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Mis queridos amigos rusos: algunos de vosotros de hace años, otros más recientes, algunos que no conozco personalmente, amigos del espíritu y de la mente. Los tiempos son difíciles para vosotros también en este momento. Me he comunicado con muchos de vosotros durante el último mes. Al igual que las vidas de todos los ucranios, las vuestras, nunca sencillas, se están viendo trastocadas por completo. Muchos de vosotros estáis huyendo de Rusia. Y muchos de vosotros me habéis expresado sentimientos de culpa, de vergüenza, por lo que vuestro país está haciendo a vuestro vecino. Por lo que le están haciendo a Ucrania en vuestro nombre.

Algunos de vosotros, los activistas, habéis estado machacados durante mucho tiempo, y os habéis estado preparando para el golpe final. El 4 de marzo escribí a Aleksandr Cherkasov, un viejo amigo de [la asociación] Memorial. “Te cuento luego más tarde”, respondió Sasha en su habitual tono lacónico. “Ahora mismo, tras el registro, vagamos entre ruinas (Ordenadores destripados. Cajas fuertes reventadas)”. Otros de vosotros, personalidades de la cultura, artistas, críticos, escritores, estáis aturdidos por el colapso repentino de vuestro frágil mundo. A ninguno de vosotros os gusta Putin ni su régimen de ladrones y fascistas, la mayoría los odiáis. Pero, seamos sinceros: salvo muy pocos de vosotros (los que trabajáis con Memorial, Novaya Gazeta, EkhoMoskvy, Meduza, la organización de Navalni y unos pocos más), ¿cuántos habéis hecho algo para resistir a ese régimen? ¿Aparte de sumarse a las manifestaciones, cuando las hubo? ¿Podría ser, entonces, que vuestros sentimientos de vergüenza y culpa no sean solo algo abstracto? ¿Podrían deberse también a vuestra propia apatía, a vuestra larga indiferencia ante lo que ocurría a vuestro alrededor y a vuestra complicidad pasiva, que seguramente sentís ahora en vuestros huesos y en vuestra alma?

No siempre fue así. Durante un tiempo, en la década de 1990, tuvisteis algo de libertad y democracia, turbias, incluso sangrientas, pero reales. Así y todo, 1991 acabó como 1917. ¿Por qué cada vez que por fin tenéis vuestra revolución, acabáis con tanto miedo a la “época de problemas” que volvéis a cobijaros bajo los faldones de un zar, llámese Stalin o Putin? No importa a cuántos mate, os parece más seguro, en cierta manera. ¿A qué se debe? Es cierto que se cometieron errores. En lugar de irrumpir en los archivos del KGB y exponerlos a la luz del día, como hicieron los alemanes con la Stasi, os dejasteis distraer por la estatua de Dzherzinski, y permitisteis que el KGB pasara desapercibido, se reagrupara, se reconstruyera y se hiciera con el control de vuestro país. Cuando se os dio a elegir entre el saqueo del país o el regreso de los comunistas, no luchasteis por imponer una tercera vía y consentisteis el saqueo. En 1998, vuestra economía se derrumbó, y eso supuso prácticamente el fin de las grandes manifestaciones por una mayor justicia social o contra la guerra de Chechenia. La supervivencia se convirtió en la preocupación primordial.

Y entonces trajeron a Putin. Joven, audaz, agresivo, prometiendo la destrucción de los terroristas y un giro de la economía. Pocos de vosotros os lo creísteis, pero o le votasteis o no fuisteis a votar. Y cuando empezó a arrasar Chechenia por segunda vez, la mayoría de vosotros cerrasteis los ojos y os disteis la vuelta. Recuerdo muy bien aquellos años. Estaba trabajando en Chechenia, prestando ayuda a las innumerables víctimas de la “operación antiterrorista” de Putin, recorriendo las ruinas de Grozni y Katyr-Yurt e Itum-Kale y muchas otras ciudades. A veces, regresaba a Moscú para descansar y me iba de fiesta con vosotros, mis amigos. Bebíamos, bailábamos y luego intentaba contaros los horrores que veía allí, los civiles torturados, los niños asesinados, los soldados que vendían los cuerpos de los muertos a sus familias. Y vosotros me decíais: “Jonathan, estamos hartos de tu Chechenia”. Recuerdo muy bien esas palabras. Y me enfurecía con vosotros: “Oye, que no es mi Chechenia, es vuestra Chechenia. Es vuestro puto país, no el mío. No soy más que un estúpido extranjero aquí. Es vuestro Gobierno el que está bombardeando una de vuestras ciudades, matando a vuestros conciudadanos”. Pero no, era demasiado complicado, demasiado doloroso, no queríais saberlo.

