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El expresidente de Kazajistán, Nursultán Nazarbáyev, que había estado en silencio y sin mostrarse públicamente durante los disturbios que sacudieron a principios de mes el enorme país de Asia Central, ha asegurado en un vídeo publicado este martes que apoya al presidente, Kassym-Jomart Tokayev, y sus reformas. La ausencia política de Nazarbáyev, de 81 años, que gobernó Kazajistán durante tres décadas sofocando cualquier oposición y que pasó en 2019 a ejercer el cargo vitalicio de padre de la nación había suscitado las dudas de que tras los disturbios iniciados por la subida del precio del combustible y alimentados por el descontento contra la corrupción del régimen asociada al entorno de Nazarbáyev, se hallaba también una guerra de poder entre el exmandatario y su clan y su sucesor.

Más de 200 personas han muerto en los disturbios de Kazajistán y unas 4.500 resultaron heridas, según la fiscalía kazaja, antes de que las movilizaciones, que habían empezado de forma pacífica por el precio del gas licuado para los vehículos y que se convirtieron en turbas violentas, se sofocaran con la llegada de tropas de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), lideradas por Rusia, en forma de “fuerzas de paz” que se prevé que completen su retirada mañana. Una medida que supuso un cambio sustancial y trascendental para el futuro de Kazajistán y también la primera vez que la OTSC (que agrupa a Rusia, Kazajistán, Armenia, Bielorrusia, Kirguistán y Tayikistán) moviliza tropas. El Gobierno kazajo atribuyó los disturbios a “fuerzas externas” que querían “desestabilizar” el país, aunque no aportó evidencias.

Desde entonces, la Administración de Tokayev ha reemplazado a Nazarbáyev, contra quien se dirigía gran parte del malestar social inicial –”vete, viejo”, fue uno de los lemas de las protestas iniciales—, como presidente del Consejo de Seguridad, que ahora encabeza Tokayev. Además, ha destituido a varios altos cargos relacionados con el expresidente, incluido su yerno, que dirigía la empresa nacional de transporte de petróleo, y su sobrino, que era jefe de una importante cámara de comercio. Además, las autoridades han detenido al exjefe de los servicios de inteligencia, Karim Masimov, mano derecha de Nazarbáyev y que también fue primer ministro, y a varios funcionarios más. El padre de la nación había seguido ejerciendo influencia política tras nominar a Tokayev para reemplazarlo como presidente de la antigua república soviética.

“El propósito de estos disturbios y ataques organizados en Kazajistán era destruir la integridad del país y los cimientos del Estado”, dijo en el vídeo Nazarbáyev. “El presidente Kassym-Jomart Tokayev tiene pleno poder. No hay conflicto ni confrontación en la élite. Los rumores sobre este tema son absolutamente infundados”, dijo en su mensaje, distribuido en su web en ruso y kazajo.

Nazarbáyev ha asegurado –respondiendo a la especulación de que había abandonado el país junto a su extensa y multimillonaria familia— que no ha salido de Kazajistán y que ha permanecido en un “merecido descanso” tras dejar la presidencia en 2019. En la grabación, con fondo neutro que impide identificar dónde fue filmado y en el que el exmandatario se muestra rodeado de banderas del país, Nazarbáyev ha insistido en que es un simple “pensionista” que ha renunciado a todos los poderes formales e informales.

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“Esto es un infierno” escribía una ciudadana de Kazajistán en un mensaje de WhatsApp cuando las autoridades del país consideraban ya superada la fase álgida de la “operación antiterrorista” y habían puesto plazo para la retirada del “contingente pacificador” de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC).

En Atirau se estaban produciendo “torturas y encarcelamientos”, comunicaba mi interlocutora desde aquel centro petrolífero del Caspio. Así lo confirmaba por teléfono Serguéi Shútov, un activista cívico local que dijo haber sufrido múltiples palizas durante los dos días que permaneció recluido, del 11 al 13 de enero, tras ser detenido en su casa. Shútov se manifestó el 4 de enero contra la subida de precios y es de los que no confía en que el presidente Kasim-Yomart Tokáyev realice reformas de calado. “Hará lo que le dejen hacer Nazarbáyev y su familia”, afirmaba, refiriéndose al primer presidente de Kazajistán, que dirigió el país hasta 2019, cuando pasó a ocupar el cargo de Elbasi (padre de la nación) con funciones supervisoras en materia de seguridad.

El actual presidente analiza de forma correcta los males del sistema, pero los observadores están divididos sobre su voluntad y sus posibilidades de captar los aliados necesarios para las reformas que anuncia. Tokáyev habla de crear comisiones, encargar planes para corregir las desproporciones y desigualdades abismales del país, pero sus palabras suenan poco enérgicas, porque reestructurar el sistema implica enfrentarse a la “familia” de Nazarbáyev (el clan de parientes y allegados beneficiarios de la gestión pública).

Tokáyev ha sido más concreto al referirse a los cambios en los llamados “órganos de fuerza”. Habrá incrementos de sueldo en todos ellos y se crearán unidades de “intervención especial” en el Ministerio del Interior, la Guardia Nacional y el Ejército.

La operación de la OTSC ha sido eficaz, pero también ha evidenciado que el reflejo anticolonial y la conciencia nacional son puntos sensibles de este tipo de intervenciones y tal vez una de las causas de su rápida retirada (un máximo de 10 días a partir del 11 de enero). La investigadora Nargís Kassenova, directora de programas de Asia Central del Davis Center de Harvard, subraya que el porcentaje de kazajos étnicos, que eran el 40% de la población de Kazajistán en diciembre 1991 cuando el país se independizó, es ahora del 70%. Este cambio se debe, por un lado, a la emigración de los habitantes de origen ruso y por otro a la inmigración de kazajos étnicos desde China, Mongolia y Asia Central.

Una parte de la ciudadanía de Kazajistán ha visto al contingente pacificador de la OTSC, una organización dominada por Rusia, como “ocupantes extranjeros” y lo ha asociado con la anexión de la península de Crimea por Rusia en 2014, señalan medios en Kazajistán. La asociación con Crimea se reforzó con el nombramiento como jefe del contingente de la OTSC del general Andréi Serdiukov, jefe de las tropas de paracaidistas de Rusia y participante en la anexión de aquella península ucrania. Más allá de los acuerdos intergubernamentales que legitiman su intervención, el margen de la OTSC para actuar se ve pues afectado por la percepción local de la soberanía nacional en relación a Rusia. En el título del discurso con el que Tokáyev se dirigió al Parlamento figuraban las palabras “unidad” e “independencia”. A considerar a Rusia como una salvadora en el espacio postsoviético no contribuye tampoco la descripción de los fines de Moscú formulada por el politólogo ruso Fedor Lukiánov, director científico del club de discusión Valdái (organizador de una reunión anual de Vladímir Putin con politólogos internacionales). En un reciente artículo, Lukiánov escribía que lo más importante para Moscú en las operaciones pacificadoras de la OTSC es “mantener la presencia física de fuerza en el territorio” al que ha acudido en misión y convertirse en el garante del cual dependen posteriores acontecimientos. Como ejemplo, citaba la misión de pacificadores rusos tras la guerra de 2020 en Nagorno Karabaj.

Rusia, afirma Lukiánov, no debe “inmiscuirse en los conflictos locales” y quien quiera que gane en ellos “tendrá que tener en cuenta las circunstancias objetivas de la presencia militar rusa”. En Kazajistán, por ahora, los rusos no han podido quedarse.

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Las manifestaciones acabaron en un baño de sangre, con tiroteos, saqueos, incendios de edificios gubernamentales, el terror extendiéndose entre los ciudadanos, la llegada de tanques rusos, centenares de muertos, miles de detenidos, un apagón informativo y la imposición de una extraña normalidad militarizada. Pero durante unos días de principios de enero, cuando activistas, opositores y otros miles de personas se echaron de forma pacífica a las calles de Kazajistán para protestar por el alza de los precios del combustible y reclamar reformas profundas en el país, algunos, por un momento, llegaron a creer que el régimen podía caer. Con la vuelta al orden, sin embargo, muchos tuvieron que regresar a sus madrigueras para seguir la lucha.

