El Departamento Administrativo de Gestión de Medio Ambiente, Dagma, es la primera entidad ambiental del país en contar con un tomógrafo y un escáner de raíces que permiten diagnosticar las condiciones de salud de los árboles de la ciudad y tomar determinaciones sobre posibles intervenciones.
Una de ellas fue el caso de un samán de 16 metros de altura y 106 centímetros de diámetro, ubicado en la carrera 2a oeste # 7 – 30 del barrio Arboleda, el cual luego de la evaluación con esta avanzada tecnología denominada ‘Arboradix’, tuvo que ser talado.
Cabe anotar que las acciones sobre este árbol estaban cobijadas por una Sentencia del juzgado décimo laboral del Circuito de Cali, que amparaba “el derecho a la vida digna, la integridad personal, la seguridad y la vivienda digna” de un ciudadano que interpuso una acción de tutela por los perjuicios que el mal emplazamiento de dicha especie le estaban generando.
El ingeniero Pablo José Prieto, del equipo operativo de Flora del Dagma confirma que “el análisis de raíces realizado con el ‘Arboradix’ indica un desarrollo de la raíz anormal con baja densidad de madera, en donde se observan medidas de distribución irregular. Se recomienda la erradicación del individuo arbóreo ya que el sistema radicular analizado, localizado en la zona blanda del edificio Claudia Isabel, es deficiente y podría generar desestabilidad y posible volcamiento”.
Se conoció también, gracias a los estudios técnicos adelantados con el tomógrafo y el scanner de raíces, que lamentablemente el árbol había perdido resistencia a vientos lo cual indicaba peligro de fracturas en sus ramas.
El Dagma recomienda a los ciudadanos realizar siembras con acompañamiento técnico y tener siempre en cuenta el Plan de Silvicultura Urbana de Cali que define las especies y condiciones apropiadas para el emplazamiento adecuado de árboles en el entorno urbano, respetando por ejemplo las redes eléctricas, las zonas de anden, infraestructuras de servicios públicos, etcétera.
Y recuerda además que su personal operativo tiene como función la elaboración de los diagnósticos técnicos, los operadores de aseo son los encargados de las podas y talas y en los casos de emergencias por caídas de árboles, la responsabilidad de atenderlos es del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Cali.
El capitulo de cimetación y estabilización del proyecto habitacional en el área de renovación urbana, finaliza de forma satisfactoria; adicional a esta acción se realizan varias actividades de respaldo para darle nivel al proceso constructivo que se requiere en “Ciudad Paraíso” y cumplirle a los caleños.
La cimentación responde al conjunto de elementos estructurales que conecta y transmite las cargas de la construcción al suelo, distribuyendo los esfuerzos de manera equitativa, haciéndola resistente.
Esto quiere decir que la cimentación permitirá y garantizará la construcción en altura de la primera torre de 20 pisos, con 331 apartamentos.
“Paraíso Central”, reporta inversiones que superan los $58.000 mil millones, con 20.300 metros cuadrados de construcción destinados para vivienda.
Fuente: Nathalia Arboleda Rivadeneira / Alcaldía de Cali
Con el propósito de conservar los bienes patrimoniales de la capital vallecaucana, la Subsecretaría de Patrimonio, Red de Bibliotecas e Infraestructura Cultural tiene un equipo de trabajo dedicado al mantenimiento y enlucimiento de 44 monumentos y 28 fuentes de la ciudad.
De acuerdo con el subsecretario de Patrimonio, Leonardo Medina, “los monumentos en la ciudad son muy importantes porque son la memoria, por lo tanto, hacen parte de ese recorrido histórico que ha tenido Cali. Cuando llegamos a esta administración los monumentos ya tenían muchos años de estar ahí y por eso le hemos invertido un recurso importante para su sostenimiento y así evitar que se deterioren. Estamos en una etapa de pedagogía para que la gente conozca de qué se tratan, que haya un diálogo entre esta galería a cielo abierto con la ciudadanía, que sepan por qué está el monumento ahí, quién lo instaló y por qué se le hizo un reconocimiento a su memoria a través de un busto o estatua”.
El área de Infraestructura Cultural es la que tiene a cargo el trabajo de mantenimiento, lavado, reparación, pintura y demás labores técnicas que requieran las fuentes y monumentos, pero también de otros espacios culturales como las 61 bibliotecas de la red pública, centros culturales y cinco escenarios que están a cargo de la Secretaría de Cultura de Cali.
“Desde la Subsecretaría de Patrimonio realizamos de manera constante el mantenimiento a 28 fuentes ornamentales y 44 monumentos con lavado, limpieza de motores e inyectores, para garantizar su óptimo funcionamiento. Nuestro objetivo es embellecer la ciudad con fuentes limpias que brinden un ambiente de frescura, de igual forma exaltar los monumentos que hacen parte de nuestro ornato. También realizamos la inclusión de accesos para personas con movilidad reducida en el Centro Cultural de Cali y el reforzamiento estructural de algunos equipamientos para dar cumplimiento a la norma sismorresistente y tener así espacios seguros para nuestros usuarios”, así lo aseguró Viviana Gil, arquitecta y líder del proceso de mantenimiento para la conservación de los bienes patrimoniales.
Cabe resaltar que desde la Secretaría de Cultura también se tiene en cuenta las expresiones barriales, y por eso ha brindado su apoyo a monumentos juveniles como el del Freestyle que está en el parque de la 72w, en el Oriente de la ciudad, el cual hace alusión al micrófono que utilizan los jóvenes para improvisar al ritmo del hip-hop; además, ha venido trabajando de la mano de los habitantes del barrio Floralia, donde se encuentra el monumento a los lancheros, el cual está ubicado cerca al Río Cauca donde se amarraban las lanchas que ingresaban, por esa vía, los productos agrícolas a la ciudad.
El propósito de este organismo es seguir edificando la memoria de la caleñidad y ayudar en la construcción de nuevas generaciones que valoren estas esculturas como obras de arte que engalanan la ciudad.
Fuente: Alejandra Ospina Arteaga / Alcaldía de Cali
En el número 72 de la calle de Pushkin de Yitómir vivían 94 familias. Eso era antes del pasado 4 de marzo, cuando un misil ruso cayó a 50 metros del edificio, sobre la Escuela número 25 de esta ciudad del norte de Ucrania. El colegio quedó arrasado y los bloques de viviendas de la calle de Pushkin, dañados. Hoy continúan residiendo en el edificio unos 20 inquilinos, asegura la familia Horovetz. La mayoría abandonó el lugar.
