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El campus de la Universidad Politécnica, Upoli, en Managua era a mediados de abril de 2018 un cardumen de estudiantes en resistencia. Unos 150 de ellos se habían atrincherado en su protesta contra el presidente Daniel Ortega. El centro de estudios era el bastión del descontento estudiantil en medio de las manifestaciones que exigían el fin del mandato del exguerrillero sandinista. Una acción que Ortega jamás les perdonaría. Tanto así que este miércoles la Asamblea Nacional, al servicio del mandatario, ha aprobado una iniciativa que ilegaliza cinco centros universitarios, entre ellos la Upoli, en una nueva medida represiva del régimen contra las voces críticas. El Gobierno, además, ha disminuido el subsidio estatal que recibía la jesuita Universidad Centroamericana, UCA, la más prestigiosa del país, donde sus estudiantes han mantenido una posición crítica contra lo que califican de “dictadura”. Se trata de un duro golpe para centenares de estudiantes de escasos recursos que dependen de una beca para terminar sus estudios en esa universidad privada.

Atrás quedaron aquellas imágenes de los estudiantes rebeldes atrincherados en las universidades. Ortega apagó con fuego y sangre las protestas, con una durísima represión que dejó más de 360 muertos, la mayoría jóvenes universitarios. Los reportes de los medios de comunicación y organismos de derechos humanos dan cuenta de chicos asesinados por disparos de francotirador, con balas en la cabeza, cuello y tórax. Se trata, según un reporte de la CIDH, de crímenes de lesa humanidad. Pero la sangría no fue suficiente para el mandatario nicaragüense, que ha decidido poner candado a los centros que permitieron el grito de libertad juvenil. En una orgía de ilegalización de organizaciones de la sociedad civil, los diputados nicaragüenses cancelaron la personería jurídica no solo de los cinco centros de estudio, sino de once onegés, muchas de ellas ligadas a la Iglesia Católica, que ha sido crítica con el régimen.

Uno de los argumentos para ilegalizar a estos organismos se basa en la controvertida Ley contra el lavado y terrorismo, que también ha sido usada para arrestar y enjuiciar a 40 críticos, incluidos siete aspirantes a la presidencia por la oposición, además de periodistas y empresarios. Los juicios en su contra comenzaron el martes y son considerados espurios por familiares y defensores de derechos humanos. “Hay organizaciones que se cobijan bajo las siglas sin fines de lucro, pero lo que hacen en la práctica es lucrarse. Este es un proceso [la cancelación de organismos] que va a continuar y nadie debe asustarse”, ha advertido este miércoles el diputado Filiberto Rodríguez, del oficialista Frente Sandinista.

Esta decisión se da dos semanas después de que las autoridades de la UCA denunciaron el recorte al presupuesto que el Gobierno otorga a ese centro de estudios de acuerdo a a los fondos destinado a las universidades y establecidos por la ley. La universidad jesuita solo recibirá este año 28.000 dólares, un monto ínfimo para hacer frente a las becas que otorga a los estudiantes de bajo recurso, que incluyen no solo la colegiatura, sino vivienda y alimentación. El recorte “afecta las posibilidades de la Universidad de continuar otorgando becas totales y parciales a estudiantes que por su condición socioeconómica se ven impedidos de hacerle frente a los costos de su formación universitaria”, han explicado las autoridades en un comunicado.

Los estudiantes de este centro están nerviosos y temen por su futuro académico. Algunos de ellos expresaron su temor al medio digital Divergentes. “Es una medida demasiado brutal. Se siente como que (el régimen) dice: si nosotros la queremos cerrar (la universidad) la cerramos, si nosotros queremos joderlos, los vamos a seguir jodiendo. Es un mensaje claro”, ha explicado una estudiante de 21 años. “Tengo temor, porque estoy a un paso de licenciarme. Siento que tener un título en medio de esto, también es como decirle al régimen que seguimos resistiendo en Nicaragua. Yo pude, yo lo hice. Ahora, estudiar es resistir”, ha afirmado otra estudiante de la UCA. Ortega, en su vorágine represiva, intenta ahora truncarles su futuro.

