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El primer ministro de Italia, Mario Draghi, ha celebrado en la mañana del jueves una rueda de prensa en la Asociación de periodistas extranjeros de Italia donde ha repasado, fundamentalmente, el conflicto entre Rusia y Ucrania y sus múltiples implicaciones. Draghi habló la noche del miércoles durante casi una hora con el presidente ruso, Vladímir Putin, y sacó varias conclusiones. La primera, garantizada por su interlocutor, es que “los europeos seguirán pagando el gas en euros y no en rublos”, como había comenzado a exigir Rusia. “Sería inaceptable, pero también imposible. Todos los intercambios están diseñados en una moneda en general, y no funciona cambiarlos. Las dificultades técnicas son insuperables”, ha señalado Draghi.

La UE había rechazado la exigencia de Rusia de cobrar su gas en rublos y aseguró que era una violación de los contratos vigentes. La amenaza soterrada con dejar de pagar, sumado a las dudas que ha generado en los técnicos económicos rusos, ha provocado una cierta marcha atrás. “Lo digo con las palabras de Putin, los contratos existentes permanecen en vigor, las empresas europeas, y ha remarcado que esto es una concesión solo a ellas, continuarán pagando en euros o en dólares”, dijo el mandatario italiano. Además, insistió en que los precios de los bienes que se intercambian a nivel mundial, como el petróleo, el gas o el grano, se han fijado siempre en dólares y cambiar eso ahora “no es fácil”. La modificación de la divisa comportaría dificultades técnicas “insuperables”, que quizá puedan pensar en transformarse, pero “con mucho tiempo”. Además, Draghi aseguró que tras la conversación mantenida no tiene dudas de que el suministro de gas ruso está garantizado.

El líder italiano, que anunció a Putin nada más descolgar el teléfono que le llamaba para hablar de paz, percibió también durante la charla telefónica que el alto el fuego no está cerca, pese a que vio al líder ruso algo cambiado. “Putin me respondió que estaba de acuerdo en que hablásemos de paz. Pero le dije que ese deseo se tenía que demostrar con un alto el fuego, aunque fuera corto. Y para resolver algunos nodos tiene que reunirse con Zelenski, que lo pide desde el inicio de la guerra. Su respuesta, sin embargo, fue que los tiempos todavía no están maduros y que los negociadores tienen que avanzar con las negociaciones”.

Ambos mandatarios no habían hablado desde el comienzo de la guerra. Y pese a pequeños avances y la aparente retirada de zonas como Kiev, Draghi ha dicho que tras la conversación con Putin conviene tener los pies en el suelo respecto al horizonte de paz, que hoy es más un deseo que una realidad. “Los hechos son que continúan lanzando misiles en Kiev. Todos queremos ver la luz, pero hay que tener los pies en el suelo. Los hechos dicen que las sanciones funcionan, que a la paz se llega si Ucrania sigue defendiéndose. Hay deseo de llegar pronto al final, pero es pronto para superar el escepticismo”, ha señalado.

Draghi confirmó, además, que habló con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, sobre la posibilidad de construir un gaseoducto entre Génova (norte de Italia) y Barcelona, aunque por el momento “es solo una hipótesis y tiene que ser estudiada”. La empresa gasística Snam, con una red de más de 33.000 kilómetros de gasoductos en Italia, está ya elaborando estudios técnicos para analizar la viabilidad de la infraestructura.

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Draghi explicó que tras la crisis sobre la energía que se ha abierto por la guerra en Ucrania, los países del Mediterráneo “han constatado que pueden ser un centro logístico importante para el gas ahora y para el hidrógeno mañana”. “Es algo que puede funcionar para llevar los recursos de sur del Mediterráneo al norte de Europa”, añadió. En cualquier caso, insistió, son inversiones que llevan años y no se puede contar con esta infraestructura ahora para resolver el problema actual.

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En otra demostración de que la comunicación entre los aliados es constante desde que comenzó la invasión rusa en Ucrania, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha mantenido este martes una videoconferencia con los líderes de Francia, Emmanuel Macron; Alemania, Olaf Scholz; Italia, Mario Draghi, y el Reino Unido, Boris Johnson. La convocatoria de la conversación a cinco bandas, que llega días después del viaje de Biden a Bruselas y Polonia, partió de la Casa Blanca para analizar los últimos avances de las negociaciones entre Kiev y Moscú, que han ofrecido signos de mejora en la forma y ciertos avances en el fondo este martes en Estambul.