Los Horovetz son los únicos que la mañana del pasado martes buscaron cobijo en los sótanos del bloque cuando sonaron las alarmas de un posible ataque aéreo. “Hace tan solo una semana, el refugio estaba lleno con los pocos que continuamos aquí, pero la mayoría ha vuelto al trabajo, es lo que pidió el alcalde”, comentaba Mikhailov, el padre.
Aula de la Escuela número 25 de Yitómir, completamente destruida por un misil ruso el pasado 4 de marzo. Albert Garcia (EL PAÍS)
Yitómir (unos 266.000 habitantes) se ubica a 130 kilómetros al oeste del frente de Kiev, la capital de Ucrania. Un 40% de su población huyó de la ciudad hacia las regiones más seguras del oeste del país o hacia el extranjero. Al norte de la provincia de Yitómir se han producido algunos de los enfrentamientos armados más intensos de la guerra contra el invasor ruso.
La urbe ha sufrido ataques devastadores en su casco urbano, como el que el pasado 2 de marzo dejó sin hogar a Alexandr Korniichuck. Si alguien no cree en los milagros, afirma Korniichuk, debería visitar el lugar en el que se situaba la casa de dos plantas que heredó de sus padres. Él y su esposa se encontraban en el edificio, ahora en ruinas. Su hijo de 12 años se había trasladado poco antes a vivir con sus abuelos en el campo. Los rescataron bajo los escombros, una pared maestra les salvó. En lo que era el patio de la comunidad de vecinos está su coche volcado y destrozado. Su mujer tiene problemas auditivos por el estallido y él estuvo tres semanas sin trabajar. Volvió a su empleo como técnico de la empresa de telefonía móvil Lifecell hace unos pocos días: “Yo volví a nacer el 2 de marzo, ahora lo que necesito es ingresar dinero, y mi país necesita conexiones telefónicas”.
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Serhii Sukhomlin, el alcalde de Yitómir, es un militar retirado que se prodiga en mensajes patrióticos en sus redes sociales. Sobre la mesa tiene un fusil y en el respaldo de su silla, el chaleco antibalas. Su misión hoy es que sus conciudadanos vuelvan al tajo. En lo mismo ha insistido el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski: la actividad económica debe funcionar donde sea posible.
En Yitómir volvió a ponerse en funcionamiento la semana pasada la red de transporte público de autobús y trolebús. Cada pocas horas se interrumpe el servicio por las alarmas de ataques aéreos, pero la ciudadanía lo acepta estoicamente. Sukhomlin y su equipo se instalan en un pasillo de la primera planta del ayuntamiento cuando suenan las sirenas. “La gente se está adaptando, fíjese que ahora muchos ni bajan a los refugios”, explica Víktor Kliminskii, secretario del pleno municipal.
Serhii Sukhomlin, alcalde de Yitómir, el miércoles, en su despacho bajo una fotografía del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y con su fusil Kaláshnikov encima de su escritorio. Albert Garcia (EL PAÍS)
Kliminskii se mueve por la ciudad con un uniforme de camuflaje y un kaláshnikov colgado del hombro. Pone como ejemplo el mercado municipal, que progresivamente va recuperando sus puestos. “Aquí también se ganan batallas”, dice, y confirma que poco a poco hay más vecinos que regresan a la ciudad. Sukhomlin avanza que quieren iniciar cuanto antes la construcción de viviendas para quienes han perdido sus hogares y sobre todo para los miles de familias de desplazados del este del país que se establecerán en la zona. “Muchos de ellos no volverán a sus provincias, que son las que sufrirán más tiempo las consecuencias de la guerra”, dice el alcalde.
La música de una banda de rock truena en el templo evangélico El Mandamiento de Jesucristo. Las letras que cantan son letanías patrióticas en las que piden a Dios que les ayude a vencer al mal. La Iglesia evangélica tiene una presencia significativa en las provincias alrededor de Kiev y en Yitómir cuenta con un millar de feligreses. Solo quedan 400, resume Kostia Dekhtiazenko, ayudante del pastor, pero sus oficios han pasado de ser semanales a diarios por la necesidad de la población de reencontrarse. Dekhtiazenko cree que la gente tiene menos miedo: “Ahora, cuando cae un misil, enseguida volvemos a la actividad; hace un mes, nos quedábamos bloqueados”.
Los feligreses de la iglesia evangélica de Yitómir disfrutaban el miércoles de un concierto de rock para acompañar el oficio religioso que ha pasado de ser semanal a celebrarse todos los días con el fin de ofrecer a la comunidad un lugar de encuentro. Albert Garcia (EL PAÍS)
DJ Maughfling es un empresario británico que podría estar en su casa en Eslovaquia, donde reside su mujer, o en el Reino Unido, su país, pero prefiere continuar en Yitómir. En las afueras de la ciudad tiene la planta de producción de su empresa, Supersprox, una compañía de piñones y platos para motocicletas. El día que empezaron las hostilidades provocadas por Rusia, el 24 de febrero, Maughfling se encontraba en Eslovaquia. A la mañana siguiente, partió de regreso a Yitómir. “Esta es una pequeña compañía familiar, nos conocemos todos, sabemos de nuestras vidas”.
Supersprox es una de las pocas fábricas de la región que no detuvo la producción. Su directora financiera, Viktoria Polishcuk, enumera cinco empresas de capital extranjero que han reiniciado la actividad siguiendo su ejemplo. “No podíamos parar porque este no es un país rico, no es como en la Unión Europea, que con la pandemia del coronavirus repartió millones de ayuda”, recuerda Maughfling. “Aquí, si no cobran la nómina, no tienen nada, y si el Estado no ingresa impuestos, tampoco podrá afrontar el conflicto”. Este empresario británico admite que la situación le produce respeto, y no es para menos: la vecina fábrica de Izovat, un gigante del sector de aislantes térmicos, fue parcialmente destruida por un misil ruso. “Tenemos que controlar el miedo. Los que trabajan aquí saben que la situación es peligrosa, pero creen que es mejor estar ocupados que en casa todo el día mirando noticias, volviéndote loco”.
