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El mundo emite crecientes señales de la conformación de una gran ola de inversiones militares. La agresión rusa en Ucrania está espoleando una firme reacción de los aliados atlánticos, con explícitos anuncios de incremento de gasto en Defensa de muchos países europeos y un clima político muy propenso a ello en el Capitolio de Washington. En paralelo, el constante auge económico-militar de China y su actitud provocan significativos movimientos de rearme de democracias de la región indopacífica. Las dos áreas más pujantes del planeta prestan una creciente atención a la defensa.

El gasto militar global ya se hallaba en una dinámica ascendente antes de la invasión rusa. Tras un periodo de contracción en el primer quinquenio de la década pasada, en el segundo registró un paulatino avance de la inversión en defensa. “2020 marcó el nivel más alto desde que tenemos registros comparables, en 1988″, dice Diego Lopes da Silva, investigador del programa de gasto militar y producción de armas del Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI). El total de 2020 rozó los dos billones de dólares (alrededor de 1,8 billones de euros), más que el PIB de España y un 2,4% del PIB mundial. El respetado instituto tiene previsto publicar los datos de 2021 a finales del próximo mes de abril.

Sea cual sea el resultado de 2021 —año presupuestario afectado por el estallido de la pandemia en 2020—, recientes anuncios y medidas concretas de gran calado se acumulan y refuerzan la expectativa de un intenso rearme global en el futuro próximo. En Europa, el canciller alemán, Olaf Scholz, ha impulsado un histórico giro en la política exterior y de defensa, anunciando un paquete de gasto militar especial de 100.000 millones de euros (equivalente al PIB anual de Ecuador) y su determinación a alcanzar una inversión en el sector equivalente al 2% del PIB, de acuerdo con el compromiso adquirido por los miembros de la OTAN en 2014 pero no perseguido con auténtica voluntad por muchos países hasta ahora. Otros gobiernos europeos han dado pasos en esa dirección, entre ellos España.

En Estados Unidos, la agresión rusa ha modificado claramente la posición de congresistas demócratas hasta hace poco partidarios de una contención del gasto militar. La relación con China, su gran rival, tampoco atraviesa momentos serenos, como ha evidenciado la conversación telefónica entre los presidentes Joe Biden y Xi Jinping del viernes. “EE UU ya tiene el mayor presupuesto militar del mundo. Entiendo que se seguirá reforzando”, apunta Rose Gottemoeller, que fue secretaria general adjunta de la OTAN, líder del equipo de EE UU que negoció el tratado nuclear START con Rusia y colabora en la actualidad con la Universidad de Stanford. “La cuestión ahora es interpretar cuáles son las nuevas capacidades que es necesario adquirir a la luz de esta guerra. Por ejemplo, es evidente que para los aliados de la OTAN va a ser muy importante la cuestión de la defensa antimisiles. Creo que EE UU ponderará con mucha atención si hay defensas antimisiles adecuadas en Europa y también para proteger a sus aliados asiáticos”, prosigue Gottemoeller.

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En el flanco indopacífico, China anunció a principios de marzo un incremento del gasto militar para el próximo presupuesto anual del 7,1%, algo mayor que el aumento del año anterior (6,8%) y bastante superior a la previsión de crecimiento del PIB (5,5%). Australia ha puesto en marcha un programa para comprar a Estados Unidos submarinos de propulsión nuclear por un valor que podría alcanzar, según un estudio de un instituto del país oceánico, los 170.000 millones de dólares. Los gobiernos de Japón y Corea del Sur anunciaron en diciembre presupuestos militares con claros incrementos, y el de la India también, en febrero.

En cuanto a Rusia, poca duda cabe del deseo de sus líderes de incrementar en el futuro su capacidad militar, que está mostrando serios límites en la guerra de Ucrania, pero está por ver si tendrá la capacidad económica para sostener ese anhelo.

Ante esta aparente disposición a una mayor inversión en defensa de gran parte de los principales actores militares del mundo, lo fundamental será ver en qué direcciones se dirigirá el gasto, qué nivel de transparencia tendrán los desarrollos y, en definitiva, cómo este movimiento alterará los equilibrios estratégicos y si será posible embridarlo en nuevos acuerdos de control de armamento tras una fase de desmorone de varios pactos entre EE UU y Rusia. A continuación, algunas claves para interpretar las perspectivas en los vectores de mayor importancia en un mundo especialmente convulso.