En lo alto de un viejo bloque de viviendas, a las afueras de Almaty, capital financiera del país y epicentro de las protestas kazajas, hay un apartamento vacío y sin muebles. En su interior se encuentra Zhanbolat Mamai, de 33 años, junto a dos personas de su confianza. Un amigo le ha prestado esta especie de piso franco para que pueda atender visitas. Zhanbolat, un conocido opositor, tiene aún el párpado de un ojo enrojecido por los golpes recibidos durante las protestas. Mira por la ventana, hacia donde arrancaron las manifestaciones el 4 de enero, que él mismo contribuyó a convocar. Y relata emocionado la esperanza que sintió al ver a a miles de personas marchando hacia el centro.

“Fue algo sin precedentes en la historia moderna”, rememora. “Gente corriente, manifestantes pacíficos, que querían un cambio político. Gritaban: ¡El viejo tiene que irse!”. Este cántico, que prendió en todo el país, desde las provincias petroleras del oeste, de donde manan los hidrocarburos del Caspio, hasta las calles empinadas de Almaty, en el extremo oriental y ya a un paso de la frontera con China, reclamaba la marcha definitiva de Nursultán Nazarbáyev, de 81 años, el presidente que rigió con puño de hierro los designios del país durante casi tres décadas.

Zhanbolat Mamai, líder opositor detenido y golpeado durante las protestas en Almaty, Kazajistán, el pasado jueves.
Zhanbolat Mamai, líder opositor detenido y golpeado durante las protestas en Almaty, Kazajistán, el pasado jueves. Samuel Sánchez (EL PAÍS)

En 2019, Nazarbáyev dejó el poder y le sucedió un colaborador suyo, el actual presidente, Kasim-Yomart Tokáyev, pero sus tentáculos han seguido manejando muchos de los hilos. El expresidente conservó el liderazgo espiritual de Kazajistán; en muchos lugares su rostro sigue siendo omnipresente; la capital, Astaná, fue rebautizada Nursultán en su honor; se aseguró el control de un buen número de negocios a través de familiares y personas afines, según denuncian sus críticos, y se quedó también al frente de puestos clave, como la presidencia del Consejo de Seguridad Nacional.

El activista político Zhanbolat cree que el país no pasó página del todo. “La gente en Kazajistán está harta de vivir en un régimen autoritario”, afirma. Fundador del Partido Democrático, no reconocido oficialmente, en 2017 este periodista pasó en prisión siete meses y otros tres en libertad vigilada, tras ser condenado por blanquear dinero a través del diario en el que escribía, crítico con el poder (un delito que él niega). Se le prohibió también ejercer como periodista tres años. Ha sido detenido en numerosas ocasiones. También fue arrestado y golpeado por las fuerzas del orden en los primeros compases de las manifestaciones de enero. Pero fue puesto en libertad y marchó hacia la plaza de la República, donde las protestas se volvieron violentas y acabaron en sangrientos enfrentamientos armados en las inmensas avenidas de estilo soviético.

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Zhanbolat asegura que él trataba de imponer la calma, pero una turba comenzó a golpearle. Muestra una foto en el móvil en la que se le ve el rostro hinchado, amoratado y vendado. El activista denuncia que, el segundo día, las protestas fueron reventadas por grupos criminales relacionados con las élites en el poder, cambiando el curso de los acontecimientos.

Distintas capas de crisis

La crisis de Kazajistán, por un momento, pareció tomar el camino de la revolución democrática de Ucrania. Pero enseguida se transformó en una compleja crisis de varias dimensiones, una “melée”, como la llama un analista occidental en Almaty, en la que se superponen distintas capas: están los trabajadores del petróleo protestando por el alza vertiginosa de los precios del gas licuado en este país rico en hidrocarburos, los activistas que reclaman democracia y libertades, los jóvenes sin perspectivas venidos de los suburbios que saquean comercios, roban móviles y deportivas y queman coches, al estilo de las banlieues parisinas. Y, por encima, sobrevuela un thriller político de intrigas palaciegas y una partida geopolítica en la que el presidente Vladímir Putin ha conseguido avanzar sus peones en uno de los países más extensos y abundante en recursos del mundo.

Los charcos de sangre que seguían en el suelo días después de los tiroteos son, en el fondo, el reflejo de una confusa suma de intereses, de la que aún se sabe muy poco. Durante una decena de días no ha existido ni siquiera un dato oficial de fallecidos. Finalmente, este sábado la Fiscalía ha hecho pública la cifra de 225 muertos, entre ellos 19 miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad, y 4.500 heridos, la mayor parte de ellos en Almaty. La lista de detenidos ronda los 10.000, según el Gobierno.

“Hay muchas declaraciones. Pero ¿dónde están los hechos?”, resume esa sensación de no saber nada el analista kazajo Dosym Satpayev, director de Kazakh Risk Assessment Group. Es como si el país siguiera, en parte, en la penumbra provocada por el corte de internet decretado por las autoridades para dificultar las comunicaciones en los momentos más duros de los enfrentamientos.

En opinión de este politólogo, el giro violento de las manifestaciones fue una guerra entre familias políticas por el control del poder en Nursultán, con su extensión en forma de grupos criminales en las calles. “La pugna entre Tokáyev y miembros de la familia de Nazarbáyev fue la principal razón de desestabilización en Kazajistán”, asevera Satpáyev, aunque sin pruebas firmes. Pero aporta indicios: en los primeros compases de las protestas el actual presidente cesó y arrestó al jefe de los servicios secretos kazajos, Karim Masimov, cercano a Nazarbáyev, bajo sospecha de alta traición al Estado. También fue detenido un famoso líder de una banda criminal, Arman Dzhumageldiyev, conocido como salvaje Arman. Y Nazarbáyev fue cesado de forma fulminante de su puesto como presidente del Consejo de Seguridad. Desde entonces, sigue desaparecido y sin dar señales de vida.

Más indicios: en un giro de guion sin precedentes, el presidente Tokáyev llegó a cargar en un discurso pronunciado esta semana contra el legado de su predecesor, al que culpó de haber fomentado “una casta de ricos”. Y este mismo sábado la compañía nacional de gas y la empresa nacional de transporte de petróleo anunciaron el cese de dos yernos de Nazarbáyev, que ejercían cargos directivos.

“El punto de inflexión en las protestas pacíficas masivas fue la aparición de grupos criminales controlados por el Gobierno que organizaron disturbios, incendios y saqueos”, asevera también un reciente informe elaborado por la Federación Italiana de Derechos Humanos junto a 11 organizaciones civiles de Kazajistán.

El estudio también denuncia la falsedad de las alegaciones del presidente Tokáyev, quien aseguró que el país se enfrentaba a grupos terroristas coordinados desde el extranjero. “El régimen afirmó que Kazajstán había sido atacado por 20.000 terroristas internacionales”, dice el documento, “para justificar los disparos y la llegada de las tropas de ocupación”, señala en referencia a la intervención de las tropas de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva. Esta asociación militar del espacio postsoviético, liderada por Rusia, desplegó como un relámpago más de 2.000 militares para contener la crisis.

“Tokáyev no se fiaba de sus servicios de seguridad”, afirma un analista occidental en Almaty. Por eso tuvo que reclamar la intervención de los rusos; con su entrada y la dura represión de las protestas, el actual presidente ha amarrado su liderazgo frente a los grupos afines a Nazarbáyev. “Le ha mostrado a las élites que tiene el apoyo de Putin”, añade el politólogo Dosym Satpáyev. A su vez, el presidente ruso ha ganado un amigo leal con una deuda y ha enviado un mensaje a otros actores de Asia Central: “Les ha dejado claro quién es el jefe en la zona”, afirma el analista occidental. “¿A quién vas a llamar si tienes un problema?”.

Para el opositor Zhanbolat, la llegada de las bandas violentas y su represión ha tenido como objetivo minar aún más el rol de quienes, como él, reclaman sin violencia mayores libertades. “Los activistas políticos no participamos en acciones criminales. Organizamos protestas pacíficas. El régimen quiere usar esta situación para destruir la oposición política en su contra”, denuncia.

