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Para la masa de mujeres y niños ucranios que huyen a la vecina Polonia en trenes abarrotados, la próxima estación se llama desconcierto. Las dos palabras que más se escuchan estos días en los puntos donde recalan los refugiados (estaciones de tren y de autobuses, centros de acogida temporal, pasos fronterizos…) es “no sé”. Se la dicen entre ellos cuando inquieren el nombre de la localidad polaca en la que se encuentran, adónde lleva el siguiente tren o si tienen que hacer algún trámite para entrar en Alemania o Italia, pese a encontrarse ya dentro de la zona Schengen de libre tránsito. Dudas que normalmente resuelven los voluntarios allí desplegados, varios de ellos ucranios, o polacos que hablan ruso, ucranio o inglés. También responden a menudo “no sé” a los periodistas que les preguntan adónde se dirigen. Algunos ucranios cruzan con una idea más o menos clara (que generalmente consiste en llegar a la casa de familiares o amigos que ya vivían en otras partes de Europa), pero muchos otros simplemente han metido a toda prisa lo imprescindible en maletas y bolsas de la compra sin más proyecto que escapar de una guerra que nadie sabe cuánto durará.

Ya en la UE, recobrado el aliento y con una tarjeta SIM polaca que reciben como regalo, comienza para muchos el dilema: Y ahora, ¿qué? ¿Quedarse en las zonas más próximas a Ucrania de los países fronterizos, con la esperanza, más visceral que racional, de que la guerra acabe en breve? ¿O pergeñar una nueva vida en un país desconocido?

Ya habían escapado de la guerra unos 2,6 millones de ucranios —de los tres millones que ya han huido— cuando Dasha Liniuk, que se resistía a hacerlo, tomó con su madre y su hermano el primer tren a la ciudad polaca de Chelm, a unos 20 kilómetros de la frontera. La madrugada del 11 de marzo, su ciudad, Lutsk, en Ucrania occidental, había sido bombardeada por primera vez desde el inicio del conflicto, el pasado 24 de febrero. “Honestamente, no tenemos ni la menor idea de lo que hacer. Nuestro único plan ahora mismo es reunirnos con mi padre. Conduce un camión y está trabajando por ahí; un día duerme en España; otro en Francia o Italia, así. La guerra le pilló fuera de Ucrania. Mi plan ahora es darle un abrazo y muchos besos”, asegura mientras hace cola ante una ventanilla en el vestíbulo de la estación, repleto de refugiados.

Refugiados ucranios abordan un tren con destino a Lublin, el pasado 11 de marzo en la estación de Chelm, en el este de Polonia.
Refugiados ucranios abordan un tren con destino a Lublin, el pasado 11 de marzo en la estación de Chelm, en el este de Polonia.MASSIMILIANO MINOCRI

“Quiero quedarme en Polonia porque está más cerca de Ucrania, para poder volver pronto. No nos hemos ido antes porque estábamos a salvo en nuestra ciudad. Pero vamos a volver a Polonia. Al 100%. Es mi patria. Y supongo que cada uno lo piensa de su país, pero para mí es el mejor del mundo”, dice con una risotada que relaja el preocupado rostro de su madre. Liniuk trabaja en Lutsk de camarera, pero ahora no va a buscar trabajo en la hostelería: vive su estancia en Polonia como tan temporal que no ve sentido a recorrer cafetería tras cafetería para obtener un salario que, además, sería en negro, por carecer de permiso de trabajo.

