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En un acto con azafatas de vuelo de las aerolíneas rusas, que fue emitido por la televisión pública y que forma parte de las celebraciones oficiales por el día de la mujer del ocho de marzo, el presidente ruso Vladímir Putin subió el tono de sus declaraciones sobre el conflicto en Ucrania y la respuesta de Occidente. Ucrania pone en riesgo el seguir siendo un Estado si se mantiene la lucha contra las fuerzas rusas, advirtió el líder del Kremlin. “Si eso ocurre, ellos tendrán la culpa”, afirmó en su declaración, la más larga que ha hecho desde el comienzo de la invasión hace 9 días.

Putin atacó frontalmente la petición del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, para que la OTAN declare Ucrania como zona de exclusión aérea, un paso que la Alianza Atlántica se ha resistido a tomar. “Si se atiende esa petición esto tendría resultados catastróficos no solo para Europa sino para el mundo entero”, amenazó, y explicó que lleva tiempo acabar con las defensas aéreas ucranias y que tratan de frenarlo reclamando la creación de esa zona de exclusión. “Se escuchan voces que piden que se imponga una zona de exclusión aérea en Ucrania. Esto es imposible hacerlo desde territorio ucranio; solo puede hacerse desde otros países. Entenderemos cualquier movimiento en ese sentido como una participación de ese otro país en un conflicto armado, que pone en riesgo nuestros soldados”, afirmó Putin, dejando claro que en los cielos ucranios Occidente se juega una escalada y expansión del conflicto.

En línea con esto, el presidente también declaró que las sanciones financieras que Occidente ha impuesto a Rusia por la invasión de Ucrania son algo similar a una “declaración de guerra”. Las medidas adoptadas estos días contra Moscú para tratar de asfixiar sus recursos han hecho tambalearse los cimientos económicos de Rusia: los cajeros se han quedado sin dinero y algunos precios han subido más de un 30%.

En alusión directa al frustrado intento del sábado de crear un corredor humanitario para que los civiles de Mariupol pudieron salir de la ciudad asediada, Putin ha desmentido a las autoridades ucranias que afirmaron que las fuerzas rusas no han respetado el alto al fuego y han proseguido con los bombardeos. “En Mariupol, por ejemplo, está ocurriendo mientras hablamos: llamaron desde el Gobierno, desde Kiev y hablaron con nuestros militares para abrir un corredor y que los ciudadanos pudieran salir. Por supuesto, reaccionaron inmediatamente, pararon la actividad militar”, ha dicho Putin. “Miraron y ¡no dejaban salir a nadie! Les usaban como escudos humanos”.

A pesar de todo, ha asegurado que no tiene intención de declarar la ley marcial en Rusia porque no ve motivos para ello. “Se aplica en caso de agresión externa, pero en Rusia no existe tal situación ahora y, con suerte, no existirá”, ha zanjado, antes de rebatir las acusaciones de que el Ejército ruso está empleando reclutas en la operación en Ucrania. Trataba de acallar así algunos de los rumores que han circulado en la última semana sobre cierre de fronteras y el alistamiento obligatorio.

Este acto con las azafatas también ha permitido a Putin recalcar sus argumentos sobre los motivos que le han llevado a a tomar la “difícil” decisión de atacar Ucrania, como el supuesto peligro para Rusia de una hipotética adhesión de Kiev a la Alianza Atlántica y la defensa de los habitantes prorrusos de la región separatista ucrania del Donbás. “La gente en Donbás no son perros callejeros. Entre 13.000 y 14.000 personas han muerto a lo largo de estos años. Más de 500 niños han sido asesinados o mutilados. Pero Occidente prefirió no verlo durante ocho años. Escuchen, ocho años”, ha subrayado, en referencia a la guerra que comenzó en 2014 tras el cambio de régimen en Kiev y la anexión a Rusia de la península ucrania de Crimea

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No obstante, Putin ha querido expresar que las vías de negociación no están cerradas. “Nuestras propuestas están sobre la mesa con el grupo de negociadores de Kiev. Con suerte, responderán positivamente”, ha dicho Putin, para quien uno de los requisitos clave es “la desmilitarización del país” y que Ucrania tenga un “estatus neutral”, para ayudar así a los ciudadanos del Donbás.

