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El conflicto de Malí se ha recrudecido en el último mes en un contexto de retirada de las tropas francesas de la Operación Barkhane y reorganización de los grupos yihadistas que operan en esta zona, especialmente la rama local de Estado Islámico (EI). Los constantes ataques contra el Ejército y los enfrentamientos entre los propios grupos armados, que han causado decenas de muertos según Naciones Unidas en uno de los meses más sangrientos de un conflicto que dura ya una década, pero la tendencia más preocupante es el incremento de la violencia contra la población civil por todos los bandos. La organización Human Rights Watch asegura que el Ejército de Malí, que ya opera con el apoyo de instructores rusos, es responsable de al menos 71 víctimas civiles en el presente año, extremo que el Gobierno militar maliense niega. El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha llamado a Malí y sus socios internacionales a respetar sus “obligaciones internacionales” durante las operaciones antiterroristas.

La retirada de la Operación Barkhane de Malí, acelerada por el desacuerdo entre las autoridades de Bamako y el presidente francés, Emmanuel Macron, está en marcha. Las bases galas de Kidal, Tessalit y Tombuctú ya han sido traspasadas a las Fuerzas Armadas malienses y lo mismo ocurrirá en las próximas semanas con las bases de Gossi, Gao y Ménaka. Además, Barkhane ha visto limitada su capacidad de intervención aérea ante las trabas puestas por el Ejecutivo maliense.

Frente a esta reducción de la operatividad de Barkhane, la rama local de Estado Islámico ha pasado por un proceso de reorganización interna e intensificación de su actividad. Tras la muerte de su histórico líder Abu Walid al Saharaui a consecuencia de un ataque aéreo francés en agosto de 2021 y el fallecimiento de su número dos por causas naturales, el poder ha sido asumido por dirigentes jóvenes y muy violentos procedentes de las comunidades peul y árabe. Desde el pasado 21 de marzo esta rama local, antes llamada Estado Islámico del Gran Sahara (EIGS), pasó a llamarse Provincia del Estado Islámico en el Sahel, lo que le da una mayor autonomía y apunta a una mayor relevancia en el seno de la organización terrorista.

Estado Islámico es el responsable de los brutales ataques contra los pueblos de Tamalat e Insinane del 8 y 9 de marzo, en el que según diferentes fuentes fueron masacrados decenas de civiles de la etnia tuareg a los que acusaba de complicidad con el Movimiento de Salvación de Azawad (MSA), un grupo armado tuareg con el que mantiene frecuentes choques. Ambos grupos se enfrentan desde hace tres semanas en la región de Ménaka, provocando también miles de desplazados. EI reclamó la autoría de la muerte de 250 combatientes y civiles, mientras que fuentes del MSA elevaron la cifra de fallecidos a 400. Una semana más tarde, los yihadistas asumieron el ataque contra el puesto militar maliense de Tessit del pasado 14 de marzo, en el que fueron asesinados 33 soldados y 14 resultaron heridos, según informó el Estado Mayor del Ejército.

Además de Malí, Burkina Faso y Níger han sido escenario también de recientes ataques yihadistas. En este último país, un doble atentado cometido el 14 de marzo contra un autobús y un camión provocó la muerte de 21 civiles mientras que el pasado día 24 fueron asesinados seis militares en el pueblo de Kolmane de la conflictiva región de Tillabéri. En Burkina, la ciudad de Djibo, en el norte del país, está bajo el constante asedio de la rama local de Al Qaeda.

El Estado Islámico no es el único grupo terrorista que opera en la zona. El pasado 4 de marzo, el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), vinculado a Al Qaeda, atacó el cuartel maliense de Mondoro y asesinó a 27 soldados, según un recuento gubernamental. En el comunicado en el que se atribuye esta acción, JNIM aseguró que se trataba de una venganza por la masacre de civiles cometida supuestamente por el Ejército maliense cerca de Diabaly, donde unos 35 sospechosos de colaboración con grupos yihadistas que estaban presos en un cuartel militar fueron ejecutados de manera sumaria y sus cuerpos quemados.

