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Todo comenzó con el aviso de los traileros. Mensajes de radio donde alertaban, desde el martes por la tarde, que se venía la tragedia a los pueblos. Hombres armados para destruir una ciudad, decenas de camionetas con blindaje artesanal, perforadas para encajar los rifles de asalto de un calibre capaz de tumbar helicópteros, marcadas con una X, como en una guerra, para no confundir con el enemigo. Se movían rápido hacia el norte, según avisaban los conductores de camión que trataron de alertar con horas de antelación de lo que estaba a punto de suceder. Sin nadie pisándoles los talones, conscientes del poder de sus pistolas, estos hombres vestidos de militar y equipo táctico, se tomaron el tiempo de echar gasolina a sus carros, de grabarse en vídeo presumiendo de artillería y cilindradas: “Ya llegó la Chapiza: venimos con todo”.

La noche del martes nadie miraba a Caborca, la última ciudad del desierto de Sonora que comunica con Estados Unidos, de unos 89.000 habitantes. Y los hijos despiadados del que fuera el mayor narcotraficante del mundo, Joaquín El Chapo Guzmán, estaban a punto de sitiar de nuevo una localidad completa. Mientras eso sucedía, toda la información nacional estaba rebasada por la división entre los partidarios de Andrés Manuel López Obrador y sus adversarios por una investigación periodística contra el hijo mayor del mandatario; los habitantes de las zonas acomodadas de la Roma y la Condesa, en la capital, protestaban en redes por la “invasión yanqui” que ha disparado los alquileres; los periodistas se unían por primera vez porque los están matando en las provincias; el país hervía desde el centro y mientras eso sucedía, una guerra se acababa de desatar en el norte, pero también en Michoacán, en Colima, en Guerrero o en Zacatecas, y miles de habitantes rezaban en sus casas para que las balas no atravesaran la pared. Todo esto pasa en México todos los días al mismo tiempo.

Alrededor de las siete de la tarde del martes, un convoy con más de 20 camionetas desfiló desde Altar (Sonora) hacia Caborca, unos 35 kilómetros al norte. Este puñado de millas desérticas divide el poder de dos principales cárteles de la droga, históricamente unidos. En Altar se han hecho fuertes los hijos de El Chapo, conocidos como Los Chapitos, más sanguinarios e impredecibles de lo que fuera su padre, según los expertos consultados. En este pueblo recóndito a pocos kilómetros de Estados Unidos, el narcotráfico ha encontrado en los últimos años otro negocio muy rentable: los migrantes. Hasta este punto llegan todos los dramas que riegan el resto del país, los miles de hacinados en Tapachula, los otros miles que logran salir de centros de detención, los que consiguen avanzar hacia el norte. Un embudo de cientos de ellos cada día que buscan cruzar del otro lado por precios que van desde los 4.500 dólares a los 7.500 por persona.

Y en Caborca mantienen el poder los herederos del histórico capo de los noventa, Rafael Caro Quintero, agrupados bajo su lugarteniente, apodado El Cara de Cochi. Todos de Sinaloa y todos antiguos socios que han controlado las rutas del desierto desde hace décadas para el tráfico de droga hacia Estados Unidos. La desgracia de los cabecillas, la de El Chapo, cumpliendo cadena perpetua en Estados Unidos, y la de Caro, tras 28 años en prisión y ahora prófugo, ha fragmentado al poderoso cartel de Sinaloa, que se pelea esta codiciada plaza. Los Chapitos quieren todo el negocio: las rutas de la droga, las armas y los migrantes, cuentan veteranos reporteros de la zona. Por este motivo, amenazan y sitian, cuando se les antoja, la ciudad del enemigo.

Los balazos se escuchaban cada vez más cerca. Una vecina de Caborca, de 45 años, cuenta desde el otro lado del teléfono cómo desde las siete de la tarde del martes sabían, a través de grupos de Whatsapp, lo que habían avisado los traileros. También lo supo desde ese momento la policía, la Guardia Nacional y hasta el Ejército. Se metieron en sus casas y esperaron a que comenzara el asedio de su pueblo sin que una autoridad lo impidiera. Desde sus salones y habitaciones escucharon balazos sin tregua durante horas, el rafagueo de metralletas cada vez con más claridad. Y la taquicardia, la psicosis colectiva: “¿Nos vamos de aquí?, ¿a dónde?, ¿a un hotel?, ¿vendrán a por mí?”. “Empieza como si estuvieras en una zona de guerra, como si se fueran contra la ciudad. Los primeros balazos los escuchamos a las 12 de la noche y los últimos a las seis de la madrugada del miércoles. Nadie durmió”, cuenta la mujer, que prefiere no dar su nombre por miedo a represalias del narco.