En un duro informe, publicado esta semana, Human Rights Watch estima que, en el último año, el respeto a los derechos fundamentales no ha avanzado en Kazajistán. “Las autoridades reprimieron a los críticos del Gobierno utilizando cargos demasiado amplios de extremismo, restringieron el derecho a la protesta pacífica, suprimieron la libertad de expresión”, dice el informe, que no recoge la crisis actual. El poder, añade, “continuó interfiriendo y restringiendo rutinariamente el derecho a la reunión pacífica al detener, multar o sentenciar a penas privativas de libertad cortas” a quienes ejercieron este derecho. Y explica cómo la Policía recurrió cada vez más a la práctica de “encerrar” a los manifestantes al detener de facto a grupos en la calle hasta por 10 horas.

“¡Aquí no puedes criticar al presidente porque acabas muerto!”, grita uno de los manifestantes. Es finales de noviembre, poco más de un mes antes de las protestas, y en Almaty transcurre una pequeña manifestación para denunciar la muerte del poeta y disidente Aron Atabek, que ha muerto a los 68 años por complicaciones derivadas de la covid tras pasar 15 años en prisión. Atabek fue condenado a 18 años de cárcel tras ser declarado culpable por la muerte de un policía en unos violentos enfrentamientos en 2006. Él siempre defendió su inocencia. En la manifestación, su hija y los activistas denuncian que su salud se agravó entre rejas debido a las torturas y los malos tratos.

En la concentración hay casi tantos manifestantes como miembros de los servicios de seguridad (los organizadores han contado 32). Llevan abrigos oscuros y gafas de sol y graban la escena y se tocan el pinganillo en el oído y tratan de amedrentar a la prensa y a los asistentes. La concentración ha sido convocada por la agrupación opositora Despierta Kazajistán, formada en 2019. Dos de sus miembros, Darkhan Sharipov y Dana Sharipova, de 32 años, que suman tres detenciones entre ambos, confiesan: “Estamos arriesgando nuestra libertad por estar aquí”. Y también: “Pedimos una reforma constitucional, el cambio del sistema electoral y un equilibrio de poderes”.

En ese momento, poco hacía prever lo que acabaría ocurriendo en los primeros días de enero. La joven Mira Ungarova, otra activista de 18 años de Despierta Kazajistán, se unió a las protestas en Almaty el primer día; sufrió los efectos del gas pimienta hasta casi vomitar, y vio en persona cómo la manifestación pacífica se fue volviendo violenta, por culpa de “provocadores”. Escuchó aterrada las detonaciones de las granadas aturdidoras y no dio crédito cuando vio tanques y escuchó el sonido de las armas de fuego (un repiqueteo que no comprendió hasta más tarde). “Igual es que soy un poco naíf”, dice unos días después de los hechos, en una cafetería ubicada a un paso de los edificios quemados. La ciudad ha ido recuperando la vida normal, los comercios reabren y los tanques rusos han comenzado ya su retirada.

Mira Ungarova, opositora del movimiento Despierta Kazajistán y participante en las protestas en Almaty, Kazajistán.
Mira Ungarova, opositora del movimiento Despierta Kazajistán y participante en las protestas en Almaty, Kazajistán. Samuel Sánchez (EL PAÍS)

“La chispa no fue solo el incremento del precio del petróleo, sino el resultado de 30 años de constante falta de respeto a los derechos humanos fundamentales de los kazajos, de represión y de violación de las libertades”, dice esta joven rubia de rostro oriental, que comenzó a involucrarse en movimientos disidentes a los 15 años, en 2019. A esa edad, cuenta, le llamó la atención que a la capital del país se le cambiara el nombre por el de “un dictador”.

Ungarova tiene un discurso combativo y articulado: “Estoy harta de que haya elecciones injustas. El sistema está roto. El dinero del Gobierno va a determinados grupos de las élites, creados por el dictador, que disfrutan de una buena vida mientras los kazajos viven bajo el umbral de pobreza. No hay libertad de expresión. Y todavía existe represión política y hay presos políticos”.

También asegura que teme lo que pueda pasar tras el baño de sangre. “Me recuerda a Bielorrusia”, explica, en referencia a las revueltas democráticas del verano de 2020, cuando miles de personas salieron a la calle para reclamar la caída del régimen de Aleksandr Lukashenko. “Tras las protestas, el país se volvió aún más autoritario”, concluye y, al abandonar la cafetería, se va por la misma calle donde hace una semana se veían edificios en llamas, tanquetas y disparos de ametralladoras.

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No hay mal que por bien no venga. Ese parece ser el lema que estos días mueve al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, quien quiere aprovechar el desplome del precio del bitcoin debido a las protestas en Kazajistán, un lejano país del Asia central que desde 2021 es el segundo mayor centro de emisión [’minado’, en la jerga del negocio] de las criptomonedas en el mundo. El Gobierno del autoritario Kassym-Jomart Tokayev ordenó la semana pasada el corte total de Internet para evitar que los manifestantes pudieran transmitir la violenta represión desatada desde el Estado, pero su decisión acabó convirtiéndose en un duro traspié para el opaco negocio de las monedas virtuales: el apagón afectó con fuerza a las criptomendas, principalmente el valor del bitcoin. A miles de kilómetros cruzando el Pacífico, un pequeño país llamaba entonces la atención de los inversionistas del sector, que creen que la estabilidad que garantiza Bukele —y los sueños faraónicos del joven mandatario— pueden ser tierra fértil para crear un gran centro de minado.

El popular presidente ya había anunciado en noviembre sus grandes planes para convertir a su país en un laboratorio mundial de la criptomoneda. En una enorme puesta en escena a finales de ese mes anunció la creación de una Ciudad del Bitcoin, a un coste de miles de millones de dólares. Frente a centenares de seguidores, con un escenario muy parecido a los montados por las grandes tecnológicas cuando anuncian sus nuevos lanzamientos, Bukele se mostró entusiasta con el proyecto y prometió que llevará desarrollo económico para su país. Desde su Gobierno, se ha afirmado que esta iniciativa pretende convertir a El Salvador en la Singapur de América Latina. Y solo faltaba la desgracia de otros para que el sueño comience a encarrilarse.

Esta historia inicia en Almaty, la ciudad más importante de Kazajistán. En el gran centro industrial y comercial del país estallaron a inicios de enero violentos disturbios por el aumento del precio del gas licuado y la energía en momentos en que el país centroasiático sufre bajísimas temperaturas invernales. El descontento ciudadano aumentó incendiado por la corrupción de las élites económicas y políticas y las grandes desigualdades sociales. Arrinconado por las manifestaciones, Tokayev pidió ayuda a Rusia, que envió militares al país, y lanzó una brutal represión que ha dejado al menos 164 muertos, 1.000 heridos y casi 10.000 detenidos. ¿Pero qué tienen que ver las protestas de Almaty con el bitcoin? La respuesta está en el uso de energía que requieren las llamadas granjas de minado. Se trata de enormes y potentes equipos de cómputo que trabajan sin parar, lo que demanda mucha energía. Los precios bajos de este recurso atrajeron a los inversionistas y el Gobierno kazajo los recibió con entusiasmo, pero al dispararse la demanda energética, la población comenzó a sufrir apagones, varias centrales sufrieron sobrecargas y el precio de la energía se disparó. Luego llegó el corte a Internet y el desplome del valor de la moneda, que la semana pasada cayó casi un 8%, al pasar de 42.951 dólares a 37.000 dólares.

El bajón puso nerviosos a los inversionistas, que creían que Kazajistán era su tierra prometida por ser un país estabilizado a fuerza de autoritarismo, con enormes recursos energéticos, una corrupción obscena y poca regulación para este tipo de negocios. Y es aquí donde esta historia salta al trópico. A inicios del pasado junio la Asamblea Legislativa salvadoreña adoptó una ley que hace del bitcoin una moneda de uso legal. Un hecho que el presidente Bukele celebró con entusiasmo. “En cada restaurante, hotel, banco, transacción personal, si quieres vender un auto, todo podrá pagarse con bitcoins o dólares. El bitcoin será tratado como moneda nacional, todos tendrán que aceptarlo”, auguró. Entonces, sus planes comenzaron a crecer y Bukele lanzó su idea de convertir al país centroamericano en un gran centro de minado de la moneda virtual. Para ello prometió ofrecer “energía muy barata, 100% limpia, 100% renovable, con cero emisiones, de nuestros volcanes”. El 10 de junio, Bukele hizo público en Twitter un proyecto geotérmico que servirá como sede del minado.

