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Las autoridades de Irpin, en las afueras al noroeste de Kiev, anunciaron en la noche del lunes que han recuperado el control de la localidad, escenario de feroces combates desde el comienzo de la guerra. Pero los bombardeos y el intercambio de fuego de artillería se mantiene todavía, según fuentes del Gobierno de Kiev. Las tropas del Ejército ruso se encuentran apenas a 800 metros de este enclave por el que los militares del Kremlin quisieron penetrar en la capital de Ucrania, confirmó un asesor del Ministerio del Interior.

El hecho de que Rusia se haya replegado o haya perdido terreno en diferentes zonas de Ucrania, entre ellos en los alrededores de la capital, es interpretado por el Ejército ucranio como que Moscú está intentando reforzarse para volver a atacar con más medios y preparación. El Kremlin, entienden fuentes del Ministerio de Defensa, sigue tratando de tomar el control de las ciudades de la exrepública soviética, incluida Kiev.

A tan solo cinco kilómetros de Irpin, un control de carretera impedía a los vehículos seguir avanzando a mediodía de este martes. Solo se permitía la salida de algunas ambulancias y furgonetas con personas que seguían siendo evacuadas de esa población. De fondo sonaban a cada rato las detonaciones. Junto al control de carretera, entre unos edificios, en un par de carpas, varios sanitarios prestaban atención a los vecinos evacuados. Una parte importante eran personas mayores y algunas necesitaban incluso silla de ruedas.

Un nutrido grupo de agentes de policía seguía de cerca el proceso de salida de quienes llegaban desde Irpin. De una de las ambulancias, descendió un joven cubierto de polvo y cansado. A cada movimiento se quejaba. Solo llevaba una bolsa de plástico con lo que parecía ser algo de pan y unos billetes en su mano izquierda. Tras sentarlo en una silla, varios agentes le cortaron con unas tijeras el pantalón vaquero mientras llegaban los sanitarios. Dentro, la tela aparecía cubierta de sangre seca junto a varias heridas en la pierna derecha. Al mismo, otros policías comprobaban de manera insistente su documentación. Una de las obsesiones de las Fuerzas de Seguridad de Ucrania es tratar de tener controlados a posibles prorrusos infiltrados o a soldados del Kremlin que se hayan quedado atrás en la retirada de sus compañeros en localidades como esta en la que han perdido sus posiciones.

Ese estancamiento de las tropas rusas se interpreta no solo como fruto del avance militar ucranio y de la recuperación de localidades clave como Irpin, sino también como el producto de las trabas logísticas del ejército ruso. De acuerdo con el Instituto de la Guerra de Estados Unidos (ISW en sus siglas en inglés), el Kremlin tiene dificultades para seguir reclutando soldados en Rusia y Moscú podría ser incapaz a corto plazo de proporcionar relevo para los militares que participan en operaciones de combate. Este instituto de estudios bélicos cree que es probable que el ejército ruso haya desplegado la mayor parte de sus tropas ya entrenadas en Ucrania y que puede tardar meses en disponer de otros militares suficientemente formados en combate. Eso no quiere decir que el Kremlin haya dejado de desplegar a más soldados en Ucrania, pero sí se ha observado, recalca el ISW, una “disminución significativa de la intensidad del tráfico desde las profundidades de la Federación Rusa”.

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El informe diario divulgado por el Ministerio de Defensa del Reino Unido a través de sus redes sociales, ha alertado también de que, a pesar de los avances de las fuerzas armadas ucranias en los alrededores de Kiev, “Rusia sigue representando una importante amenaza para la ciudad gracias a su capacidad de ataque”, un punto de vista compartido por el ISW, que ha constatado igualmente que las fuerzas rusas no han dado por el momento muestras de abandonar su objetivo de capturar Kiev, a pesar de que el Kremlin afirmó el pasado viernes que concentraría sus operaciones militares en la región oriental ucrania de Donbás.

Contraofensivas ucranias en todo el país

Este martes, han seguido los ataques rusos y las contraofensivas ucranias por todo el país, cuando la nueva ronda de negociaciones entre los equipos ucranio y ruso se ha celebrado en Estambul y ha logrado los avances más significativos hasta la fecha, con una propuesta ucrania concreta de renunciar a la membresía de la OTAN a cambio de garantías de seguridad de terceros países en acuerdos bilaterales, y que abre la puerta por primera vez a negociar el estatus de Crimea dentro de 15 años y de Donbás.

Tras la ronda de diálogo en Estambul, Alexandr Fomin, viceministro de Defensa ruso, ha anunciado que Moscú ha decidido “reducir drásticamente las operaciones militares” en las áreas de Kiev y Chernihiv, en el noreste del país no lejos de la frontera con Bielorrusia. Fomin ha asegurado que el objetivo de esta medida es avanzar en el diálogo y “aumentar la confianza mutua”. Ucrania ha tomado estas declaraciones con escepticismo, aunque lo cierto es que los analistas apuntan que con sus tropas estancadas y con los avances mucho más lentos y renqueantes, el Kremlin busca cambiar de estrategia.

Poco antes de sentarse a la mesa de diálogo, un ataque ruso ha destruido el edificio de la Administración regional de Mikolaiv, en el sur de Ucrania y una ciudad clave para la estrategia rusa de dominar el flanco sur del país y el mar Negro. Hay al menos siete muertos y varios heridos, según las autoridades locales. Las fuerzas de Vladímir Putin, que han puesto en la diana los Gobiernos locales —ya bombardearon la Administración de Járkov la primera semana de marzo—, intentaron destruir la sede del Gobernador de Mikolaiv el pasado lunes, pero el ataque terminó por alcanzar un hotel. El gobernador de Mikolaiv, el carismático Vitaly Kim, célebre por sus mensajes en las redes sociales y por su resistencia y la de la ciudad a la invasión, no estaba en el inmueble porque este martes ha dormido más de la cuenta, según comentó en las redes sociales.

Las tropas ucranias están lanzando a su vez una feroz contraofensiva en el frente sur, hacia Jersón, la única capital regional ocupada y la mayor conquista rusa. En el eje que une la castigada Chernihiv y Sumi, por donde los rusos han tratado de avanzar hacia Kiev desde el este, la contraofensiva ucrania también ha logrado detener a las tropas del Kremlin. Después de días de batalla en Brovari, Ucrania podría haber paralizado allí el avance ruso. Moscú no ha dado señales de reducir su ofensiva en el este de Ucrania ni sobre la ciudad de Mariupol, en el mar de Azov, donde sus tropas controlan ya varias zonas y desde donde ya realizan retransmisiones los medios de la órbita del Kremlin, que difunden imágenes de la localidad destruida, afirmando que todo es obra de los “nacionalistas” ucranios.