Al término de la llamada entre aliados, que se ha prolongado durante una hora, Biden se ha mostrado cauteloso. “Veremos. No me creeré nada hasta que compruebe que lo respaldan con acciones”, ha dicho, en referencia al anuncio de Rusia de que reducirá “drásticamente” las operaciones militares en las áreas de Kiev y Chernihiv para avanzar en la resolución del conflicto. Ucrania, por su parte, ha ofrecido su renuncia a la OTAN a cambio de obtener garantías de seguridad en su territorio.

Después, el portavoz del Pentágono, John Kirby, ha asegurado que han observado movimientos de “un número pequeño” de soldados rusos cerca de Kiev en los “últimos uno o dos días”, pero ha descartado que se se trate de “una retirada real”. “Mantienen una abrumadora mayoría de sus tropas [en el terreno]. Creemos que estamos ante un reposicionamiento, no ante un verdadero repliegue. Deberíamos estar todos preparados para una gran ofensiva en otras zonas de Ucrania”, ha añadido. En el mismo terreno cauteloso se ha movido también el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, que ha declarado que “hace tiempo” que su Gobierno sabe que “lo que Rusia dice y lo que hace son dos cosas distintas”. “Nosotros, de momento, nos concentraremos en lo que hace”, ha añadido.

Biden ha comparecido ante la prensa tras su reunión con el primer ministro de Singapur, Lee Hsien Loong, que ha viajado a Washington para tratar la situación en la región Indo-Pacífico, además de la guerra en Ucrania, “un conflicto inaceptable para cualquier país del mundo”, según el mandatario estadounidense. Biden ha dicho que está decidido a seguir con “las fuertes sanciones” y a continuar con el suministro de material militar al ejército ucranio para su defensa. También ha aclarado que los cinco líderes han coincidido en la necesidad de trabajar en conseguir mercados energéticos más estables, capaces de soportar crisis como la que ha desatado la agresión rusa, que ha disparado los precios del petróleo en todo el mundo y ha generado inquietud por el abastecimiento de gas natural en Europa, continente extremadamente dependiente del suministro ruso.

El símbolo de Mariupol

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Según un comunicado de la Casa Blanca, los aliados también “coincidieron en sus esfuerzos para brindar asistencia humanitaria a los millones de afectados por la violencia, tanto en Ucrania como en los países que están recibiendo a sus refugiados”. Y han subrayado la urgencia de establecer vías para hacer llegar la ayuda humanitaria a los civiles en Mariupol, ciudad que se ha convertido en el símbolo de la devastación de la guerra y de la resistencia ucrania.

Encima de la mesa estaba la iniciativa de Macron de organizar una operación humanitaria en el enclave del sudeste del país, que ha chocado este martes con la negativa de Vladímir Putin. “No se reúnen [las condiciones] en este momento”, declaró una fuente del palacio del Elíseo, sede presidencial francesa, tras una conversación de una hora entre Macron y el presidente ruso. El plan de aquel contemplaba una operación conjunta de Francia, Turquía y Grecia. La condición era una tregua en Mariupol que permitiese a la población civil salir de la ciudad de forma segura. La respuesta de Putin, según el Elíseo, ha incidido en la línea del Kremlin: que es Ucrania la que obstaculiza las operaciones humanitarias y que son las fuerzas armadas de este país las que impiden moverse a la población civil. Sin embargo, el presidente “escuchó las demandas” de Macron, y “dijo que iba a reflexionar en ellas”, añadió la citada fuente.

Un portavoz del Gobierno británico ha abundado tras la llamada con Washington en la idea de que al régimen de Putin hay que juzgarlo “por sus acciones, no por sus palabras”. “Putin está ensañándose en Ucrania en un intento de obligar al país y a sus aliados a capitular”, ha añadido. “Debemos ser implacables en nuestra respuesta”. Londres ha asegurado que los líderes convocados a la llamada han discutido sobre “la necesidad de trabajar juntos en remodelar la arquitectura energética internacional y en reducir la dependencia de los hidrocarburos rusos”. También, que se han mostrado de acuerdo en que no puede aflojar “la resolución occidental hasta que el horror infligido a Ucrania haya terminado”.