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Instructores rusos

Un reciente informe de Human Rights Watch (HRW) destaca que estas ejecuciones, torturas y detenciones arbitrarias de civiles se habían intensificado en Malí en los últimos meses, cometidas por todos los bandos. Varios testigos aseguraron a esta organización que algunos de los crímenes descritos se habían cometido en presencia de instructores militares rusos que los países occidentales señalan como paramilitares del Grupo Wagner, en una evolución similar a la que vivió la República Centroafricana, donde Naciones Unidas denunció graves delitos contra civiles atribuidos a mercenarios de Rusia en 2018. El Gobierno maliense niega tanto las ejecuciones extrajudiciales, que califica de fake news para desacreditar a sus Fuerzas Armadas, como la presencia de paramilitares.

El informe de HRW señala que desde diciembre de 2021 tiene constancia del asesinato de 107 civiles, la mayoría ejecutados tras su detención, entre los que hay jefes de pueblo, comerciantes, líderes religiosos e incluso niños. De ellos, 71 implican a las fuerzas de seguridad malienses y 36 a grupos armados no estatales, sobre todo yihadistas. “Constatamos un crecimiento dramático del número de civiles, entre ellos sospechosos, asesinados por el Ejército maliense y por grupos islamistas armados”, aseguró Corinne Dufka, directora de HRW para el Sahel. “Este desprecio total por la vida humana, que se expresa en evidentes crímenes de guerra, tendría que ser objeto de investigación y las personas implicadas tendrían que ser castigadas por ello”, añadió.

Los incidentes se produjeron entre diciembre de 2021 y comienzos de marzo de 2022 en las regiones de Segou y Mopti, en el centro del país, y Koulikoro, en torno a la capital, Bamako. Uno de los más graves tuvo lugar a principios de marzo. En los días previos, el Ejército detuvo a decenas de civiles, casi todos de la etnia peul, supuestamente por complicidad con grupos yihadistas en diferentes pueblos próximos a Niono y los trasladó al cuartel militar de Diabaly. La noche del 1 de marzo, 35 de ellos fueron sacados de allí a la fuerza y sus cuerpos aparecieron quemados el día 3 cerca del pueblo de Danguere Wotoro, a 11 kilómetros de Diabaly. Muchos de ellos tenían las manos atadas a la espalda y los ojos vendados.

El alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, expresó a través de su cuenta de Twitter el pasado 13 de marzo su “firme condena” ante “los recientes abusos cometidos en el centro de Malí” después de que aparecieran las primeras informaciones sobre la muerte de estos 35 civiles. Asimismo, mostró el respaldo de la Unión Europea a la investigación abierta por Naciones Unidas para esclarecer los hechos.

“Hay un empeoramiento de la situación en los últimos meses”, asegura Ornella Moderan, experta en el Sahel del Instituto de Estudios de Seguridad (ISS), “y es difícil investigar porque la información circula poco y mal, hay una atmósfera de silencio”. Asegura que ha tenido acceso a informes sobre abusos y violaciones de derechos humanos y que la investigación de HRW no le ha sorprendido. “Es difícil asegurar la participación de elementos extranjeros en todo ello, pero está claro que la intensidad de ejecuciones extrajudiciales no se había visto hasta ahora en este conflicto. Todo ello en los últimos tres o cuatro meses”. Es decir, coincide tanto en el tiempo como con la zona geográfica de despliegue de los uniformados rusos, mercenarios, según Francia y Estados Unidos, e instructores del Ejército, según el Gobierno maliense. “El riesgo de tener actores fantasma sobre el terreno que no tienen personalidad jurídica es que será difícil pedirles que rindan cuentas”, añade.

Bamako ha abierto pese a todo investigaciones y recoge información para averiguar quiénes eran los responsables de los crímenes denunciados por HRW. Prácticamente ninguna investigación anunciada sobre abusos y violaciones de derechos humanos cometidos por fuerzas de seguridad en Malí ha llegado a ninguna conclusión.

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El francés Benjamin Brière, detenido desde mayo de 2020 en Irán, ha sido condenado a ocho años de cárcel por “espionaje”, según anunció este martes uno de sus abogados. Brière, de 36 años y que se encuentra en huelga de hambre, compareció el pasado jueves ante un tribunal revolucionario de Mashhad, al este del país, que le juzgó a puerta cerrada. Además, la sentencia suma otros ocho meses por “propaganda” contra el régimen.