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Los paneles electrónicos que reclaman a la OTAN que cierre el espacio aéreo conviven en las calles de Kiev con los carteles que siguen anunciando el concierto del 29 de mayo de Iron Maiden y que el conflicto ha obligado a suspender. La capital de Ucrania es una ciudad en la que apenas se ven ya niños superado el mes de la invasión rusa, que comenzó el 24 de febrero pasado. Aproximadamente la mitad de los tres millones de habitantes se han marchado huyendo de la guerra. Los hombres de entre 18 y 60 años han de quedarse, pero muchas mujeres y menores han ido saliendo de forma escalonada. Forman parte de los diez millones de ucranios que han huido de los bombardeos, 3,5 millones fuera del país y 6,5 millones como desplazados internos. La capital de Ucrania ha aprendido en el último mes a convivir con el estruendo de los combates que se escuchan de fondo, los sonidos de las alarmas, las noches en los refugios y las calles medio desiertas. Este es el testimonio de algunos de los vecinos que siguen en Kiev.

Alexei, repartidor de Glovo con chaleco antibalas y casco: “La gente tiene miedo de abrir las puertas de sus casas”

Alexei, de 36 años, repartidor de Glovo en las calles de Kiev.
Alexei, de 36 años, repartidor de Glovo en las calles de Kiev.Luis de Vega

Es una imagen fantasmal que recuerda al cierre de la vida pública en todo el mundo por la pandemia de covid. La estampa de los riders por las calles de Kiev en plena guerra es para algunos el símbolo del avance irrefrenable y sin piedad del capitalismo en la exrepública soviética. Su presencia entre avenidas medio desiertas y zigzagueando entre las barricadas recuerda a aquellos días de confinamiento impuesto por el virus, pero aquí los repartidores pedalean entre los zambombazos del Ejército de Ucrania y el de Rusia. La aplicación que regula los pedidos y repartos de Glovo se bloquea en cuanto empiezan a sonar las alarmas que advierten de un posible ataque en la capital ucrania. Alexei, de 36 años (prefiere no dar su apellido), no acaba de acostumbrarse a esos parones, pero lo lleva con resignación. Reconoce que la empresa les paga un poco más por cada viaje por el peligro que supone trabajar estos días. “Si ya estoy de camino cuando suena la alarma, no tiro el pedido”, señala con cierta sorna. Explica que lo lleva a destino y espera a que la normalidad, si es que puede decirse así, se retome para esperar nuevos encargos.

Hace tres años que este padre soltero de una hija de diez años se gana así la vida, como repartidor a tiempo parcial. Estos días de conflicto lo hace sobre todo en la zona centro, que es la más tranquila y se mantiene alejada de los combates, aunque “se escuchan los ecos de las explosiones de otras partes de la ciudad y hay tensión”, señala. Por eso, cuando ha de ir a zonas más alejadas o conflictivas asegura que lo hace con el casco y el chaleco antibalas que ha obtenido como miembro de los grupos de defensa civil en los que se ha enrolado. Cuenta que lo que más está llevando a los clientes es tabaco, cereales y pan, pero que el clima bélico tras un mes de conflicto ha enrarecido a la población. “La gente tiene miedo, tiene miedo de abrir las puertas de sus casas. Si antes tocabas el timbre y te abrían, ahora tienes que llamar por teléfono antes. Te hacen preguntas y a veces tienes que enseñar los documentos”, comenta con las manos apoyadas en el manillar y la mochila amarilla a los hombros.

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Dice que muchos de los repartidores se han ido de la ciudad o se han unido a los grupos de defensa, por eso han quedado pocos. Además, añade, la cantidad de los pedidos ha disminuido porque la ciudad tiene ahora una población menor. Pero haciendo un balance, a él la carga de trabajo no se le ha hundido porque antes de la guerra realizaba unos 10 pedidos al día, y ahora en las jornada que considera buenas, sin muchas alarmas, hace en torno a siete u ocho. Pero en las malas, con muchas advertencias de seguridad, apenas uno o dos. En definitiva, tiene menos pedidos pero cobra algo más por cada uno de ellos en concepto de riesgo. Si antes sacaba una media de entre 1.000 o 1.500 grivnas al día (30-45 euros), ahora obtiene una cantidad de entre 1.000 y 1.200 (30-37 euros). Pero Alexei insiste en que, más allá de la bicicleta y Glovo, su papel ahora mismo es más el de defender a su pueblo y para ello se apoya en su madre, que es quien se hace cargo de su hija.

Julia, reportera del canal 1+1: “El frente es ahora mi casa”

Julia Kyriienko, de 34 años, reportera del canal 1+1.
Julia Kyriienko, de 34 años, reportera del canal 1+1.Cedida por Canal 1+1

El bautizo como reportera de guerra de Julia, de 34 años, tuvo lugar en 2014 en el este de su país, en la región del Donbás. Allí, separatistas prorrusos llevan todo este tiempo desafiando a las tropas ucranias. Ahora, a Julia Kyriienko, periodista del canal de televisión 1+1, la guerra le pilla a las puertas de casa, en los alrededores de Kiev. Además, su marido, hasta hace unas semanas vendedor de teléfonos móviles, se ha ido al frente con el Ejército mientras que el hijo de ambos, de dos años, se ha refugiado en el oeste del país con la abuela. “En el Donbás, sabías dónde estaba la línea del enemigo, de dónde podían salir los tiros”, pero “ahora estamos todos bajo fuego, no importa si estás en casa, en el trabajo o en el frente. Mi vida personal ha cambiado desde el 24 de febrero porque el frente es ahora mi casa”.

Julia forma parte de los equipos de periodistas ucranios a los que se permite estar empotrados con las tropas de su país, algo que apenas consiguen los medios extranjeros. “Muchas veces tenemos que seguir trabajando hasta cuando se encienden las sirenas, estando en la calle o camino a rodar. El riesgo es máximo”, relata durante una entrevista a primera hora de la mañana en la sede del canal 1+1, que forma parte del grupo de siete medios que se ha unido bajo la guerra para, entre todos, emitir de manera ininterrumpida las 24 horas del día. De esta forma, explica Julia, mantienen informada a la población de manera permanente y, al mismo tiempo, hacen frente a la falta de personal, pues muchos trabajadores se han ido por seguridad de Kiev.

