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La jueza guatemalteca Erika Aifán posa para una fotografía en su despacho en Ciudad de Guatemala, en noviembre de 2019.
La jueza guatemalteca Erika Aifán posa para una fotografía en su despacho en Ciudad de Guatemala, en noviembre de 2019.Moises Castillo (AP)

La jueza Erika Aifán ha renunciado a su cargo como titular del Juzgado D de Mayor Riesgo de Guatemala debido a las amenazas que ha sufrido de parte de “redes políticas y criminales”, ha denunciado este lunes la magistrada en un video publicado en Twitter. Aifán se ha exiliado en Washington tras afirmar que no cuenta con garantías suficientes de protección a su vida e integridad física. La jueza ha estado en el ojo del huracán porque ha llevado algunos de los casos más sonados de corrupción, que la convirtieron en el último objetivo de quienes no quieren ver una justicia independiente en el país centroamericano. Con Aifán, son ya 14 jueces y fiscales los que han tenido que huir de su país hacia Estados Unidos debido a la persecución que enfrentan.

Aifán, que lleva 19 años trabajando en el sistema de justicia de Guatemala —seis de ellos a cargo del Juzgado D de Mayor Riesgo—, ha denunciado que recibió “amenazas y presiones” por su trabajo, al que, ha afirmado, le ha dado “una dedicación casi absoluta”. La jueza ha recordado que desde su despacho ha llevado casos de crimen organizado y estructuras de corrupción “en todos los niveles del Estado”, lo que la ha convertido en el objeto de serias amenazas. “He decidido presentar mi renuncia al cargo porque no cuento con garantías suficientes de protección a mi vida y a mi integridad ni a la posibilidad de defenderme con el debido proceso”, ha informado Aifán. “Tras varios casos emblemáticos de corrupción, las redes políticas y criminales que se vieron afectadas por los avances de la justicia decidieron cooptar nuevamente las instituciones y perseguir a quienes nos atrevimos a combatir la impunidad”, ha advertido.

La renuncia y exilio de la jueza Aifán es la última muestra de la guerra abierta en Guatemala por parte de redes criminales e incluso de altos cargos dentro del sistema judicial contra funcionarios comprometidos contra la impunidad. Varios exjueces y exfiscales han señalado a la fiscal general Consuelo Porras, un controvertido personaje, por obstaculizar su trabajo. A finales de febrero, el exfiscal especial contra la impunidad, Carlos Antonio Videz, dejó Guatemala y acusó directamente en un comunicado a la fiscal general Porras como responsable de su salida. “Ha quedado claro que la fiscal general ha ido avanzando en su plan de garantizar impunidad a las redes criminales que debiera perseguir. Desde el inicio de su mandato, complicó la función de fiscales comprometidos e independientes”, señaló Videz. Una denuncia similar hizo el exfiscal general Juan Francisco Sandoval, quien fue cesado el pasado verano de su cargo al frente de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad en Guatemala (FECI), un organismo que ha logrado grandes avances en la lucha contra corrupción. En una rueda de prensa dada antes de su abrupta salida del país, Sandoval dijo que su destitución era ilegal y que fue ordenada por Porras, para proteger a amigos “que pudieran resultar involucrados en las investigaciones”.

En una entrevista concedida a este diario a finales de enero, Aifán denunció que Porras ha permitido que se desarrolle una especie de cacería dentro del sistema de justicia contra jueces y fiscales que llevan importantes casos de corrupción. “Le hemos dirigido un escrito en junio del año pasado pidiéndole que mande a archivar y desestimar procesos que se han venido acumulando en contra de por lo menos cuatro de los jueces de mayor riesgo del país, quienes hemos llevado el juzgamiento de los casos de más acto impacto desde 2015. En el trabajo que ella desarrolla, ella puede archivar esos procesos, porque no tienen ningún fundamento. Sin embargo, no hemos encontrado ninguna respuesta”, dijo Aifán.

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En Washington también han buscado refugio la exfiscal general Thelma Aldana, la exmagistrada de la Corte de Apelaciones, Claudia Escobar, el exfiscal de la FECI Andrei González y la magistrada electa de la Corte de Constitucionalidad (CC) Gloria Porras, entre otros, quienes han convertido a la capital de Estados Unidos en el refugio de exoperadores de justicia perseguidos por sus empeño en combatir la corrupción y luchar contra la impunidad en el país centroamericano.

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Horas después de que el presidente ruso, Vladímir Putin, ordenara el lunes la entrada de sus tropas en las zonas separatistas del este de Ucrania, no se veía en el horizonte ni uno solo de los vehículos blindados que se podían encontrar con facilidad el día anterior a lo largo de la porosa frontera rusa de Rostov con las zonas secesionistas de Donetsk y Lugansk. Ni un vehículo militar en una de las principales entradas a la región del Donbás ni un helicóptero en el aire durante horas este martes en el que posiblemente ha sido el día más tranquilo en el oblast (provincia, en ruso) en mucho tiempo. Y aunque en Moscú, muy lejos de la guerra, aseguran que la operación no ha empezado, en esta provincia rusa ya dan por hecho que los militares han ido entrando en las autodenominadas repúblicas populares, reconocidas este lunes por el Kremlin en medio del rechazo internacional. A lo largo de la jornada de este martes, fotografías distribuidas por varias agencias de noticias muestran blindados rusos en algún punto de la zona.