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China, el socio más poderoso de Rusia, ha optado hasta el momento por una cautela amistosa hacia Moscú, que culpabiliza a EE UU y la OTAN, en sus primeras reacciones ante el ataque ordenado por el presidente Vladímir Putin en Rusia. Se ha abstenido de condenar la operación militar y ha llamado a “todas las partes a ejercer la moderación”. Pero también ha declarado entender “las preocupaciones legítimas de Rusia sobre su seguridad”. Y después de reforzar sus lazos con su vecino del norte en la reunión entre Putin y el presidente chino Xi Jinping en la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno de Pekín, se perfila como el gran paraguas de Moscú frente a los castigos que pueda imponer Occidente al gigante ruso.

El ministro de Exteriores chino, Wang Yi, dialogó este jueves por teléfono con su homólogo ruso, Dmitri Lavrov, al que expresó que aunque Pekín respeta la soberanía, independencia e integridad territorial de los Estados, en este caso podía ver las cuestiones históricas “complicadas y específicas” relativas a Ucrania, según los medios estatales chinos. Wang, que a comienzos de esta semana había mantenido una conversación también telefónica con el secretario de Estado de EE UU, Antony Blinken, agregó a su interlocutor en Moscú que “China entiende las preocupaciones legítimas de seguridad de Rusia”.

En lo que constituyó la primera reacción oficial al ataque, la portavoz jefe del Ministerio de Asuntos Exteriores en Pekín, Hua Chunying se había abstenido de condenar a Moscú. Sí aseguró que su Gobierno “sigue muy de cerca” la crisis y pidió moderación para “evitar que la situación pueda quedar fuera de control”. También apuntó el dedo contra Estados Unidos, al que acusó de haber enviado armas a Ucrania y haber agitado las llamas para que estallara la guerra. “Quienes han encendido el fuego deben apagarlo con acciones concretas, en vez de condenar a otros”, declaró Hua.

China debe mantener un complicado equilibrio entre su apoyo a Rusia, de un lado, y su tradicional política de respaldo a la soberanía e integridad territorial de los Estados, de otro. Tampoco quiere un deterioro de sus lazos con la Unión Europea, su segundo socio comercial, que podría producirse si se escora demasiado del lado de Moscú, el aliado con el que la relación “no tiene límites”, según declaraban Putin y Xi, y con el que aspira a crear un nuevo orden mundial.

Al mismo tiempo, un enfrentamiento en Ucrania puede aportarle pistas sobre cómo reaccionaría Occidente, y muy especialmente Estados Unidos, en caso de conflicto en Taiwán —su interés geoestratégico primordial—. Y representa una distracción para Washington, que debe concentrar ahora su atención en el este de Europa en lugar de Asia Pacífico, como pretendía la Casa Blanca.

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“Putin no se lanzaría a atacar Ucrania si no estuviera seguro del respaldo chino”, apunta Angela Stent, del Centro de Estudios Eurasiáticos, Rusos y de Europa del Este en la Universidad de Georgetown, en una videoconferencia organizada por el centro de análisis CSIS. “En 2014, tras la anexión rusa de Crimea, Occidente ya intentó aislar a Rusia. Parecía posible lograrlo, pero entonces China intervino (en auxilio de Moscú). Ahora la relación es todavía más fuerte”, añade.

En otros momentos especialmente críticos en los que Moscú se vio entre la espada y la pared ante las duras sanciones de Occidente por sus operaciones militares vecinos China ya acudió en su auxilio económico. Así ocurrió en 2008, cuando Rusia envió tropas en apoyo de los secesionistas abjasios en Georgia, y en 2014, cuando se anexionó Crimea. En este último año, suscribió un descomunal acuerdo para la compra de gas ruso desde Siberia, por valor de unos 350.000 millones de euros al cambio actual.

Esta actitud va a repetirse a todas luces en esta ocasión. En la reunión entre Xi y Putin del 4 de febrero, ambas partes suscribieron, entre otros, nuevos pactos para la compra china de gas y petróleo ruso, por un valor total de 117.500 millones de dólares (unos 105.400 millones de euros) para un contrato de entre 25 y 30 años. Este miércoles Pekín anunciaba que permitirá la importación de trigo ruso, uno de los principales productos de exportación de su vecino del norte.