Lo que ningún vecino de Caborca comprende es cómo un convoy de ese tamaño pudo pasar por delante del destacamento de la Guardia Nacional, con más de 150 hombres, y después, de otro de la Secretaría de la Defensa, sin que nadie, ni un solo soldado, se asomara a defender el pueblo. Mucho menos la policía municipal. “No hubo una sola autoridad que saliera a enfrentarlo, se escondieron todas las corporaciones. Nos dejaron solos, nos abandonaron”, señala la vecina. Y no es la primera vez que sucede algo así, esos mismos hombres, que en aquel momento sumaban más de 100, tomaron la ciudad en marzo del año pasado.

No se trató de un enfrentamiento entre carteles, sino de una declaración de intenciones. De una exhibición de fuerza que comenzó con la toma de la ciudad, desolada a esas horas, con balaceras a casas, agujereadas sus fachadas, el asesinato de dos hombres que quedaron tendidos en la calle y la búsqueda de posibles enemigos en casas. “Una vecina me contó cómo los sicarios se asomaban por las ventanas, por las azoteas, con sus armas, como buscando a gente, posiblemente narcomenudistas de los contrarios, con toda la impunidad del mundo”, agrega la mujer.

Con una de las camionetas tumbaron el portón eléctrico de la casa de los Uribe a las tres de la madrugada. Cuando la madre de Eduardo Uribe se despertó, un grupo de 10 sicarios había rodeado su cama. Buscaban a su hijo. Estaba durmiendo en otro cuarto con su amigo, Sebastián Manríquez, hijo de un veterano periodista de Caborca. Se los llevaron a los dos a la fuerza, pese a los gritos y súplicas de la madre desesperada. Los subieron a dos camionetas distintas. A las ocho de la noche del día siguiente, miércoles, apareció Manríquez. Su amigo ha aparecido con vida este jueves. Otros tres más fueron secuestrados esa noche, todavía hay dos desaparecidos.

Este jueves, Caborca sigue herida. Las escuelas han cerrado, el presidente municipal, Abraham David Mier Nogales, ha recomendado a los comercios un toque de queda no oficial para las 10 de la noche. “Reconozco que los hechos vividos esta madrugada rebasaron el nivel de respuesta de las corporaciones policiacas, ya que no fuimos capaces de prevenir estos lamentables hechos”, reconoció el alcalde. El Ejército, la policía y la Guardia Nacional se desplegaron el miércoles en las entradas del municipio, cuando los balazos hacía horas que no se escuchaban. “Ya sabemos cómo es esto. Los operativos duran dos o tres días y luego se relajan las corporaciones. Y vuelve la misma situación. Como si les estuvieran dando chance a los sicarios, vacaciones, mientras ellos simulan que tienen el control”, señala una vecina indignada.

Hace solo seis días, López Obrador emprendía una gira por Sonora, gobernada por el que fuera su jefe de Seguridad, Alfonso Durazo, gobernador desde septiembre. El recorrido incluía la revisión de las obras en estadios de béisbol y reuniones con autoridades de los pueblos yécora, seri y yaqui. La estrategia del Gobierno federal, como ha sucedido en otro de los puntos más calientes del país, Michoacán, es aumentar la presencia de soldados y agentes de la Guardia Nacional. Pero la cantidad de uniformados no ha evitado los balazos, ni en Sonora ni tampoco en Michoacán o Zacatecas, otro de los Estados con más presencia del crimen organizado en el último año.