Europa

La invasión de Ucrania ha sido una brutal sacudida en el tablero europeo. Muchos países, no solo miembros de la OTAN, han anunciado fuertes incrementos en el gasto militar. Dos grandes retos destacan en todo el proceso en marcha. Por un lado, acertar en una reorientación estratégica y de capacidades imprescindible tras el ataque ruso; por el otro, comprobar hasta dónde este nuevo esfuerzo podrá impulsar una mayor integración de la defensa en la UE.

“En los últimos 30 o 40 años, el paradigma de política de defensa en Europa ha sido el de las operaciones fuera de área, de baja y media intensidad militar. No contra grandes potencias sino contra competidores, por así decirlo, de segunda división. Ese es el marco referencial”, comenta Luis Simón, director de la Oficina del Real Instituto Elcano en Bruselas, con respecto al reto estratégico. “Si ahora el énfasis está en la disuasión y defensa frente a rivales pares, el tipo de estructuras militares, de capacidades, de procesos que se necesitan es radicalmente distinto de lo que hace falta para actuar en África o en los Balcanes. Hará falta un proceso de transformación institucional y mental”, dice el experto.

Soldados franceses en maniobras militares para el refuerzo de la presencia de la OTAN en la base de Tapa, en Estonia, este sábado.
Soldados franceses en maniobras militares para el refuerzo de la presencia de la OTAN en la base de Tapa, en Estonia, este sábado. BENOIT TESSIER (REUTERS)

Tanto Gottemoeller como Simón coinciden en que en la reconfiguración de la defensa europea tras la agresión rusa en Ucrania tiene una importancia central la cuestión de las defensas misilísticas, con el despliegue de modelos de alcance intermedio —de 500 a 5.500 kilómetros, anteriormente limitados por un pacto entre Rusia y EE UU que se ha desmoronado— como pieza clave. “Son imprescindibles en un contexto de disuasión”, apunta Simón. Se trata de un debate de interés para España, cuya base de Rota es la referencia de los buques de EE UU que son el epicentro del modelo de defensa actual. El cambio a un modelo de mayor implantación terrestre podría modificar su papel.

Otra cuestión de peso es la posible integración en la OTAN de Suecia y Finlandia, que han sido explícitamente amenazados por el Kremlin caso de que decidieran emprender ese camino. El reto, en su caso, sería implementar una adhesión que no deje un tiempo de desprotección entre la decisión y la integración formal, que es el momento en el que entraría en vigor la cláusula de defensa mutua.

En cuanto al reto de la integración de la defensa comunitaria, las dificultades son considerables. Simón apunta a dos tipos de problemas. En primer lugar, “la divergencia que hay entre Francia y Alemania en cultura estratégica. Francia hace uso proactivo de la fuerza, mientras que para los alemanes es de último recurso. Es un choque no solo filosófico; se proyecta sobre toda esta materia, en el desarrollo de capacidades, los despliegues”. En segundo lugar, porque “hay países, especialmente en el este, que tienen un especial apego a la centralidad del OTAN”. Las actuales circunstancias han reforzado ese sentimiento.

El encaje de los esfuerzos comunitarios con la OTAN no es simple, pero tampoco imposible. Gottemoeller se pronuncia favorablemente. “Creo realmente que si la UE decide invertir más recursos en la defensa, eso es algo positivo. La cuestión principal es que no debería de ninguna manera competir con la OTAN, por ejemplo fijando estándares o requerimientos diferentes”.

Tras años de proyectos comunitarios de pequeño cabotaje en esta materia, la ambición ha ido creciendo, por ejemplo con la constitución de un fondo de defensa europeo. Hay un evidente interés en reforzar la capacidad industrial europea, incrementar la interoperabilidad de las capacidades, reducir redundancias.

