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El pasado 24 de febrero, Vladímir Putin, presidente de Rusia, anunció su decisión de invadir Ucrania a través de un discurso grabado en su despacho. En él, aseguró que “la ‘desnazificación’ de Ucrania” era uno de los motivos principales de la agresión militar. Además, el líder ruso ha repetido esta idea en todas sus intervenciones durante el transcurso del conflicto. Este vídeo explica por qué Putin ha utilizado este término tan a menudo para justificar la guerra, atacar al Gobierno de Volodímir Zelenski, presidente ucranio, y etiquetar como nazi a todo el país invadido.

La periodista de Internacional de EL PAÍS, Patricia R. Blanco, y especialista en desinformación, analiza en este vídeo los puntos clave del relato que el mandatario ruso ha tratado de implantar en toda la ciudadanía de su país. También comenta qué ha llevado a Putin a elegir esta apelación al régimen alemán de Adolf Hitler que provocó la Segunda Guerra Mundial —entre 1939 y 1945—. Blanco detecta y señala las falsedades que contiene el argumentario del presidente ruso y expone qué razones le han llevado a usarlo en cada una de sus apariciones públicas desde que declaró la guerra al país vecino.

¿Es útil esta estrategia? ¿Ha funcionado anteriormente? Como se detalla en el vídeo, ejemplos como la ocupación de Crimea en 2014 y su posterior anexión a la Federación de Rusia sirven como precedentes para entender el discurso que Putin ha articulado en torno a la vieja Unión Soviética —que llegó a ser la principal potencia del mundo junto a Estados Unidos— y su posterior descomposición con la caída del muro de Berlín. ¿Cómo ha utilizado la historia de Rusia en su discurso? Blanco responde a todas estas preguntas y desgrana la intención que tiene Putin al evocar el nazismo para defender su ataque a Ucrania.

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El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, se dirigió este miércoles al Congreso de Estados Unidos con un discurso dramático, mientras las bombas seguían golpeando a su población, para implorar más ayuda militar que frene la sangrienta invasión rusa. Vestido con camiseta color caqui militar y con el rostro cansado, Zelenski invocó grandes traumas históricos estadounidenses como la matanza de Pearl Harbor y los atentados del 11-S para convencer al más poderoso de sus aliados de dar un paso más y, entre otras medidas, activar una zona de exclusión aérea para impedir los ataques de aviones rusos sobre Ucrania. “Os necesitamos ahora. Os pido que hagáis más”, clamó. “Hoy ser el líder del mundo significa ser el líder de la paz”, recalcó, apelando a Joe Biden.

El líder norteamericano compareció horas después en la Casa Blanca y firmó la entrega de 800 millones de dólares (unos 727 millones de euros) adicionales de ayuda militar a Ucrania, que forma parte del gran programa aprobado de 13.600 millones (12.370, en euros) la semana pasada por el Congreso. Además de munición y sistemas de misiles, incluirá drones. Biden saludó el “excepcional” discurso del ucranio y aseguró, en respuesta directa al mandatario: “Vamos a hacer más en los próximos días y semanas”.

Zelenski, que intervino por videoconferencia, no es el primer líder extranjero que habla al Capitolio —antes lo han hecho un puñado de franceses y británicos, la alemana Angela Merkel, el papa Francisco o Nelson Mandela—, pero pocas intervenciones alcanzan el calado histórico de la intervención de la mañana de este miércoles, llevada a cabo en el vigésimo primer día de guerra. Ochenta años atrás, el 26 de diciembre de 1941, fue Winston Churchill quien tocó a rebato ante los legisladores de Washington. Estados Unidos acababa de entrar en la II Guerra Mundial, a raíz del bombardeo de la base naval estadounidense de Pearl Harbor (Hawái) por parte de Japón.

El líder ucranio agitó ese recuerdo desde la pantalla ante los congresistas y senadores de Estados Unidos, que le escuchaban reunidos en sesión conjunta en el vestíbulo de visitantes del Capitolio, pues el vídeo en gran formato no se podía reproducir en la sala de plenos. “Ahora os necesitamos, os pido que recordéis Pearl Harbor, cuando fuisteis atacados. Recordad el 11-S”, subrayó. Zelenski ha solicitado a las potencias occidentales más sanciones, más armamento (especialmente aviones) y, lo más controvertido, su involucración en la defensa aérea del país, lo que pasa por la tan traída y llevada activación de una zona de exclusión aérea, que Occidente, por el momento, rechaza para tratar de evitar una escalada.

“Pedimos ayuda para poner fin a este terror. ¿Es demasiado pedir que cierren el cielo para salvar la vida de las personas?”, exclamó el presidente. Grosso modo, una zona de exclusión aérea consiste en prohibir todos los vuelos militares en una determinada área, lo que implica que cualquier aparato que entre en la zona de exclusión puede ser derribado. Rusia ha advertido de que consideraría esa medida una declaración de guerra por parte de la OTAN.

