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Para llegar hasta el albergue juvenil de Calais reconvertido en centro de acogida para refugiados ucranios, hay que atravesar carreteras, calles y parques rodeados de vallas y hasta muros de hormigón con concertinas. Así se ha parapetado esta ciudad francesa, el punto más cercano a Reino Unido de toda Europa, para dificultar al máximo el acceso a los miles de migrantes que vienen con el sueño de alcanzar como sea territorio británico para empezar una nueva vida. Si no la pierden antes en la peligrosa travesía por el canal de la Mancha. Mientras tanto, la mayoría de esos soñadores sin papeles malvive en tiendas de campaña instaladas en insalubres solares de la periferia de esta localidad que desde hace años es un símbolo de todas las disfunciones migratorias de Europa.

Nada de eso se ve desde las ventanas del sólido edificio situado “al borde del mar y a dos pasos del centro de la ciudad”, como se publicita el albergue de 84 habitaciones, restaurante y hasta jardín que la Alcaldía de Calais reservó en cuanto empezaron a llegar los primeros ucranios de paso hacia el Reino Unido.

Además de productos básicos, los ucranios reciben ayuda para gestionar lo antes posible sus papeles. Ya lo pueden hacer por internet, aunque por si acaso, una lanzadera les lleva hasta puesto consular británico recién abierto para ellos en Arrás, la capital administrativa de la región. Pavlo es un ucranio residente en el Reino Unido que fue a Polonia a buscar a su madre, su hermana, una cuñada y dos amigas recién huidas de su ciudad natal, Zaporiyia. Cuando llegó el miércoles al albergue, este estaba casi vacío: la mayoría de los refugiados ya había logrado tramitar sus papeles. También Pavlo esperaba poder abordar pronto un ferri con su familia.

Todo eso es una quimera para Saddam, un sudanés de 25 años que lleva algo más de un año “estancado” en Calais. Como los ucranios, también huyó de un país en guerra casi constante, pasó por el “infierno” de Libia y casi se ahoga en el Mediterráneo, relata. Creyó que al llegar a Europa, el continente “de los derechos humanos”, como lo llamaba, su odisea había acabado. “Pero mira”, dice frustrado mientras se mesa la cabellera que, desde que está en Calais, se le ha poblado de canas.

Migrantes en Calais.
Migrantes en Calais.Álvaro García

Como los alrededor de 1.500 migrantes irregulares que esperan en Calais una manera de llegar a Reino Unido (casi todos lanzándose de nuevo al mar, aunque todavía hay quienes intentan saltar a un camión para atravesar el supervigilado Eurotúnel), Saddam malvive en una vieja tienda de campaña. Se pasa el día esquivando a la policía que se lo ha llevado ya tres veces a la frontera de Francia —una vez lo dejaron en Biarritz, cuenta— y que cada 48 horas o menos realiza batidas para desmantelar la docena de campamentos irregulares en los que, nada más marcharse los agentes, vuelven a instalarse los migrantes con lo poco que les queda. Un ejemplo de la futilidad de una política que no consigue desalentar a nadie, pero que hace más difícil aún la vida de quienes no tienen nada.

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Estos hombres jóvenes, aunque también hay mujeres y niños, proceden en su mayoría de países en conflicto como Sudán, Eritrea, Siria o Afganistán y dependen para casi todo, desde comer algo caliente o lavarse a cargar su teléfono móvil, de asociaciones solidarias que intentan cubrir sus necesidades básicas. Lo hacen en las afueras de la ciudad, ya que tienen prohibido instalarse en el centro de Calais, donde no ha habido problema alguno para alojar a los ucranios. Llevan ya más de 20.000 euros en multas por contravenir las normas, denunció esta semana la ONG Utopia 56.

Mientras reparte café, té y chocolate caliente, Suzy Corey, una voluntaria británica de la asociación Café Calais, asegura sentirse “muy contenta porque los refugiados ucranios hayan encontrado aquí tanta caridad”. Al mismo tiempo, reconoce estar “frustrada”, porque “obviamente los ucranios vienen de una situación terrible, pero estos hombres también huyen de situaciones similares, de guerras, de crisis humanitarias”. Como Ahmed, otro sudanés de 22 años. Acaba de llegar a Calais y ya ha oído hablar del albergue de los ucranios. Él ha pasado su primera noche a la intemperie, “sin una manta, con los zapatos mojados”, cuenta. “Nuestra situación es la misma. Pero ya veo que a nosotros no nos tratan tan bien”. Quizás, aventura, porque “los ucranios tienen piel y ojos claros. Los nuestros son oscuros”.