El letrado, Philippe Valent, ha calificado el proceso de “farsa”, según el comunicado del que se hace eco la agencia de noticias France Presse. “Benjamin Brière nunca se ha beneficiado de ninguna forma de juicio justo ante jueces imparciales”, afirma antes de precisar que no había tenido acceso a su expediente y no pudo prepararse para la vista.

“Esta condena, que no se sustenta en nada, es inaceptable”, dijo en una declaración una portavoz del Ministerio de Exteriores de Francia, informa la agencia Efe. “Seguiremos con la mayor atención la situación de nuestro compatriota, que ha decidido apelar”, añadió en su declaración. La diplomacia francesa dice que sigue de cerca el asunto y que la última visita consular para tratar de desatascar el caso tuvo lugar el pasado 17 de enero.

La policía detuvo a Brière, que viajaba en una autocaravana, cuando grababa imágenes con un dron (tipo helicam) por una zona desértica cercana a la frontera con Turkmenistán en mayo de 2020. Los responsables iraníes, que no lo hicieron público hasta febrero del año siguiente, le acusaron de “espionaje y propaganda contra la República Islámica”, dos cargos que él siempre ha negado a través de sus abogados.

Su caso se sumó al de una veintena de detenidos extranjeros que, según las organizaciones de derechos, Teherán pretende utilizar como moneda de cambio en sus relaciones con Occidente.

En opinión de Valent, “la sentencia es el resultado de un juicio puramente político”, por lo que insta a las autoridades francesas a que se impliquen en el caso. “La familia [de Brière] está muy preocupada por su salud física y sicológica, en particular tras el anuncio del veredicto”, señala.

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El abogado iraní que ha defendido a Brière ante el tribunal revolucionario, Saeid Dehghan, manifestó después del juicio que esperaba que le declarasen “inocente porque no había ningún fundamento jurídico para las extrañas acusaciones de propaganda y espionaje”. En conversación con EL PAÍS, también manifestó su preocupación por que el juez hubiera empleado la palabra “intercambio” durante la vista. En su opinión, eso significaba “intercambio de prisioneros”.

Irán ha recurrido a esa fórmula en el pasado. El último caso conocido fue en junio de 2020 cuando logró que Estados Unidos excarcelara al científico iranoestadounidense Majid Taherí, acusado de violar las sanciones al país asiático, a cambio del regreso a casa del veterano de la Marina norteamericana Michael White. Pero no hay constancia de que algún ciudadano iraní se encuentre encarcelado en Francia en la actualidad.

El juicio a Brière coincide, sin embargo, con las negociaciones nucleares en Viena, en las que el régimen iraní acusa a Francia de no cooperar y de defender los intereses de su archienemigo Israel. Algunos analistas señalan que no es coincidencia que a principios de este mes, un juez volvió a encarcelar a la antropóloga iranofrancesa Fariba Adelkhah, que cumplía una condena de cinco años bajo detención domiciliaria. Francia reclamó su inmediata puesta en libertad, pero Irán no reconoce las dobles nacionalidades y considera que cualquier comentario al respecto constituye una interferencia en su sistema judicial.

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Benjamin Brière, un turista francés al que Irán acusa de espionaje, ha comparecido este jueves ante un Tribunal Revolucionario de la ciudad de Mashhad, en el este del país. Brière, que lleva encarcelado casi 20 meses, se encuentra entre la veintena de detenidos extranjeros que, según las organizaciones de derechos, Teherán intenta utilizar como moneda de cambio en sus relaciones con Occidente.

El juicio a Brière, de 36 años, se ha celebrado a puerta cerrada, pero ha sido grabado en vídeo, según ha revelado uno de sus abogados, Saeid Dehghan. El letrado ha declarado a EL PAÍS que no cree que haya otra sesión y que espera la sentencia para la próxima semana. También ha manifestado su preocupación porque el juez haya empleado la palabra “intercambio” durante la vista. En su opinión, eso significa “intercambio de prisioneros”.

Irán ha recurrido a esa fórmula en el pasado. El último caso conocido fue en junio de 2020 cuando logró que Estados Unidos excarcelara al científico iranoestadounidense Majid Taherí, acusado de violar las sanciones al país asiático, a cambio del regreso a casa del veterano de la Marina de Estados Unidos Michael White. Pero no hay constancia de que algún ciudadano iraní se encuentre encarcelado en Francia en la actualidad.