Luego llegó la gran expansión económica de mediados de la década de 2000, impulsada por el aumento de los precios del petróleo y la voluntad de Putin de permitir que parte del dinero robado cayera en cascada sobre la clase media. Muchos de vosotros ganasteis dinero, algunos mucho, e incluso los más pobres de vosotros conseguisteis pisos nuevos y mejores trabajos. Los precios subieron, pero no importaba, Moscú estaba radiante, resplandeciente, elegante, era divertida. Cuando asesinaron a los opositores (Yuri Shchekochijin, Anna Politkóvskaia, Aleksandr Litvinenko y otros), expresasteis horror y conmoción, pero la cosa no pasó a mayores. Cuando Putin, después de dos mandatos, entregó la presidencia a su primer ministro y ocupó el puesto de este, apenas os disteis cuenta, por lo que pude ver. Cuando Rusia, a los pocos meses de la presidencia de Medvédev, invadió Georgia, la mayoría de vosotros lo pasasteis por alto o callasteis. Y en los años siguientes, ¿con cuántos de vosotros me encontré en las pistas de esquí de Gudauri, haciendo senderismo por Kazbegi o disfrutando de los cafés y los baños de vapor de Tiflis mientras vuestro Ejército ocupaba parte del país? Tampoco nosotros, aquí en Occidente, hicimos mucho, si es que hicimos algo. Unas cuantas quejas, unas cuantas sanciones; pero, ¿qué importaban las atroces violaciones del derecho internacional en comparación con el atractivo del petróleo, el gas y el mercado interior de Rusia?

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Refugiados ucranios esperan un transporte tras alcanzar el paso fronterizo de Medika en Polonia.
Refugiados ucranios esperan un transporte tras alcanzar el paso fronterizo de Medika en Polonia. Sergei Grits (AP)

Sin embargo, a finales de 2011, vosotros, mis amigos rusos, despertasteis. Cuando Putin volvió a cambiar de asiento con Medvédev, colocándose de nuevo en el sillón presidencial, muchos de vosotros decidisteis que con ese truco sucio se había pasado de la raya, y salisteis en masa a protestar. Navalni se convirtió en un nombre conocido y durante seis meses llenasteis las plazas, metiendo miedo al régimen y haciendo que se tambalease. Entonces, el régimen devolvió el golpe. Primero organizó contramanifestaciones, luego aprobó más leyes represivas y empezó a llenar sus cárceles. Detuvieron a miles de personas. Algunos fueron condenados a penas muy largas. Y el resto os rendisteis y os fuisteis a casa. “¿Qué podríamos haber hecho?” Escuché esto muchas veces, y sigo escuchándolo ahora. “El Estado es muy fuerte, y nosotros somos muy débiles”. Bueno, mirad a los ucranios. Mirad lo que hicieron, dos años después de vosotros. Una vez que ocuparon Maidán, en su rabia por un presidente prorruso que había traicionado su promesa de más Europa, nunca la abandonaron. Montaron una ciudad de tiendas de campaña, totalmente autoorganizada y dispuesta a defenderse. Cuando la policía fue a intentar disolverla, se defendieron con palos, barras de hierro y cócteles molotov. Al final, la policía abrió fuego. Pero en lugar de huir, los de Maidán cargaron. Muchos de ellos murieron, pero ganaron. Fue Yanukóvich el que salió corriendo, y los ucranios recuperaron su democracia, su derecho a elegir a sus dirigentes y a echarlos cuando no hacen bien su trabajo.