De los 74 empleados que tenía Supersprox, ahora hay 40 activos; los que faltan están alistados, ejercen de voluntarios o abandonaron la ciudad. La producción solo ha caído un 30%, afirma la dirección, porque se han sumado a la línea de producción el resto de departamentos, desde los diseñadores a los técnicos de láser. Les quedan pocos meses de existencias de aluminio y acero. Su principal proveedor de acero se encuentra en Mariupol, la ciudad más castigada por la agresión rusa. Tienen, además, tres contenedores de aluminio bloqueados en el puerto de Odesa, en Turquía y en China. No saben cómo pueden hacerlos llegar a Yitómir, concede Polishchuk, pero saben que lo conseguirán. “La pandemia nos inculcó la mentalidad de tirar hacia adelante”, asegura ella. “También nos decían que no encontraríamos camiones para transportar nuestros productos hacia Polonia, y ya hemos realizado dos envíos”, añade Maughfling.
Un obrero trabaja en los talleres de la fábrica Supersprox dedicada a la fabricación de componentes para motos en la ciudad ucrania de Yitómir.Albert Garcia (EL PAÍS)
El ayuntamiento confirma que las compañías que siguen operando, algunas con hasta 3.000 empleados, deben seguir estrictas medidas de seguridad: los empleados no pueden tener activado el geolocalizador del móvil porque si el enemigo detecta una concentración elevada de personas en un punto concreto, puede identificarlo como un objetivo. También se han reforzado los elementos de blindaje de instalaciones que no pueden dejar de estar vigiladas por el personal, como una fábrica de papel que hay en la demarcación.
Los controles militares de carretera o de búsqueda de saboteadores son un obstáculo también para el transporte de mercancías. Los que se salvan son los agricultores: los tractores van de un lado a otro en dirección a los campos, sorteando los controles con un saludo, como si fueran viejos conocidos, sin detener su ruta para sembrar un paisaje llano y cosido con interminables plantaciones de cereales.
Una brigada de limpieza barría el miércoles las calles de esta localidad del norte de Ucrania, a pesar de la guerra. Albert Garcia (EL PAÍS)
Las brigadas de limpieza que ponen la ciudad a punto cada mañana también detienen la actividad durante los reiterados avisos de posible ataque aéreo y luego la reemprenden. Hay equipos de voluntarios que desbrozan y limpian las orillas del río Teteriv, el pulmón verde de la ciudad. “La gente necesita sentirse útil, y cuando coinciden con más personas como ellos, se convierte en una suerte de terapia”, asegura Sukhomlin. El alcalde subraya que la ciudadanía ha asumido que acaban de empezar “una etapa que durará mucho tiempo”, la de convivir con la guerra.
Las paredes del modesto apartamento retumbaron con fuerza. El estruendo fue brutal. Y entonces, un trozo de techo se derrumbó y empezó el fuego. Nina Verloka había preparado ese día la cena y su hijo y su hermana estaban sentados en la mesa de la cocina. Listos para empezar. Frente a los atónitos y desesperados ojos de Nina, el furioso bombardeo, uno de los muchos ese día en Járkov, mató a ambos e hirió a la mujer, de 41 años. También a otras cuatro personas de su edificio. En un instante, en un pestañeo, Nina lo perdió todo. Acostada en una cama del hospital número 4 de la segunda ciudad de Ucrania, retuerce las manos y muestra en el móvil una fotografía de la jovencísima familia: un adolescente espigado y sonriente y una chica de 19 años de rostro dulce y cabellos claros y lisos que sonríe a la cámara.
Nina está furiosa. Furiosa con Vladímir Putin, con las tropas rusas, con la capacidad de un solo hombre de llevar la catástrofe y la destrucción a su vida y la de toda Ucrania. “Teníamos un país maravilloso, con gente buena. ¿Y ahora dice que quiere liberarnos, protegernos? ¿De qué, de quién? ¿Por qué nos hacen esto? No lo entiendo”, exclama. Como truenos, un rosario de explosiones, contundentes y seguidas, no demasiado lejos, guía sus palabras. Es la banda sonora que la acompaña. El fuego suena cerca del hospital.
Járkov, en el este de Ucrania, con un millón y medio de almas antes de la invasión y situada a unos 40 kilómetros de la frontera con Rusia, fue uno de los primeros objetivos de la invasión de las tropas enviadas por Putin. Entraron en la ciudad con unos cuantos vehículos de artillería Tigr, pero fueron eliminados o capturados rápidamente. Desde entonces, tratan de asediarla y la urbe está bajo el fuego constante e implacable. Noche y día. La estrategia pasó a ser la de bombardeos y disparos indiscriminados de artillería contra zonas residenciales. Como el edificio de Nina. Una práctica de desgaste, de tierra quemada, que el Kremlin ha pasado a aplicar en otras ciudades ucranias. Hoy, Járkov es la segunda ciudad más castigada por los ataques rusos tras Mariupol, dicen las autoridades locales. Recibe unos 80 impactos de proyectiles al día; desde cohetes a artillería.
Al hospital número 4 de Járkov llegan cada día unas 10 personas heridas por las explosiones; por la metralla, como una mujer mayor que acaba de ingresar, inmóvil y con el rostro cubierto de sangre; o por cohetes de lanzamiento múltiple, conocidos como Grad, que en ruso significa granizo. Una tormenta que arrecia con fuerza contra la ciudad. Desde que Putin lanzó su “operación militar especial” para “desnazificar” y “desmilitarizar” Ucrania. Ha habido muchos muertos adultos, dice Olena Poleshuk, directora médica del centro sanitario, pero también han muerto en el hospital número 4 tres niños desde que empezó la guerra. “El número de personas que traen es abrumador. Es emocionalmente devastador”, dice Polashuk. No paran de llegar al centro alimentos donados, fármacos, ropa.
Dmitri Kravchenko, vigilante herido en un ataque, en un hospital de Járkov. María Sahuquillo
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Mientras, en el instituto forense central no les quedan bolsas para cadáveres. Allí, en el patio, han colocado los cuerpos en tres filas: los enfundados en grandes bolsas negras, aquellos cubiertos con plásticos y una larga columna de cadáveres apilados, envueltos en toallas, sábanas, o al aire. Hay cerca de un millar de cuerpos. Como el último en llegar, un hombre sin rostro y con la camisa desabrochada. Todos los que están a la vista llevan ropas civiles. Al menos 300 personas han muerto en la región de Járkov por ataques desde que el Kremlin lanzó la invasión, según las autoridades locales. Pero la cifra es mucho mayor, reconocen. Y el conflicto armado no ha cambiado los patrones de la vida: la gente se sigue muriendo por cosas de todo tipo, enfermedades, accidentes, comentan dos trabajadores de la morgue, encogiéndose de hombros. No solo la guerra mata y no dan abasto. Y esta es solo una de las tres morgues de la ciudad.