“El desafío fundamental en la gestión del dilema chino será cuánto apoyo quiera China dar de verdad a Rusia contra las sanciones. Les va a ser complicado encontrar un equilibrio que les permita su alineamiento con Rusia por un lado, y por el otro, evitar enfrentarse con Estados Unidos y Europa. Si proporcionan una ayuda sustancial contra las sanciones, eso les crearía problemas en su relación económica con EE UU y la Unión Europea”, mucho mayor que la que mantiene con Rusia, declaraba el miércoles Evan Medeiros, antiguo asesor de la Casa Blanca para Asia y actual profesor en la Universidad de Georgetown, en la videoconferencia del CSIS.

Aunque Rusia ha tenido tiempo para prepararse. Desde hace ocho años, desde la invasión de Crimea, ha dado pasos para impermeabilizar su economía al efecto de nuevos castigos occidentales. Ha creado una alternativa al sistema SWIFT para efectuar y recibir pagos bancarios internacionales, se ha reabastecido de reservas, ha eliminado su deuda externa y se ha ido alejando del dólar en favor del euro, o incluso del renminbi chino o su propio rublo, para sus operaciones comerciales y financieras. La divisa europea representa ya el 47,6 de las transacciones entre Rusia y China, según el banco central en Moscú.

“Pero si se le golpea muy seriamente con sanciones, China utilizará parte de su poderío económico para echarle una mano”, apunta Jakub Jakobovski, del Centro polaco para Estudios del Este. El gigante asiático acapara ya el 20% del comercio exterior ruso, frente al 10% de hace 10 años.

La ayuda de Pekín, en opinión de este experto, llegaría probablemente a través de préstamos de los bancos estatales ExImBank o el Banco Chino de Desarrollo, como ya ocurrió en rondas de sanciones previas: en 2008, cuando Rusia envió tropas para apoyar a los secesionistas abjasios en Georgia, y en la anexión de Crimea de 2014. “Podría ser a través de préstamos a cambio de petróleo, en los que China paga por adelantado y proporciona así una inyección de liquidez a Rusia”, cree Jakobovski.

“China es básicamente el habilitador de Rusia”, según este experto polaco. “Da su respaldo diplomático a Rusia, y cuando Putin habla con el presidente francés, Emmanuel Macron, con el estadounidense, Joe Biden, con otros líderes, ese apoyo implícito está ahí. Y esa es una nueva realidad para nosotros”.

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Joe Biden, este jueves en la Casa Blanca.
Joe Biden, este jueves en la Casa Blanca.DPA vía Europa Press (Europa Press)

Occidente gasta sus últimos cartuchos diplomáticos para evitar una invasión rusa de Ucrania mientras crece la tensión entre ambos países. Tras una noche de tensos combates y preocupantes intercambios de artillería en el este del país entre los separatistas prorrusos y el Ejército ucranio, cuyas escaramuzas siguen, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha convocado este viernes a un grupo de líderes europeos y de la OTAN a una videoconferencia para analizar las últimas informaciones de los servicios de inteligencia, que insisten en que el ataque militar puede llegar “en los próximos días”. Fuentes oficiales estadounidenses han advertido a los medios de que esa operación podría incluir el empleo de aviones de combate, tanques, misiles balísticos y un ciberataque coordinado.

La lista de convocados por la Casa Blanca la forman los miembros del G-7 salvo Japón —el canciller alemán, Olaf Scholz; el presidente de Francia, Emmanuel Macron; y los primeros ministros británico, Boris Johnson, italiano, Mario Draghi, y canadiense, Justin Trudeau—, así como los presidentes de dos países limítrofes con Ucrania, el de Polonia, Andrzej Duda, y el de Rumania, Klaus Iohannis. También se han sumado los presidentes de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y del Consejo Europeo, Charles Michel, y el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg.

Cabe encuadrar esa videollamada y su posterior comparecencia en la Casa Blanca, la segunda en esta semana, en la apuesta de Biden por mostrarse durante esta crisis como un líder con las lecciones de 2014 ―cuando Rusia se anexionó la península ucrania de Crimea― aprendidas y con iniciativa. También con un plan: su Administración ha decidido compartir casi al minuto con periodistas, senadores y el público en general la información de la que disponen sobre las intenciones de Rusia para, por ese medio, detener las aspiraciones expansionistas del presidente Vladímir Putin.