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Una ucrania se despide del voluntario polaco que la trasladó, el 11 de marzo en la estación de tren de Chelm (Polonia).
Una ucrania se despide del voluntario polaco que la trasladó, el 11 de marzo en la estación de tren de Chelm (Polonia).Massimiliano Minocri (EL PAÍS)

En el andén de la misma estación, pero en otro lugar mental, está Irina Klimkina. Tiene 20 años, viene de Kiev y arrastra una pesada maleta hacia el tren a Lublin, donde conectarán a Varsovia y, de allí, a Alemania. El mismo motivo ―su cuerpo menudo― por el que asegura que no se ha alistado en el Ejército, pese a sus ganas de “matar ocupantes rusos”, es el que la deja fuera del vagón cuando comienza la lucha por subir y se llena. Como le toca esperar al siguiente, tiene tiempo para contar su historia. “Calculo que la guerra durará medio año o un año, y que estaré en Alemania uno o dos años”, dice junto a la que llama su “bestie” (mejor amiga), Kasia. “Sentimos un dolor horrible de estar aquí. Quería unirme al Ejército y defender mi país y morir en nuestra tierra. Durante mucho tiempo pensamos que no podíamos tomar la decisión correcta. Y no sé si es esta”, señala. Klimkina tiene un familiar en Alemania y cuenta con que enchufe a ambas en la empresa empaquetadora de botellas en la que trabaja. “Será físicamente muy duro, pero nos servirá para sobrevivir en un país extranjero”, señala.

Klimkina muestra las dos frases motivacionales que tiene tatuadas en ruso (su primera lengua), una en cada muñeca. Son “No decaigas de espíritu” y “No envejezcas de corazón”. “Cuando termine la guerra, me haré un tatuaje con la inscripción ‘Buque ruso, vete a la mierda”, promete divertida. Es la frase ―convertida en símbolo de la lucha ucrania hasta el punto de inspirar un sello postal― con la que un militar que defendía una isla estratégica respondió al marinero ruso que le exigía la rendición. La joven la tiene también en su tarjeta de crédito virtual.

Irina Klimkina, a la derecha, y su amiga Kasia, en el andén de la estación de Chelm, el 11 de marzo.
Irina Klimkina, a la derecha, y su amiga Kasia, en el andén de la estación de Chelm, el 11 de marzo.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

A la estación de tren de Chelm, a la de autobús en la cercana ciudad de Lublin o a los centros de acogida temporal de refugiados de la zona llegan estos días quienes han aguantado en la Ucrania más castigada hasta que la situación se ha vuelto insostenible. Proceden de sitios como la asediada Sumi ―en el este, cerca de Rusia― o Krvogi Rig, unos 100 kilómetros al oeste de Zaporiyia, la ciudad con la mayor central nuclear de Europa que las tropas rusas tomaron el pasado día 4.

Tras 20 días de bombardeos, más de la mitad de los 3,5 millones de habitantes de Kiev han escapado de la capital ucrania, según explicó este martes su alcalde, Vitali Klitschko. Lublin, con cerca de 350.000 habitantes, es la mayor ciudad en el este de Polonia a la que llegar desde la capital ucrania, casi directamente por la carretera E373. La capital polaca ―donde vive una importante comunidad ucrania y de cuyo aeropuerto salen ahora vuelos a numerosas partes del mundo― está a apenas dos horas por carretera, pero algunos refugiados prefieren quedarse en Lublin, más cerca ―física y emocionalmente― de su país.

Un autobús lleno de refugiadas ucranias sale del pequeño centro de acogida de Uchodzcow, en Polonia, cerca del paso fronterizo con Ucrania de Dolhobyczow, el 10 de marzo.
Un autobús lleno de refugiadas ucranias sale del pequeño centro de acogida de Uchodzcow, en Polonia, cerca del paso fronterizo con Ucrania de Dolhobyczow, el 10 de marzo. Massimiliano Minocri (EL PAÍS)

“No eligen venir aquí, solo cruzan desde Kiev. Pero luego algunas se quedan porque creen en su fuero interno que la guerra va a acabar pronto. Quieren estar cerca de sus familias y maridos. Algunas creen que los soldados ucranios van a poder cruzar la frontera, reunirse con ellas y luego volver a combatir”, explica Karolina Wierzbinska, coordinadora y cofundadora de la ONG polaca Homo Faber, que administra un centro de ayuda a los refugiados en Lublin al que los ucranios pueden llamar en su idioma cualquier día de la semana a cualquier hora.

