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Refugiados ucranios llegan al BOK Hall de Budapest este 22 de marzo.
Refugiados ucranios llegan al BOK Hall de Budapest este 22 de marzo.ATTILA KISBENEDEK (AFP)

Jaled (Damasco, 55 años) le trae un té caliente a su hijo Basel (Odesa, 18 años) en las mesas dispuestas en hileras del BOK Hall, unas instalaciones olímpicas en las inmediaciones de la estación del Este de Budapest reconvertidas en zona de tránsito para refugiados ucranios. “No sabemos a dónde ir”, dice Jaled con la mirada hundida en una profunda tristeza. Lo que sí sabe es que no se van a quedar en Hungría. Al país han llegado a través de la frontera ucrania o desde Rumania al menos 530.000 personas desde el inicio de la invasión rusa el 24 de febrero, según datos oficiales de este lunes. Cerca de 8.000 habían pedido protección temporal internacional hasta el 28 de marzo. La mayoría, como Jaled y Basel, pasa por Hungría de camino a otros destinos, según reconoce el Gobierno, pero es imposible saber cuántos son porque nadie los cuenta.

Jaled y Basel parecían perdidos este lunes en un viaje forzado que comenzó el 27 de febrero en Odesa, les llevó a Moldavia y después a Bucarest, en Rumania. “No sé a dónde ir”, repetía el padre. “En Alemania hay muchos ucranios ya, aunque su madre está ahí”, decía refiriéndose a su expareja. Jaled le daba vueltas a distintas opciones —Bélgica, quizás Canadá—, y rompía a llorar cuando se le preguntaba cómo se encontraba. No estaba bien. Le estaba costando asumir que temporalmente le define más su condición de refugiado que su carrera de investigador en ingeniería nuclear. Que ahora depende de la ayuda de otros para comer y dormir. Se resistía a la idea de que probablemente tendrán que alojarse, quién sabe por cuánto tiempo, en centros de emergencia masificados donde su hijo Basel, “que es muy escrupuloso”, no podrá ir al baño con regularidad. Lo que él quería era volver a casa y reunirse con su otro hijo que, por su edad, no pudo salir de Ucrania.

El Gobierno húngaro reivindica —a las puertas de las elecciones de este domingo, las más reñidas desde que Viktor Orbán, considerado el aliado de Vladímir Putin en la UE, llegó al poder hace 12 años— los esfuerzos que está haciendo para proporcionar ayuda al gran flujo de personas que ya ha recibido y que espera que sigan llegando. Por el BOK Hall pasan unos 1.500 refugiados al día desde las estaciones de tren de la capital. Allí pueden permanecer durante un máximo de 12 horas para descansar, comer, adquirir billetes de tren, cambiar dinero y, si lo necesitan, solicitar información para quedarse en Hungría. Junto a representantes del Gobierno hay organizaciones humanitarias como Cáritas, Cruz Roja o Migration Aid.

Marta Pardavi, copresidenta del Comité de Helsinki húngaro, celebra la “muy positiva y rápida” reacción del Gobierno de Orbán, que desde el inicio de la guerra, el 24 de febrero, abrió espacios para acoger a los refugiados y ofrecer ayuda de emergencia. “Esta bienvenida es una excepción en un sistema muy cerrado”, advierte, sin embargo, en una colorida oficina en el barrio judío de Budapest, donde una decena de jóvenes expertos se afanan en resolver casos legales de demandantes de asilo. El Gobierno lo ha dejado claro en varias ocasiones: sus puertas están abiertas para los refugiados que huyen de la guerra de Ucrania; el resto siguen siendo considerados migrantes y son rechazados en la frontera.

Hungría ha hecho bandera del cierre de fronteras, de la construcción de vallas y del rechazo a los migrantes, especialmente si son musulmanes. Cuando miles de refugiados que huían de la guerra de Siria en 2015 intentaban atravesar el país para llegar sobre todo a Alemania, el Ejecutivo ultraconservador de Fidesz les cerró la puerta. De forma gradual, Budapest fue desmontando el sistema de asilo, lo que le costó enfrentamientos con Bruselas y la justicia europea: legalizó las expulsiones en caliente, rechazó el sistema de cuotas europeo, estableció que los solicitantes de asilo solo podían demandarlo desde las embajadas de Kiev (Ucrania) y Belgrado (Serbia), y criminalizó a las organizaciones de ayuda al refugiado.

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En medio de esta crisis, el Gobierno ha respondido. Pero organizaciones como Human Rights Watch le afea que no está informando de manera adecuada sobre el derecho a protección internacional temporal durante un año con el que cuentan los refugiados ucranios y que da acceso al sistema de bienestar, incluyendo la atención sanitaria y la educación. “Hemos publicado folletos informativos porque hemos detectado que no se está dando adecuadamente esta información”, denuncia también Parvadi. La responsable de la mayor organización de defensa de derechos humanos del país se pregunta si la razón “es pura incompetencia o si es consistente con el enfoque de Hungría de esperar que continúen su camino”. También tuvieron que mediar para que se resolviese la situación de los residentes de Transcarpatia con doble nacionalidad húngara-ucrania y se les reconociese también como refugiados. Ahora trabajan para que a los disidentes rusos o bielorrusos, o estudiantes extranjeros en Ucrania, por ejemplo, “que huyen de la misma guerra”, se les dé la misma protección.

El renacer de la sociedad civil

Aunque solo 8.000 se hayan registrado hasta el momento y muchos refugiados pasen de largo hacia otros destinos, Hungría da refugio a decenas de miles de personas, aunque a la copresidenta del Comité de Helsinki le preocupa que la bienvenida se sostenga a largo plazo. La emergencia llega cuando “la experiencia del sistema se ha borrado” y “no existe una cooperación óptima entre el Estado y la sociedad civil”, señala Parvadi, que está disfrutando del “renacer de la sociedad civil y el voluntariado”. En el último mes está ocurriendo que organizaciones muy estigmatizadas por ofrecer ayuda en la crisis de 2015, como Migration Aid, sean bienvenidas en lugares como el BOK Hall, donde el Gobierno reconoce que toda ayuda es necesaria.

Además de un espacio en ese centro donde ofrecen información a los que acaban de llegar, Migration Aid ha abierto en tiempo récord un albergue también para refugiados en tránsito, en una zona industrial del norte de Budapest. En un día, con la ayuda de una treintena de voluntarios y material procedente de donaciones privadas —colchones, ropa de cama, comida, etc.—, acondicionaron las 64 habitaciones y 260 camas del edificio vacío que iba a ser una pensión para trabajadores del polígono.

Márton Elodi, un desarrollador de software de 26 años, acudió como voluntario por un llamamiento en Facebook y desde el 11 de marzo coordina el albergue de la calle Madrid. En la sala habilitada como comedor, donde todos los días ofrecen una comida y distribuyen 400 bocadillos, todo gracias a donaciones privadas y de empresas, detalla que los “huéspedes” se pueden quedar hasta tres días mientras organizan las siguientes etapas de sus viajes. “Este sitio es más humano que otros y vemos que los refugiados, sobre todo mujeres y niños, se animan después de unos días”, cuenta Elodi.

No es el caso todavía de Daria Naimitenko, pelirroja de piel pálida y ojos rasgados, que permanece de pie en la recepción con la mirada clavada en el infinito. Esta estudiante de periodismo de 22 años explica que salió de Ucrania el 25 de marzo con su suegra por el paso fronterizo de Palanca, en Moldavia. De ahí fueron a Bucarest y ahora, desde Budapest, tienen previsto ir en tren a Bratislava para pedir una visa y viajar a EE UU, donde vive su cuñada. Su marido se ha quedado en Mikolaiv y su familia vive en Lugansk, en la región de Donbás. Solo con escuchar los nombres de estos dos lugares uno se da cuenta de la angustia que acarrea en este periplo, en el que Budapest es una etapa más del camino.

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El número de refugiados ucranios por la invasión rusa supera ya los cuatro millones, según ha anunciado este miércoles la agencia de Naciones Unidas encargada de los refugiados, ACNUR. Es una cifra simbólica por tratarse del horizonte al que apuntaba la propia agencia de la ONU en los primeros días de la guerra para advertir de las dimensiones que podría alcanzar el éxodo. Entonces era solo el que más rápido crecía desde el fin de la II Guerra Mundial, ya que las guerras de desintegración de Yugoslavia y la crisis de Kosovo causaron en los años noventa al menos 2,2 millones de refugiados.