A Putin no le hizo ninguna gracia lo de Maidán. Era un mal ejemplo. Así que se apoderó de Crimea mientras todo el mundo estaba todavía desconcertado. Muy pocos de vosotros también protestasteis por ello, pero en vano. Muchos estaban entusiasmados. El 91% de los rusos aprobó la anexión, me parece. “¡Maravilloso, maravilloso! ¡Crimea es nuestra!”, coreaban vuestros conciudadanos, súbitamente ebrios de gloria imperial. No me refiero solo a la gente más pobre de los recovecos asolados del país, donde el límite de la política lo marcan el vodka y las patatas, sino a algunos de vosotros, amigos míos, amigos personales. Escritores. Editores. Intelectuales. Lo mismo ocurrió con Donbás. Novorossia, la Nueva Rusia. De repente se erigió un nuevo mito, y algunos de vosotros, que habíais despreciado a Putin y a su camarilla, de repente cambiasteis de opinión y lo adorasteis. No sé por qué, ya que rápidamente dejamos de hablar después de eso. En cuanto a los demás, los que seguíais siendo mis amigos, os mantuvisteis principalmente en silencio. “No me interesa la política”, decíais. Y volvíais a la literatura, o al cine, o a los catálogos de Ikea, o a disfrutar de los flamantes parques con los que el alcalde de Moscú había sembrado la ciudad desde 2012, con sus cómodos pufs y su wifi gratuito y sus cafés hipster. Sí, Donbás quedaba lejos, y Moscú molaba, cada vez más.

De Siria apenas os disteis cuenta siquiera. En cualquier caso, todos eran terroristas, ¿verdad? Daesh o lo que fuera. Incluso el editor moscovita que publicó mi libro sobre Siria lo criticó después en una entrevista, diciendo que yo no entendía nada de lo que estaba pasando en Siria. Bueno, al menos yo había estado allí, viendo cómo niños de la misma edad que los míos eran asesinados a sangre fría por francotiradores del régimen en las calles de Homs. Los únicos rusos que fueron allí fueron los de vuestro Ejército, que en 2015 empezaron a bombardear a miles de civiles y a practicar para su próxima guerra seria.

Seguro que muchos de vosotros conocéis las famosas palabras del pastor Martin Niemöller: “Primero vinieron a por los socialistas, y no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron a por los sindicalistas, y no dije nada, porque yo no era sindicalista. Y luego vinieron a por los judíos, y no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron a por mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”.

¿Cuántos de vosotros habéis hablado en favor de los chechenos, los sirios o los ucranios? Algunos lo hicisteis. Pero demasiados callasteis. Algunos, es cierto, habláis ahora, gente como Dmitri Glujovsk, Mijaíl Shishkin, Mijaíl Zygar, Maksim Osipov, otros también. La mayoría habla desde fuera del país, unos pocos desde dentro, como Marina Ovsyannikova, arriesgándose a que la manden a unirse a Navalni en su gulag. En cuanto al resto, entendéis en qué país vivís, mejor que la mayoría. Y por eso estoy seguro de que comprendéis esto: cuando Putin acabe con los ucranios (pero aún más si no es capaz, como parece probable, de acabar con ellos) vendrá a por vosotros. A por todos vosotros, amigos míos: a por los que habéis salido a protestar con valentía, pero en la mayoría de los casos de forma individual, y que por ahora solo habéis sufrido condenas leves, pero que pronto serán mucho más duras. A por los miles de personas que habéis firmado peticiones, que habéis expresado vuestra desaprobación en las redes sociales (quizá solo con un cuadrado negro en Instagram), o que habéis hablado en privado con vuestros compañeros de trabajo. Los días en los que uno recibía 10 años de privación de libertad por una broma, o incluso 25, no están tan lejanos en el pasado, y ahora también están en vuestro futuro, muy probablemente. ¿Y quién hablará entonces por vosotros? ¿Quién quedará?

Bomberos extinguen el incendio tras un ataque ruso Járkov.
Bomberos extinguen el incendio tras un ataque ruso Járkov.Pavel Dorogoy (AP)