El proyecto FCAS (Futuro Sistema Aéreo de Combate) impulsado por Alemania, Francia y España y que involucra a empresas como Dassault, Airbus e Indra, ilustra a la vez las renovadas ambiciones y dificultades de este esfuerzo. Se trata de un programa de envergadura, significativo, que busca ser el epicentro de las capacidades aéreas del futuro. Hay un compromiso político importante detrás de ello, pero persisten las tensiones sobre el liderazgo y la dirección del mismo. El reciente anuncio por parte de Berlín de la intención de comprar 35 aviones de combate F-35 estadounidenses ha despertado algunas suspicacias. Aunque responda a necesidades específicas y urgentes que el FCAS no puede todavía satisfacer, la incógnita es si la compra representa un primer paso en una más decidida apuesta por el modelo de la estadounidense Lockheed Martin que puede reducir parcialmente el proyecto europeo diluyendo su interés.

Estados Unidos

Es la primera potencia militar mundial con diferencia. Su gasto en el sector representó en 2020 un 39% del total global. Junto con los aliados OTAN, el conjunto alcanza un 56%. Su posición de primacía es indiscutida, y por eso todos sus movimientos repercuten con fuerza en el tablero internacional. Si Washington decidiera pisar el acelerador, sin duda Pekín tomaría nota.

“Tenemos claras indicaciones de que el gasto militar se incrementará en varios países en Europa y América del Norte, especialmente en EE UU, donde algunas resistencias que había en el Congreso se están disolviendo a causa del cambio de la situación”, comenta Lopes da Silva, del SIPRI.

El experto señala entre las principales líneas de acción estadounidense el esfuerzo en marcha para modernizar su arsenal nuclear —que supondrá un gasto de 634.000 millones de dólares entre 2021 y 2030 (equivalente al PIB anual de Polonia), según estimaciones de la Oficina Presupuestaria del Congreso— y en general para impulsar la investigación y desarrollo.

Avión XB-1 en una base aérea de Denver, Colorado.
Avión XB-1 en una base aérea de Denver, Colorado. NATHAN LEACH-PROFFER/BOOM SUPERS (Reuters)

Muy importantes son los avances en materia de defensa antimisiles, que constituyen el detonante del desarrollo por parte de China y Rusia de armamento de vanguardia diseñado para superar esa capacidad de neutralización. Es en esa óptica que debe leerse el trabajo alrededor de misiles hipersónicos que ambos países desarrollan, en el caso chino con características mostradas en pruebas realizadas el año pasado que han sorprendido a los estadounidenses.

Washington persigue desde hace tiempo una reorientación estratégica hacia China, que considera su auténtico rival sistémico, pero esta se ha visto frenada por prolongadas exigencias de las guerras de Afganistán e Irak, primero, y ahora por el desafío ruso en Europa. En ese marco conceptual, EEUU trata de ir más allá de sus tradicionales relaciones bilaterales en la región y conformar lazos de pequeñas alianzas ad hoc claramente orientadas a hacer frente a los riesgos asociados al auge de Pekín. El Aukus (con Australia y el Reino Unido, y en cuyo marco se inscribe el gran contrato para el suministro de submarinos con propulsión nuclear) es un ejemplo evidente; el QUAAD (con India, Japón y también Australia) es otro.

China

China avanza con paso firme hacia el objetivo fijado por sus líderes de asentarse como superpotencia en 2049, centenario de la proclamación de la República Popular de China. “Ese objetivo requiere naturalmente tener unas fuerzas armadas acordes al estatus perseguido”, comenta Helena Legarda, analista del Instituto Mercator para Estudios sobre China especializada en su política Exterior y de Defensa. Esto, sustancialmente, significa la ambición de estar en condiciones de competir con y vencer a EE UU. Pekín trabaja a 360 grados para recortar la distancia de Washington con un esfuerzo constante. El incremento del 7,1% del gasto militar es el último de una larga serie.

Aunque el desarrollo militar chino esté envuelto en la opacidad, hay elementos muy evidentes. “Sus ambiciones y sus percepciones de amenaza señalan hacia donde van a ir las cosas”, dice Legarda. Un área de gran desarrollo es la Armada. Pekín impulsa un programa de desarrollo de medios y capacidades que debe sostener su voluntad de proyectar influencia en la región, unos de sus principales objetivos. El Pentágono calcula que en 2021 las fuerzas navales chinas disponían de 355 buques y submarinos, y su plan es alcanzar los 420 en 2025 y 460 en 2030.