La policía iraní detuvo a Brière en mayo de 2020 cuando volaba un pequeño dron con cámara (helicam) en una zona desértica cercana a la frontera con Turkmenistán, aunque las autoridades no lo hicieron público hasta febrero del año siguiente. Un mes después, fue acusado de “espionaje y propaganda contra la República Islámica”.

Dehghan explicó entonces que el cargo de espionaje se fundaba en que “estaba haciendo fotos en zonas prohibidas” y el de propaganda en que había suscitado en sus redes sociales “la cuestión de por qué el hiyab es obligatorio en la República Islámica, pero opcional en otros países islámicos”. El abogado también difundió una imagen de Brière y la autocaravana en la que viajaba por Irán.

La detención de Brière se sumó a la de una veintena de ciudadanos extranjeros o con doble nacionalidad que se encuentran atrapados en el sistema judicial iraní bajo acusaciones que los activistas de derechos humanos cuestionan. Entre ellos está también la antropóloga iranofrancesa Fariba Adelkhah, condenada a seis años de cárcel en mayo de 2020 por acusaciones relacionadas con la seguridad nacional.

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Poco después, debido a su estado de salud, Adelkhah, de 62 años y a quien también defiende Dehghan, fue autorizada a cumplir esa pena en su piso de Teherán controlada con un brazalete electrónico. Sin embargo, la semana pasada, el poder judicial volvió a ordenar su ingreso en prisión por “violar las condiciones del arresto domiciliario”.

El juicio a Brière y el regreso a la cárcel de Adelkhah se producen cuando Irán negocia con las grandes potencias en Viena la vuelta de Estados Unidos al acuerdo nuclear de 2015. Algunos analistas consideran que no se trata de una coincidencia. “Es una forma de presionar a Francia”, estima una periodista iraní que sigue el proceso. “Teherán considera que los franceses no están cooperando en las negociaciones, que representan el punto de vista de Israel”, añade.

En un gesto que subraya el carácter político de estas detenciones, el exrehén estadounidense Barry Rosen ha iniciado esta semana una huelga de hambre en Viena para pedir la liberación de todos los extranjeros y binacionales detenidos por Irán. “Son seres humanos, no piezas de un juego. Su libertad debiera preceder a cualquier acuerdo que hagamos con un régimen que no es de fiar”, asegura en su cuenta de Twitter.

Rosen, de 77 años, fue uno de los 52 secuestrados por los revolucionarios iraníes durante la toma de la Embajada de Estados Unidos en Teherán hace 42 años. El entonces consejero de prensa lleva tiempo haciendo campaña para que no se olvide a quienes considera también rehenes. El enviado especial de EE UU para Irán, Robert Malley, le aseguró durante una visita el miércoles que el asunto tiene toda su atención y le instó a cesar su huelga.

Malley ha hecho varios llamamientos a la liberación de los ciudadanos con pasaporte iraní y estadounidense. Pero Irán, que no reconoce la doble nacionalidad, responde que se trata de una interferencia en los asuntos judiciales de la República Islámica.

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La candidata del Partido Socialista a las próximas presidenciales francesas del mes de abril, Anne Hidalgo, parece al borde del colapso, pese a sus cualidades innegables. Ha surgido otra competidora del seno de la permanente descomposición de la izquierda, Christiane Taubira, que debilitará el programa de Hidalgo, sobre todo, porque aquella viene respaldada por una denominada “primaria de ciudadanos” aparentemente independiente de la disciplina y la dinámica de los partidos políticos. Este ingrediente de campaña añade una confusión suprema a la profunda división de la izquierda, que presenta ¡ocho candidaturas! Con todo, no se puede interpretar la incertidumbre en la izquierda solo con los parámetros de la situación actual. Es algo más profundo, que se refiere a la desintegración del socialismo francés a lo largo de los últimos 20 años.