La alcaldesa de la ciudad, Natacha Bouchart, defensora de la mano dura contra los migrantes irregulares de Calais, justifica la disparidad de trato con el argumento que también esgrime el Gobierno de Emmanuel Macron: “La gran diferencia”, declaró la regidora, “es que los ucranios están en situación regular”, gracias al estatus de protección temporal otorgado por la Unión Europea.

Nadie, ni los migrantes como Saddam o Ahmed, ni las asociaciones que trabajan sobre el terreno, discute el derecho de los refugiados ucranios a ser tratados con dignidad. Lo que cuestionan es lo que Alexandra Limousin, del Auberge des Migrants, llama una “acogida a dos velocidades” en Calais y en buena parte de Europa: la vía rápida y segura para los ucranios y la precariedad y acoso de las autoridades al resto.

Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

“Deploramos la diferencia de trato. ¿Por qué unos reciben más que otros?”, denuncia. Su asociación está estudiando la posibilidad de presentar una demanda por discriminación.

No se trata de pedir que se meta a los refugiados ucranios en tiendas de campaña bajo los puentes, sino de que se abra el albergue a los demás migrantes”, subraya Sophie Djigo, fundadora de Migraction 59, una plataforma ciudadana que ofrece desde hace años una acogida temporal, normalmente los fines de semana, a los migrantes irregulares en casas de voluntarios como Jeremy Ollivier y Sandra Moreau. Por el hogar en Calais de esta pareja de profesores de filosofía de secundaria, han pasado en tres años una treintena de migrantes.

Para ellos, lo más chocante es la “invisibilidad” del problema que ha puesto de relieve la llegada de los ucranios. “No es ni siquiera que los comparemos, que digamos que hay refugiados buenos y malos”, señala Moreau. “El problema es que unos ni siquiera existen (…) es terrible ver el nivel de invisibilización al que hemos llegado, hacemos como si los primeros refugiados que llegan son los ucranios”.

Horrorizado por las imágenes de refugiados huyendo con lo puesto, Asher Shane, un padre de familia de Southampton, decidió venir a Calais una semana para ayudar a los ucranios en lo que fuera, “a hacer papeles, a llevarlos al supermercado”, cuenta. Pero al llegar al albergue juvenil, le dijeron que no hacía falta. “Aquí tienen de todo”. Así que se apuntó a Café Calais, para ayudar a los otros migrantes, de cuya existencia y situación, admite, no tenía ni idea.

Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.
Una mujer habla por telefono en el albergue juvenil dónde se encuentran alojadas las familias ucranias en Calais.Álvaro García

Mientras Saddam tomaba algo caliente y charlaba con voluntarios como Shane, la policía desmanteló otra vez su campamento. “Por supuesto que no les deseamos nada malo a los ucranios, son seres humanos, como nosotros. Yo lo único que quiero es que la policía me deje tranquilo. No me importa pasar otros tres años en una tienda, pero que me dejen tranquilo”, se exaspera. Las asociaciones de Calais y de otros puntos de Francia llevan años pidiendo, infructuosamente, unos recursos que, hasta la llegada de los refugiados ucranios, parecían imposibles. Para Moreau, “esto demuestra que hay sitio para todos y que, cuando queremos, acoger refugiados no es un problema”. Lo que falta, coinciden todos, es voluntad política. Y quizás algo más de empatía para los que huyen de guerras más lejanas, pero no menos terribles y no se parecen tanto a nosotros.

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La vida de la periodista Valeria Ratnikova, de 22 años, dio un vuelco en apenas cinco minutos. El tiempo que tardó en comprar un pasaje de avión de Moscú a Estambul. “Tuve que actuar muy rápido porque apenas quedaban billetes”, relata. Empaquetó deprisa el equipaje (ropa de entretiempo, un par extra de zapatos, productos de higiene, el portátil, la tableta y cargadores), cerró la puerta de su apartamento y se fue hacia el aeropuerto. Atrás quedaban sus pertenencias y toda una vida. Y la duda de no saber si podrá regresar. “Ha sido una decisión muy dura. Jamás pensé en abandonar Rusia”.

