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Las autoridades rusas reiteraron una y otra vez en los últimos dos meses que no había motivos de preocupación en torno a su despliegue militar porque estaba previsto que sus tropas abandonarían el flanco bielorruso con Ucrania tras concluir este 20 de febrero las maniobras Resolución Aliada. Pero este domingo se ha hecho oficial algo que era un secreto a voces: la tensión continuará, ya que no habrá retirada, una de las principales demandas de Kiev y de los países de la OTAN para apaciguar la muy volátil situación en Ucrania.

“Los presidentes de la República de Bielorrusia y de la Federación de Rusia han decidido seguir probando las fuerzas de respuesta del Estado de la Unión [la entidad supranacional que une a Moscú y Minsk]”, anunció a través de un comunicado el ministro de Defensa bielorruso, Víktor Jrenin, justo el día que debían volver a casa los 30.000 soldados enviados a la zona junto a numerosas armas pesadas y aviones y helicópteros de combate. La decisión ha sido justificada con “el aumento de la actividad militar cerca de las fronteras exteriores del Estado de la Unión y el empeoramiento de la situación en Donbás [la región separatista del este de Ucrania]”.

El Kremlin ha mantenido en los últimos meses un doble discurso sobre estas maniobras. Porque aunque las autoridades insistían en que estaba previsto que concluyeran este domingo, al mismo tiempo argumentaban que era su derecho soberano prolongarlas durante el tiempo que consideraran oportuno. El portavoz de Vladímir Putin, Dmitri Peskov, había asegurado tres días antes de la supuesta conclusión de las maniobras que las tropas rusas regresarían a sus bases. “Al acabar cada una de las fases de los ejercicios militares, estas regresarán a sus zonas de despliegue permanente”, afirmó Peskov, quien subrayó que este repliegue “está fuera de toda duda” aunque tomaría varias semanas completarlo.

Sin embargo, Moscú siempre jugó con la incertidumbre. El pasado 10 de febrero, tras el encuentro con la ministra de Exteriores británica, Liz Truss, el responsable de la diplomacia rusa, Serguéi Lavrov, ya dejó caer que podrían prorrogarse las maniobras porque “esto es un derecho soberano de cada Gobierno” aunque “el regreso de las tropas tras los ejercicios militares es lo habitual”. Lavrov consideró las preocupaciones estadounidenses y europeas “una comedia” porque auguró que tras el regreso de los soldados occidente “dirá con mucho ruido que ha logrado la desescalada con Rusia, aunque habrá vendido aire”.

El Kremlin desmintió también al presidente francés, Emmanuel Macron, que tras su gira por Kiev y Moscú a principios de febrero dijo a los jefes de Gobierno de Alemania y Polonia que Putin le había prometido que no habría más maniobras en Bielorrusia tras el 20 de febrero. “No son correctas”, respondió Peskov al ser preguntado por estas informaciones.

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Minsk y Moscú justifican la presencia militar ya no por unas maniobras programadas, sino por la posibilidad de una guerra con Ucrania. Kiev denunció el pasado 17 la intensificación de los bombardeos en la línea de contacto con las autodenominadas repúblicas separatistas de Donbás. El Gobierno ucranio mostró aquel día imágenes de varios emplazamientos civiles que habían sido alcanzados por las bombas. Un día después, las autoridades de Donetsk y Lugansk anunciaron la evacuación inmediata de sus civiles por la supuesta amenaza de un ataque ucranio. “Hoy, 18 de febrero”, llegó a decir uno de los jefes separatistas, Denis Pushilin, aunque se descubrió por los datos del vídeo que había sido grabado el 16, justo antes de los bombardeos.

129.000 soldados en la frontera, según Kiev

El ministro de Defensa ucranio, Oleksii Reznikov, cifró esta semana en unos 129.000 soldados la suma total del despliegue del ejército de tierra ruso alrededor de sus fronteras. El Kremlin, por su parte, argumenta que se trata solo de ejercicios militares y que estos grupos de combate están en su territorio. Aunque el Ministerio de Defensa ruso ha publicado estas semanas varios vídeos de la retirada de algunas unidades a sus bases tras concluir sus ejercicios, la OTAN no ha dado credibilidad al repliegue y ha subrayado que siguieron llegando otras tropas a las inmediaciones con Ucrania.