Los ucranios, ahora incluso más que en 2014, están dando un ejemplo aterrador para el régimen de Putin: están demostrando que se le puede combatir, y que si uno es inteligente, y está motivado, y es valiente, incluso se le puede parar, sin importar su abrumadora superioridad sobre el papel. Claro que, aparentemente, casi nadie en Rusia es consciente de esto, y ni siquiera de que hay una guerra. Pero vosotros, amigos míos, sabéis lo que está pasando. Leéis las noticias extranjeras en Internet, todos tenéis amigos o incluso familiares en Ucrania a los que enviáis mensajes. Y Putin sabe que vosotros lo sabéis. Así que tened cuidado. Sabéis hacia dónde va esto. Los días de la buena vida a cambio de vuestro silencio se han acabado. Vuestras elecciones son una farsa; vuestras leyes, salvo las represivas, no valen ni el papel en el que están escritas; vuestros últimos medios de comunicación libres han desaparecido; vuestra economía se hunde más rápido de lo que puedo escribir; ya no tenéis ni siquiera tarjetas de crédito para comprar un billete de avión de ida, si es que quedan vuelos. Ahora Putin no se va a conformar con vuestro silencio; querrá vuestra aquiescencia, vuestra complicidad. Y si no le dais lo que quiere, podéis intentar iros, de alguna manera, o ser aplastados. Dudo que veáis otra opción.

Pero hay una. Que es derrocar a este régimen de una vez por todas. Probablemente se necesitaría menos de lo que pensáis, en la situación actual. Pensad en ello. La chispa no vendrá de vosotros: con el colapso económico que está a punto de golpear a Rusia, lo más probable es que venga de las provincias, de las ciudades menos importantes; allí, cuando los precios se disparen y se dejen de pagar los salarios, todos aquellos que votaron a Putin todos estos años, porque querían pan y paz, se echarán a las calles. Putin lo sabe, y les tiene mucho más miedo que a los intelectuales y a la clase media de Moscú y San Petersburgo, que sois vosotros, queridos amigos. Pero si cada ciudad se manifiesta por su cuenta, como ya ha sucedido ocasionalmente, a Putin no le costará moverse y reprimirlas. Habrá que coordinar y organizar las cosas. Habrá que convertir a la turba en masa. Tenéis esa magnífica y mágica herramienta llamada Internet, que el régimen puede obstaculizar, pero a la que se puede hacer funcionar independientemente de casi cualquier circunstancia. La organización de Navalni ha sido desmantelada, pero se pueden formar otras, más informales, más descentralizadas. Sois muy numerosos, sois millones. La policía de Moscú puede manejar 30.000 personas en la calle, incluso 100.000. Con más de 300.000, estarían desbordados. Tendrían que llamar al Ejército, pero a la hora de la verdad, ¿lucharía este Ejército por Putin? ¿Después de lo que les ha hecho hacer en Ucrania, de lo que les ha hecho?

Habrá un peligro terrible, por supuesto. Algunos tendréis miedo, y los que tengáis hijos estaréis aterrados de que les pueda pasar algo. Esto es natural, es normal. Yo también, en vuestro lugar, tendría miedo. En Siria, y ahora en Ucrania, Putin trató de mostraros, mediante el ejemplo, lo que le ocurre a un pueblo que se atreve a desafiar a su jozein, a su amo y señor, que se atreve no solo a pedir la libertad, sino a intentar tomarla. Pero, si no hacéis nada, muchos estaréis perdidos de todos modos. Y lo sabéis. Uno de vuestros hijos hará una broma en un chat de videojuegos y será detenido; una de vuestras hijas expresará su indignación en Internet y será arrestada; un querido amigo vuestro cometerá un error y morirá en una celda húmeda molido a palos por la policía. Esto es lo que lleva ocurriendo desde hace años, y es lo que seguirá ocurriendo, cada vez a mayor escala. Así que no tenéis elección. Si no hacéis nada, ya sabéis cómo acabará. Ahora es el momento de vuestro propio Maidán. Sed inteligentes, sed estratégicos y encontrad la manera de hacerlo realidad.

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Yenni Karolay, joven asesinada en el Quindío.

Piden que encuentren al responsable del feminicidio de la joven hallada con signos de abuso.

Noticias Colombia.

Habitante de Circasia, municipio ubicado en el norte del departamento de Quindío, se encuentran consternados por el feminicidio de Yenni Karolay, una joven de 20 años que fue hallada sin vida y con rastros de violencia sexual en una zona enomontada del barrio La Plancha.

Anoche, familiares, amigos y conocidos de la estudiante de Derecho de la Universidad La Gran Colombia, se reunieron en la Plaza de Circasia para exigir que este crimen no quede en la impunidad y se tenga la misma celeridad que en otros casos para hallar al responsable de este atroz acto que ha sido repudiado por los quindianos.