Cada canal se encarga de una franja horaria que va rotando cada día. “El trabajo del periodista no ha cambiado, solo que el tiempo que tenemos que cubrir en antena ha aumentado a unas tres horas cada día”. A veces Julia coincide con su marido en los alrededores de la línea del frente, pero no puede acompañarlo porque “está en una división que no permite trabajar junto a él”. En cuanto a la implicación que pueda tener la guerra en su forma de cubrir la actualidad señala: “Entendemos qué es lo que está haciendo Rusia y cómo intenta hacer nuestra nación desaparecer. Llevamos ocho años de guerra. Los rusos se están hundiendo en sus fake news y todo el mundo lo puede ver, no tenemos este problema de tener que desmontar sus mitos. Todo el mundo se está riendo de ellos”. La reportera muestra en su móvil algunas imágenes del frente, entre ellas, un selfi en el que de fondo aparece un perro comiéndose el cadáver de un militar ruso.

Volodímir, conductor de una empresa funeraria: ”Cuando hay un niño muerto no lo puedes comprender”

Tumbas en el cementerio del crematorio de Kiev
Tumbas en el cementerio del crematorio de KievLuis de Vega

Cada día al llegar a casa Volodímir trata de “cambiar el chip” y pensar en otra cosa que no sea su trabajo. Cientos de vasijas con cenizas se acumulan ordenadas por orden alfabético en las dependencias del crematorio del cementerio de Baikove de Kiev. El humo negro que sale por la chimenea impregna el entorno. Muchas familias no acuden estos días a buscar los restos de sus seres queridos por la guerra. En las últimas semanas, los operarios han abierto nuevas cavidades en el terreno para tratar de aligerar el proceso de sepultura, pero no pueden avanzar sin que se cumplimenten los trámites burocráticos. Como en muchas otras profesiones, la de conductor de vehículos fúnebres también se ha visto afectada con el conflicto. “Después del 24 de febrero, algunos cuerpos se quedan en las morgues. Es imposible sacarlos por el pánico, mucha gente ha huido y el proceso se ralentiza. El trabajo es el mismo que antes, lo único es que falta gente”, explica Volodímir, de 34 años y conductor desde hace 12 en una empresa mixta de titularidad pública y privada.

Ha acudido hasta el crematorio a trasladar el cadáver de un hombre que murió una semana antes de un disparo mientras ayudaba a evacuar a civiles en su coche de Irpin, en la línea del frente a las afueras de la capital. En las dos pequeñas capillas los procesos son rápidos, ceremonias de apenas unos minutos. Algunos religiosos despiden incluso a algunos de los finados dentro de la misma furgoneta en la que llegan. Abren el féretro, ondean un pequeño incensario y listo. Volodímir asegura que también faltan enterradores y que los ataúdes empiezan a escasear porque no hay quien los fabrique dentro de Kiev. Pese a sus años de experiencia, reconoce: “Me asustan las muertes que no son naturales, como estos días cuando están matando a la gente. Cuando hay un niño muerto no lo puedes comprender, el cerebro te explota y piensas ¿por qué? Últimamente he visto a niños y gente joven a la que han disparado durante la evacuación de Irpin, de Bucha…”. Por eso, al final de la jornada laboral trata de dejar el trabajo en la puerta y dedicarse a cuidar de su mujer y su hijos.

Roman, acogido en un hogar para personas sin techo: “No me hablo con mi familia. No tengo a nadie”

Roman, de 43 años, en la casa para personas sin techo donde está acogido en Kiev.
Roman, de 43 años, en la casa para personas sin techo donde está acogido en Kiev.Luis de Vega

Roman, de 43 años, muestra el refugio subterráneo con cinco literas que, en la actual coyuntura, se ha erigido como la estrella de la humilde casa de acogida donde habita junto a una veintena de mujeres y hombres sin techo en Kiev. “Llevo en este lugar unas dos semanas, un poco después de haber empezado la guerra”, explica mientras ordena las pocas pertenencias de las que dispone. Desde 2008, cuando fue desahuciado por impago, anda dando tumbos y ahora se ha visto obligado a buscar amparo en una organización humanitaria porque los toques de queda prohíben permanecer en la calle a los ciudadanos. Roman tiene exmujer y un hijo. Sabe que están en la región de Kiev, pero no mantiene contacto con ellos. “No me hablo con mi familia. No tengo a nadie”.

En la vivienda, además del sótano, hay dos dormitorios donde duermen separados mujeres y hombres. A la casa se entra por una estancia que hace las veces de pequeño salón y cocina. Varios hombres matan ahí el tiempo cocinando o limpiando. Lo más emocionante del relato de Roman son los paseos “de tres kilómetros” para traer agua porque, afirma, la del grifo no pueden beberla. Al enterarse de que el reportero es español, cuenta de inmediato con cara de sorpresa que su madre vive desde hace dos décadas en Avilés. Asegura que le gustaría irse de Kiev, pero la ley obliga a todos los varones de entre 18 y 60 años a quedarse a defender el país y él mismo reconoce que no tiene “adónde ir”, pues ni siquiera puede encontrar un trabajo. Le acompañan tres hombres armenios, Georgi, de 53 años, Aram, de 52, y Tigram de 39, cuyas circunstancias son similares. Se han quedado atrapados en la capital ucrania sin poder salir.

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El Mercado de Liniers es lo más parecido al campo que queda en Buenos Aires. Minutos antes de las ocho de la mañana, cada martes, miércoles y viernes, cerca de 7.500 cabezas de ganado bovino están separadas por corrales en las 34 hectáreas de este predio situado en el sur de la ciudad. Los compradores esperan que suene la campana de la subasta para comenzar a pujar por los animales que les interesan. Quedan pocas semanas para un ritual que se ha repetido durante 121 años: el mayor mercado de comercialización de ganado de Sudamérica será trasladado en abril a Cañuelas, a 70 kilómetros de la capital.

En 1901, cuando el mercado se inauguró, la hacienda llegaba hasta allá arreada por reseros a través de caminos y campos. Poco después, la construcción de una estación de tren en el interior del predio permitió que se comercializase también el ganado de productores mucho más distantes. La actividad atrajo a cientos de trabajadores, que se instalaron en los alrededores y fundaron un nuevo barrio de Buenos Aires. Se lo bautizó como Nueva Chicago por la ciudad estadounidense, que en ese momento era el centro de la industria cárnica de Norteamérica y a la que se pretendía emular.

Más de un siglo después, la ciudad rodea al Mercado y las sucesivas normativas han prohibido o expulsado a la periferia muchos de los negocios que florecieron en sus primeras décadas de funcionamiento, como mataderos, saladeros, triperías, curtiembres y hervideros de sangre vacuna. El ganado ya no llega en tren, sino en camiones, que ingresan a lo largo de la madrugada y se retiran a partir de las diez de la mañana, cuando la hacienda recién adquirida sale camino a los frigoríficos donde será faenada.

