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Las amenazas de Moscú esgrimiendo sus armas químicas, biológicas y nucleares calan. Tanto es así que la OTAN ha activado sus defensas contra ataques con este tipo de armamentos, según ha anunciado su secretario general, Jens Stoltenberg, tras la cumbre de la Alianza celebrada este jueves en Bruselas, en la que estaban presentes los líderes de los 30 Estados miembros, con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, a la cabeza. Además, los aliados interpelan directamente a China en su comunicado final para que se abstenga “de dar a Rusia cualquier tipo de apoyo en la guerra y ayudarle a evitar las sanciones”.

El régimen de Vladímir Putin lleva casi desde que comenzó la invasión de Ucrania recordando que Rusia es una potencia nuclear y que si sienten que el Estado ruso está en peligro pueden recurrir a estas armas tan mortíferas. Estados Unidos y la OTAN ya han dejado claro en días anteriores que se toman en serio esta amenaza, al menos en el escenario bélico de Ucrania. De ahí que en la reunión que los líderes de la Alianza han mantenido en su cuartel general de Bruselas hayan acordado enviar a Ucrania material para protegerse de estas agresiones si llega el caso. No serán armas sino “material de protección, detección, descontaminación, sanitario, de entrenamiento…”, según ha explicado Stoltenberg.

Pero la Alianza va más allá: “El general Wolters [comandante supremo de las fuerzas aliadas] ha ordenado activar los elementos de defensas químicas, radiológicas y nucleares y las defensas [contra este tipo de armamento] de las fuerzas desplegadas en los países del este de la Alianza”, ha añadido Stoltenberg. Y los aliados “han desplegado defensas adicionales químicas, biológicas y nucleares para reforzar a nuestros batallones ya existentes y a los nuevos”.

La OTAN ha acordado este jueves desplegar cuatro batallones (en Rumania, Hungría, Eslovaquia y Bulgaria), que se suman a los cuatro desplegados en Polonia, Estonia, Letonia y Lituania. En total, hay unos 40.000 soldados a las órdenes directas de la Alianza y unos 100.000 soldados estadounidenses en suelo europeo.

La Alianza teme que Rusia lance un ataque químico en Ucrania utilizando como excusa la presunta intención del Gobierno de Volodímir Zelenski de recurrir a ese tipo de armamento. Moscú propaga desde hace días el bulo de que Ucrania se ha dotado, con ayuda occidental, de armas químicas, una acusación que China también ha contribuido a difundir. Los occidentales sospechan que se trata de asentar ante la opinión pública una coartada que permitiría justificar el uso por parte del Ejército ruso de armas prohibidas.

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El secretario general de la Alianza ha advertido de que si Rusia recurre a estas armas en Ucrania puede llegar a verse “contaminación” en los países de la OTAN. También ha recordado que el régimen de Vladímir Putin ya ha recurrido a estos ataques “en su propio territorio, contra sus oponentes, en Salisbury [en referencia al envenenamiento del exespía ruso Serguei Skripal] y en Siria”.

Misiles antibuques, armas antitanques y drones

Como en la cumbre de la Unión Europea, que se celebra en la tarde de este jueves también en Bruselas, en la de la OTAN ha intervenido el presidente de Ucrania, quien, siempre según la versión de Stoltenberg, ha agradecido la ayuda prestada a su país y ha pedido más apoyo. En esa petición se incluyen tanques y aviones de combate, algo que hasta ahora no se ha enviado a Ucrania. “Hemos sido honestos”, ha aclarado el mandatario de los aliados, “y le hemos dicho que no vamos a entrar en la guerra”.

Lo que sí van a enviar los países de la Alianza a Kiev son misiles antibuques de guerra, drones y armas antitanques para frenar el avance ruso hacia la capital ucrania y aliviar el asedio en la costa del mar Negro. El desarrollo de la invasión en Ucrania en sus últimos compases ha dado protagonismo a estos escenarios. El contraataque ucranio habría aflojado algo el asedio que intenta desplegar en la capital ucrania el Ejército ruso. En cambio, el cerco a la ciudad portuaria de Mariupol, en el mar de Azov, no deja de estrecharse, con consecuencias trágicas sobre la población civil, y, además, continúa el hostigamiento de otra ciudad portuaria, Odesa.