El Estado, de casi tres millones de habitantes, tiene una tasa de homicidios que ronda los cinco al día. En 2021 murieron asesinadas 1.968 personas, una cifra que no ha dejado de crecer y que batió un récord letal de 23% más muertes que el año anterior. Durazo convirtió el tema de la inseguridad en su eje principal de campaña en las elecciones de junio del año pasado, y llegó a sacar pecho de los siete cuarteles de la Guardia Nacional construidos en el Estado, así como del despliegue de casi 3.000 efectivos del polémico cuerpo de espíritu castrense nacido ex profeso para controlar la violencia en el país. Formada por exmilitares y expolicías, el mando civil de la Guarda Nacional estuvo a cargo de Durazo como responsable de Seguridad. Pero la violencia, después de sus cinco meses de Gobierno en la entidad, sigue siendo la principal deuda pendiente.

Los criminales abandonaron Caborca después de 24 horas de sitio. Al menos un centenar de hombres con la capacidad de pasear con armas largas y grabarse en vídeos que publicaron en redes sociales mientras tomaban las calles sin que una autoridad les pusiera un freno. Escondida en sus casas, una ciudadanía acorralada por el poder real que gobierna su pueblo. Y así, hasta la próxima intervención. Las promesas de campaña, la pomposidad de los soldados y los cuarteles, se han silenciado a fuerza de balazos.

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Retrato de archivo de 2019 durante el juicio contra Joaquín 'El Chapo' Guzmán.
Retrato de archivo de 2019 durante el juicio contra Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán.Elizabeth Williams (AP)

Un tribunal de apelaciones de Estados Unidos ha ratificado este martes la condena a cadena perpetua del narcotraficante mexicano Joaquín El Chapo Guzmán Loera. La Corte de Apelaciones del Segundo Circuito en Manhattan ha rechazado la estrategia de la defensa que pretendía anular la sentencia contra el sanguinario capo argumentando las restricciones de libertad “sin precedentes” que vivió su cliente desde su detención (dos años y medio de confinamiento solitario) y una presunta mala práctica de varios miembros del jurado, que siguieron las noticias de la prensa pese a la prohibición expresa del juez que dictó sentencia.

El abogado de Guzmán, Marc Fernich, ha informado a través de un correo electrónico que el encausado llevará su queja a la máxima autoridad judicial del país, el Tribunal Supremo de EE UU, según informa la agencia de noticia Reuters. El capo mexicano, 64 años, se fugó dos veces de la cárcel, quiso filmar una película con Sean Penn y construyó un imperio multimillonario basado en el tráfico de drogas. En febrero de 2019 fue condenado por traficar miles de millones de dólares en drogas y conspirar para asesinar a enemigos, como líder del cártel de Sinaloa.

El Chapo cumple condena de por vida en la cárcel de máxima seguridad en Florence (Colorado) conocida como Supermax, inaugurada en 1994 para recibir a los reos más peligrosos del sistema penitenciario de Estados Unidos. Jamás ha escapado nadie de la ADX (Administrative Maximum Facility, siglas y nombre en inglés de la prisión).

En febrero de 2019, la suerte del narco más poderoso quedó en manos de un jurado compuesto por ocho mujeres y cuatro hombres. Las deliberaciones se extendieron durante más de 34 horas. Entonces, su esposa, Emma Coronel, vivía en libertad. A finales de diciembre del año pasado, Coronel, 32 años, fue condenada por un tribunal de la ciudad de Washington a una pena de tres años de cárcel por los delitos de tráfico de drogas y lavado de dinero, de los que se había declarado culpable.

El enemigo público número uno fue extraditado de México a EE UU en enero de 2017, donde quedó bajo custodia de las autoridades norteamericanas. El preso había sido enviado a una prisión de Ciudad Juárez, en Chihuahua (al norte de México, en la frontera con Texas) en mayo de 2016. Antes de eso, Guzmán estuvo cuatro meses en la prisión del Altiplano, desde el 8 de enero de 2016, cuando fue recapturado en Los Mochis, Sinaloa. El Chapo se había fugado de esa misma cárcel en julio de 2015, cuando sus secuaces cavaron un túnel de 1.500 metros desde una construcción hasta la celda del capo. Durante más de seis meses fue el prófugo más buscado de México.

La defensa del Chapo para revocar la condena se basó en un reportaje de la revista Vice, que contaba que cinco de los ciudadanos encargados de enjuiciar durante 12 semanas 10 cargos que incluían narcotráfico, tenencia de armas, lavado de divisas y asociación criminal desoyeron presuntamente la advertencia del juez de no seguir el caso en los medios de comunicación. El denunciante, otro miembro del jurado, hablaba en el artículo de forma anónima.

