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El camión que llevaba los muebles de Sergio Mattarella de Roma a Palermo recibió una llamada a media mañana del sábado y tuvo que dar la vuelta. Los partidos italianos, incapaces de llegar a un acuerdo después de seis días de votaciones y enormes discusiones, han tenido que implorar al actual jefe de Estado que reedite su mandato (siete años) y permanezca en el cargo. Será, como mínimo, hasta que haya elecciones y se forme un Parlamento menos fragmentado. La repetición de Mattarella es una victoria para Italia en un momento muy delicado en el que se protegerá la estabilidad y a figuras como Mario Draghi, que podrá terminar su trabajo al frente del Ejecutivo. Pero es también una derrota tremenda para los partidos y para la política italiana, incapaz de encontrar relevos y llegar a nuevos acuerdos.

Mattarella (80 años), en caso de aceptar la propuesta, será el segundo presidente de la República que repetirá en el cargo. Y lo hará de forma consecutiva a su predecesor, Giorgio Napolitano, que se encontró en una situación similar hace nueve años. La diferencia, sin embargo, es que esta vez ha habido una cierta promoción parlamentaria de su candidatura. El jefe de Estado repitió una y mil veces que no quería reeditar su mandato: no tenía ganas y le parecía forzar en exceso la Constitución. Pero un movimiento de base construido desde algunas bancadas en las últimas horas ha llevado en volandas su candidatura. “Era la única solución posible para tener unida a la mayoría. Si los líderes tenían que buscar la unanimidad, la única solución era promover un movimiento desde abajo para elegir a Mattarella”, señala Stefano Ceccanti, diputado del PD y uno de los diseñadores del plan.

Ennio Flaiano, escritor y legendario guionista de Federico Fellini, decía que “la línea más corta en Italia entre dos puntos es el arabesco”. Pero la decisión, tomada en la octava votación de la sexta jornada, es también un nítido síntoma del estado comatoso en el que se encuentra su clase política. No hay relevos a la altura, clase dirigente. Flaquea también la histórica capacidad para llegar a acuerdos transalpina. La paradoja, en cambio, señala que la jugada permitirá salir airosos a casi todos los partidos y mantener la insólita estabilidad de la que ha disfrutado el país en el último año justo cuando los mercados comenzaban a ponerse nerviosos. Mario Draghi, la otra opción favorita, podrá seguir hasta el final de legislatura en el Ejecutivo para terminar las reformas en las que ha embarcado al país, de las que dependen la llegada de los más de 200.000 millones de euros que la Unión Europea ha asignado a Italia para el periodo pospandemia. El Partido Democrático siempre apostó por Mattarella y una gran parte de la derecha también. Un hombre, sin embargo, sale muy tocado de la partida.

Matteo Salvini, jefe de la Liga, queda profundamente herido en un proceso al que entró autoerigido en una suerte de kingmaker y del que salió trasquilado y como un líder político escaso, sin liderazgo ni visión política para los grandes procesos. Todos los nombres que propuso fueron rechazados y, además, lastimó enormemente la imagen pública de dos pesos pesados de las instituciones como la presidenta del Senado, Elisabetta Casellati, y la jefa de los servicios secretos, Elisabetta Belloni. Propuso ambos perfiles sin tener apoyos suficientes y bajo la solitaria premisa de que eran “mujeres”. Hizo un flaco favor a la igualdad de género en las instituciones con su frágil argumentación y expuso, sin darse cuenta, la división que existe en el seno de la coalición de derechas (Forza Italia, Liga y Hermanos de Italia), que sale echa trizas de esta contienda.

Giorgia Meloni, líder de Hermanos de Italia, no oculta ya su lejanía con las decisiones tomadas por Salvini. Mattarella, que suponía la continuidad y alejar las elecciones anticipadas que buscaba en esta jugada la heredera del partido posfascista Movimiento Social Italiano, era la única opción que no quería. Tampoco en sus filas se disimula ya el desprecio por la valía política del líder de la Liga en las grandes ocasiones. “No está a la altura. Siempre que cree que puede ser decisivo, como pasó en agosto de 2019 en el Papeete, la caga”, dice sin contemplaciones un histórico miembro de Hermanos de Italia. La división es total.