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Joe Biden ha pronunciado este jueves un demoledor discurso desde el Capitolio, al cumplirse un año del asalto a las Cámaras, en el que arremetió contra Donald Trump y encendió las alarmas sobre los ataques a la democracia en Estados Unidos. “No es solo un expresidente, es un expresidente derrotado”, ha dicho el demócrata, golpeando donde más puede doler al republicano, el orgullo de un hombre cuyo insulto predilecto es “perdedor”.

El 6 de enero de 2021, una marabunta de seguidores del entonces presidente Donald Trump, derrotado en las elecciones, invadió el Congreso para tratar de boicotear la confirmación de la victoria de Biden. Actuaban agitados por un bulo de fraude electoral que el republicano mantiene a día de hoy. “¿Vamos a ser una nación que acepta la violencia política como norma? ¿Una donde permitimos a cargos electorales partidistas anular la voluntad legalmente expresada de los ciudadanos? ¿Una que no se guía por la luz de la verdad, sino a la sombra de mentiras?”, ha preguntado Biden a los ciudadanos en su discurso de este jueves.

No ha pronunciado el nombre de Trump en ningún momento, pero sí utilizó la palabra expresidente hasta 16 veces, para acusarlo, entre otras cosas, no solo de haber arengado a las masas ese día, sino de “no hacer nada durante horas” mientras atacaban a la policía. Murieron cinco personas en la refriega. “Los que asaltaron este Capitolio, los que instigaron e incitaron y los urgieron a hacerlo, pusieron un puñal en la garganta de Estados Unidos y de la democracia. No vinieron aquí por patriotismo o principios. Vinieron con furia, no en servicio de América, sino al servicio de un hombre”, ha señalado.

El presidente ha hecho un repaso de las auditorías y los recuentos a los que fue sometida la elección presidencial de noviembre de 2020 sin que se encontrase ninguna irregularidad que alterase el resultado: su victoria, y ha señalado alguna incongruencia del republicano, como el hecho de que discute el rigor de su escrutinio, pero no el del resto de elecciones de ese mismo día en las que se elegían gobernadores y miembros de Cámaras legislativas. “No es capaz de aceptar que ha perdido”, ha apuntado.

Biden se ha dirigido a la nación desde el Statuary Hall, el noble vestíbulo por el que aquel mismo día desfilaron hombres y mujeres con banderas y gorras de Trump, algunos de ellos disfrazados, como el popular Jacob Chansley, tocado con cuernos de bisonte y apodado el Chamán de Qanon.

A Trump no se lo señala solo por su larga campaña de descrédito hacia el sistema electoral estadounidense, sino porque ese mismo día maldito tardó horas en pedir a sus seguidores que abandonasen el Capitolio y porque, hasta el último momento, justificó la violencia. “Estas son las cosas y acontecimientos que ocurren cuando una victoria sagrada y abrumadora es arrebatada de forma agresiva a grandes patriotas que han sido tratados mal e injustamente durante mucho tiempo. Id a casa en paz y amor. ¡Recordad este día para siempre!”, escribió en su cuenta de Twitter. Sería uno de sus últimos mensajes, antes de ser expulsado de la red social.

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Los demócratas han querido teñir la efeméride de solemnidad, de gravedad. El Congreso acogerá oraciones y momentos de silencio. También tomarán la palabra los historiadores Doris Kearns Goodwin y Jon Meacham para “establecer y preservar el relato del 6 de enero”, según señaló hace unos días la presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi. No todos tienen el mismo relato.

El episodio de hace un año mostró la fractura de la sociedad, entre otras cosas, y el modo en que se recuerda ese momento también expone esa distancia creciente entre ciudadanos. Republicanos y demócratas contemplan la revuelta del 6 de enero y sus consecuencias con diferentes ojos. Un 92% de los adultos demócratas cree que Trump tiene culpa de lo ocurrido, frente al 27% de los republicanos, según una encuesta reciente de The Washington Post y la Universidad de Maryland. Y un 40% de los republicanos creen que la acción violenta contra el Gobierno puede estar justificada en ocasiones, frente al 34% demócrata.

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