Los cuatro millones son también tristemente simbólicos porque suponen que cerca del 10% de los habitantes de Ucrania antes de la guerra (unos 44 millones) ya no están en el país. Y eso que hay una parte importante (los hombres de 18 a 60 años) que tiene prohibido abandonar Ucrania por la ley marcial, salvo algunas excepciones. El 90% de los refugiados de esta crisis son mujeres y niños. Estos últimos suman 1,5 millones, según la agencia de la ONU dedicada a la infancia, UNICEF.

Además de los cuatro millones de refugiados, hay 6,5 millones de desplazados, cobijados principalmente en la menos castigada zona occidental del país. Así que, en conjunto, prácticamente uno de cada cuatro ucranios ha tenido que abandonar su casa.

La ONU calcula, además, en 13 millones las personas atrapadas en zonas de conflicto o sin capacidad de salir, por motivos como el riesgo que implica para su seguridad, la destrucción de puentes y carreteras o las dudas sobre su capacidad de comer o alojarse antes de cruzar la frontera. “La escala del sufrimiento humano y el desplazamiento forzado exceden sobremanera el peor escenario planificado”, ha afirmado este miércoles el director general de la Organización Internacional para las Migraciones, António Vitorino.

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La Organización Mundial de la Salud calcula que medio millón de los refugiados ucranios necesita ayuda por problemas de salud mental, graves en 30.000 de los casos. Su representante en Polonia, Paloma Cuchi, indicó el pasado día 23 en la sede de la organización en Ginebra que el trauma psicológico requiere más atención que otros problemas de salud que suelen presentar los refugiados, como deshidratación o diarrea.

Aunque no ha sido formalmente anunciada como tal, la crisis ucrania es ya la mayor en los últimos 75 años de historia del continente. “Se puede decir sin temor a equivocarse que, por la combinación de la magnitud y la velocidad, no ha habido ninguna de este tipo en Europa desde la II Guerra Mundial […] Para nuestro conocimiento, ninguna ni tan grande ni tan veloz”, señala por teléfono Matt Saltmarsh, portavoz de ACNUR. En la segunda semana de la invasión rusa, el responsable de la diplomacia europea, Josep Borrell, vaticinó incluso cinco millones de refugiados. Hoy, la UE habla de hasta ocho o diez millones si el conflicto se prolonga durante meses.

El único precedente mayor en números absolutos en el continente es la masiva expulsión de alemanes étnicos, principalmente en la entonces URSS, Polonia y Checoslovaquia, tras la capitulación de la Alemania nazi en mayo de 1945 y hasta 1950. No hay un cálculo definitivo, pero los historiadores la cifran en una horquilla de 10 a 15 millones de personas y la consideran la peor oleada de refugiados que dejó el conflicto, pese a suceder tras su fin. Acnur nació en 1950 justamente para socorrer a los refugiados en Europa para un periodo de tres años que ha acabado durando 72.

El éxodo ucranio es aún porcentualmente menor que el de la también europea y bastante más pequeña Bosnia. La guerra en el país balcánico (1992-1995) convirtió en refugiados o desplazados a casi la mitad de sus entonces cuatro millones de habitantes. Ucrania sigue también por debajo, en términos absolutos, de grandes oleadas históricas de refugiados en otras partes del mundo, como las que generaron la partición de la India y la posterior creación de Bangladés; Afganistán, primero con la invasión soviética, luego con las guerras civiles y más tarde con el primer régimen talibán; o, sin ir más lejos en el tiempo, la guerra en Siria iniciada en 2011. El éxodo venezolano presenta números similares al caso sirio, en torno a los seis millones de personas, pero no todos son considerados refugiados. En cualquier caso, son ejemplos de años, mientras que la guerra en Ucrania apenas acumula cinco semanas.

Menos salidas diarias

En los puestos fronterizos, estaciones de trenes y autobús y centros de acogida de refugiados en Polonia se nota que el ritmo de salidas de Ucrania ha caído notablemente. Los antes abarrotados pabellones, vestíbulos de las arterias de transporte y los atascos interminables en los accesos por carretera han dado paso a un ajetreo constante, pero menos masivo, que se expande en muchos casos a otros puntos de la Unión Europea, principalmente Alemania, que ha registrado unos 270.000 refugiados. Austria y Lituania, con 35.000; Francia, con 30.000; y España, con alrededor de 25.000, son otros de los principales países de destino.

Las entradas diarias a los países fronterizos llevan varios días en torno a las 40.000. Entre el 25 y el 27 de febrero ―tras el empuje inicial ruso y el recrudecimiento del cerco a la capital ucrania, Kiev―, el número de refugiados casi se duplicó, al pasar de algo más de 80.000 a rozar los 160.000. El 6 de marzo marcó el pico, con 200.000 salidas en un día, para ir descendiendo paulatinamente. Más de la mitad de los refugiados (2,33 millones) han salido a través de Polonia. El resto lo ha hecho por las fronteras de Rumania (608.936), Moldavia (387.151), Hungría (364.804), Rusia (350.632), Eslovaquia (281.172) y Bielorrusia (10.902), según los últimos datos de Acnur, actualizados el pasado martes.

Con una distribución desigual de los refugiados en la UE, pese a las fronteras abiertas, ha empezado el debate del reparto. El movimiento no ha sido tan orgánico como se esperaba. La Unión, sin embargo, no tiene previsto activar ningún mecanismo obligatorio de cuotas de refugiados, sino más bien alentar su desplazamiento con mayor información sobre las capacidades de acogida de los países y el fomento de centros de transporte con acceso a trenes, autobuses e incluso vuelos. “Tenemos que distribuir a refugiados más activamente dentro de la Unión Europea y mostrar solidaridad albergando a refugiados”, aseguró a la prensa la ministra alemana del Interior, Nancy Faeser, a su llegada este lunes a la reunión extraordinaria con sus homólogos comunitarios en Bruselas, en la que se aprobó un decálogo de acciones para aliviar el drama humanitario. Faeser aclaró que no se refería a un sistema de cuotas, como el que se puso en marcha en la crisis migratoria de 2015-16, sino más bien a un índice en función de la proporción entre la población del país y los refugiados en su territorio.

Unos 800.000 ucranios han pedido la protección temporal que la UE ofrece, sobre la base de una directiva aprobada en 2001 a raíz de la crisis de los Balcanes y que permanecía sin usarse desde entonces. Permite el acceso a la vivienda, al mercado laboral y a los sistemas sanitario y de seguridad social. También la escolarización de los niños.

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Roman Abramóvich, en la sala VIP del aeropuerto de Tel Aviv, el 14 de marzo.
Roman Abramóvich, en la sala VIP del aeropuerto de Tel Aviv, el 14 de marzo.STRINGER (REUTERS)

El oligarca ruso Roman Abramóvich ha experimentado síntomas de un supuesto envenenamiento después de asistir a una reunión en Kiev a principios de marzo, en la que intervino como negociador para poner fin a la guerra de Ucrania, según una información del diario The Wall Street Journal, que cita fuentes próximas a los implicados, y el portal de investigación Bellingcat. El servicio de inteligencia de EE UU atribuye la intoxicación, sin embargo, a motivos “medioambientales”, según información de la agencia Reuters.

Al menos dos delegados ucranios presentes en la cita han padecido los mismos síntomas que el magnate, de los que responsabilizan a los halcones del Kremlin, que, según su versión, quieren sabotear los intentos de pacificación. Pero esta versión no está demostrada aún. “La información de inteligencia sugiere que se debió a motivos medioambientales, no a un envenenamiento”, aseguró a Reuters la fuente, que habló bajó la condición de anonimato. El Gobierno ruso ha declinado comentar la noticia. Los tres afectados evolucionan favorablemente.

