En horas de la noche del lunes 14 de marzo, la familia Marín Cifuentes, residente en el corregimiento de La Marina, zona montañosa de Tuluá, fue alertada por una pareja que les informó de una situación muy, pero muy particular, les dijeron que la tumba de su señora madre había sido profanada.
A pesar de que ya era de noche, el señor Ferney Marín Cifuentes, en compañía de sus seres queridos se dirigió hasta el cementerio, y para su sorpresa, encontraron la tumba abierta.
“Es una situación muy compleja, habían destapado la tumba de mi mamá y había una parte de los restos afuera. Llamamos a la autoridad, ellos llegaron y empezamos a averiguar quién pudo ser la persona o las personas que hicieron este sacrilegio”, manifestó el señor Marín Cifuentes.
La tumba profanada es la de la señora María Rubi Cifuentes, quien falleció hace cuatro años. Ella era conocida como Rubi, quien estuvo durante varios años en el llamado matadero, del corregimiento de La Marina, donde levantó a su familia.
Ferney Marín también señaló que se comunicaron con personas encargadas de la administración del citado cementerio, ubicado en la salida al corregimiento de San Lorenzo y les manifestaron que ellos no tenían conocimiento de la situación y que tampoco estaban realizando alguna obra que pudiera haber causado la afectación.
Enrique Arnau tenía la furgoneta ya desmontada. Había empezado a camperizarla [hacerla habitable] para viajar en el tiempo libre que le deja estar retirado del Ejército español con 71 años. El inicio de la ofensiva rusa en Ucrania, el 24 de febrero, le cambió el paso. Telefoneó al arzobispado para ofrecerse, le indicaron que se pusiera en contacto con la comunidad ucrania local y obtuvo el número de teléfono de Pablo Komarnitskii, monaguillo ucranio de la Parroquia de Santa Teresa de Jesús, en la ciudad madrileña de Getafe. “Tengo una furgoneta de nueve plazas y quiero traer a madres y niños de Ucrania, así que necesito a otro conductor, ¿me ayudas?”, le preguntó, recuerda hoy mucho más lejos, a escasos metros del paso fronterizo de Siret entre Rumania y Ucrania, que atraviesan sin cesar ucranios que huyen de la guerra (1,73 millones a todos los países vecinos, según datos de la ONU de este lunes). “Enseguida le dije que me iba. Llamé a mi empresa y les comuniqué que tengo que ir a ayudar a mi pueblo”, rememora a su lado Komarnitskii, que estaba ese día en un almacén gestionando una colecta urgente de medicamentos. “La guerra nos pilló desprevenidos a todos”, admite.
Komarnitskii, de 28 años y residente en España desde 2003, convenció a otro compatriota para acompañarlo y turnarse al volante en un recorrido de más de 3.200 kilómetros. Arnau voló a Rumania y allí se juntaron. En la furgoneta, transportaban también alimentos y ropa térmica (las temperaturas están bajo cero estos días en la zona y se avecina una bajada brusca hasta los menos 10 grados) que ya han introducido en Ucrania. “El Ayuntamiento de Boadilla del Monte [Madrid] nos ha proporcionado bastantes medicamentos, material quirúrgico y mantas térmicas; también la parroquia nos entregó otros enseres y comida”, precisa. Komarnitskii no puede introducir este cargamento ―confirmado por el Ayuntamiento― por la ley marcial que obliga a permanecer en Ucrania a los hombres de 18 a 60 años, salvo algunas excepciones. “Si entro, no salgo. Y desde aquí puedo aportar, pero allí, no mucho. No soy médico, ni enfermero, ni tengo experiencia militar”, resume.
Enrique Arnau, junto a su furgoneta cerca del paso de Siret, este domingo.Alex Onciu
El objetivo de ambos es, sobre todo, trasladar a España el mayor número posible de refugiados ucranios. “Se nos ha ido de las manos, porque en un principio veníamos a por nueve. Si vemos la posibilidad de enviarlos por avión, lo haremos. Y si hay unas 50 personas, fletaremos un autobús”, señala Arnau. ¿Y el dinero? “Ya lo conseguiremos de cualquier lado”, responde.
