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Para llegar hasta el albergue juvenil de Calais reconvertido en centro de acogida para refugiados ucranios, hay que atravesar carreteras, calles y parques rodeados de vallas y hasta muros de hormigón con concertinas. Así se ha parapetado esta ciudad francesa, el punto más cercano a Reino Unido de toda Europa, para dificultar al máximo el acceso a los miles de migrantes que vienen con el sueño de alcanzar como sea territorio británico para empezar una nueva vida. Si no la pierden antes en la peligrosa travesía por el canal de la Mancha. Mientras tanto, la mayoría de esos soñadores sin papeles malvive en tiendas de campaña instaladas en insalubres solares de la periferia de esta localidad que desde hace años es un símbolo de todas las disfunciones migratorias de Europa.

Nada de eso se ve desde las ventanas del sólido edificio situado “al borde del mar y a dos pasos del centro de la ciudad”, como se publicita el albergue de 84 habitaciones, restaurante y hasta jardín que la Alcaldía de Calais reservó en cuanto empezaron a llegar los primeros ucranios de paso hacia el Reino Unido.

Además de productos básicos, los ucranios reciben ayuda para gestionar lo antes posible sus papeles. Ya lo pueden hacer por internet, aunque por si acaso, una lanzadera les lleva hasta puesto consular británico recién abierto para ellos en Arrás, la capital administrativa de la región. Pavlo es un ucranio residente en el Reino Unido que fue a Polonia a buscar a su madre, su hermana, una cuñada y dos amigas recién huidas de su ciudad natal, Zaporiyia. Cuando llegó el miércoles al albergue, este estaba casi vacío: la mayoría de los refugiados ya había logrado tramitar sus papeles. También Pavlo esperaba poder abordar pronto un ferri con su familia.

Todo eso es una quimera para Saddam, un sudanés de 25 años que lleva algo más de un año “estancado” en Calais. Como los ucranios, también huyó de un país en guerra casi constante, pasó por el “infierno” de Libia y casi se ahoga en el Mediterráneo, relata. Creyó que al llegar a Europa, el continente “de los derechos humanos”, como lo llamaba, su odisea había acabado. “Pero mira”, dice frustrado mientras se mesa la cabellera que, desde que está en Calais, se le ha poblado de canas.

Migrantes en Calais.
Migrantes en Calais.Álvaro García

Como los alrededor de 1.500 migrantes irregulares que esperan en Calais una manera de llegar a Reino Unido (casi todos lanzándose de nuevo al mar, aunque todavía hay quienes intentan saltar a un camión para atravesar el supervigilado Eurotúnel), Saddam malvive en una vieja tienda de campaña. Se pasa el día esquivando a la policía que se lo ha llevado ya tres veces a la frontera de Francia —una vez lo dejaron en Biarritz, cuenta— y que cada 48 horas o menos realiza batidas para desmantelar la docena de campamentos irregulares en los que, nada más marcharse los agentes, vuelven a instalarse los migrantes con lo poco que les queda. Un ejemplo de la futilidad de una política que no consigue desalentar a nadie, pero que hace más difícil aún la vida de quienes no tienen nada.

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Estos hombres jóvenes, aunque también hay mujeres y niños, proceden en su mayoría de países en conflicto como Sudán, Eritrea, Siria o Afganistán y dependen para casi todo, desde comer algo caliente o lavarse a cargar su teléfono móvil, de asociaciones solidarias que intentan cubrir sus necesidades básicas. Lo hacen en las afueras de la ciudad, ya que tienen prohibido instalarse en el centro de Calais, donde no ha habido problema alguno para alojar a los ucranios. Llevan ya más de 20.000 euros en multas por contravenir las normas, denunció esta semana la ONG Utopia 56.