El 5 de enero, el diario digital El Faro publicó una entrevista con uno de los primeros empresarios interesados en dar alas a los sueños del mandatario salvadoreño. Se trata de Paolo Ardoino, de Bitfinex Securities, una compañía de criptomonedas que trabaja en Kazajistán y que se ha aliado con el Ejecutivo de Bukele para emitir 1,000 millones de dólares en bonos. La mitad de ese dinero se usará para construir la llamada Bitcoin City y el resto para la compra de bitcoins. Así lo explica el diario salvadoreño: “Los bonos bitcoin son una deuda que el Gobierno va a suscribir a 10 años, con una tasa de interés del 6.5%. En total, durante 10 años, el Gobierno debe cancelar $1,650 millones a los inversores en criptomonedas por este préstamo de $1,000 millones. Para hacer realidad esta idea, el Gobierno buscó aliados que le permitan vender estos bonos —conocidos como valores tokenizados— a inversores de criptomonedas y la empresa de Ardoino fue la elegida”. El empresario dijo entonces que la suya era la única plataforma de criptomonedas en el mundo con licencia para comerciar y emitir valores tokenizados (tokenized securities).

El presidente Bukele no esconde su enorme entusiasmo y todos los días en Twitter publica comentarios sobre su proyecto. Hasta discute con sus detractores, como ocurrió el 7 de enero, cuando el economista Steve Hanke, de la Universidad Johns Hopkins, cuestionó los planes de crear energía suficiente para garantizar una zona de minado de criptomonedas en El Salvador. “¿Cuánta energía se puede extraer del volcán inactivo Conchagua? ¿Dónde está el estudio de viabilidad? El Salvador ya tiene un enorme déficit de energía e importa el 22% de su uso de electricidad. Sin un estudio de factibilidad, nadie sabe cómo Bitcoin City afectará este déficit”, argumentó Hanke. Bukele le espetó, con emoticones y en tono de mofa: “¡Este tipo! ¡Por su puesto que es un volcán inactivo, idiota! ¡La mayor parte de la energía geotérmica se extrae de pozos cerca de VOLCANES INACTIVOS! ¿Por qué construirías una ciudad debajo de un VOLCÁN ACTIVO?”. Y, como era de esperar, la reacción generó decenas de miles de retuits que, es seguro, alimentan los sueños del mandatario de convertir a su país en la Singapur latinoamericana.

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Al caer la noche en Almaty, la capital financiera de Kazajistán, las sirenas siguen recordando que rige el toque de queda nocturno y después de las 23.00 apenas queda un alma en la calle. Pero, por lo demás, la vida parece ir enterrando los rescoldos de las violentas protestas que sacudieron esta ciudad, epicentro de las revueltas que han puesto en jaque al Estado y sacudido el tablero geopolítico de Asia Central.

Los signos de normalidad son ya evidentes. Este jueves, el edificio chamuscado de la Alcaldía, uno de los que se llevó la peor parte la semana pasada, ha sido cubierto con una malla que disimula las cicatrices tiznadas; la gran avenida que fue escenario de duros enfrentamientos armados ha sido reabierta al tráfico. Y, sobre todo, el síntoma quizá definitivo, las tropas lideradas por Rusia que entraron en el país para ayudar a aplacar la crisis, han comenzado ya este jueves su retirada.

El contingente de más de 2.000 soldados de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una asociación militar de parte del espacio pos-soviético encabezada por Moscú, aterrizó en el país la semana pasada después de que el presidente kazajo, Kasim-Yomart Tokáyev, solicitara ayuda para contener una protestas que arrancaron de forma pacífica a principios de año, motivadas por el alza de los precios del gas licuado de petróleo en este país rico en hidrocarburos, pero han acabado con decenas de muertos (no hay una cifra contrastable) —y 10.000 detenidos, según datos oficiales del Gobierno kazajo—, la gran mayoría de ellos en Almaty.

La entrada de las tropas extranjeras elevaron las revueltas kazajas a una dimensión geopolítica diferente, sumándose de pronto a la tensión ya disparada entre Washington, Bruselas y Moscú por la acumulación de tropas de Rusia a las puertas de Ucrania. El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, llegó a afirmar que a Kazajistán podría resultarle complicado deshacerse de la presencia de las tropas rusas una vez dentro del país. Pero Moscú ha asegurado este jueves que el contingente de la OTSC habrá completado su marcha el 19 de enero, incluso antes de lo esperado.

“Todo ha funcionado como un reloj: rápido, coherente y eficaz”, ha señalado este jueves el presidente Ruso, Vladímir Putin, según declaraciones recogidas por Reuters. “Debemos volver a casa. Hemos cumplido con nuestra tarea”. Las declaraciones del mandatario dejan entrever un halo de satisfacción por el despliegue relámpago, en un tiempo crítico en el que, a su vez, con la otra mano, negociaba con Occidente los peones de Ucrania. “Quiero […] expresar mi esperanza de que esta práctica de utilizar nuestras fuerzas armadas se estudie en el futuro”, ha añadido el presidente ruso.

Para Dosym Satpayev, analista político y director de Kazakh Risk Assessment Group, Putin es “uno de los grandes ganadores” tras la paz de los tanques que se ha impuesto en las calles kazajas, tal y como cuenta este elegante politólogo en el interior de una luminosa cafetería en Almaty. Otro signo de normalidad en la ciudad: las personas ya quedan tranquilamente para conversar en los cafés, la mayoría de ellos abiertos. Satpayev explica que si, en los últimos años, Kazajistán había cultivado una política de relaciones exteriores “multivectorial”, tratando con todo tipo de países, de China a Estados Unidos, el acercamiento a Moscú será evidente en los próximos meses. “Ahora [el país] tiene deudas con el señor Putin”; lo cual quiere decir que su agenda interna e internacional la fijará teniendo en cuenta las nuevas circunstancias. De algún modo, la crisis y su desenlace ha colocado a Kazajistán en la liga de países como Bielorrusia, cuyo viraje hacia Moscú se ha pronunciado tras las revueltas democráticas del verano de 2020, duramente reprimidas por el régimen de Aleksandr Lukashenko, y su creciente aislamiento ante la comunidad internacional.

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Con los militares en retirada y el regreso de esa extraña normalidad en la que se barren cristales rotos y aún se convive con patrullas militares urbanas, queda en Kazajistán la compleja tarea de desentrañar durante las próximas semanas lo ocurrido: el número exacto de muertos, por ejemplo, o la veracidad de afirmaciones del presidente Tokáyev, quien justificó la entrada de tropas extranjeras alegando que el país se enfrentaba a “bandidos y terroristas” venidos en parte desde el extranjero con la intención de subvertir el orden. Cifró a estos supuestos asaltantes en unos 20.000, otro dato que no ha podido ser confirmado de forma independiente.

“No es una información correcta”, protesta de nuevo el analista Satpayev. Según él la mayor parte de quienes convirtieron las revueltas pacíficas en violentos desórdenes son personas jóvenes, de entre 17 y 25 años, kazajos venidos de los alrededores de la ciudad y de otras regiones del país; muchos, en situación de desempleo o con trabajos precarios, bajos salarios y condiciones de vida humildes; personas dispuestas a subir las cuestas de la empinada ciudad desde la periferia, hasta alcanzar las zonas elevadas de Almaty, donde se respira un aire más puro y vive la clase acomodada, para enfrentarse a las fuerzas del orden, vandalizar edificios y saquear numerosos comercios.

Satpayev retrató a esta juventud en 2014, en un libro titulado ‘Cóctel molotov. Anatomía de la juventud kazaja’, en el que hablaba de la explosiva situación social y la enorme desigualdad larvada desde la caída de la URSS y la independencia de Kazajistán. “Cuando nuestros funcionarios hablan de terroristas, no entienden que existe una juventud agresiva y marginal”. Hay mucha gente en su país que sigue haciendo sus necesidades en agujeros en el suelo, añade. Y que jamás podría pagar una taza de café como la que disfruta él este jueves a media mañana de nueva normalidad.