“Vamos para allá, al fondo, que ahora comienza un remate”, dice Eduardo Crouzel, gerente del Centro de consignatarios del Mercado de Liniers, durante una recorrida con EL PAÍS. La mayor parte del predio está al descubierto y se embarra en los días de lluvia, a diferencia del que se ha construido en Cañuelas, todo techado. Se avanza a través de pasarelas elevadas —las primeras de madera, las demás de metal— desde las que se puede ver el ganado bovino a la venta. Cuando está por terminar una subasta, comienza otra. En dos horas todos los animales tienen nuevo dueño. Medio siglo atrás, el volumen de cabezas era casi el triple.

Los consignatarios actúan como intermediarios entre los productores agropecuarios y los frigoríficos. Son garantes de pago y se quedan una comisión del 3% por la venta, pero a menudo actúan también como prestamistas para los dueños de la hacienda debido a las dificultades para obtener un crédito en Argentina. “Acá se acuerda de palabra, se basa en la confianza”, cuenta Crouzel, tercera generación de consignatarios del Mercado. “A veces el productor pide fondos para comprar un campo o que se le adelante dinero”, continúa.

En el Mercado de Liniers operan 45 casas consignatarias. Sus representantes madrugan para pesar el ganado y clasificarlo en distintos lotes. A partir de las ocho de la mañana, avanzan sobre un carrito motorizado o a caballo por los pasillos que hay entre los corrales para ir rematando cada lote. Desde las pasarelas, los compradores pujan. Se lo lleva quien ofrece más.

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Las estrellas son los novillitos livianos y las vaquillonas, animales jóvenes, de menos de dos años. Esta semana rondaron los 300 pesos (2,6 dólares al precio oficial) por kilo los primeros y 295 (2,5 dólares) las segundas. En promedio pesan 320 kilos los machos y poco menos de 300 las hembras.

Su carne, muy tierna, es la más demandada por los clientes argentinos, que comparten el podio de los más carnívoros del mundo con los uruguayos: cada año devoran 48 kilos de carne vacuna per cápita, frente a los 5,4 kilos consumidos en España. En las carnicerías de Buenos Aires, un kilo de asado, uno de los cortes más comunes para echar a la parrilla los fines de semana, ronda los 1.000 pesos (unos nueve dólares).

En el otro extremo están los corrales que albergan a vacas flacas—”cuando se les empiezan a caer los dientes no pueden comer”, detalla Crouzel— cuyo destino final será China, el mayor importador de carne argentina. Del 20% de la producción que exporta el país suramericano, más del 70% va a ese mercado asiático. La mayoría de esa carne, más dura, no se venderá en la carnicería sino que irá a la industria cárnica para ser transformada en salchichas, hamburguesas y otros productos ultraprocesados.

“La importancia de este mercado es que aporta transparencia a la cadena y actúa como fijador de precios”, destaca Crouzel. Hay muchos otros canales de venta —como la venta directa entre productores y frigoríficos o las ferias que se organizan en localidades ganaderas— pero el precio que se toma como referencia para las operaciones es el de Liniers. Por ejemplo, la carne que llega a las mesas europeas a través de la cuota Hilton, de gran calidad, no pasa por el mercado.

Reseros arrean al ganado en el interior del Mercado de Liniers.
Reseros arrean al ganado en el interior del Mercado de Liniers.Enrique García Medina

Más vacas que habitantes

Argentina tiene 45,3 millones de habitantes y cerca de 53,5 millones de cabezas de ganado bovino, según el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca. La provincia con mayor stock ganadero es Buenos Aires, que concentra casi el 35% del total, seguido de Santa Fe (11%) y Córdoba (9%). La enorme extensión de las fértiles llanuras pampeanas —en el centro del país— permitió durante décadas la alimentación a pasto de las vacas argentinas, pero la mayor rentabilidad de la agricultura desde el boom de la soja en los años noventa, hizo crecer el negocio del engorde en corral y desplazó la ganadería tradicional hacia tierras menos productivas. En la actualidad, más del 80% de la producción es en feedlot.

“A los porteños [habitantes de Buenos Aires] les gusta más la carne de feedlot”, dice, no sin sorna, el productor Guillermo Urruti, pro tesorero de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap), que agrupa a cientos de ruralistas de estas dos provincias. Urruti tiene sus campos en Coronel Suárez, casi 550 kilómetros al suroeste de Buenos Aires. Con la mudanza del Mercado de Liniers a Cañuelas, la distancia que tendrá que recorrer su hacienda se reducirá 70 kilómetros, lo que significará también una disminución de costos. “El flete en Argentina es muy caro. Y hay que entrar la hacienda en Buenos Aires y después el frigorífico tiene que volverla a sacar”, indica al referirse a las ventajas sobre la nueva ubicación. Urruti explica que los productores están muy pendientes del índice de precios de Liniers, pero tienen un estrecho margen para decidir cuándo vender una vez que el ganado ha llegado al peso deseado. A diferencia del mercado agrícola, que puede almacenar los granos en silobolsas, a los animales hay que seguir alimentándolos y eso aumenta los gastos.

En el barrio de Mataderos —el nombre que al final se impuso a Nueva Chicago, aunque este se mantuvo en el equipo de fútbol local, que entrena al lado del Mercado— hay esperanza y temor sobre el cambio que se avecina. Los ruidos de los camiones y los olores asociados a la comercialización ganadera molestan a los vecinos, pero a su vez muchos tiene dudas sobre lo que ocurrirá detrás del muro blanco que rodea las 34 hectáreas. El plan oficial es destinar una parte a viviendas sociales y crear un polo gastronómico, cultural y turístico alrededor de la carne que recuerde los orígenes del barrio y favorezca el desarrollo de la zona. La popular Feria de Mataderos, que se celebra cada domingo frente al Mercado, pasaría a realizarse en su interior.

“No sabemos qué pasará. Ojalá que sea para bien, para mejorar, pero si no actúan rápido tomarán los terrenos”, dice el dueño de un kiosko cercano. Lo mismo repiten otros vecinos y también puertas adentro, mientras señalan con disimulo a la cercana villa miseria de Ciudad Oculta. “Imaginá que acá dentro está loteado y hay superficies techadas. Olvidate, ya lo tienen repartido”, dice un excomisario de policía que se encarga de la seguridad del Mercado. Pase lo que pase, ese último pedazo de campo será engullido por la ciudad.