Mientras reparte café, té y chocolate caliente, Suzy Corey, una voluntaria británica de la asociación Café Calais, asegura sentirse “muy contenta porque los refugiados ucranios hayan encontrado aquí tanta caridad”. Al mismo tiempo, reconoce estar “frustrada”, porque “obviamente los ucranios vienen de una situación terrible, pero estos hombres también huyen de situaciones similares, de guerras, de crisis humanitarias”. Como Ahmed, otro sudanés de 22 años. Acaba de llegar a Calais y ya ha oído hablar del albergue de los ucranios. Él ha pasado su primera noche a la intemperie, “sin una manta, con los zapatos mojados”, cuenta. “Nuestra situación es la misma. Pero ya veo que a nosotros no nos tratan tan bien”. Quizás, aventura, porque “los ucranios tienen piel y ojos claros. Los nuestros son oscuros”.

La alcaldesa de la ciudad, Natacha Bouchart, defensora de la mano dura contra los migrantes irregulares de Calais, justifica la disparidad de trato con el argumento que también esgrime el Gobierno de Emmanuel Macron: “La gran diferencia”, declaró la regidora, “es que los ucranios están en situación regular”, gracias al estatus de protección temporal otorgado por la Unión Europea.

Nadie, ni los migrantes como Saddam o Ahmed, ni las asociaciones que trabajan sobre el terreno, discute el derecho de los refugiados ucranios a ser tratados con dignidad. Lo que cuestionan es lo que Alexandra Limousin, del Auberge des Migrants, llama una “acogida a dos velocidades” en Calais y en buena parte de Europa: la vía rápida y segura para los ucranios y la precariedad y acoso de las autoridades al resto.

Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

“Deploramos la diferencia de trato. ¿Por qué unos reciben más que otros?”, denuncia. Su asociación está estudiando la posibilidad de presentar una demanda por discriminación.

No se trata de pedir que se meta a los refugiados ucranios en tiendas de campaña bajo los puentes, sino de que se abra el albergue a los demás migrantes”, subraya Sophie Djigo, fundadora de Migraction 59, una plataforma ciudadana que ofrece desde hace años una acogida temporal, normalmente los fines de semana, a los migrantes irregulares en casas de voluntarios como Jeremy Ollivier y Sandra Moreau. Por el hogar en Calais de esta pareja de profesores de filosofía de secundaria, han pasado en tres años una treintena de migrantes.

Para ellos, lo más chocante es la “invisibilidad” del problema que ha puesto de relieve la llegada de los ucranios. “No es ni siquiera que los comparemos, que digamos que hay refugiados buenos y malos”, señala Moreau. “El problema es que unos ni siquiera existen (…) es terrible ver el nivel de invisibilización al que hemos llegado, hacemos como si los primeros refugiados que llegan son los ucranios”.

Horrorizado por las imágenes de refugiados huyendo con lo puesto, Asher Shane, un padre de familia de Southampton, decidió venir a Calais una semana para ayudar a los ucranios en lo que fuera, “a hacer papeles, a llevarlos al supermercado”, cuenta. Pero al llegar al albergue juvenil, le dijeron que no hacía falta. “Aquí tienen de todo”. Así que se apuntó a Café Calais, para ayudar a los otros migrantes, de cuya existencia y situación, admite, no tenía ni idea.

Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

Mientras Saddam tomaba algo caliente y charlaba con voluntarios como Shane, la policía desmanteló otra vez su campamento. “Por supuesto que no les deseamos nada malo a los ucranios, son seres humanos, como nosotros. Yo lo único que quiero es que la policía me deje tranquilo. No me importa pasar otros tres años en una tienda, pero que me dejen tranquilo”, se exaspera. Las asociaciones de Calais y de otros puntos de Francia llevan años pidiendo, infructuosamente, unos recursos que, hasta la llegada de los refugiados ucranios, parecían imposibles. Para Moreau, “esto demuestra que hay sitio para todos y que, cuando queremos, acoger refugiados no es un problema”. Lo que falta, coinciden todos, es voluntad política. Y quizás algo más de empatía para los que huyen de guerras más lejanas, pero no menos terribles y no se parecen tanto a nosotros.

