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El primer ministro de Italia, Mario Draghi, ha celebrado en la mañana del jueves una rueda de prensa en la Asociación de periodistas extranjeros de Italia donde ha repasado, fundamentalmente, el conflicto entre Rusia y Ucrania y sus múltiples implicaciones. Draghi habló la noche del miércoles durante casi una hora con el presidente ruso, Vladímir Putin, y sacó varias conclusiones. La primera, garantizada por su interlocutor, es que “los europeos seguirán pagando el gas en euros y no en rublos”, como había comenzado a exigir Rusia. “Sería inaceptable, pero también imposible. Todos los intercambios están diseñados en una moneda en general, y no funciona cambiarlos. Las dificultades técnicas son insuperables”, ha señalado Draghi.

La UE había rechazado la exigencia de Rusia de cobrar su gas en rublos y aseguró que era una violación de los contratos vigentes. La amenaza soterrada con dejar de pagar, sumado a las dudas que ha generado en los técnicos económicos rusos, ha provocado una cierta marcha atrás. “Lo digo con las palabras de Putin, los contratos existentes permanecen en vigor, las empresas europeas, y ha remarcado que esto es una concesión solo a ellas, continuarán pagando en euros o en dólares”, dijo el mandatario italiano. Además, insistió en que los precios de los bienes que se intercambian a nivel mundial, como el petróleo, el gas o el grano, se han fijado siempre en dólares y cambiar eso ahora “no es fácil”. La modificación de la divisa comportaría dificultades técnicas “insuperables”, que quizá puedan pensar en transformarse, pero “con mucho tiempo”. Además, Draghi aseguró que tras la conversación mantenida no tiene dudas de que el suministro de gas ruso está garantizado.

El líder italiano, que anunció a Putin nada más descolgar el teléfono que le llamaba para hablar de paz, percibió también durante la charla telefónica que el alto el fuego no está cerca, pese a que vio al líder ruso algo cambiado. “Putin me respondió que estaba de acuerdo en que hablásemos de paz. Pero le dije que ese deseo se tenía que demostrar con un alto el fuego, aunque fuera corto. Y para resolver algunos nodos tiene que reunirse con Zelenski, que lo pide desde el inicio de la guerra. Su respuesta, sin embargo, fue que los tiempos todavía no están maduros y que los negociadores tienen que avanzar con las negociaciones”.

Ambos mandatarios no habían hablado desde el comienzo de la guerra. Y pese a pequeños avances y la aparente retirada de zonas como Kiev, Draghi ha dicho que tras la conversación con Putin conviene tener los pies en el suelo respecto al horizonte de paz, que hoy es más un deseo que una realidad. “Los hechos son que continúan lanzando misiles en Kiev. Todos queremos ver la luz, pero hay que tener los pies en el suelo. Los hechos dicen que las sanciones funcionan, que a la paz se llega si Ucrania sigue defendiéndose. Hay deseo de llegar pronto al final, pero es pronto para superar el escepticismo”, ha señalado.

Draghi confirmó, además, que habló con el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, sobre la posibilidad de construir un gaseoducto entre Génova (norte de Italia) y Barcelona, aunque por el momento “es solo una hipótesis y tiene que ser estudiada”. La empresa gasística Snam, con una red de más de 33.000 kilómetros de gasoductos en Italia, está ya elaborando estudios técnicos para analizar la viabilidad de la infraestructura.

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Draghi explicó que tras la crisis sobre la energía que se ha abierto por la guerra en Ucrania, los países del Mediterráneo “han constatado que pueden ser un centro logístico importante para el gas ahora y para el hidrógeno mañana”. “Es algo que puede funcionar para llevar los recursos de sur del Mediterráneo al norte de Europa”, añadió. En cualquier caso, insistió, son inversiones que llevan años y no se puede contar con esta infraestructura ahora para resolver el problema actual.

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Italia ha sido uno de los principales socios de Rusia en Europa y un aliado estratégico del presidente Vladímir Putin en cuestiones comerciales. Solo hace cuatro años, el Gobierno de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas estrechó todavía más esos vínculos. Por eso, cada vez que el foco de la guerra pasa por el país transalpino, vuelven a verse las costuras de aquella relación. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, compareció este martes por videoconferencia en la Cámara de Diputados italiana. Agradeció el apoyo italiano, pero pidió que las sanciones y la oposición a Rusia sean todavía más contundentes.

La comparecencia de Zelenski en el Palacio de Montecitorio —una hora antes había llamado al papa Francisco, que también le mostró su apoyo— es un paso más en la gira telemática del líder ucranio por los parlamentos internacionales. Lo hizo con toda solemnidad, ante todos los senadores y diputados del Parlamento y el propio presidente del Consejo de Ministros, Mario Draghi. Todos ellos condenaron “netamente el ataque ruso”. El aplauso en pie de los miembros de ambas cámaras duró varios minutos y no dejó lugar a dudas. Draghi fue rotundo en su intervención, en la que atacó directamente “la arrogancia del Gobierno ruso” y llegó a proclamar que “Italia quiere a Ucrania en la Unión Europea”. Zelenski hablaba precedido por cierta polémica en algunos sectores de la parte escindida del Movimiento 5 Estrellas (M5S), que montó su propio grupo político, y el lunes reclamaba escuchar también la versión del bando ruso. Pero este martes el apoyo fue unánime.