Desde 2002, con la eliminación del socialista Lionel Jospin en la primera vuelta, que inauguró el escenario del cara a cara del candidato neofascista, Jean Marie Le Pen, y el conservador Jacques Chirac, la crisis del Partido Socialista se hizo patente, provocando, asimismo, una serie de fracturas internas articuladas entonces en torno de la política económica neoliberal y la Constitución europea, finalmente rehusada por la mayoría de socialistas, a pesar de sus dirigentes. La victoria de François Hollande, en 2012, no se debió sino al rechazo visceral que suscitaba la personalidad atípica del candidato de la derecha más represiva de aquel periodo, Nicolas Sarkozy. Hollande tenía en sus manos la oportunidad de regenerar la oferta socialista; sin embargo, al finalizar en 2017 su mandato, dejó como legado una izquierda aún más ensangrentada en un campo de ruinas.

En el fondo, la enfermedad del socialismo francés estriba en su incapacidad de responder a las profundas mutaciones de la sociedad generadas por la política europea de austeridad vinculada al pacto de estabilidad y a su radicalización a partir de 2012. Ha sido la extrema derecha la que ha recuperado la oposición a esta política, empujando, por otro lado, a una parte del electorado socialista a unirse a Emmanuel Macron, que planteaba, en 2017, como un arte de juego malabar, abrir nuevos caminos.

Anne Hidalgo presenta su candidatura sin que su partido haya reconsiderado, previa y seriamente, las razones estructurales de sus fracasos, y, lo que es más grave, sin contar con su apoyo sincero. Hasta el último momento, los socialistas se preguntaban si debían proponer un nombre alternativo. De modo que nos queda la impresión de la voluntad de la alcaldesa de París de imponerse a la dirección del partido y no de ser elegida con convicción. Concurrir en este contexto frente a Macron, es, desde luego, para ella, una apuesta tenaz al tiempo que difícil, porque puede perder todo o casi todo. Así que su verdadero desafío no es tanto su candidatura en los comicios de abril, sino saber si podrá hacer de esta batalla el preludio y trampolín de una verdadera y necesaria renovación de su partido para el futuro.

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Fabien Roussel, secretario nacional del declinante Partido Comunista Francés (PCF) y candidato a las elecciones presidenciales de abril, es una figura atípica en su campo ideológico. Roussel marca distancias con el ecologismo partidario del decrecimiento, del multiculturalismo que querría suavizar la laicidad ante prácticas como el velo islámico y de las críticas sistemáticas a la violencia policial. Al tiempo que irrita a muchos de sus correligionarios en la izquierda, recoge aplausos en la derecha.

La última polémica estalló el domingo cuando, en un programa de la cadena France 3, el dirigente comunista declaró: “Un buen vino, una buena carne, un buen queso: para mí esto es la gastronomía francesa. Pero, para acceder a esta buena gastronomía francesa hay que disponer de los medios necesarios, así que el mejor medio de defender[la] es permitir a los franceses que accedan a ella”.

Las declaraciones podrían parecer anodinas, pero desataron una de esas tormentas en las redes sociales y las tertulias de radio y televisión que suelen resultar efímeras e intrascendentes. Por hablar del vino, la carne y el queso le acusaron de apelar a unas señas de identidad de la Francia eterna, señas que supuestamente desprecian la Francia diversa y multicultural y que algunos identifican con la extrema derecha.

Sandrine Rousseau, líder del ala izquierda de Europa Ecología-Los Verdes, declaró en la cadena LCI: “Estas palabras excluyen a una parte de la gastronomía que tiene lugar en Francia (…). Se puede ser francesa y francés desde hace generaciones y adorar el cuscús”. “Yo no bebo. Soy vegetariano. Espero no ser anti-Francia”, escribió en la red social Twitter el exdiputado ecologista Sergio Coronado.

El comunista replicó en el diario liberal L’Opinion. “Por lo que he entendido, en la izquierda sorprende la defensa de Francia, de la nación, de la soberanía por medio de la cultura y la gastronomía. ¡Lástima!”, dijo. En la entrevista también defendió “inversiones masivas en la agricultura francesa” para desarrollar ganadería de calidad frente a las “granjas-fábrica”. Y, en alusión a batallas recientes de algunos alcaldes ecologistas, afirmó: “Yo no soy un ayatolá que lo quiere prohibir todo: del árbol de Navidad al Tour de Francia y pasando por la carne. La vida a base de quinoa y de tofu es sosa. No es mi Francia”.

La polémica, en sí, no va mucho más del cruce de invectivas. Pero sirve para entender la posición, hoy heterodoxa pero seguramente ortodoxa hace unas décadas, de un candidato que se desmarca de la nueva izquierda. Y muestra unas fracturas en la izquierda que van más allá de la alimentación.