Alemania, por su parte, apuesta por mantener la presión de sanciones sobre Rusia, según el portavoz de la cancillería, y en trabajar por “permitir finalmente la entrega de la ayuda humanitaria que se necesita con urgencia para las personas en Ucrania y construir corredores humanitarios efectivos… especialmente en la ciudad de Mariupol”, ha indicado el Gobierno alemán en un comunicado hecho público tras la llamada.

La reunión de Biden con el primer ministro de Singapur ha servido también, según el primero, para tratar la posición de Corea del Norte, que la semana pasada informó del lanzamiento del misil “más potente” de su historia (extremo que Estados Unidos y Corea del Sur ponen en duda). El segundo ha aprovechado además para expresar su “preocupación” por la situación en Myanmar, donde las tropas del ejército tomaron el poder por la fuerza el 1 de febrero de 2021, provocando una crisis (y la resistencia de los birmanos) que aún permanece abierta.

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El asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, durante la rueda de prensa de este martes en la Casa Blanca.
El asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, durante la rueda de prensa de este martes en la Casa Blanca.Patrick Semansky (AP)

En vísperas de que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, viaje a Europa este jueves para abordar en Bruselas las respuestas al ataque injustificado de Rusia contra Ucrania, la Casa Blanca ha adelantado este martes que anunciará, junto a sus aliados, nuevas sanciones contra el Kremlin. Aunque no quiso entrar en detalles ni precisar la nueva naturaleza de los castigos, el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, ha asegurado que se tratará de “un paquete adicional” que se concretará en “un esfuerzo conjunto para acabar con la evasión de sanciones” por parte de cualquier país que ayude a Rusia “a socavar, debilitar o esquivar” esas penas.

Horas más tarde, la prensa estadounidense precisó, citando al diario The Wall Street Journal, que las nuevas represalias afectarán a “más de 300 miembros de la Duma”, la cámara baja rusa. Estados Unidos ya incluyó a 12 de ellos en una ronda anterior de sanciones, pero en esta ocasión el castigo irá más lejos, según fuentes citadas por The New York Times.

En Bruselas, Biden participará el jueves en una cumbre extraordinaria de la OTAN, en la que estarán, entre otros, el presidente francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Olaf Scholz, y el primer ministro de Italia, Mario Draghi. También se unirá a la primera sesión del Consejo Europeo que reunirá a los gobernantes de los 27 Estados comunitarios el jueves y el viernes en Bruselas. El premier británico, Boris Johnson, será el único de los aliados que no estará presente. El presidente demócrata, que acude en calidad de invitado, también asistirá a una reunión del G-7. El viernes y el sábado viajará a Polonia, donde mantendrá un breve encuentro con su homólogo, Andrzej Duda.

La habitual rueda de prensa de la Casa Blanca en la que compareció Sullivan se produjo este martes por parte del subsecretario de prensa, Chris Meagher, quien reemplazó a Jen Psaki, ya que esta ha dado positivo por coronavirus en la prueba que se le realizó de cara al viaje a Europa. Biden dio negativo, tanto el lunes como este martes. El asesor de Seguridad Nacional hizo saber a los periodistas que, en su opinión, la contienda que se libra en Ucrania no acabará de forma fácil ni rápida. “Quedan días duros” para la población ucrania, advirtió Sullivan.

Este jueves se cumple un mes desde que se iniciara la invasión rusa de Ucrania y el temor al uso de armas químicas y biológicas por parte de Rusia ha estado presente desde que la Casa Blanca hiciera sonar todas las alarmas el pasado 9 de marzo al advertir que Vladímir Putin podría hacer uso de ellas. Biden insistió de nuevo el lunes por la noche la existencia de tal amenaza. El demócrata consideraba que era algo “obvio” y que, de producirse, la respuesta de Occidente sería muy dura. “Está acorralado”, dijo Biden en referencia a Putin.