Blanca Garcés, experta en migraciones e investigadora del think tank CIDOB, con sede en Barcelona, recuerda que “el 80% de refugiados en el mundo están en los países limítrofes, que son además con los que suelen tener más afinidad cultural, lingüística o histórica, y donde suelen tener redes, que son fundamentales”. “Por lo general, se quedan lo más cerca posible, porque muchos siguen pensando que van a volver pronto, incluso en unos días”, explica por teléfono. Polonia, un país de 38 millones de habitantes donde antes de la guerra ya vivía un millón de migrantes económicos ucranios y se habla una lengua similar, ha recibido el 60% de los refugiados ucranios, aunque muchos sigan luego hacia otras partes de Europa.

Libre movimiento

Este éxodo, el más rápido en el continente desde el fin de la II Guerra Mundial, está siguiendo un patrón parecido a anteriores, con una primera oleada de aquellos con “más posibilidades materiales, pero también capital social, que es muy importante”, y una segunda de quienes escapan de la guerra con menos dinero y redes de apoyo, señala Garcés, quien apunta, no obstante, una diferencia importante. Al no aplicarse a los ucranios el reglamento de Dublín ―que obliga al país de llegada a tramitar la petición de asilo y causó cuellos de botella en la crisis de refugiados y migrantes de 2015― “no está habiendo un debate sobre el reparto de responsabilidad, como pasaba antes, que hasta un barco con 200 personas originaba una crisis diplomática. Como se pueden mover libremente por la UE, acabarán eligiendo ellos dónde”.

Este movimiento más orgánico se refleja en los casos de Galina Kurnetsova, de 42 años, y Denis (prefiere no dar su apellido), de 39. No se conocen, pero tienen dos cosas en común: el punto de inflexión para su huida fue la toma rusa de Zaporiyia, y han acabado con sus familias el mismo día en un centro de acogida de refugiados en Hrubieszow (Polonia), a cinco kilómetros de su país natal. Mientras Denis se mueve acelerado, Kurnetsova mira al infinito con la cabeza apoyada en el poste de una portería de fútbol sala reubicada para hacer espacio a cientos de camas plegables, colchones y mantas. Ha llegado ocho horas antes, de madrugada, con sus dos hijos, dos hermanas, un sobrino y un nieto. Su localidad, Vasilivka, está a 50 kilómetros de Zaporiyia, bordeando hacia el sur el río Dnieper que baña ambas localidades. “En cuanto se supo [la toma de la central], las mujeres empezaron a llevarse a los hijos”, cuenta. “Yo, honestamente, no quería ni pensar lo que podría pasar, porque están siendo como animales”.

Galina Kurnetsova, en el centro de acogida de Hrubieszow, el 11 de marzo.
Galina Kurnetsova, en el centro de acogida de Hrubieszow, el 11 de marzo. Massimiliano Minocri

Kurnetsova y sus hermanas no tienen dinero ni plan. Solo “esperar a que pase el peligro y entonces volver a Zaporiyia”. Y hacerlo en Polonia porque “la lengua es más fácil y está más cerca de Ucrania”. Su preocupación más urgente es encontrar un trabajo. Lo repite tres veces y añade: “De lo que sea. Algo tendrán que comer estos niños”, asegura mientras los señala con una mueca para subrayar que no está precisamente en condiciones de elegir de qué. Quizás, señala, ensamblar televisores en la empresa de un conocido en Polonia, su único contacto en la UE. “Nos iremos de aquí [el centro de acogida] en cuanto encontremos un sitio en el que quepamos los siete y que podamos pagar”, dice. Hasta ahora no ha tenido que gastar dinero en Polonia. En los lugares de paso de los refugiados se puede obtener fácilmente alojamiento, comida, billetes de tren, pañales o medicamentos básicos gratis.