El centro histórico de Járkov, conocida como la capital intelectual de Ucrania, con larga tradición educativa y que alberga joyas del constructivismo, está hoy prácticamente pulverizado. Convertido en escombros y cascotes. El museo de arte, con su colección de pintores rusos como Ilia Repin e Ivan Shishkin, no tuvo tiempo de poner sus tesoros a salvo. También la biblioteca Korolenko, hogar de valiosos manuscritos, ha sido víctima de los bombardeos.
Apenas hay gente en las calles de la almendra central, donde el paisaje de edificios bombardeados y coches calcinados se repite. El sonido de las alarmas que nunca se apagan es constante. El patrón de ataque a infraestructuras civiles se repite en muchas ciudades y es cada vez más feroz, contundente e indiscriminado. En Dnipró, en el centro del país, este martes una explosión ha alcanzado la estación central de tren y ha matado a una persona.
En Járkov, los ataques han alcanzado al menos a 400 edificios altos de apartamentos, según las autoridades. Y muchos de los que todavía están enteros ya no tienen suministros básicos: agua, gas, electricidad. Más de 700.000 personas han salido de la ciudad como han podido. En trenes, dejando a sus mascotas atrás por la imposibilidad de llevarlas con ellos los primeros días. En largas filas de coches.
Destrozos en una calle de Járkov.María Sahuquillo
Todo está cerrado. Solo algunas farmacias y supermercados dan servicio al público, que apura las pocas cosas que ofrecen y hacen colas constantes. Es casi imposible encontrar carne. Algunos viven en el metro, convertido en refugio. O en otros sótanos de la ciudad. Pero cada mañana, muchas de las calles están barridas y limpias, muchas papeleras tienen bolsas nuevas. La vida continúa. Aunque cierre los puños y se muerda la lengua, uno termina por acostumbrarse a todo. También a los bombardeos constantes.
Como el que ha destruido una carísima boutique de relojes del centro. Y una botica antigua. Y una tienda de moda donde los maniquíes decapitados descansan en el suelo, entre los cascotes. Los primeros días, afloraron los saqueadores y los vecinos y grupos de milicianos los ataron a los postes y los apalearon. Ahora, la policía sigue a la busca de los merodeadores y saqueadores. El lunes detuvieron a uno que supuestamente había robado medicinas y que se escondía en el metro. Eso, los saqueos, que la gente se tome una especie de justicia por su mano, también ha pasado en esta guerra.
Población rusoparlante
Dmitri Kravchenko estaba sentado en su puesto de vigilante en una fábrica cuando le alcanzó la metralla de un ataque. Fue hace tres días y aún no sabe si perderá el ojo. Lo lleva cubierto por un parche. Tiene cicatrices en el rostro y en el cuello. “[Putin] dice que somos nazis, ¿sabe? También los niños asesinados por las bombas…”, ironiza enfundado en un jersey ocre en el que se lee Fun creation. En Járkov, como en muchos otros puntos de Ucrania, sobre todo en el este, la gran mayoría de la población es rusoparlante, como aquella que el jefe del Kremlin dice proteger. En 2014, tras las protestas que derrocaron al presidente prorruso Viktor Yanukovich y la invasión rusa de la península de Crimea —que el Kremlin se terminó anexionando con un referéndum no reconocido por la comunidad internacional—, en Járkov también estallaron disturbios, como en las regiones de Donetsk y Lugansk. Manifestantes apoyados por Moscú e incluso personas llegadas desde Rusia proclamaron allí la “República popular de Járkov” y tomaron la sede del Gobierno regional. Las fuerzas del Ejecutivo lo recuperaron pronto.
Járkov, que una vez se vio como una ciudad con simpatías prorrusas, cambió con aquello. La recepción de más de 100.000 desplazados internos de las zonas de Donetsk y Lugansk bajo control del Kremlin por medio de los separatistas prorrusos, modificó asimismo el paisaje; y la ciudad también consagró su giro hacia Occidente, como el resto de Ucrania. Al invadir la segunda ciudad del país, Putin quizá pensó que sería un paseo, que la ciudadanía abriría las puertas a las tropas rusas, con sus inquietantes zetas blancas pintadas en los tanques.
Se equivocó. Tampoco en Járkov la lengua está unida a la identidad. Y la ciudadanía que se ha quedado resiste bajo el granizo, dice Kravchenko. “No pasarán”, exclama en español y con el puño en alto. El grito antifascista de la Guerra Civil española, que se convirtió en el lema de los 35.000 voluntarios de las Brigadas Internacionales que viajaron a España desde más de 80 países para defender a su Gobierno legal, se repite constantemente en Ucrania contra Putin y sus tropas.
En el hospital número 4, en la habitación de Nina Verloka, otras cinco mujeres heridas por bombardeos la escuchan atentamente, a veces con frases entrecortadas, incoherentes, hablar de su hijo, de su hermana, de su casa. Poleshuk, la directora médica del centro, la observa: “La guerra no es un país, es la historia de cada persona. Es cada uno de nosotros”.
En la zona hay denuncias constantes por hurtos e intimidaciones. Los «robos se han presentado en el puente y al rededor de nuestras unidades»; en el sector piden un CAI.
Noticias Cali.
Un nuevo hecho de sangre golpea a Cali, la víctima un hombre al que atacaron a disparos en el barrio Ciudad Meléndez, sur de la capital vallecaucana.
De acuerdo a los reportes, el homicidio tuvo lugar a la altura de la carrera 98C con calle 60.
El homicidio se presentó al interior de un reconocido establecimiento comercial en Ciudad Meléndez
Sobre los hechos aún no hay información oficial por parte de la Policía Metropolitana de Cali, sin embargo, lo que se ha podido establecer es que a la víctima mortal la habrían atacado en el interior de un establecimiento comercial.
La víctima habría intentado evitar un robo
La víctima fue identificada como Edwar P., oriundo de Buenaventura
Quienes acabaron con su vida intentaban cometer un hurto, trató de evitarlo pero terminó recibiendo varios impactos con arma de fuego.
La víctima fue identificada como Edwar P., oriundo de Buenaventura.
Los hechos se remontan al pasado viernes 28 de enero y dejó como resultado tres policías y ocho civiles lesionados.
Noticias Cali.
La información preliminar sobre las capturas de los presuntos autores intelectuales del atentado con granada en Comfandi el Prado fue entregada desde la Policía Metropolitana de Cali durante este lunes 21 de marzo al caer la tarde.