Entre tanto, Washington no hace sino aumentar sus cálculos sobre las tropas desplegadas por Moscú en su frontera con Ucrania, en Bielorrusia y en la Crimea ocupada. Michael Carpenter, embajador ante la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), ha elevado este viernes en Viena, en una reunión convocada por el organismo multilateral para tratar la crisis, a entre 169.000 y 190.000 el número de esos soldados. Es una cifra sensiblemente superior a la ofrecida el martes por Biden en una comparecencia en la Casa Blanca, cuando habló de 150.000. “Estamos ante la movilización militar más importante en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”, ha asegurado Carpenter, que ha recordado que Estados Unidos fijaba el pasado 30 de enero en 100.000 el número de tropas.

La acumulación observada por Washington contrasta con los mensajes de Moscú de los últimos días sobre una supuesta retirada de sus tropas. Esos pronunciamientos contribuyeron a aflojar momentáneamente la tensión al principio de una semana decisiva, pero la Casa Blanca y la OTAN han insistido en estos días que no han podido verificar su veracidad.

Tanques rusos, cargados para el retorno a su base permanente en Rusia tras unas maniobras militares, el pasado miércoles.
Tanques rusos, cargados para el retorno a su base permanente en Rusia tras unas maniobras militares, el pasado miércoles. AP

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Putin ha afirmado este viernes que está preparado para seguir por el camino de la diplomacia. “Estamos listos para negociar, con la condición de que todas las aspiraciones se consideren por igual, sin separar las principales propuestas de Rusia”, ha dicho el presidente en una conferencia de prensa junto a su aliado, de visita en Moscú, Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia, país en el que el Ejército ruso inició la semana pasada operaciones militares.

Mientras, se ha confirmado una reunión “para la próxima semana” entre el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, y el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov. El anuncio de esa reunión contribuyó a calmar a los mercados. El secretario de Estado ha explicado que la conversación llega en un “momento peligroso para la vida y la seguridad de millones de personas”.

“Pretexto”

Blinken ha viajado a Múnich para participar en la Conferencia de Seguridad, foro que reúne con carácter anual en la capital bávara a decenas de líderes y ministros de Exteriores y Defensa. El jueves compareció en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a petición de Biden. En ese foro, detalló los escenarios que Estados Unidos baraja para que Rusia “construya un pretexto” que justifique el ataque. Funcionarios estadounidenses han trasladado a los medios la sospecha de que algunas de las noticias que llegan desde el Este de Ucrania podrían ser parte de una operación de “falsa bandera” destinada a montar un escenario propicio para la invasión.

A Múnich ha viajado también la vicepresidenta Kamala Harris, en una de las misiones de más alto perfil desde que tomó posesión hace un año. Se ha visto ya con Stoltenberg y con los líderes de los países bálticos, claves en la crisis, y está previsto que se reúna durante varios días con Scholz, la ministra de Exteriores del Reino Unido, Liz Truss, o el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. Harris ofrecerá este sábado un discurso en el que se espera que incida en que la OTAN y Estados Unidos están perfectamente alineados en esta crisis, y que las consecuencias para Rusia si invade Ucrania serán severas.

Blinken, que ha adoptado una actitud más beligerante en los últimos días, ha calificado en Múnich de “cínica” la evacuación de civiles del Este de Ucrania hacia Rusia, anunciada por los líderes separatistas prorrusos de las provincias ucranias de Donetsk y Lugansk. “Es cínico y cruel utilizar a seres humanos como peones, con el fin de distraer la atención del hecho de que Rusia está reforzando a sus tropas de cara a un ataque”, ha declarado Blinken. “Este tipo de anuncios constituyen nuevos intentos de tapar, con mentiras y desinformación, que Rusia es el agresor en este conflicto”, añadió.

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En el intenso fin de semana de llamadas telefónicas con aroma a último recurso y con la tensión global por la crisis de Ucrania al rojo vivo, este domingo ha sido el turno para una conversación entre el presidente estadounidense, Joe Biden, y su homólogo en Kiev, Volodímir Zelenski. Han hablado durante una hora, tiempo que ha empleado el primero en reafirmar su compromiso “con la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”, según un comunicado de la Casa Blanca. “El presidente ha dejado claro que responderá rápidamente y con decisión, junto con sus aliados y socios, a cualquier agresión rusa”. Ambos líderes han coincidido también en “la importancia de continuar” con la suma de “diplomacia y disuasión”, como respuesta a la acumulación militar de tropas enviadas por Moscú la frontera con Ucrania.