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Da igual dónde nazcan, las causas que defiendan, el poder contra el que se alcen. Las revueltas, a menudo, terminan de la misma forma: “Mira, ahí hay sangre”, advierte Serik junto a sus pies, para no pisar el charco. La mancha refulge de un color rojo intenso sobre la tierra, como si fuera vino, parece aún húmeda bajo el sol pálido y frío de invierno que golpea sobre la plaza de la República en Almaty, el corazón de las violentas protestas que han sacudido Kazajistán y han llegado a poner en jaque a este inmenso país de Asia central, sacudiendo a su vez el tablero geopolítico en el patio trasero de Rusia.

Este complejo de anchas avenidas vacías e inmensos edificios gubernamentales calcinados, ubicado en el centro de la capital financiera del país, sigue desprendiendo un intenso olor a quemado. Pero se ha convertido ya este miércoles en un lugar de paseo al que acuden los curiosos como Serik, un profesor de inglés en paro de unos 60 años, que prefiere no dar más señas, por si acaso.

“La gente estaba desesperada”, añade el hombre clavando los ojos en la mancha de sangre del suelo. “Arrancó como una protesta pacífica, luego se volvió violenta, comenzaron los choques sangrientos, algunos empezaron a robar…”, va relatando las fases del estallido social que ha dejado decenas de muertos (no hay una cifra contrastable) —y 10.000 detenidos, según datos oficiales del Gobierno kazajo—, la gran mayoría de ellos en Almaty. La revuelta se inició a principios de año, motivada por el alza vertiginosa de los precios del gas licuado de petróleo en este país rico en hidrocarburos, y ha terminado aplastada bajo una contundente respuesta militar, tras la entrada en el país de un contingente de más de 2.000 soldados de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una asociación militar de parte del espacio pos-soviético encabezada por Rusia.

En la zona cero de las protestas, unos operarios reparan adoquines, otros barren las aceras y el silencio de las grandes arterias de estilo soviético, todavía cortadas al tráfico, le confieren al ambiente un extraño aire de domingo. Se oye el trino de los pájaros, pero los restos dejan intuir el decorado de la batalla campal. Se ven decenas de casquillos de bala que recogen, uno a uno, un grupo de voluntarios; cristales y ventanas resquebrajadas; restos de granadas aturdidoras, palos, escudos metálicos chamuscados, coches calcinados, muros de mármol acribillados y decorados con salpicaduras sangrientas. La zona, igual que el resto de la ciudad, parece haberse quedado detenida en una Navidad violenta, con Papás Noel desfigurados y decoración festiva cosida a balazos.

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El Ayuntamiento de Almaty, con la fachada quemada, este miércoles.
El Ayuntamiento de Almaty, con la fachada quemada, este miércoles.Samuel Sánchez

Almaty es una ciudad moderna, la capital histórica (hasta que fue trasladada a Astaná, posteriormente rebautizada como Nursultán) y la urbe más poblada del país, con cerca de dos millones de personas. Se encuentra ubicada en el extremo oriental del país, a un paso de China y desparramada en la falda de unos montes nevados en los que los urbanitas disfrutan, en condiciones normales, de kilómetros de pistas de esquí. En sus calles cuadriculadas y en cuesta vuelve a latir la vida poco a poco. Ha regresado internet, aunque aún funciona a trompicones, y los locales saqueados o agujereados durante los tiroteos reciben la visita de comitivas de funcionarios que toman nota y valoran los desperfectos.

Se ha anunciado que este jueves se reabrirá el aeropuerto de la ciudad, que fue asaltado por manifestantes armados. E incluso el presidente del país, Kasim-Yomart Tokáyev, ha visitado este miércoles Almaty por primera vez desde el inicio de los disturbios, síntoma de que la situación parece definitivamente bajo control. Un día antes, el martes, había anunciado la retirada del contingente militar de la OTSC a partir de este jueves, tras dar su misión por cumplida. “Se desató una guerra terrorista contra el país”, dijo Tokáyev al anunciarlo en un discurso virtual dirigido al Parlamento. “Podríamos haber perdido el país”. El nuevo Ejecutivo de Kazajistán (después de que cayera el anterior en el pico de los disturbios) ha arrancado también este miércoles su mandato con la promesa de “sacar al país de la crisis”.

La vida, en cualquier caso, se recupera de un modo extraño, trenzada con los militares, cuya presencia sigue resultando omnipresente. Hay controles en los accesos principales de Almaty, por el cielo cruzan los helicópteros con un zumbido y en los cruces, de pronto, surgen imágenes propias de una guerra, con tanquetas y vehículos militares blindados de rueda gorda y soldados empuñando sus kaláshnikov. Los uniformados, cuando ven a más de cuatro personas juntas, lanzan un grito para que se disuelva rápidamente la tertulia.

Unos militares patrullaban este miércoles una calle de Almaty.
Unos militares patrullaban este miércoles una calle de Almaty.Samuel Sánchez

En la ciudad, además, todo el mundo tiene una historia que contar sobre lo ocurrido. En una calle cortada y defendida por varias tanquetas, el joven dependiente de una tienda de música relata cómo el 6 de enero llevó a su madre al aeropuerto de Almaty, que tenía que hacer un viaje, y se encontró a un grupo de soldados malencarados con armas pesadas. Irina Kanabeyskih, una mujer pelirroja de 56 años, que vive en el distrito del aeropuerto, habla de los tiroteos y las carreras en las calles de ahí fuera, señalando a través de la ventana de su cocina. También narra el balazo perdido que recibió una amiga en el hombro, mientras permanecía oculta en su casa. Kanabeyskih tiene también una teoría sobre el estallido de violencia: fue un plan para derrocar al presidente, bien planificado y coordinado, probablemente desde el extranjero, al estilo, dice, de lo sucedido en otros lugares del entorno ruso, como Ucrania y Bielorrusia.

La verdad sobre lo sucedido, en estos momentos, se encuentra enterrada bajo una bola de ruido, alimentada por declaraciones no contrastadas. Tokáyev llegó a afirmar que se había tratado de un asalto perpetrado por “bandidos y terroristas” venidos del extranjero con la intención de subvertir el orden. Los cifró en unos 20.000, un dato que no ha podido ser confirmado de forma independiente. Este miércoles, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), ha lanzado un duro comunicado contra las autoridades kazajas, reclamando que “preserven, protejan y promuevan la libertad de los medios de comunicación en el país”.

Tampoco el dato oficial de muertos (el último fue 164) ha podido ser contrastado, y periodistas locales de MediaZona, un diario digital ruso que nació vinculado al grupo de punk rock femenino Pussy Riot, temen que la cifra pueda ser mucho más alta. Uno de sus reporteros, que se patea las calles estos días escuchando relatos, tampoco ha podido confirmar que hubiera una gran presencia de extranjeros, y mucho menos “terroristas internacionales”. Al contrario, lo que ha reconstruido se parece más a un estallido social que recuerda al de las banlieues parisinas: gente humilde, joven y cabreada, que le dieron un giro de tuerca violento a unas protestas pacíficas, en las que había en un principio numerosos miembros de la oposición.

Un escaparate destrozado durante las revueltas, este miércoles en la plaza de la República de Almaty.
Un escaparate destrozado durante las revueltas, este miércoles en la plaza de la República de Almaty.Samuel Sánchez

“No había demandas concretas. Fue una explosión emocional contra la situación general”, interpreta Serik, el profesor de inglés, que sigue junto al charco de sangre. Tiene un rostro ancho de facciones orientales adornado por un blanco bigotillo y suspira, medio en broma, que él también podría haberse sumado a las protestas al principio, cuando aún iban de demandas sociales al Gobierno y no había tomado un cariz sangriento: con la pandemia, cuenta, lleva tiempo sin empleo, y le duele que al final tendrán que pagar las reparaciones entre todos los contribuyentes.