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“Mariupol es el infierno”, cuenta Tatiana. Ella y su familia han pasado 15 días bajo asedio ruso en Mariupol. Sin luz, sin agua, sin calefacción, sin ningún tipo de conexión con el mundo exterior. Sin más noticias que el frío y las detonaciones constantes de misiles y disparos. Tatiana relata que los rusos comenzaron a disparar sobre las viviendas primero desde los tanques. Después pasaron a bombardear la ciudad desde el aire. El miércoles abrieron fuego sobre la ciudad desde los barcos atracados en el mar de Azov. Tatiana, que tiene 65 años, fue la persona que hace varios veranos me llevó al Teatro Dramático de Mariupol a ver El piso de Zoika, de Mijail Bulgakov. El Teatro Dramático ha sido destruido en un bombardeo este miércoles a pesar de que su sótano servía de refugio a cientos de personas. Tatiana es ahora una refugiada a la que le tiembla la voz. Hace solo un mes, el teatro era un enorme edificio blanco con butacas rojas de terciopelo ante el escenario y Tatiana era solo mi tía abuela.

Ahora mismo es muy difícil contactar con alguien que esté dentro del cerco brutal que Mariupol vive desde hace más de dos semanas. La escasa información que se abre paso desde allí, aparte de la que dan el alcalde y unos pocos medios internacionales, es de los relatos de los que han huido o la que, como breves destellos en medio de la oscuridad, van colgando en Telegram los habitantes asediados. Hasta hace un mes, en la ciudad vivían 430.000 personas. Y donde antes hubo vida, playas, enormes avenidas llenas de álamos que en verano soltaban una pelusilla blanca que se arremolinaba sobre las aceras, ahora solo quedan escombros y troncos quemados.

Fue el 2 de marzo cuando dejamos de recibir noticias de Tatiana y su familia. Al principio pensamos que sería algo temporal, una caída de red como la que vivimos durante cuatro días en los que no tuvimos noticias de mis abuelos porque habían derribado una torre de comunicaciones. Pero los días pasaban y no había ninguna señal de vida. Ni un wasap, ni una llamada, ni un mensaje de texto. Entre todos, comenzamos a buscar información de ellos en los grupos de Telegram de la ciudad esperando, al mismo tiempo, que sus fotos, la foto de su casa, no estuviera entre las que se publicaban. En este momento, el grupo Mariupol seichas (Mariupol ahora, en castellano) es una de las pocas rendijas abiertas al mundo por la que se cuela el horror que está viviendo la ciudad. Los administradores reúnen mensajes que consiguen hacerles llegar los habitantes con algo de conexión sobre el minuto a minuto de Mariupol.

La mayoría de los archivos son vídeos y fotografías de barrios residenciales arrasados. “Distrito 21″, cuelga alguien acompañado de las fotos de varios edificios de nueve pisos con todas las ventanas destrozadas, las cortinas flotando en el aire. “El centro de la ciudad, ahora”, escribe otra persona y acompaña el texto de un vídeo en el que se ven joyerías, librerías y locales con perchas con ropa que ahora escupen humo negro por sus ventanas. Otros mensajes son gritos desesperados de los que desde hace dos semanas no encuentran a los suyos. Nikolay cuelga uno en el que escribe: “Busco a Pavel Batselev, 80 años. Vivía en la calle Talalijina 55″. La calle de la que habla ha quedado reducida a escombros. Igor escribe en otro mensaje: “¿Alguien sabe cómo está el refugio de la maternidad del distrito Orilla izquierda? Allí está mi hija con mis nietas”. Casi ninguno recibe respuesta.