Termina así una semana que inauguró un infructuoso intento de mediación de Emmanuel Macron en Moscú, y que acaba con los líderes occidentales colgados del teléfono y redoblando su presión sobre Putin, aunque con la sensación de que la vía diplomática se halla estancada. La próxima baza la tiene el canciller alemán, Olaf Scholz, que viajará a Kiev el lunes, y, el martes, a Moscú. El político socialista quiere “aprovechar la oportunidad de hablar” para evitar el estallido del conflicto, según ha anunciado el domingo en Berlín, informa Elena G. Sevillano. Scholz llega consciente de que podría estar ante una de las últimas oportunidades de salir de este embrollo y con una misión declarada: “Tratar de ver cómo podemos garantizar la paz en Europa”, que se enfrenta a su peor crisis de seguridad desde el final de la Guerra Fría.

Rusia, por su parte, sigue negando que tenga planes de atacar y asegura que se limita a permanecer atenta a lo que ocurra en las regiones separatistas de Donetsk y Lugansk, mientras se reafirma en sus exigencias a Occidente: el fin de la expansión hacia el Este de la OTAN y el compromiso de que no desplegará tropas cerca de sus fronteras.

El miércoles se apunta como otra jornada clave. Algunos medios han publicado que las autoridades estadounidenses consideran, a partir de informes de espionaje, ese día como la fecha más probable para el inicio de las hostilidades, según trascendió de la llamada del presidente Joe Biden a sus aliados del pasado viernes. Tanto Jake Sullivan, consejero de Seguridad Nacional, como el portavoz del Pentágono, John Kirby, se han negado este domingo en Washington a confirmar o a desmentir ese extremo.

Ambos han sido hoy los enviados por la Administración de Biden al frente de la guerra informativa, está sí, ya declarada por Washington y Moscú, en torno una posible invasión que es inminente para unos y nada más que un miedo “histérico” para la otra parte. Kirby ha concedido una entrevista a Fox News. Mientras, el consejero de Seguridad Nacional ha asegurado en el matinal de la CNN, State of the Union, ágora dominical predilecto de los políticos de Washington, que Estados Unidos no dará “la oportunidad a Moscú de lanzar un ataque sorpresa”. Y que por eso piensan “seguir compartiendo toda la inteligencia” de la que dispongan. La portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, Maria Zajharova, ha contestado en Telegram y Facebook con contundencia: “Los políticos estadounidenses han mentido, están mintiendo y seguirán haciéndolo, creando pretextos para atacar a civiles en todo el mundo”.

Las palabras de Sullivan acentúan una estrategia a la que la Casa Blanca parece haberlo apostado todo en esta crisis global. Una apuesta arriesgada por su arrojo, que tiene ocupados a los analistas geopolíticos, y que pasa por airear datos, normalmente reservados, según van disponiendo de ellos. Ya sea sobre las sanciones severas que le esperan al Kremlin si continúa por ese camino, sobre operaciones de sabotaje falsas o sobre la producción de vídeos ficticios para fingir un ataque ucranio como pretexto. “Les hemos visto hacer esas cosas en el pasado, por eso no dudamos de que pueden perfectamente repetirlas”, ha añadido a la CNN el consejero de Seguridad Nacional.

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Sullivan ha justificado esa suerte de diplomacia del megáfono, porque no difunden esa información “para empezar una guerra, como ha sucedido en el pasado”, sino para “evitar una confrontación”. “Eso”, a su juicio, les “otorga mayor credibilidad”. Por “el pasado”, Sullivan se refiere a la segunda guerra de Irak, cuando en 2003 la Administración de George Bush empleó datos para justificar una invasión que luego se demostraron falsos.

Ahora es distinto, asegura el Pentágono. No solo porque la tecnología permite una recogida de información más fiable. Es también porque, como ha explicado Sullivan a la CNN, esos despachos de espionaje los han compartido “casi al minuto” con sus aliados. “Al revisar nuestras informaciones han llegado a la misma conclusión que nosotros: que el mundo debe estar alerta con Rusia. Y que es altamente probable que fabrique un pretexto que sirva de antesala a una posible acción militar”.

Las autoridades también dicen haber aprendido de los errores de 2014, cuando los asesores del presidente Barack Obama le convencieron de no compartir lo que sabía sobre la intervención rusa en Ucrania. Este cambio de idea se debe, según explicaba The New York Times este domingo, a “la influencia de la directora nacional de Inteligencia, Avril D. Haines, y al director de la CIA”, William J. Burns”. También lo vincula a la supuesta interferencia rusa en las elecciones de 2016. Desde la primera señal de alarma, lanzada en noviembre, Washington no ha temido pasarse de frenada en sus advertencias.