Yenni Karolay, joven asesinada.

«Exigimos justicia», gritaban en la plaza y también se lee en pancartas que portaban decenas de personas que piden a las autoridades encontrar al victimario de esta joven que había salido de su casa a eso de las 7 de la noche del viernes a pasear a sus perros y nunca más volvió.

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Si lo hicieron sus perros y esto alertó a sus familiares quienes dieron aviso a las autoridades. Horas después su cuerpo fue encontrado sin vida y con signos de presuntamente haber sido abusada.

Estudiantes y directivas de la Universidad La Gran Colombia le rindieron un homenaje póstumo a Yenni Karolay en la silla que solía ocupar en el salón de clases. Una flores y una luces en el piso rodeando su asiento, conmemoraron su triste partida.

Desde ese claustro universitario también se han alzado voces de solidaridad con la familia e la alumna y también de protesta para que este feminicido no quede en la impunidad y se pueda resolver en el menor tiempo posible.

Colectivos ferministas y la sociedad en general, programaron un plantón en la plaza del pueblo para el día lunes 14 de marzo a las 7 de la mañana, con la intención de rechazar el crimen de Yenni Karolay.

Hasta el momento, las autoridades siguen trabajando en la búsqueda del feminicida. Para ello, se encuentran recolectando pistas y pruebas que permitan dar con su paradero.

Foto de portada: @quindionoticias





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Vladímir Putin (izquierda) y Gerhard Schröder, tras recibir este último un honoris causa de la Universidad de San Petersburgo.
Vladímir Putin (izquierda) y Gerhard Schröder, tras recibir este último un honoris causa de la Universidad de San Petersburgo.

Unos se sienten engañados; otros, avergonzados. También los hay que han optado por el silencio y quienes ahora sobreactúan para intentar borrar de la memoria de sus conciudadanos las alabanzas que hace no tanto lanzaban al presidente ruso, Vladímir Putin. La invasión de Ucrania ha dejado en una posición delicada a las decenas de dirigentes políticos que han mantenido estrechos lazos con el Kremlin. Figuras como Marine Le Pen en Francia o Matteo Salvini en Italia han aceptado dinero ruso para sus campañas. El excanciller alemán Gerhard Schröder, que definió a Putin como un “demócrata impecable”, pasó a cobrar de los consejos de administración de varias empresas estatales rusas.

A lo largo de los años Putin ha logrado tejer una red de apoyo a sus políticas y a su figura en Europa que iba más allá del fomento de los intereses económicos rusos. “Se ha dedicado sobre todo a atraer a antiguos dirigentes”, explica Jörg Forbrig, analista sénior del German Marshall Fund. Para ello, ha echado mano de suculentas ofertas de puertas giratorias, como en el caso del antiguo primer ministro francés François Fillon, o de dos excancilleres austriacos, el conservador Wolfgang Schüssel y el socialdemócrata Christian Kern. En algunos casos, apunta Forbrig, los políticos creían sinceramente que Occidente no estaba entendiendo a Rusia y ejercían de mediadores con la mejor intención. “Ahora la mayoría están muy, muy decepcionados, han revisado su postura y han admitido públicamente que se equivocaron. Con una excepción: Schröder”, lamenta.

Las declaraciones del excanciller alemán, amigo personal de Putin, tras el inicio de la invasión han enfurecido y avergonzado a partes iguales a sus compañeros del partido socialdemócrata, que se plantean expulsarle. Todos los trabajadores de la oficina que le paga el erario público en Berlín en calidad de excanciller han dimitido en protesta por su tibieza. “La guerra y el sufrimiento del pueblo de Ucrania deben terminar lo antes posible”, escribió en su LinkedIn, para acto seguido contemporizar: “Ha habido muchos errores en ambos lados”. Convertido en un apestado en Alemania, Schröder se resiste a dimitir de sus cargos en la petrolera estatal rusa Rosneft y dos filiales de la gasista Gazprom.