La escalada comenzó en noviembre del pasado año, cuando Washington denunció el aumento de las tropas observado por sus servicios de espionaje. En la primavera de 2021 hubo una escalada similar que fue desactivada por el encuentro del 16 de junio en Ginebra de los presidentes ruso, Vladímir Putin, y estadounidense, Joe Biden. Sin embargo, Washington constató que parte de las armas no fueron retiradas con el repliegue de las tropas a sus bases.

“El riesgo de un ataque (contra Ucrania) es muy alto”, advirtió este sábado el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en el canal alemán ARD. El máximo responsable de la Alianza Atlántica señaló que sus informaciones sugieren que Rusia “planea un ataque total” contra el país vecino y estaría preparando pretextos para ello.

Las advertencias sobre el despliegue ruso y la posibilidad de una guerra inminente no han gustado al Kremlin. Este domingo, el portavoz de Putin culpó a los países de la OTAN de alimentar el riesgo de un conflicto con sus avisos. “Esto conduce directamente a la tensión, y cuando se eleva al máximo, como ahora en la línea de contacto [de la región del Donbás], entonces cualquier chispa, cualquier incidente casual o cualquier provocación menor planeada pueden conducir a consecuencias irreparables”, opinó el representante de Putin en el canal Rossiya 1.

En plena escalada, el Kremlin sigue insistiendo en que el Gobierno ucranio debe conceder un estatus especial a las regiones separatistas del Donbás, uno de la docena de protocolos firmados en Minsk en 2015 que no se han cumplido hasta ahora. Durante la entrevista, Peskov dijo que Putin piensa que el líder ucranio, Volodímir Zelenski, es incapaz de cumplir su parte de los acuerdos, pero rechazó un encuentro entre ambos para buscar una solución. “No somos parte del conflicto”, aseguró el portavoz del presidente ruso, que esta misma semana recibió una iniciativa de la Duma Estatal para reconocer las repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk, territorios a los que el Kremlin no solo ha concedido asistencia financiera y militar todos estos años, sino también más de 700.000 pasaportes rusos.

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Vestido de camuflaje verde y marrón, Oleksiy Shevchuk se cuida de no pisar el camino que bordea la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, cubierto por un denso manto de nieve. “Así se ven mejor señales y rastros si alguien atraviesa”, avisa el primer subcomandante de la Guardia Fronteriza Ucrania de Dobryanka, mientras avanza por una estrecha senda perimetrada con un largo cable negro, que sirve de guía. “No se ven, están vestidos de blanco y gris para ocultarse mejor entre la nieve, pero tenemos desplegados hombres en esta zona”, asegura.

En Bielorrusia, al otro lado de la linde, decenas de miles de soldados rusos y bielorrusos han empezado las maniobras Resolución Aliada, que pueden reunir a más de 30.000 militares. Es el mayor despliegue ruso en Bielorrusia desde la Guerra Fría, ha alertado la OTAN. Con este último movimiento, que se une a los más de 100.000 militares que Rusia ha concentrado a lo largo de sus fronteras occidentales, desatando una mayúscula crisis de seguridad en Europa del Este, el Kremlin mantiene a Ucrania rodeada en todo su flanco oriental; como en una media luna de tropas.

En el cruce de Novi Yarylovychi, apenas unos cuantos camiones de mercancías y una familia cargada con fardos y bolsas de tela aguardan para atravesar desde Bielorrusia a través de la autopista E-95. Desde el punto de control hasta Kiev apenas hay 200 kilómetros, y recién asfaltados; dos horas y media en coche hasta la vibrante capital ucrania, la ruta más corta para una hipotética intervención, dicen los observadores. El jefe del Consejo de Seguridad de Ucrania, Oleksiy Danilov, asegura que no hay señales inmediatas de una agresión militar desde Bielorrusia, pero que no es descartable como posible “trampolín” para un ataque. Aunque los majestuosos bosques de pinos y abedules y el terreno pantanoso lo complicarían mucho, explica el subcomandante Shevchuk. “No siento la amenaza”, dice el militar, de 34 años.

