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Hugo Torres, en una imagen los días previos a su detención en junio de 2021.
Hugo Torres, en una imagen los días previos a su detención en junio de 2021.RR.SS UNAMOS

El preso político y exguerrillero histórico del sandinismo, el general en retiro Hugo Torres, falleció este sábado en la cárcel, preso como estaba por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Fuentes allegadas a la familia confirmaron el deceso, aunque se desconocen más detalles, ya que el comandante crítico del actual Gobierno estaba recluido en la cárcel de El Chipote, que organismos defensores de derechos humanos consideran un centro de tortura.

Torres, de 73 años, es el primer preso político que muere en manos de la Policía Nacional, de los 47 que fueron arrestados el año pasado previo a las elecciones. Murió sin que se le haya procesado en un juicio. El general en retiro era uno de los más de 20 presos políticos de la tercera edad, varios de ellos valetudinarios, que se encuentran en El Chipote sometidos a torturas. Desde hace un par de meses, organismos defensores de derechos humanos iniciaron una campaña para conocer el paradero del general en retiro quien tuvo problemas de salud en prisión. Era figura clave del sandinismo. En 1974, el exguerrillero, conocido como Comandante Uno, arriesgó su vida en un operativo para liberar a un grupo de presos políticos de la dictadura somocista, entre ellos el mismo Daniel Ortega. También dirigió junto a Dora María Téllez, actual presa política y condenada por el supuesto delito de “conspiración”, el asalto al palacio, hazaña registrada en una crónica clásica del escritor Gabriel García Márquez.

Tras conocerse su muerte, comenzó a recircular el vídeo que Torres grabó antes de ser detenido por la policía de Ortega hace ocho meses en el que dice: “Hace 46 años arriesgué la vida para sacar de la cárcel a Daniel Ortega y a otros compañeros presos políticos (…) pero así son las vueltas de la vida, y los que algún día acogieron principios hoy los han traicionado”.

Desde inicios de este año el movimiento Unión Democrática Renovadora (Unamos) inició una campaña para conocer sobre la salud de Torres, quien era el vicepresidente de esta organización. La exguerrillera Mónica Baltodano escribió en un artículo de opinión en Confidencial que Torres fue sacado de su celda desde 17 de diciembre de 2021 porque había enfermado rápidamente y sus compañeros lo habían auxiliado varia veces “por el grado de inflamación de sus piernas, casi no podía moverse por sí mismo. Fue atendido por médicos del penal, pero no lograron aliviar su situación. Ese día, Hugo sufrió un largo desmayo. De su celda fue sacado con rumbo desconocido”, escribió Baltodano.

Aunque luego se conoció que fue trasladado a un hospital de Managua para ser atendido, el paradero de Torres fue tratado con total hermetismo, hasta la noticia de su fallecimiento. “Él padecía cáncer, pero todo es muy raro porque él entró súper sano a El Chipote y las noticias iniciales tras su arresto era que estaba saludable, pero de repente se descompensó. Así que ahora queda la duda de si fue una negligencia en la cárcel”, dijo una fuente allegada a la familia de Torres.

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Los hijos del comandante guerrillero han tratado el caso de su papá con cautela, pero la tarde de este sábado se espera que emitan un comunicado al respecto. Las alarmas sobre la salud de Torres saltaron después de la cuarta visita que el régimen permitió a familiares de presos políticos, entre el 30 de diciembre y el 2 de enero pasado, cuando los familiares no pudieron verlo porque no estaba en su celda, según relataron otros presos políticos.

Torres nació en 1948, en El Espino, Madriz, al norte de Nicaragua. A los cinco años su familia se trasladó a León, donde vivió y estudió. Vivió en el barrio El Calvario, cerca de donde vivía Rigoberto López Pérez, a quien conoció antes de que este ejecutara a Somoza García en 1956, según Mónica Baltodano. Su madre fue Isabel Jiménez y su padre, Cipriano Torres, subteniente de la Guardia Nacional (G.N.).

Con el triunfo de los sandinistas, Torres llegó a convertirse en General del Ejército, del cual se retiró hasta 1998. Sin embargo, en el comunicado de la Policía Nacional sobre su captura se le tildó como “ciudadano”, negando su cargo militar. “A los seguidores más sensatos del Frente Sandinista mi mensaje es que abran los ojos que los están llevando al despeñadero”, dijo Torres previo a su captura. El estupor ha cundido este sábado en Nicaragua, en especial en los familiares de los presos políticos. “Es un gran golpe para nosotros”, dijo uno de ellos.

La dictadura Ortega-Murillo guarda total silencio sobre la muerte de Hugo Torres. “Están obligados a informar sobre la causa del deceso para efectos legales mueres en manos de la policía porque nunca quisieron informar sobre su paradero”, dijo a EL PAÍS Vilma Núñez, defensora de derechos humanos.

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Hoy se cumple un mes del infame asesinato del periodista tulueño Marcos Efraín Montalvo Escobar, un hombre que vivió y murió por el periodismo.

Por Mauricio Altamirano Montalvo.

Quienes conocen de periodismo saben a qué se refiere quienes lo llaman el sagrado oficio, e ineludiblemente hay que mencionar a los periodistas, pero no a la montonera de “boletineros” ni atenidos a la información oficial, sino a aquellos que se convierten en guardianes de la memoria, esos que aprenden a escribir no solo para redactar noticias, sino que desarrollan el instinto de cronista, observador y activista para marcar hechos trascendentales en la historia local o universal.