El alemán se está quedando solo entre los admiradores y lobistas de Putin. Kern ha dejado su cargo en el consejo de los ferrocarriles estatales rusos y Schüssel el suyo en la petrolera Lukoil. La semana pasada el conservador François Fillon, primer ministro francés entre 2007 y 2017, anunció también su dimisión: la presencia en dos empresas rusas comprometía a la candidata de su partido a las elecciones de abril, Valérie Pécresse, que no comparte la afinidad con Rusia y se alinea con el presidente, Emmanuel Macron, en la defensa de las posiciones de la OTAN y la UE.

La revelación de un caso de empleos ficticios frustró la campaña de Fillon a las elecciones presidenciales de 2017, le valió una condena de cinco años de prisión que ha recurrido y le apartó de la política, pero encontró cobijo en la Rusia de Putin como miembro de los consejos de administración de la petroquímica Sibur y la petrolera pública Zarubehne. El presidente ruso ha sabido colocar a sus aliados. Es llamativo el caso de la exministra de Exteriores austriaca Karin Kneissl, cuya foto haciendo una reverencia de rodilla en suelo a Putin en su boda, en 2018, ha vuelto a recorrer las redes sociales estos días. Colaboradora en el canal RT y empleada en Rosneft tras salir del primer Gobierno del conservador Sebastian Kurz, Kneissl ha evitado en su cuenta de Twitter una condena de la invasión rusa.

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Simpatía con la extrema derecha francesa

En Francia las simpatías con Putin se sitúan sobre todo en la extrema derecha. El Reagrupamiento Nacional (RN; antiguo Frente Nacional) de Marine Le Pen financió la campaña para las regionales y locales de 2014 con un préstamo de nueve millones de euros de un banco ruso. Antes de las presidenciales de 2017, Le Pen visitó a Putin en Moscú.

El candidato sorpresa en estas elecciones, el tertuliano ultra Éric Zemmour, era hasta hace una semana un fervoroso admirador de Putin. Defendía una alianza de Francia con Rusia en vez de con Estados Unidos y se deshacía en elogios hacia el hombre fuerte del Kremlin. En un programa de televisión en enero, declaró: “A Vladímir Putin no se le fijan límites. Es un gran jefe de Estado (…). Las reivindicaciones y las demandas de Vladímir Putin son totalmente legítimas”.

Marine Le Pen y Vladímit Putin, en 2019 en Moscú.
Marine Le Pen y Vladímit Putin, en 2019 en Moscú.M. KLIMENTYEV (AFP)

En la extrema izquierda, la proximidad con Putin no se ha dado por afinidad ideológica, sino con el argumento de que la responsabilidad de la crisis recae en la OTAN y EE UU más que en Moscú. “¿Los rusos se movilizan en sus fronteras? ¿Quién no haría lo mismo con semejante vecino [Ucrania], un país ligado a una potencia que les amenaza continuamente?”, declaraba Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa) al diario Le Monde en enero, antes de la invasión.

La invasión forzó a estos políticos a modificar sus posiciones a toda prisa. Todos condenaron la agresión. El RN retiró de circulación folletos electorales donde se veía una imagen de Le Pen con Putin. Temen que, en la campaña que está a punto de empezar, la cercanía con el presidente ruso arruine sus aspiraciones.

El silencio de Berlusconi

Italia siempre ha tenido una promiscuidad muy alta con Rusia. Desde los tiempos en los que el Partido Comunista Italiano era el más importante de Europa, pasando por la intensa amistad de Silvio Berlusconi con Putin, a los flirteos del Ejecutivo populista que formó el Movimiento 5 Estrellas con La Liga en 2018. La imagen de los camiones rusos entrando en Bérgamo en plena pandemia para prestar ayuda sanitaria y logística mostraron la última postal de una sintonía que se ha traducido en los últimos años en un suculento intercambio comercial —7.000 millones de euros de exportaciones a Rusia y 12.600 millones de importaciones— y que ahora coloca en una situación incómoda a dos de los últimos grandes admiradores de Putin: Silvio Berlusconi y Matteo Salvini.

Il Cavaliere mantiene una estrecha relación personal con el presidente ruso desde los tiempos en que fue primer ministro de Italia. La hemeroteca rebosa elogios del magnate italiano hacia Putin y exóticas fotos que muestran la proximidad, casi familiar, entre ambos. Hoy, sin embargo, Berlusconi está callado y Forza Italia, su partido, vota en el Parlamento en la misma dirección que el resto cuando toca decidir sobre asuntos que incumben a la invasión rusa de Ucrania. En la formación admiten que la situación es delicada, pero que, obviamente, el Putin con el que Berlusconi construyó su sólida amistad era distinto.