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“Hay barrios en ruinas. Han nivelado la ciudad con el suelo. Mariupol ya no existe”, relata Tatiana. La ciudad que vieron por última vez sus ojos es una urbe de carreteras destruidas, edificios de viviendas ennegrecidos, comercios en los que apenas queda alguna letra en la fachada que hace suponer que allí hubo una vez una panadería o una peluquería. El teniente de alcalde de Mariupol, Sergey Orlov, ha afirmado en una entrevista a Forbes que entre el 80% y el 90% de la ciudad ha sido bombardeada. “No hay ningún edificio intacto”, ha asegurado.


Imágenes satélite de los destrozos causados por bombardeos rusos el 8 de marzo sobre Mariupol en zonas residenciales y centros comerciales.

Centro comercial dañado / Maxar

Centro comercial reducido a cenizas / Maxar

Barrio residencial / Maxar

Barrio residencial bombardeado / Maxar

Imágenes satélite de los destrozos causados por bombardeos rusos el 8 de marzo sobre Mariupol en zonas residenciales y centros comerciales.

Centro comercial dañado / Maxar

Centro comercial reducido a cenizas / Maxar

Barrio residencial / Maxar

Barrio residencial bombardeado / Maxar

Durante los 15 días de asedio, Tatiana y su familia cocinaron sobre una fogata improvisada con ladrillos y las ramas de los árboles. También pudieron beber agua de un pequeño arroyo que pasa cerca de su casa. Cuando le pregunto si pasaron hambre, se queda en silencio. No hay necesidad de decirlo con palabras. Al salir de la ciudad en uno de los últimos corredores humanitarios abiertos, decidieron parar en un pequeño quiosco que vendía algo de comida. Mientras hacían cola, un proyectil cayó cerca del coche. En un pestañeo, todos los que se habían quedado cerca de los vehículos aparcados yacían en el suelo. Apenas un instante separa a una persona viva de ser contabilizada como cadáver. El coche quedó fuertemente dañado por la metralla y las ruedas desinfladas. Por suerte, pudieron contactar con un conocido que vivía cerca y que les remolcó hasta el pueblo más cercano y tranquilo donde están refugiados ahora.

Una mujer ante edificios en llamas en Mariupol, el pasado 13 de marzo.
Una mujer ante edificios en llamas en Mariupol, el pasado 13 de marzo.Evgeniy Maloletka (AP)

En los sótanos de Mariupol se refugian ahora miles de personas. La vida se ha trasladado bajo tierra, donde los habitantes de la ciudad intentan sobrevivir con lo último que les queda. Los que tuvieron tiempo se llevaron toda la comida que pudieron de sus casas antes de que fueran destruidas. Otros entraron en las casas que habían abandonado sus vecinos por lo que habían dejado atrás. Hace ya días que no queda agua en la ciudad y los convoyes humanitarios llevan casi dos semanas tratando de entrar con suministros pero siempre acaban dando media vuelta por culpa de los disparos. Los habitantes han estado derritiendo nieve para poder cocinar y beber y vaciando las tuberías de la calefacción en un intento de conseguir al menos un vaso de agua.

Bajo tierra hay también mujeres embarazadas que han dado a luz a niños prematuros y muertos a los pocos minutos de nacer. La expresión “dar a luz” nunca tuvo tan poco sentido. Clavada en la retina queda la imagen de la maternidad principal de la ciudad bombardeada hace una semana. De las dos mujeres embarazadas que salieron en los medios, una tuvo una niña y se encuentra bien. La otra murió después de parir a un bebé muerto.

Aliona quedó sepultada con sus hijos en uno de los refugios, un simple sótano debajo de un edificio de hormigón de nueve pisos construido en los años setenta. Con ayuda de hombres que se resguardaban también allí, consiguieron salir de entre los escombros y escapar de la ciudad a pie hasta llegar a casa de unos familiares a las afueras de la ciudad. Durante los días que estuvo allí, relata que llegaron a recoger agua de lluvia para poder beber. “Ya he aprendido que en la guerra te beberás hasta el agua de los charcos”, cuenta. En su voz no hay ni rastro de metáfora. Ahora Aliona vive con 17 personas más en la misma casa. Por culpa del shock, es incapaz de contar nada más.