Denis hace justo lo contrario: alejarse “lo más posible” de su país. “Era un niño [tenía entre tres y cuatro años en 1986], pero recuerdo Chernobil”, subraya. Su familia hizo las maletas la misma noche de la conquista de Zaporiyia y salieron con el alba. “Oíamos bombas alrededor y rezábamos para que no cayese ninguna sobre el coche”, recuerda. Explica que se ha ido de la bombardeada Járkov, en el este del país y donde trabajaba de cocinero, “solamente por el peligro nuclear” y por sus hijos. Y que su objetivo es seguir hacia al oeste del continente. Solo ha dormitado un par de horas sobre un colchón del centro, pero ya encaja como puede el tetris de instalar en un coche humilde a su mujer, sus tres hijos (por los que está eximido de la obligación legal de quedarse en Ucrania), un perro y cinco gatos. “Ahora vamos hacia Gdansk [en el norte de Polonia] y supongo que allí alquilaremos algo, pero no sé… no es suficientemente lejos de Zaporiyia. Toda Polonia está demasiado cerca. O quizás los deje en un lugar seguro y vuelva a combatir. Pero volveremos a Járkov en cuanto acabe la guerra. Hace dos meses acabamos de pagar la hipoteca del piso. ¿Te das cuenta? Toda nuestra vida está allá. Toda. Amigos, casa, barrio… vida… todo”.

La familia de Denis, en su coche, a la salida del centro de acogida de refugiados de Hrubieszow (Polonia), el 10 de marzo.
La familia de Denis, en su coche, a la salida del centro de acogida de refugiados de Hrubieszow (Polonia), el 10 de marzo. Massimiliano Minocri

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El edificio de la Embajada estadounidense en Kiev, el pasado sábado.
El edificio de la Embajada estadounidense en Kiev, el pasado sábado.VALENTYN OGIRENKO (REUTERS)

Tiempo de mudanza entre las advertencias de un ataque inminente de Rusia sobre Ucrania. Estados Unidos, que ya comenzó la semana pasada a evacuar a su personal no esencial, cierra la embajada en Kiev y ha iniciado el traslado de lo que queda de su legación diplomática a Lviv, ciudad en el extremo occidental del país, casi 550 kilómetros más al oeste de la frontera rusa, a una hora de Polonia. El secretario de Estado de EE UU, Antony Blinken ha emitido un comunicado, firmado por él mismo, en el que confirma lo ya anunciado.

“No tengo mayor prioridad que la seguridad y la protección de los estadounidenses en todo el mundo y eso incluye a nuestros colegas destinados en el extranjero”, afirma Blinken. “Mi equipo y yo revisamos constantemente la situación de seguridad para determinar cuándo la prudencia dicta un cambio de postura. Con eso en mente, estamos reubicando temporalmente las operaciones de nuestra Embajada en Ucrania de Kiev a Lviv debido a la dramática aceleración en la acumulación de fuerzas rusas. La Embajada seguirá comprometida con el Gobierno ucranio”. También, añade el secretario de Estado, continuarán los esfuerzos diplomáticos para evitar la confrontación militar, guiados por “el compromiso inquebrantable con la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”.

Según The Wall Street Journal, el Departamento de Estado ha ordenado también la destrucción de equipo de comunicaciones e informático, así como el desmantelamiento de las líneas telefónicas. Esas acciones convierten en inservible en la práctica la sede diplomática de Kiev. Los materiales confidenciales que allí se custodiaban llegaron a bordo de un avión este domingo al aeropuerto de Washington (Dulles), junto a 56 trabajadores de la misión diplomática, siempre según el diario neoyorquino. La reducida presencia consular en Lviv está destinada a atender emergencias de los ciudadanos estadounidenses. No tendrá capacidad para expedir pasaportes o visados.

Blinken ha aprovechado su mensaje para volver a “instar enfáticamente a cualquier ciudadano estadounidense en Ucrania a salir el país inmediatamente”. También, para facilitar una dirección de internet para la comunicar a las autoridades cualquier emergencia. “El camino de la diplomacia sigue abierto para Rusia, si decide tomarlo de buena fe”, afirma. “Esperamos devolver a nuestro personal a la Embajada tan pronto como las condiciones lo permitan”. La de Kiev era la tercera misión diplomática estadounidense más grande en suelo europeo, y contaba con 181 empleados del Departamento de Estado y de más de una docena de agencias, así como unos 560 trabajadores ucranios.