Zelenski tuvo un tono menos beligerante que ante el Parlamento alemán. Pero advirtió a los italianos de lo que puede suceder si no se aumenta la presión sobre Putin, comparando la destrucción de lugares como Mariupol con lo que supondría para ciudades italianas como Génova, del mismo tamaño. Además, recordó que ya han muerto 117 niños desde el comienzo de la invasión. “Hay que hacer todo lo posible para garantizar la paz. Es una guerra organizada durante años por una sola persona, ganando dinero del gas y usándolo para la guerra. Quiere controlar vuestras vidas y vuestra política, destruir vuestros valores democráticos. Ucrania es la puerta para el Ejército ruso a Europa. Y ellos quieren entrar en Europa, pero la barbarie no debe entrar. […] La invasión dura ya 27 días, casi un mes. Así que necesitamos más sanciones y otras presiones hasta que llegue la paz”, lanzó a través de la pantalla.

Veto a las vacaciones de los rusos en Italia

El presidente ucranio pidió redoblar los esfuerzos para aislar a Putin, también cerrando la puerta a ciudadanos rusos que pasan las vacaciones en Italia. “Sabéis quién ordena combatir y quién ha llevado la guerra a Ucrania. Todos utilizan Italia para sus vacaciones. No tenéis que acoger a estas personas. Hay que bloquear y congelar sus bienes. Sus cuentas, yates, hasta el más pequeño. Congelar todos los activos de los que tienen fuerza de decisión en Rusia. Hay que apoyar las sanciones y el embargo contra todos ellos. Ninguna excepción para ningún banco ruso. Hay que parar los asesinatos y la guerra rusa”, insistió. La situación, recordó, es extrema. Y comparable a lo que hicieron los nazis, lanzó. “Hay tropas del Ejército ruso que torturan, violan y raptan a los niños. Nos están robando. Eso es lo que hicieron los nazis cuando ocuparon otros países”.

Italia siempre ha tenido una elevada promiscuidad con Rusia. Desde los tiempos en los que el Partido Comunista Italiano era el más importante de Europa, pasando por la intensa amistad de Silvio Berlusconi con Putin, a los flirteos del Ejecutivo populista que formó el Movimiento 5 Estrellas con La Liga en 2018. La imagen de los camiones rusos entrando en Bérgamo en plena pandemia para prestar ayuda sanitaria y logística mostraron la última postal de una sintonía que se ha traducido en los últimos años en un suculento intercambio comercial —7.000 millones de euros de exportaciones a Rusia y 12.600 millones de importaciones— y que ahora coloca en una situación incómoda a muchos de los incondicionales de Putin.

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La situación, sin embargo, ha cambiado en las últimas semanas y Rusia ha colocado a Italia en la lista negra de países. No han gustado las declaraciones, los actos ni las medidas contra los oligarcas dentro de las fronteras italianas. “Si el Gobierno italiano sigue a Francia a la hora de declarar una guerra financiera y económica total a Rusia al aprobar nuevas sanciones, habrá las correspondientes consecuencias irreversibles”, amenazó Alexéi Paramonov, excónsul ruso en Milán, y hoy director del departamento europeo del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores. Paramonov recordó también a Italia la ayuda que había recibido durante la pandemia y acusó al ministro de Defensa italiano, Lorenzo Guerini, de ser “un halcón y uno de los principales inspiradores de la campaña antirrusa del Gobierno italiano”.

Draghi fue muy claro en su intervención y dejó atrás cualquier titubeo del país en esta cuestión. “La arrogancia del Gobierno ruso ha chocado con la dignidad del pueblo ucranio, que frena las ansias expansionistas de Moscú e impone costes altísimos al invasor. La resistencia de Mariupol y otras ciudades a las que se asoma la ferocidad de Putin es heroica. Hoy Ucrania defiende nuestra paz, nuestra libertad, nuestra seguridad. Un orden multilateral basado en reglas y derechos que hemos construido con mucha fatiga desde después de la guerra. Italia le es profundamente grata. Italia no volverá la espalda a Ucrania. El Gobierno y el Parlamento están en primera fila del apoyo a Ucrania”, aseguró Draghi.