Ratnikova terminó su carrera universitaria hace tres años y se presentó enseguida en Dozhd TV porque quería dedicarse al periodismo político y hacerlo en uno de los pocos medios autónomos respecto de las directrices del Kremlin que existían en su país. No fue fácil: el año pasado, este canal de televisión, como muchos otros medios y periodistas independientes, fue declarado “agente extranjero”, lo que implica que deben publicar sus contenidos bajo esa etiqueta, además de sufrir mucho más control por parte de las autoridades. “Nuestro canal era uno de los pocos que cubría la guerra en Ucrania de forma objetiva y nuestra audiencia creció mucho. Eso al Gobierno no le gustó, y a los seis días bloqueó nuestra web porque decían que publicábamos bulos. Lo cual es mentira. Al mismo tiempo aprobaron la ley que condena a prisión a quienes diseminen información no oficial; por eso decidimos irnos”, afirma.

Casi todos los medios independientes han sido cerrados y hasta 300 periodistas rusos han elegido la vía del exilio, explica otra periodista refugiada en Estambul que pide que no se publiquen sus datos. Por llamarle guerra a la guerra (en lugar de “operación militar especial”) pueden caer hasta 15 años de cárcel, más que por asesinar a alguien.

Valeria es solo una de las decenas de miles de compatriotas que han escapado de la Rusia de Vladímir Putin en las últimas semanas. Opositores rusos elevan esta cifra a 300.000. Desde el inicio de la invasión de Ucrania, en el país se han disparado las búsquedas en internet de términos como “emigración”, “vuelos”, “visados”, “asilo político”…

Los cerca de 50 aviones que aterrizaban diariamente en Estambul procedentes de Moscú, San Petersburgo y otras ciudades rusas se han ido reduciendo progresivamente a apenas 15: los operados por Turkish Airlines y alguna pequeña aerolínea rusa. De ahí que los precios se hayan elevado hasta superar los 1.500 euros, en un momento en que el rublo ha perdido más de un cuarto de su valor. Aun así, los vuelos desde Rusia aterrizan en Turquía llenos de pasajeros desde hace semanas. Lo mismo ocurre en los países vecinos que aún mantienen las conexiones aéreas: a Georgia han llegado varios miles de ciudadanos rusos, y en Armenia están aterrizando unos 6.000 al día, según un miembro del Parlamento. Y en Israel han aterrizado otros 2.000. Hay quienes están optando también por Asia o países del golfo Pérsico, pero Estambul ofrece una vida más asequible, según apunta una joven rusa, y buenas conexiones con Europa Occidental, objetivo final de muchos de estos emigrados.

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Daniil, un técnico que trabajaba con organismos oficiales y temía por su seguridad en Moscú dada su participación en las protestas contra la guerra, denuncia: “Todo está cambiando muy rápidamente en Rusia. Después del día 24 de febrero nos despertamos en un país diferente. Cada día se aprueban nuevas leyes, cada vez más duras. Antes la represión era ocasional; ahora es masiva. Antes sabías que quizás podías terminar en prisión por tus ideas políticas, ahora sabes que vas a terminar en la cárcel, cien por cien seguro. Tenía miedo de que algún compañero me delatase por algo que he dicho o hecho”.

El temor no es infundado a tenor de los últimos discursos de Putin. El miércoles, el presidente ruso denunció a los “quintacolumnistas” que “viven mentalmente” en Occidente: “El pueblo ruso siempre será capaz de distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores, y escupirlos de la misma forma que se escupe un mosquito que accidentalmente te entra en la boca”.

Un porteador turco transporta edredones y ropa de cama a una de las viviendas alquiladas por el proyecto Kovcheg para acoger a rusos que han huido de su país por el deterioro de la situación política, pero tienen dificultades para acceder a sus fondos por las sanciones.
Un porteador turco transporta edredones y ropa de cama a una de las viviendas alquiladas por el proyecto Kovcheg para acoger a rusos que han huido de su país por el deterioro de la situación política, pero tienen dificultades para acceder a sus fondos por las sanciones.Andrés Mourenza

El éxodo no es únicamente de periodistas o individuos significados con la oposición. Académicos, artistas, técnicos, programadores, diseñadores y otros empleados del creciente sector tecnológico también se han unido. Alexei Levinson, analista del Centro Levada de Moscú, explica: “Se trata de profesionales con un nivel educativo alto. Hay quienes se marchan porque se sienten en peligro debido a la situación política y quienes lo hacen por la situación económica”.