Mario Draghi, el otro gran nombre de esta larga contienda, logra conservar sin apenas rasguños su currículo de superhombre de las instituciones. Pero después de un año en el que su reinado ha salido indemne a los habituales manchurrones del Parlamento italiano, ha comprobado que la política salpica. Y también que necesitará tejer alianzas, estrategias y bajar de vez en cuando de la torre de marfil que le otorgaron en su país cuando se consagró como salvador del euro. Cueste lo que cueste, como el diría. Al menos si quiere seguir optando a ser el jefe de Estado dentro de dos años, cuando las elecciones de 2023 aclaren el escenario.

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Mattarella se consagragrá hoy como uno de los mejores presidentes de la historia de la República. Su segundo mandato no es un juego de palacio, sino una voluntad popular y parlamentaria insólita en las refiegas italianas. Solo Giovanni Gronchi en 1955 surgió de una ola de apoyo parlamentario similar. Fue un candidato disidente que votaron algunos de los miembros Democracia Cristiana contra la línea oficial del partido. Y poco a poco todos fueron uniéndose. “Vino impuesto desde abajo. Y lo importante es que el Parlamento ahora ha encontrado el camino”, insiste Ceccanti.

La situación desde entonces ha cambiado enormemente y revela un problema endémico. En la llamada Primera República, cuando los partidos eran fuertes, solían ser los presidentes quienes querían repetir en el cargo, pero las formaciones se lo impedían para no entregarles demasiado poder. Hoy sucede justo lo contrario: los presidentes como Mattarella solo quieren marcharse a su casa de Palermo a descansar, pero los partidos son incapaces de reemplazarles y tienen que frenar al camión de la mudanza.

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Argentina llegó a un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Fue una negociación al borde del precipicio, con la cesación de pagos acechando una vez más al país sudamericano. El presidente, Alberto Fernández, anunció finalmente que su Gobierno alcanzó una solución “posible y razonable” para un “problema gravísimo y urgente”. Según lo acordado, el FMI refinanciará durante los próximos dos años y medio los vencimientos de capital e intereses de los 44.000 millones de dólares que Mauricio Macri recibió como salvataje financiero en 2018. Argentina obtendrá el dinero de las cuotas por una ventanilla del multilateral y lo depositará en otra. A cambio, se compromete a reducir el déficit fiscal al 0,9% del PIB en 2024, una meta que deberá cumplir para que no se interrumpan los desembolsos.

El cronograma de pagos acordado en 2018 se había vuelto imposible de cumplir para Argentina: 5.100 millones de dólares en 2021 (que el país ya pagó y ahora le serán devueltos), 19.100 millones de dólares en 2022, 19.300 millones en 2023 y 4.900 en 2024. El ministro de Economía, Martín Guzmán, dijo en rueda de prensa que el acuerdo incluye “todo lo que resta vencer al final del stand by [de 2018], más el monto de las amortizaciones de capital de septiembre y diciembre que se pagaron con los derechos especiales de giro” que recibió Argentina del FMI. “Cada tres meses, [y durante dos años medio], habrá revisiones y en cada una de esas revisiones habrá desembolsos y con esos desembolsos se harán los pagos acordados por el Gobierno anterior”, explicó Guzmán. Al final del programa, Argentina seguirá debiendo los 44.000 millones de dólares que recibió Macri. El pago de esa deuda se reiniciará dentro de cuatro años y medio, precisó el ministro.

Para la oposición “es positivo”

El acuerdo debe ser ahora aprobado por el directorio del FMI y el Congreso argentino. El trámite no será sencillo en el Parlamento, donde el oficialismo perdió el control tras las elecciones legislativas de medio término de noviembre. La oposición hizo valer la nueva relación de fuerzas y el 17 de diciembre no aprobó el presupuesto para 2022 enviado por Guzmán. La principal alianza opositora, Juntos por el Cambio, destacó como positivo el entendimiento con el FMI y “un primer paso para no seguir generando incertidumbre”, pero advirtió que aguarda los detalles del acuerdo definitivo de cara al debate parlamentario.