Las señales que hicieron sospechar a Abramóvich y al menos a dos negociadores de alto nivel de la delegación ucrania —entre ellos, el diputado y líder de la minoría tártara Rustem Umerov— fueron los ojos enrojecidos, un lagrimeo constante y molesto y la descamación de la piel en rostro y manos, entre otros síntomas compatibles con un presunto envenenamiento. Los casos del opositor ruso Alexéi Navalni y del exespía Serguéi Skripal, que debieron ser hospitalizados en estado grave aunque lograron recuperarse, recuerdan los métodos del Kremlin para acallar voces incómodas.

La información sobre el supuesto envenenamiento de los tres negociadores en Kiev procede del periodista Christo Grozev, investigador principal de Rusia en el portal Bellingcat. Fue Grozev quien concluyó que el Kremlin había intentado neutralizar a Navalni con un gas nervioso en 2020. Preguntado por la responsabilidad del Estado en el atentado contra el líder opositor, actualmente en prisión, el propio Putin ironizó asegurando que, de haber querido matarlo, sus agentes no habrían fallado.

Abramóvich, que viajó entre finales de febrero y comienzos de marzo entre la ciudad ucrania de Lviv, Moscú y Estambul para mediar entre las partes, se entrevistó en la citada reunión con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, que, según las fuentes citadas, no resultó afectado. Sin pruebas periciales resulta difícil determinar si la posible agresión se cometió mediante un agente químico o biológico, o a través de una radiación electromagnética. Grozev dijo haber visto imágenes de los efectos del ataque en Abramóvich y los delegados ucranios, pero que no se pudieron recoger muestras en Lviv, donde se hallaban, porque debían viajar con urgencia a Estambul.

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Cuando un equipo forense alemán estuvo en disposición de tomar muestras, ya había pasado demasiado tiempo para que el agente pudiera ser detectado. “No pretendían matarlos. Fue un aviso”, sostiene Grozev, según el diario neoyorquino.

A diferencia del grueso de oligarcas que constituyen el círculo íntimo de Putin, Abramovich ha sido objeto de sanciones solo por parte de la Unión Europea y del Reino Unido. Zelenski pidió expresamente a su homólogo estadounidense, Joe Biden, que se abstuviese de castigar al riquísimo dueño del club de fútbol británico Chelsea para no torpedear su mediación en las negociaciones para poner fin a la guerra, que comenzó el pasado 24 de febrero. Con importantes propiedades inmobiliarias en Manhattan (Nueva York) —que algunos representantes demócratas de la ciudad piden sean confiscadas—, Abramóvich posee la nacionalidad rusa, israelí, lituana y, en un caso polémico por el método de atribución, también la portuguesa. El milmillonario participa en la mediación a título individual, en paralelo a la negociación oficial, y también como delegado de la misma.

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Las hojas volanderas y los pasquines se esparcen hoy a través de las pantallas. Es ahí, en el ciberespacio, donde se dilucida principalmente la guerra de la información y la propaganda. Pero no todo se cocina en inexpugnables centros de máxima seguridad de Kiev, Moscú, Bruselas o Washington. Desde una torre de 25 alturas de Kiev asomada a las disputadas localidades del noroeste, Oleksii Stanchevskii ejerce de soldado en esa batalla mientras suenan de fondo las detonaciones que llegan de la línea del frente.

Las armas de este periodista y community manager de 28 años son las redes sociales, principalmente Telegram y Viber. Forma parte de una tupida red de activistas diseminados por toda Ucrania que tratan de tener a buen recaudo las vías por las que llega la información a la ciudadanía. Son conscientes, sin embargo, de que ese flujo de datos que manejan y esa población a la que tienen acceso también son objetivo de los rusos.

“Desde luego, nuestra posición es pro-Ucrania. No podemos decir que lo que hacemos es claramente periodismo, pero es un trabajo que desarrollamos para defendernos, por eso no podemos dar toda la información de que disponemos”, aclara Stanchevskii. Es decir, evitan comunicar las posiciones de las tropas locales, de los lugares exactos de los ataques y también frenan la publicación de imágenes de muertos o muy escabrosas que puedan minar la moral de los ciudadanos. “Queremos dar a la gente esperanza y seguridad y alejarlos de los chismes. Nos llegan muchos vídeos o fotos que no podemos publicar”, reconoce el activista sin negar su veracidad.

Conscientes de la importancia de las redes sociales y de su capacidad de llegar hasta el mismo tuétano de la sociedad del país invadido, los rusos las emplean también en su propio beneficio dentro de Ucrania. Así ha ocurrido en enclaves que han caído bajo su poder como Berdiansk o Melitopol, en el sur del país, donde han conseguido a través de los móviles infiltrarse, intoxicar y despistar a los habitantes para tratar de ganárselos, señala Stanchevskii. “Los rusos tienen una táctica. Cuando ocupan una ciudad tratan de controlar la infraestructura local. Van a los periodistas locales y, si estos no colaboran, pillan las claves (de sus redes sociales) y se apropian de los canales”, explica.

Reporteros Sin Fronteras ha denunciado el secuestro por los rusos del padre de la periodista Svitlana Zalizetska con el objetivo de canjearlo a cambio de obtener el control del medio que ella dirige, RIA-Melitopol. El hombre, de 75 años, fue finalmente liberado en la noche del viernes y Zalizetska ya no controla el medio que dirigía, según Reporteros Sin Fronteras (RSF).

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En un canal de Telegram llamado Berdiansk Mañana con unos 6.000 seguidores puede verse al que se ha erigido como nueva autoridad de esa ciudad desde que cayó en manos de los rusos dirigiéndose a la población como si fuera una especie de alcalde. Esa nueva autoridad lanza mensajes en los que trata de convencer a los vecinos de que la vida en la ciudad ha vuelto a la normalidad, así como el restablecimiento de los servicios de emergencia. También anuncian el lanzamiento de canales de radio y televisión en lengua rusa, publicaciones de bajas entre las filas ucranias en nombre del Ministerio de Defensa ruso o mensajes contra el Gobierno del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, al que tachan de “fascista” y al que acusan de utilizar al pueblo como escudo humano. Hasta difunden vídeos con alocuciones del presidente ruso, Vladímir Putin.

A diferencia del grupo Berdiansk Mañana, en el de Berdiansk Hoy, con 43.000 seguidores, avisan sobre las sirenas que alertan sobre posibles ataques aéreos, sobre cómo recibir ayuda humanitaria, el funcionamiento de bancos, las evacuaciones, direcciones de tiendas y comercios o el horario de autobuses. En definitiva, “cómo vivir”, puntualiza Stanchevskii. Algunos de los ucranios consultados por EL PAÍS en estas semanas que han transcurrido de conflicto reconocen que los canales a los que acceden desde sus teléfonos móviles son la principal fuente de información y sobre lo que leen en ellos acaban tomando decisiones en su día a día. Una mujer de la región de Mikolaiv contó que fue evacuada a Lviv junto a sus hijos gracias a un listado organizado por las autoridades locales a través de Telegram.

Stanchevskii no dispone de más medios materiales que cualquier otro ciudadano para desarrollar su activismo. Es más, este sábado ni siquiera tiene acceso a la electricidad ni a internet en su casa. Pero no se desanima. Él y otros activistas llevaban meses preparándose para lo que se les vino encima el pasado 24 de febrero con la orden del presidente ruso de abrir la caja de los truenos en forma de invasión del país. Entre los informes que maneja destaca La muerte de Putin, que muestra junto a otro, El modelo de defensa territorial de Ucrania, ambos editados por el centro de estudios Instituto Ucranio por el Futuro. Pero el community manager reconoce que su trabajo ahora está a pie de calle, a pie de Telegram. “Apostamos por los contenidos positivos para no poner a la población nerviosa. Cada día al atardecer publicamos una broma o un meme para intentar que la gente se vaya a dormir en paz”.

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El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se ha reunido este sábado en Varsovia con los ministros de Exteriores y de Defensa de Ucrania, Dmitro Kuleba y Oleksii Réznikov, respectivamente, en un encuentro que no figuraba en el programa difundido por la Casa Blanca. Más que una reunión al uso, se ha sumado a los últimos 40 minutos (según la Casa Blanca) de la hora y media que ha durado el encuentro que los dos ministros ucranios mantenían con los secretarios de Estado y Defensa de EE UU, Antony Blinken y Lloyd Austin, que le acompañan.