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El dirigente advirtió de que no es solo Ucrania lo que el líder ruso Vladímir Putin ha atacado desde que lanzó la invasión, el 24 de febrero, sino Europa y los valores democráticos en todo el mundo. “Ahora mismo se decide el destino” de Ucrania, dijo, pero también “valores humanos” universales. ”En el momento más oscuro para nuestro país, para toda Europa, os pido que hagáis más. Se necesitan nuevos paquetes de sanciones, constantemente, todas las semanas, hasta que se detenga la máquina militar rusa”, subrayó.

Pronunció la mayor parte de su discurso en ucranio, pero terminó en inglés para apelar directamente a Biden: “Usted es el líder de su gran nación. Quiero que sea el líder del mundo y ser el líder del mundo hoy significa ser el líder de la paz”.

El nombre de Zelenski, un excómico de profesión de 44 años que llegó al poder tras arrasar en las elecciones de 2019, ya había sonado muchas veces en ese Capitolio antes de esta guerra. Las presiones que el líder ucranio recibió del presidente Donald Trump —incluyendo la congelación de las ayudas militares— para tratar de perjudicar la carrera electoral de Biden en 2020 motivó el primer juicio de impeachment contra el republicano. La historia ha querido colocarlo este miércoles, de nuevo y en una situación más amarga, en el centro del templo de la democracia estadounidense. Esta vez, sin embargo, republicanos y demócratas han encontrado en la crisis de Ucrania uno de los escasos puntos de consenso, y el presidente ucranio ha logrado una ovación unánime.

El Congreso ha presionado a Biden desde el principio de la crisis para que aprobase sanciones contra Putin y redoblase las ayudas a la antigua república soviética. La semana pasada salió adelante, por amplia mayoría, un programa de gasto gubernamental que incluye alrededor de 12.370 millones de euros adicionales para el país, en materia de apoyo humanitario y militar. Varios legisladores también se han pronunciado a favor del envío de cazas para que Ucrania pueda utilizarlos, algo con lo que no están de acuerdo los aliados, pero la zona de exclusión aérea apenas concita consenso.

“Haremos que Putin pague el precio”, ha prometido Biden desde la Casa Blanca, tras el discurso de Zelenski. La partida de 727 millones de euros en material de guerra se suma a los 318 millones aprobados tras la invasión, que a su vez se habían añadido a los 590 millones de euros que Estados Unidos ya había destinado a la seguridad de Ucrania el año pasado.

Ucrania no es un país miembro de la OTAN y por eso los países de la Alianza (Estados Unidos, la Unión Europea, Reino Unido, Canadá, entre otros) rechazan enviar a sus tropas a luchar del lado ucranio, pero sí han respondido a Rusia con un arsenal de sanciones económicas sin precedentes y han entregado a Kiev recursos para su defensa.

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En lo alto del Palacio de Montecitorio, sede de la Cámara de Diputados de Italia, hay una campana que solo suena una vez cada siete años. El jueves por la tarde, a las 15.15, el badajo le sacó el polvo al artefacto y comenzó la música que anuncia el comienzo de la más alta ceremonia institucional de Italia. En ese momento, el presidente de la República, Sergio Mattarella, salió de su despacho en el Palacio del Quirinal y recorrió los 900 metros que lo separaban del Parlamento. Justo cuando entró, acompañado de los presidentes de ambas cámaras, la campana dejó de sonar y solo volvió a hacerlo cuando el mismo hombre juró sobre la Constitución como nuevo jefe del Estado, reelegido el pasado sábado tras el caótico intentó por buscarle un sucesor.

El presidente de la República realizó un discurso de 37 minutos, profundo y lleno de referencias progresistas —inmigrantes, mujeres, trabajadores…— en el que tuvo tiempo hasta de acordarse de la actriz Monica Vitti, fallecida 24 horas antes. Un canto a la “dignidad” de un país, señaló, que pasa por el respeto y los principios sagrados de la democracia, de la justicia social y de la centralidad de su Parlamento.

De no haber aceptado un segundo mandato, Mattarella cree que las expectativas de los italianos podrían haberse visto “fuertemente comprometidas” por “la prolongación de un estado de profunda incertidumbre política y tensiones, cuyas consecuencias podrían haber puesto en peligro recursos decisivos y las perspectivas de relanzar el país”. “He intentado atender siempre la Constitución en los últimos siete años. A la garantía de derechos, al apoyo y respuestas al malestar de los que más sufren. Y esas esperanzas habrían sido comprometidas si se alargaba la decisión. Habrían puesto en dificultades las siguientes decisiones”, añadió. Y aquí volvieron los aplausos, que se repitieron decenas de veces, con casi toda la cámara en pie, durante su discurso. Incluso cuando sacudió a la justicia y pidió una importante reforma.