Los mencionados misiles hipersónicos son otra área de importante desarrollo. “Pekín tiene claro que en las fuerzas convencionales es difícil competir con EE UU, y busca dar el salto en algunos sectores clave, con capacidades más avanzadas, para adquirir ventajas asimétricas en caso de conflicto”, comenta Legarda.

Misíles balísticos intercontinentales DF-41 chinos en el desfile por el 70º aniversario de la creación de la República Popular, en Pekín.
Misíles balísticos intercontinentales DF-41 chinos en el desfile por el 70º aniversario de la creación de la República Popular, en Pekín.WU HONG

Otra área relevante es el arsenal nuclear. En noviembre, el Pentágono elevó sus proyecciones anteriores y apuntó que China podría disponer de 1.000 cabezas atómicas en 2030, frente a las alrededor de 200/300 que se estiman en la actualidad.

“Espero que, viendo las amenazas actuales, el ruido de sables nuclear en Rusia, China decida en cambio desempeñar un papel responsable en la prevención del desarrollo de amenazas nucleares y en la mayor transparencia acerca de su programa de modernización del arsenal atómico”, comenta Gottemoeller. “Querría señalar que, si bien coincido con el Pentágono en que la modernización de ese arsenal es preocupante, no obstante este es mucho más reducido que el de EE UU y Rusia. Incluso si lo quintuplicaran para 2030, como apunta el Pentágono, seguirían por debajo de EE UU y Rusia. Tenemos que estar pendientes, pero no hay motivos para el pánico. El punto clave es que necesitamos abrir negociaciones también con ellos en la dimensión nuclear”.

China es parte de diferentes acuerdos de control armamentísticos multilaterales, pero no se ha vinculado en ninguno bilateral como hicieron en su momento EE UU y URSS/Rusia. Su argumento es que sus arsenales son inferiores al de las dos superpotencias tradicionales. Pero esto está cambiando a un paso muy rápido.

“No veo a China aceptando pactos que limiten capacidades que considera esenciales para perseguir sus ambiciones o atenuar sus temores. Pero sí son posibles algunos pasos intermedios, algunas medidas de construcción de confianza”, apunta Legarda. Gottemoeller apunta como área interesante de negociación los misiles de rango intermedio. “China tiene desplegados un número significativo de ellos, y hay cierto nivel de igualdad con EE UU en términos de capacidades misilísticas. Es muy importante tener negociaciones en áreas donde hay cierta igualdad”.

Por otra parte, sin duda China está observando con detenimiento la reacción occidental a la invasión rusa en Ucrania. La unidad de los Gobiernos de Occidente, la rapidez y la envergadura de las sanciones, el suministro de armas a Kiev. Todo ello está entrando ahora en el cálculo estratégico de Pekín, en sus consideraciones acerca de Taiwán. Está por ver cómo se reflejará en materia militar. Pero lo que es evidente es que todas las principales democracias de la región se han embarcado en una ruta de incremento del gasto ante el auge de un vecino del que no se fían.

Rusia

El futuro de Rusia es especialmente imprevisible. Poca duda cabe de que el Kremlin tendrá una enorme motivación para invertir dinero en Defensa a la vista de las pérdidas que está sufriendo en Ucrania y de las deficiencias demostradas en la operación pese a varios lustros de ingentes gastos para modernizar sus fuerzas armadas. Pero el colapso de su economía por las sanciones y el veto a exportaciones tecnológicas clave para su industria militar proyectan espesas sombras sobre su capacidad de mantener el ritmo de las potencias más pujantes.

Aviones con misiles supersónicos Kinzhal sobre la plaza Roja de Moscú en 2018.
Aviones con misiles supersónicos Kinzhal sobre la plaza Roja de Moscú en 2018.
– (AFP)

“Rusia depende para la manufactura militar de tecnologías, componentes y elementos industriales importados. Las sanciones y la devaluación del rublo harán imposible o difícil la producción en ciertas áreas, por ejemplo aviones y satélites”, considera Pavel Luzin, experto ruso en materia de Defensa que colaboró con la campaña presidencial de Navalni en 2017-2018.

Sin duda Rusia intentará recibir ayuda de China, pero es un camino repleto de incógnitas. “En el pasado, Rusia era quien suministraba armas o tecnología a China. Pekín no ha entregado nada significativo. Puede que pronto decidirá dar algo a cambio de petróleo y gas, pero no estoy seguro de que esta cooperación permitirá a Rusia mantener sus capacidades militares”, argumenta Luzin.