Tras la reunión, la Casa Blanca ha emitido un comunicado en el que asegura que Biden habló con los dos ministros ucranios sobre “los futuros esfuerzos para ayudar a Ucrania a defender su territorio”, sin especificar medidas concretas. En otra nota, el Departamento de Estado señala que Blinken y Austin “prometieron continuar su apoyo para el cumplimiento de las necesidades humanitarias, de seguridad y económicas” de Ucrania.

A un lado de la mesa estaba la representación estadounidense y al otro, la ucrania. Los periodistas han podido escuchar cómo Kuleba le contaba al presidente de EE UU que había podido descansar en el tren de Kiev a Varsovia porque ha aprendido a “dormir en cualquier circunstancia” desde que empezó la guerra. Biden le respondió que él también podía dormirse en los trenes, porque cuando era senador los usaba a diario para trasladarse entre Washington y el Estado en el que residía, Delaware.

Biden se ha entrevistado posteriormente con el presidente polaco, Andrzej Duda, al que ha reafirmado el “compromiso sagrado” de Washington con el Artículo Quinto de la OTAN, el que obliga a socorrer a un Estado miembro si es atacado. Ambos países pertenecen a la Alianza Atlántica.

Biden también tiene previsto reunirse con refugiados ucranios en el estadio de fútbol PGE Narodowy, que ha sido reconvertido en centro de ayuda a quienes abandonan el país. Polonia ha recibido 2,2 millones de los 3,7 millones de refugiados ucranios, según los últimos datos de la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, actualizados este viernes. También conocerá a organizaciones que participan en la respuesta humanitaria.

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A las 18.00, dará en el patio del Palacio Real de Varsovia un discurso que su asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, ha definido como “importante”. Tratará de “los esfuerzos unidos del mundo libre para apoyar al pueblo de Ucrania, hacer responsable a Rusia de su brutal guerra y defender un futuro enraizado en principios democráticos”, según el programa de la Casa Blanca. Réznikov ha anunciado en su cuenta de Twitter que tanto él como Kuleba estarán allí presentes.

El viernes, tras aterrizar en la ciudad polaca de Rzeszów, a unos 80 kilómetros de Ucrania, se reunió con los soldados de la 82 División Militar Aerotransportada de las Fuerzas Armadas estadounidenses, desplazada para reforzar el flanco oriental de la OTAN, y les dedicó unas breves palabras que anticipan las bases de su discurso de este sábado. “Estáis en medio de una lucha entre democracias y oligarcas”, dijo. “Lo que está en juego ―y no solo en lo que estamos haciendo aquí para tratar de ayudar el pueblo ucranio y evitar que continúe la masacre―, sino más allá, lo que está en juego es: ¿a qué se va a parecer la libertad de vuestros hijos y nietos? Estáis involucrados en mucho más que simplemente si podéis aliviar el dolor y sufrimiento del pueblo de Ucrania”. En su anterior escala, en Bruselas, participó en tres cumbres, de la OTAN, el G-7 y la UE.

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La guerra en Ucrania ha provocado que, al menos, tres millones y medio de personas hayan salido del país desde que Rusia inició su invasión el pasado 24 de febrero, según cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Más de la mitad de los que huyen se dirigen a Polonia, uno de los múltiples países fronterizos a los que están intentando llegar. Según la ONU, cientos de miles han cruzado a Moldavia, Rumanía, Hungría y Eslovaquia. En concreto, Polonia ha acogido a más de dos millones de asilados y ha establecido ocho centros de recogida habilitados a lo largo de la frontera con Ucrania. En segundo lugar está Rumanía, que también ha habilitado varios centros de acogida en centros públicos desde el inicio de la guerra y ha acogido a más de medio millón de refugiados. Hungría ha hecho lo propio con poco más de 317.000. Moldavia y Eslovaquia han acogido a 368.000 y 253.000 personas, respectivamente. Además, casi un cuarto de millón de las mujeres y niños que han conseguido alejarse de la guerra lo han hecho emigrando a Rusia.

Sin embargo, los desplazados internos —que han escapado de sus hogares, pero continúan dentro del país— superan los seis millones y medio. El máximo responsable del Alto Comisionado de la ONU para los refugiados, Filippo Grandi, ha manifestado su preocupación por la rapidez con la que la población civil están huyendo de su país. “Entre las responsabilidades de los que conducen la guerra, en cualquier parte del mundo, está el sufrimiento que se causa a los civiles a los que se obliga a escapar”, afirmó Grandi este domingo al comunicar que la cifra de refugiados había alcanzado los diez millones. El Alto Comisionado también aseguró que no se había producido una ola tan rápida de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial, cuando entre 11 y 20 millones de personas tuvieron que marcharse de sus hogares por el conflicto.



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Para llegar hasta el albergue juvenil de Calais reconvertido en centro de acogida para refugiados ucranios, hay que atravesar carreteras, calles y parques rodeados de vallas y hasta muros de hormigón con concertinas. Así se ha parapetado esta ciudad francesa, el punto más cercano a Reino Unido de toda Europa, para dificultar al máximo el acceso a los miles de migrantes que vienen con el sueño de alcanzar como sea territorio británico para empezar una nueva vida. Si no la pierden antes en la peligrosa travesía por el canal de la Mancha. Mientras tanto, la mayoría de esos soñadores sin papeles malvive en tiendas de campaña instaladas en insalubres solares de la periferia de esta localidad que desde hace años es un símbolo de todas las disfunciones migratorias de Europa.

Nada de eso se ve desde las ventanas del sólido edificio situado “al borde del mar y a dos pasos del centro de la ciudad”, como se publicita el albergue de 84 habitaciones, restaurante y hasta jardín que la Alcaldía de Calais reservó en cuanto empezaron a llegar los primeros ucranios de paso hacia el Reino Unido.

Además de productos básicos, los ucranios reciben ayuda para gestionar lo antes posible sus papeles. Ya lo pueden hacer por internet, aunque por si acaso, una lanzadera les lleva hasta puesto consular británico recién abierto para ellos en Arrás, la capital administrativa de la región. Pavlo es un ucranio residente en el Reino Unido que fue a Polonia a buscar a su madre, su hermana, una cuñada y dos amigas recién huidas de su ciudad natal, Zaporiyia. Cuando llegó el miércoles al albergue, este estaba casi vacío: la mayoría de los refugiados ya había logrado tramitar sus papeles. También Pavlo esperaba poder abordar pronto un ferri con su familia.

Todo eso es una quimera para Saddam, un sudanés de 25 años que lleva algo más de un año “estancado” en Calais. Como los ucranios, también huyó de un país en guerra casi constante, pasó por el “infierno” de Libia y casi se ahoga en el Mediterráneo, relata. Creyó que al llegar a Europa, el continente “de los derechos humanos”, como lo llamaba, su odisea había acabado. “Pero mira”, dice frustrado mientras se mesa la cabellera que, desde que está en Calais, se le ha poblado de canas.

Migrantes en Calais.
Migrantes en Calais.Álvaro García

Como los alrededor de 1.500 migrantes irregulares que esperan en Calais una manera de llegar a Reino Unido (casi todos lanzándose de nuevo al mar, aunque todavía hay quienes intentan saltar a un camión para atravesar el supervigilado Eurotúnel), Saddam malvive en una vieja tienda de campaña. Se pasa el día esquivando a la policía que se lo ha llevado ya tres veces a la frontera de Francia —una vez lo dejaron en Biarritz, cuenta— y que cada 48 horas o menos realiza batidas para desmantelar la docena de campamentos irregulares en los que, nada más marcharse los agentes, vuelven a instalarse los migrantes con lo poco que les queda. Un ejemplo de la futilidad de una política que no consigue desalentar a nadie, pero que hace más difícil aún la vida de quienes no tienen nada.

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Estos hombres jóvenes, aunque también hay mujeres y niños, proceden en su mayoría de países en conflicto como Sudán, Eritrea, Siria o Afganistán y dependen para casi todo, desde comer algo caliente o lavarse a cargar su teléfono móvil, de asociaciones solidarias que intentan cubrir sus necesidades básicas. Lo hacen en las afueras de la ciudad, ya que tienen prohibido instalarse en el centro de Calais, donde no ha habido problema alguno para alojar a los ucranios. Llevan ya más de 20.000 euros en multas por contravenir las normas, denunció esta semana la ONG Utopia 56.