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Fue Moscú quien de forma propagandística difundió informaciones, calificadas de “falsas” por el Gobierno de Estados Unidos, sobre la existencia de supuestos laboratorios estadounidenses de este tipo de armamento en Ucrania. “También está sugiriendo que Ucrania tiene armas químicas y biológicas en el país. Esa es una señal clara de que él [Putin] está considerando usar ambos tipos de armas”, recalcó Biden. El presidente de EE UU enfatizó una vez más que las consecuencias serían “muy graves por parte del frente unido de la OTAN” si eso llegara a suceder, aunque no especificó qué acciones llevaría a cabo la Alianza Atlántica.

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Los aliados han decidido mantener la presión contra Vladímir Putin a través de las sanciones. Y lo han hecho pese a las turbulencias que esas sanciones generan en sus propias economías y las diferencias que suscita un asunto crucial como el veto a las importaciones rusas de petróleo. Un tema especialmente lesivo para los europeos, mucho más dependientes de esas importaciones, que para los estadounidenses. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, mantuvo el lunes una videollamada con los líderes de Francia, Emmanuel Macron; Alemania, Olaf Scholz; y el Reino Unido, Boris Johnson, en la que compartieron su “determinación en continuar elevando los costes” contra Rusia por la invasión de Ucrania, según el resumen hecho público por la Casa Blanca, que señaló que se trata de una invasión “injustificada y no provocada”.

En el duodécimo día de agresión, en el que las fotografías de civiles muertos tratando de huir de las bombas rusas han causado estupor en medio mundo, los dirigentes también subrayaron su compromiso de continuar proporcionando ayuda económica, humanitaria y en materia de seguridad a Ucrania. La cuestión es cómo se materializará todo este respaldo.

El Congreso de Estados Unidos impulsará una votación de carácter bipartito para prohibir las importaciones de crudo de Rusia y el secretario de Estado, Antony Blinken, aseguró el domingo que los países occidentales están negociando intensamente esta medida con el fin de endurecer la respuesta a Vladímir Putin. Pero Alemania recalcó este lunes que no planea suspender las compras del petróleo ruso. Dicha medida dispararía aún más los costes de la energía, ya en máximos históricos antes de desatarse esta guerra.

La portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, respondió este lunes en su rueda de prensa diaria que “no se ha tomado aún ninguna decisión” sobre el embargo del petróleo ruso y añadió que las implicaciones a un lado y otro del Atlántico no resultan iguales. “Las importaciones rusas suponen alrededor de un tercio de todas las importaciones de petróleo de Europa”, señaló. “En 2021, antes de la invasión, Estados Unidos importaba unos 700.000 barriles al día y los europeos unos 4,5 millones de barriles al día, así que somos muy conscientes de que las implicaciones serían muy diferentes para unos y otros”, subrayó.

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Vladímir Putin (izquierda) y Gerhard Schröder, tras recibir este último un honoris causa de la Universidad de San Petersburgo.
Vladímir Putin (izquierda) y Gerhard Schröder, tras recibir este último un honoris causa de la Universidad de San Petersburgo.

Unos se sienten engañados; otros, avergonzados. También los hay que han optado por el silencio y quienes ahora sobreactúan para intentar borrar de la memoria de sus conciudadanos las alabanzas que hace no tanto lanzaban al presidente ruso, Vladímir Putin. La invasión de Ucrania ha dejado en una posición delicada a las decenas de dirigentes políticos que han mantenido estrechos lazos con el Kremlin. Figuras como Marine Le Pen en Francia o Matteo Salvini en Italia han aceptado dinero ruso para sus campañas. El excanciller alemán Gerhard Schröder, que definió a Putin como un “demócrata impecable”, pasó a cobrar de los consejos de administración de varias empresas estatales rusas.

A lo largo de los años Putin ha logrado tejer una red de apoyo a sus políticas y a su figura en Europa que iba más allá del fomento de los intereses económicos rusos. “Se ha dedicado sobre todo a atraer a antiguos dirigentes”, explica Jörg Forbrig, analista sénior del German Marshall Fund. Para ello, ha echado mano de suculentas ofertas de puertas giratorias, como en el caso del antiguo primer ministro francés François Fillon, o de dos excancilleres austriacos, el conservador Wolfgang Schüssel y el socialdemócrata Christian Kern. En algunos casos, apunta Forbrig, los políticos creían sinceramente que Occidente no estaba entendiendo a Rusia y ejercían de mediadores con la mejor intención. “Ahora la mayoría están muy, muy decepcionados, han revisado su postura y han admitido públicamente que se equivocaron. Con una excepción: Schröder”, lamenta.