Italia debe ahora encontrar una solución al problema energético. Se trata de uno de los países de Europa occidental con mayor dependencia, ya que casi la mitad de su suministro (46%) procede de Rusia. En los últimos años, Roma ha intensificado considerablemente su relación energética con Moscú, a pesar de su cercanía con otros proveedores como Argelia, Túnez o Libia, que suministran este hidrocarburo a Italia a través de gasoductos que no están totalmente cargados como el TransMed o el GreenStream. Como recordó el propio Draghi, hace 10 años el país transalpino importaba solo cerca del 27% de su gas de Rusia.

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Matteo Salvini se plantó el viernes por la tarde en el Ministerio de Desarrollo Económico, en la Via Veneto, y se encontró con Mario Draghi. El primer ministro esperaba noticias sobre su candidatura a presidir la República, pero escuchó estupefacto cómo el líder de La Liga le comunicaba que apoyaría a Elisabetta Belloni, jefa de los servicios secretos y mujer de confianza del propio Draghi. El expresidente del Banco Central Europeo (BCE) volvió a su despacho, llamó a Enrico Letta y mostró su asombro. Las versiones sobre lo que respondió el líder del Partido Democrático (PD) son distintas, pero ahí el primer ministro dio por concluida una carrera que duraba ya varios meses y que mantuvo al país en vilo. La repetición de Sergio Mattarella en el cargo ―a quien el propio Draghi animó el sábado cuando ya no tenía opciones ― suavizó finalmente el golpe y mantiene viva su candidatura para dentro de un par de años, cuando pasen las siguientes elecciones legislativas. Pero fue su primer gran tropiezo con la política italiana. Algo parecido a una derrota.

Mario Draghi es el hombre con mayor prestigio internacional de las instituciones italianas. Durante un año ha logrado lo que parecía imposible en la última década: mantener unido a un Gobierno con todos los partidos (excepto Hermanos de Italia) y poner en marcha un plan histórico de reformas para recibir los 200.000 millones de euros de fondos para la pospandemia que le asignó la Unión Europea. El país ha recuperado el empuje y su voz en los foros internacionales. Y la leyenda de salvador del euro, su contrastada solvencia y ese humor tan impermeable e institucional le colocaban como favorito para el triple salto mortal: convertirse en el primer ministro italiano que pasaba directamente a jefe de Estado. Pero es posible que la partida no se jugase tan bien desde el punto de vista mediático y político.

Draghi nunca negó su interés en ser presidente de la República. “Soy un abuelo al servicio de las instituciones”, dijo públicamente cuando le preguntaron. Se postuló para el cargo de forma indirecta, recuerda el politólogo Giovanni Orsina. “No formalmente, pero el mensaje estaba claro. Y el hecho de que no lo haya conseguido constituye ahora un elemento de debilidad para su imagen. Si no hubiera estado nunca en la carrera por ese objetivo sería distinto. Pero él estaba ahí y el mensaje final es que el Parlamento no lo ha querido. Eso para él, seguramente, representa un problema; nada que no sea reparable, pero ahora debe también reconstruir algo la imagen”, apunta.

El primero en negar a Draghi públicamente fue Silvio Berlusconi. Pero el Parlamento, por muchas quinielas que llevaran su nombre, tampoco consideró nunca de forma transversal su candidatura. “Cuando empezó a dar a entender que quería ir al Quirinal [sede de la presidencia] debió tener otra aproximación con los parlamentarios”, explica una senadora del PD. La jugada era también demasiado complicada desde el punto de vista de la transición: nadie llegó a comprar nunca los nombres que se filtraron como posibles sustitutos de Draghi en el Palacio Chigi. Los técnicos como Daniele Franco (ministro de Economía) o Vittorio Colao (titular de Innovación Tecnológica) se veían como fácilmente controlables por Draghi. Y la opción de un político, cuando Italia encara un año electoral, incomodaba a los partidos. “No ha habido ninguna posibilidad de que le eligieran. El problema es que sus consejeros habían difundido esta historia. Pero cualquiera que pasase diez minutos estos días en el Parlamento sabía que no le votaría nadie. La única que quería hacerlo realmente era Giorgia Meloni [líder de Hermanos de Italia], que buscaba provocar elecciones anticipadas”, apunta un diputado del PD.

Orsina comparte la tesis y añade otros elementos. “También hay un tema de relación entre política y tecnocracia, de orgullo parlamentario. Ellos querían a uno de los suyos en el Quirinal, no a un tecnócrata. Y está el asunto de la distancia que él marca. No es alguien accesible, alguien a quien llamas. Se percibe como alguien frío, distante e inaccesible. Y, finalmente, estaba el gran tema del Gobierno. Aquí los parlamentarios querían salvar la piel. Y la carta de Draghi significaba unas elecciones anticipadas”.