Un elemento importante de esta situación es su impacto en las exportaciones armamentísticas de Rusia. Moscú ha sido tradicionalmente un gran exportador, con países como India, China, Venezuela o Argelia como grandes clientes. Sus ventas ya estaban en marcado declive desde hace años –un 26% menos en el quinquenio 2017-21 con respecto al anterior, según datos del SIPRI- pese a fuertes esfuerzos del Kremlin, que ha llegado a ofrecer condiciones muy propicia a los compradores. Las nuevas dificultades sin duda afectarán esta dimensión militar, y los lazos políticos internacionales que de ella dependen.

Otros factores

Al margen de las principales potencias, hay otros focos de tensión que pueden consolidar la tendencia al rearme. Uno de ellos es obviamente Oriente Próximo, donde se concentran tres países con importante proyección militar —Arabia Saudí, Israel e Irán, los tres entre los primeros 20 del mundo por gasto según el SIPRI—. Aunque se lograse reactivar el pacto nuclear con Irán, es dudoso que sus adversarios cambiaran por ello su cálculo estratégico a corto y medio plazo.

Por otra parte, a medida en la que el mundo va superando la pandemia, la reactivación de las economías y la liberación de recursos públicos destinados en los últimos dos años a paliar los estragos de la misma constituyen un entorno más propicio para inversiones en Defensa. El tiempo dirá, pero las convulsiones geopolíticas que sacuden el mundo apuntan a una creciente atención a dotarse de elementos de fuerza militar.

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Desde la izquierda, los presidentes de Francia, Emmanuel Macron, la de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el del Consejo Europeo, Charles Michel.
Desde la izquierda, los presidentes de Francia, Emmanuel Macron, la de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el del Gobierno español, Pedro Sánchez, y el del Consejo Europeo, Charles Michel.Chema Moya (EFE)

Ante la invasión de Ucrania por Rusia, Europa ha tomado conciencia de sus propias debilidades. Y hay dos que destacan: la defensiva y la energética. “Aumentar sustancialmente los gastos de defensa”. Esta frase, con toda claridad, se lee en el primer punto de la declaración final que preparan los líderes de la UE en la cumbre informal celebrada este jueves y viernes en Versalles, cerca de París. El siguiente punto de la declaración tampoco deja lugar a dudas: la UE necesita “reducir la dependencia del gas, del petróleo y del carbón ruso”. En definitiva, se trata de lograr la seguridad europea por la vía de las armas y por la de la autonomía energética, sin perder de vista el aprovisionamiento de alimentos.

“Me gustaría más invertir el dinero de los contribuyentes en escuelas o pensiones, pero debemos gastar en defensa”, ha resumido la primera ministra sueca, Magdalena Anderson, a su llegada a la cumbre. De fondo sonaba la música militar, mientras el presidente francés, Emmanuel Macron, ejercía de anfitrión y recibía a los jefes de Estado y de Gobierno en el palacio de Versalles. Hace poco más de cinco años, unas semanas después de ser elegido presidente de Francia, Macron agasajaba al presidente ruso, Vladímir Putin, en este escenario histórico, edificado por el Rey Sol, Luis XIV, donde se firmó el final de la Primera Guerra Mundial en 1919. Todo ha cambiado desde entonces.

Europa se plantea en Versalles un giro insólito, forzado, como sucede con todos los avances europeos por crisis externas. Desde el final de la Guerra Fría, según explicaba esta semana el alto representante de la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, los países europeos han reducido su gasto en defensa del 4% del producto interior bruto al 1,5%. Buena parte de Europa, protegida por el paraguas de EE UU, se creía a salvo de las tragedias del siglo XX y el gasto militar no era prioritario. En la era de la globalización, la interdependencia comercial o energética era la norma y la autosuficiencia un concepto que parecía obsoleto. Las crisis de la última década —la financiera de 2008 y la pandémica de 2020— sacudieron estas certezas. La “guerra de Putin”, como definen los líderes europeos a la invasión dura de Ucrania, las ha acabado de enterrar. Nadie sabe cuáles son las intenciones finales del autócrata ruso, pero Europa ha despertado.

