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El Consejo de Seguridad de la ONU ha abordado este viernes la denuncia de Rusia de supuestas “actividades militares biológicas de Estados Unidos en el territorio de Ucrania”, algo que Washington y Kiev niegan. Al contrario que en convocatorias anteriores, basadas en asuntos concretos, el máximo órgano ejecutivo de la organización se ha hecho eco de acusaciones sin pruebas sobre armas de destrucción masiva, como hiciera en vísperas de la guerra de Irak, en 2003. De la reunión de hoy se derivan inquietantes cuestiones: el privilegiado altavoz de la ONU para “una campaña de desinformación y propaganda”, como ha sido calificada por la mayoría de los 15 miembros; la autocrítica de algunos países, como Irlanda y el Reino Unido, al lamentar incluso la convocatoria por dar pábulo al mensaje del Kremlin, y la confrontación directa de Rusia con EE UU.

Según han denunciado los países occidentales en el Consejo, la propaganda y la desinformación han dado hoy un paso más allá en el sancta sanctórum de la ONU. La sesión extraordinaria fue convocada este jueves a petición de Rusia, miembro permanente del Consejo y por tanto con derecho de veto. Tras media docena de reuniones en los últimos días, todas ellas no concluyentes, el Consejo no tenía prevista actividad alguna este viernes hasta que la solicitud rusa forzó la agenda. De los 15 miembros, sólo China, también con derecho de veto, se ha hecho eco de la teoría rusa, instando al Consejo a abordar “adecuadamente las preocupaciones de Rusia” mientras desviaba la atención al subrayar la inquietud de la comunidad internacional por los “336 laboratorios biológicos militares de EE UU”.

Pese a la insistencia de la alta representante de ONU para desarme, Izumi Nakamitsu, en que la ONU “no tiene conocimiento de ningún programa de armas biológicas” en Ucrania, y que en cambio la posibilidad de un accidente en las centrales nucleares “crece día a día”, el embajador ruso ante la ONU, Vasili Nebenzia, ha repetido, sin presentar pruebas, el argumentario del Kremlin, que asegura que su Ejército ha descubierto en Ucrania evidencias de una “eliminación urgente” de huellas. “En Ucrania había una red de 30 laboratorios biológicos supervisados por EE UU en los que se realizaban experimentos muy peligrosos, y cuyos resultados eran remitidos a instituciones de EE UU. El objetivo era estudiar la posibilidad de propagar los patógenos de peste, ántrax y cólera a través de pájaros, murciélagos y personas”. Nebenzia sostuvo que los documentos están en poder del Ministerio de Defensa ruso.

La embajadora de EE UU ante la ONU, Linda Thomas-Greenfield, respondió a las acusaciones de manera tajante. “Rusia ha pedido la reunión con el único propósito de mentir y propagar desinformación”, declaró, recordando que es Rusia la que usa este arsenal, como demuestran los ataques con agentes nerviosos a opositores como Alexéi Navalni, que fue envenenado en 2020, y el exespía Serguéi Skripal, condenado por alta traición, y su hija Yulia, dos años antes. “Rusia está intentando crear una realidad alternativa, por ejemplo cuando desmiente haber bombardeado el hospital maternal de Mariúpol. Lo preocupante es que la petición rusa de esta reunión es potencialmente un esfuerzo de falsa bandera [una acción hostil orquestada para culpar al enemigo], justo lo que habíamos estado advirtiendo”.

La embajadora del Reino Unido, Barbara Woodward, señaló que el Consejo de Seguridad está para abordar las amenazas a la paz y la seguridad mundiales, no para discutir asuntos que muy diplomáticamente calificó de “privados de sentido”. “Rusia se hunde en nuevas profundidades hoy”, dijo sobre la ofensiva del Kremlin. El embajador Nebenzia lamentó en la réplica que el Consejo no abordara seriamente las denuncias de Moscú.

La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, rechazó este jueves la existencia del programa de colaboración biológico e incluso advirtió de que la acusación pueda constituir un falso pretexto para usar armas químicas o biológicas en Ucrania, en respuesta a la amenaza de los supuestos laboratorios. “Rusia tiene un gran programa de armas biológicas y químicas” y un “historial de inventar mentiras”, declaró este jueves. Horas después, el propio presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, rechazaba la existencia en su país de armas químicas “ni otras armas de destrucción masiva”, afirmando que tales acusaciones son parte de la propaganda rusa. “Esto me preocupa realmente porque si tú quieres saber cuáles son los planes rusos, debes fijarte en lo que acusan a otros”, manifestó Zelenski en un vídeo.

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Pese al objetivo propagandístico ruso, no es la primera vez que el señuelo de la existencia de armas de destrucción masiva llega al Consejo de Seguridad de la ONU. El caso más sonado y trágico fue el del arsenal supuestamente en poder de Sadam Husein, cuya presunta existencia justificó la guerra de 2003, seguida por la invasión de Irak. El Consejo aprobó el 8 de noviembre de 2002 la resolución 1.441, “reconociendo la amenaza que (…) la proliferación de armas de destrucción masiva y misiles de gran alcance plantean para la paz y la seguridad internacionales”.

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El Gobierno de Kiev elevó este domingo a 11.000 el número de soldados rusos muertos desde que Moscú comenzó la invasión de Ucrania, el pasado 24 de febrero. La cifra es 22 veces más alta que la reconocida hasta ahora por el Kremlin, que solo ha confirmado la muerte de 498 miembros de su Ejército. Lo hizo el 2 de marzo —y no se ha vuelto a pronunciar al respecto—, el mismo día en que Ucrania afirmaba que las bajas entre las filas rusas ascendían a 5.840, casi 10 veces más. Y ninguna de las dos versiones se aproxima al recuento que maneja Estados Unidos, entre 1.500 y 2.000 militares rusos caídos en los primeros cuatro días del conflicto.