Las declaraciones del excanciller alemán, amigo personal de Putin, tras el inicio de la invasión han enfurecido y avergonzado a partes iguales a sus compañeros del partido socialdemócrata, que se plantean expulsarle. Todos los trabajadores de la oficina que le paga el erario público en Berlín en calidad de excanciller han dimitido en protesta por su tibieza. “La guerra y el sufrimiento del pueblo de Ucrania deben terminar lo antes posible”, escribió en su LinkedIn, para acto seguido contemporizar: “Ha habido muchos errores en ambos lados”. Convertido en un apestado en Alemania, Schröder se resiste a dimitir de sus cargos en la petrolera estatal rusa Rosneft y dos filiales de la gasista Gazprom.

El alemán se está quedando solo entre los admiradores y lobistas de Putin. Kern ha dejado su cargo en el consejo de los ferrocarriles estatales rusos y Schüssel el suyo en la petrolera Lukoil. La semana pasada el conservador François Fillon, primer ministro francés entre 2007 y 2017, anunció también su dimisión: la presencia en dos empresas rusas comprometía a la candidata de su partido a las elecciones de abril, Valérie Pécresse, que no comparte la afinidad con Rusia y se alinea con el presidente, Emmanuel Macron, en la defensa de las posiciones de la OTAN y la UE.

La revelación de un caso de empleos ficticios frustró la campaña de Fillon a las elecciones presidenciales de 2017, le valió una condena de cinco años de prisión que ha recurrido y le apartó de la política, pero encontró cobijo en la Rusia de Putin como miembro de los consejos de administración de la petroquímica Sibur y la petrolera pública Zarubehne. El presidente ruso ha sabido colocar a sus aliados. Es llamativo el caso de la exministra de Exteriores austriaca Karin Kneissl, cuya foto haciendo una reverencia de rodilla en suelo a Putin en su boda, en 2018, ha vuelto a recorrer las redes sociales estos días. Colaboradora en el canal RT y empleada en Rosneft tras salir del primer Gobierno del conservador Sebastian Kurz, Kneissl ha evitado en su cuenta de Twitter una condena de la invasión rusa.

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Simpatía con la extrema derecha francesa

En Francia las simpatías con Putin se sitúan sobre todo en la extrema derecha. El Reagrupamiento Nacional (RN; antiguo Frente Nacional) de Marine Le Pen financió la campaña para las regionales y locales de 2014 con un préstamo de nueve millones de euros de un banco ruso. Antes de las presidenciales de 2017, Le Pen visitó a Putin en Moscú.

El candidato sorpresa en estas elecciones, el tertuliano ultra Éric Zemmour, era hasta hace una semana un fervoroso admirador de Putin. Defendía una alianza de Francia con Rusia en vez de con Estados Unidos y se deshacía en elogios hacia el hombre fuerte del Kremlin. En un programa de televisión en enero, declaró: “A Vladímir Putin no se le fijan límites. Es un gran jefe de Estado (…). Las reivindicaciones y las demandas de Vladímir Putin son totalmente legítimas”.

Marine Le Pen y Vladímit Putin, en 2019 en Moscú.
Marine Le Pen y Vladímit Putin, en 2019 en Moscú.M. KLIMENTYEV (AFP)

En la extrema izquierda, la proximidad con Putin no se ha dado por afinidad ideológica, sino con el argumento de que la responsabilidad de la crisis recae en la OTAN y EE UU más que en Moscú. “¿Los rusos se movilizan en sus fronteras? ¿Quién no haría lo mismo con semejante vecino [Ucrania], un país ligado a una potencia que les amenaza continuamente?”, declaraba Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa) al diario Le Monde en enero, antes de la invasión.

La invasión forzó a estos políticos a modificar sus posiciones a toda prisa. Todos condenaron la agresión. El RN retiró de circulación folletos electorales donde se veía una imagen de Le Pen con Putin. Temen que, en la campaña que está a punto de empezar, la cercanía con el presidente ruso arruine sus aspiraciones.