Mientras reparte café, té y chocolate caliente, Suzy Corey, una voluntaria británica de la asociación Café Calais, asegura sentirse “muy contenta porque los refugiados ucranios hayan encontrado aquí tanta caridad”. Al mismo tiempo, reconoce estar “frustrada”, porque “obviamente los ucranios vienen de una situación terrible, pero estos hombres también huyen de situaciones similares, de guerras, de crisis humanitarias”. Como Ahmed, otro sudanés de 22 años. Acaba de llegar a Calais y ya ha oído hablar del albergue de los ucranios. Él ha pasado su primera noche a la intemperie, “sin una manta, con los zapatos mojados”, cuenta. “Nuestra situación es la misma. Pero ya veo que a nosotros no nos tratan tan bien”. Quizás, aventura, porque “los ucranios tienen piel y ojos claros. Los nuestros son oscuros”.

La alcaldesa de la ciudad, Natacha Bouchart, defensora de la mano dura contra los migrantes irregulares de Calais, justifica la disparidad de trato con el argumento que también esgrime el Gobierno de Emmanuel Macron: “La gran diferencia”, declaró la regidora, “es que los ucranios están en situación regular”, gracias al estatus de protección temporal otorgado por la Unión Europea.

Nadie, ni los migrantes como Saddam o Ahmed, ni las asociaciones que trabajan sobre el terreno, discute el derecho de los refugiados ucranios a ser tratados con dignidad. Lo que cuestionan es lo que Alexandra Limousin, del Auberge des Migrants, llama una “acogida a dos velocidades” en Calais y en buena parte de Europa: la vía rápida y segura para los ucranios y la precariedad y acoso de las autoridades al resto.

Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

“Deploramos la diferencia de trato. ¿Por qué unos reciben más que otros?”, denuncia. Su asociación está estudiando la posibilidad de presentar una demanda por discriminación.

No se trata de pedir que se meta a los refugiados ucranios en tiendas de campaña bajo los puentes, sino de que se abra el albergue a los demás migrantes”, subraya Sophie Djigo, fundadora de Migraction 59, una plataforma ciudadana que ofrece desde hace años una acogida temporal, normalmente los fines de semana, a los migrantes irregulares en casas de voluntarios como Jeremy Ollivier y Sandra Moreau. Por el hogar en Calais de esta pareja de profesores de filosofía de secundaria, han pasado en tres años una treintena de migrantes.

Para ellos, lo más chocante es la “invisibilidad” del problema que ha puesto de relieve la llegada de los ucranios. “No es ni siquiera que los comparemos, que digamos que hay refugiados buenos y malos”, señala Moreau. “El problema es que unos ni siquiera existen (…) es terrible ver el nivel de invisibilización al que hemos llegado, hacemos como si los primeros refugiados que llegan son los ucranios”.

Horrorizado por las imágenes de refugiados huyendo con lo puesto, Asher Shane, un padre de familia de Southampton, decidió venir a Calais una semana para ayudar a los ucranios en lo que fuera, “a hacer papeles, a llevarlos al supermercado”, cuenta. Pero al llegar al albergue juvenil, le dijeron que no hacía falta. “Aquí tienen de todo”. Así que se apuntó a Café Calais, para ayudar a los otros migrantes, de cuya existencia y situación, admite, no tenía ni idea.

Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

Mientras Saddam tomaba algo caliente y charlaba con voluntarios como Shane, la policía desmanteló otra vez su campamento. “Por supuesto que no les deseamos nada malo a los ucranios, son seres humanos, como nosotros. Yo lo único que quiero es que la policía me deje tranquilo. No me importa pasar otros tres años en una tienda, pero que me dejen tranquilo”, se exaspera. Las asociaciones de Calais y de otros puntos de Francia llevan años pidiendo, infructuosamente, unos recursos que, hasta la llegada de los refugiados ucranios, parecían imposibles. Para Moreau, “esto demuestra que hay sitio para todos y que, cuando queremos, acoger refugiados no es un problema”. Lo que falta, coinciden todos, es voluntad política. Y quizás algo más de empatía para los que huyen de guerras más lejanas, pero no menos terribles y no se parecen tanto a nosotros.

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Debajo de un puente peatonal, un policía municipal de Tijuana juega con su teléfono. Desde el interior de un coche vigila una plaza acordonada, desierta. La garita El Chaparral, uno de los pasos peatonales de México a Estados Unidos, albergaba un campamento de casi 400 migrantes centroamericanos que pedían ingresar a California. Fueron desalojados del lugar el 6 de marzo. Hoy viven en diversos albergues. La zona se prepara ahora para la crisis que viene. El uniformado apuntaba el miércoles al oeste, a la aduana de San Ysidro, a poco más de dos kilómetros de distancia. “Allá están llegando los rusos”, decía con impaciencia por volver al móvil. Una de las fronteras con más movimiento de América aguarda las olas que ha provocado del otro lado del globo la guerra en Europa, un conflicto que ha dejado hasta el momento a tres millones de ucranios desplazados.

Ucranios y rusos comenzaron a llegar a la línea fronteriza la semana pasada. Se toparon con el muro que la Administración de Joe Biden ha dejado en pie de los tiempos de su predecesor, Donald Trump, un pantano burocrático que retrasa las solicitudes de refugio y asilo, un mecanismo que fue dañado por el republicano y que el presente Gobierno ha prometido reparar. Pero el recrudecimiento de la ofensiva de Vladímir Putin en Ucrania ha movido el engranaje en Washington. Cualquiera que muestre hoy un pasaporte ucranio puede entrar a Estados Unidos. El domingo pasaron once, el lunes nueve. Y así ha sido, a cuentagotas, en una aduana donde cada día cruzan en promedio unas 14.400 personas. Los ciudadanos del país bajo asedio son estos días una estrella fugaz en la frontera. Su paso parte en dos las nutridas filas de personas que aguardan el cruce.

TIJUANA BAJA CALIFORNIA, 11MARZO2022.- Familias víctimas del conflicto entre Ucrania y Rusia sigue arribando  a Tijuana y permanecen en la entrada de la garita Internacional de San Ysidro con el objetivo de pedir asilo humanitario a Estados Unidos. Los migrantes están a la espera en la garita peatonal para ser atendidos por personal del CBP (Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos) de los cuales hay menores de edad.Estas familias salieron de sus países el pasado 24 de febrero y llegaron a la ciudad ayer, una de las grandes complicaciones a las que dicen que se han enfrentado es el idioma, pues no hablan español ni inglés, por lo que han tenido que utilizar aplicaciones de traducción para poder comunicarse. FOTO: OMAR MARTÍNEZ /CUARTOSCURO.COM

“Sabemos que los ucranios son los privilegiados ahora”, cuenta Marc, un moscovita de 32 años, quien prefiere no revelar su apellido. Es uno entre la treintena de rusos que han llegado a Tijuana en los días recientes. Gerente de un restaurante, se opone a la guerra y acudió a algunas manifestaciones en contra del conflicto. Dice que tenía un buen sueldo y un buen salario. Reconoce que tuvo algunos problemas con la policía, pero no quiere entrar en detalle porque sus padres y suegros siguen en el país. “La guerra me dejó claro que nada volverá a ser igual en Rusia. Las cosas iban mal y ahora solo pueden ir a peor”, afirma en inglés.

Gastó 2.000 dólares en billetes de avión para él y su esposa Oxana, de 29 años. Salieron hace seis días a Turquía, después para Alemania, desde donde volaron al puerto turístico de Cancún. Sentado frente a las olas del Caribe, pensaron qué hacer con sus vidas. Cuatro días después, allí están. Duermen sobre el asfalto, a escasos metros de la puerta que sueñan cruzar como asilados políticos. “No son vacaciones, estamos huyendo”, afirma. Es rubio, rapado y de ojos de un verde profundo. Viste una camiseta del álbum de And Justice for All, de Metallica. No le queda más que esperar, aunque sea un año. “No habrá vuelta para nosotros a Rusia”.