Anastasia Erashova llora con su hijo en brazos en un hospital de Mariupol. Sus otros dos hijos acababan de morir en un bombardeo ruso, el pasado 11 de marzo.
Anastasia Erashova llora con su hijo en brazos en un hospital de Mariupol. Sus otros dos hijos acababan de morir en un bombardeo ruso, el pasado 11 de marzo.
Evgeniy Maloletka (AP)

Al igual que Aliona, Natalia también escapó a pie de la ciudad la noche del martes con sus hijos. Con miedo de ser disparados y con la desesperación del hambre por quedarse en un lugar en el que desde hace mucho no queda comida en las tiendas, fueron andando por la carretera hasta que un camión se paró a recogerlos. Se subieron en la parte trasera descubierta del vehículo, desde donde hicieron todo el camino. No recuerda casi nada. “Me puse a llorar. De pronto me puse a llorar y no podía parar. He llegado a Zaporiyia descalza, con la ropa que llevaba, sin nada más que ponerme. Cuidaos mucho. Esto da muchísimo miedo. Os abrazo a todas”, escribió en su grupo de trabajo, en el que antes compartía recetas y fotos de las flores de sus macetas.

No hay cifras fidedignas de la cantidad de personas que han muerto desde que comenzó el asedio. Los últimos datos aportados por el teniente de alcalde de la ciudad indican que ya hay 2.358 fallecidos, pero las imágenes de la destrucción de la ciudad equiparan Mariupol a Alepo o a Grozni, ciudades ya bombardeadas por Vladímir Putin en el pasado, y hacen sospechar que, si algún día tenemos un recuento oficial, la cifra actual será anecdótica. Se cavan zanjas en la tierra helada para enterrar decenas de cadáveres en fosas comunes. Algunos entierran a sus muertos bajo la hierba de los parques de la ciudad. Muchos cuerpos yacen en medio de la calle desde hace días: los disparos constantes hacen que sea imposible siquiera pensar en un funeral.

Hasta la tarde de este jueves, han salido de Mariupol 30.000 personas, según datos de la Administración local. La mayoría lo ha hecho en coches que van en dirección a Zaporiyia con cintas blancas atadas en todos los retrovisores y enormes inscripciones con la palabra “NIÑOS” en los cristales en un intento de evitar que les disparen. Dentro viajan adultos y dos o tres niños por coche sentados en sus rodillas. Tantos como quepan en el vehículo, no es el momento de respetar las normas de tráfico. Algunos niños que llegan de Mariupol han perdido el habla.

Es difícil asimilar que una ciudad con una cifra similar de habitantes a la de Murcia, que contaba con 64 colegios y 86 guarderías, las tres principales fábricas siderúrgicas del este del país, un gran puerto, parques de atracciones, cines y grandes centros comerciales, ahora mismo esté reducida a escombros. Una ciudad que antes producía el 5,5% del PIB de Ucrania, que ahora está sitiada y sobre la que pesa desde hace días una nube negra por culpa del humo de los bombardeos y las ruinas aún humeantes.

Después de 15 días de horror, Tatiana asegura que aún le tiemblan las rodillas, aunque ahora ya está en un lugar seguro. “No hacía otra cosa que rezar, todo el día rezando, una y otra vez”, cuenta. “Estábamos escondidos cada uno en una esquina de la casa por si caía una bomba, esperando que al menos aguantaran las vigas maestras”, explica. También asegura que jamás volverá a la ciudad aunque su casa siga en pie. Su casa nunca volverá a ser un hogar, sino el lugar en el que se refugió de las bombas y los disparos, en el que pasó hambre, frío y sed y un terror que le impide dormir más de una hora seguida. El último mensaje que me mandó acaba así: “Desde ahora, para mí, todos los rusos son asesinos de niños y mujeres. No tienen perdón y nunca lo tendrán”.

