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Laura Gómez atribuye a la intervención divina que su familia no haya sido separada al llegar a Estados Unidos. Se entregó junto a sus cuatro hijos a las autoridades de la patrulla fronteriza de San Diego, California, en agosto de 2018. Aquel momento ponía fin a un trayecto iniciado meses atrás en una de las primeras caravanas con las que decenas de miles de centroamericanos migraron al norte. “Me subieron a una camioneta de detenidos sin mi hija mayor”, cuenta. Hacía calor y los niños no llevaban suéter. Uno de los agentes vio en el brazo de una de las menores las marcas de quemaduras. Era la huella de la violencia que habían dejado en Honduras. “Después de eso llegó mi hija al vehículo. Dios no hace las cosas a medias”, dice Gómez por teléfono.

Casi cuatro años después de aquello la incertidumbre no termina para los Gómez, quienes viven en Beaverton, a las afueras de Portland (Oregón). La familia espera aún la condición de asilados en Estados Unidos después de sufrir en su país el acoso de las maras, que mataron al hermano de Laura y quemaron su casa, hiriendo a sus hijas. Su caso es uno de los 1,6 millones que están atascados en un sistema judicial colapsado por la pandemia del coronavirus. Han cambiado tres veces de abogado y las audiencias para analizar su petición han sido aplazadas una y otra vez. “Íbamos a tener una en diciembre de 2020, pero nos la cancelaron. El año pasado no tuvimos ninguna fecha. Y ahora toca ir a la corte en mayo”, explica Rosa, de 25 años, la primogénita.

Hay escasas posibilidades de que eso suceda. Los abogados expertos en migración han visto cómo desaparecen las citas para argumentar los casos de sus clientes frente a uno de los jueces especializados que hay en el país. Es un proceso que, por el momento, no tiene final. Algo digno de Kafka.

Una familia haitiana descansa en la brecha fronteriza de Estados Unidos y México.
Una familia haitiana descansa en la brecha fronteriza de Estados Unidos y México. John Moore (Getty Images)

El tiempo de espera para un solicitante de asilo es ahora de 58 meses, unos cinco años, de acuerdo a un análisis del sistema por la Universidad de Syracuse. Los juicios por resolver pasaron de 516.000 en 2016 a unos 1,6 millones, una cifra nunca antes vista (el bufete legal Berry, Appleman & Leiden estima que son ocho millones de casos en manos de las autoridades del Servicio de Ciudadanía e Inmigración, pero no todos se dirimen en tribunales). El fenómeno se explica por varios factores. El sistema se ha saturado tras el año pasado, que registró las cifras más altas de cruces fronterizos ilegales en la historia. Los tribunales sufren también de un reajuste después de los años duros de la Administración Trump, que apostó por magistrados expulsores de migrantes. Además, el Departamento de Justicia sufre de la falta de personal. Solo hay poco más de 500 magistrados para menos de 70 tribunales, de acuerdo a la Asociación Nacional de Jueces de Inmigración. Un juez de Houston tiene bajo su cargo 9.048 casos por resolver.

Los expertos de Syracuse comenzaron a notar la bola de nieve desde junio pasado. El Departamento de Seguridad Interior estaba inundando las cortes con casos. El sistema registró la mayor entrada de litigios al sistema entre octubre y diciembre de 2021. Si este ritmo sigue durante el primer trimestre del año fiscal 2022 esto se traducirá en 800.000 nuevos casos. El Gobierno de Biden calculaba recibir 300.000 solicitudes de asilo el año pasado y 125.000 refugiados para el presente (una cifra que se modificará tras el conflicto entre Rusia y Ucrania).

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La abogada Lizbeth Mateo no ha tenido una sola audiencia desde marzo de 2020. La letrada llevaba antes de la pandemia entre 12 y 15 casos activos al año, que podrían desahogarse entre seis meses y año y medio, en promedio. Después estalló la crisis sanitaria. “Ahora nos dan una fecha de audiencia y un día antes nos la cambian y la mueven un año”, explica Mateo, originaria de Oaxaca (México), también indocumentada, y quien protagoniza un documental de HBO centrado en su trabajo en favor de los sin papeles como ella.