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“La declaración de Roussel”, analiza Jean-Laurent Cassely en el semanario L’Express, “revela con crudeza el abismo entre una parte de la sociedad francesa, culturalmente conservadora en el ámbito culinario, y la izquierda ecologista que está en el origen de las críticas más virulentas y que cuestiona totalmente el consumo de masas basado en la ganadería intensiva”. Cassely añade: “Las reacciones revelan que, a la lucha de clases, se añade ahora la lucha entre estilos de vida, e incluso la sustituye”.

No es la primera vez que Roussel (Béthune, 52 años) provoca urticaria en su campo. Cuando en mayo asistió a una manifestación de policías, se le acusó de salir a la calle con la extrema derecha, aunque pocos candidatos han sido tan contundentes como él contra el ultra Éric Zemmour. Sobre las nucleares está mucho más cerca del presidente centrista Emmanuel Macron que de toda la izquierda, desde el Partido Socialista a los populistas de La Francia Insumisa. “Proponemos construir nuevos reactores nucleares”, sostenía hace unos días en Twitter. “Es una energía limpia, duradera y poco cara”.

Sobre la laicidad, el principio que en Francia separa rigurosamente el Estado de cualquier religión, Roussel se declara “universalista”. Es decir, reacio a adaptar estos principios a las minorías religiosas, y específicamente al islam, motivo de debates intensos en la izquierda. Hace unos días, acogió en la sede del PCF el deslumbrante edificio de Oscar Niemeyer en París, un homenaje a los periodistas y caricaturistas de Charlie Hebdo asesinados en 2015 por islamistas por burlarse de Mahoma.

“Murieron por sus ideas, por defender principios queridos de nuestra República, principios laicos”, señaló Roussel, quien reivindicó el derecho a blasfemar. Podrían parecer las palabras de un izquierdista de toda la vida, pero parte de la izquierda francesa ha sido muy crítica con las burlas de Charlie Hebdo al islam e incluso en su partido el acto sentó mal.

La diputada comunista Elsa Faucillon, tras defender la idea de homenajear a la revista, criticó que entre los invitados figurasen intelectuales que militan en la laicidad estricta. “La selección de los invitados”, declaró, “confirma el viraje político de mi partido desde hace unos meses”.

Las expectativas electorales de Roussel son más que mediocres: se mueve entre 2% y el 3%. Pero tampoco el resto de la izquierda levanta cabeza. Las llamadas guerras culturales en su seno ―sobre la ecología, sobre la laicidad, sobre la seguridad― son uno de los motivos de la división.

Pero sus posiciones retoman algunos de los principios del viejo PCF, que en las décadas de la posguerra fue hegemónico en la izquierda, y buscan apelar a los votantes obreros que se marcharon a la extrema derecha. Seduce también a intelectuales conservadores, como Alain Finkielkraut. “Fabien Roussel”, ha sentenciado Finkielkraut, “es muy interesante”.

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En una Francia en la que los rivales del Emmanuel Macron le acusan de haber dividido el país profundamente durante su mandato, el presidente ha logrado algo inusual: unir a toda la oposición, que ha criticado de forma unánime sus controvertidas declaraciones admitiendo que quiere “joder a los no vacunados”, hacerles la vida imposible hasta que cambien de opinión. La vulgaridad de la expresión usada (emmerder puede traducirse como fastidiar o cabrear, pero también como joder o putear) ha impresionado a muchos franceses, pero no tiene nada de improvisado en un mandatario que ha apostado todo su capital político —y Francia está en plena campaña electoral— a la vacunación para superar la pandemia.

Es más, fiel a la personalidad de un gobernante culto y enamorado de la historia, tiene incluso un antecedente político directo, como han recordado desde la publicación de las palabras de Macron en Le Parisien diversos miembros del Gobierno: la usó Georges Pompidou en 1966, cuando el entonces todavía primer ministro lanzó un “¡Pero dejen de joder [emmerder] a los franceses!”. Lo hizo cuando un joven funcionario, pero también futuro mandatario, Jacques Chirac, le presentó un paquete de decretos para que los firmara.