Un guarda fronterizo ucranio patrulla en la linde con Bielorrusia.
Un guarda fronterizo ucranio patrulla en la linde con Bielorrusia.M. R. S.

Hasta hace no mucho, el Gobierno ucranio no había barajado la idea de reforzar su frontera con Bielorrusia, un país con el que históricamente ha mantenido buenas relaciones. Ahora, las cosas han cambiado por la cercanía del líder autoritario Aleksandr Lukashenko al presidente ruso, Vladímir Putin, y su dependencia cada vez mayor de Moscú, que le apoyó tras las protestas contra el fraude electoral y por la democracia que sacudieron la antigua república soviética en verano de 2020 y le sostiene con préstamos y gas a buen precio. “No importa lo que los demás quieran, devolveremos a Ucrania al redil del eslavismo”, dijo hace una semana Lukashenko en su discurso anual a la nación y al Parlamento. “Estamos obligados a hacerlo”, clamó el líder autoritario, que acusó a Occidente de intentar “ahogar” en sangre la hermandad ruso-ucrania. Aferrándose al salvavidas político que le ofrece Putin, prometió ir a la guerra por Moscú en caso de que Rusia fuera atacada.

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Con esa escena en el país vecino, Ucrania está ahora tratando de alguna forma de cubrir los 900 kilómetros de porosa frontera que le separan de Bielorrusia. En otoño, cuando Lukashenko orquestó la crisis migratoria, enviando a decenas de migrantes vulnerables hacia las fronteras de Polonia y Lituania en lo que la Unión Europea definió como una “guerra híbrida”, Kiev ya empezó a enviar refuerzos a la linde con el país vecino. Desplegó entonces a unos 8.500 soldados en patrullas formadas por policías de fronteras, guardia nacional y militares; aunque el grueso de las fuerzas militares ucranias sigue teniendo el foco en la protección de la línea de demarcación del Donbás, donde la guerra con los separatistas prorrusos apoyados por Moscú va a cumplir ocho años.

Hoy apenas se ven patrullas, aunque, según el jefe del Consejo de Seguridad, se están acelerando los despliegues y la entrega de munición, combustible y suministros. También se usan drones y puntos de observación, comenta la oficial de seguridad fronteriza Oleksandra Stupak. El 70% de la frontera está ya protegida con barreras, concertinas u otras estructuras, asegura el departamento de seguridad fronteriza. “De momento no vemos fuerzas bielorrusas o rusas cerca del puesto. Si viene alguna amenaza, el tiempo de reacción es rapidísimo”, asegura la oficial.

Puesto fronterizo de Novi Yarylovychi, Ucrania.
Puesto fronterizo de Novi Yarylovychi, Ucrania.M. R. S.

La patrulla ha colocado, además, una enorme estrella de hierro al costado de la carretera, junto al punto de control, para desplegarla como barricada en caso necesario. “Tenemos que estar especialmente alerta a las provocaciones”, dice el subcomandante Shevchuk, sin entrar en detalles. Este jueves, el Gobierno bielorruso ha acusado a Ucrania de espiar una instalación militar con un dron. Kiev ha desestimado las acusaciones y ha asegurado que se trata de “provocaciones”.

‘Maskirovka’ o maniobra de engaño

A suelo bielorruso lleva semanas llegando material militar desde Rusia para las dos fases de maniobras que está previsto que finalicen el 20 de febrero y que Moscú y Minsk han descrito como entrenamientos para “repeler la agresión extranjera”. Sobre el terreno, dice la OTAN, Moscú ha desplegado ya fuerzas de operaciones especiales (spetsnaz), aviones de combate SU-35, sistemas de defensa aérea S-400, misiles Iskander con capacidad nuclear, tanques y otros vehículos blindados. El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha acusado a Moscú de llevar a cabo otra acumulación de tropas “bajo el disfraz de maniobras” y envolver con ella a Ucrania. “Estas son tropas altamente capaces y listas para el combate, y no hay transparencia en estos despliegues. Se suma a las tensiones y demuestra que no hay desescalada. Por el contrario, en realidad son más tropas, más capacidades en más países”, dijo hace unos días en Bruselas.