La reunión de este jueves ha concluido con la exigencia a Putin de que permita la apertura de corredores humanitarios para que los civiles puedan huir “de Mariupol y otras ciudades sitiadas” y que muestre que se toma en serio las negociaciones de paz decretando un alto el fuego. Entretanto, los aliados seguirán con la política mantenida hasta ahora: “Se han impuesto sanciones masivas y con un alto coste político a Rusia para poner fin a esta guerra. Seguimos decididos a mantener la presión internacional coordinada sobre Rusia. Continuaremos coordinándonos estrechamente con las partes interesadas y con otras organizaciones internacionales, incluida la Unión Europea. La coordinación transatlántica sigue siendo crucial para una respuesta eficaz a la crisis actual”.

A continuación, los 30 Estados aliados interpelan directamente a China, potencia que mantiene una neutralidad escorada hacia Rusia en este momento: “Hacemos un llamamiento a todos los Estados, incluida la República Popular China (RPC), para defender el orden internacional, incluidos los principios de soberanía e integridad territorial, consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, a abstenerse de apoyar el esfuerzo bélico de Rusia de cualquier manera, y a abstenerse de cualquier acción que ayude a Rusia a eludir las sanciones. Estamos preocupados por los comentarios públicos recientes de los funcionarios de la República Popular China y pedimos a China que deje de amplificar las narrativas falsas del Kremlin, en particular sobre la guerra y la OTAN, y que promueva una resolución pacífica del conflicto”.

Entre los planes previstos que la guerra ha cambiado está también el relevo al frente de la Secretaría General de la OTAN, que se iba a decidir el próximo junio. Stoltenberg continuará en el puesto finalmente hasta el 30 de septiembre de 2023, según han aprobado este jueves los líderes de los 30 Estados de la Alianza. La invasión de Ucrania por Rusia ha llevado a los aliados a prorrogar su mandato. “Stoltenberg ha estado haciendo un trabajo fantástico, un día tras otro ha jugado un liderazgo crítico para la OTAN”, declaró el consejero de Seguridad de Estados Unidos, Jake Sullivan, un día antes. “Es un activo valioso para la Alianza”, concluyó.

La salida del noruego, después de ocho años en el cargo, estaba ya decidida y él mismo había sido ya elegido como próximo gobernador del Banco Central de Noruega a partir de finales de año, un puesto para el que se convocó un concurso al que él se había presentado. Stoltenberg es un político de larga trayectoria en el país nórdico, donde ha sido ministro de Finanzas y primer ministro, antes de llegar a Bruselas para dirigir la Alianza.

En principio, estaba previsto que la cumbre que la OTAN celebrará en Madrid en junio eligiera al sucesor a partir del 30 de septiembre. Incluso habían comenzado a sonar nombres, todos de mujer, porque había bastante consenso en que era el momento en que la mayor alianza militar tuviera una mujer al frente. Entre los nombres que se han oído estaban los de la ex primera ministra británica, Theresa May, la ex alta representante para la Política Exterior de la UE, Federica Mogherini o la exministra de Defensa alemana Annegret Kramp-Karrenbauer.

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Tras Francia y Eslovaquia, Ucrania es el país del mundo que más depende de la energía nuclear para cubrir su demanda eléctrica. En 2020, más del 50% de su electricidad provino de sus 15 reactores. A medida que avanza la invasión rusa y los enfrentamientos se aproximan a las instalaciones atómicas crece la preocupación de los organismos internacionales por el riesgo de desencadenar un accidente radiactivo de catastróficas consecuencias. Ucrania tiene experiencia: en abril se cumplirán 36 años del desastre de Chernóbil, el accidente nuclear más grave de la historia.