Ciudadanos rusos en la garita de San Ysidro.
Ciudadanos rusos en la garita de San Ysidro. Omar Martínez (CUARTOSCURO)

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Las autoridades locales temen que este campamento se salga de control en las próximas semanas. Los asentamientos despiertan el optimismo de muchos otros. En menos de una semana, allí llegaron migrantes de Guerrero que huían de la violencia, una pareja de colombianos y hasta un sirio cuyo lenguaje de solidaridad con los rusos se basaba en el intercambio de cigarrillos. Migrar es más fácil si es un sueño colectivo. Pero la tarde del miércoles un funcionario del ayuntamiento de Tijuana se acercó al grupo para entregarles una carta que les prohíbe dormir o vivir en la calle. El texto les ofrecía llevarlos a uno de los albergues de la ciudad. El documento tardó días en llegar porque no encontraban a un traductor que redactara en ruso. El mensaje dejó preocupados a los nuevos migrantes.

Una haitiana que paseaba a su perro por la garita fronteriza le daba consejo a Maxi, un checheno de 35 años que arribó también al Estado de Quintana Roo desde San Petersburgo junto a su esposa Amina, embarazada de dos meses, y dos hijas, de 5 y 8 años. “Hagan lo que hagan, no les mientan [a las autoridades de EE UU] ni traten de entrar ilegalmente. Si lo hacen, nunca los van a dejar pasar”, les indicaba la mujer. Maxi, quien se considera un disidente, dice que no está dispuesto a soportar más las mentiras del régimen de Putin, un nombre que tanto él como los otros mencionan en un susurro. “Esto nunca podría pasar en Rusia. Estaríamos cinco minutos y después todos estaríamos en la cárcel. Tú incluido”, dice a través de la traducción de Marc. Amina explica que las niñas extrañan a sus maestras y a sus compañeros de la escuela. De momento, les han contado que todo es una aventura. También les han mentido diciendo que pronto volverán a casa.

La garita de San Ysidro es un punto que recibe las interminables crisis del mundo. La llegada de hondureños habla de la miseria y la violencia pandillera. La de venezolanos, de una emergencia económica y humanitaria sin salida. Los haitianos, de una crisis política y los desastres naturales que se han ensañado con su país. Los mexicanos huyen de las balas del narco. Y Yuri Savkin, de 36 años, porque quería poner la mayor distancia posible entre su país y él. “En mi opinión, hay una posibilidad de que Putin lance un misil nuclear a Europa”, dice con ayuda del traductor de Google.

Savkin viajó desde Chernogolovka, a 80 kilómetros de Moscú, hasta Ciudad de México, adonde aterrizó el 14 de marzo. Junto a él llegaron su esposa Helen, de 44, y Sonia, su hija de 9 años. “Decidí abandonar el país y no esperar el llamado del Ejército porque no quiero luchar contra la población civil ni obedecer órdenes criminales”, afirma. Viste una elegante chaqueta de Tommy Hilfiger y su rostro luce manchas de protector solar. En su país era un empresario con un servicio de inversiones financieras. Todo se ha esfumado con las sanciones impuestas por Occidente. Tiene 3.000 dólares con él. No puede tocar el dinero que tiene en Inglaterra. Sus tarjetas están bloqueadas y sus cuentas congeladas. Hoy su único privilegio es ocupar el primer sitio junto a la cerca de alambre de púas, la violenta arquitectura de la Patrulla Fronteriza. Lleva cinco días publicando su historia en las redes sociales de políticos estadounidenses. Cuenta con 180 días, la estancia legal en México, para que alguien en Estados Unidos lo escuche. “No hay plan B”, finaliza.

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Vilka y Step [alias de dos jóvenes activistas ucranios] reciben a EL PAÍS en un taller mecánico en la provincia de Lviv, región ucrania limítrofe con Polonia. El reportaje en vídeo que acompaña esta noticia muestra que Vilka y Step acaban de recibir un cargamento a manos de tres compañeros polacos. Una furgoneta acaba de cruzar la frontera cargada de cajas que contienen, sobre todo, medicinas, material quirúrgico y elementos de protección antibalas. También hay generadores eléctricos, bidones de gasolina, compresas… Son bienes comprados por colectivos anarquistas de Polonia, Alemania y Holanda y van destinados al Comité de Resistencia, el batallón formado por militantes anarquistas, antiautoritarios y antifascistas. El Comité de Resistencia es parte de las Unidades de Defensa Territorial, la milicia formada por civiles auspiciada por el ejército ucranio. La mayoría de las Unidades de Defensa se forman con un criterio geográfico: por pueblos, por barrios, incluso por calles en las ciudades más grandes. Aunque la mayoría de quienes forman las Unidades no comparten la ideología de Vilka y Step, estos creen que la autoorganización y la autonomía por la que se rige la milicia encaja como un guante con sus ideas anarquistas. “La idea de los anarquistas que participan en la lucha armada es que no luchan por el estado de Ucrania sino por la gente de Ucrania” afirma Vilka.

Desde 2014, los movimientos de extrema derecha han sabido rentabilizar la guerra en las provincias de Lugansk y Donetsk para aumentar su poder y su influencia. El Batallón Azov, formado por neonazis en forma de milicia, es ahora un regimiento integrado en el ejército regular que sigue utilizando simbología nazi. Sin embargo, Vilka y Step creen que, a diferencia de 2014, en la guerra de 2022 hay tanta gente diversa que ha tomado las armas en las Unidades de Defensa Territorial que la influencia de los grupos de extrema derecha ha quedado diluida. Siguen existiendo pero su influencia en menor, según Vilka. Es una idea compartida por otras soldadas entrevistadas por EL PAÍS en reportajes anteriores. La existencia de milicias de extrema derecha es utilizada por Rusia para calificar como nazi a la totalidad de las unidades militares ucranias. Step considera que Vladimir Putin hace un uso torticero del antifascismo. “Son falsos antifascistas que encarcelan a los verdaderos antifascistas de su país. En Rusia hay una feroz represión contra toda la oposición, también contra los anarquistas. Muchos de nuestros amigos están en la cárcel y muchos rusos se habían refugiado en Ucrania para escapar del régimen de Putin”, dice Step.

El anarquismo no es nuevo en Ucrania. Aquí, hace un siglo, Ejército Negro de Nestor Majno creó una federación de comunas campesinas que se extendió por el sureste de Ucrania, la costa del mar del Mar Negro y la península de Crimea. Fue el territorio “sin Dios ni amo” más grande de la historia contemporánea. Aunque no hay una continuidad histórica con los majnovistas, los movimientos anarquistas ucranios se inspiran en ellos, como también en la CNT española y su papel en la guerra civil española. Entonces, España recibió a miles de voluntarios que formaron las Brigadas Internacionales. Ahora, el Comité de Resistencia ha hecho un llamamiento para que anarquistas y antifascistas de otros países se unan a su lucha en Ucrania. En su canal de Telegram tienen un formulario para unirse a su batallón en el frente de Kiev. “El régimen actual de Rusia es similar al fascismo y bajo él y sufriríamos mucho más bajo ese régimen homofóbico, sexista y xenófobo. Además, nuestra identidad nacional también es importante”, proclama Vilka para explicar por qué los colectivos libertarios han decidido responder con las armas a la invasión rusa.

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Cora Mohr empuja el carrito de su bebé de 11 meses mientras pasea por la estación central de Berlín enseñando el cartel que ha improvisado en casa con un rotulador negro: “Una habitación libre para una madre y un niño”. A su alrededor, decenas de voluntarios ayudan a poner en contacto a quienes como ella ofrecen alojamiento con los refugiados ucranios recién llegados que necesitan un lugar en el que quedarse. Mohr, empleada en una empresa de márketin de 27 años, confía en encontrar rápidamente a las dos personas que cree que caben con cierta comodidad en la pequeña habitación del bebé, que ella y su novio han reacondicionado con un colchón recién comprado en Wallapop. En caso de emergencia, podría acoger a alguien más, dice: “No tengo mucho dinero para donar, pero quería ayudar de alguna forma. Es muy triste ver el sufrimiento de las familias ucranias”.