La reelección de Mattarella, nadie lo duda ya, es una buena decisión para Italia y un mal menor para Draghi. “Esto son tablas en una partida de ajedrez. Una congelación del status quo”, apuntan fuentes del Movimiento 5 Estrellas. Pero es también lo que pedían los mercados ―la prima de riesgo volvió a caer el lunes tras varios días subiendo― y cada vez más voces internacionales. El economista y exsecretario del Tesoro italiano Lorenzo Codogno conoce bien las habituales turbulencias italianas y cree que “la solución es muy positiva”. “Así se confirma el equipo actual, que tiene mucha credibilidad internacional. Es una victoria para todos. Los partidos no salen bien de esto, pero el Gobierno sí. También creo que Draghi sale contento. Habría podido ser presidente, pero habría tenido un rol más de garantía que en el Ejecutivo. Yo prefiero a Draghi un año más en el Palacio Chigi y que haga muchas cosas. Y las primeras señales son estimulantes. Habrá dos consejos de ministros cada semana para empujar las reformas. Y sobre algunos temas tendrá más margen, porque los partidos están débiles y él tendrá más fuerza para empujar”. Una idea en la que coincide Stefano Ceccanti, diputado del PD. “Pero es importante lanzar una señal pronto”, apunta.

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Draghi quería ser presidente de la República. Nunca lo desmintió y se puso al servicio del país. Pero la opción de Mattarella siempre le gustó. “Si tú te quedas, yo también”, le dijo al jefe de Estado hace algo más de un mes en una de las comidas periódicas que ambos mandatarios mantenían en el Palacio del Quirinal. Las cosas en el Ejecutivo no andaban de la mejor manera por aquellas fechas y Draghi, por lo que se desprende de la frase ―publicada por el Corriere della Sera y nunca desmentida― debía pensar que lo mejor era dejarlo todo como estaba. La conversación de aquel día se ha materializado, y ambos seguirán en su cargo hasta que termine la legislatura. Si Draghi todavía no se ha cansado de los manchurrones de la política, y sigue considerándose un abuelo al servicio de su país, podrá optar de nuevo a la presidencia de la República.

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La votación para elegir al presidente de la República de Italia ha mostrado en su sexta votación lo mejor y lo peor de la política italiana. El viernes 28 de enero hubo traiciones en el seno de los partidos y una enorme irresponsabilidad institucional, que lastimó la imagen de grandes cargos como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, arrojada egoístamente por Salvini a la hoguera de una votación para la que no tenía apoyos. Pero también, como sucede casi siempre, se logró mantener abierta la puerta de una negociación in extremis, que permita salvar los muebles en un momento profundamente delicado para Italia. Aunque sea volviendo a la casilla de salida de este proceso y destapando una carta: pedir a Sergio Mattarella que repita en el cargo, optar por el primer ministro, Mario Draghi, o elegir a la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni.

La repetición del actual jefe de Estado al frente del cargo, apoyada ayer por una votación masiva (336 votos) en la que la derecha se abstuvo, sería una tabla de salvación para todos. Es la única carta que permite poner el contador a cero. Nadie saldría demasiado trasquilado y se aplazaría así la decisión hasta dentro de, al menos, dos años. Sería ya cuando haya un nuevo Ejecutivo, tras unas elecciones legislativas, fijadas para 2023. Y el propio Draghi, con algunos rasguños, podría volver a tener posibilidades de ocupar esa plaza. El entorno de Mattarella ha hecho saber estos días que no tiene ninguna intención de repetir y que no ha tenido ningún contacto con los partidos. Pero también ha admitido en otras ocasiones que si la situación en Italia fuera crítica, no tendría más remedio que aceptar. Al menos, tal y como hizo su predecesor, Giorgio Napolitano, hasta que se celebrasen las próximas elecciones legislativas y el Parlamento estuviera en condiciones de crear una mayoría más nítida.

La otra opción, con una producción mucho más complicada, es la de Draghi. El actual primer ministro no ha ocultado su interés estos días por convertirse en el nuevo jefe del estado. Ayer se reunió con Matteo Salvini, líder de la Liga, y conversó con los otros líderes. Su elección, sin embargo, implica tener un plan listo para sustituirle y conformar un nuevo Ejecutivo que preservase la unidad del último año para avanzar en las reformas que necesita Italia y afrontar los proyectos para los que el país recibirá más de 200.000 millones de euros de la UE. El problema es que el propio Draghi estaría implicado en ese proceso de remodelación ministerial, retorciendo algunas páginas de la Constitución y convirtiendo por unas horas a Italia en una república presidencialista.

Las otras posibilidades que se barajaban ayer, aunque de un perfil y peso mucho menor, eran la del expresidente de la Cámara de Diputados Pier Ferdinando Casini; y, sobre todo, la de la actual jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Esta última, diplomática de gran experiencia y capaz de generar un amplio consenso, era la preferida a última hora de ayer por la derecha. De hecho, el propio Salvini dijo que estaba trabajando para que la persona elegida fuera “una mujer”, sin referirse directamente a ella.