Esa estrategia inquieta en Kiev, donde prefieren llamar a la calma que apretar cada día el botón de alarma. Este domingo, el ministro de Exteriores, Dmytro Kuleba, ha recalcado que no hay señales de que se vaya a producir una nueva agresión militar a gran escala en los próximos días. No ha habido “cambio fundamental” en la situación, ha dicho Kuleba, que ha exigido una reunión con Rusia y el resto de los países firmantes del Documento de Viena de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), destinado a asegurar la transparencia militar. La petición se ha realizado después de que Moscú haya rehuido detallar sus actividades cerca de la frontera con Ucrania y en las maniobras masivas de 10 días que ha emprendido junto a Bielorrusia en ese país.

Ucrania teme, además, que la política alarmista de Biden pueda tener daños colaterales para la economía ucrania y su reputación de seguridad. El presidente Zelenski cree que todavía hay margen para la diplomacia y le preocupa que, incluso si no se llega a producir una agresión militar, Rusia consiga otro de sus objetivos con esta guerra de asfixia: desestabilizar el país.

De momento, las patadas estadounidenses al avispero ya han tenido efectos prácticos: este fin de semana, Washington, Ottawa y Londres han empezado a retirar también a los instructores en materia de defensa que tienen sobre el terreno en Ucrania, así como a sus observadores de la misión de la OSCE en el este del país, en las regiones de Donetsk y Lugansk, donde los separatistas prorrusos luchan contra el ejército ucranio desde hace ocho años en una guerra que ha causado ya unos 14.000 muertos, según la UE. La misión, que entre otras cosas observa cómo se desarrolla el alto el fuego (incumplido constantemente), se mantendrá, ha dicho la OSCE, que ha confirmado la salida de observadores de “varios países”.

Fuentes diplomáticas explican que la retirada de estadounidenses, canadienses y británicos que estaban sobre el terreno como instructores y en la misión de observación se debe no solo a preocupaciones de seguridad, también persigue evitar que se les culpe o se les utilice de pretexto en el caso de una operación de falsa bandera rusa contra Ucrania. Moscú ha incrementado estos días las acusaciones a Kiev y a “terceros países” de estar preparando una maniobra para recuperar el Donbás.

Mientras, una veintena de capitales urge a sus nacionales a que abandonen Ucrania y han comenzado a reubicar sus embajadas al oeste del país, en la ciudad de Leópolis, este domingo han llegado a Kiev dos nuevos cargamentos de material de defensa: un envío de sistemas de misiles antiaéreos Stinger y municiones de Lituania y 180 toneladas más de munición de Estados Unidos. Ucrania, que sigue pidiendo ayuda en forma de envíos de armamento para tratar de competir con el poderoso Ejército ruso y como una forma de disuasión, ha recibido ya 1.500 toneladas de municiones en 17 vuelos, según el ministerio de Defensa ucranio.

Suspensión de vuelos sobre el espacio aéreo de Ucrania

La aerolínea holandesa KLM ha suspendido sus vuelos a Kiev y ha informado de que no operará vuelos en el espacio aéreo ucranio, mientras las alertas de EE UU sobre una posible invasión rusa se suceden. El Gobierno de Ucrania recalcó que su espacio aéreo sigue abierto, pero las decisiones de varias aseguradoras de dejar de cubrir aeronaves que sobrevuelen el país del este ha provocado ya complicaciones. La aerolínea ucrania SkyUp Airlines informó de que se vio obligada a realizar un aterrizaje no programado en Chisnau (Moldavia) en vez de en Kiev de un vuelo procedente de Moldavia por la retirada de la aseguradora.
Desde que el vuelo MH27 de la compañía Malaysia Airlines, que cubría el trayecto Ámsterdam-Kuala Lumpur, fue derribado sobre el este de Ucrania en 2014, con un misil de fabricación rusa, el tráfico aéreo sobre el país ha sido un tema delicado. En la catástrofe murieron 298 personas, entre tripulación y pasajeros. Con esa tragedia como antecedente, ya en enero, KLM, Lufthansa y otras grandes aerolíneas modificaron sus vuelos a Ucrania para evitar que sus tripulaciones pasasen la noche en Kiev por las aseguradoras, que pueden alegar causa de fuerza mayor en caso de conflicto militar y dejar de cubrir las aeronaves si son atacadas durante las hostilidades o quedan atrapadas. Para “estabilizar la situación del mercado de pasajeros”, el Gobierno ucranio anunció un fondo de 592 millones de dólares para ofrecer garantías de seguridad a las aseguradoras. De momento, la mayoría de las 29 aerolíneas extranjeras que operan en Ucrania lo hacen con normalidad. Kiev sí ha aconsejado que eviten sobrevolar de lunes a sábado partes del Mar Negro y el Mar de Azov por maniobras navales de Rusia.

