concertación.
La centroizquierda fue otra de las coaliciones que no obtuvo los resultados esperados en estas elecciones. En la foto, los ex presidentes Eduardo Frei y Ricardo Lagos, ambos líderes de la Concertación.

Así, a seis meses de que Chile elija al próximo jefe de Estado en noviembre de 2021, las tendencias marcadas este fin de semana serán particularmente relevantes para quienes piensan postular a la presidencia.

En el bloque de izquierda salió fortalecido el candidato del Partido Comunista, Daniel Jadue, mientras que en la centroizquierda están evaluando a quién van a apoyar pues las cartas que tienen hasta ahora no parecen sumar el apoyo necesario.

En la derecha, en tanto, tienen varias cartas presidenciales posibles. Uno de los análisis post elecciones apunta a que deberían elegir a un candidato que esté más conectado con el electorado de hoy y no a una figura encasillada en la derecha tradicional.

4. Paridad de género

Chile se convertirá en el primer país del mundo en crear una Constitución con paridad de género.

Esto, gracias al sistema electoral aplicado para elegir a los 155 miembros de la Convención Constitucional, que garantizó que estuviera conformada de manera igualitaria por hombres y por mujeres.

Para ello, se implementaron mecanismos de correción que evitaron la sobrerrepresentación de un sexo.

Protesta feminista en Chile
El movimiento feminista ha crecido considerablemente en Chile.

Pero, al contrario de lo que se esperaba, hubo algunos casos en los que las mujeres tuvieron que cederle sus cupos a los hombres, pues obtuvieron mayores resultados.

Esto sorprendió ampliamente a analistas y expertos en Chile.

«La paridad no solo instaló la necesidad de tener una convención paritaria, sino también impulsó a los electores a preferir mujeres por sobre hombres y en muchos distritos fueron finalmente las mujeres que tuvieron que ceder sus cupos para los hombres», dice Isikson.

De esta manera, la nueva Constitución chilena podría tocar temas que históricamente han quedado pendientes como la igualdad de salario, la repartición de carga de los cuidados o el acceso igualitario de las mujeres al poder.

5. Tibia participación

Con un 43% de participación, según el Servicio Electoral del Chile (Servel), la convocatoria para estas elecciones estuvo lejos de ser alta.

Para el plebiscito realizado en octubre del 2020, donde los chilenos aprobaron por una amplia mayoría cambiar la actual Constitución, la participación llegó a un 50,9%. Este número representó la mayor votación desde 2012, cuando comenzó a regir el voto voluntario en el país.

Participación elecciones
La participación en estas elecciones llegó solo al 43%.

En las últimas dos elecciones presidenciales (2013 y 2017), la participación en la segunda vuelta estuvo cerca del 49%.

Las elecciones de alcaldes y concejales, sin embargo, siempre han tenido una menor votación, alrededor del 34%.

Dada la importancia de estos comicios, donde se elegían a quienes van a escribir la nueva Constitución, había expectativa que de que la convocatoria fuera mayor de lo que terminó siendo.

Y muchos se preguntan dónde quedó el electorado que le dio el triunfo a Sebastián Piñera por más de un 54% en 2017.

«Es evidente que el mundo que votó por Piñera en 2017, en un porcentaje muy significativo, no fue a votar», explica Isikson.

Así, una vez más, en Chile queda sobre la mesa la discusión sobre revocar el voto voluntario y volver a instalar uno obligatorio.


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Más de 300 palestinos resultaron heridos durante los enfrentamientos.

Aquí te damos 3 claves para entender la creciente tensión en Jerusalén.

1. El Día de Jerusalén

Los choques entre palestinos y fuerzas de seguridad israelíes desarrollados durante el fin de semana se agravaron este lunes alrededor de la mezquita de Al Aqsa. La mezquita se sitúa en una explanada conocida para los musulmanes como Haram al Sharif, o el Noble Santuario, y por los judíos como el Monte del Templo.