No solo la oposición puede ser una piedra en el zapato del presidente Fernández. También debe convencer al ala más dura del kirchnerismo, dentro de la coalición de Gobierno, de que este acuerdo con el FMI no implica un ajuste. A ellos les habló cuando anunció el entendimiento: “No restringe, no limita ni condiciona los derechos de los nuestros; no nos obliga a una reforma laboral; no impacta en los servicios públicos, no relega nuestro gasto social y respeta nuestros planes de inversión en ciencia y tecnología. Además, vamos a poder acceder a nuevos financiamientos, precisamente, porque este acuerdo existe. No nos impone llegar a un déficit cero”, dijo Fernández.

La madre de todas las batallas estará en la reducción del déficit fiscal primario (previo al pago de deudas). Según el acuerdo, Argentina bajará el rojo de 3% del PIB registrado en 2021 a 2,5% en 2022, 1,9% en 2023 y 0,9% en 2024, una escalera descendente tres años más corta que lo que pretendía la Casa Rosada. El Gobierno se compromete también a reducir gradualmente la asistencia monetaria del Banco Central al Tesoro, que pasará de más de 7% del PIB en 2020, el peor año de la pandemia, a ser “cercano a cero” en 2024, según precisó Guzmán. Para reducir la inflación, que superó el 50% en 2021, habrá “políticas que promuevan sectores que generan divisas” y permitan una reducción de la emisión monetaria, hoy la principal fuente de financiamiento público. Mientras tanto, seguirán vigentes las políticas de control de precios acordadas con el sector privado.

Por el lado del FMI, los negociadores fueron Julie Kozack, directora adjunta del Departamento del Hemisferio Occidental, y Luis Cubeddu, jefe de misión para Argentina. En una declaración escrita, ambos dijeron que “el sendero fiscal acordado [con Argentina] mejoraría de manera gradual y sostenible las finanzas públicas y reduciría el financiamiento monetario”. “También hemos acordado que el apoyo financiero adicional de los socios Internacionales de Argentina ayudaría a reforzar la resiliencia externa del país y sus esfuerzos para asegurar un crecimiento más inclusivo y sostenible”, escribieron.

Los mercados reaccionaron con rapidez a un acuerdo que se demoró más de la cuenta. A media mañana, el riesgo país argentino (el diferencial que debe pagar por su deuda con respecto a los títulos del Tesoro de EE UU) caía casi un 4%, hasta los 1.834 puntos, mientras que las acciones de títulos públicos argentinos que cotizan en Wall Street se recuperaban después de días de importantes caídas. El peso también se vio beneficiado en el mercado paralelo: cortó la racha devaluatoria y se apreció más de un 4% frente al dólar, hasta los 212,5 pesos, cerca del doble de la cotización oficial. El cóctel de emisión monetaria, crédito cero y gasto público terminó por dilapidar el valor del peso. Guzmán aclaró que no habrá una devaluación y que incluso se plantea “un objetivo de acumulación de reservas internacionales de 5.000 millones de dólares para 2022″.

El acuerdo se produjo después de que las conversaciones se intensificaron la semana pasada tras meses de retrasos. Y llegó en un día clave: Argentina tenía este viernes un vencimiento de más de 700 millones de dólares. En diciembre, el ministro Guzmán dijo en una entrevista con EL PAÍS que el acuerdo estaba demorado por la falta de apoyo de “algunos accionistas del FMI”. Su entorno dejó trascender que el más reticente al acuerdo era Estados Unidos, país que en 2018 fue clave para que el Fondo otorgase a Macri el mayor crédito en la historia del multilateral. La situación en Washington se destrabó poco a poco hace 10 días, tras un visita del canciller argentino, Santiago Cafiero, a su par estadounidense, Antoni Blinken. Cafiero le pidió sin rodeos el aval político de la Casa Blanca al acuerdo.