Los informes de los servicios de espionaje estadounidenses calculan que el presidente ruso, Vladímir Putin, ha concentrado más unos 130.000 soldados en tres puntos de su frontera con Ucrania. La semana pasada, también dio la orden de iniciar 10 días de ejercicios militares conjuntos con Bielorrusia, que linda por el sur con Ucrania. Estados Unidos viene avisando en los últimos días de la inminencia del inicio de una agresión militar. El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha asegurado este lunes en Facebook que ha recibido el aviso de que el ataque puede producirse este miércoles, fechas que se viene barajando desde el fin de semana pasado. Zelenski no ha desvelado en su mensaje de dónde proviene esa información.

Moscú sigue negando esos planes. Putin y el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, han escenificado este lunes su disposición al diálogo, que, han dicho, “está lejos de agotarse”. Un asesor del Kremlin dijo el sábado pasado, tras la llamada mantenida entre Putin y el presidente estadounidense, Joe Biden, para tratar la crisis, que Washington y sus aliados están haciendo gala de “una histeria sin precedentes”. También aseguró que es “absurdo” el miedo a la invasión.

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Todos los focos estaban en el Parlamento ruso, que este lunes saltaba a escena con su petición al presidente para que reconozca la independencia del este de Ucrania. Sin embargo, fueron Vladímir Putin y su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, quienes escenificaron minutos antes del debate un breve intercambio de palabras que arrebató todo el protagonismo en el drama que se escribe estos meses en el este de Europa. “¿Hay una oportunidad para llegar a un acuerdo con nuestros socios sobre los temas clave que nos preocupan o solo es un intento de arrastrarnos a un proceso de negociación interminable?”, comenzó el mandatario ruso. Lavrov admitió que las negociaciones se están demorando, pero abrió la puerta al optimismo. “Aun así, como jefe del ministerio de Exteriores, debo decir que siempre hay una oportunidad”. Y acto seguido Putin le ordenó seguir negociando.

Putin celebró este lunes dos breves reuniones televisadas con Lavrov y con el ministro de Defensa, Serguéi Shoigú. Pese a los ultimátums lanzados desde Moscú en los últimos meses sobre una cuenta atrás que se agotaba, el jefe de la diplomacia rusa fue rotundo al afirmar que aún hay espacio para el diálogo. “Tengo la impresión de que nuestras posibilidades están lejos de agotarse. Por supuesto, no se debe continuar indefinidamente, pero en esta etapa sugiero prolongarlas e intensificarlas”, dijo Lavrov al presidente, ambos separados por otra enorme mesa, como sucedió una semana antes con el presidente francés, Emmanuel Macron.

El Kremlin ya tiene preparada su contestación a las respuestas que ofrecieron Estados Unidos y la OTAN a sus exigencias de garantías de seguridad para Rusia. Lavrov confirmó que el documento está terminado y su extensión es de “unas 10 páginas”.

Shoigú pasó revista a los ejercicios masivos que están realizando las tropas rusas junto a Ucrania, tanto en el sur del país como en su aliada Bielorrusia. El ministro de Defensa señaló que parte de las maniobras acabarán pronto, aunque no entró en más detalles sobre la vuelta a casa o no de las tropas.

Estos encuentros han tenido lugar justo antes de que la Duma Estatal (Parlamento) abordase una nueva medida de presión sobre Kiev. Estaba previsto que esa cámara debatiese este lunes un proyecto de ley presentado en enero por el Partido Comunista para solicitar al presidente el reconocimiento de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, en Ucrania. Sin embargo, la formación de Putin, Rusia Unida, ha presentado otro borrador para que la iniciativa sea escrutada antes por Lavrov. El portavoz de la Cámara baja, Vyacheslav Volodin, anunció que los dos textos serán sometidos a votación este martes.