Lo que empezó como un goteo se ha convertido con el paso de los días en un flujo constante de llegadas de trenes a rebosar de mujeres y niños que huyen de la guerra de Ucrania. La necesidad ha transformado esta estación de Berlín en un centro de bienvenida improvisado, donde un ejército de voluntarios ayuda a los recién llegados en todo lo que puedan necesitar. Hay traductores, se sirve comida y bebida calientes, se reparte ropa de abrigo, zapatos, pañales y tarjetas SIM para que puedan comunicarse con sus familias. Ya han llegado a Alemania más de 80.000 personas, pero esta cifra es aproximada y seguramente está infraestimada, porque no hay controles fronterizos en las fronteras internas de la UE.

La estación central de trenes de Berlín se ha convertido en el punto neurálgico de la asistencia a los refugiados que llegan por miles a la capital alemana.
La estación central de trenes de Berlín se ha convertido en el punto neurálgico de la asistencia a los refugiados que llegan por miles a la capital alemana. Patricia Sevilla Ciordia (Foto: Patricia Sevilla Ciordia)

Junto al lugar donde berlineses, y otros alemanes llegados de ciudades distantes como Aquisgrán, ofrecen sus casas, se ha instalado un pequeño jardín de infancia donde los niños se entretienen con juguetes. El centro de acogida ocupa prácticamente una planta entera de la estación. Franzi, una voluntaria de 16 años, estudiante de secundaria, se encarga de recoger las donaciones, que no dejan de llegar. “Muchos vienen, preguntan qué necesitamos y vuelven al rato con bolsas llenas. Es increíble cómo está respondiendo la gente”. Es su cuarto día seguido en la estación. Vio en la televisión lo que ocurría y no pudo quedarse en casa, relata.

Cora Mohr, de 27 años, ofrece una habitación libre en su casa a refugiados ucranios que llegan a la estación central de Berlín, el lunes pasado.
Cora Mohr, de 27 años, ofrece una habitación libre en su casa a refugiados ucranios que llegan a la estación central de Berlín, el lunes pasado.E. S.

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La escena —asegura una voluntaria que lo vivió— recuerda a 2015, cuando más de un millón de personas llegaron a Europa huyendo de la guerra en Siria, sobre todo a Alemania, que acogió a la mayoría de refugiados. Las ONG aseguran estar ahora mejor preparadas, aunque en esta ocasión mucha ayuda se está canalizando por vías informales, en redes sociales, en grupos de mensajería como Telegram, en parroquias y tiendas.

Las infraestructuras públicas de la ciudad empiezan a sobrecargarse, por lo que la estación central de Berlín se ha convertido también en un punto de distribución. A los refugiados que llegan en trenes desde la capital polaca, Varsovia, y que no tienen un destino claro se les ofrecen trenes o autobuses para seguir viaje hacia otros Estados federados. Muchos continúan hacia otros países de la UE o hacia otras ciudades alemanas donde les esperan familiares o amigos. La empresa pública de ferrocarril, Deutsche Bahn, entrega billetes gratuitos.

Estudiantes extranjeros

Pero otros no tienen a dónde ir. Waleed, paquistaní de 22 años, espera en la estación con su mujer y una amiga a que alguien les ofrezca un lugar para dormir. Los tres estudiaban en Kiev y salieron con poco más que lo puesto. Llegan después de tres días de viaje, sin dormir, y contando cómo en la frontera fueron discriminados por no ser ciudadanos ucranios. “Nos dejaban al final de las colas y casi nos quedamos sin subir al autobús”, dice este estudiante de ingeniería aeronáutica.

Voluntarios reparten comida y bebidas a refugiados ucranianos llegados a la estación central de Berlín.
Voluntarios reparten comida y bebidas a refugiados ucranianos llegados a la estación central de Berlín. Patricia Sevilla Ciordia (Foto: Patricia Sevilla Ciordia)

“Vinimos a Europa para construirnos un futuro y nos encontramos como refugiados de guerra y con un futuro muy oscuro”. Ahora que han dejado atrás las sirenas antiaéreas y los bombardeos, su mayor preocupación es poder acabar la carrera. Lo intentarán en Berlín, asegura, aunque teme que su nacionalidad —su mujer, a la que conoció en Kiev, es tunecina; su amiga, iraní— les dificulte la estancia. La ministra del Interior alemana, Nancy Faeser, aseguró el domingo que el país acogerá a todos los refugiados de la invasión de Ucrania, sin importar su nacionalidad.

Acoger a una familia de seis

Svitlana Savkevych, bibliotecaria de 42 años, llegó a Berlín hace unos días con su hermana, Tatiana, y los hijos adolescentes de ambas. En la ciudad de Avdíivka, en el este de Ucrania, han dejado a su madre, que no quiso abandonar su casa, y a sus maridos que no pueden salir. “Fue una decisión muy difícil”, asegura. Cuando empezó la invasión pasaron varias noches en el sótano de su madre, más caliente que el suyo, hasta que se convencieron de que era mejor huir. Al principio dudaban: llevan años viviendo a pocos kilómetros del frente de la guerra del Donbás y casi se habían acostumbrado a convivir a las puertas de un conflicto armado. La primera etapa del viaje consistió en 36 horas sofocantes en un vagón de tren atestado y con las ventanas cerradas que se iba parando continuamente. “Por la noche se oían disparos”, recuerda.

En Lviv, al oeste del país, durmieron en un gimnasio y, una vez cruzaron la frontera con Polonia en autobús, pernoctaron en una parroquia. Allí les recogió un amigo que les llevó en furgoneta hasta Berlín. En total les costó cinco días. “Volveremos en cuanto sea posible”, asegura convencida Svitlana en el salón de Elena Jerzdeva, que ha acogido por tiempo indeterminado a los seis refugiados en su casa del barrio berlinés de Hansaviertel. Jerzdeva, periodista bielorrusa que lleva casi 20 años viviendo en Alemania, trata ahora de conseguir ordenadores para que los cuatro adolescentes puedan seguir sus clases, y ya les ha buscado un profesor de alemán.

Ayuda espontánea

Como está ocurriendo con muchas iniciativas solidarias en Alemania, los grupos de Telegram y Whatsapp o las páginas web creadas específicamente para apoyar a los refugiados se han convertido en el mejor punto de encuentro. Así se pusieron de acuerdo Oleksii Burlachenko y Thomas Wehner para conducir juntos desde Berlín casi 1.000 kilómetros hasta la frontera entre Polonia y Ucrania. Quedaron en una parroquia en Friedenau, al suroeste de Berlín, donde la comunidad ucrania lleva días recogiendo comida, ropa, medicamentos, hasta colchones. Burlachenko, ucranio de 29 años residente en la ciudad alemana, iba al encuentro de su madre, hermana y sobrina, que huían de Kiev. Wehner, empleado de una consultora, se ofreció a acompañarle y conducir una furgoneta prestada cargada de suministros médicos (batas quirúrgicas, inyecciones, desinfectante) con la que después traer de vuelta a Berlín a quien lo necesitase.

Un voluntario carga en la parroquia de Philippus-Nathanael, en Berlín, cajas de material médico que Oleksii y Thomas van a llevar hasta la frontera de Polonia con Ukrania con un coche y una furgoneta.
Un voluntario carga en la parroquia de Philippus-Nathanael, en Berlín, cajas de material médico que Oleksii y Thomas van a llevar hasta la frontera de Polonia con Ukrania con un coche y una furgoneta. Patricia Sevilla Ciordia (.)

“Llamé a mi jefe ayer por la noche y le pedí permiso para viajar a la frontera. No me puso ningún problema”, contaba Wehner antes de salir. El viaje se organizó en menos de un día y la carga de los vehículos, en poco más de una hora. Mientras varios voluntarios acarreaban cajas, las donaciones seguían llegando a la iglesia, cedida durante el mes de marzo por la comunidad evangélica a la iglesia ortodoxa ucrania para centralizar la ayuda a los refugiados. “Hemos traído comida y pañales. ¿Dónde lo dejamos?”, preguntaron dos jubiladas a la entrada del templo, cargadas con bolsas de supermercado. “¿Salís para la frontera?”, inquirió un hombre mayor, llevándose la mano a la cartera. Sacó 30 euros y se los dio sin más a Burlachenko. “Toma, para gasolina. Buena suerte”.