Salvini, en cambio, ha optado por hiperreaccionar. El líder de la Liga, investigado por el presunto cobro de fondos rusos para financiar a su partido, estuvo nueve veces en Moscú en cuatro años. Siempre fue el principal opositor a las sanciones comerciales a Rusia y se presentó en el Parlamento europeo con una camiseta con la cara de Putin (también se fotografió de esa guisa delante del Kremlin). Ahora, sin embargo, ha comenzado una extraña campaña en la que acude diariamente a rezar delante de la Embajada de Ucrania e incluso se ha ofrecido para viajar a Kiev para mediar a favor de la paz. Los mensajes en redes de Salvini son confusos y extravagantes. Algunos, incluso, son ahora soflamas contra el armamento de guerra, cuando su partido fue el impulsor de favorecer la tenencia de armas para la defensa propia en los hogares de Italia.

Con información de Sara Velert.

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Tiene muchos amigos. Más de los que muchos piensan. No estamos hablando de Rusia, donde quienes son sus amigos están colocados en la cima del poder económico y político, aunque sea difícil dilucidar si son poderosos porque son sus amigos o si son sus amigos porque son poderosos. No suele haber excepción: quien deja de ser amigo, también deja de ser poderoso, y puede incluso que sea detenido por la policía, juzgado y encerrado en una mazmorra. O peor, envenenado.

Hablamos del mundo, donde también tiene muchos amigos entre los poderosos. De los cinco presidentes de Estados Unidos con los que ha tenido tratos en sus 22 años en el poder, solo de dos, Barack Obama y Joe Biden, no ha obtenido gestos de amistad. Bill Clinton, al que conoció solo al convertirse en presidente interino tras la dimisión de Borís Yeltsin, se congratuló de la elección de “un sucesor con la preparación y la capacidad para dirigir la turbulenta vida política y económica de Rusia mejor que lo podía hacer un Yeltsin enfermo”. George W. Bush le miró a los ojos “y pudo captar algo de su alma”, de forma que le consideró “directo y confiable”.

Nadie llegaría tan lejos como Donald Trump, un auténtico amigo, que tenía mayor consideración para su palabra que para la de sus propios subordinados, hasta el punto de pedir un poco de indulgencia con sus actividades criminales. “Hay muchos asesinos. ¿Piensa usted que nuestro país es inocente?”, le respondió al periodista que inquirió si Putin era uno de ellos. No fue el caso de Obama, que le calificó de mafioso de barrio en el primer volumen de sus memorias, y menos todavía de Joe Biden, que quiso desmentir tanto a Bush como a Trump, cuando le dijo directamente que no tenía alma y confirmó en una declaración pública que le considera un asesino.

Según Gerhard Schröder, el excanciller alemán, en cambio, es un “demócrata impecable”. Además de la amistad declarada, no puede esconder que le mueve el interés. Está en los consejos de Gazprom y de Rosneft y ha sido el gran patrono alemán del gaseoducto Nord Stream 2 desde que dejó la Cancillería. Nadie le supera, ni en su Partido Socialdemócrata, tan propenso a entenderse con Moscú, como en el conjunto de Alemania, donde el lobby es poderoso en el mundo empresarial y en el político, a derecha e izquierda.

Francia no se queda corta. La extrema derecha entera, Marine Le Pen y Éric Zemmour, es putinista, como sucede en Alemania. Pero también un ex primer ministro, el conservador François Fillon, que aspiró a presidente de la República y fue descabalgado por un escándalo, es su amigo personal y además miembro del consejo de Subir, la gran petroquímica rusa. Es ya cosa del pasado la estrecha sintonía entre Putin y Silvio Berlusconi, aunque sigue su estela la clase empresarial italiana, reunida con el presidente ruso en videoconferencia en el punto más álgido de la crisis de Ucrania.

Hay numerosas puertas giratorias europeas, y especialmente alemanas, que dan directamente al Kremlin. Quizás son el arma más poderosa en manos de Putin.

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Caso Emilio: Defensoría de la Niñez presenta querella por delito de homicidio

La Defensoría de la Niñez anunció que presentaron una querella por del delito de homicidio del niño de 12 años encontrado muerto en Longaví la semana pasada.