Putin atacó a Ucrania el 24 de febrero y, unos días después, Alemania —potencia económica, pero reticente por motivos históricos a afirmarse como potencia política y militar— dio un giro a su política de defensa. El canciller Olaf Scholz anunció que su país invertiría 100.000 millones en armas y elevaría el gasto al 2% del PIB. Fue el pistoletazo de salida. Dinamarca se sumó a este objetivo, el que reclama la OTAN a sus miembros. Y este mismo jueves ha sido el país que gobierna Anderson, la neutral Suecia.

“Aumentar sustancialmente el gasto en defensa, […] centrándose en las deficiencias estratégicas identificadas”. “Desarrollar más incentivos para estimular las inversiones compartidas de los Estados miembros en proyectos y adquisición conjunta de capacidades de defensa”. “Fortalecer y desarrollar nuestra industria de defensa”. “Fomentar las sinergias entre la investigación y la innovación civil, de defensa y espacial, e invertir en tecnologías e innovación críticas y emergentes para la seguridad y la defensa”. La cascada de frases del borrador en este sentido, con el lenguaje alambicado propio de estas citas, muestra a las claras la dirección que pretende tomar la UE.

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Después cada uno pone el acento en sus intereses o en sus tradiciones. El primer ministro holandés, Mark Rutte, uno de los grandes aliados de Estados Unidos, insiste en que este refuerzo debe hacerse en el marco de la OTAN. Macron cree que la guerra en Ucrania da la razón a su proyecto de impulsar una Europa de la defensa junto a la Alianza Atlántica, iniciativa que, hasta ahora, ha topado con las reticencias de Alemania. El presidente francés ha planteado que el nuevo gasto militar se financie, como el plan de recuperación tras la crisis de la covid, con deuda común, pero reconoce que es una reflexión inicial. Países como Alemania y Holanda han enfriado la iniciativa.

“Venimos a trabajar en dos direcciones: una para mantener la presión sobre Putin y parar la agresión a Ucrania; otra, fortalecer la resiliencia de la UE en energía y defensa”, proclamó Borrell el jueves a la entrada. En sus palabras, el jefe de la diplomacia europea subraya el otro punto fundamental, ya que el escenario bélico de Ucrania fuerza a la Unión Europea a replantearse su política energética. Ello implica cortar el cordón umbilical de muchos países del club comunitario con los hidrocarburos rusos: varios, principalmente los bálticos, importan el 100% de gas de Rusia; Alemania, un 55%.

Además, la guerra también ha disparado la cotización de las materias primas, algo que, como ha recordado el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, se está trasladando a los precios de los alimentos. De ahí que el Consejo se fije “mejorar la seguridad alimentaria reduciendo las dependencias de la importación de productos agrícolas”.

Cooperación reforzada con Ucrania

El otro foco de atención en Versalles es la respuesta de los líderes a la solicitud de Ucrania —también de Moldavia y Georgia— para entrar en la UE. Desde que el presidente Volodímir Zelenski firmó su solicitud el 28 de febrero hasta que se ha dado el primer paso, pedir a la Comisión que emita una opinión, apenas han pasado días. Lo normal son meses.

En esta cumbre era el turno de los líderes de la UE, que han apretado el freno. “Hay un protocolo y unos tratados”, ha declarado a la salida el primer ministro croata, Andrej Plenkovic, que ha añadido que de este encuentro Ucrania no sale con el estatus de candidato. Esto supone que se ha impuesto la tesis de los países occidentales de la Unión Europea y socios más antiguos, como Holanda, Francia o España, que defendían que Ucrania siga los pasos habituales para la adhesión. “No existe un procedimiento rápido”, dijo Rutte. El francés Macron se expresó en la misma línea: “¿Podemos hoy abrir un procedimiento con un país en guerra? No lo creo. ¿Debemos cerrar la puerta y decir jamás? Sería injusto”. Países del este como Polonia y Eslovenia reclamaron acelerar los trámites.