El Kremlin, ha afirmado el ministro de Defensa ucranio, podría usar el territorio de Bielorrusia para amenazar no solo a Ucrania, sino a “toda Europa”. A algunos analistas militares les preocupa también que Moscú pueda emplear estos ejercicios militares —fuera de su calendario— para hacer una maniobra de engaño (lo que los rusos llaman maskirovka), posicionando fuerzas para una invasión bajo la tapadera de las prácticas militares, cuando acaben en algo menos de 20 días.

Este jueves, el ministro de Defensa ruso, Serguéi Shoigú, ha pasado revista a las tropas conjuntas de Resolución Aliada en Bielorrusia, donde tenía previsto reunirse con Lukashenko. Rusia niega que tenga intención de realizar una nueva agresión militar en Ucrania y ha acusado a la OTAN y a los aliados occidentales de Kiev de fomentar la tensión, armar a los ucranios para incitar a que intervengan militarmente para recuperar Donetsk y Lugansk y preparar “provocaciones”.

Putin ha exigido a la Alianza Atlántica y a Estados Unidos —a quien ha tomado como interlocutor ignorando a la Unión Europea— que se retire toda fuerza de Europa del Este, Asia Central y el Cáucaso, que considera su esfera de influencia, y que retire la invitación de membresía de la OTAN a Ucrania y a Georgia. En respuesta, Washington y la Alianza ofrecen a Moscú acuerdos de desarme, según los documentos a los que tuvo acceso EL PAIS; una oferta que Putin cree decepcionante.

Incluso con la acumulación de tropas en Bielorrusia, los expertos y el Gobierno ucranio consideran que Moscú aún no tiene números suficientes para una intervención a gran escala. Aunque hay otros escenarios sobre la mesa. Y uno de ellos implica también a Minsk. Y no solo como “trampolín”, como apuntaba el jefe del Consejo de Seguridad de Ucrania. El Kremlin ha amenazado con tomar medidas “político-militares” si no se atiende a sus demandas. Y una de esas medidas podría ser colocar armas nucleares en territorio bielorruso, que hace frontera con tres países de la OTAN (Polonia, Letonia y Lituania), además de con Ucrania.

La ciudad de Chernihiv, Ucrania, el pasado lunes.
La ciudad de Chernihiv, Ucrania, el pasado lunes.M. R. S.

En Chernihiv, a 60 kilómetros de los postes de madera y el alambre de púas que ribetean parte de la frontera, Nastia Lutshchenko dice que no le preocupa una posible invasión en absoluto. “Hace tiempo que dejé de ver las noticias. Prefiero no creer todo esto de la amenaza. No tengo miedo ninguno”, dice la joven de 25 años, empleada en una tienda de golosinas del centro de la ciudad, de 285.000 habitantes. En el terraplén de la catedral de Santa Catalina, donde decenas de niños y jóvenes se lanzan con trineo, Alexandr Skorapick, de 36 años, tampoco siente especial presión. “Es todo una gran paranoia. Todo está bajo control, llevamos viviendo así con esta tensión por la guerra del Este desde 2014″, dice Skorapick, gerente en una planta textil, que espera que las maniobras de Bielorrusia no deriven en nada más. “Además, qué iban a hacer en Chernihiv, una ciudad pequeña…”, plantea.

Dmytro Naumenko, director de la ONG de derechos humanos M.A.R.T., tiene una opinión algo más sombría. Le preocupa más la posibilidad de que Moscú coloque a escasos kilómetros armas nucleares. “Ese problema además, sería un problema para toda Europa no solo para Ucrania, aunque todo en esta guerra lo es”, apunta. En la unidad de cáncer del hospital infantil regional de Chernihiv, el oncólogo Egor Pavlenko comenta que prefiere no pensar en escenarios de una guerra caliente. Las maniobras de desestabilización o cibertaques ya serían suficientemente malos. Como la mayoría en Chernihiv, cree que no hay peligro y que toda esta escalada es un inmenso juego político de Putin. “Siempre hay que estar alerta, pero de momento no hay ningún plan de contingencia especial”, afirma, “y eso es buena señal”.