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Según Vice, leer en la prensa sobre las acusaciones de un testigo, que se consideraron inadmisibles en el juicio y que hablaban de como el narco había drogado y abusado sexualmente de niñas menores de edad, pudieron influir en el ánimo de esas personas. El fiscal federal Hiral Mehta replicó que los tribunales no deberían anular las condenas basándose sobre todo en las afirmaciones de jurados anónimos a páginas online. “Las pruebas aquí no son competentes, simplemente no lo son”, dijo Mehta.

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Todo empezó, según el relato judicial, con un correo anónimo recibido el 24 de septiembre de 2015, casi tres meses después de la increíble fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán del penal de máxima seguridad El Altiplano: el mensaje advertía a las autoridades que la actriz Kate del Castillo planeaba encontrarse con el líder del cártel de Sinaloa porque quería producir una película sobre su vida. “El próximo 25 de septiembre del 2015 se reunirá con él en el poblado de la Tuna, en Badiraguato, Sinaloa”, se lee en la transcripción, “solo necesitarán seguirla o intervenir sus teléfonos para que verifiquen lo que les estoy diciendo”. Más que un soplo, aquel mensaje parecía una instrucción (“recorrerán el pueblo ese día y visitarán a la madre”, dice en otra parte, “si no hay fuerzas armadas cerca”). Como sea, desde aquel día, la actriz se volvió oficialmente un objetivo de la entonces Procuraduría General de la República (PGR), y lo siguió siendo mucho después de que el narcotraficante fuera recapturado unos meses más tarde, en enero de 2016.

El repaso de la indagatoria que las autoridades emprendieron a finales de 2015 contra Kate del Castillo, al que tuvo acceso EL PAÍS, deja abierto un interrogante sobre los motivos o las pistas que impulsaron aquella investigación tras la caída del Chapo: durante 17 meses, la PGR se valió de intervenciones telefónicas, policías de inteligencia, auditorías fiscales, entrevistas testimoniales y cooperación con la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) para ver si era posible procesar a Del Castillo por delitos como delincuencia organizada, operaciones con recursos de procedencia ilícita y encubrimiento, tomando como punto de partida sus intercambios y su encuentro con El Chapo Guzmán. Nada funcionó: las pruebas no sirvieron para asociarla con el cártel de Sinaloa ni revelaron que hubiera dinero del capo detrás del tequila que promocionaba la actriz, pero el proceso dio lugar a una larga novela con filtraciones de chats, acusaciones cruzadas, demandas y un encuentro surrealista entre uno de los mayores narcotraficante del mundo, el actor Sean Penn, Kate del Castillo y dos productores de Hollywood.

Fotografía tomada durante el encuentro entre Kate del Castillo, Joaquín "El Chapo" Guzmán y el actor Sean Pen en 2015.
Fotografía tomada durante el encuentro entre Kate del Castillo, Joaquín «El Chapo» Guzmán y el actor Sean Pen en 2015.

La génesis de aquel encuentro es conocida: en 2012, la protagonista de La reina del sur publicó una carta abierta en Twitter donde decía que confiaba más en El Chapo que en el Gobierno, y le sugería al capo que empezara a “traficar con amor”. Guzmán acusó recibo y terminó convirtiendo a Del Castillo en una nueva obsesión para completar una vieja obsesión: la de hacer una película sobre su propia vida. El primer contacto entre la actriz y los abogados del Chapo para discutir la posibilidad de colaborar en la filmación biográfica se dio en 2014, cuando Guzmán ya estaba detenido en El Altiplano. Desde entonces, ella y el capo —con sus abogados como intermediarios— comenzaron un intercambio que fue seguido de cerca por las autoridades. Sin embargo, el relato sobre el inicio de la indagatoria es candoroso: según los documentos, el día que las autoridades recibieron el supuesto correo anónimo —septiembre de 2015— policías federales de la División de Inteligencia acudieron a los aeropuertos de la Ciudad de México y de Guadalajara para preguntar en las aerolíneas si había reservaciones a nombre de Kate del Castillo. Y, casualmente, sí había: en un módulo les informaron que la actriz tenía un vuelo que llegaría a Guadalajara.