De esta forma, el órgano estará presente en la audiencia de formalización de cargos a los imputados que se realizará este martes.

 

Así, se une también como defensa de la familia del niño, de la misma forma que lo hizo durante esta mañana la Fundación Amparo y Justicia.

Fundación Amparo y Justicia anuncia que representará a familia de niño asesinado en Longaví

Esta tarde y con el objetivo de contribuir a que se haga justicia por el homicidio de Emilio J., Fundación Amparo y Justicia asumió la representación formal de la familia del niño. Junto con el apoyo legal, el Programa de Apoyo a Víctimas de la Subsecretaría de Prevención del Delito acompañará a los familiares directos en el proceso de reparación psicológica y social.

“Con mucho dolor, lamentamos que nuevamente nuestro país pierda a un niño bajo estas terribles circunstancias. Junto al equipo interdisciplinario de la Fundación, haremos todo lo que esté a nuestro alcance para que su muerte no pase inadvertida y se logre las más altas penas para quienes sean responsables de este crimen”, sostuvo Ramón Suárez, abogado y presidente de la organización que durante los últimos 22 años ha apoyado a familias de todo Chile que han perdido a un hijo o hija producto de delitos de estas características.

En los próximos días, Fundación Amparo y Justicia presentará una querella en representación de la familia de Emilio contra quienes resulten responsables. “Sabemos que nada podrá evitar el sufrimiento y la pérdida de esta familia, pero estamos seguros que la justicia y un apoyo emocional oportuno, contribuirán a su reparación”, concluyó el abogado.

Por su parte, la jefa nacional del Programa Apoyo a Víctimas, Paulina Rodríguez señaló que “nuestros profesionales del Centro de Apoyo a Víctimas de Linares ya se contactaron con la familia para brindarles los primeros auxilios psicológicos y contención emocional. A su vez, ofrecimos a todo el grupo familiar intervención psicológica y social especializada para que puedan superar el doloroso momento y enfrentar todo el proceso judicial”.

«Que no vuelvan a ver nunca más la luz del día»: Tía de niño asesinado en Longaví pide justicia

Durante la mañana de este lunes Niño asesinado Longaví maule tía pide justicia quien luego de salir a pasear a sus perros, su cuerpo fue hallado por equipos especializados, al interior de un pozo durante la jornada del sábado a 800 metros de su hogar en Longaví, región del Maule.

El hecho, sin duda conmocionó a toda la localidad, y dejó a una familia devastada por este hecho, que hasta el momento tiene a dos detenidos, sospechosos en la participación de la muerte del niño de 12 años.

 

Frente a esto, en el Buenos Días a Todos conversamos con la tía del menor, sobre el crimen de su sobrino y criticó al sistema judicial sobre las condenas en el país. «Como familia estamos consternados porque si las cosas se hicieran bien, ese hombre no estaría en la calle porque ya hizo otro homicidio. Eso es lo que pasa cuando se dan penas simples. Ellos piden los beneficios. Los delincuentes son unos expertos en hacerse los locos, para para pedir rebaja, para eso están enfermos pero no lo están para hacer daño«.

«La justicia que nosotros queremos es que realmente en Chile se empiecen dar pena ejemplificadoras. Queremos una justicia de verdad, queremos una justicia que nos de la tranquilidad que esos hombres no vuelvan a ver nunca más la luz del día y que no vayan a tocar nunca más a otro niño«, señaló Margarita sobre la investigación a los sujetos acusados como los responsables de este crimen.

Además, abordó la falta de ayuda y de apoyo de entidades relacionadas con la infancia como el Sename o la Defensoría de la Niñez en este caso. «Yo estoy indignada, tengo mucha rabia adentro porque las verdaderas personas que debieron estar acá, en un principio no estuvieron, como la protectora a la infancia y el Sename. Ellos son las entidades que conocemos a nivel nacional, y que debieran estar acá, dando el apoyo, diciendo qué necesitamos, si necesitamos algún sicólogo. No llegaron», reaccionó.

Por último, la tía del menor señaló que «como país tenemos que dejar de tener miedo porque somos más los buenos que los malos». «Cuando dejemos de tener miedo, las cosas van a cambiar en este país».



 



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