Hasta ahora, Moscú ha abogado por que la región estuviese dentro de Ucrania con un estatus especial, como figuraba en los acuerdos de paz firmados hace ya siete años. Los protocolos de Minsk fueron sellados por primera vez por Rusia, Ucrania y la OSCE en septiembre de 2014, cuando la ofensiva del Ejército ucranio puso contra las cuerdas a los separatistas, y revisados de nuevo en febrero de 2015 tras una exitosa contraofensiva de las milicias con apoyo ruso.

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Moscú exige a Kiev que dialogue con las autoridades de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk para pactar la celebración de elecciones locales, como figura en el punto 12 de los protocolos. Además, el Kremlin insta al Gobierno ucranio a reformar la Constitución y dar un estatus especial al Donbás, cuestión que debía haber sido resuelta en 2015, según el punto 11. Sin embargo, Kiev exige a su vez que Rusia cumpla otros compromisos también claves, los puntos 9 y 10: la devolución a Ucrania del control de la frontera entre la zona separatista y Rusia y la retirada de todas las formaciones armadas y equipamiento militar de la región.

Movimiento de tropas ucranias

Pese a las llamadas al diálogo, el portavoz de Putin denunció este lunes “un agravamiento significativo de la situación” por el movimiento de tropas “de las Fuerzas Armadas de Ucrania y unidades de diferente naturaleza” junto a la línea de contacto del Donbás y la frontera con Rusia. Dmitri Peskov subrayó que estos despliegues no son menos importantes que los que han realizado las Fuerzas Armadas rusas en su territorio y Bielorrusia.

Con la tensión al máximo en el este del continente, el Kremlin ha recibido con deleite la entrevista concedida a la BCC por el embajador ucranio en Reino Unido, Vadym Prystaiko, quien afirmó que su país podría replantearse su adhesión a la OTAN, una de las líneas rojas del Kremlin. “Podríamos. Especialmente al ser amenazados de esta manera, chantajeados por ello y empujados a hacerlo”, dijo el diplomático.

Sus palabras fueron refutadas por el portavoz del presidente de Ucrania, Sergiy Nikifórov, quien respondió públicamente que este paso atrás no se ha planteado de ningún modo porque el deseo de incorporarse a la Alianza Atlántica figura en la propia Constitución. En ese mismo sentido se manifestó el propio presidente Zelenski tras reunirse este lunes en Kiev con el canciller alemán Olaf Scholz. Sin embargo, el portavoz de Putin no desaprovechó la oportunidad para traer a primer plano una de las principales exigencias de Moscú. “Esto sería sin duda un paso que contribuiría de forma significativa a dar una respuesta más significativa a las preocupaciones rusas”, subrayó el representante del Kremlin, aunque consideró “poco probable” que esta idea tenga más recorrido por parte de Kiev.

Peskov también se pronunció sobre la visita este martes a Moscú del canciller Scholz. En su encuentro con Putin, no solo abordarán toda la crisis que rodea a Ucrania y la búsqueda de un nuevo sistema de seguridad con Rusia, sino también la parálisis del gasoducto Nord Stream 2, cuyas obras concluyeron en enero, pero no ha recibido aún el visto bueno de Bruselas para operar debido a que su gestión pertenece al monopolio estatal ruso Gazprom y al riesgo de que se convierta en un instrumento de presión del Kremlin.

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24Horas.cl Tvn

04.05.2021

Durante la noche de este lunes, el presidente de la Cámara de Diputadas y Diputados, Diego Paulsen, se refirió a los mínimos comunes que se encuentra negociando el Congreso y el Ejecutivo en torno a las ayudas sociales para hacer frente a la pandemia.