“Rusia”, añade Alexei, “está a las puertas de una situación económica muy mala. Debido a las sanciones, muchas compañías están marchándose o cerrando porque no pueden proveer servicios o mercancías. Y este déficit de profesionales va a empeorar aún más las cosas”. El que los dirigentes rusos califiquen de “traidores” a quienes emigran tiene como objetivo, según este analista, detener esta fuga de cerebros.

Anna, experta en marketing y empleada en una de estas empresas, relata: “En mi avión a Yereván estaba claro, por la pinta, que todo era gente de las tecnológicas y de la intelligentsia. El vuelo se retrasaba y entró un hombre con un distintivo del FSB [servicio de seguridad interior ruso] a hacer comprobaciones. Alrededor del avión había además hombres con uniforme militar, lo cual era muy raro. Fue muy estresante. Así que cuando aterricé en Yereván suspiré aliviada”. En la capital de Armenia se alojó durante unos días, sin parar de encontrarse rusos por todas partes: “Incluso se han marchado compañeros que eran de esos que no se despegan del ordenador y odian viajar”.

Muchos no saben qué será de ellos porque trabajaban en proyectos gestionados desde Rusia, pero destinados a empresas de Europa o Norteamérica. Además, se enfrentan a un problema: solamente disponen del dinero que pudieron retirar antes de irse. Las sanciones occidentales han hecho que sus tarjetas bancarias dejen de funcionar y la desconexión del sistema SWIFT hace prácticamente imposibles las transferencias. El diario turco Dunya publicó esta semana que se ha notado un gran incremento de la apertura de nuevas cuentas en bancos turcos por parte de ciudadanos rusos.

Anna, por ejemplo, ha tenido que echar mano de la tarjeta de su novio, que lleva años residiendo en el Reino Unido; pero otros no tienen ese apoyo. Asociaciones de periodistas en Turquía se han organizado para acoger a sus colegas rusos. Otras iniciativas, como la denominada Kovcheg (El Arca), financiada por el magnate exiliado Mijaíl Jodorkovski, tratan de ayudar también a los rusos que escapan.

Brecha generacional

Tres voluntarios rusos ayudan a un porteador turco a cargar los edredones, sábanas y almohadas que acaban de comprar en una bocacalle del barrio de Yenikapi. Arrastrando su carretilla, el porteador enfila las empinadas cuestas hasta el apartamento que los miembros de Kovcheg han encontrado: un alquiler decente por seis habitaciones, que les permitirá alojar a 12 personas. Quienes se acogen a esta ayuda deben solicitarlo, y la asociación comprueba su historia para certificar que corren riesgo si permanecen en Rusia, puntualiza Eva Rapoport, una antropóloga que residía en Estambul y se ha unido al proyecto como voluntaria: “Yo no estaba involucrada en ningún movimiento de protesta, pero esta guerra ha superado cualquier línea roja. Y no podía quedarme de brazos cruzados. Así que ayudo a estas personas que se han quedado entre la espada y la pared, entre Putin y las sanciones”.

Daniil y Sasha son los primeros en llegar al piso, recién aterrizados desde Uzbekistán. “Teníamos mucho miedo de no poder salir, de que se cancelasen todos los vuelos al exterior”, explica Sasha: “Nos ocurrió varias veces que no pudimos comprar los vuelos porque se cancelaban en medio del proceso. Y cada vez hay más rumores de que cerrarán las fronteras para que no se vaya nadie”.