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El cliente no sospecha que el barbero que en estos momentos le afeita a cuchilla tiene la cicatriz de un balazo en la pierna izquierda. No sabe que hace cuatro años tuvo que salir huyendo de Nicaragua, su país natal, perseguido por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. No puede imaginarse que el joven que esta mañana de febrero le corta el pelo de forma gratuita en un parque de San José, la capital de Costa Rica, tuvo que esconderse en la montaña junto a una veintena de campesinos después de que la policía asesinara a dos de sus compañeros y a él le hiriera de un disparo. Que cruzó la frontera ilegalmente y ha sobrevivido los últimos cuatro años con trabajos mal pagados, cambiando de casa cada pocos meses, aterrado ante la creencia de que pueda haber espías de Ortega tras sus pasos. No se hace una idea de que hoy, David Montenegro, un treintañero de gesto afable, barba y cara pecosa, se gradúa en un curso especial de peluquería impulsado por una ONG que ayuda a exiliados nicaragüenses a integrarse en la vida laboral de Costa Rica, el país de acogida.

David Montenegro, exiliado nicaragüense, una mañana de febrero en un parque de San José, Costa Rica.
David Montenegro, exiliado nicaragüense, una mañana de febrero en un parque de San José, Costa Rica. Alejandro Santos

El sol abrasa sobre San José, pero Montenegro no se inmuta y maneja la cuchilla con soltura sobre el cuello de su cliente. Le limpia la cara con una toalla y da por concluida su labor. Como examen de final de curso, este sábado él y sus compañeros han acudido al parque Centenario, al costado de una iglesia con el descriptivo nombre de Nuestra Señora de los Desamparados. Espera que el título de barbero le ayude a conseguir un trabajo mejor, o por lo menos, le genere un ingreso extra. Ahora mismo se gana la vida como repartidor, pero también ha sido mecánico, jardinero o albañil. Cualquier cosa con tal de sobrevivir.

“Lo más difícil fue abandonar el país donde tenía esperanzas y una vida planeada. La llegada fue muy dura: no conoces a nadie; nadie te espera; apenas tienes dinero. Buscas de obrero con lo poco que sepas. Son países muy distintos” Nicaragua y Costa Rica, dice Montenegro.

San José se ha convertido en la capital del exilio nicaragüense después de que el régimen de Ortega, antiguo revolucionario sandinista reconvertido en autócrata, reprimiera con brutalidad una insurrección popular que se alzó en contra de una polémica reforma del sistema de pensiones en 2018. Las fuerzas policiales y paramilitares asesinaron a 355 personas, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Luego de desarticular la rebelión ciudadana, el Gobierno inició una persecución judicial y política que derivó en éxodo hacia el país vecino: 121.850 nicaragüenses han solicitado refugio en Costa Rica desde entonces, el 88% de todas las peticiones que recibe el país centroamericano, de acuerdo con los datos de enero de 2022 de la Dirección General De Migración y Extranjería. Pero menos de un 30% se conceden.

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Mientras esperan una respuesta, los exiliados se buscan la vida como pueden. Montenegro empezó el curso de barbero en 2019 por una iniciativa de S.O.S. Nicaragua, una ONG fundada por otros exiliados que asegura que ya ha atendido a más de 200.000 nicaragüenses. Ofrece cosas tan básicas como proporcionar alimento, un techo, asistencia sanitaria o acompañamiento jurídico para moverse por el laberinto burocrático que recorren los solicitantes de refugio. También conseguir trabajo, una de las batallas más arduas a las que se enfrentan en un país donde la xenofobia se ha generalizado en los últimos cuatro años de la mano de una grave crisis de desempleo profundizada por la pandemia.

Cuando estallaron las protestas de abril de 2018, Montenegro había retomado sus estudios de secundaria en Estelí. Ya había tenido que abandonarlos más joven para emigrar a Honduras. “Fue una explosión social, una revolución no armada”, dice de las movilizaciones. “Me fui a apoyar un tranque [barricada]. Nos mandaron a la policía y a los paramilitares. Nos enfrentamos con ellos, pero teníamos piedras y valor más que todo”. Fue ahí cuando asesinaron a sus amigos. Pasó en la montaña dos meses y medio, con una herida de bala que no pudo curar bien y armado con un fusil de caza. “Fueron días de hambre, frío, sueño. No podíamos encender una fogata porque el ejército te detecta”.

“Solo nos da para sobrevivir”

Después de la huida llega el exilio. Un camino que para muchos es casi tan crudo como la vida que han dejado atrás. “Subsistimos, solo nos da para sobrevivir”, sintetiza Pablo Hernández (58 años), que malvive junto a su amigo Antonio Silva (50 años) en una cuartería, una nave repleta de habitaciones de apenas un metro de ancho por dos de largo en la que se hacinan decenas de personas. Hernández trabaja por menos de 10 dólares diarios en un puesto callejero de frutas y verduras cerca de la Catedral, en el centro de la ciudad. La cuartería queda a cinco minutos.

Antonio Silva, exiliado nicaragüense, junto a su hijo Edison en la cuartería en la que vive en San José, Costa Rica, este febrero.
Antonio Silva, exiliado nicaragüense, junto a su hijo Edison en la cuartería en la que vive en San José, Costa Rica, este febrero.Alejandro Santos

Por fuera es un edificio naranja con puertas de chapa, pintura raída y grietas en las paredes. Por dentro hay dos pisos en los que se reparten los cuartos. Algunos son individuales, en otros viven familias enteras. Apenas hay luz natural. Una habitación enrejada hace las veces de lavandería. Varias cuerdas cuelgan de un lado a otro y conforman una madeja de ropa tendida. Al fondo, otro espacio funciona como cocina común. En la pared, iluminado por la luz blanca de una bombilla, hay un dibujo de una ventana con un paisaje que trata de aportar un poco de verde entre tanto gris.

Las habitaciones de Hernández y Silva, como todas, no cuentan con ventilación, y al abrir la puerta se nota el ambiente recargado. En varias baldas se acumulan las pocas posesiones que les quedan: ropa, fotografías de la familia que quedó en Nicaragua, calendarios, estampas religiosas… Hernández viste unos vaqueros salpicados de lejía y de su cuello asoma una cruz; Silva lleva ropa de faena. Tiene manos gruesas de obrero manchadas de pintura blanca y un corte de pelo a cepillo.

El exilio se ha hecho presente en sus rostros en forma de marcadas arrugas. “Estamos fregados”, resume Hernández. “El problema es que no solo somos nosotros, tenemos familia allí y también sobreviven. Hay que mandar algo”. Las cuentas no salen: un ingreso mensual de menos de 250 dólares, un alquiler de 142. “Es un estrés constante para juntar cada dólar”. En un cartel encima de su cuarto, el eslogan de una marca de supermercados, “cumple tus deseos”, se burla de ellos.