Novoshajtinsk es el último pueblo ruso justo antes de llegar a una de las principales entradas a Lugansk. Ese enclave lo cruza la carretera Jarkóvskaya, una de las pocas vías para acceder al territorio separatista del este de Ucrania. De ella sale una bifurcación secundaria que pone rumbo a la capital de la provincia rusa, Rostov del Don, en paralelo a la frontera. “Aquí vi ayer varias columnas de vehículos. Han debido meterlo todo [en el Donbás] por la noche”, cuenta un testigo de esta zona que quiere permanecer en el anonimato para evitar problemas. La frontera está a unos pocos cientos de metros, pero las fuerzas rusas han desaparecido, al menos en estos terrenos, y solo se ven unos pocos coches particulares rumbo a Rusia, como si huyeran de una catástrofe inminente. Otros testigos ratifican que el día anterior había militares que ahora no están. Tampoco se ven vehículos del ejército a lo largo de la autovía M-4, que une Krasnodar, Rostov del Don y Vorónezh, tres ciudades habituadas a los ejercicios bélicos y que estos últimos meses han protagonizado gran parte de las masivas maniobras rusas a las puertas del país vecino. Y si se levanta la vista del suelo, el cielo de la frontera también está despejado pese a que un día antes sobrevolaban ese territorio numerosos helicópteros de transporte Mi-8, uno de los más producidos del mundo, y de ataque Ka-50 Tiburón Negro y Ka-52 Aligator.

“Habrá sanciones y habrá guerra”, vaticina un vecino de Rostov junto a una fábrica. “Este punto lo bombardearon los ucranios en 2014″, rememora en una zona que no languidece por la guerra, sino por la crisis económica. Cuenca minera, la zona se está despoblando poco a poco porque los jóvenes buscan trabajo fuera. Pese a los problemas, Rostov es la región hacia donde se ha encauzado gran parte de la evacuación a Rusia que anunciaron el pasado viernes las autoridades separatistas de Donetsk y Lugansk tras recrudecerse los bombardeos en las líneas del frente con el Ejército ucranio. El mensaje de los jefes de las autoproclamadas repúblicas rebeldes llamando a la población a marcharse a Rusia, sin embargo, se había grabado ya dos días antes de elevarse la tensión.

El hotel Transpark de la provincia de Rostov aloja a un puñado de familias divididas, como la de Svetlana y tres hijos.
El hotel Transpark de la provincia de Rostov aloja a un puñado de familias divididas, como la de Svetlana y tres hijos.

El acceso a las personas desplazadas es complicado. En Novoshajtinsk hay una iglesia, la del Icono de la Madre de Dios, cuyo techado azul ha dado cobijo y ayuda a los llegados del Donbás. Sin embargo, a los periodistas no se les concede permiso para entrar y los policías impiden el paso, igual que ocurre en los demás puntos de acogida, como la Escuela Deportiva Reserva Olímpica N.º 13. Pero las autoridades organizaron este martes una visita a uno de estos enclaves, el hotel de carretera Transpark. Las familias están constituidas exclusivamente por madres o abuelas con hijos y nietos, y pese a la cercanía del Donbás, a menos de una veintena de kilómetros, algunas habitaciones de la planta de arriba están vacías. “La situación es muy mala, nadie se hace una idea”, cuenta Kristina Kolésnikova, madre de una niña. “Queremos volver a casa. Mis padres se quedaron en Brianka”, agrega, más tranquila que el día de su llegada porque había logrado hablar con su madre y esta le dijo que “todo está más tranquilo” al otro lado de la cercana frontera.

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Otra mujer, Svetlana, está en ese momento en la misma habitación con sus tres hijos. No quiere dar su apellido. “Todo el mundo está disgustado, todos tienen pánico”, explica. Svetlana lamenta que sus niños estén “perdiendo el tiempo cuando debería estar en el colegio”. Los abuelos de los chicos también se han quedado en Donbás. Por el pasillo de arriba deambula Ígor, un pensionista que tampoco quiere ser citado por su nombre ni dar su edad. Este lunes escuchó el discurso de Putin, en el que el líder ruso anunció el reconocimiento de la independencia de Donetsk y Lugansk. “Lo apoyo al cien por cien, fue muy bueno”, dice tras mostrar su pasaporte ruso, aunque aún no tiene claro si prefiere vivir en Rusia o en una de las autoproclamadas repúblicas. Moscú ha repartido casi un millón de pasaportes en las zonas separatistas.