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Donald Trump ha vuelto. El expresidente ha hecho una primera aparición pública combativa para arrancar 2022, el año de las elecciones intermedias. Para mostrar músculo eligió Arizona, un Estado republicano que perdió por poco más de 10.000 votos ante Joe Biden en 2020. Un año y algo más después, ha pintado un sombrío panorama del país que gobernó de polémica a polémica por cuatro años: “Se está yendo al infierno. Es un desastre. Tenemos que ser fuertes y recuperar nuestro país y nuestro futuro”, aseguró Trump ante una multitudinaria audiencia de decenas de miles de personas en un evento que ha dejado claro que la batalla por 2024 ya ha comenzado.

“Pocos imaginaron que [Biden] sería tal desastre”, ha afirmado Trump, quien subió al escenario con una gorra roja calada para evitar que los fuertes vientos del desierto lo despeinaran frente a las cámaras. “La inflación es la peor en 40 años. Las tiendas están vacías, no hay mercancías… las calles de las ciudades demócratas están llenas de sangre y homicidios, hay cuatro veces más casos de covid que antes”, enlistó en un discurso que se extendió por más de hora y media y que inició con una marcha fúnebre y un enorme mensaje en las pantallas: Joe Biden es un completo fracaso. También criticó al actual Gobierno por la “persecución” de quienes participaron en el asalto al Capitolio, en enero del año pasado. “Prisioneros políticos”, llamó el exmandatario a los detenidos tras los hechos en los que murieron cinco personas.

El trumpismo, que ha utilizado la ira como combustible desde 2016, explota ahora las debilidades de Biden. Las decenas de miles presentes se rieron a carcajadas, escasos minutos antes de que Trump tomara el templete, de un montaje de pifias del presidente. Desde sus tropiezos subiendo escaleras hasta sus olvidos de los discursos. Los simpatizantes aderezaron los discursos de los oradores con el “Let’s go, Brandon” (Vamos, Brandon), en un insulto en clave para el presidente. El lema Fuck Joe Biden (Jódete, Joe Biden) está por todos lados. “Bolsa de cadáver Biden”, lo llamó un senador local sobre el escenario.

“[Biden] Ha humillado a nuestro país. Putin está jugando con nosotros. Ya no nos respetan Rusia ni China. Ya no nos temen”, afirmó Trump, quien aún no confirma con claridad que volverá a presentarse a las presidenciales y deja todo entre líneas. “Lo más fácil sería seguir con mi vida. Competí dos veces y gané dos veces…”, sugirió en un momento antes de divagar en otro tema.

El circo de Trump causó conmoción en Arizona. Su primer mitin de 2022 provocó un embotellamiento de varios kilómetros en Florence, una ciudad al sureste de Phoenix, la capital del Estado, que vio llegar de varias partes del país a miles de trumpistas. Victor, 64 años, voló desde Las Vegas la noche del viernes. Usaba la típica gorra roja de Make America Great Again (Hagamos nuevamente grande a Estados Unidos), pero la suya tenía un autógrafo en la visera. “Me la firmó en 2019 Don Jr. (el hijo de Trump)”, afirma el hombre, quien dice que hará lo posible por hacer que Trump vuelva a la Casa Blanca. “Él va a limpiar todo este desastre”, señala. Todo comienza, en sus palabras, con “recuperar la Cámara de Representantes y el Senado” en los comicios del 8 de noviembre.

“Necesitamos una victoria aplastante. Una victoria que los demócratas no puedan robarse”, ha dicho Trump a sus fieles. La narrativa del fraude le ha creado una paradoja con la que ahora debe lidiar. Después de más de un año de socavar la confianza en el sistema electoral, un periodo donde no ha admitido su derrota, ahora necesita del sistema para hacerse del control del Congreso. Esto ha comenzado en algunos matices de su discurso. “Deben salir a la calle y votar”, repitió el expresidente en varias ocasiones.