Antonio Silva, exiliado nicaragüense, en su habitación de una cuartería en San José, Costa Rica, este febrero.
Antonio Silva, exiliado nicaragüense, en su habitación de una cuartería en San José, Costa Rica, este febrero. Alejandro Santos

Los dos amigos también se involucraron en las protestas de 2018. “Estuvimos tres meses en los tranques. Solo íbamos a casa a ducharnos, comer y salir otra vez”, recuerda Hernández. Se enteraron de que se habían convertido en un objetivo del régimen y salieron del país de incógnito ese mismo año. “En Nicaragua un solo hombre [Ortega] domina todos los poderes. Su palabra es ley. Solo lo apoya un 15%, pero tienen las armas”. Ambos llegaron sin papeles y con apenas unos pocos cientos de dólares en el bolsillo.

“En vez de presos, estamos aquí libres. Con un poco de hambre, pero seguros”, dice Silva. Lo hace como si no se lo creyera demasiado, después de cuatro años como albañil en jornadas que empiezan de madrugada y acaban ya de noche cerrada. Estos días está visitándole su hijo, Edison, que sigue viviendo en Nicaragua y a los 18 años ha tenido que dejar sus estudios y convertirse en vendedor callejero para contribuir al ingreso familiar. Cuando se les pregunta si se puede sacar fotos, exigen ver el carnet de prensa y el pasaporte. El terror a que los brazos de Ortega les alcancen aun en el exilio es constante.

Pablo Hernández, exiliado nicaragüense, en su habitación de una cuartería en San José, Costa Rica, este febrero.
Pablo Hernández, exiliado nicaragüense, en su habitación de una cuartería en San José, Costa Rica, este febrero.Alejandro Santos

Un rato después, en el puesto en el que trabaja, Hernández rebuscará entre las verduras que vende para sacar un cuaderno cuadriculado con pegatinas infantiles en la primera página. Dirá que en su juventud luchó en la Contra, un grupo armado financiado por Estados Unidos que intentó acabar en la década de los 80 con la revolución sandinista.

En el cuaderno enseña el diseño de una operación militar escrita a bolígrafo azul y asegura que forma parte de un grupo de 25 excontras que están buscando financiación para luchar contra Ortega. “Lo que sobra es gente, lo que faltan son armas”. Una alternativa fruto de la desesperación que la mayoría de sus compatriotas exiliados entrevistados para este reportaje no comparten. “Nosotros no queremos estar aquí, queremos volver a nuestro país. Es como decía Rubén Darío: ‘Si pequeña es la patria, uno grande la sueña”, concluye Hernández.

Crisis migratoria

En la otra punta de la ciudad, se encuentra una nave azul a la que se llega por un camino de tierra. El Gobierno costarricense la ha habilitado como centro para solicitar el estatus de refugiado. Decenas de personas esperan sentadas en sillas colocadas a un metro de distancia como precaución ante la pandemia. Allí se encuentra la oficina de Allan Rodríguez, jefe de la Unidad de Refugio, que confiesa que en 2018 la administración se vio superada, y que tras años de recortes no cuentan con los fondos suficientes para afrontar un problema de tal calibre.

Exiliados nicaragüenses rellenan sus solicitudes de refugio en San José, Costa Rica, este febrero.
Exiliados nicaragüenses rellenan sus solicitudes de refugio en San José, Costa Rica, este febrero. Alejandro Santos

Rodríguez rechaza hablar de crisis migratoria: “El Estado tiene capacidad para atender el tema, pero necesitamos mayor apoyo de la comunidad internacional”. Sin embargo, reconoce que el 95% del personal y la infraestructura empleadas han sido aportadas por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).

Carlos Huezo, presidente de S.O.S. Nicaragua, discrepa con Rodríguez. Considera que el sistema de asilo sí que está desbordado, una opinión que comparten otros expertos y oenegés: “Si hubiera un sistema ágil, habría una inserción más rápida. Es una crisis humanitaria que viene de antes”. La realidad es que el proceso de refugio puede alargarse años. El carnet de solicitante otorga de por sí cierta seguridad jurídica, pero encontrar trabajo solo con él es complicado, coinciden todos los entrevistados.

Yolanda Morales, exiliada nicaragüense, muestra su carnet de solicitante de refugio, este febrero en San José, Costa Rica.
Yolanda Morales, exiliada nicaragüense, muestra su carnet de solicitante de refugio, este febrero en San José, Costa Rica. Alejandro Santos

Yolanda Morales (33 años) señala que su solicitud de refugio puede no resolverse hasta 2027. Aun así, muestra con una sonrisa radiante su carnet de solicitante mientras hace cola en el recinto habilitado por Migración. Se gana la vida como trabajadora del hogar. En Nicaragua era empleada del Gobierno, pero después de la represión de 2018 renunció. Ahí comenzó “el asedio”, explica: acoso de la policía, pedradas contra su casa. Decidió huir con su hijo en agosto de 2021. “Sufrimos discriminación por ser migrantes. Y no podemos ayudar a nuestra familia, apenas vivimos aquí como para mandar plata”, narra.

Las miles de historias personales repartidas por la ciudad aportan la dosis de realidad que las cifras oficiales no pueden contar. Y el goteo de exiliados no cesa. Manuel Salvador (22 años) cruzó a Costa Rica en una lancha hace un mes y quiere retomar los estudios que tuvo que abandonar por oponerse al régimen. Devanire Cárdenas (36 años) formaba parte de la Juventud Sandinista; renunció después de ver la represión y ahora solo le da para pagar el alquiler y la comida. José Huerta (47 años) trabaja de estibador, pero el dinero no le alcanza; necesita un empleo estable y con el carnet de solicitante no lo consigue. Sandra (43 años) ni siquiera se atreve a dar su nombre real. Ha dejado en Nicaragua a sus dos hijos universitarios, y teme que sean un objetivo fácil para la policía. Dice que han sido años muy duros. Y que ojalá ocurra un milagro que se lleve a Ortega.

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The arts may be a luxury many children of underprivileged families can’t afford, but at the Sitar Arts Center in Washington, D.C., it’s available to all who want to participate. VOA’s Virginia Gunawan reports. Camera – Laurentius Wahyudi.


En cuestión de segundos estalla un intenso tiroteo con disparos de diverso calibre en ambas direcciones. Una potente explosión sacude el suelo, mientras las balas rebotan en las paredes y en los quitamiedos de la carretera. El ruido es ensordecedor. Gritos, carreras, dudas, caos… y desbandada. En apenas cinco minutos, varias decenas de militares ucranios se repliegan desde el punto en el que, tendidos sobre el asfalto, tratan de frenar el avance del Ejército ruso dentro de Kiev. Un joven soldado permanece sentado en el suelo, parapetado detrás un muro de la retaguardia sin casco, con el arma apoyada en la pared, aturdido y esperando a ser atendido tras haber sido herido de bala a la altura de la ingle. Le rodean compañeros arrodillados, echados al suelo o erguidos, que apuntan hacia todas direcciones sin saber muy bien por dónde puede venir el enemigo. Pero, finalmente, el Ejército ruso no avanza.