Mattarella (80 años) es el segundo presidente de la República que repite en el cargo (el anterior fue su predecesor, Giorgio Napolitano). Es también el segundo más votado de la historia —tras Sandro Pertini— y el hombre llamado a mantener la senda de estabilidad iniciada hace apenas un año con la elección de Mario Draghi como presidente del Consejo de Ministros. Mattarella, precisamente, lanzó un discurso de unidad y optimismo, pero alertó del reto que afronta el país que más se ha beneficiado de los fondos europeos para salir de la crisis pospandémica. “Es una fase extraordinaria. Italia es el mayor beneficiario del programa Next Generation, debemos relanzar la economía. Hay que construir en estos años la Italia de después de la emergencia. Una Italia más justa y moderna. Que crezca en la unidad y que reduzca las desigualdades”.

Aviones militares forman la bandera italiana sobre el monumento al soldado desconocido este jueves en la plaza Venecia de Roma.
Aviones militares forman la bandera italiana sobre el monumento al soldado desconocido este jueves en la plaza Venecia de Roma. REMO CASILLI (REUTERS)

El aprecio ciudadano por Mattarella pudo verse también con la acogida que tuvo en las calles el desfile que le llevó desde el Quirinal hasta Montecitorio escoltado por un ejército de motocicletas de los carabinieri. Sonaron 21 salvas del cañón del monte del Gianicolo y sobrevolaron Roma los tradicionales aviones caza estampando en el cielo la bandera tricolor. Pero también pudo apreciarse el respeto político del que goza el jefe del Estado, impuesto en una operación parlamentaria sin apenas precedentes surgida desde las bases, con el larguísimo y sentido aplauso que recibió a su llegada al interior de la cámara. Italia, un país siempre fragmentado política y socialmente, ha encontrado en este siciliano surgido del ala progresista de la vieja democracia cristiana una de las pocas piezas que lo mantienen unido.

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El segundo mandato de Mattarella está pensado para durar otros siete años. Pero su edad y el escaso interés que tenía en repetir en el cargo hacen pensar que podría renunciar antes de terminarlo, cuando considere que se dan las circunstancias en el Parlamento para elegir de forma ordenada a su sucesor. Eso fue exactamente lo que hizo Napolitano en 2015. Mattarella, experto constitucionalista, no se lo plantea con ningún plazo. No hubo la más mínima referencia a un posible mandato mutilado, que afronta con cierto sacrificio (había hecho ya la mudanza a su nueva casa).

Mattarella se acordó de los jóvenes, de los inmigrantes y de los estudiantes que buscan un futuro. También de quienes han tenido que emigrar de Italia para encontrarlo. “Las desigualdades no son el precio a pagar por el crecimiento, sino el freno a ese crecimiento. Nuestra obligación es quitar los obstáculos. La dignidad tiene un significado ético y cultural. La dignidad incluye erradicar, por ejemplo, las muertes en el trabajo, que hieren a nuestra sociedad y la conciencia de cada uno de nosotros”. La dignidad, dijo, “también es oponerse al racismo y al antisemitismo, agresiones intolerantes. La dignidad es impedir la violencia sobre las mujeres. Pero también un país libre de la Mafia”, señaló Mattarella, cuyo hermano fue asesinado por la Cosa Nostra.

El jefe del Estado, reconocido puente con los Estados Unidos y el espíritu de la OTAN, también se refirió al conflicto en Ucrania, para el que pidió el cese de las pruebas de fuerza y pidió una apuesta decidida por el diálogo como estrategia para la paz. Además, aseguró que no puede faltar la aportación de Italia para contribuir a la paz. “No podemos aceptar que en Europa se levante de nuevo el viento del enfrentamiento”, dijo.

Mattarella se trasladó luego hasta el monumento por los caídos, el Altar de la Patria de plaza Venecia, recorriendo en coche presidencial la via del Corso. Ahí, rindiendo homenaje al soldado desconocido muerto en la Primera Guerra Mundial, estuvo acompañado por el presidente del Consejo de Ministros, Mario Draghi. Ambos tienen una sintonía evidente y la reelección del jefe de Estado ha sido para el expresidente del BCE la mejor de las opciones. “Agradezco a Draghi su compromiso”, dijo Mattarella tras acordarse también del presidente del Parlamento Europeo David Sassoli, fallecido recientemente. Una vez terminado el homenaje, Mattarella subió a bordo del histórico Lancia Flaminia presidencial y, tras haber fantaseado solo por unos días con poder jubilarse, regresó a trabajar a su oficina.

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