“El Consejo ha actuado rápidamente y ha invitado a la Comisión a emitir una opinión sobre la solicitud de Ucrania. Pendiente de esto y sin retraso, fortaleceremos nuestros lazos y profundizaremos en nuestra asociación. Ucrania pertenece a nuestra familia europea”, apuntaba el borrador de la declaración que debatieron los líderes en la cena de este jueves. Esas palabras se parecen enormemente a las que a las tres de la madrugada del viernes pronunció el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel: “Pensamos que a través de la asociación con Ucrania podemos reconfortar y hemos trabajado sobre la idea de buscar una relación más estrecha, por ejemplo, invitando de forma regular al presidente Zelenski a reuniones cuando trabajamos en cosas concretas”.

Los Veintisiete se inclinan así por otorgar a Ucrania un estatus de “país asociado reforzado”, con vínculos estrechos en materia comercial e integración en la red energética, a la espera de que concluya el conflicto y comience una negociación, que, como explicó Rutte al salir de la cena, puede llevar “meses o años”, más bien esto último. De este encuentro también sale la decisión de duplicar los recursos que la UE destina a enviar armamento y material bélico a Kiev con otros 500 millones, es decir, el doble de lo anunciado en principio.

Como ocurre con la energía y con la defensa, el mapa de la UE también se transforma con esta guerra. “La guerra en Ucrania es un traumatismo inmenso”, dijo Macron, “es el retorno de lo trágico, un drama humano, político, humanitario y es, sin duda, un elemento que llevará a redefinir completamente la arquitectura de nuestra Europa”.

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Aquí estamos, en nuestros asientos de primera fila de un circo sangriento, viendo todo en la televisión y en Twitter, atrapados entre la piedad infinita y un razonable egoísmo. La tensión entre dos fuerzas opuestas es insoportable. Por un lado, nuestro horror ante una invasión sin sentido, nuestro asombro ante la resistencia ucrania, los aldeanos desarmados que rodean un carro de combate enemigo o dan de comer a un soldado ruso capturado que solloza cuando le dejan llamar a su madre, y nuestra pena al ver a los niños aterrorizados en los búnkeres, acurrucados junto a sus padres mientras las bombas destruyen sus ciudades; y por el otro, la columna de 60 kilómetros parada a las afueras de Kiev, que sabemos que se podría destruir en una tarde con misiles de crucero guiados por satélite y cazas Stealth invisibles al radar. El grillete inamovible que ata a Occidente es el miedo a la guerra nuclear, y Vladímir Putin, convertido en un adversario desquiciado e imprevisible, ha sabido apretar bien nuestras teclas. Así que estamos paralizados por un farol que no nos atrevemos a ignorar, somos unos observadores expertos que manejan el ratón y la pantalla y, en nuestra angustia común, incapaces de hacer mucho más que imponer sanciones, donar armas y dinero y lanzar condenas.

Durante el largo periodo de acumulación de fuerzas rusas en torno a las fronteras de Ucrania, en cada fase era Putin quien tenía el privilegio de decidir el siguiente paso y Occidente se limitaba a reaccionar, lo cual, dicen los teóricos del juego, es jugar mal. Quien tiene la baza más fuerte intenta primero cooperar y, cuando no lo consigue, vuelve a la carga con apuestas más altas. Pero la OTAN no es un solo jugador, son nada menos que 30, y, cuando los grupos toman decisiones, tienden a la moderación. El circo en el que nos encontramos está lleno de fantasmas. En 1914, las naciones europeas se manifestaron por la paz mientras caminaban sonámbulas hacia la guerra. Llegaron a ella despacio, sin el obstáculo de las pesadillas sobre un invierno nuclear. Ahora nos vemos obligados a interpretar los sucios procesos neuronales de un hombre con sus sueños enfermizos. Este es el castigo supremo del loco en la táctica nuclear: si no podemos fiarnos de que el enemigo actúe con lógica y en beneficio propio, nos quedamos paralizados, a la espera de su próximo paso, incapaces de asumir el riesgo de una intervención directa.

También hay en el circo otros fantasmas más jóvenes: Grozny, Alepo e Idlib. En estas ciudades, el plan ruso consistió en destruir desde el aire hospitales, centros de triaje médico, edificios de viviendas y escuelas para desmoralizar a la población. En Ucrania, al mismo tiempo que las tropas rusas tropiezan en su avance, empezamos a ver las mismas tácticas crueles. Las unidades de artillería siempre han gozado de una bula que no tiene la pobre y maldita infantería. Cuando lanzan sus proyectiles desde la distancia, con una fina consideración de la matemática de las curvas parabólicas, los soldados de artillería nunca tienen que mirar a los ojos de un niño moribundo. Lo mismo ocurre con los misiles teledirigidos y con las bombas dirigidas desde los aviones militares. El asesinato a distancia es un crimen más simple y abstracto.