Mateo prepara a la par decenas de juicios, todos sin conclusión. Uno de ellos, asegura, fue reprogramado recientemente para enero de 2023. Es la tercera vez que ha ensayado la vista judicial. Tres veces ha repasado con su cliente, solicitante de asilo, el duro relato para tocar el corazón de los jueces encargados de su futuro en Estados Unidos y donde el defendido debe exponer una vez más su pasado con crudeza antes de enterrarlo de una vez por todas. De nada ha servido hasta el momento. “Mis clientes están hartos. Debemos de practicar mucho lo que se dice. Eso los revictimiza y no me gusta remover sus traumas”, asegura Mateo, de 37 años. Sus clientes se quejan de la falta de certezas. Cada vez que solicitan información, el Departamento de Justicia promete dar respuesta en 72 horas, pero pasan “hasta 30 días para la llamada de vuelta”, de acuerdo a la abogada.

Familias centroamericanas se entregan a elementos de la patrulla fronteriza en busca de asilo humanitario en  La Joya, Texas.
Familias centroamericanas se entregan a elementos de la patrulla fronteriza en busca de asilo humanitario en La Joya, Texas.Hector Guerrero

La crisis coloca una gran presión sobre profesionales como Mateo, que pertenecen a pequeños despachos con solo un puñado de abogados para llevar varios litigios, algunos de ellos pro bono. “Ya no tomo casos nuevos”, confiesa la abogada. “No les puedo proveer el servicio que necesitan”. Lizbeth teme que cuando el sistema se desatasque, si es que llega a suceder, varias de sus audiencias coincidan en días o semanas.

Esto afecta el debido proceso, una alarma que encendieron los jueces especializados desde mayo. “Los procesos involucran comúnmente un gran volumen de ciudadanos no representados legalmente. Aquellos que aparecen frente a la corte no dominan nuestra lengua, cultura o leyes, pero se les requiere que presenten su caso sin ayuda, mientras que el Gobierno está representado por abogados muy hábiles”, señala la organización. Un estudio del grupo afirma que es 10 veces más probable que un inmigrante acompañado por un defensor tenga una resolución exitosa de su caso a uno sin abogado.

Esto no solo es una pesadilla burocrática. El proceso se convierte en una nube negra para las miles de personas que viven a la sombra a la espera de papeles. Las gestiones significan permisos de trabajo y de residencia. Laura Gómez, de 40 años, recibió en septiembre el número de seguridad social y un permiso de trabajo temporal. Esta semana comenzó a laborar en un restaurante. Aún aguardan su asilo de forma permanente y sin saber si ese día llegará.

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Tras un insólito letargo, la afluencia de migrantes en situación irregular hacia la Unión Europea vuelve a despertar y se acerca a los niveles registrados en los estertores de la crisis de 2015, que puso a medio continente patas arriba. Según la estadística de Frontex, divulgada la semana pasada, en 2021 accedieron a territorio europeo 196.000 migrantes sin papeles, cerca de los 204.000 de 2017. Es pronto para saber si este aumento augura una nueva oleada de llegadas; y, más aún, si esta alcanzaría las cotas de 2015, cuando 1,8 millones de personas entraron en suelo comunitario.

En lo que sí coinciden los expertos es en que la presión migratoria va a aumentar en los años venideros, una tendencia derivada del aumento de la desigualdad tras la pandemia; del estallido de nuevos conflictos y, en algunos casos, del recrudecimiento de otros; y del calentamiento global. Se trata de un reto de grandes dimensiones ante el que la UE renquea por la ausencia de una visión común, según denuncian los analistas consultados.

Las entradas a Europa crecieron un 57% en 2021, según las cifras publicadas el pasado miércoles por la agencia europea de fronteras. Su análisis indica que el levantamiento paulatino de las restricciones a la movilidad establecidas en los inicios de la pandemia —que se alargaron durante buena parte de 2020 y que provocaron el menor número de cruces desde que hay registros, en abril de ese año: 900— no explica por sí solo el incremento. Existen “otros factores” que provocan la afluencia migratoria, subraya Frontex en su informe.

En 2020, “la pandemia todavía creaba incertidumbre”, considera Patrycja Sasnal, profesora de la Academia de Migración del Colegio de Europa de Natolin, con sede en Varsovia. “La gente estaba en una especie de espera, pero el número de personas que quería o necesitaba emigrar siguió creciendo. El aumento es el resultado de la liberación de esa presión acumulada”, prosigue Sasnal. La escalada de la desigualdad provocada por el coronavirus —mientras los multimillonarios se enriquecían, 800 millones de personas más se han visto abocadas a la extrema pobreza— es otro factor clave detrás de este fenómeno. “El empeoramiento de sus condiciones de vida les ha empujado a emigrar”, constata Mira Milosevich-Juaristi, investigadora principal del think tank español Real Instituto Elcano.