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La tibieza de Alemania ante Rusia, la inexistencia de un discurso unificado y su negativa a enviar armas defensivas a Kiev han provocado una crisis de la imagen internacional del país en su papel en la crisis de Ucrania. El liderazgo del Gobierno de coalición del socialdemócrata Olaf Scholz, que aún no ha cumplido dos meses, está en entredicho después de la avalancha de críticas de observadores políticos tanto en Estados Unidos como en otros países, especialmente en Europa del Este. La incredulidad respecto a la actuación de Berlín ha dado paso incluso a las burlas mientras crece la desconfianza. “¿Es Alemania un aliado fiable de América?”, se preguntaba el experto en seguridad Tom Rogan en The Wall Street Journal hace unos días. “Nein”, respondía.

Conscientes de que una brecha entre los aliados occidentales sería el mejor regalo para Vladímir Putin, que parece haber esperado a la marcha de Angela Merkel para poner sobre la mesa sus demandas en materia de seguridad, este lunes se reúnen en Washington el canciller alemán y el presidente de EE UU, Joe Biden. El momento es delicado para Scholz, que afronta su primera gran crisis de política exterior, pero es también una oportunidad para mostrar la firmeza y unidad que los socios occidentales han echado en falta en las últimas semanas. El canciller está entre dos aguas: por un lado, sufre la presión de Washington; al otro pesan la economía, el complejo legado de la Segunda Guerra Mundial y la peliaguda relación entre Alemania y Rusia de las últimas décadas.

Siempre se ha acusado a Alemania de orientar su política exterior en función de sus intereses económicos. Alrededor del 55% del gas natural que alimenta su potente industria y calienta las calefacciones de sus 83 millones de habitantes procede de Rusia. Esta dependencia crece en paralelo al abandono simultáneo del carbón y la energía nuclear. Rusia es también un importante destino de las exportaciones alemanas. “Hay poderosos grupos de presión empresariales que abogan contra las sanciones a Rusia”, apunta Rafael Loss, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR). Y eso provoca una respuesta vacilante de los políticos ante Moscú, añade. No hay que olvidar que la economía alemana pagaría un alto precio por las sanciones, mientras que los países más beligerantes con Moscú —Estados Unidos y el Reino Unido— tendrían mucho menos que perder.

El principal motivo de controversia ha sido la postura de Berlín sobre la venta de armas a Kiev. La legislación alemana prohíbe enviar armamento a zonas de conflicto. Tanto Scholz como la ministra de Exteriores, la verde Annalena Baerbock, han dejado muy claro que no habrá excepciones con Ucrania. Pero Berlín también bloqueó recientemente la reexportación de armas alemanas —antiguos obuses howitzer de fabricación soviética que pertenecieron a la RDA— desde Estonia. La reacción de la Europa del Este fue inmediata. El ministro letón de Defensa, Artis Pabriks, acusó a Alemania de mantener una relación “inmoral e hipócrita” con Rusia y de crear una línea divisoria entre Europa occidental y oriental.

“Almohadas” para ayudar a Kiev

El enfado se convirtió en burla cuando la ministra de Defensa alemana anunció la semana pasada, tras las reiteradas peticiones ucranias de armas defensivas, el envío de 5.000 cascos de protección. El alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, un conocido excampeón de boxeo que vivió muchos años en Alemania, lo calificó de “broma” en una entrevista con el diario Bild: “¿Qué será lo siguiente que envíe Alemania como apoyo? ¿Almohadas?”

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Expertos como Ulrike Franke, también del ECFR, defienden que la mayoría de críticas a Berlín pasan por alto algo muy relevante: que sus líderes y muchos alemanes de a pie están convencidos de que su postura sensata y conciliadora es la adecuada. Frente al belicismo de otras potencias, en Alemania se prefiere la vía del apaciguamiento. Una encuesta reciente de YouGov mostró que el 59% de los alemanes apoya la decisión de no enviar armas a Kiev. “El propio interés existe, así como la empatía con Putin, pero no son esas causas profundas de la postura gubernamental”, escribe Franke en The Washington Post.