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En un ambiente cada vez más eléctrico por la acumulación de tropas rusas junto a las fronteras ucranias y las alertas de Occidente sobre otra invasión al estratégico país del este, Moscú eleva la tensión con nuevas maniobras militares conjuntas con Bielorrusia. Los ejercicios, que empezarán el 10 de febrero, añaden otro punto caliente al escenario en Ucrania, que comparte alrededor de un millar de kilómetros de fronteras con Bielorrusia, y se suman a otras maniobras rusas en el mar Negro, el Caspio y regiones del sur del Cáucaso próximas a Georgia. Blindados rusos han comenzado este martes a llegar a Bielorrusia. Se unen al movimiento de trenes cargados de decenas de vehículos y armamento que siguen avanzando desde lejanos puntos de Rusia hacia las fronteras orientales.

El Reino Unido, mientras, envió armas a Ucrania, un apoyo “defensivo” en respuesta al “comportamiento cada vez más amenazante de Rusia”, según el responsable de Defensa británico, Ben Wallace. “Hemos tomado la decisión de suministrar a Ucrania sistemas ligeros de armas defensivas antitanque”, dijo Wallace, que invitó a su homólogo ruso, Serguéi Shoigu, a Londres para conversaciones.

Además, “un pequeño número” de especialistas británicos entrenará al ejército ucranio en el uso del armamento suministrado. Instructores de Reino Unido han estado en Ucrania desde 2015, en programas de entrenamiento de las fuerzas armadas y Londres también ha vendido barcos a Kiev y le ha proporcionado un préstamo de unos 2.000 millones de euros para modernizar su armada. Rusia considera una provocación los acuerdos de defensa de Ucrania con sus aliados de Occidente y también la presencia de especialistas militares en el país que va a cumplir ocho años de guerra en la región del Donbás con los separatistas prorrusos apoyados militar y políticamente por el Kremlin. La última guerra de Europa se ha cobrado ya unas 14.000 vidas.

Las maniobras militares de los ejércitos ruso y bielorruso —las segundas importantes de este año, tras las del pasado septiembre— se realizarán entre el 10 y el 20 de febrero. Con el nombre de Determinación Aliada-2022, se desarrollarán en dos puntos: el borde occidental de Bielorrusia, cerca de Lituania y Polonia (ambos miembros de la OTAN), y a lo largo de la frontera con Ucrania, un escenario que la inteligencia de Kiev y de Occidente ya habían anticipado como uno de los puntos posibles de entrada de la amenaza rusa, cuando Minsk y el Kremlin están cada vez más cerca. También temen que estas maniobras sean una treta para colocar de manera semi-permanente botas rusas en Bielorrusia.

Moscú no ha revelado cuántos soldados participarán en las maniobras ni cuánto armamento pesado se va a trasladar, aunque el viceministro de Defensa ruso, Alexander Fomin, apuntó en una sesión informativa este martes con agregados militares que planea enviar 12 cazas Su-35 avanzados y dos baterías de sistemas antiaéreos S-400. Participarán en medidas de búsqueda y destrucción de “formaciones ilegales” y la defensa de la frontera contra “grupos armados de militantes”, según remarcó Fomin, citado por la agencia estatal Tass.

Aleksandr Lukashenko, que gobierna con mano de hierro Bielorrusia desde hace décadas, aseguró el lunes que las maniobras militares conjuntas son necesarias debido al supuesto incremento de fuerzas de la OTAN en Polonia y los Bálticos y por el aumento de soldados ucranios junto a las fronteras con Bielorrusia, una linde bastante porosa que Kiev empezó a reforzar recientemente. Lukashenko, que tradicionalmente había sido un amortiguador entre Rusia y Occidente, está cada vez más cerca del presidente ruso, Vladímir Putin, su apoyo fundamental desde las protestas contra el fraude electoral y por la democracia que sacudieron Bielorrusia en 2020 y que reprimió con dureza.

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El Gobierno ucranio ya ha advertido de que Rusia puede lanzar un nuevo ataque —en 2014 se anexionó la península de Crimea con un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional y celebrado con presencia militar rusa— desde varias direcciones, incluido desde Bielorrusia. Según los cálculos de la inteligencia ucrania y la de EE UU, Rusia ha concentrado unos 80.000 soldados junto a las fronteras ucranias y varios miles más en Crimea. Creen también que el Kremlin no ha tomado aún una decisión sobre otra intervención militar, pero también sostienen que podría estar esperando a que el lodoso suelo de sus fronteras orientales y el este de Ucrania se congele para operar sin problemas con los vehículos pesados.