La votación del 28 de enero (la quinta) fue un drama para Salvini, que había propuesto a Casellati, la presidenta del Senado. La política de Forza Italia es por jerarquía institucional también la segunda figura del Estado, algo que aconsejaría no quemarla en una votación perdida de antemano. Pero Salvini se empeñó en una idea divisiva (la izquierda ni siquiera votó) y el resultado que obtuvo, más allá de liquidar esa candidatura, mostró las grietas que hay en la coalición de centroderecha, que ni siquiera logró apoyar unida a Casellati (obtuvo 382 votos de los alrededor de 450 que conforman los parlamentarios de Forza Italia, Hermanos de Italia y la Liga). Es decir, unos 70 parlamentarios de los suyos —incluso de Forza Italia, su propio partido— ni siquiera la votaron.

No es la primera vez que Salvini sobreestima sus habilidades. En agosto de 2019, con un mojito en la mano en un chiringuito de playa, provocó una crisis de gobierno que liquidó todas sus posibilidades de ser primer ministro y de continuar dentro del Ejecutivo del que era vicepresidente. Mucho menos poderoso que entonces, ha intentado en esta elección del presidente de la República convertirse en un líder fiable, aglutinar a toda la coalición y erigirse en el kingmaker de la votación. El problema es que ha logrado solo convertir la Cámara de Diputados en una versión invernal de aquel chiringuito, llamado Papeete, dividiendo a la coalición y entregando al bloque progresista la delantera en la fase definitiva de la votación.

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Salvini sale vivo de esta partida solo porque su partido no funciona como la mayoría y nadie pedirá ahora su cabeza. Pero una parte importante de su formación, la de los empresarios del norte, quería desde el comienzo a Draghi en el palacio del Quirinal, y el líder de la Liga desoyó ese insistente coro. Le pasarán la factura. También una gran parte de las filas de la resquebrajada coalición de centroderecha, que cada vez más reconocen en Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, a la única capaz de tomar decisiones políticas inteligentes.

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La zona Cesarini es un término acuñado en los años 30 en Italia para referirse al tiempo de descuento de un partido de fútbol y a los goles anotados in extremis en ese lapso temporal. Con el tiempo, sin embargo, convirtió también en una metáfora de tantas cosas que se logran en Italia en el último minuto, especialmente de una negociación política: la elección del presidente de la República suele ser una de ellas.

Excepto Carlo Azeglio Ciampi (1999-2006), el modelo que ahora se invoca para promover a Mario Draghi (también fue banquero y primer ministro y presidente casi sin solución de continuidad), el resto de jefes de Estado como Sergio Mattarella, Giorgio Napolitano o Oscar Luigi Scalfaro (16ª votación), cuajaron después de muchos intentos. Y en esta ocasión, de nuevo, parece que se superarán las tres primeras votaciones antes de que el quórum necesario descienda hasta la mayoría absoluta del escrutinio del jueves, cuando podría empezar a aclararse la partida. El miércoles se producirá una reunión crucial entre los bloques de derecha y el de izquierda.

El martes la votación volvió a arrojar un gran número de papeletas en blanco (525), tal y como los principales partidos pidieron a sus parlamentarios, y un número considerable de apoyos para el juez Paolo Maddalena (40) y para el actual presidente de la República, Sergio Mattarella (39). Pero fue, sobre todo, el día en que la coalición de derecha (Forza Italia, Hermanos de Italia y Liga) puso tres nombres sobre la mesa: la exalcladesa de Milán Letizia Moratti, el filósofo y expresidente del Senado Marcello Pera y el exjuez del Tribunal Constitucional, Carlo Nordio. Los ultraderechistas Matteo Salvini, líder de la Liga, y Giorgia Meloni, jefa de Hermanos de Italia, los presentaron como sus bazas para competir con un histórico agravio de la derecha, que no ha sido capaz de imponer a ningún candidato de su área ideológica en el Quirinal en los últimos 30 años. Pero eran, en realidad, algo más parecido a un farol para llegar a un acuerdo que todavía pasa irremediablemente por explorar en profundidad la vía de Draghi o destapar alguna carta que pueda complacer al espectro progresista.

Las posiciones oficiales son variadas. El bloque de centroizquierda, por cortesía institucional, ha dicho que valorará los nombres propuestos por la derecha. Pero ya avanzó que no los considera oportunos y prefiere reunirse con la coalición que lidera Salvini para consensuar una propuesta unitaria. “Tenemos que encerrarnos y tirar la llave. Pan y agua hasta encontrar el nombre”, propuso Enrico Letta, líder del Partido Democrático.

Muchos, sin embargo, siguen queriendo preservar el nombre de Draghi. Incluso en las filas del Movimiento 5 Estrellas (M5S), temerosos de que una elección del presidente del BCE pueda dar al traste con la legislatura y con las aspiraciones de muchos parlamentarios de llegar a septiembre para asegurar una retribución especial, se aceptaba ayer la realidad. “El país necesita a alguien de máximo prestigio y que el Gobierno pueda seguir con sus reformas. ¿Draghi? Coincide con ese perfil, sí”, relata al teléfono un diputado napolitano del M5S.