Dicha información no detallaba muchos detalles.
Sin embargo, durante la mañana de este martes a través de rueda de prensa precisaron más datos sobre las capturas.
Seguimiento, coordinación y reclutamiento de personas
Indicaron que fueron en total capturados tres hombres que pertenecerían a la Red de Apoyo a la estructura residual ‘Jaime Martínez’ (RAER).
Los cuales según la Policía, «eran los encargados de adelantar labores de seguimiento, coordinar y reclutar personas para la comisión de acciones terroristas contra la Fuerza Pública en la ciudad de Cali».
Fueron en total cuatro las capturas
En el operativo, las autoridades incautaron un arma de fuego original, un proveedor con 15 cartuchos, un arma traumática, ocho celulares y dos documentos falsos (cédula y licencia de conducción).
Así mismo, revelaron que estas personas se dedicarían al tráfico de armas en el Valle, Cauca y zonas del sur del país.
Estaban en Ciudad Córdoba y El Retiro
Las capturas de los presuntos autores intelectuales del atentado perpetrado el pasado 28 de enero fueron encontrados en los barrios Ciudad Córdoba y el Retiro.
Y según la Metropolitana, son conocidos con los alias de ‘Breiner’, ‘Taxi’ y ‘Mauricio’.
Con ellos se encontraba una mujer, que sería la compañera sentimental de uno de los capturados.
Nuevamente una explosión en Cali. Esta vez en la Autopista sur oriental, inmediaciones de Comfandi El Prado. Varios lesionados, entre ellos 4 policías. 👉🏼⚠️ https://t.co/dlSFchV7nppic.twitter.com/rTLcykT4Et
Según las investigaciones adelantadas por las autoridades, alias ‘Breiner’ «era el cabecilla de esta red y quien se encontraba solicitado también por destinación ilícita de inmueble y tráfico de estupefacientes».
En cuanto a alias ‘Taxi’, indicaron «tenía medida de detención domiciliaria por el delito de homicidio y en su poder fueron hallados documentos falsos de una persona a la que se encontraba suplantando para realizar trámites como la adquisición de vehículos tipo taxi».
Automotores que serían utilizados «como fachada para el reclutamiento y traslado de delincuentes y la comisión de acciones criminales, como es el caso del hombre que habría lanzado el artefacto explosivo del 28 de enero y quien fue capturado el mismo día».
Además de los dos anteriores, también fue detenido un hombre conocido con el alias ‘ de ‘Mauricio’, sujeto de confianza de un cabecilla del GAOR ‘Jaime Martínez’.
Éste, «presuntamente se movilizaba desde el Cauca con instrucciones precisas para ejecutar acciones terroristas los 28 de cada mes, en relación a la fecha del paro nacional vivido el año anterior, bajo estrictas ordenes de Leider Johani Noscué, alias ‘Mayimbú’, cabecilla disidencia del sexto frente de las FARC.
Seguimiento del lanzamiento
Tras la explosión hubo varias imágenes que se empezaron a compartir a través de redes sociales y en las que se podía apreciar el recorrido y momento exacto en el que el artefacto es lanzado.
El hombre cruzó la calle y caminó rumbo al lugar de los hechos.
Cámaras captaron al sujeto.
Se acercó, volvió a pasar, evitó varios vehículos que transitaban por la calle 23 y continuó su marcha.
Sus pasos eran captados por una de las cámaras de seguridad del lugar.
Le hicieron seguimiento
Cruzó la calle y luego lanzó la granada
El hombre iba vestido con una camiseta blanca y una bermuda oscura de acuerdo a lo que permiten observar las imágenes.
Luego de pasar la calle se acerca al lugar en donde se encontraba la patrulla y el artefacto explotó.
Así fue:
ATENCIÓN.
Así fue el atentado contra Policias en el sector de Comfandi el Prado en donde varios policías y particulares resultaron lesionados. pic.twitter.com/hKZDp0CJ7T
Al igual que este vídeo también se conoció otro en el que varias personas que se movilizaban en un vehículo particular seguían a un sujeto y lo señalaban como la persona que había lanzado el explosivo.
El primer capturado
El joven al que grabaron sería el mismo que minutos después fue capturado por las autoridades y presentado como uno el presunto responsable.
“Mariupol es el infierno”, cuenta Tatiana. Ella y su familia han pasado 15 días bajo asedio ruso en Mariupol. Sin luz, sin agua, sin calefacción, sin ningún tipo de conexión con el mundo exterior. Sin más noticias que el frío y las detonaciones constantes de misiles y disparos. Tatiana relata que los rusos comenzaron a disparar sobre las viviendas primero desde los tanques. Después pasaron a bombardear la ciudad desde el aire. El miércoles abrieron fuego sobre la ciudad desde los barcos atracados en el mar de Azov. Tatiana, que tiene 65 años, fue la persona que hace varios veranos me llevó al Teatro Dramático de Mariupol a ver El piso de Zoika, de Mijail Bulgakov. El Teatro Dramático ha sido destruido en un bombardeo este miércoles a pesar de que su sótano servía de refugio a cientos de personas. Tatiana es ahora una refugiada a la que le tiembla la voz. Hace solo un mes, el teatro era un enorme edificio blanco con butacas rojas de terciopelo ante el escenario y Tatiana era solo mi tía abuela.
Ahora mismo es muy difícil contactar con alguien que esté dentro del cerco brutal que Mariupol vive desde hace más de dos semanas. La escasa información que se abre paso desde allí, aparte de la que dan el alcalde y unos pocos medios internacionales, es de los relatos de los que han huido o la que, como breves destellos en medio de la oscuridad, van colgando en Telegram los habitantes asediados. Hasta hace un mes, en la ciudad vivían 430.000 personas. Y donde antes hubo vida, playas, enormes avenidas llenas de álamos que en verano soltaban una pelusilla blanca que se arremolinaba sobre las aceras, ahora solo quedan escombros y troncos quemados.
Fue el 2 de marzo cuando dejamos de recibir noticias de Tatiana y su familia. Al principio pensamos que sería algo temporal, una caída de red como la que vivimos durante cuatro días en los que no tuvimos noticias de mis abuelos porque habían derribado una torre de comunicaciones. Pero los días pasaban y no había ninguna señal de vida. Ni un wasap, ni una llamada, ni un mensaje de texto. Entre todos, comenzamos a buscar información de ellos en los grupos de Telegram de la ciudad esperando, al mismo tiempo, que sus fotos, la foto de su casa, no estuviera entre las que se publicaban. En este momento, el grupo Mariupol seichas (Mariupol ahora, en castellano) es una de las pocas rendijas abiertas al mundo por la que se cuela el horror que está viviendo la ciudad. Los administradores reúnen mensajes que consiguen hacerles llegar los habitantes con algo de conexión sobre el minuto a minuto de Mariupol.