La historia reciente del país tiene mucho que ver con ese antimilitarismo y con la complicada relación con Rusia. “Muchos alemanes asocian las atrocidades cometidas por la Alemania nazi con Rusia, y no con Polonia, Bielorrusia o Ucrania, que sufrieron proporcionalmente más muertes y mayor destrucción”, recuerda Loss. Y ello ha provocado “un sentimiento de culpa” que el presidente Putin ha sabido explotar. “Poco a poco Alemania se ha colocado en una posición de vulnerabilidad frente al Kremlin”, añade el experto en política exterior y seguridad.

Dumitru Minzarari, experto en el este de Europa y Eurasia de Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad (SWP), opina que la falta de liderazgo alemán no es tal. Berlín tiene claro su rumbo, asegura, como se pudo comprobar con la insistencia en la construcción del gasoducto Nord Stream 2 frente a la UE y a Estados Unidos. La clave es la economía. “No queda bien de cara al público liberal alemán o el público en general de la UE decir que Alemania no ayudará a Ucrania porque podría enfrentarse a pérdidas económicas en sus relaciones con Rusia. Invocar el antimilitarismo y la culpa histórica queda mejor desde la perspectiva de las relaciones públicas”, afirma.

Falta de liderazgo

Las críticas al nuevo tripartito de Scholz no solo llegan de fuera. El líder de la oposición, el democristiano Friedrich Merz, acusa al canciller de falta de liderazgo. En el último debate en el Bundestag le recriminó que los dos partidos estadounidenses, siempre enfrentados, están ahora de acuerdo al calificar a Alemania como un país “inconsistente y poco de fiar”. No ayuda el hecho de que las tres formaciones que lideran la era pos-Merkel tienen distintas visiones sobre política exterior. Mientras Los Verdes están dispuestos a priorizar la defensa de los derechos humanos frente a los intereses económicos, entre las filas socialdemócratas todavía hay nostalgia de la Ostpolitik de Willy Brandt y cierta rusofilia personificada por ejemplo en el excanciller Gerhard Schröder, convertido en asesor de Gazprom a los meses de abandonar el cargo.

Wolfgang Ischinger, presidente de la Conferencia de Seguridad de Múnich y una de las voces más respetadas en política exterior, se preguntaba en su cuenta de Twitter: “¿Cuántos en Berlín son realmente conscientes del daño que nuestra confusa política respecto a Ucrania inflige no solo a Alemania sino a toda la UE? Nuestros socios orientales se aferran cada vez más a EE UU y la OTAN, y la credibilidad de la UE se resiente”. Muchos se preguntan cuántos políticos están secretamente de acuerdo con el vicealmirante Kay-Achim Schönbach, forzado a dimitir tras asegurar que Putin merece ser tratado con respeto y como un igual por Occidente y que la península de Crimea nunca volverá a pertenecer a Ucrania.

El Gobierno defiende que su apoyo a Ucrania ha quedado demostrado y subraya que los esfuerzos diplomáticos de Berlín han conseguido recuperar el llamado formato de Normandía, en el que se reúnen Rusia, Ucrania, Francia y Alemania. Pero es evidente que el liderazgo que exhibió Merkel para firmar los acuerdos de Minsk en 2015 contrasta con el papel secundario de Scholz en esta crisis. “La ministra Baerbock dijo el otro día que la OTAN es como un equipo en el que cada jugador hace su parte. Por ahora lo que parece es que Alemania ni siquiera quiere saltar al terreno de juego”, asegura Loss.

Analistas como Sabine Fischer, del SWP, tilda de “exageradas” las críticas al tripartito y asegura que es “absurdo” cuestionar la lealtad de Alemania a la UE y a la OTAN. Quienes lanzan piedras contra la postura alemana ignoran, asegura la experta en Der Spiegel, el papel que ha jugado el país desde la anexión de Crimea y el inicio de la guerra del Donbás. “Se pasa por alto lo drásticamente que se ha deteriorado la relación entre Berlín y Moscú precisamente porque Alemania se ha posicionado claramente en asuntos polémicos como Ucrania, Bielorrusia o el envenenamiento de Alexei Navalny”, defiende. “Solo Moscú se beneficia de la impresión de una Europa dividida”, concluye Fischer.

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