Las negociaciones para trasladar a Draghi al Palacio del Quirinal, sin embargo, no registraron avances ayer y, por momentos, parecían liquidadas. Especialmente porque corren en paralelo a la necesidad de buscarle remplazo y construir un nuevo Ejecutivo de unidad. Y es ahí donde cabe buscar sentido a los nombres propuestos por la derecha -especialmente por Salvini, que intenta convertirse en el king maker de esta batalla- con la única finalidad de seguir negociando y ganando tiempo. Hasta ahora, todavía lejos de la zona Cesarini, el país puede permitirse el lujo de seguir jugando a votar nombres como el del mítico portero de la Juventus y de la Nazionale, Dino Zoff (a quien casi nunca, por cierto, marcaron durante esos fatídicos minutos). A partir del jueves, cuando el quórum descienda y los números sean más fáciles de cuadrar sin una gran mayoría de apoyos, llegarán las prisas por cerrar el partido.

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El gran teatro para la elección del presidente de la República de Italia se dio por inaugurado este lunes a las 15.00 con los primeros parlamentarios depositando su voto en la cámara de diputados. La mayoría lo hizo en blanco, como ordenaron los partidos, para poder ganar algo de tiempo en una complicada negociación que deberá resolver el nombre del nuevo inquilino del Quirinal. Pero, probablemente, también el del nuevo primer ministro. La elección de Mario Draghi, que ayer se reunió con Matteo Salvini para tratar este asunto, obliga a pensar también en alguien que le sustituya en el Palacio Chigi, sede del Gobierno. Un doble cambio de guardia que nunca antes había sucedido en la historia de la República y que está obligando a los partidos a negociar a contrarreloj. Ayer hubo fumata negra en este gran cónclave laico. Y nadie espera que pueda ser blanca, como mínimo, antes del jueves.

La tarde del lunes votaron 1.008 parlamentarios que fueron desfilando por orden alfabético -senadores vitalicios, senadores, diputados y representantes regionales- por las urnas colocadas en el centro del Palacio de Montecitorio. Lo hicieron en turnos de 50, debido a las normas anticovid. Y algunos tuvieron que hacerlo incluso desde el aparcamiento trasero porque se encontraban en cuarentena o positivos por dicho virus.

El grupo mixto votó al exjuez constitucional Paolo Maddalena, que obtuvo 36 votos. Pero la orden, para casi todos los partidos, era votar en blanco (672 votos, los mismos que hacían falta para el quórum de las tres primeras votaciones). O hacerlo con uno de esos nombres irrelevantes que no entorpecen las negociaciones: los llamados candidatos de bandera. Ayer, en ese espíritu de ironía que sostiene a Italia en los peores momentos, salieron en el recuento el viejo líder de la Liga, Umberto Bossi, Amadeus (el presentador del festival de San Remo), Bruno Vespa (presentador de uno de los programas de más audiencia de la RAI) o Claudio Lotito (presidente de la Lazio). En anteriores elecciones se han visto escritos en las papeletas nombres como el del gestor futbolístico Luciano Moggi (condenado por corrupción), del entrenador Carlo Ancelotti, del actor porno Rocco Siffredi o Diego Armando Maradona.

No estaba para bromas, en cambio, la senadora e histórica líder del Partido Radical Emma Bonino, una de las primeras en depositar su papeleta. La política abogó por la permanencia de Draghi como primer ministro para terminar el proceso de reformas en el que ha embarcado a Italia. “Hay que recordar que en 2024 se elegirá a nuevo presidente de la Comisión Europea”, señaló en referencia al que podría ser un puesto más apropiado para el expresidente del BCE.

El primer síntoma del pequeño avance de Draghi lo aportó ayer la reunión que mantuvieron por la mañana el líder de la Liga, Matteo Salvini, y el propio primer ministro. Ninguno de los dos quiso filtrar el contenido del encuentro, pero era evidente que se negociaba ya abiertamente sobre la posibilidad de que el primer ministro diera el salto al Quirinal. “Draghi ha entendido al fin que necesitará negociar abiertamente con los partidos si quiere llegar al Quirinal. Esto no sucede por ciencia infusa. Aunque quizá sea demasiado tarde y todo conduzca irremediablemente a un Mattarella bis”, señala un diputado del Partido Democrático (PD) justo después de depositar su voto. Draghi es un hombre solo sin estructura de partido que empuja su candidatura. Y no solo deberá hacerlo ahora, sino también presentar una propuesta de Ejecutivo que puedan aceptar todos aquellos que deben votarle.

Salvini busca Interior

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Salvini, por otro lado, quiere asegurarse un gobierno donde la Liga pueda estar cómoda, hablar del nombre del futuro primer ministro y, sobre todo, intentar hacerse con el ministerio del Interior para el año que quedaría antes de las elecciones. Además, considera que sus posibilidades de llegar a ser primer ministro algún día sin asustar a Bruselas y a otras potencias internacionales -que ya torpedearon su intento de hacer caer el Gobierno en agosto de 2019- pasa por tener un apoyo como el que podría ahora ganarse con su favor a Draghi.