“El día 25 de septiembre de 2015, a partir de las 10:00 horas nos constituimos en el aeropuerto de la ciudad de Guadalajara montando una vigilancia fija”, se lee en el informe policial. Cuando la actriz arribó al aeropuerto de la capital tapatía, los agentes la siguieron al hotel y luego al restaurante del hotel, se sentaron en una mesa contigua a aquella donde Del Castillo mantenía una conversación con uno de los abogados de El Chapo, y —siempre según el informe— lograron captar fragmentos del diálogo. Así pudieron escuchar que la actriz supuestamente decía: “Será un honor ser ‘socia del señor’”. Para entonces, la Policía Federal sabía bien a quién estaba siguiendo: después de recibir la denuncia anónima, una de las primeras cosas que hicieron fue buscar la biografía de Kate Del Castillo en Wikipedia, según figura en otro de los informes de la indagatoria.

De acuerdo con los chats que la fiscalía filtraría después a la prensa, ese 25 de septiembre fue el día en que la actriz les dijo a los abogados de Guzmán que quería llevar al actor Sean Penn cuando se encontraran en persona para discutir el proyecto de hacer una película. Los abogados tuvieron que explicarle al capo quién era Penn y en qué film aparecía (“el que hizo la película 21 gramos”). Le dijeron que también era activista y que había sido “crítico de la administración de los Bush”. Guzmán aceptó que fueran todos (Del Castillo, Penn y “los mechudos”, como les decían a los productores), dio instrucciones para que le compraran un teléfono a la actriz para comunicarse (“hay que ver qué colores hay para comprar un color de mujer”, y acordaron una fecha para el encuentro: el 2 y 3 de octubre.

En los días posteriores, los policías volvieron a ambos aeropuertos a realizar tareas de vigilancia. El 2 de octubre vieron que la actriz aterrizó a las 13:20 en Guadalajara en un vuelo privado acompañada por otras personas, entre ellos Sean Penn. Los agentes los siguieron hasta el hotel, donde apenas si dejaron sus maletas y volvieron a salir en tres vehículos por una carretera federal rumbo a Tepic, Nayarit. En el camino “ingresaron a una brecha donde se ubicó una pista aérea observándose minutos después la salida de dos avionetas”, quedó anotado en el informe. Hasta ahí llegaron los agentes aquel día. Lo que sucedió a partir de ese momento ha sido narrado tanto por Del Castillo en la revista Proceso como por Penn en la revista Rolling Stone, y ambos artículos figuran en la indagatoria.

Afiche promocional de la serie que protagonizaba Kate del Castillo.
Afiche promocional de la serie que protagonizaba Kate del Castillo.

El 2 y 3 de octubre de 2015, los dos actores se reunieron con Guzmán Loera en una zona montañosa de México que no fue revelada, y donde estuvieron vigilados por más de 100 miembros del cártel. En su crónica larguísima, autoindulgente y ampliamente cuestionada para la revista Rolling Stone, publicada el 10 de enero de 2016, un día después de que El Chapo fuera recapturado, Penn habla de la “sonrisa cálida” del capo y de su “carisma indiscutible”. “Trafico más heroína, metanfetaminas, cocaína y marihuana que nadie en el mundo. Tengo una flotilla de submarinos, aviones, camiones y botes”, le dijo el capo durante la conversación. Aquella entrevista fue el origen de la discordia entre Kate del Castillo y Sean Penn —que se terminaron acusando mutuamente—, y una humillación pública para el Gobierno de Enrique Peña Nieto: tres meses después de escapar del penal de máxima seguridad, mientras era el criminal más buscado de norteamérica, el líder del cartel de Sinaloa se daba el lujo de recibir a visitas famosas para tomar tequila, hablar de su sueño de hacer una película sobre su vida y jactarse de sus logros criminales frente al el exmarido de Madonna y a una actriz que había dicho públicamente que confiaba más en él que en el Gobierno mexicano.

Cuando la entonces procuradora dio a conocer que habían capturado al Chapo luego de seis meses prófugo, dijo que un aspecto importante que permitió precisar su ubicación fue “el haber descubierto la intención de Guzmán Loera de filmar una película biográfica, para lo que estableció comunicación con actrices y productores”. De un modo u otro, su afirmación volvía a todos los involucrados en parte del problema.