Los reclutas rusos no disponen de ese lujo de mantener la frialdad. Los que han caído capturados o se han rendido parecen espectacularmente mal informados sobre su misión. Se sorprenden de que los ucranianos no los hayan recibido con los brazos abiertos. Si son verdaderamente afortunados, acaban abrumados por la amabilidad de los lugareños. Les están fallando las cadenas de abastecimiento, muchas veces interrumpidas por las fuerzas ucranianas, que utilizan armas antitanque contra los vehículos de transporte y los camiones cisterna. Se dice que el ejército ruso se ha modernizado, pero da la impresión de que a los soldados de a pie se los sigue tratando como siervos. Esa temible columna a las afueras de Kiev puede estar reagrupándose y preparándose para atacar o puede ser un símbolo de todo lo que ha fallado en el lado ruso. Con provisiones para solo cinco en cada vehículo, es posible que los soldados estén hambrientos, sedientos, sin combustible y, lo que es más importante, sin motivación para matar a otros eslavos. Pronto sabremos cuál de las dos posibilidades es la acertada.

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La paradoja es que, cuanto más fracase Rusia sobre el terreno, más tiene que temer Ucrania que haya bombardeos fríos y a distancia. No parece que haya salida, porque un triunfo militar deslumbrante de los rusos también sería una pesadilla para Ucrania. Quizá lo más probable sea una lúgubre victoria. Jersón ha caído, Mariupol está sufriendo una presión terrible y Odesa puede ser la siguiente. Ucrania puede caer pronto. La historia reciente nos garantiza la capacidad del mando ruso de permitir atrocidades descomunales.

Por mucha compasión y angustia que sintamos, como espectadores nos encontramos en una situación inmejorable. Disfrutamos de momentos vagamente cómicos, cuando unos agricultores montados en su tractor roban un carro de combate entre risas o un automovilista asombrado se ofrece a remolcar un vehículo blindado de vuelta a través de la frontera. Por ahora, en Occidente se piensa sobre todo en castigar a Rusia. En Edimburgo y Múnich despiden a un director de orquesta. Se cancelan partidos de fútbol. Se confiscan los yates de los oligarcas. Aparte de estos símbolos, que son importantes, lo único que funciona de verdad son las sanciones económicas, que han sido impresionantes.

Sin embargo, mientras se hunde su economía, Putin parece haberse convencido de que puede, como en la célebre frase de Tácito, crear un desierto y llamarlo paz. No cuesta nada ordenar matanzas y destrucción en el espeluznante Estado policial que preside. Si no cambia nada en el Kremlin, la comunidad internacional tendrá que ponerse a buscar soluciones, porque hay un peligro añadido, que es el desbordamiento del conflicto: a medida que el potente armamento de Europa y Estados Unidos llegue a través de la frontera polaca a Ucrania, quizá le convenga a Putin decidir que, después de todo, está en guerra con la OTAN. En nombre de todos los que apoyamos a Ucrania, es necesaria una reflexión creativa, que no se limite a pensar en los símbolos, el castigo y el rearme. No debemos dejarlo en manos de unas conversaciones entre las partes beligerantes en una cabaña de la frontera con Bielorrusia.

No parece que haya muchas esperanzas. Los ucranianos libran una lucha existencial por el país que aman. Putin cree que está obligado a imponerse.

Puede parecer que entre “la expansión de la OTAN hacia el este” y “el derecho de un Estado soberano a decidir sus acuerdos” no hay posibilidad de conciliación. Pero todas las negociaciones para acabar hostilidades comienzan pareciendo irreconciliables. Una campaña diplomática sofisticada, incluso sofística, que involucre a China, debería estar utilizando ya todos sus recursos para diseñar, como primer paso mínimo y con toda la creatividad y la compasión que sean posibles, las condiciones de un alto el fuego. Si no lo intentamos, estaremos condenados a ver de cerca la muerte de multitudes; y nunca nos lo perdonaremos.

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