La mayoría de los archivos son vídeos y fotografías de barrios residenciales arrasados. “Distrito 21″, cuelga alguien acompañado de las fotos de varios edificios de nueve pisos con todas las ventanas destrozadas, las cortinas flotando en el aire. “El centro de la ciudad, ahora”, escribe otra persona y acompaña el texto de un vídeo en el que se ven joyerías, librerías y locales con perchas con ropa que ahora escupen humo negro por sus ventanas. Otros mensajes son gritos desesperados de los que desde hace dos semanas no encuentran a los suyos. Nikolay cuelga uno en el que escribe: “Busco a Pavel Batselev, 80 años. Vivía en la calle Talalijina 55″. La calle de la que habla ha quedado reducida a escombros. Igor escribe en otro mensaje: “¿Alguien sabe cómo está el refugio de la maternidad del distrito Orilla izquierda? Allí está mi hija con mis nietas”. Casi ninguno recibe respuesta.
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“Hay barrios en ruinas. Han nivelado la ciudad con el suelo. Mariupol ya no existe”, relata Tatiana. La ciudad que vieron por última vez sus ojos es una urbe de carreteras destruidas, edificios de viviendas ennegrecidos, comercios en los que apenas queda alguna letra en la fachada que hace suponer que allí hubo una vez una panadería o una peluquería. El teniente de alcalde de Mariupol, Sergey Orlov, ha afirmado en una entrevista a Forbes que entre el 80% y el 90% de la ciudad ha sido bombardeada. “No hay ningún edificio intacto”, ha asegurado.
Imágenes satélite de los destrozos causados por bombardeos rusos el 8 de marzo sobre Mariupol en zonas residenciales y centros comerciales.
Centro comercial dañado / Maxar
Centro comercial reducido a cenizas / Maxar
Barrio residencial / Maxar
Barrio residencial bombardeado / Maxar
Imágenes satélite de los destrozos causados por bombardeos rusos el 8 de marzo sobre Mariupol en zonas residenciales y centros comerciales.
Centro comercial dañado / Maxar
Centro comercial reducido a cenizas / Maxar
Barrio residencial / Maxar
Barrio residencial bombardeado / Maxar
Durante los 15 días de asedio, Tatiana y su familia cocinaron sobre una fogata improvisada con ladrillos y las ramas de los árboles. También pudieron beber agua de un pequeño arroyo que pasa cerca de su casa. Cuando le pregunto si pasaron hambre, se queda en silencio. No hay necesidad de decirlo con palabras. Al salir de la ciudad en uno de los últimos corredores humanitarios abiertos, decidieron parar en un pequeño quiosco que vendía algo de comida. Mientras hacían cola, un proyectil cayó cerca del coche. En un pestañeo, todos los que se habían quedado cerca de los vehículos aparcados yacían en el suelo. Apenas un instante separa a una persona viva de ser contabilizada como cadáver. El coche quedó fuertemente dañado por la metralla y las ruedas desinfladas. Por suerte, pudieron contactar con un conocido que vivía cerca y que les remolcó hasta el pueblo más cercano y tranquilo donde están refugiados ahora.
Una mujer ante edificios en llamas en Mariupol, el pasado 13 de marzo.Evgeniy Maloletka (AP)
En los sótanos de Mariupol se refugian ahora miles de personas. La vida se ha trasladado bajo tierra, donde los habitantes de la ciudad intentan sobrevivir con lo último que les queda. Los que tuvieron tiempo se llevaron toda la comida que pudieron de sus casas antes de que fueran destruidas. Otros entraron en las casas que habían abandonado sus vecinos por lo que habían dejado atrás. Hace ya días que no queda agua en la ciudad y los convoyes humanitarios llevan casi dos semanas tratando de entrar con suministros pero siempre acaban dando media vuelta por culpa de los disparos. Los habitantes han estado derritiendo nieve para poder cocinar y beber y vaciando las tuberías de la calefacción en un intento de conseguir al menos un vaso de agua.
Bajo tierra hay también mujeres embarazadas que han dado a luz a niños prematuros y muertos a los pocos minutos de nacer. La expresión “dar a luz” nunca tuvo tan poco sentido. Clavada en la retina queda la imagen de la maternidad principal de la ciudad bombardeada hace una semana. De las dos mujeres embarazadas que salieron en los medios, una tuvo una niña y se encuentra bien. La otra murió después de parir a un bebé muerto.
Aliona quedó sepultada con sus hijos en uno de los refugios, un simple sótano debajo de un edificio de hormigón de nueve pisos construido en los años setenta. Con ayuda de hombres que se resguardaban también allí, consiguieron salir de entre los escombros y escapar de la ciudad a pie hasta llegar a casa de unos familiares a las afueras de la ciudad. Durante los días que estuvo allí, relata que llegaron a recoger agua de lluvia para poder beber. “Ya he aprendido que en la guerra te beberás hasta el agua de los charcos”, cuenta. En su voz no hay ni rastro de metáfora. Ahora Aliona vive con 17 personas más en la misma casa. Por culpa del shock, es incapaz de contar nada más.
Anastasia Erashova llora con su hijo en brazos en un hospital de Mariupol. Sus otros dos hijos acababan de morir en un bombardeo ruso, el pasado 11 de marzo. Evgeniy Maloletka (AP)
Al igual que Aliona, Natalia también escapó a pie de la ciudad la noche del martes con sus hijos. Con miedo de ser disparados y con la desesperación del hambre por quedarse en un lugar en el que desde hace mucho no queda comida en las tiendas, fueron andando por la carretera hasta que un camión se paró a recogerlos. Se subieron en la parte trasera descubierta del vehículo, desde donde hicieron todo el camino. No recuerda casi nada. “Me puse a llorar. De pronto me puse a llorar y no podía parar. He llegado a Zaporiyia descalza, con la ropa que llevaba, sin nada más que ponerme. Cuidaos mucho. Esto da muchísimo miedo. Os abrazo a todas”, escribió en su grupo de trabajo, en el que antes compartía recetas y fotos de las flores de sus macetas.