Obsesiones y traiciones

Tras revelarse el encuentro secreto del narcotraficante con los famosos actores, la PGR le confirmó al diario Reforma que ambos se encontraban bajo investigación. Sin embargo, la única que estaba inmersa en una investigación desde meses atrás era Del Castillo. Y una pieza clave para acceder a información confidencial de ella fue Andrés Granados, abogado del capo. Una de las primeras diligencias que realizó el ministerio público en la indagatoria fue pedir información de los chats resguardados en el equipo telefónico del litigante.

Estas conversaciones habían sido captadas tras una autorización de un juzgado penal para que la Procuraduría pudiera intervenir las comunicaciones privadas del abogado. En su teléfono se encontraron fotografías con la actriz y también había chats. En una de las conversaciones, Granados le dice a la actriz: “Estamos checando bien el poder. Reciba un saludo del sr. y su servidor”. Posteriormente, al ser interrogado por los fiscales, el abogado explicó que se trataba de un poder notarial que Guzmán Loera le daría a ella para pleitos, cobranzas y negociaciones, pero no precisaba si se concretó. Lo que el capo le había ofrecido a la actriz, según reportaron entonces distintos medios, eran los derechos exclusivos para hacer una película sobre su vida.

Del Castillo ha insistido siempre en que eso fue lo que motivó su acercamiento al narcotraficante: “Eso me parecía oro puro para mi carrera, para hacer algo grande y poder hacer cosas”, dijo en una entrevista en 2018. Pero la captura del capo y la publicación de la entrevista en Rolling Stone trastocaron todo. Según la actriz, Sean Penn no le dijo que iba a intentar entrevistarlo hasta que ya estaban reunidos con el capo, lo que la hizo sentirse traicionada. Así lo contó en el documental que estrenó en 2017, Cuando conocí al Chapo, donde se da a entender que la participación del actor habría contribuido de algún modo a la captura del narcotraficante. Así lo creyeron también los abogados de Penn, que advirtieron a Netflix que la emisión del documental ponía en riesgo la vida de su defendido. En un libro publicado en 2020 —El Jefe: The Stalking of Chapo Guzmán—, el reportero del New York Times Alan Feuer pone en duda la posibilidad de que Penn haya colaborado en algo, al igual que la afirmación de las autoridades mexicanas de que la reunión entre el capo y los actores fue clave para volver a detenerlo: en realidad, dice Feuer, las fuerzas mexicanas y las de Estados Unidos ya sabían dónde estaba escondido Guzmán, y aquella visita de famosos fue un obstáculo antes que una pista.

Kate del Castillo posa durante un rodaje en San Miguel de Allende en el año 2011.
Kate del Castillo posa durante un rodaje en San Miguel de Allende en el año 2011.Clasos/CON (LatinContent via Getty Images)

Pero la procuraduría siguió dando a entender esa versión y siguió adelante con la indagatoria. Entre otras diligencias, requirieron información a la oficina de Asuntos Internacionales del Departamento de Justicia de Estados Unidos y a la dirección regional adjunta de la DEA. Esta última remitió un informe donde destacaba: “Ninguna de las personas mencionadas posee antecedentes penales en nuestras bases de datos por tráfico de drogas”. En México, la PGR requirió información de las cuentas bancarias de Del Castillo a diversas instituciones a través de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores, solicitó las declaraciones de impuestos al SAT y documentación certificada referente a un “acto de fiscalización practicado a la contribuyente”.

Se solicitó a cada una de las oficinas de los registros públicos de la propiedad en las 32 entidades del país que se buscaran bienes inmuebles o terrenos inscritos a nombre de la actriz, se requirió al Instituto Nacional de Migración un reporte de todas sus entradas y salidas al país y se pidió al representante legal de la empresa Black Berry sábanas de llamadas telefónicas relacionadas con los números telefónicos que utilizó Del Castillo.