Su caso no es tan rara avis como pueda parecer. En una intersección situada a dos kilómetros del cruce fronterizo, justo donde una señal marca la salida del poblado rumano de Siret, se pueden ver coches con matrícula extranjera y personas durmiendo con el asiento reclinado o tomando un café. Algunos no tienen relación alguna ni con Ucrania, ni con la ayuda vehiculada a través de ONG o instituciones. No son cooperantes ni transportistas contratados, sino personas de otras partes de Europa que ―tras ver las imágenes de la guerra en Ucrania― se han liado la manta a la cabeza de la noche a la mañana, con la ventaja de la agilidad en la ayuda y la desventaja de la descoordinación, los problemas de cómputo y los riesgos potenciales para los refugiados.
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En algunos casos, como el de Getafe, se trata de un impulso individual que además canaliza ayuda colectiva. Otros, como los lituanos Evaldas Lubrickas y su amigo Vytautas Stancikas, han conducido desde la Europa septentrional hasta la oriental para dar amparo a familias desconocidas en su país de origen. “El navegador marcaba 28 horas de trayecto [por el rodeo que implica evitar Ucrania], pero con las paradas para repostar, más alguna para echar una cabezada y comer, son dos días enteros”, recapitula Lubrickas, de 38 años.
Los lituanos Evaldas Lubrickas y Vytautas Stancikas, a dos kilómetros del paso fronterizo de Siret, este domingo. Alex Onciu
Solo saben que esperan a cuatro madres y siete niños ucranios, entre ellos un bebé de 11 meses. Las colas de kilómetros en el lado ucranio de Siret hacen imposible calcular la hora de entrada en Rumania. “Debemos ayudar. Y hay personas en Lituania esperándolas en sus casas, así que nosotros las traeremos” en dos coches, explica Lubrickas en el interior del vehículo para resguardarse del frío. Admite también que siente “una cierta solidaridad” con Ucrania por la historia compartida. “No queremos regresar a la Federación Rusa. Sabemos lo que sienten. Eso nos motiva”, afirma en referencia a la anexión de su país por la URSS durante la Segunda Guerra Mundial junto con Estonia y Letonia. Las tres repúblicas bálticas recuperaron su independencia con la Revolución Cantada de 1991.
Fabrice Fahrner, de 43 años, tiene los ojos rojos del sueño y se emociona con facilidad al hablar. “Estoy cansado, todo es a flor de piel”, admite. Ha llegado esta mañana en coche desde Durrenentzen, un pequeño pueblo de Alsacia, en el noreste de Francia, muy cerca de Alemania. A su lado está Éric Bosnin, de 49 años y dueño de una escuela de pilotaje que coopera con otra de la ciudad ucrania de Járkov y coordina esta red informal de ayuda desde Francia.
Hace unos días, Fahrner leyó en Facebook una publicación que había compartido una amiga en la que se pedía ayuda para acoger familias de refugiados ucranios. “Preguntaban si existía la posibilidad de desplazarse y puse que sí, pensando que era dentro de Alsacia. Finalmente, me contactaron de nuevo y dijeron: ‘¿Puedes venir a la frontera con Ucrania?’ Dije ‘OK’, me organicé, porque no contaba con ello, y dos horas más tarde salí y conduje del tirón hasta aquí. Tras dos llamadas, sin conocernos. No he dormido en 48 horas, pero quería llegar lo más rápido posible. Pensaba, ¿y si cruzan la frontera y se quedan en el frío, sin nada? Porque todos los hoteles de la zona están llenos”, apunta.
Fabrice Fahrner y Éric Bosnin, este domingo a la salida del poblado rumano de Siret.Alex Onciu
Cuenta que está “tirando de ahorros” para el viaje (1.800 kilómetros, 22 horas de conducción) y que ha intentado que, en la familia a la que dé cobijo temporal, haya niños de una edad similar a los suyos para que conecten más fácilmente. Tiene tres hijas, con edades de los 11 a los 19 años, y es bombero voluntario en su país. “Esto no hay que reflexionarlo […] Sentí que tenía que hacerlo, aunque ahora tengo también un poco de miedo de volver sin que aparezcan”, añade. Es la primera vez que hace algo parecido. Tampoco había pisado nunca la Europa del Este. “Es más bien”, resume, “que cuando uno ve las imágenes de Ucrania, se proyecta sobre lo que ellos están viviendo”.