El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) está realizando un seguimiento estrecho de la situación desde el estallido del conflicto. Y en sus informes advierte: existe un “riesgo muy real de que las instalaciones con material radiactivo sufran daños durante el conflicto, con consecuencias potencialmente graves para la salud humana y el medio ambiente”. “Hago un llamamiento urgente y enérgico a todas las partes para que se abstengan de cualquier acción militar o de otro tipo que pueda amenazar la seguridad de estas instalaciones”, pidió este domingo el director general del OIEA, el argentino Rafael Mariano Grossi. El lunes, ante las informaciones que apuntaban al avance de las tropas rusas cerca de la mayor central nuclear del país, ubicada en Zaporiyia, Grossi insistió en sus advertencias: “Es extremadamente importante que las plantas de energía nuclear no se pongan en riesgo de ninguna forma”.

La Inspección Estatal de Regulación Nuclear de Ucrania (SNRIU) informó el fin de semana del impacto de misiles en las instalaciones de un centro de residuos radiactivos en Kiev, aunque sin daños en el edificio ni indicios de una liberación tóxica. Además, siempre según el OIEA, la sucursal en Kiev de la empresa estatal especializada Radon fue atacada, lo que obligó a su personal a refugiarse durante la noche del sábado al domingo. “Estas instalaciones suelen contener fuentes radiactivas en desuso y otros desechos de baja actividad de hospitales e industrias”, explica el OIEA.

Las preocupaciones no se centran tanto en las instalaciones de desechos radiactivos sino en los 15 reactores en activo (repartidos por cuatro centrales) con los que cuenta Ucrania. El OIEA esté siguiendo con “especial atención” la “seguridad tecnológica y física de sus reactores nucleares” en funcionamiento.

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Los combates en el sur de Ucrania se están acercando a la ciudad de Zaporiyia, donde se encuentra la mayor central nuclear del país y de Europa. Ambas fuerzas se disputan el control de esta central, según Reuters. Mientras que las autoridades rusas afirman haber tomado el sitio, la empresa ucrania que gestiona las instalaciones lo desmiente y afirma que sigue suministrando electricidad a todo el país. La central cuenta con seis reactores y tiene una potencia de 5.700 megavatios —Almaraz, la mayor de España, es de 1.100 megavatios—.

La OIEA afirmó este lunes que el Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania le había informado de que “las fuerzas rusas estaban operativas cerca de las instalaciones, pero no habían entrado” todavía en la planta. Grossi recalcó que se debe evitar cualquier acción militar o de otro tipo que pueda amenazar la seguridad de la planta.

Ya hubo enfrentamientos en la zona de exclusión de Chernóbil al inicio de la invasión. El Gobierno ucranio informó el jueves de un aumento de los niveles de radiación en la zona, que se atribuyó al paso de vehículos militares pesados que removieron el suelo contaminado. El OIEA aclaró que “las lecturas de radiación permanecieron bajas y no representaron ningún peligro para el público”. Además, las instalaciones seguían operando con normalidad este fin de semana.

El OIEA y el Grupo Europeo de Reguladores de Seguridad Nuclear (ENSREG) mantuvo el domingo una reunión con el regulador ucranio. Tras el encuentro, ENSREG emitió un comunicado de condena a la invasión rusa y pidió “la máxima moderación, para evitar cualquier acción que pueda poner en riesgo las instalaciones nucleares del país”. Este grupo coordinador, del que forma parte el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) de España, mostró su “gran preocupación” por los ataques con misiles directamente desde la zona de exclusión de Chernóbil. Y expresó una preocupación similar por el resto de instalaciones nucleares del país. Esta organización pidió que se deje al personal de las centrales “ejercer sus responsabilidades reglamentarias en materia de seguridad nuclear en todos los emplazamientos nucleares del país”.