La escena, vivida el viernes sobre las aguas del río Dnieper a la altura del puente de La Habana y presenciada por EL PAÍS, sirve para explicar el caos en el que se encuentra la capital de Ucrania desde que, en la madrugada del jueves, el presidente Vladímir Putin ordenase a sus tropas lanzarse sobre su país vecino con la intención de someterlo. Durante toda la jornada del sábado se produjeron combates como este en diversos puntos de una capital engullida por la guerra, en la que los civiles que no habían logrado abandonar la ciudad ya no encontraban ningún lugar en el que pudiesen sentirse seguros salvo en los túneles del metro o los sótanos.

Los militares ucranios inspeccionan una zona tras un enfrentamiento , la mañana del 26 de febrero.
Los militares ucranios inspeccionan una zona tras un enfrentamiento , la mañana del 26 de febrero. SERGEI SUPINSKY (AFP)

Kiev se ha convertido en el epicentro de la enorme tragedia europea que significa la guerra de Ucrania: la invasión a gran escala de un país soberano por Rusia, una de las principales potencias militares del planeta, que ha devuelto al continente a los peores momentos del enfrentamiento entre bloques. Los ecos de este conflicto llegan hasta la Segunda Guerra Mundial, con columnas de tanques y de refugiados lanzados a las carreteras de un país convertido en pocos días en un campo de batalla, en una nueva tierra de sangre. Sin embargo, aunque las informaciones de ambos bandos resultan muchas veces confusas y contradictorias, teñidas por la niebla de la guerra, la impresión general es que la feroz resistencia ucrania ha logrado detener el avance del Ejército ruso, que se ha visto obligado a reforzar su ofensiva con más efectivos.

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El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, convertido en un símbolo de la resistencia ante la invasión rusa, ha realizado un llamamiento general al combate, que se ha traducido en el reparto de armas a civiles convertidos en milicianos sin apenas entrenamiento militar, que se despliegan en la capital, montan controles y excavan improvisadas trincheras en las calles. La caza de los presuntos saboteadores convierte en sospechoso casi a cualquier persona que se mueva por unos barrios prácticamente desiertos y sometidos desde el anochecer del sábado a un severo toque de queda, que se prolongará hasta el lunes. El alcalde la ciudad, Vitali Klitschko, señaló el sábado que 35 personas habían resultado heridas durante la noche en Kiev, entre ellas dos niñas, aunque no estaba claro si se trataba solo de civiles y tampoco existe una confirmación independiente de esas cifras.

Un coche de policía arde delante de un cuartel en Kiev en la tercera jornada de ataques rusos a la capital de Ucrania.
Un coche de policía arde delante de un cuartel en Kiev en la tercera jornada de ataques rusos a la capital de Ucrania. Luis de Vega

Muchos pensaban que, tras el golpe sorpresa de Putin, Kiev caería rápidamente y los tanques del Kremlin no tardarían en plantarse en la mítica plaza de la Independencia (Maidán), corazón de la capital y símbolo de la resistencia en 2014 frente al depuesto presidente Víktor Yanukóvich, próximo a Moscú. Pero no ha sido así. Moscú quiere completar el cerco de la capital de Ucrania, apuntan fuentes oficiales de Kiev sin ocultar el asedio al que están siendo sometidos.

El desconcierto, el miedo y la tensión se mantienen a flor de piel entre la población y los militares con el incesante goteo de explosiones, escaramuzas y ataques. Tanto el viernes como el sábado dos edificios residenciales han sido atacados, aunque sin víctimas mortales. En medio de los cascotes y los destrozos se suceden las escenas de dolor y desesperación de los vecinos que, aunque han salvado la vida, no saben cuándo van a poder regresar a sus casas. Todo ello en medio del estruendo que supone el sonido de las sirenas que alertan de un posible ataque aéreo, que estalla una y otra vez a lo largo de la jornada.

Mientras, el alistamiento de reservistas y voluntarios sigue su curso. Miles de personas acuden a centros oficiales a recibir armas. Uno de ellos es Iván, de 28 años, que, con un machete en la cintura, espera a ser llamado para poder acceder al interior de las instalaciones y empuñar su rifle. Este joven, casado y sin hijos, tiene a dos hermanos en el frente del Donbás, en el este del país, donde Ucrania combate a guerrilleros prorrusos desde hace ocho años. “El Ejército ruso está formado por alcohólicos y vagos”, asegura con cierto tono despectivo. El hombre que está junto a él sentencia: “Putin, loco”. El clima en la cola es de ardor guerrero, aunque Iván no oculta que hay algo que teme especialmente: “Que entren en Ucrania los chechenos y nos pasen a todos a cuchillo”. Se refiere a los milicianos que el líder checheno Ramzán Kadírov, aliado de Putin, ha asegurado que ha enviado a combatir a Ucrania en apoyo de las fuerzas rusas.

Edificio residencial en un barrio de Kiev, el 26 de febrero, que fue bombardeado durante uno de los ataques rusos.
Edificio residencial en un barrio de Kiev, el 26 de febrero, que fue bombardeado durante uno de los ataques rusos.Luis de Vega

El Gobierno ucranio ha decretado el toque de queda entre las cinco de la tarde del sábado y las ocho de la mañana del lunes. Si la ciudad ya casi había perdido todo su fulgor, con calles, plazas y avenidas desiertas, esta decisión de las autoridades la ha dejado completamente desierta. El anuncio viene reforzado por una amenaza: todo civil que se encuentre en las calles durante este tiempo será considerado como “miembro de los grupos de sabotaje del enemigo”, han informado fuentes oficiales. Entre los que se ven afectados por esta medida se encuentran también los periodistas desplazados a la capital ucrania para cubrir el conflicto.

El clima de sospecha y paranoia es permanente y cualquiera es apuntado sin motivo aparente en cuanto se acerca a un control o se cruza con un grupo de milicianos o de soldados. En la calle es cada vez más fácil ver no solo a militares y policías, sino también a civiles armados que colaboran con las fuerzas de seguridad para supervisar los movimientos en los controles que se han instalado en distintos barrios antes de decretar el toque de queda. La tensión de unos y otros lleva a veces a los propios policías a amenazar y apuntar a compañeros que no se detienen lo suficientemente pronto en esos controles que en algunos casos se montan con barreras levantadas con neumáticos.