A su espalda, al otro lado de la avenida, se yergue el edificio del Ayuntamiento, cuyos muros blancos se han tornado casi negros por el fuego. Ya es última hora de la tarde, se pone el sol tras las montañas, y numerosos ciudadanos acuden a verlo como si fuera un museo. Dos jóvenes estudiantes, Arujan y Janerke, se hacen fotos con el móvil y creen imposible que los asaltantes fueran kazajos: “Somos un país, y los kazajos no disparan contra los kazajos”. Zere Sabytovna, una empleada de una mina de oro, que acaba de llegar a la ciudad y arrastra una maleta, mira al edificio quemado y dice: “Estoy en shock”. Luego añade: “Nunca temí que fuera a caer el Gobierno. Nuestro presidente es maravilloso”.

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Si no fuera por la tanqueta de color verde oliva apostada en un control militar a la entrada de Shymkent, nadie diría que en este país ha habido, hace unos días, unas violentas revueltas que han puesto en jaque al Estado. La primera ciudad que uno se encuentra al entrar en Kazajistán desde la vecina Uzbekistán, atravesando el paso fronterizo de la Ruta de la Seda, se despliega tras el checkpoint como una sucesión de edificios deslucidos y aceras agrietadas por las que vuelve a fluir la vida como si nada hubiera pasado.

“Todo marcha bien en la ciudad”, sonríe el dependiente de Allo Kebab, un local de comida rápida ubicado en una larga y grisácea avenida, a los pies de un mural que muestra el perfil centelleante de Lenin junto a unos trabajadores. Algún edificio local de la ciudad fue atacado, concede el muchacho. Y aún hay toque de queda al caer la noche. Por lo demás, los niños corretean por la calle este martes a media tarde, los transeúntes deambulan como siempre, unos mustios, otros alegres, y los autobuses se detienen regularmente tragando y escupiendo viajeros.

El dinero sí se ha vuelto una complicación. Tras días de protestas, que han dejado decenas de muertos (no hay una cifra contrastable) —y 10.000 detenidos, según datos oficiales del Gobierno kazajo—, la gran mayoría de ellas en Almaty, la capital financiera de este inmenso país de Asia central, encajonado entre China y Rusia, el pago con tarjeta o teléfono se ha vuelto casi imposible. De modo que resulta necesario obtener efectivo a la vieja usanza, en los cajeros automáticos, y esto se ha convertido a su vez en una pequeña odisea cotidiana: los dispensadores de billetes que funcionan están atiborrados de personas, que piden la vez al llegar y esperan ordenadamente su turno, para poder sacar un máximo de 10.000 tenges (unos 20 euros), el límite que da la máquina por cliente.

Kazajistán recupera la calma después de un arranque de año sangriento que ha sembrado de interrogantes el teatro geopolítico de Asia central, mientras Rusia tensa en otro extremo de su viejo imperio, a las puertas de Ucrania, la cuerda con la UE y Estados Unidos. Regresa internet, que había sido limitada para dificultar las comunicaciones, reabren también la mayor parte de aeropuertos y, mientras, el presidente de Kazajistán, Kasim-Yomart Tokáyev, ha anunciado este martes que en dos días comenzará la retirada de las tropas de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una asociación militar del espacio postsoviético, liderada por Rusia, que entró en el país la semana pasada y desplegó rápidamente más de 2.000 militares para contener la crisis.

Para entonces las protestas pacíficas por el alza vertiginosa del precio del gas licuado de petróleo se habían transformado en tiroteos en las calles de Almaty, y sobrevolaba entre las fuerzas de seguridad la orden del presidente de disparar “sin previo aviso” contra los manifestantes, que para entonces ya no eran tales, al menos en palabras del presidente, sino una supuesta horda de “terroristas” y “bandidos” venidos del extranjero con la intención de subvertir el orden. Los cifró en unos 20.000, un dato que no ha podido ser contrastado de forma independiente.

“La misión principal de las fuerzas de mantenimiento de la paz de la OTSC se ha completado con éxito”, ha señalado Tokáyev este martes en un discurso pronunciado por videoconferencia ante el Parlamento de Kazajistán. “Se desató una guerra terrorista contra el país”, ha añadido, según la agencia AFP. “Podríamos haber perdido el país”.

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En un giro de guion sin precedentes, el presidente ha cargado también contra el legado de su predecesor y el hombre fuerte que rigió los designios de este país de 19 millones de personas entre 1991 y 2019: Nursultán Nazarbáyev, el líder que tomó las riendas tras la caída de la URRS y cuyo rostro aún es reverenciado en esculturas, carteles y fotografías por todas partes. Tokáyev lo ha culpado de haber fomentado “una casta de ricos, incluso para los parámetros internacionales”, la cual dominaría los sectores clave de este país rico en recursos pero cuyos beneficios no acaban de permear en todas las capas sociales. El señalado expresidente Nazarbáyev aún no ha aparecido públicamente desde el inicio de una crisis que se ha llevado también por delante al Ejecutivo kazajo.

El Parlamento del país ha respaldado además este martes a Aliján Smaílov como primer ministro, cargo que comenzó a ejercer de forma interina el 5 de enero, en el pico de las violentas revueltas, a propuesta de Tokáyev. En los primeros compases de las protestas el actual presidente también destituyó a Nazarbáyev como presidente del Consejo de Seguridad y cesó y arrestó al jefe de los servicios secretos kazajos, Karim Masimov, bajo sospecha de alta traición al Estado. Poco a poco van encajando algunas piezas del complejo puzle kazajo del que Tokáyev parece salir reforzado, alejado de quien lo colocó en su silla, y más cerca de Moscú.

Los movimientos políticos y promesas de reformas y recuperación económica, que ha lanzado el presidente en su discurso, llegan con el ocaso de unas protestas que arrancaron a principios de año en la provincia de Mangystau, a orillas del mar Caspio, uno de esos lugares paradójicos, con el aire estepario, depauperado y carcomido del salvaje Oeste, pero bañada de hidrocarburos que manan, en abundancia, hacia China. De allí la mecha fue prendiendo por el resto del país, hasta alcanzar Almaty, en el extremo oriental, una urbe moderna situada a un paso de la frontera china. En sus calles empinadas, a los pies de una sierra nevada, encontró la gasolina para acabar en estallido.

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Unos policías antidisturbios detenían a un manifestante, este sábado en Almaty.
Unos policías antidisturbios detenían a un manifestante, este sábado en Almaty.Vasily Krestyaninov (AP)

El presidente de Kazajistán, Kasim-Yomart Tokáyev, ha manifestado este sábado a su homólogo ruso, Vladímir Putin, que su país “está camino de la estabilización” tras seis días de protestas y una oleada de represión que dejan decenas de muertos. Ambos mandatarios mantuvieron una conversación telefónica en la que el kazajo volvió a agradecer al ruso el envío de tropas tras el estallido de la revuelta y resaltó que “aún quedan puntos calientes de ataques terroristas”. Sin embargo, esta no es la única de sus preocupaciones: el Gobierno ha anunciado la detención del exjefe del espionaje por alta traición.

“Los presidentes intercambiaron sus puntos de vista sobre las medidas tomadas para restaurar el orden en Kazajistán”, ha informado el Kremlin en un comunicado. Moscú afirma que ha sido iniciativa de Tokáyev proponer una cumbre por videoconferencia entre los líderes de la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (CSTO), la alianza militar que encabeza Rusia y que ha desplegado de momento 2.500 soldados en la república centroasiática. “Vladímir Putin apoyó esta propuesta y se acordó estar en contacto permanente”, recalcó Moscú. “La lucha contra el terrorismo continuará con la máxima determinación”, dijo a su vez Tokáyev a Putin, según el servicio de prensa de la presidencia kazaja.

El concepto de “terrorismo” que maneja el Gobierno de la antigua república soviética es difuso debido a las altas cifras de detenidos. Las autoridades kazajas y rusas han apuntado estos días a la presencia de “bandas de Oriente Medio y Oriente Próximo” en las manifestaciones que desembocaron en el incendio de varios edificios gubernamentales y enfrentamientos con la policía y el Ejército. La “operación antiterrorista” iniciada el jueves por la mañana se ha saldado hasta ahora con la detención de 4.404 personas. El viernes, en un discurso dirigido a la nación, Tokáyev dijo que solo en Almaty, la antigua capital y ciudad más poblada del país, habían aparecido “20.000 bandidos y terroristas”. El Ministerio del Interior cifra en 26 las muertes de activistas y en 18 las de los miembros de las fuerzas de seguridad . Por otro lado, Israel ha sido el único país que ha anunciado la muerte de uno de sus ciudadanos en las protestas, un hombre de 22 años que se dirigía a su trabajo en Almaty.