No hay cifras fidedignas de la cantidad de personas que han muerto desde que comenzó el asedio. Los últimos datos aportados por el teniente de alcalde de la ciudad indican que ya hay 2.358 fallecidos, pero las imágenes de la destrucción de la ciudad equiparan Mariupol a Alepo o a Grozni, ciudades ya bombardeadas por Vladímir Putin en el pasado, y hacen sospechar que, si algún día tenemos un recuento oficial, la cifra actual será anecdótica. Se cavan zanjas en la tierra helada para enterrar decenas de cadáveres en fosas comunes. Algunos entierran a sus muertos bajo la hierba de los parques de la ciudad. Muchos cuerpos yacen en medio de la calle desde hace días: los disparos constantes hacen que sea imposible siquiera pensar en un funeral.
Hasta la tarde de este jueves, han salido de Mariupol 30.000 personas, según datos de la Administración local. La mayoría lo ha hecho en coches que van en dirección a Zaporiyia con cintas blancas atadas en todos los retrovisores y enormes inscripciones con la palabra “NIÑOS” en los cristales en un intento de evitar que les disparen. Dentro viajan adultos y dos o tres niños por coche sentados en sus rodillas. Tantos como quepan en el vehículo, no es el momento de respetar las normas de tráfico. Algunos niños que llegan de Mariupol han perdido el habla.
Es difícil asimilar que una ciudad con una cifra similar de habitantes a la de Murcia, que contaba con 64 colegios y 86 guarderías, las tres principales fábricas siderúrgicas del este del país, un gran puerto, parques de atracciones, cines y grandes centros comerciales, ahora mismo esté reducida a escombros. Una ciudad que antes producía el 5,5% del PIB de Ucrania, que ahora está sitiada y sobre la que pesa desde hace días una nube negra por culpa del humo de los bombardeos y las ruinas aún humeantes.
Después de 15 días de horror, Tatiana asegura que aún le tiemblan las rodillas, aunque ahora ya está en un lugar seguro. “No hacía otra cosa que rezar, todo el día rezando, una y otra vez”, cuenta. “Estábamos escondidos cada uno en una esquina de la casa por si caía una bomba, esperando que al menos aguantaran las vigas maestras”, explica. También asegura que jamás volverá a la ciudad aunque su casa siga en pie. Su casa nunca volverá a ser un hogar, sino el lugar en el que se refugió de las bombas y los disparos, en el que pasó hambre, frío y sed y un terror que le impide dormir más de una hora seguida. El último mensaje que me mandó acaba así: “Desde ahora, para mí, todos los rusos son asesinos de niños y mujeres. No tienen perdón y nunca lo tendrán”.
Una anciana camina ayudada por un bastón junto a su edificio, dañado por los bombardeos rusos en Járkov, este martes.SERGEY BOBOK (AFP)
Mi abuela me cuenta la guerra. “No sabes el miedo que da estar en un sótano frío toda la noche mientras fuera disparan”, dice. Casi todos los abuelos de Europa cuentan a sus nietos historias de la guerra, pero no todos las cuentan en directo, minuto a minuto, por llamada de WhatsApp. La guerra que me cuenta mi abuela no sucedió hace 80 años. Está sucediendo ahora, mientras yo escribo esto y usted lo lee.
En la ciudad a la que huyó mi abuela después de salir de Mariupol el primer día de la invasión rusa, pasaron cuatro días sin luz, agua, calefacción ni cobertura o conexión a internet. En esos cuatro días, las tropas rusas tomaron la ciudad en la que estaban y, a pesar de que el alcalde no la ha abandonado, son los rusos los que patrullan las calles y las recorren con plena libertad en tanques y carros de combate. También hacen vida normal: se les ve yendo a la peluquería a cortarse el pelo o saludando a los vecinos que hacen cola a las puertas de las tiendas. A todos les dicen lo mismo: “No os preocupéis, esto se acabará pronto. Os hemos liberado”. Mi abuela dice que cuando la saludan, ella les gira la cara.
La vida en una ciudad bajo el control de los soldados rusos es una pantomima de la vida que fue. Las tiendas, a las que no abastecen de comida desde el 24 de febrero, volvieron a abrir esta semana, pero apenas tienen nada que vender. Se deshacen de la comida que todavía queda en los estantes, algunos alimentos ya están caducados y otros acabaron en mal estado tras los cortes de luz. Aun así, mi abuela es positiva: “Todavía no estamos revolviendo en los cubos de basura, tampoco nos podemos quejar”.
Las situaciones más trágicas y dramáticas normalmente mueven el indicador de la queja hacia límites que en un momento de normalidad te parecían intolerables. Que una tienda venda comida caducada era intolerable. Que una tienda te deje llevarte solo un paquete de avena y un brick de crema de guisantes en polvo era intolerable. Que tengas que hacer tres horas de cola bajo la nieve para conseguir una barra de pan, solo una por persona, era intolerable. Ahora es, simplemente, el día a día.
Aceptas que las gasolineras no tengan gasolina, que las farmacias no tengan medicamentos y aceptas reservar el agua que consigues en garrafas: es para beber o cocinar, pero no para lavar la ropa porque eso se convierte en una necesidad secundaria. A mi abuela le da apuro decirlo, pero al final me lo confiesa: “Yo me fui con una bolsa con bragas y se me pasó echarme algo de ropa. Así que así sigo, dos semanas después, con la misma ropa día tras día. No me la quito ni para dormir, no vaya a ser que comiencen a bombardear y tenga que salir corriendo de nuevo al sótano”. También le da apuro contarme que los cuatro días que estuvieron sin luz ni agua tuvieron que hacer sus necesidades en una bolsa de plástico como las que usamos en el primer mundo para recoger la mierda de los perros. A veces se nos olvida que la guerra no son solo las bombas y los disparos. También es la extirpación de todo rastro de humanidad, convertirte en animal por culpa de los delirios de una bestia sentada en su despacho moscovita.
En una ciudad en la que el toque de queda comienza a las seis de la tarde y acaba a las seis de la mañana, mi abuela pasa casi todo el día esperando en las colas. Por la mañana sale de casa a darse una vuelta por las calles y si ve una cola se suma a ella. Como durante los tiempos de la perestroika, la gente que espera a las puertas de la tienda no sabe ni qué están esperando, ni cuántos productos podrá llevarse ni si, para cuando llegue su turno, quedará algo que llevarse.