Concluidas las festividades navideñas y de año nuevo, las aguas —las vidas— regresan en estos días a su cauce habitual. Ya están en sus residencias fijas las personas que viajaron a sus hogares de origen para celebrarlas; ya están trabajando los que pudieron descansar; ya están en muchas cabezas los propósitos —y las dudas— propios de un inicio de curso. Es un fenómeno generalizado, pero con características particulares para un grupo concreto de europeos: los 13,3 millones de ciudadanos de países de la UE que viven en otro Estado miembro (datos Eurostat, 2020). Representan un 3% del conjunto de la población y, sin duda, una de las principales fuerzas de construcción del proyecto común europeo, bien por la vía del trabajar, bien por la del amar.
Muchos de estos europeos emprenden en las festividades navideñas viaje a sus países de origen. Con sus macutos o samsonites, dando la mano a sus enanos o dándosela a sus móviles, se confunden entre otros pasajeros. Pero, en su caso, al regreso puede brotar dentro una pregunta peculiar, que suele permanecer íntima y en la que uno, por un momento, puede perderse. ¿De dónde te sientes? ¿Todavía de tu país de origen? ¿Del de acogida? ¿De algún lugar solitario, a veces amargo, suspendido entre ambos? Por supuesto, no solo cada cual tiene su respuesta: cada cual ve su respuesta cambiar, en el tiempo.
Más de tres millones de rumanos, millón y medio de polacos y otros tantos italianos, y un millón de portugueses constituyen los cuatro colectivos nacionales más numerosos desplazados a otros países de la UE (los españoles figuran en octavo lugar, con más de medio millón). Impresiona ver que, en algunos casos, los expatriados representan una cuota imponente en el segmento de edad laboral (de 20 a 65): 18% de la población rumana, 17% croata, 10% de portugueses… Tanta energía, mucha vida, se fue a otros lugares. En otros casos, el porcentaje es mínimo, un 1% o menos en el caso de alemanes, franceses o suecos. En 2010 la media era el 2,4%; en 2020 fue el 3,3%. En conjunto, pues, la marea crece y con ella, crece el proyecto europeo.
En definitiva, cada cual con su historia —y sus respuestas cambiantes— estos 13 millones de personas son la punta de lanza en la construcción de un demos europeo, herederos de una estirpe, de griegos que se instalaron en el sur de Italia, de tantos que se movieron dentro del Imperio romano, y tantos otros antes o después. Pueden sentirse como ellos, y como un pilar frente a ciertos vientos de repliegue del proyecto común que soplan, que aúllan si la bandera comunitaria ondea en el Arco de Triunfo en vez de la francesa. La misma que, en vez de la italiana, estupendamente envolvió ayer el féretro de David Sassoli en el funeral de Estado que se ofició en Roma.
Los tiempos que vivimos convocan a la UE a dar un enorme salto de integración. Desde los flagelos pandémicos y climáticos hasta el cuestionamiento del orden global procedente de China y Rusia —tan grave como para hacer resonar tambores de guerra en el continente—, la única respuesta plausible es más unión, mucha más unión. Esto requiere convencimiento popular, para saltar con decisión y compostura hacia un mar ignoto, como el nadador de la tumba de Paestum, en ese hipnótico triunfo pictórico de hace 2.500 años, con un mensaje metafísico quizá sin precedentes, fruto de cultura griega, instalada en tierra italiana y sin duda evolucionada con el contacto con tradiciones locales.
La estirpe de europeos con una patria como madre (que no eligieron y los formó) y otra como pareja (que eligieron después) está ahí, respaldando ese salto integrador con su propia existencia. Pueden tener días de dudas o de nostalgia, pero pueden contar con que llueve menos en un corazón con diferentes amores dentro y que su latido, sin ni siquiera darse cuenta, oxigena el camino de la historia europea en la dirección correcta.
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