El hotel no es muy grande. En la primera de sus habitaciones se hospedan Irina Petrovna, de 72 años, y su nieto Vladislav (de 9 años). “Mi marido es ruso y yo ucrania, siempre pensé que debíamos convivir unos con otros”, dice esta abuela, quien siente “indiferencia, y no odio”, ante la bandera azul y amarilla ucrania. “El pueblo ucranio es bueno”, subraya. Esta es la tercera vez que Irina Petrovna abandona su casa. En la primera ocasión su nieto tenía dos años. “Escuché que sería cosa de una semana y estuvimos aquí tres meses. Y la guerra sigue y han pasado ocho años”, se resigna. Profesora de ruso, solo quiere volver a casa, donde están muchos de sus vecinos. “Creo que se quedó la mitad. Puede ser por lo que pasó la primera vez, en 2015. Al regresar, todas las ventanas estaban rotas, sin luz. Fue terrorífico”, recuerda la anciana, que solo suplica que su gente “pueda volver a trabajar y criar a sus niños”.

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El Cuerno de África se enfrenta a su peor sequía desde 1981 y ya hay 13 millones de personas en Kenia, Somalia y Etiopía amenazadas por el hambre, según informó este martes el Programa Mundial de Alimentos (PMA) mediante un comunicado. La ausencia de lluvias regulares en los últimos tres años ha arruinado los cultivos y ha provocado una elevada mortalidad del ganado, lo que unido a la inestabilidad política y a los diversos conflictos que sufre la zona dibuja un panorama desolador. El PMA teme que se repita una crisis humanitaria como la que sufrió Etiopía en 2011, cuando 250.000 personas murieron de hambre tras una prolongada sequía.

El organismo de Naciones Unidas ha constatado que la escasez de precipitaciones se ha intensificado desde 2018. “Los cultivos se han arruinado, el ganado muere y el hambre aumenta debido a las sequías recurrentes que afectan al Cuerno de África”, aseguró Michael Dunford, director del PMA en África del Este. A medida que el agua y los pastos desaparecen, la situación empeora y las familias que dependen de la agricultura abandonan sus hogares y marchan hacia los arrabales de las grandes ciudades en busca de sustento. La previsión es que en los próximos meses las precipitaciones sean inferiores a la media de la época, por lo que el riesgo de hambruna es cada vez más elevado.

“La situación exige una acción humanitaria inmediata”, asegura Dunford. Las zonas más problemáticas son una franja especialmente seca que recorre los tres países donde viven 13 millones de personas en serio riesgo en este primer trimestre del año. Unos 5,7 millones de etíopes del sur y sureste necesitan ayuda alimentaria, entre ellos medio millón de niños que sufren malnutrición, mientras que en el centro y sur de Somalia se espera que las personas en situación de hambre pasen de 3,5 a 4,6 millones desde ahora hasta mayo. En Kenia, por su parte, unos 2,8 millones de personas necesitan un soporte nutricional adicional para enfrentarse a la crisis.

El PMA calcula que hacen falta unos 286 millones de euros para responder a las necesidades inmediatas de la población durante los próximos seis meses, lo que permitirá dotar de mecanismos de respuesta a los agricultores y pastores más afectados. “La situación requiere una intervención humanitaria inmediata y un apoyo constante a las comunidades para desarrollar su resiliencia de cara al futuro”, añadió Dunford en el comunicado. El Gobierno de Kenia ya declaró la sequía como emergencia nacional el año pasado mientras que Somalia declaró el estado de emergencia humanitaria.

La falta de lluvias acrecienta además el peligro de enfrentamientos intercomunitarios por unos recursos cada vez más escasos, ha reconocido el PMA, en una región que ya sufre varios conflictos violentos. La guerra de Etiopía que se desencadenó en la norteña Tigray en noviembre de 2020 llegó a extenderse a otras dos regiones del país con la amenaza de afectar a la capital, Adís Abeba. En la actualidad, las hostilidades se centran de nuevo en Tigray, donde prosigue el bloqueo para la distribución de ayuda humanitaria a una población que sufre las consecuencias del conflicto. Naciones Unidas asegura que unos 50.000 niños necesitan asistencia urgente.

Al mismo tiempo, Somalia atraviesa un periodo especialmente turbulento. A la amenaza terrorista que se concreta en atentados como el que hace un mes perpetró Al Shabab en Mogadiscio provocando ocho muertos se une la inestabilidad política por el retraso de las elecciones. A finales de 2021 el presidente somalí Mohamed Abdullahi Mohamed, alias Farmajo, destituyó al primer ministro Mohamed Hussein Roble, quien le acusaba de pretender perpetuarse en el poder. El despliegue de militares en las calles de la capital hizo temer lo peor, pero un acuerdo in extremis para la celebración de los comicios presidenciales a finales de febrero permitió la vuelta a una relativa calma.

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