El problema, además de que Silvio Berlusconi -que se retiró el pasado domingo de la carrera para la jefatura de Estado- ya ha dicho que no le apoyará. Y habrá que ver cuál es el encaje que tendrán esas peticiones de ministerios concretos con el resto de fuerzas políticas. Especialmente con el PD, que no podrá aceptar que en año electoral el ministerio del Interior vuelva a convertirse en un altavoz xenófobo al servicio de la posición antiinmigración de Salvini. El líder de la Liga fue ayer el perno entorno al que giró toda la maquinaria.

Salvini se reunió por la tarde con Enrico Letta, líder del PD. Un encuentro clave definido por ambos en un comunicado conjunto como “cordial” y que ha significado la apertura de un diálogo que continuará el martes. Algo más tarde, el líder de la Liga se reunió también con el ex primer ministro y líder del Movimiento 5 Estrellas, Giuseppe Conte. Una manera de tomar la iniciativa en unas negociaciones que necesitarán por fuerza la alianza entre viejos adversarios. “Estamos trabajando para presentar una lista de hombres y mujeres de alto perfil en la que esperamos que no haya vetos”, señaló al final de la jornada Salvini.

El bloque de la derecha, formado por la conservadora Forza Italia y los ultraderechistas Liga y Hermanos de Italia, tiene mayor representatividad parlamentaria, pero cuentan con 454 electores, por lo que a pesar de todo necesitan las papeletas de otros partidos. En la cuarta vuelta, donde bastará con las de la mitad más uno delos electores, necesitarán sumar a unos 50 de otros partidos o del grupo mixto para llegar la meta de los 505. El bloque de la izquierda, formado por el Partido Demócrata (PD), Libres e Iguales y el populista Movimiento 5 Estrellas (M5S), parte con 405 electores.

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El problema y la solución ante los retos de los próximos tiempos en Italia llevan el mismo nombre: Mario Draghi. El actual presidente del Consejo de Ministros no vería mal ser presidente de la República. O al menos no lo ha desmentido, como sí hizo hace siete años cuando sonó su nombre. “Soy un abuelo al servicio de la República”, deslizó cuando fue preguntado al respecto hace unas semanas. Es un nombre de prestigio, genera una importante unanimidad y reúne todas las cualidades para serlo. Es la solución a los próximos siete años en el palacio del Quirinal, cuyo presidente se elige a partir del día 24 de enero. El problema es que su nombramiento —sería la primera vez que un primer ministro pasa directamente a la presidencia de la República— dejaría vacante un puesto para el que nadie es capaz de encontrar un sustituto y podría provocar cortocircuito que terminase con elecciones anticipadas y el regreso a las clásicas turbulencias italianas. Cada vez son más las voces que piden que se quede donde está: dentro y fuera de Italia.

La legislatura no ha terminado (falta un año y medio) y quedan todavía reformas pendientes por ejecutar. También el comienzo del despliegue del Plan de Recuperación con fondos europeos —desde Bruselas se observa con muchísima atención lo que pueda hacer Italia con los más de 200.000 millones de euros asignados— y la nueva fase de la batalla contra la covid-19. El propio Draghi, que ha dado estabilidad y credibilidad internacional al país en este año, expuso algunos de esos retos en la rueda de prensa del pasado lunes. Pero nadie sabe si en dos semanas seguirá siendo el primer ministro de Italia, si caerá el Gobierno o si todo continuará exactamente como está (eso pasaría porque el actual jefe de Estado, Sergio Mattarella, aceptase a los 80 años prolongar su mandato, como piden cada vez más voces).

La incertidumbre, por primera vez en un año, es total. Llegan pequeñas señales desde el exterior y la prima de riesgo ha subido 30 puntos desde octubre. El expresidente del BCE, un maestro detectando el humor cambiante de los mercados, alega que la legislatura seguirá adelante esté o no él al frente del Ejecutivo. Pero parece complicado. Más todavía si se atiende a la necesidad de algunos socios de este Gobierno, como Matteo Salvini, de marcar un perfil propio desmarcándose de la línea unitaria de los últimos meses. Especialmente si Draghi, a quien se acudió hace un año por su enorme prestigio e imparcialidad, ya no es el aglutinador de esa mayoría.

Los parlamentarios cada vez están más convencidos de que la solución para evitar el caos —o la caída del Ejecutivo— pasa por convencer a Mattarella de alargar su mandato. “El problema fundamental es que Draghi no podrá encontrar un sustituto para terminar la legislatura tranquilamente. Si elige a un técnico como el ministro de Economía [Daniele Franco] parecerá que quiere manejarle desde el Quirinal. Y un político será difícil de aceptar por el resto de partidos. Así que votarle significaría ir a elecciones. Y los parlamentarios, cuya mayoría no repetiría tras esta legislatura, no están dispuestos a suicidarse alegremente”, apunta un veterano y experto diputado del Partido Democrático.