Esta distorsión en el balance de fallecidos, que también se extiende al número de muertos entre la población civil y entre los soldados ucranios, evidencia la otra guerra en ciernes: la del relato de lo acontecido. “La propaganda no se dirige solamente hacia el exterior sino también hacia el interior, tanto hacia la propia población civil que sostiene el esfuerzo de la guerra como hacia los miembros de los Ejércitos que la llevan a cabo”, analiza Alejandro Pizarroso Quintero, experto en propaganda, en el artículo Aspectos de propaganda de guerra en los conflictos armados más recientes.

Precisamente las diferencias en las cifras de soldados muertos esgrimidas por Kiev y Moscú explican el relato que cada uno de los dos países quiere ofrecer a los suyos. Ucrania, que asegura haber abatido a 11.000 soldados rusos mientras que apenas habla de víctimas entre sus tropas, alienta a su población al exaltar el éxito de la resistencia. Rusia, en cambio, reconoce un número relativamente pequeño de fallecidos entre sus filas, al tiempo que habla de unos 2.000 militares ucranios muertos y elude hablar de muertos entre los civiles. Su objetivo principal es fomentar el apoyo de la opinión pública rusa al ataque ordenado por el presidente Vladímir Putin contra el país vecino.

Sin embargo, determinar qué datos son los correctos es una tarea ardua, especialmente en un conflicto armado, con un acceso muy limitado, cuando no nulo, de observadores independientes a las zonas de combate. Según los últimos datos publicados por la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de Naciones Unidas (OHCHR, por su sigla en inglés), desde el inicio del conflicto hasta este domingo han muerto 364 civiles, —de ellos, 25 niños— y otros 759 han resultado heridos. El balance solo incluye 13 muertos y 52 heridos más que el último informe del organismo, publicado tan solo dos días antes, pese al recrudecimiento de los combates y los bombardeos rusos contra zonas civiles. Solo la última actualización del Gobierno ucranio, hecha el 2 de marzo, ya elevaba el número de víctimas mortales a más de 2.000.

“Las cifras reales serán considerablemente más altas, ya que la recepción de información se retrasó en algunas localidades donde se han producido intensas hostilidades”, ha reconocido la OHCHR, que sigue un riguroso trabajo de verificación para certificar el número exacto de víctimas. Es precisamente la labor hercúlea de identificar a cada fallecido lo que explica que en dos días solo hayan podido certificar 13 nuevas muertes.

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Y en mitad de la guerra, en el mejor de los casos, las partes en conflicto recurren con frecuencia a las estimaciones. Ocurrió el pasado 28 de febrero, cuando el Ejército ruso comenzó a bombardear la ciudad ucrania de Járkov. Las primeras informaciones que comenzaron a circular citaban un mensaje publicado en Facebook de Anton Gerashchenko, asesor del Ministerio del Interior ucranio, que aseguraba que “decenas de personas” habían muerto en los ataques con misiles de las fuerzas rusas. Es decir, una horquilla de entre 21 y 99 civiles, factible por el nivel de destrucción. La nota fue recogida por decenas de medios internacionales. Sin embargo, el balance consensuado aquel día fue finalmente de 10 víctimas mortales en esta ciudad ucrania.

El poder de los números

“Vivimos en un mundo hipernumérico preocupado por la cuantificación. Por lo tanto, medir algo, o al menos pretender hacerlo, es anunciar su existencia y señalar su importancia y relevancia política”, analizan Peter Andreas y Kelly M. Greenhill en el libro Sex, Drugs and Body Counts (Sexo, drogas y recuento de cuerpos, Cornell University Press). Pero, además, los números tienen, según consideran los expertos, el poder de dar credibilidad a quien los maneja y de impulsar o frenar la toma de decisiones, con independencia de que sean o no ciertos. Según recuerda Grenhill, el expresidente estadounidense Bill Clinton “pareció predicar su apoyo a la guerra de Irak sobre la base de una evaluación errónea e inflada de lo que provocó la falta de acción decisiva [por parte de Occidente] en la guerra de Bosnia (1992-1995)” durante un discurso en el Festival de Ideas de Aspen de 2007. El exmandatario dijo entonces que en Bosnia habían muerto unas 250.000 personas, una catástrofe que se debía evitar en Irak. Sin embargo, señala la investigadora, la cifra parece “más próxima a 97.000″, aunque todavía hoy en día se siguen publicando informaciones que aluden al número mayor.

Una vez que una cifra penetra en el imaginario colectivo, especialmente si es muy alta, es difícil desterrarla por el poder de credibilidad de los números del que hablan Andreas y Greenhill. Un ejemplo clásico son los resultados de un informe de 1996 de Unicef, según el cual, “en la última década al menos dos millones de niños habían muerto en conflictos armados”. El balance ha seguido pareciendo hasta pocos años en distintas publicaciones, pese a que el período al que aludía Unicef es el comprendido entre 1986 y 1996.

“Los datos de víctimas no son simplemente un conjunto de números abstractos, sino que representan seres humanos individuales”, insiste fuentes de la OHCHR. Contabilizarlos de manera correcta, añaden, es “crucial” para reclamar responsabilidades posteriores y dignificar a cada una de las víctimas.

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