Daniil y Sasha huyeron de Rusia y llegaron a Estambul a través de Uzbekistán, temerosos de ser detenidos por su participación en las protestas contra la guerra.
Daniil y Sasha huyeron de Rusia y llegaron a Estambul a través de Uzbekistán, temerosos de ser detenidos por su participación en las protestas contra la guerra.Andrés Mourenza

Una pequeña Moscú en Estambul

Otra académica, que prefiere no dar su nombre, explica su huida en que no quería quedarse en “un Estado que se está convirtiendo en totalitario”. En su caso ha roto, además de con su patria natal, con su familia: “Mi madre me dijo que soy una traidora y que me avergonzaré de mi decisión. Lo peor es que tiene parientes en Ucrania. Yo ya he renunciado a convencerla. El problema es la televisión, mis padres se pasan el día con la televisión encendida y la propaganda estatal es como una secta: les dice que les van a mentir y que son objeto de una conspiración, y ellos se creen que es la única verdad. No han aprendido a buscar diferentes fuentes de información”.

No es la única. “Mis padres no apoyan lo que está pasando, pero tampoco entienden abandonar el país. Así que hemos llegado al acuerdo de no hablar de las noticias. Además, podría ser peligroso para ellos”, asegura Anna poco antes de despedirse de la entrevista. Son casi las 10 de la noche del martes y va a empezar el concierto: cientos de personas esperan pacientemente a que les permitan entrar a Kadiköy Sahnesi, la sala donde va a actuar el popular rapero ruso Oxxxymiron. El 11 de marzo anunció en las redes sociales su actuación en Estambul bajo el lema Rusos contra la guerra, cuyos ingresos se dedicarán a ayudar a los refugiados ucranios.

Las entradas se agotaron en pocas horas. En la sala, los asistentes, casi todos rusos, corean frases contra Putin y a favor de Ucrania; y en escena, el rapero dice que, pese a haber escrito su nuevo álbum antes de la invasión, sus letras “resuenan más ahora”: “Puedes respirar atemorizado y quedarte mirando al cielo / Si resistes la mierda que nos rodea, no lo hagas con cara triste / Todo se repetirá, más de una vez. Pero estamos vivos por ahora / Es demasiado pronto para que fertilicemos la negra tierra”.

Varios de los rusos emigrados temen que la “rusofobia” desatada por la actuación de su Gobierno termine por afectarles, aunque en Turquía todavía no se han dado casos como sí ha ocurrido en Georgia o en países de Europa Occidental. “Nuestra misión es explicar que no todos los rusos apoyan la guerra. Es una tarea muy importante”, sostiene la periodista Valeria Ratnikova. Sobre todo porque no saben cuánto durará su exilio.

El restaurante Istanbul 1924, anteriormente Rejans, fue fundado por rusos que escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil en los años veinte del pasado siglo. Se convirtió en un centro de las tertulias y la cultura rusa en Estambul.
El restaurante Istanbul 1924, anteriormente Rejans, fue fundado por rusos que escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil en los años veinte del pasado siglo. Se convirtió en un centro de las tertulias y la cultura rusa en Estambul.Andrés Mourenza

Al final de un callejón que parte de la avenida Istiqlal, subiendo unas estrechas escaleras, hay un restaurante que parece de otro tiempo. Lo es. Las sillas de madera, la pianola, los candelabros, mantienen la elegancia de hace un siglo. Se llama Istanbul 1924, antes se llamó Rejans. Y es uno de los vestigios de la comunidad rusa de Estambul: aquí los emigrados rusos enseñaron a los turcos a beber vodka con limón, a apreciar nuevas artes escénicas… El local se convirtió en uno de los centros de tertulias políticas y culturales de los años veinte, cuando más de 200.000 rusos blancos escaparon de su país tras la Revolución y la guerra civil, entre ellos el pintor Pável Chelishchev, la familia Smirnov (que estableció su destilería de vodka en Estambul durante cuatro años) o un niño llamado Vladímir Nabókov [tiempo después autor de la novela Lolita, entre otras]. Años más tarde, también eligió esta ruta hacia el destierro otro ruso de renombre: León Trotski.

“Muchos rusos llegan a Estambul como escala para obtener un visado e irse a otro país. Pero algunos se quedarán, porque está cerca de Rusia”, opina la antropóloga Eva Rapoport: “Así que Estambul podría convertirse en un foco de cultura rusa no putiniana, que muestre que Rusia es mucho más que apoyo a la guerra”.