Mattarella ya ha dicho públicamente que no quiere repetir. Pero en su entorno se apunta desde hace meses que si la situación fuera extrema y pusiera en peligro la buena marcha del país, podría meditar alargar algún tiempo su mandato como un servicio a la República.

El último en exigir que el actual primer ministro permanezca en su puesto ha sido Silvio Berlusconi, que amenaza ahora en convertirse en un agente del caos si no se cumplen sus deseos. Il Cavaliere se ha empeñado en ser presidente de la República y absolutamente nadie en su entorno se atreve a decirle que quizá no sea buena idea. Tiene 85 años, ha pasado por varios procesos judiciales (algunos todavía en marcha) y pesa sobre su biografía una condena en firme y una inhabilitación por fraude fiscal. Al principio la mayoría lo tomó como una hipótesis extravagante que devolvía el sabor de finales del siglo XX a la política actual. Ahora, sin embargo, se ha convertido en un problema monumental para la coalición de derecha (Liga, Forza Italia y Hermanos de Italia), que corre el riesgo de desintegrarse mientras Il Cavaliere intenta a toda costa lograr los apoyos.

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Berlusconi ha activado su maquinaria y el martes se instaló en Roma para hacer campaña —es el primero en la historia de la República que lo hace de forma tan descarada— y seducir a posibles parlamentarios indecisos de otros partidos. Más allá de su nombre, la derecha no tiene ahora mismo a otro candidato claro. Él no lo permite. Pero ninguno de sus socios le quiere, incluidos muchos miembros de Forza Italia. El problema es que el tres veces primer ministro ha comenzado ya con las amenazas. Si no le proponen, romperá la coalición, aseguran en su entorno. Y si Draghi fuese finalmente el elegido, lanzó él mismo el lunes por la tarde, provocará un tsunami en el Ejecutivo de unidad sacando a los tres ministros de su partido y creando una situación de difícil equilibrio que conduciría a unas elecciones anticipadas.

En las filas de la Liga y Hermanos de Italia empiezan a perder la paciencia con el asunto. “Es un problema enorme para el centroderecha”, señala uno de los pesos pesados de la coalición. “Él está obstinado y quiere hacerlo a toda costa, pero es una idea absurda. Ahora nos chantajea con que si no se le apoya, hace saltar la coalición. Y el lunes se atrevió a extorsionar a Draghi también”, insiste este parlamentario. “Ha generado un bloqueo tremendo. Y si fuera presidente sería un problema, también para el centroderecha y para el país. Imagine la prima de riesgo… Pero por desgracia tiene posibilidades. Ahora mismo hay un Parlamento lleno de gente que no repetirá en el cargo y que está dispuesta a escuchar su propuesta”.

Los miembros de las dos Cámaras se reúnen en Montecitorio (la Cámara de Diputados) a partir del 24 de febrero. Son 950 parlamentarios a los que se añaden los senadores vitalicios. Todos bajo unas reglas que permiten alargar ad infinitum las votaciones diarias —no se sabe todavía si se votará sábado y domingo también— para llegar a un acuerdo y en las que el quórum necesario desciende a medida que se avanza infructuosamente hacia la elección del candidato. En las tres primeras se necesitan dos tercios: es decir, 673 sobre 1008 parlamentarios. A partir de la cuarta, sirve solo la mitad más uno. Ahí pueden llegar las sorpresas.

El entorno de Berlusconi cree que puede contar con los números, sobre todo si logra pescar en el grupo mixto y en las filas de los descontentos del Movimiento 5 Estrellas. Y la realidad es que la situación de bloqueo, sumado a las bajas que puede haber por covid los días de la votación, pueden beneficiarle.

Una votación amenazada por la covid

El ritual para la votación del presidente de la República es una de las ceremonias institucionales más vistosas e importantes de Italia. Los parlamentarios de las dos cámaras, sumados a los representantes regionales, desfilan por la Cámara de Diputados en una votación diaria hasta que se llega al quórum necesario —dos tercios en las tres primeras rondas y mayoría absoluta en el resto—.

La Constitución es estricta en los métodos y no permite tampoco aplazar la fecha una vez fijada por el presidente de la Cámara de Diputados. El problema es que las cifras de contagios de la covid en Italia están disparadas y se prevé que alrededor del 10% de los 1.008 parlamentarios convocados tengan que ausentarse en alguno de los días durante los que se prolongue.

Los responsables de las cámaras no han establecido de momento ninguna alternativa. En los medios se han propuesto soluciones como una suerte de hotel para positivos con derecho a voto o el sufragio telemático, pero no parece que vayan a prosperar.

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