El silencio de Berlusconi

Italia siempre ha tenido una promiscuidad muy alta con Rusia. Desde los tiempos en los que el Partido Comunista Italiano era el más importante de Europa, pasando por la intensa amistad de Silvio Berlusconi con Putin, a los flirteos del Ejecutivo populista que formó el Movimiento 5 Estrellas con La Liga en 2018. La imagen de los camiones rusos entrando en Bérgamo en plena pandemia para prestar ayuda sanitaria y logística mostraron la última postal de una sintonía que se ha traducido en los últimos años en un suculento intercambio comercial —7.000 millones de euros de exportaciones a Rusia y 12.600 millones de importaciones— y que ahora coloca en una situación incómoda a dos de los últimos grandes admiradores de Putin: Silvio Berlusconi y Matteo Salvini.

Il Cavaliere mantiene una estrecha relación personal con el presidente ruso desde los tiempos en que fue primer ministro de Italia. La hemeroteca rebosa elogios del magnate italiano hacia Putin y exóticas fotos que muestran la proximidad, casi familiar, entre ambos. Hoy, sin embargo, Berlusconi está callado y Forza Italia, su partido, vota en el Parlamento en la misma dirección que el resto cuando toca decidir sobre asuntos que incumben a la invasión rusa de Ucrania. En la formación admiten que la situación es delicada, pero que, obviamente, el Putin con el que Berlusconi construyó su sólida amistad era distinto.

Salvini, en cambio, ha optado por hiperreaccionar. El líder de la Liga, investigado por el presunto cobro de fondos rusos para financiar a su partido, estuvo nueve veces en Moscú en cuatro años. Siempre fue el principal opositor a las sanciones comerciales a Rusia y se presentó en el Parlamento europeo con una camiseta con la cara de Putin (también se fotografió de esa guisa delante del Kremlin). Ahora, sin embargo, ha comenzado una extraña campaña en la que acude diariamente a rezar delante de la Embajada de Ucrania e incluso se ha ofrecido para viajar a Kiev para mediar a favor de la paz. Los mensajes en redes de Salvini son confusos y extravagantes. Algunos, incluso, son ahora soflamas contra el armamento de guerra, cuando su partido fue el impulsor de favorecer la tenencia de armas para la defensa propia en los hogares de Italia.

Con información de Sara Velert.

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El presidente francés, Emmanuel Macron, lo admite sin eufemismos: su homólogo ruso, Vladímir Putin, le ha engañado. Se burló de él y no solo de él, sino de los otros dirigentes europeos que, como el canciller alemán, Olaf Scholz, hasta el último momento pensaron que la vía diplomática o las amenazas de sanciones podían evitar la invasión de Ucrania por parte de Rusia.

”Sí, hubo doblez [en Putin]”, acusó Macron en la madrugada del viernes al terminar en Bruselas la cumbre europea extraordinaria sobre Ucrania. “Sí, hubo una decisión deliberada y consciente, por parte del presidente Putin, de lanzar la guerra cuando todavía podíamos negociar la paz”.

Casi un mes de actividad diplomática del francés y sus socios quedaron en nada cuando el lunes Putin decidió enviar tropas a las regiones separatistas del este de Ucrania y en la noche del miércoles al jueves ordenó la invasión de un país soberano europeo, la primera en ocho décadas. Macron y sus socios han quedado con la sensación de que Putin les ha tomado el pelo, pero también la convicción de que hicieron bien en intentar salvar la paz hasta el último minuto.

Macron y Scholz partían de posiciones distintas. El presidente francés lleva cinco años al frente de una potencia nuclear con sillón permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, un país que nunca ha renunciado a hacerse oír en el club de las grandes potencias.

El canciller alemán lidera una potencia económica mundial, pero sin el peso geopolítico de Francia. Las tensiones con Rusia pillaron al nuevo Gobierno alemán todavía estableciéndose. El socialdemócrata Scholz mantuvo un perfil bajo las primeras semanas –lo que le costó críticas internas y externas–, pero en la recta final se sumó a los esfuerzos diplomáticos con múltiples llamadas y encuentros.

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”[Macron] cumplió con su deber, que era hacerlo todo para evitar la guerra”, defendió el martes el ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian. “Todo esfuerzo diplomático se justifica, yo pasé días y noches con Vladímir Putin”, coincidió el viernes el expresidente François Hollande tras reunirse en el palacio del Elíseo con Macron, quien le había convocado a él y a otro antecesor, Nicolas Sarkozy.