Mientras tanto, Argentina recibía apoyos explícitos de otros países, sobre todo europeos. Fue clave el papel de España, que trabajó por un entendimiento a través de la ministra de Economía, Nadia Calviño, quien sumó poder de fuego desde el 25 de diciembre como titular del Comité Monetario y Financiero Internacional del FMI.

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Más diálogo para evitar una colisión con consecuencias dramáticas para Europa. El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, han acordado este viernes en una reunió en Ginebra continuar las conversaciones diplomáticas sobre la crisis con Ucrania y la expansión de la OTAN. Cuando Rusia sigue concentrando tropas en sus fronteras con el país vecino, Blinken prometió enviar por escrito sus “ideas” y planteamientos a Moscú sobre sus demandas, que exigen a la OTAN que no se expanda hacia sus fronteras. Tras esto, se prevé nuevas conversaciones para desescalar la crisis mayúscula que ha elevado la alerta en Kiev, la OTAN y la UE ante los temores de que Moscú inicie una nueva agresión militar a Ucrania.

En diciembre, Putin planteó a la OTAN y a Estados Unidos un proyecto de tratado que incluye no solo el compromiso de que la Alianza renuncie a nuevos miembros entre los países de la antigua URSS (como Georgia y Ucrania, que recibieron la propuesta de adhesión en 2008, una realidad sin embargo que está muy lejana porque ambos países necesitan reformas) sino que también exige que la OTAN y Washington paralicen toda actividad militar en Europa del Este, Asia Central y el Cáucaso. La OTAN no tiene bases en Europa del Este pero sí despliega batallones plurinacionales en rotaciones en Polonia y los Bálticos.

Tras una reunión de 90 minutos con su homólogo ruso en un hotel a orillas del lago en Ginebra, Blinken ha resaltado que no habrá conversaciones sobre Ucrania –ni ningún otro Estado soberano— sin Ucrania. Tampoco se hablará sobre la OTAN sin la Alianza Atlántica, o de la UE sin la UE, ha incidido en una rueda de prensa. “Rusia puede elegir, podemos seguir trabajando en la seguridad mutua y elegir la diplomacia para la seguridad europea o el conflicto, lo que desencadenaría consecuencias masivas”, ha advertido Blinken.

En tono tranquilo y en una rueda de prensa separada, Lavrov comentó que esperaba que las “emociones” sobre Ucrania se calmasen y aseguró que Rusia no representa una amenaza para su país vecino. “No puedo decir aún si estamos o no en el camino correcto. Entenderemos esto cuando obtengamos la respuesta estadounidense en papel sobre todos los puntos de nuestras propuestas”, dijo Lavrov.

Rusia sigue movilizando su ejército cerca de las fronteras con Ucrania con soldados llegados desde distintos puntos del país, según las imágenes por satélite y también numerosos vídeos difundidos en redes sociales. Un despliegue al que se suman numerosas maniobras en sus flancos orientales, en Bielorrusia (también junto a las lindes con Ucrania), en el Cáucaso e incluso navales, en el mar Negro pero también en el Mediterráneo en otra exhibición de músculo militar.

Fuentes de inteligencia ucrania estiman que Moscú ha concentrado ya junto a sus fronteras a unos 106.000 soldados con armamento pesado y sofisticado; también a grupos tácticos. Además, también ha concentrado tropas en la península ucrania de Crimea, anexionada ilegalmente en 2014.

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Los esfuerzos diplomáticos continúan. Este viernes, el presidente ruso, Vladímir Putin, y su homólogo finlandés, Sauli Niinistö, conversaron por teléfono sobre la situación. “Moscú”, le dijo Putin, según la transcripción del Kremlin, “espera la respuesta escrita, concreta y detallada prometida por los socios negociadores a los documentos preliminares sobre la provisión de garantías legales para la seguridad de Rusia”. Niinistö también habló esta semana con el presidente estadounidense, Joe Biden.

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