Las autoridades gastaron recursos económicos y humanos para intentar demostrar que la protagonista de La Reina del Sur había hecho una sociedad con el líder del cártel de Sinaloa y que este habría invertido recursos económicos para la patente de una marca de tequila de la actriz y para una película sobre su vida, pero los testimonios recabados fueron desdibujando esta hipótesis. Pese a ello, la fiscalía continuó con la indagatoria y fueron filtrando a los medios de comunicación lo que ya no les servía para sostener el caso, pero generaba morbo en la prensa, como aquella conversación donde Guzmán Loera le decía: “Te cuidaré más que a mis ojos”.

El 19 de febrero de 2017, el agente del ministerio público encargado del caso analizó cada una de las pruebas y decidió ponerle fin a la indagatoria. En el dictamen emitido, donde se enumeran más de 200 pruebas analizadas, se decretó el no ejercicio de la acción penal. Con ello el expediente terminó archivándose sin haber sido enviado siquiera a un juez. Sobre el delito de delincuencia organizada, el fiscal señaló que no se demostró que la actriz se hubiese organizado con tres o más personas de forma permanente o reiterada o que hubiese pertenecido al grupo criminal. “El material probatorio tampoco arroja actos concretos de intervención de la implicada conforme a los fines de la agrupación que lidera El Chapo Guzmán y ni siquiera evidencian su pretensión para formar parte de dicha banda criminal”, quedó asentado en el documento.

El Chapo Guzmán es escoltado por agentes de la Marina durante su detención en 2016.
El Chapo Guzmán es escoltado por agentes de la Marina durante su detención en 2016.Anadolu Agency (Getty Images)

Lo único que arrojaron las pruebas que durante meses recabó la Fiscalía es que Kate del Castillo tenía interés de realizar una película relacionada con Guzmán Loera para documentar la vida de este. “Esa circunstancia no implica la realización de actividades ilícitas, sino que únicamente refleja que la reunión con la persona citada era solo con la finalidad de realizar una película y en ejercicio de una profesión”, dice el documento.

Después de descartar los delitos por delincuencia organizada y lavado de dinero, analizaron si Del Castillo había cometido delitos contra la salud y por encubrimiento, pero tampoco pudieron incriminarla porque concluyeron que el hecho de que en un momento determinado se hubiera reunido con el Chapo Guzmán para la realización de un proyecto sobre su vida no implicaba que los inculpados supieran dónde se encontraba oculto ni que hubieran proporcionado un sitio para esconderlo. “Tampoco se advierten indicios con los que se pueda advertir la forma en que los sujetos activos ayudaban o apoyaban a éste a esconderse, por lo que no se observa conducta dirigida a ocultar o favorecer el ocultamiento de dicha persona”, indicó el ministerio público.

Kate del Castillo llora durante una conferencia de prensa en el Club 51 el 20 de diciembre de 2018 en la Ciudad de México, México. La actriz Kate del Castillo regresaba a México a un  acto público luego de 3 años de ausencia acusada por el Gobierno de Enrique Peña Nieto de supuestos vínculos con el narcotraficante más poderoso del mundo.
Kate del Castillo llora durante una conferencia de prensa en el Club 51 el 20 de diciembre de 2018 en la Ciudad de México, México. La actriz Kate del Castillo regresaba a México a un acto público luego de 3 años de ausencia acusada por el Gobierno de Enrique Peña Nieto de supuestos vínculos con el narcotraficante más poderoso del mundo.Carlos Tischler (Getty Images)

Una vez que se emitió el dictamen de no acción penal, la actriz ha buscado la forma de tener acceso al documento y ha buscado la protección de la justicia para lograrlo. Uno de los jueces que vio su amparo concluyó que las autoridades de la Procuraduría General de la República utilizaron las filtraciones en los medios de comunicación como “una forma de penalizarla desproporcionadamente” mediante una supuesta vinculación afectiva con el narcotraficante Joaquín Guzmán Loera, sin juicio previo. La actriz también ha señalado que la PGR en el sexenio de Enrique Peña Nieto la puso en peligro e incluso presentó una querella por lo que calificó como un acoso oficial a raíz de su encuentro con el narcotraficante.

En 2020, el reportero Alan Feuer contó que desde la prisión de alta seguridad donde cumple su condena en Estados Unidos, El Chapo seguía intentando vender su película. “No puedo decir exactamente cómo lo sé”, explicó, “pero él está buscando absolutamente hacer la película hasta el día de hoy”.

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