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Después de ocho rondas negociadoras, Irán y Estados Unidos han acabado 2021 sin haber sido capaces de reactivar el acuerdo que puso coto al programa nuclear iraní. Las posturas de ambos están tan distantes que ni siquiera se sientan a la misma mesa en Viena (Austria), donde se celebran las conversaciones con la mediación de la UE y los otros países firmantes del pacto abandonado por la Administración de Donald Trump hace tres años. Numerosos analistas alertan de que no hay alternativa a la vía diplomática porque recurrir a la acción militar sería un desastre para ambos. El problema es que el tiempo apremia.

Al poco de iniciarse la octava ronda el pasado lunes, el ministro iraní de Exteriores, Hossein Amirabdollahian, dio a entender que se estaba avanzando. “Las conversaciones de Viena van en la buena dirección”, declaró a los periodistas antes de manifestar que el acuerdo dependía de la “buena fe” de la otra parte. Sin embargo, el negociador estadounidense, Rob Malley, ha asegurado que apenas quedan “unas semanas” para avivar el acuerdo si Irán continúa con su actual ritmo de actividades nucleares.

No está claro si el tono positivo de Amirabdollahian busca evitar que se responsabilice a Irán de una eventual ruptura del diálogo, o intenta enviar una señal de mayor flexibilidad ante la impaciencia de estadounidenses y europeos. Para estos, el desarrollo del programa iraní amenaza con dejar sin sentido el Plan Integral de Acción Conjunta (PIAC), el nombre oficial del pacto, que Joe Biden ha tratado de recuperar desde que llegó a la Casa Blanca en enero de 2021.

El progreso logrado en la primera mitad del año pasado quedó interrumpido con la elección del ultraconservador Ebrahim Raisí como presidente de Irán. La formación de un nuevo equipo negociador retrasó la vuelta a Viena hasta finales de noviembre. Desde entonces, los avances han sido imperceptibles, algo que tanto los funcionarios estadounidenses como europeos atribuyen a que el nuevo Gobierno ha rechazado los compromisos alcanzados por su predecesor, Hasan Rohaní.

La periodista iranoestadounidense Negar Mortazavi, autora de un podcast titulado Irán, admite que los nuevos gobernantes iraníes tienen “una postura más dura hacia Occidente, especialmente Estados Unidos, y también respecto a las negociaciones nucleares”. Para los conservadores, la decisión de Trump confirmó su recelo hacia cualquier compromiso con aquel país. Aun así, defiende que “quieren un acuerdo, y prefieren el PIAC [a otra alternativa], porque traerá alivio de las sanciones, la economía iraní está bajo mucha presión y para mejorarla, no hay otra forma”.

El problema es que las posiciones de partida de unos y otros son muy distantes. Teherán insiste en que se levanten todas las sanciones antes de frenar su actividad nuclear y quiere garantías de que un futuro presidente de EE UU no volverá a renegar del pacto. Mientras, Washington, bajo su exigencia de “cumplimiento por cumplimiento”, lo que quiere, según explica a EL PAÍS el analista político Ali Ahmadi, es que “Irán dé marcha atrás a los avances tecnológicos que ha hecho” desde que Trump se retiró del PIAC e impuso durísimas sanciones a Irán.

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La República Islámica respondió a esa política de “máxima presión” acelerando de forma significativa su programa atómico. Su calculado goteo de violaciones ha esquivado hasta ahora la denuncia del resto de los firmantes del PIAC (China, Rusia, Reino Unido, Francia, Alemania y la UE) ante el Consejo de Seguridad de la ONU, pero ha ido vaciando de contenido el acuerdo.

Según los últimos informes del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) —encargado de supervisar el cumplimiento técnico del acuerdo—, Teherán regresó a la mesa de negociaciones el pasado noviembre con 11 veces más de uranio enriquecido de lo permitido. Además, buena parte de ese combustible alcanza hasta el 60% de pureza, un grado muy por encima del 3,67% que le autorizaba el pacto y más cerca del 90% que se requiere para un eventual uso militar. El plazo para que Irán disponga de suficiente uranio enriquecido para una bomba atómica se ha reducido de un año a uno o dos meses.