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El abrazo de Tania Zubanko con su cuñado es largo y silencioso. Sin palabras ni lágrimas, en una pista enfangada por la lluvia. “Estamos muy cansados. Ahora solo pienso en proseguir el viaje y que mi pequeña duerma en una cama”, dice esta madre de tres hijos para excusar sus prisas. Dejó este viernes su casa en la provincia de Rivne, en Ucrania, a 200 kilómetros de Dorohusk, el punto fronterizo polaco donde fue recogida por el marido de su hermana. El cuñado y la hermana viven y trabajan en la ciudad polaca de Cracovia. Aún les quedan 300 kilómetros más de carretera. El marido de Tania no la acompañaba: los hombres hasta los 60 años tienen desde este viernes prohibido abandonar Ucrania. Su Gobierno los ha movilizado para defender al país de la invasión rusa.

Más de 30.000 ucranios cruzaron el jueves a Polonia por ocho puntos fronterizos, según el Gobierno de Varsovia. El número de personas que se acumulaban para cruzar el viernes era mayor, indicaban a este periódico oficiales de la policía polaca en la aduana de Zosin. La frontera norte entre Ucrania y Polonia la delimita el río Bug, por lo que es de difícil acceso si no es por carreteras habilitadas para ello. Las autoridades locales, pese a anunciar plena colaboración con los ucranios que quieran acceder a la Unión Europea, dejaban pasar en cuentagotas a los miles de personas que huían de la guerra.

Cientos de coches esperaban aparcados en los últimos kilómetros de las carreteras polacas que terminan en los límites con Ucrania. Podían identificarse matrículas de media Europa, aunque había predominio polaco. Serguéi Krupiva condujo el jueves desde Dinamarca, donde trabaja, a Zosin. Durmió en el coche, como su mujer y sus dos hijos de tres y cinco años, que pasaron la noche en la otra orilla del río Bug, a la espera de que la policía les diera el visto bueno para salir de Ucrania y reunirse con él. Krupiva lamentaba que los aduaneros polacos no distribuyeran agua y alimentos entre los que llevaban más de un día en el arcén en la carretera.

La frontera en Zosin es un páramo inhabitado y a 17 kilómetros de distancia de un núcleo urbano con tiendas de comestibles. Krupiva, entre lágrimas, aprovechó la presencia de un periodista de EL PAÍS para expresar su ira contra los líderes de la UE: “Se han tomado a la ligera a Vladímir Putin, y han cometido un grave error”. Krupiva, como otros ucranios, expresaba su convicción de que el presidente ruso no se detendría en Ucrania. Putin amenazó el viernes a Suecia y Finlandia con nuevas acciones militares si solicitaban ser miembros de la OTAN.

Jan Wojciech Chlopicki es polaco, de Gdansk, en la costa del mar Báltico próxima a Alemania. Esperaba en Zosin a una sobrina y a sus cinco hijos. Su familia, explica con orgullo, es de Volinia, designación histórica de las provincias del noroeste de Ucrania que se disputaron durante siglos polacos, lituanos, la Galitzia del imperio austrohúngaro, la Rusia zarista y hoy la Rusia putiniana. Los abuelos y la madre de Chlopicki emigraron a Polonia tras las hambrunas que provocó el estalinismo y luego la Segunda Guerra Mundial. Querían salir de la Unión Soviética. “No lo había pensado, pero parecemos condenados a que la guerra siempre esté presente en nuestra familia”. “Solo nos queda llorar”, añade desde su coche, resguardado de la humedad del río y del frío.

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No solo hay ucranios pendientes de la llegada de familiares en la frontera. Edam Reis es búlgaro y vive en Bremen, en Alemania, a 1.200 kilómetros del puesto fronterizo de Dorohusk. Condujo casi un día entero, turnándose con su hermano, hasta llegar a las puertas de Ucrania: su mujer tenía que llegar a última hora de la tarde desde el otro lado de la frontera. Ella trabajaba en Lutsk, el punto bombardeado por Rusia más cercano a la UE: “Media hora después de que abandonara la ciudad, volvían a caer mísiles rusos en los enclaves militares de Lutsk. El jueves decidió irse con las primeras bombas”.