Moscú, mientras, niega planes de invasión, argumenta que puede movilizar a sus tropas con total libertad dentro de sus fronteras y que lo hace por la “amenaza creciente” de la OTAN. Putin exige a la Alianza Atlántica y a Estados Unidos garantías por escrito de que Ucrania y otros países miembros de la antigua URSS (como Georgia) no se unirán a la organización, pese a que recibieron la invitación en 2008; una invitación que está lejos de materializarse.

El Kremlin busca, además, algún tipo de acuerdo legal que obligue a la OTAN a retirarse a las posiciones que ocupaba en 1997. Moscú, Washington y la Alianza han mantenido conversaciones diplomáticas este mes sobre el tema sin llegar a ninguna solución para desescalar una situación cada vez más caldeada.

Cuando la tensión aumenta, el Ministerio de Defensa de Ucrania ha anunciado este martes que acelerará los planes para formar batallones de reservistas, que permitirán el despliegue rápido de unos 130.000 reclutas para sumar a su ejército de unos 240.000 militares; batallones que incluirán a voluntarios de las Fuerzas de Defensa Territorial, a las que se han apuntado personas de entre 18 y 60 años.

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Las autoridades polacas, en colaboración con la Europol, han desarticulado una organización internacional que transportaba personas de forma ilegal, desde la frontera polaco-bielorrusa hasta Alemania. La Fiscalía Nacional polaca ha informado este viernes de que, desde el martes, 20 personas han sido detenidas acusadas de formar parte de esa banda criminal con base en Polonia y contactos en Alemania, cuyo fin era introducir a los migrantes irregulares en territorio polaco -país miembro de la Unión Europea- para conducirlos después a suelo alemán.

De acuerdo con la información facilitada por la oficina del fiscal de la ciudad de Zamosc (este de Polonia), desde que la organización comenzó a operar en septiembre de 2021, llegó a obtener 8,7 millones de euros, la mitad de los cuales fue a parar a los llamados “mensajeros”– personas encargadas de trasladar hasta Alemania a los migrantes–. Según las investigaciones del Ministerio Público polaco, la banda utilizaba como colaboradores a vecinos de pueblos polacos fronterizos con Bielorrusia, quienes les facilitaban información sobre la vigilancia policial a cambio de dinero.

Antes de ser trasladados a Alemania, y tras pagar entre 3.000 y 6.000 euros por persona, los migrantes eran llevados a pisos controlados por la banda en las ciudades polacas de Varsovia, Lodz, y Wroclaw. En el momento de su detención, los nueve responsables principales de la organización criminal tenían en su poder unos 140.000 euros en diferentes monedas.

Desde septiembre de 2021, un número indeterminado de personas, que la Guardia Fronteriza polaca calcula en más de 40.000, ha intentado cruzar de forma irregular a Polonia desde Bielorrusia. La crisis fue calificada por el Gobierno de Polonia como una “guerra híbrida”, instigada por el régimen del presidente Aleksandr Lukashenko desde el país vecino. Tras la afluencia de miles de migrantes en los confines entre los dos países, Varsovia declaró el estado de emergencia en su frontera con Bielorrusia desde octubre hasta diciembre de 2021, antes de reformar una ley para permitir al ministro de Interior extender indefinidamente las restricciones de acceso a la zona fronteriza sin necesidad de prorrogar esa medida extraordinaria. El país aún impide la entrada y el tránsito por la zona fronteriza a personas no residentes en las más de 200 poblaciones aledañas, un veto que ha hecho extensivo a periodistas y organizaciones humanitarias.

Esta situación ha provocado las críticas de organizaciones independientes, como Médicos sin Fronteras, que anunció hace unos días que dejará de operar allí debido a estas dificultades. Pese a ello, el Gobierno polaco mantiene desplegados unos 15.000 efectivos en la frontera y proyecta concluir a mediados de este año la construcción de un muro fronterizo de más de 200 kilómetros, equipado con medidas electrónicas de vigilancia, para impedir las infiltraciones de migrantes en situación irregular.

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