En paralelo, la actividad parece volver poco a poco a la normalidad en un país rico en hidrocarburos. El aeropuerto de Almaty, uno de los principales focos de las protestas, seguirá cerrado al menos hasta el lunes, aunque el Ayuntamiento de la urbe (dos millones de habitantes) ha anunciado la pronta reapertura de las tiendas. Al mismo tiempo, las plantas de gas han vuelto a abrir y las refinerías de petróleo ya trabajan como antes del inicio de la crisis, según el Ministerio de Energía. El Ministerio de Exteriores ruso también ha constatado la vuelta a la normalidad. “La situación ha cambiado gradualmente a mejor desde los eventos del 5 y el 6 de enero. Los servicios económicos vitales se están normalizando”, ha señalado el organismo en un comunicado.

La rápida propagación de las protestas ha sacudido los cimientos del poder en Kazajistán. Las manifestaciones comenzaron por las quejas en la región de Mangystau (oeste) por el encarecimiento del gas licuado de petróleo, que se emplea allí en tres de cada cuatro automóviles. Pronto se extendieron por todo el país y se convirtieron en una revuelta contra el Gobierno. Ante esta espiral, Tokáyev, de 68 años, destituyó el miércoles al primer ministro y todo su Gabinete, nombró un nuevo Ejecutivo en funciones y asumió el control del Consejo de Seguridad (organismo que coordina todas las fuerzas de seguridad), que hasta entonces lideraba su predecesor y “padre de la patria” Nursultán Nazarbáyev, quien gobernó durante casi tres décadas.

Uno de los grandes afectados por el terremoto de esta semana ha sido quien dirigía el Comité de Seguridad, organismo responsable de los servicios de espionaje. El Gobierno ha anunciado este sábado la detención de Karim Masimov por sospechas de alta traición al Estado. El alto cargo fue destituido el miércoles sin ninguna explicación oficial, el mismo día que Tokáyev apeló a la CSTO (formada por Rusia, Bielorrusia, Armenia, Kirguistán, Tayikistán y la propia Kazajistán) para recibir de la alianza unos refuerzos destinados no a dispersar a los manifestantes, según el propio organismo, sino a proteger “puntos clave” del país.

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Karim Masimov formaba parte del círculo próximo del expresidente Nazarbáyev, con quien había sido primer ministro en dos ocasiones antes de ponerse al frente del espionaje, en 2016. Masimov, de 56 años, ha sido sustituido por Yermek Sagimbáyev, antiguo responsable de la seguridad de Tokáyev. Y en medio de estas intrigas palaciegas, se ha confirmado que Samat Abish, sobrino de Nazarbáyev, seguirá como primer jefe adjunto del Comité de Seguridad.

Maximov y Putin, en 2007 a las afueras de Moscú.
Maximov y Putin, en 2007 a las afueras de Moscú.DMITRY ASTAKHOV (EFE)

Nazarbáyev, de 81 años, estuvo al frente de la república desde el ocaso de la Unión Soviética hasta 2019, cuando cedió el testigo a su delfín Tokáyev ante unas elecciones que la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) declaró irregulares por el veto a candidatos independientes. Nazarbáyev no ha sido visto de manera pública desde el 28 de diciembre, cuando viajó con Tokáyev a San Peterburgo en dos aviones distintos.

El portavoz de Nazarbáyev aseguró este sábado a la agencia rusa Interfax que “Elbasy (su título honorífico de ‘guía de la nación’) está en la capital de Kazajistán”. “Elbasy mantiene numerosos encuentros consultivos y está en contacto directo con el presidente”, dijo Aidos Ukibay, quien agregó que Nazarbáyev “llama a todos [los ciudadanos] a unirse en torno al presidente de Kazajistán para superar los actuales desafíos y asegurar la integridad de nuestro país”.

El estrecho vínculo entre el exjefe del espionaje Karim Masimov y Nazarbáyev es resaltado por el portal Eurasianet, especializado en Asia central. Su editor David Trilling señaló a EL PAÍS que la petición de ayuda a Moscú podría hacer más dependiente del Kremlin a Tokáyev, y que sus discursos a la nación, incluido aquel en el que avisó de que sus tropas dispararán a los manifestantes sin previo aviso, han tenido mucho de simbólico: el mandatario se ha dirigido a la ciudadanía en ruso tras haber firmado el pasado 30 de diciembre, tres días antes del inicio de las protestas, una ley que impone en el sector servicios la rotulación obligatoria en kazajo y anula la obligatoriedad de hacerlo en la lengua eslava. El 23 de diciembre, Putin advirtió de que Kazajistán “es un país rusoparlante en todo el sentido de la palabra”, y su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, denunció semanas antes que las élites kazajas han virado hacia “un sentimiento antirruso” bajo la influencia del panturquismo del mandatario Recep Tayyip Erdogan.

Esta nación multiétnica, vecina de China y con población ha sido hasta ahora uno de los principales aliados de Rusia, tanto en la CSTO como económicamente en la Unión Euroasiática. Un análísis de esta crisis publicado por el ‘think tank’ Carnegie de Moscú destaca que el sistema kazajo “ha tenido enormes fallas que han llevado el descontento a millones de personas por la distribución de sus riquezas”, lo que “ha llevado a su fin a la era de Nursultán Nazarbáyev”, pero de la crisis sale ganadora Rusia. “El Kremlin resuelve varios problemas a la vez. Primero, preservará un régimen amistoso, que es uno de los intereses fundamentales de la política exterior rusa. Y sin perder un soldado, mejor. Segundo, elevará al autoridad de la CSTO, que se vio sacudida por los recientes hechos de Kirguistán y Nagorno Karabaj. Y tercero, una intervención eficaz y rápida de las tropas fortalecerá la posición de Rusia en la nueva generación de la burocracia kazaja, de la que Tokáyev dependerá cada vez más y que al educarse en occidente y Asia no considera a Rusia un socio prioritario”.

Repatriación de turistas rusos

Rusia ha anunciado este sábado la repatriación exitosa de 25 turistas que se habían quedado atrapados en el caos en el que se ha sumido Kazajistán. El consulado de Estados Unidos en Almaty ha autorizado la marcha de todos los empleados no esenciales y sus familias de la ciudad. La Embajada española en Nur-Sultán, por su parte, mantiene la recomendación de evitar “los lugares concurridos”.

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La represión de las manifestaciones en Kazajistán se ha cobrado decenas de vidas hasta el momento. El país, incomunicado por el corte de internet de las autoridades, se pregunta dónde está quien fuera la cabeza del régimen durante tres décadas, Nursultán Nazarbáyev. Su delfín, Kasim-Yomart Tokáyev, cuenta ahora con el apoyo y miles de soldados del Kremlin. La exrepública soviética es uno de los principales socios de Rusia en el ámbito militar con la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) y en el campo económico con la Unión Euroasiática.

¿Por qué protesta Kazajistán?

Las manifestaciones comenzaron el pasado 2 de enero en el oeste del país tras dispararse el precio del gas licuado del petróleo que emplean los automóviles allí como combustible. El 1 de enero culminaba un periodo de transición de dos años para liberalizar su coste y poner fin a los subsidios, pero en apenas 24 horas se disparó el precio del litro de gas de 10 a unos 20 céntimos.

La aparición de estas protestas alentó a más gente de todo el país a salir a la calle a manifestarse contra un régimen que lleva en el poder tres décadas. El Gobierno kazajo, inspirado en legislaciones similares como la rusa, había endurecido la ley de manifestaciones en abril de 2020 para declarar ilegales todas aquellas que no reciban antes una autorización expresa. Sin embargo, las protestas se expandieron rápidamente por todo Kazajistán, una nación rica en hidrocarburos donde el salario medio rondaba a finales de 2021 los 249.349 tenges (algo más de 500 euros).