Una de las barricadas erigidas en el centro de Kiev.
Una de las barricadas erigidas en el centro de Kiev. Luis de Vega

Dentro de ese ambiente de tensión puede inscribirse el suceso observado por este enviado especial en la mañana del sábado. Un coche de policía, junto a un todoterreno, permanece ardiendo delante de un cuartel. No se ve a los policías ni a los ocupantes del otro vehículo. Hasta que no llegan los bomberos para apagar con espuma las llamas, no se abre la cancela del cuartel, del que salen varios soldados armados en posición de defensa y uno con una manguera para colaborar en las tareas de extinción. No hay restos de que haya habido ataque alguno desde el aire, tampoco se ven personas detenidas ni es posible obtener confirmación de lo que ha ocurrido.

Los ciudadanos soportan con estoica paciencia vivir en una ciudad en la que el peligro les visita a diario. Muchos han decidido abandonar sus hogares para refugiarse en uno de los pocos lugares que ofrecen cierta seguridad: el metro. Aunque los convoyes han dejado de circular, las estaciones permanecen abiertas como improvisados refugios antiaéreos en los que buscan amparo miles de personas. En uno de ellos, sentada en un taburete y con una mascarilla bajada, se encuentra Olga, una mujer de 85 años. Ha abandonado su casa junto a sus dos hijas mellizas de 61 años. Habla con desprecio de Putin, aunque añora los tiempos de la URSS y el comunismo. “¿Quién es ese Putin? No lo conozco, no sé quién es. Antes la vida era mejor para la gente normal, todo era más barato, éramos más libres, teníamos apartamentos… ahora todo se ha encarecido”.

Los peores pronósticos de Olga pueden quedar pequeños si Kiev acaba siendo víctima de un cerco como el que sufrió Sarajevo que, durante cuatro años, de 1992 a 1996, permaneció sitiada por los ultranacionalistas serbios. Muchos temen que ese pueda ser el destino de la capital si las tropas rusas no logran tomarla en pocos días. En tres jornadas de guerra, la capital de Ucrania se ha visto asaltada por el miedo al presente, pero también por el terror a un futuro que se intuye difícil cuando no siniestro. Entre el sonido de los disparos, las bombas y sirenas antiaéreas, los vehículos en llamas, las trincheras excavadas a toda velocidad, la inmensa mayoría de los habitantes de Kiev saben que de Putin pueden esperar cualquier cosa.

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La policía detiene este viernes a un manifestante en Ottawa, Canadá.
La policía detiene este viernes a un manifestante en Ottawa, Canadá.SCOTT OLSON (AFP)

Una importante operación policial se ha puesto en marcha este viernes para desbloquear las calles de Ottawa, ciudad que durante tres semanas ha estado tomada por camiones y ocupada por manifestantes contrarios a las medidas sanitarias contra la pandemia impuestas por el Gobierno canadiense. Según informó la policía a última hora del viernes, había 70 detenidos y 21 vehículos habían sido retirados en una ciudad que registraba temperaturas gélidas, con una sensación térmica de 20 grados bajo cero.

Uno de los arrestados es Pat King, una de las figuras más reconocidas de los manifestantes. Chris Barber y Tamara Lich, dos organizadores de la denominada caravana de la libertad, ya habían sido detenidos el jueves. Los tres líderes se enfrentan a cargos por incitación a cometer daños, obstrucción a la justicia y desobediencia a una orden judicial.

La policía canadiense ya desalojó por completo el pasado fin de semana uno de los pasos fronterizos más transitados que unen Canadá con EE UU, que estaba bloqueado por la protesta de camioneros contra la vacunación obligatoria. Pese a las medidas policiales, Ottawa seguía el viernes siendo un territorio tomado por las protestas. Después de que decenas de autobuses abandonaron la ciudad el miércoles y el jueves, los manifestantes expresaban a través de las redes sociales que no pensaban abandonar la capital. La policía les recordó que, de acuerdo con la legislación federal y provincial, quienes no abandonaran inmediatamente el lugar y retiraran sus vehículos de las calles se enfrentarían a “duras sanciones”.

A principios de esta semana, la situación se hacía insostenible. El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, invocaba poderes de emergencia no empleados desde 1970 para hacer frente a las protestas. “Los bloqueos están dañando nuestra economía y poniendo en peligro la seguridad pública”, dijo el primer ministro. “No podemos permitir que estas actividades, peligrosas e ilegales, continúen”.

Chrystia Freeland, ministra de Finanzas y viceprimera ministra, defendió este viernes la Ley de Emergencia para desalojar el centro de Ottawa, subrayando que la economía y la democracia del país están bajo amenaza. “Una democracia liberal debe estar preparada para defenderse”, manifestó.

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Este jueves, Trudeau, sobre el que están cayendo multitud de críticas por invocar los poderes extraordinarios, aseguraba en una sesión parlamentaria que “los bloqueos y ocupaciones ilegales no son protestas pacíficas”. “Son una amenaza para los puestos de trabajo y las comunidades, y no pueden continuar”, enfatizó el líder del Partido Liberal de Canadá. Este viernes, la Cámara de los Comunes (que junto al Senado conforma el Parlamento canadiense) suspendía su sesión precisamente para evitar posibles incidentes mientras se desarrollaba la operación policial.

Las fuerzas del orden habían dado muchos avisos antes de su intervención del viernes. El miércoles, la policía avisó de que el bloqueo con camiones de los manifestantes antivacunas en el centro de la capital era “ilegal” y advirtió de que procedería a arrestar a quienes protestaban si no cejaban en su empeño. En un mensaje a través de su cuenta de Twitter, la policía de Ottawa denunciaba que los manifestantes habían situado a niños entre las operaciones policiales y el lugar de la manifestación ilegal. “Los niños serán llevados a un lugar seguro”, aseguraban y recordaban que era “ilegal” utilizar de esa manera a los menores.

El autodenominado convoy de la libertad ha provocado pérdidas millonarias tanto en Canadá como en Estados Unidos, afectando especialmente a la industria automotriz. Las protestas comenzaron el 29 de enero, cuando centenares de transportistas condujeron a Ottawa para mostrar su rechazo a la vacunación obligatoria. Otras capitales provinciales (como Quebec, Toronto o Winnipeg) se sumaron después con manifestaciones locales. La capital declaró el estado de emergencia el 6 de febrero.

A mediados de semana, el jefe de la policía de Ottawa, Peter Sloly, anunciaba su renuncia al cargo tras varios días de críticas por la incapacidad del cuerpo para controlar el bloqueo de más de 400 camiones y centenares de personas contrarias a las medidas sanitarias contra la pandemia de covid-19.

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