Nerviosas y desorientadas, muchas familias no querían atender a los medios de comunicación que habían apostado sus cámaras frente a los controles policiales y los establecimientos de cambio de moneda, barracones prefabricados que utilizan estufas de carbón para combatir el frío. Junto a Tania Zubanko entraron en Polonia, en una furgoneta que compartieron con otros conciudadanos, una madre con dos hijos y un perro pekinés. Ni la madre ni la hija mayor pudieron contenerse las lágrimas cuando abrazaron al padre; la mascota ladraba y se subía a la pierna de él. Zubanko no sabía cuánto tiempo pasarían fuera de su hogar. La incertidumbre sobre el futuro era el nexo entre ellos, pero también lo eran sus hijos, cargando mochilas escolares: durante semanas, en el mejor de los casos, interrumpirían su educación.

A Vitali Tritjak, ucranio de 28 años, le temblaba la voz al pensar en la guerra. Él estuvo destinado en el Donbás en la intervención rusa de 2014. “Yo sé lo que es enfrentarse a los rusos, estoy preparado para volver a hacerlo, pero tengo miedo, ahora será peor”. A Tritjak y a su amigo Andrei Kowaljuk les sorprendió la invasión en Bélgica. La furgoneta que conducen lleva matrícula belga: se ganan la vida con la compraventa de vehículos de segunda mano. En el viaje de vuelta concluyeron que lo más adecuado era convencer a sus mujeres de que se instalaran con amigos que tienen en Polonia o en la República Checa. “Tenemos que pensar qué hacemos”, señalaba Kowaljuk. Intercalaba sus soliloquios fumando un cigarrillo tras otro. Cree que si Putin se sale con la suya, es decir, si depone al presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y elige a un nuevo Gobierno sometido a su poder, en Ucrania volverá a producirse una revolución como la que depuso en 2014 al presidente prorruso Víktor Yanúkovich. Sus palabras son las de un patriota de la Ucrania Occidental, la más próxima a los valores de la UE. Son los que más traicionados se sienten por los Estados miembros del club europeo. “España nos envía a un periodista a hacernos preguntas. ¿Eso nos sirve?”, grita, desesperado, Krupiva: “¿Por qué no nos ayudan a defendernos?”.

Más de 50.000 ucranios huyen del país en dos días

ELENA G. SEVILLANO (Berlín)

Más de 50.000 ucranios han huido de su país desde que empezó la invasión rusa, es decir, en menos de 48 horas, según ha informado el jefe de la agencia de la ONU para los refugiados, Filippo Grandi. Los desplazados se han dirigido principalmente a Polonia y a Moldavia. Varsovia ha habilitado ocho centros de acogida a refugiados junto a la frontera de más de 500 kilómetros que comparte con Ucrania. En este país de la UE ya residen millón y medio de ucranios, muchos de ellos llegados en 2014, tras la anexión ilegal de Crimea por parte de Rusia.

El Gobierno polaco afirmó a principios de febrero que, de ser necesario, podría acoger hasta a un millón de refugiados. De momento, la agencia de la ONU calcula que han llegado unos 30.000. 

A Moldavia, con una frontera de más de 1.200 kilómetros con Ucrania, han cruzado alrededor de 16.000 personas. La antigua república soviética, de 2,6 millones de habitantes, también está construyendo centros de acogida. El Gobierno ha activado este viernes el Mecanismo de Protección Civil de la UE para solicitar el apoyo logístico de los países de la Unión. 

A la vecina Rumania, miembro de la UE como Polonia, también están llegando personas que huyen de las hostilidades. El Gobierno aseguró este viernes que han cruzado la frontera desde el inicio de la invasión 10.624 ucranios, pero que solo 11 de ellos han pedido asilo en el país. La mayoría quiere seguir viaje hacia Polonia y la República Checa. El país tiene seis centros de asilo, con unas 1.100 plazas disponibles y una ocupación del 50%.

La ministra de Exteriores alemana, Annalena Baerbock, aseguró este viernes que la Unión Europea aceptará “a todas las personas que huyen de la violencia provocada por la invasión rusa de Ucrania”. «Necesitamos hacer todo lo posible para aceptar sin demora a las personas que ahora están huyendo de las bombas y de los tanques», dijo a los periodistas a su llegada a reunión con sus homólogos de la UE en Bruselas. El Gobierno alemán se ha ofrecido a ayudar a los países fronterizos con Ucrania, especialmente Polonia, a acoger a los desplazados.

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