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A finales de enero, cuando una invasión rusa de Ucrania parecía solo un mal sueño para muchos en Europa, el viceministro de Interior de Polonia, Maciej Wasik, declaró que su país —que linda con Ucrania justo por el lado opuesto a Rusia— “debía prepararse para el peor escenario posible”: la llegada de “incluso un millón de refugiados”. En apenas dos semanas de guerra, Polonia ha recibido ya casi 1,3 millones. Es el 60% de los 2,15 millones de ucranios que han cruzado a los países vecinos huyendo de la ofensiva rusa, en el éxodo más rápido en Europa desde el fin de la II Guerra Mundial, según los últimos datos de la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, de este martes.

Pese a las dimensiones de la oleada humana, el país no se ha convertido en sinónimo de personas a la intemperie justo cuando nieva y las temperaturas mínimas llegan hasta los nueve grados bajo cero. Prácticamente todos los refugiados ucranios tienen un techo, gracias sobre todo a familiares, amigos, ONG, voluntarios, empresas y autoridades locales, que se han apresurado a habilitar centros de alojamiento, organizar la acogida temporal por familias, difundir información en ucranio e inglés, y dar consejo legal y apoyo psicológico, entre otras necesidades.

A la estación central de la ciudad de Lublin, en el este de Polonia y con cerca de 350.000 habitantes, llegan autobuses desde Ucrania cada pocos minutos con carteles de ciudades —escritas tanto en alfabeto cirílico como latino— como Lviv, Ivano-Frankivsk, Chernivtsi, Rovno o Vinitsia. Los pasajeros bajan con maletas, bolsas de plástico repletas y cara de desconcierto, pero enseguida se topan con carteles indicativos en su lengua y mesas donde obtener gratuitamente agua, comida caliente, pañales, kleenex o fórmula para bebés. Hay además cajas con peluches, ropa y hasta carritos de bebé donados. Muchos se dirigen directamente a la estación de tren, gratuito estos días para los ucranios. Son casi todos mujeres y niños, porque los hombres de 18 a 60 años tienen prohibido salir de Ucrania, salvo algunas excepciones.

La estación está llena además de voluntarios, varios de los cuales hablan al menos ucranio o ruso, como Oksana Skrinnik, de 29 años y originaria de Járkov, en el este de Ucrania. Residía en Estocolmo cuando estalló la guerra y hace tres días se desplazó a Lublin para ayudar a sus compatriotas. “Llegan entre 1.000 y 2.000 al día. Algunos no tienen familiares aquí, así que solo necesitan un techo uno o dos días, descansar un poco y coger algo de comida”, señala. “Normalmente no tienen ni idea de cómo actuar”, agrega.

Es por ello que Nikita Nalivko se mueve de uno a otro lado de la estación respondiendo preguntas. Tiene 20 años y lleva un brazalete rojo que significa que, además de ayudar, puede traducir. El inicio de la ofensiva rusa, hace dos semanas, le pilló en Lublin, donde lleva tres años y estudia Relaciones Internacionales en la Universidad Católica Juan Pablo II. Mientras, en Ucrania, su tío participa como voluntario en la defensa de Kiev y su padre, en la de Stavishche, en la región de la capital. También su madre se niega a abandonar el país.

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Un voluntario ayuda a una mujer en el hall de la estación de autobuses de Lublin, este miércoles.
Un voluntario ayuda a una mujer en el hall de la estación de autobuses de Lublin, este miércoles.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

Lublin no es la ruta que más refugiados recorren, pero sí una salida natural desde la asediada Kiev. La carretera E373 comienza en la capital ucrania y termina poco antes de Lublin, a apenas dos horas por carretera de Varsovia. El aeropuerto de la capital polaca está lleno de carteles, añadidos recientemente, con conexiones a numerosos destinos.

Dos encuestas recientes muestran que un 90% de los polacos apoya recibir refugiados ucranios y un 64% está dispuesto a ayudarlos personalmente, una postura en la que parece pesar tanto que son europeos como la difícil relación histórica con Rusia. En Polonia se han recogido cientos de toneladas de ayuda y en la ciudad de Lodz las autoridades han pedido espaciar las donaciones de sangre de tantas que ha habido en los últimos días. Una de las principales cadenas de supermercados está pagando además un bonus a sus empleados ucranios.

Un coche frente a la estación de autobuses, en el centro de Lublin.
Un coche frente a la estación de autobuses, en el centro de Lublin. MASSIMILIANO MINOCRI

El Gobierno aprobó este martes la creación de un fondo de 8.000 millones de eslotis (unos 1.670 millones de euros) para ayudar a los refugiados ucranios. Los gobiernos locales serán compensados por el coste que les suponga proveer educación y sanidad a los recién llegados, y los refugiados ucranios tendrán el mismo acceso al sistema sanitario que los ciudadanos polacos. Además, los polacos que alojen familias ucranias recibirán 40 eslotis diarios (unos ocho euros) durante un máximo de dos meses. Ya antes se había habilitado para peatones puestos fronterizos solo para vehículos. Queda el problema del empleo. El Gobierno quiere facilitar los permisos de trabajo y el cobro de subsidios por hijo para los refugiados ucranios, que ahora mismo suponen un problema burocrático.

Pero si Polonia no se ha visto sobrepasada por la avalancha de refugiados es en buena medida por ser un país de paso hacia destinos más populares, como Alemania, Italia, España o el Reino Unido. Bastantes ucranios tienen además compatriotas —familiares, amigos o conocidos— que los alojan y ayudan estos días. En Polonia hay más de un millón de ucranios, principalmente migrantes económicos atraídos desde hace años por mejores salarios, facilidades con el visado y una lengua similar. Los refugiados han recurrido más a estas redes informales de ayuda que a los centros de recepción desplegados por las autoridades, explicó este miércoles el máximo responsable de Acnur, Filippo Grandi, citado por la agencia Reuters. “Es la mejor forma para ellos de sentirse bienvenidos y en un ambiente familiar. También de que el peso recaiga menos en los servicios sociales, francamente, lo que es muy importante para estos países”, agregó.

Refugiados ucranianos llegan a la estación de autobuses de Lublin, este miércoles.
Refugiados ucranianos llegan a la estación de autobuses de Lublin, este miércoles. MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

“El 90% de ucranios no quiere utilizar esos puntos de recepción, porque temen tener que quedarse en Polonia y porque legalizar el estatus es muy difícil en el país. Nadie quiere meterse en ese proceso, así que simplemente evitan el contacto con funcionarios polacos”, apunta Karolina Wierzbinska, coordinadora y cofundadora de la ONG polaca Homo Faber.

Wierzbinska habla en un macrocentro cultural con cine, biblioteca y teatro reconvertido en centro de ayuda a los refugiados. Solo duermen allí un puñado, en unas colchonetas y sacos de dormir extendidas para quienes carecen de alternativa. Homo Faber gestiona allí un call center al que pueden llamar los refugiados ucranios 24 horas al día, toda la semana. Desde que el Gobierno polaco publicó el número, están desbordados. Más de 5.000 personas se han postulado como voluntarias a la ONG, presente también en cuatro pasos fronterizos y 12 puntos de recepción.

La responsable del servicio de atención de llamadas, Beata Siemaszko, ve un cambio de patrón en las llamadas. “Estamos afrontando últimamente problemas más complicados, no solo de comida y alojamiento, sino cuestiones legales o preguntas del estilo ‘qué tipo de trabajo debo tener para que mis hijos puedan ir a la guardería’. Somos el primer frente, tratando de entender unas normas sobre las que no decidimos”, protesta Siemaszko, que acusa de falta de colaboración al Gobierno regional, del mismo partido ultraconservador, Ley y Justicia (PiS), que lidera el Ejecutivo nacional.

“Cada vez llama gente más desesperada, a la que cuesta más ayudar porque cuesta más entender”, lamenta Rostik Sijovskii, un voluntario de 18 años en el centro de recepción de llamadas. “También recibimos llamadas desde Ucrania, pero les explicamos que poco podemos hacer por ellos hasta que no crucen la frontera”.

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