Por más que se sucedieran los avisos de los aliados, sobre todo de Estados Unidos, el inicio de la invasión supuso una sorpresa en Berlín, cuya política exterior con respecto a Rusia ha sido siempre la del apaciguamiento. Un enfoque que le ha permitido hacer negocios con el vecino del Este y asegurarse el suministro de energía sin pararse a pensar en la auténtica naturaleza del actual inquilino del Kremlin.

En Alemania empieza a aflorar la autocrítica respecto a la complacencia con la que Berlín ha tratado al presidente ruso en los últimos años. “Los políticos alemanes nunca han entendido que Putin tiene creencias diferentes a las de Occidente” escribe en Der Spiegel Christian Neef, antiguo corresponsal en Moscú y autor de varios libros sobre Rusia.

Solo ahora, con la invasión en marcha después de los esfuerzos para intentar dialogar con Putin, Berlín parece darse cuenta de su error de cálculo. “Occidente, Europa y Alemania han sido demasiado ingenuos”, admitió el jueves el vicecanciller y ministro de Economía alemán, el verde Robert Habeck. No solo por poner esperanzas en una salida dialogada; también por haber dejado crecer su dependencia energética de un régimen que ha dado suficientes pistas a lo largo de los años de que no comparte los valores democráticos europeos.

La UE, no solo Macron, abrió en las últimas semanas varias vías de diálogo con Putin: desde las visitas al Kremlin del presidente francés y el canciller alemán –el 7 y el 15 de febrero, respectivamente– hasta las reuniones en el llamado formato de Normandía –integrado por Francia, Alemania, Rusia y Ucrania– para reactivar el proceso de paz en el este del país, ahora enterrado.

La prioridad era mantener vivo el diálogo. Ni Macron ni Scholz tenían la convicción de que Putin probablemente lo tenía todo planeado desde tiempo atrás. Los europeos actuaban en concierto con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y con el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y en sus reuniones mantuvieron la línea común ante las exigencias de Putin. Pero EE UU y los europeos discrepaban en la evaluación del riesgo.

“No, no creo que haya nada nuevo que indique un aumento del temor a un ataque”, decía a finales de enero el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, después de que el secretario de Estado de EE UU, Antony Blinken, hablase de un ofensiva “inminente” de Ucrania a Rusia. “No hay que negar las sensibilidades diferentes ni incluso los análisis que no son exactamente los mismos a partir de realidades comunes”, dijo a principios de febrero el ministro francés de Europa, Clément Beaune.

El hiperactivismo diplomático de Macron –sobre todo la visita al Kremlin– despertó la sospecha de que el francés iba por libre. En 2018 algunos se habían sentido ignorados cuando Macron intentó iniciar un proceso de deshielo con Putin. Su diagnóstico, ese año, sobre la supuesta “muerte cerebral” de la OTAN tampoco ayudaba a disipar la desconfianza.

En las últimas semanas, sin embargo, Macron evitó dar ningún paso sin haberlo hablado con todos. “Cuando fue a Moscú, la sensación era que todos formaban parte del mismo equipo”, dice Georgina Wright, directora del programa Europa en el laboratorio de ideas Institut Montaigne. “Esta vez ha habido un nivel de consultas inédito”.

En la reunión con Putin el 7 de febrero, Macron sufrió el primer desaire. Después de más de seis horas cara a cara, el equipo del presidente francés explicó que el ruso se había comprometido a evitar nuevas iniciativas militares. El Kremlin lo desmintió unas horas después y dio a entender que el interlocutor válido no era Macron, sino Biden.

El segundo desaire lo sufrió al inicio de esta semana. El viernes anterior, en una llamada telefónica, Macron sugirió a Biden que se reuniese con Putin y se ofreció a trasladarle la idea al presidente ruso, cosa que hizo el mismo domingo. El lunes, el mundo se despertó con la noticia de que los líderes de EE UU y Rusia celebrarían una cumbre.

“Hemos logrado abrir una verdadera vía diplomática”, celebró ese día, por la mañana, una fuente del Elíseo, que requirió anonimato. La misma fuente señaló que Macron “[había] construido con el presidente Putin una relación a la vez de exigencia y claridad” y que también gozaba con él de la “credibilidad” que le permitía facilitar la reunión con Biden.