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“Si quieren una elección segura debemos tener dos cosas: votación el mismo día de la elección y boletas de papel”, aseguró. Los republicanos han promovido en los Estados que gobiernan, entre ellos Arizona, reformas para hacer más difícil votar por correo, algo que los trumpistas consideran un instrumento del fraude. Esto a pesar de que no existe una sola evidencia de irregularidades en esta entidad según han arrojado varias auditorías, un recuento de los votos validados por los dos partidos, una decena de fallos en los tribunales, una certificación de agencias de seguridad, el visto bueno del fiscal general del propio Trump, Bill Barr, el fiscal de Arizona y otras autoridades locales.

El libro de Trump, no obstante, no permite pasar página de aquellos comicios. Todos los oradores que precedieron al expresidente esta noche aseguraron de una forma u otra que el republicano ganó las elecciones. Esto se ha convertido en una regla no escrita para los aspirantes a las intermedias de noviembre que quieran su apoyo. “Nunca volveré a respaldar a ese idiota”, aseguró Trump esta semana en referencia a Mike Rounds, un senador republicano de Dakota del Sur quien dijo que no existe prueba en ningún Estado que permita revertir el resultado. “¿Está loco o es simplemente estúpido?”, remató Trump. Es el mismo trato que tiene con el actual gobernador de Arizona, Doug Ducey, quien avaló el triunfo de Biden. De manera peyorativa, Trump lo etiqueta como un “RINO”: un republicano únicamente de nombre, alejado de las posiciones de extrema derecha de su movimiento.

El exmandatario ya ha anunciado su segundo mitin para finales de mes en Texas. Trump utiliza estos eventos para preparar el terreno de sus candidatos. Para Arizona ha elegido a Kari Lake, una expresentadora de la cadena local de Fox News, criticada por sus posturas radicales. La aspirante prometió junto a su padrino político “cerrar la frontera” con México. “Nos están invadiendo. China está mandado fentanilo a través de México. Eso se acaba conmigo”, aseguró. “Y tengo un mensaje para todos los que están cruzando la frontera. Cuando sea gobernadora van a ser arrestados y deportados”, dijo entre aplausos.

Fox News, a la lista negra

Hace un año, Mike Lindell, un exadicto al juego y a la cocaína renacido en vendedor de almohadas por correo, era recibido por Trump en la Casa Blanca. La escena marcó el momento en que el personaje abandonó los márgenes del movimiento de fanáticos de Trump para convertirse en uno de sus voceros principales. Capturado entonces por los fotógrafos con anotaciones en un cuaderno que solicitaban despliegues militares y un toque de queda nacional, esta noche pintaba un futuro de esperanza para el trumpismo: “Todos sabemos que lo que está pasando Dios lo corregirá en sus tiempos. No habrá problemas con las máquinas de votación en 2022″.

Lindell cargó contra los medios, pero no solo contra los habituales. Los medios conservadores han sido añadidos a la lista negra. “Estos son ahora nuestro mayor problema”, aseguró el empresario, subrayando en especial a Fox News, una cadena que acompañó a Trump durante su presidencia, pero que ha dejado fuera de su pantalla la idea de que la elección estuvo amañada. “Es asqueroso. ¿Cuándo fue la última vez que hablaron del fraude de 2020? Ya no dicen nada”.

Trump lanzó el sábado su primer grito de guerra del año electoral. Lo hizo cobijado por miles de simpatizantes en un evento que, por momentos, hizo pensar que muy poco ha cambiado en Estados Unidos en un año. “La gente tiene sed de verdad”, añadió el exmandatario, quien no oculta sus ganas de liderar de nuevo. “Quiere su país de vuelta. Somos el hazmerreír del mundo”.

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