No voy a hacer un recuento de los periodistas de esa clase que ha producido Tuluá, no son tantos realmente, me voy a referir a uno, que emocionalmente me marca no solo por la familiaridad consanguínea, ni por haber sido mi maestro en los tiempos que quería ser como él, sino porque aun ahora y en medio del dolor por su asesinato despierta mi capacidad de asombro desde lo intelectual.

Marcos Efraín Montalvo Escobar, ese quijote de complexión delgada, figura quijotesca como le describiera el ya olvidado cronista cundinamarqués Oscar Vásquez Arias “Ovasqueza”, es sin duda el máximo referente histórico del periodismo tulueño, un nombre que hoy se pone en lo más alto del olimpo periodístico centrovallecaucano, me atrevo a decirlo sin pudor alguno y sin pedir permiso a nadie, pues su leyenda es superior a la de cualquiera que ejerció, ejerciera o ejerce el sagrado oficio.

Montalvo, conocido desde 1991 como “El Comandante”, en alusión a ese estribillo de Carlos Puebla en su canción “Y en eso llego Fidel” que Marcos Efraín hizo suyo en diversos noticieros radiales, se puso desde inicio de los años noventa la camiseta del periodismo social y de denuncia en un maravillado y sorprendido Tuluá que jamás había visto algo así, devolviéndole a toda una ciudad la fe en los medios de comunicación y le enseñó como se hace de manera independiente e imparcial.

Marcos Montalvo entrevistó a los más importantes políticos de su época y seguía tan vigente como los mejores de su oficio.

Polémico, brillante, sagaz, contestatario y con una agudeza mental como pocas, Marcos Montalvo, tan humano y tan errático como cualquiera, hizo honor a la genética proveniente de su ancestro ecuatoriano Juan Montalvo, nombre histórico y laureado en el vecino país, nominando calles, escuelas y facultades universitarias y quiso ser un agresivo reportero en sus inicios a los 17 años en el Diario El País, donde Rodrigo Lloreda Caicedo, eximio líder conservador, lo acogió a pesar de las ideas liberales del muchacho.

Desde 1970 evolucionó hasta convertirse en esa década y en la siguiente en el mejor periodista político de Cali, pasando por todos los tipos, temas y variantes periodísticos, hasta de aquellos en los que no se sentía a sus anchas, demostrando altura y buen oficio, tuvo decenas de compañeros que destacaron como él en el periodismo del suroccidente colombiano, María Inés Pantoja, Sammy Jalil, Henry Holguín, Luis Eduardo Cardozo, Alirio Mora Beltrán, Servio Castillo, Leo Quintero, Godofredo Sánchez entre muchos y que admiraron el estilo irreverente y osado del flaco, como lo llamaban entonces.

Tan ascendente como fue su carrera periodística en Colombia lo es el misterio que rodea su decisión de volver a Tuluá, cuando aun tenía mucho por hacer en los grandes medios radiales y escritos del país, vuelve a la provincia para tomar las riendas de un proyecto personal que consistía en hacer periodismo de verdad en su tierra mientras formaba a la siguiente generación de periodistas tulueños. Ese gesto lo mete en la historia de la Villa de Céspedes y lo convierte al mismo tiempo en protagonista y testigo del crecimiento de la ciudad, desde cargos públicos y privados, caso poco común.

Montalvo acompañando como periodista a Gardeazábal en sus recorridos como alcalde de Tuluá.

Hoy, cuando enseñar a los jóvenes la historia reciente es complicado porque la memoria de las ciudades comienza a perderse dentro de los afanes de una generación que no se interesa ni se asombra por los detalles de su pasado histórico, económico y político, más ahora que, con el exceso de información de esta aldea global, lo de afuera parece más atractivo que lo local, hablar de Marcos Montalvo debe ser un ejercicio obligatorio intelectual.

Es entonces donde de forma natural Marcos se convierte en las últimas dos décadas en guardián de la memoria tulueña, se hace miembro del centro de historia y pone su saber al servicio de quienes aun tratan de que la identidad “orejona” no se pierda en modas pasajeras, estilos musicales superfluos y malos gobiernos municipales. Sin embargo, jamás renunció a ser el curioso y sagaz reportero de 17 años, aún con los 68 años que ya tenía, nunca dejó de hacer las preguntas que a otros incomodaban y le importaba un pepino las iras que causaba en los corruptos que desde el concejo y la alcaldía eran develados por los escritos de ‘El Comandante’ en redes sociales.

Montalvo, quien infundía respeto entre amigos y contradictores, entraba ya en el escenario de los septuagenarios, esas personas que siendo jubiladas o no, toman sus vidas de manera jovial y reposada, donde sus recuerdos y vivencias se transforman en enseñanzas para allegados y familiares, donde su voz de autoridad moral toma fuerza con lo cíclica que es la historia, cuyos devenires no son advertidos por los más jóvenes, sanguíneos o distraídos.

El asesinato de Marcos Efraín en el barrio La Esperanza de Tuluá ese 19 de septiembre a las 7.30 de la noche, del menor de los hermanos varones de don Eduardo y doña Flor de María, conmociona de verdad a una ciudad acostumbrada al asesinato, porque saben que no se trató de un error de identidad, ni de una bala perdida o de una venganza personal, es un mensaje de parte de una generación perversa, irrespetuosa, ignorante y vacía, que tiene por valor ganar dinero sobre la dignidad propia y ajena, la misma actitud de quienes también asesinaron a otros periodistas cuando Montalvo era joven en Cali. Una generación de corruptos que se reproducen como la mala hierba, pero que así mismo son cortados de cuando en cuando…

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