La guerra parecía alejarse. Error. Unas horas después, Putin reconoció en un discurso televisado la independencia de las regiones separatistas del este de Ucrania y ordenó la primera intervención militar. La decisión cayó como un mazazo en el Elíseo.

“El presidente Putin no respetó la palabra dada al presidente de la República, y también en público en numerosas intervenciones”, lamentó la citada fuente francesa, que calificó el discurso del ruso de “rígido y paranoico”. Y remachó: “Hemos llegado al final del camino que podíamos recorrer”.

Era el fin. Poco más de dos días después, Rusia lanzaba la ofensiva militar en toda Ucrania y la guerra volvía a Europa.

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Las derivas autoritarias en la Unión Europea saldrán muy caras a partir de ahora. El Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) ha validado el reglamento comunitario que desde el pasado 1 de enero permite suspender los fondos europeos a los países donde la fragilidad del Estado de derecho no garantice su gestión adecuada. El gobierno húngaro de Viktor Orbán y el polaco de Mateusz Morawiecki, que se sienten en el punto de mira de la nueva norma, habían impugnado su adopción. Pero los jueces europeos se han pronunciado a favor del reglamento en un caso que el propio Tribunal ha calificado como de “importancia excepcional” y de una “relevancia constitucional innegable”. El carácter extraordinario del pleito se ha resaltado, además, con la retransmisión en directo de la lectura de un veredicto por primera vez en los 70 años de historia de la corte europea con sede en Luxemburgo.

“El Tribunal al completo desestima el recurso y ordena a Hungría a pagar sus costas y las del Parlamento Europeo y el Consejo Europeo”, ha leído de forma solemne el juez ponente para el primero de los casos. Inmediatamente después las mismas palabras han sido repetidas desestimando, en idénticos términos, el recurso de Polonia (los asuntos de cada país, a pesar de que se han sustanciado de forma conjunta, han sido tenidos en cuenta por separado por la justicia europea)

En este asunto de alto voltaje político y jurídico, Hungría y Polonia acusaban al Consejo de la UE y al Parlamento Europeo de haber aprobado un reglamento sin base legal adecuada con el único objeto de castigar a ciertos países con la excusa de la protección del presupuesto comunitario. Para Budapest y Varsovia, Bruselas se había extralimitado y buscaba castigar a ambos países esquivando el proceloso procedimiento del artículo 7, que requiere la unanimidad de todos los socios comunitarios para sancionar a los países que vulneren los valores fundamentales de la UE.

El llamado mecanismo de condicionalidad, una herramienta aprobada en diciembre de 2020 para asegurarse de que ni un euro de los históricos fondos de recuperación acabe en manos de quienes incumplen el Estado de derecho, entró en vigor en enero de 2021, pero la Comisión Europea se había comprometido con Polonia y Hungría a no activarlo hasta que el TJUE le diera su visto bueno.

Los díscolos vecinos del Este, con un largo historial de batallas con Bruselas a cuenta del Estado de derecho, con asuntos que van de la independencia de los jueces a la protección al respeto del colectivo LGTB, defendieron durante una vista ante la asamblea plenaria del tribunal de Luxemburgo, celebrada en octubre, que el reglamento no servía para crear una norma presupuestaria, sino que se había dado vida a “un procedimiento de contenido y significado político” y a un “mecanismo de evaluación política” con el que Bruselas pretendía inmiscuirse en sus asuntos internos, según denunciaron las defensas de Hungría y Polonia.

La vista fue también una cita de repercusión extraordinaria, celebrada ante el plenario de jueces del TJUE, y con la participación añadida de la Comisión Europea, y una larga lista de Estados miembro que se consideraban afectados, entre ellos España, Alemania y Francia, cuyas defensas jurídicas salieron en del mecanismo de condicionalidad.

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El Abogado General de la UE, que se pronunció en diciembre, ya había propuesto declarar inadmisible o desestimar todas las reclamaciones de los dos países. Pero admitía que algunas cosas en el reglamento chirriaban (sobre todo, en los considerandos), aunque se decantaba por aceptarlo por completo. De este lado ha caído la balanza, finalmente.

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