Las protestas pronto derivaron en disturbios, especialmente en el centro económico del país, Almaty. Se sucedieron los choques entre fuerzas de seguridad y manifestantes, y varios edificios gubernamentales ardieron. Según los datos que ofrece el Ministerio del Interior, han muerto 26 activistas y 18 agentes, a lo que se suman otros cientos de heridos y 3.811 detenidos.

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¿Por qué interviene el Kremlin?

La Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (CSTO), liderada por Rusia y de la que forman parte Kazajistán, Bielorrusia, Armenia, Kirguistán y Tayikistán, ha emprendido su primera intervención desde que fuera creada en 1992. El Kremlin, que lo califica como “misión de paz” pese a no tener el amparo de la ONU, asegura que el objetivo de la intervención de los 2.500 soldados enviados por esta alianza es “combatir el terrorismo”. Según la versión ofrecida por las autoridades rusa y kazaja, los disturbios los han provocado bandas procedentes de Oriente Próximo coordinadas por actores extranjeros.

No obstante, la CSTO ha subrayado que sus tropas no participarán en las operaciones que llevan a cabo las fuerzas de seguridad kazajas, sino que su tarea será proteger “instalaciones críticas, aeropuertos e infraestructura social clave”.

La presencia de estas fuerzas especiales supone un espaldarazo del Kremlin para el presidente Kasim-Yomart Tokáyev. En los primeros días de las protestas hubo imágenes de militares que huían de los manifestantes, y Moscú aún tiene fresco en la memoria la huida en 2014 del expresidente ucranio Víktor Yanukóvich, que en un primer momento permitió las protestas de Maidán para luego reprimirlas violentamente, lo que provocó su caída.

¿Quién tiene el poder?

El presidente Tokáyev llegó al poder en 2019 tutelado por el autoproclamado “padre de la patria”, Nursultán Nazarbáyev, presidente de la nación desde la desintegración de la URSS.

Tokáyev ha dado un golpe sobre la mesa con esta crisis. El 5 de enero no solo destituyó al primer ministro, Askar Mamin, y a todo su equipo; sino que también apartó al hasta entonces responsable del espionaje, Karim Masimov. Además, relevó al mismísimo Nazarbáyev al frente del Consejo de Seguridad, el órgano que coordina a todas las fuerzas kazajas. El “padre de la patria” había encabezado ese organismo tras abandonar la presidencia en 2019, lo que le garantizaba en cierto modo controlar todavía el poder.

También resulta llamativo el silencio de Nazarbáyev desde que empezó la crisis. La última vez que fue visto fue el 27 de diciembre en un viaje a San Petersburgo. Además, al mismo tiempo que los manifestantes derriban sus estatuas, en Kazajistán destacan que las autoridades han dejado de nombrar “Nur-sultán” a su capital en los comunicados oficiales. La ciudad, conocida antes como Akmola y Astaná, fue renombrada en su honor una vez abandonó la presidencia.

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“Quien no se rinda, será destruido”. Con estas palabras se ha dirigido a su pueblo el presidente de Kazajistán, Kasim-Yomart Tokáyev, quien en una comparecencia ante la nación ha dado la orden de disparar sin previo aviso contra los manifestantes que han salido a las calles desde principios de este año para protestar por el alza del precio del combustible y han alzado su voz contra el régimen kazajo. “Qué estupidez, qué negociaciones puede haber con los criminales y asesinos”, dijo el mandatario, que desde que comenzó la crisis dirige también el Consejo de Seguridad tras relevar a Nursultán Nazarbáyev, líder supremo de la nación durante tres décadas, quien no ha sido visto desde el inicio de las protestas. El balance de víctimas que ha publicado el Ministerio del Interior de Kazajistán este viernes recoge que 26 activistas han sido “liquidados”, otras 26 personas han resultado heridas y hay 3.811 detenidos en todo el país. El organismo informa además de 18 agentes asesinados y más de 740 heridos desde que comenzaron las protestas.

El presidente de Kazajistán, Kasim-Yomart Tokáyev, durante sus declaraciones este viernes.Foto: HANDOUT (AFP) | Video: REUTERS

“Nos ha tocado lidiar con bandidos y terroristas entrenados. Por lo tanto, es necesario destruirlos y esto se hará dentro de poco”, afirmó Tokáyev. Al mismo tiempo, aseguró que sus enemigos se coordinaban desde un único punto y en ello han jugado un papel clave “figuras extranjeras”. “Solo a Almaty llegaron 20.000 bandidos”, subrayó el mandatario durante su intervención. Como comparación, la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO) ha enviado de momento a 2.500 militares al país, según señaló a la agencia de noticias rusa Ria Novosti, el secretario general de esta alianza militar liderada por Moscú, Stanislav Zas.

No obstante, la llegada de militares rusos a Kazajistán es constante. El Ministerio Defensa ruso informó de la formación de un grupo de transporte de 75 aviones para desplegar tropas en la república centroasiática. Tokáyev agradeció al presidente ruso, Vladímir Putin, “su camaradería ante la petición de apoyo de Kazajistán”. Se trata de la primera intervención de la CSTO desde su creación en 1992 y en ella participan Rusia, Armenia, Bielorrusia, Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán. El Parlamento de este último país aprobó este viernes el envío de militares tras haber pospuesto la decisión un día por su impopularidad y la falta de quórum en la Cámara baja. Según algunos diputados, la intervención en los asuntos internos del país contradice el espíritu de la CSTO, que según el artículo 4 de la organización, activado por Tokáyev la noche del miércoles, los aliados intervendrían solo “en caso de una agresión” que “amenace la integridad territorial y la soberanía del país miembro”.

Policías y manifestantes se enfrentan en Aktobe, este miércoles.
Policías y manifestantes se enfrentan en Aktobe, este miércoles. INTERIORÊMINISTRYÊOF KAZAKHSTA (via REUTERS)

La misión de la CSTO refuerza la protección de Tokáyev y su círculo ante cualquier amenaza interna. El jefe del Comité de la Duma Estatal rusa para los Asuntos de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), Leonid Kalashnikov, subrayó esta semana que las tropas no se involucrarán en los enfrentamientos que tienen lugar ahora en las calles y solo se encargarán de proteger “infraestructuras y lugares estratégicos”.

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Aunque el Gobierno kazajo ha cortado Internet, algunos canales de Telegram han logrado difundir imágenes de las masacres cometidas allí, con morgues repletas de cuerpos, manifestantes abatidos en las calles y edificios en llamas. En los primeros días de las protestas se pudo ver imágenes de soldados y policías kazajos que se retiraban de las marchas o se arrodillaban ante los manifestantes. Ante tal situación, Tokáyev dio un golpe de timón: el presidente destituyó el pasado 5 de enero al primer ministro, Askar Mamin, y a todo su Gabinete, y formó otro Ejecutivo en funciones liderado por el hasta ahora viceprimer ministro, Alijan Smailov.

Vehículos militares rusos esperan ser cargadas en aviones militares para partir hacía Kazajistán. este jueves.Foto: HANDOUT (AFP) | Video: EPV

Asimismo, Tokáyev apartó aquel día también al jefe del Comité Nacional de Seguridad, el máximo responsable de su inteligencia, Karim Masimov, y tomó el control del Consejo de Seguridad, el organismo que coordina a todas las fuerzas de seguridad y que encabezaba Nazarbáyev desde que dejó la presidencia en 2019 y eligió al actual presidente como su delfín.

Durante su discurso, Tokáyev acusó a la prensa de provocar las protestas. “Los medios de comunicación libres y las figuras extranjeras, que están lejos de los intereses fundamentales de nuestro pueblo multinacional, instigan la violación de la ley y el orden”, dijo el mandatario, que también aplaudió su reforma de 2020 para limitar el derecho de manifestación. “Es un gran paso adelante en la promoción de la democracia en nuestro país porque no es permisiva, hay que notificar mítines y asambleas. Los llamados defensores de los derechos humanos y los activistas se ponen por encima de la ley y creen que tienen derecho a reunirse donde quieran y charlar de lo que quieran”, aseguró Tokáyev.

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