La fuerza policial de Israel dijo que miles de palestinos se atrincheraron en el lugar durante la pasada noche con piedras y cócteles molotov en anticipación de un enfrentamiento durante una marcha judía planeada para este lunes para conmemorar el Día de Jerusalén.

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, defendió la actuación policial.

«Esta es una batalla entre la tolerancia y la intolerancia, entre la violencia sin ley y el orden», dijo. «Los elementos que quieren expropiar nuestros derechos nos obligan periódicamente a mantenernos firmes, como lo están haciendo los agentes de policía de Israel».

Por su parte, el presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmoud Abbas, condenó las acciones israelíes.

«El brutal asalto de las fuerzas de ocupación israelíes a los fieles en la sagrada mezquita Al Aqsa y su explanada es un nuevo desafío para la comunidad internacional», dijo su portavoz Nabil Abu Rudeineh.

La llamada Marcha de la Bandera conmemora la captura de la parte oriental de Jerusalén por parte de Israel en 1967, cuando, durante la Guerra de los Seis Días, tomó el control efectivo de toda la ciudad.

En Jerusalén Oriental se asienta la ciudad vieja, donde se ubican algunos de los lugares religiosos más sagrados del mundo: la Cúpula de la Roca y la propia mezquita de Al Aqsa de los musulmanes, el Monte del Templo y el Muro de las Lamentaciones de la religión judía y el Santo Sepulcro de la religión cristiana.

Y es considerada la ciudad más sagrada para el judaísmo y el cristianismo, y es la tercera ciudad más sagrada del islam.

Mapa Ciudad Vieja de Jerusalén

El destino de Jerusalén Oriental está en el corazón del conflicto palestino israelí, y ambas partes reclaman su derecho sobre ella. Israel considera a toda la ciudad como su capital, aunque no es reconocida como tal por la mayor parte de la comunidad internacional, y los palestinos reclaman a Jerusalén Este como la futura capital de un futuro Estado independiente.

Por lo general, durante la Marcha de la Bandera, cientos de jóvenes israelíes ondean banderas y se abren paso a través de áreas musulmanas, cantando canciones patrióticas.

Muchos palestinos lo consideran una provocación.

Más temprano, la policía israelí decidió prohibir que los judíos visitaran el complejo durante las conmemoraciones por el Día de Jerusalén.

Judíos conmemorando la Marcha de la Bandera.
La llamada Marcha de la Bandera conmemora la captura de la parte oriental de Jerusalén por parte de Israel en 1967 (foto de archivo).

2. Posible desalojo de familias palestinas

Gran parte de la última ola de violencia se debe a un esfuerzo legal de larga data por parte de grupos de colonos judíos para desalojar a varias familias palestinas de sus hogares en el cercano distrito de Sheij Jarrah, en Jerusalén Oriental.

El fallo de un tribunal inferior este año que respaldaba el reclamo de los colonos desató la ira de los palestinos.

El Tribunal Supremo de Israel debía celebrar una audiencia sobre el caso este lunes, pero la sesión se pospuso debido a los disturbios.

3. Tensiones durante el Ramadán

Esta nueva oleada de violencia tiene lugar en los últimos días del mes sagrado musulmán del Ramadán.

Barricada en Ramala.
Las tensiones llevan varias semanas y no solo en Jerusalén.

Las tensiones se han intensificado desde el comienzo de la festividad, a mediados de abril, con una serie de eventos que han provocado disturbios.

Cuando comenzó el Ramadán, estallaron enfrentamientos nocturnos entre la policía y los palestinos que protestaban contra las barreras de seguridad fuera de la Puerta de Damasco, en la ciudad vieja de Jerusalén, que les habían impedido reunirse allí durante la noche.

Pero los enfrentamientos no se han limitado a Jerusalén y también se registraron choques en la ciudad de Haifa, en el norte de Israel, y cerca de la ciudad de Ramala, en Cisjordania.

Los negociadores del Cuarteto para Medio Oriente —Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y la ONU— han expresado su profunda preocupación por la violencia, instando a todas las partes a mostrar moderación.


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