En ese sentido, el parlamentario RN indicó que «tan lejos nunca hemos estado, yo creo que cuando se habla por parte del Ejecutivo de un Ingreso Familiar de Emergencia que hoy está llegando a el 80% del Registro Social de Hogares, o sea cerca de 13 millones de chilenos y que el Presidente haya anunciado el día sábado que se va a hacer una extensión el 100% de este registro, llegando a casi 14 millones y medio de chilenos».

Según argumentó Paulsen, con este beneficio, el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) ampliado, «no estamos tan lejos de esta Renta Básica Universal que han venido pidiendo desde la oposición, o la Renta Básica Solidaria que ha pedido otro candidato presidencial o ingresos sustanciales para que las familias puedan vivir y pasar estos meses de invierno y enfrentar la pandemia».

«Claramente tenemos que darle tranquilidad a las familias chilenas de que a través de un acuerdo político viable vamos a, por fin, sentarnos a conversar, a dialogar que es para lo que nos han elegido las chilenas y chilenos a lo largo de Chile», recalcó el presidente de la Cámara.

 

Propuesta del Ejecutivo

Según explicó Paulsen, las mesas del Congreso Nacional recibieron como propuesta del Gobierno el «ampliar al 100% el Registro Social de Hogares», haciendo hincapié en lo «universal» de la medida, ya que que «cualquier familia en Chile puede ingresar al Registro Social de Hogares», por lo que se podría llegar con ayuda para 15 millones de personas, lo que equivaldría a un costo de 2.050 millones de dólares por mes. Este IFE duraría por tres meses; abril, mayo y junio.

 

Respecto a los requisitos que podría tener este ingresos, Paulsen indicó que desde hace una semana y media atrás, desde que el Presidente anunció la ampliación del IFE «se acaba el requisito de pérdida de ingresos» para poder optar al beneficio. «Cualquier familia que perteneciera al 80% del 80% de los más vulnerables de Chile iba a obtener $100 mil pesos por integrante familiar».

En ese sentido recalcó que la ampliación del IFE al 100% del Registro Social de Hogares mantendrá esta tónica, no siendo necesario haber perdido ingresos para poder optar al beneficio.

 

En cuanto a los montos, la nueva propuesta del Ejecutivo mantiene los montos anteriormente señalados, es decir $100 mil pesos por carga familiar, los cuales serán entregados por tres meses.

«Tenemos que saber cuánto va a ser el marco que vamos a estar dispuesto como Estado a invertir en las familias chilenas. En cuánto vamos a estar dispuestos a ayudar a las familias chilenas. Entonces por eso es importante que, antes de empezar a hablar en otro de los pilares que es la reforma tributaria que tenemos que llevar adelante, es saber primero cuánto vamos a gastar para tener la certeza de cuánto necesitamos recaudar«, explicó el diputado Paulsen.

¿Qué ocurre con las personas que han recibido el IFE o bonos de clase media?

Según explicó Paulsen, «el Bono de Clase Media sigue. Tenemos la gran noticia que se han pagado casi un millón 800 mil bonos clase media, pero este es ajeno, externo a este IFE ampliado que acaba de proponer el Ejecutivo (…) se podrían sumar «.

Asimismo indicó que «las personas que no puedan postular al IFE, debido a que ganen entre 1 millón y medio o dos millones al mes podrían optar al Bono de Clase Media»

Marco de acuerdo

Al ser consultado sobre si las conversaciones llevadas junto con el Ejecutivo sobre lograr un acuerdo para evitar un posible cuarto retiro, iniciativa que ya fue ingresada por la diputada Pamela Jiles, Paulsen sostuvo que «esto no es parte de la conversación. Dentro de este marco que nos propone el Ejecutivo, obviamente que está el respeto a la institucionalidad»

«Primero está también el marco de como vamos a aumentar la emisión de la deuda pública, cuánto vamos a aumentar para que el Estado se pueda seguir endeudando», señaló el diputado, aclarando que es necesario un proyecto de ley para aumentar la deuda pública, agregando que la deuda de salud pública va a «aumentar muchísimo porque no hemos sido capaces de hacer todas las prestaciones de servicio en el último año y medio».



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