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“Yo me pongo a esperar, algo me llevaré”, me dice. Luego me escribe orgullosa que este martes ha conseguido comprar un paquete de té, otro de galletas y unas cajas de cerillas. “No sé si podré volver a casa”, cuenta al otro lado del teléfono y, por primera vez, su voz tiembla. Luego se convierte en un clamor rabioso: “A mí me da igual quién me va a gobernar. Yo solo quiero volver a ver a mis hijos y a mis nietos, que vuelvan a visitarme a casa y haceros tortitas a todos”. Y yo solo quiero que mi abuela deje de contarme historias de la guerra.
Varios proyectiles de mortero han caído a lo largo de la mañana del domingo en la carretera por la que están siendo evacuados a pie los civiles de la localidad de Irpin, en dirección a Kiev y a unos 20 kilómetros de la capital. En el vídeo que acompaña esta noticia puede ver las consecuencias de esta ofensiva rusa y la evacuación apresurada de los vecinos de Irpin con la ayuda de los militares ucranianos. Hay, al menos, tres muertos causados por uno de estos morteros en el cruce principal del pueblo de Romanov, según han confirmado a EL PAÍS varios reporteros presentes durante los ataques. Los cuerpos permanecían tapados delante de la iglesia y del monumento a los caídos en la Segunda Guerra Mundial, a escasos metros de donde el Ejército ucranio tiene un destacamento en retaguardia desde el que salen constantemente militares hacia la línea del frente.
Los morteros cayeron de manera repetida por el mismo lugar en el que en los últimos días pasan de manera constante miles de vecinos camino de Kiev, a tan solo 24 kilómetros de Irpin. La mayoría son mujeres y niños que, en algunos casos, son acompañados por los hombres que, posteriormente, regresan a la localidad y colaboran en su defensa. Romanov contaba hasta el comienzo de la guerra el 24 de febrero con unos 2.000 habitantes. Esta localidad tenía uno de los dos puentes que da acceso a Irpin y que los propios militares locales dinamitaron la semana pasada para tratar de frenar el avance de las tropas del Kremlin.
Rusia y Ucrania se han acusado mutuamente este mediodía del segundo fracaso consecutivo de un alto el fuego para establecer un corredor humanitario que permita a los civiles salir de la ciudad ucrania de Mariupol (sureste del país). Es la segunda vez —la primera fue ayer sábado— que las partes intentan establecer estas vías seguras para que la población pueda huir de la ciudad, sitiada desde hace días por las tropas rusas y sin electricidad ni agua.
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En el último recuerdo que tengo de Mariupol, la ciudad olía a una mezcla agria de huevos podridos y humo de los tubos de escape. A tensión y a guerra latente. A la última frontera antes del territorio separatista de la autodenominada República Popular de Donetsk. En mi última visita a Mariupol, en 2019, todavía no nos había engullido una pandemia y aunque los checkpoints militares para entrar y salir de la ciudad te advertían de que llevábamos cinco años sin tener una paz completa, la ciudad vivía en una relativa normalidad. Hoy Mariupol huele a sangre.
Desde hace tres días, la ciudad está completamente sitiada por las tropas rusas. No hay luz, ni agua, ni internet. Tampoco cobertura. Desde hace tres días, no tengo noticias de la familia que al comienzo de la invasión rusa decidió no abandonar la ciudad. Una conocida ha logrado salir de Mariupol esta noche y su relato sobre lo que ocurre dentro ilustra una guerra total: los disparos en las calles no cesan; los supermercados, desabastecidos, venden los alimentos que quedan, muchos ya caducados; la gente tiene que hacer cola en las calles para acceder a las tiendas y algunos caen muertos por los disparos mientras esperaban para comprar el pan.
Al comienzo de la invasión rusa ya sospechábamos que Mariupol iba a convertirse en uno de los epicentros de los combates. Situada en el sureste de Ucrania, a orillas del mar de Azov, esta ciudad de casi medio millón de habitantes es una de las 10 más grandes de todo el país. Fundada en el siglo XVI a partir de un asentamiento cosaco, la urbe fue mudando de nombre y de imagen a lo largo de los siglos. Después de que Catalina la Grande tomase Crimea, a la primigenia ciudad de Mariupol fueron llegando los griegos y tártaros que huían de la península, estableciéndose en su costa y formando, a día de hoy, la mayor comunidad de griegos de toda Ucrania. Tanto que a partir de 1989 en algunas escuelas el griego empezó a impartirse como una segunda lengua tras el ucranio.
El verdadero desarrollo económico no llegó a la ciudad hasta el siglo XIX, cuando Mariupol dejó de ser solo un punto portuario con decenas de fábricas de pescado y se convirtió también en un importante centro industrial con la construcción de las primeras plantas metalúrgicas. Actualmente, la industria del metal supone el 78% de la producción industrial total de la ciudad y la ciudad crea el 5,58% del PIB total de Ucrania.
El enmarañado de calles y sus nombres recuerdan la historia de la urbe: hay restos de héroes soviéticos, pedestales vacíos en los que antes se alzaba Lenin y denominaciones en griego para poblaciones aledañas. Los edificios residenciales de 9 y 14 pisos construidos con grandes bloques de hormigón durante la época de Jrushev y Brezhnev dominan el skyline de la ciudad. Y de fondo, siempre presentes, las fábricas metalúrgicas escupiendo humo que tiñe de gris plomizo las nubes que no sabes si traen lluvia o están preñadas de esquirlas de metal.
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En los últimos años, Mariupol comenzó a sufrir una transformación que ha ido convirtiéndola en una ciudad cada vez más occidentalizada, con parques de atracciones o grandes centros comerciales como el de Port City que ha sido saqueado esta noche y en el que, hace unos años, mis primos y yo estuvimos comiendo pizza y jugando a los bolos. En 2021, Mariupol se situó en el puesto número seis como mejor ciudad ucraniana para vivir, adelantando a grandes urbes como Kiev, Odesa o Járkov. Hoy, la normalidad está aniquilada. Por su posición geoestratégica, sus industrias, su puerto y su economía, Mariupol ha sido desde el principio de la invasión uno de los puntos más atractivos para Putin. A pesar de que, según una encuesta de 2001, el 89% de la población de Mariupol consideraba el ruso como su lengua materna y es la lengua utilizada en la ciudad, el sitio y la ruptura de los corredores humanitarios este mismo sábado muestran que el Ejército ruso está decidido a tomar la ciudad o reducirla a escombros como ya ha pasado en Járkov. Mariupol ha acabado siendo víctima de su propio desarrollo y prosperidad.