En su respuesta a uno de los siete lectores de Le Parisien, que realizaron la larga entrevista al mandatario publicada este jueves, Macron va bastante más lejos: “Yo no estoy a favor de joder [emmerder] a los franceses (…) Pero bueno, a los no vacunados, sí que tengo muchas ganas de joderles. Y vamos a seguir haciéndolo, hasta el final. Esa es la estrategia. No voy a meterlos en prisión, y no los voy a vacunar por la fuerza. Pero hay que decirles: a partir del 15 de enero, ya no podréis ir a un restaurante, no podréis tomar una copa ni ir al teatro, no podréis ir al cine…”. No es un lapsus. En Francia, los entrevistados tienen derecho a releer sus declaraciones antes de que se publiquen. “La entrevista fue releída por el Elíseo, pero no ha habido retoque alguno”, confirmó a la cadena BFMTV un responsable de Le Parisien.

Macron “ha declarado la guerra”, concluía este jueves Le Monde, para el que se trata de una “ofensiva meditada contra los no vacunados”. Las palabras del portavoz del Gobierno, Gabriel Attal, tras el Consejo de Ministros semanal, confirmaron el paso a la ofensiva dialéctica y política contra este sector de la sociedad, muy minoritario, pero tampoco desdeñable: quedan cinco millones de “refractarios” a las vacunas, como los llamó Macron.

“Hablemos francamente. ¿Quién le jode la vida a quién hoy en día? ¿Quién le arruina la vida al personal sanitario, a los restauradores, dueños de cine o teatros? Son los que se oponen a la vacuna”, replicó Attal sobre si no había ido demasiado lejos Macron con sus palabras. Poco después, ante el Senado, el primer ministro, Jean Castex, confirmaba la estrategia ofensiva que, dijo, es “coherente” con las acciones del Ejecutivo y está en sintonía con la “exasperación” de la mayoría de los ciudadanos, vacunados, con los antivacunas. Las respuestas del Gobierno no han aplacado a una oposición que se ha alzado, unánime, contra un Macron que, sin confirmar todavía oficialmente que se presentará a la reelección en abril, asegura que “tiene ganas” de hacerlo.

“No es el papel de un presidente seleccionar entre buenos y malos franceses. Hay que aceptarlos como son, dirigirlos y unirlos sin insultarlos”, respondió una “indignada” Valérie Pécresse, la candidata presidencial conservadora. También los postulantes de ultraderecha Éric Zemmour y Marine Le Pen han criticado unas palabras “vulgares” que, según la líder de Reagrupamiento Nacional, son “una falta política y una falta moral grave en un país que él ha continuado fracturando”.

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En un raro consenso, también los candidatos de izquierda han sido unánimes en su condena a Macron. Para el ecologista Yannick Jadot, Macron ha cometido una “falta política” al querer convertir la vacunación en un “plebiscito” sobre su mandato. El populista Jean-Luc Mélenchon y el comunista Fabien Roussel hablaron de unas declaraciones “consternantes”, “indignas” o “irresponsables”, mientras la socialista Anne Hidalgo contrapuso con ironía a sus palabras su lema de campaña: “Reunir Francia”.

Pese a que con ello, según los analistas, Macron ha conseguido no solo sacudir la campaña electoral, sino reconducir el debate electoral a un tema, la vacunación, por el que ha apostado desde el principio y que cuenta con un apoyo ciudadano mayoritario, su controvertida elección de palabras podría volverse en su contra. No sería la primera vez que se le recrimina una expresión “popular”, como cuando habló de “galos refractarios”, “gente que no es nadie” o de “holgazanes” en referencia a los críticos a su reforma laboral. Hace menos de un mes, en otra entrevista, Macron admitió que algunas de sus expresiones “pueden haber herido” y aseguró que había “aprendido” la lección, lo que no le ha impedido lanzar ahora una nueva polémica.

Para el director general del instituto demoscópico Ifop, Frédéric Dabi, “no es una catástrofe decir ‘joder” porque, la expresión se concibe, sobre por parte de los jóvenes, como una forma de hablar sincera, dijo a France Presse. Al mismo tiempo, sin embargo, corre el riesgo de “reactivar la imagen del presidente de las frasecitas, distante, arrogante y divisor”, algo que desde el comienzo de su mandato, marcado por profundas protestas sociales como la de los chalecos amarillos, se le ha reprochado desde todos los campos.

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