Más allá de las repercusiones de la pandemia, las cifras de Frontex muestran también un alza con respecto a los años previos a la covid, con cerca de 50.000 llegadas más que en 2018 y 2019. Para la agencia de fronteras, uno de los factores “definitorios” ha sido la crisis en Bielorrusia. Los países europeos limítrofes con la antigua república soviética —Polonia, Lituania y Letonia— registraron el año pasado un crecimiento enorme: de 677 entradas irregulares en 2020 han pasado a cerca de 8.000. Sin embargo, la afluencia de personas orquestada por el régimen de Aleksandr Lukashenko representa solo un 4% del total de llegadas a territorio comunitario en 2021. “Este porcentaje no explica el aumento”, afirma Milosevich-Juaristi, de Elcano, por teléfono.

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La agencia de fronteras recalca, además, que el movimiento de Minsk fue una “operación híbrida” —una definición casi idéntica al “ataque híbrido” al que se refirió el Ejecutivo comunitario— en la que “se utilizó” a los migrantes. Ese es, precisamente, el argumento de Bruselas para justificar su propuesta de endurecimiento de las normas de protección internacional, que permitirá mantener en la frontera a los aspirantes al asilo, prolongar hasta cuatro meses la tramitación de las solicitudes y devolver de manera expeditiva a quienes vean rechazada su petición.

La Comisión Europea busca de esta manera desincentivar la “instrumentalización de migrantes” por parte de terceros países con la “intención de desestabilizar” a Los Veintisiete. Una medida, según denuncian defensores de los derechos humanos, vulnera los convenios internacionales sobre el derecho al asilo. “Los flujos migratorios serán una constante en el futuro de la UE, lo que es un motivo más para ponerse de acuerdo y tener una ley común de migración y asilo. Hasta que la UE no tenga una visión común, podemos hablar de los números y porcentajes de Frontex, pero no mucho más”, critica la investigadora.

El recrudecimiento de los conflictos en todo el mundo en la primera mitad de 2021, según la Agencia de la ONU para los Refugiados, también ha contribuido al incremento. En África, por ejemplo, Etiopía sumó 1,2 millones de desplazados: la guerra abierta entre el Ejército etíope y el grupo rebelde Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (norte) es una bomba de relojería para algunos analistas, que auguran una emigración en masa. De acuerdo con los datos de Frontex, los sirios encabezaron en 2021 los cruces a territorio europeo, seguidos de tunecinos, marroquíes, argelinos y afganos ―estos últimos huyendo del regreso de los talibanes―.

”La inmigración se está convirtiendo en un problema identitario en algunos países, que la ven como una amenaza”, advierte la investigadora de Elcano, que señala a los países del llamado grupo de Visegrado: República Checa, Polonia, Eslovaquia y Hungría. Precisamente, este último —cuyo Gobierno mantiene una de las posiciones antinmigración más duras— registró el año pasado un incremento de las llegadas irregulares del 125%, hasta las 60.540, solo por detrás de las recopiladas en la ruta del Mediterráneo central. El aumento de casi 35.000 entradas en Hungría, que explicaría buena parte del alza, no ha podido ser aclarado, después de que este diario intentara sin éxito recabar la versión de Frontex.

La otra cara de la moneda es la creciente consciencia de varios países europeos —Visegrado al margen— de que el envejecimiento continuo de la población, derivado de las débiles tasas de natalidad y del aumento de la esperanza de vida, hace más necesaria que nunca la inmigración. El caso de Alemania, el país más poblado de la Unión, es relevante: allí, el Gobierno de coalición de socialdemócratas, verdes y liberales ha adelantado un cambio radical en sus políticas de migración. Sus cálculos son claros: necesitará la llegada de 400.000 extranjeros cada año para cubrir su carencia de personal.

Discrepancia en las cifras

Los números que maneja la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) contrastan con los de la agencia europea de fronteras: “No estamos observando un aumento significativo de la migración irregular en la UE en comparación con años anteriores. Tras la disminución de 2020, en 2021 las llegadas a Europa siguieron una evolución bastante similar a la de 2019 y 2018, y son mucho menores que entre 2014 y 2017”, afirman fuentes del organismo dependiente de Naciones Unidas.

“El aumento puede ser visible en los números, pero las diferencias en las cifras aún son demasiado pequeñas para afirmar con certeza definitiva que existe una tendencia de aumento de la migración”, puntualiza Patrycja Sasnal, del Colegio de Europa. “Podemos estar seguros de que con el cambio climático haciendo insoportable la vida en partes de Asia y África, habrá más presión migratoria en los próximos años. Europa debe prepararse para ello ayudando a estos países particularmente vulnerables y creando más posibilidades para la migración regular”, zanja la también jefa de investigación del Instituto Polaco de Asuntos Internacionales.

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