De ahí el temor de los expertos a que la crisis nuclear que el PIAC trataba de evitar se haga realidad a principios de 2022. Algo distinto es la capacidad o la voluntad de convertir ese material en un arma. El director general del OIEA, Rafael Mariano Grossi, ha declarado que no tiene “ninguna información de que Irán cuente con un programa de armas nucleares o alguna actividad que lleve a un programa de armas nucleares”. Los dirigentes iraníes siempre han negado que sus ambiciones nucleares, que preceden a la fundación de la República Islámica en 1979, tuvieran objetivo militar.

Mortazavi reconoce que “la brecha es grande”, pero estima que “ambas partes son serias sobre querer la diplomacia y alcanzar un acuerdo”. En su opinión, la diferencia estriba en que Estados Unidos abandonó el acuerdo por completo, mientras que Irán “tardó un año en responder” y “no se ha salido del todo”. De ahí que considere que, si bien el pacto firmado en 2015 se mantiene “con respiración asistida”, todavía no está muerto.

La periodista insiste en la necesidad de que ambos hagan concesiones. Pero la desconfianza recíproca dificulta el primer paso. Tampoco ayuda la imagen distorsionada que cada uno tiene del otro. Estados Unidos sigue esperando que la presión económica fuerce la determinación de Teherán, mientras que los dirigentes iraníes han interpretado la retirada norteamericana de Afganistán como una prueba de que Washington no tiene estómago para una nueva guerra en Oriente Próximo. Ese empecinamiento en imponerse al otro bloquea cualquier salida.

Para Ahmadi, lo que hace que, a pesar de todo, Irán y EE UU “sigan negociando es que no hay una alternativa real al PIAC para ninguna de las partes”. Mortazavi coincide. “La alternativa a una solución diplomática será más costosa y peligrosa, ya que probablemente incluirá una escalada militar dañina tanto para Irán como para Estados Unidos, y otros países de Oriente Próximo”, asegura.

Según Ahmadi, Estados Unidos “hace mucho que sabe que los ataques militares solo retrasarán el programa y, al mismo tiempo, probablemente convenzan a Irán de que necesita una disuasión nuclear y que la política de máxima presión ha fracasado”. Por otra parte, Irán necesita que se levanten las sanciones para reavivar su economía. “Incluso sus lazos con China dependen de que las empresas chinas sepan que no van a ser sancionadas”, afirma el analista.

De ahí que una de las medidas que se han puesto sobre la mesa para acercar posiciones sea un entendimiento para que Irán congele su actividad nuclear a los niveles actuales a cambio de algunos beneficios económicos. Pero sea cual sea el resultado de las negociaciones, la investigación y el desarrollo que Teherán ha obtenido durante los dos últimos años es irreversible.

Detenciones controvertidas

Coincidiendo con el inicio de la octava ronda de las negociaciones nucleares, la familia de Benjamin Brière, un francés encarcelado en Irán, anunció el pasado lunes que este había iniciado una huelga de hambre para protestar contra sus condiciones de detención. Brière, de 36 años, fue arrestado en un parque natural del norte del país en mayo de 2020 y acusado de espionaje y propaganda contra el régimen iraní por “fotografiar zonas prohibidas”, algo que su familia rechaza.

Al menos una docena de ciudadanos con pasaportes occidentales, la mayoría binacionales, se encuentran detenidos en Irán. Varios grupos internacionales de derechos humanos consideran que se trata de una forma de presión para obtener concesiones. Al hilo de la huelga de hambre de Brière, algunos activistas recuerdan que todos los países democráticos que negocian con Teherán en Viena tienen algún ciudadano en esa situación. Tal es el caso de Nazanin Zaghari-Ratcliffe, Anush Ashuri y Morad Tahbaz (irano-británicos); Nahid Taghavi y Jamshid Sharmahd (irano-alemanes), y los irano-franceses Fariba Adelkhah y Nazak Afshar. Incuso el país anfitrión de las conversaciones, Austria, cuenta con los casos de Kamran Ghaderi y Massud Mossaheb. Pero Irán no reconoce segundas nacionalidades. 

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