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La última frontera del continente europeo que han cruzado un millar de ucranios desde comienzos de marzo se atraviesa en un automotor diésel de Comboios de Portugal que suele partir de la vía 1 de la estación de Badajoz alrededor de las 16.25. Este domingo aguarda la llegada del retrasado tren de Madrid con 31 refugiados. Cuando se apean en el andén, los voluntarios de Cruz Roja fotocopian a toda prisa sus pasaportes, reparten bolsas de plástico con bocadillos y les proporcionan una pulsera verde que les identifica. El todoincluido de la guerra. Los trenes de Europa al servicio del mayor movimiento demográfico desde la Segunda Guerra Mundial: más de 3,5 millones de desplazados por la contienda en Ucrania se distribuyen por un continente que –esta vez, sí– les ha abierto los brazos de par en par.

Los ucranios sufren la pésima conexión ferroviaria entre España y Portugal, que les obliga a tomar tres trenes y emplear 10 horas y media para recorrer 624 kilómetros. A estas alturas, apenas una menudencia que solo añade cansancio al agotamiento que acumulan refugiados como Violetta Khadasevich y Serguéi Dzemikhov, que habrán recorrido nueve países cuando esta noche lleguen a su destino final tras más de una semana de viaje.

En su vida anterior al 24 de febrero eran sumilleres en Kiev. Tienen 23 y 26 años, están casados y son bielorrusos. Huyen con Elena, la madre de Serguéi, y su mascota Mike, un perro abandonado que adoptaron en un refugio en Bielorrusia hace cuatro años y que no ladrará ni una sola vez durante las cinco horas que dura el trayecto hasta Lisboa. Tampoco los niños hacen ruido, entretenidos en juegos en el móvil, ni se elevan voces de conversaciones entre adultos. Las madres reprenden a los pequeños que corretean por el pasillo, como si no quisieran molestar. Las vidas de quienes huyen caben en pequeñas bolsas que se apiñan en el compartimento superior de los asientos.

Violetta y Serguéi han pasado la noche en un albergue en Badajoz, atendido por Cruz Roja. Los sumilleres están curtidos en huidas. Hace dos años salieron de Bielorrusia, después de que la policía apaleara a Violetta durante toda una noche. Ella muestra la foto de su torso amoratado. Explica que la detuvieron sin motivo camino del metro. Se mudaron a Kiev. “Teníamos una buena vida. Nos ayudó un montón de gente a encontrar trabajo y a tener documentos”, explica Serguéi dentro del tren. Un Kiev que nada se parece al que dejaron atrás, sometido a las reglas de la guerra. Su último techo allí fue una estación de metro para protegerse de bombardeos. Esperan reconstruir su vida por tercera vez en dos años.

A pesar de que los refugiados tienen que recorrer más de 4.000 kilómetros hasta Portugal, el país del continente más alejado de Ucrania, 18.400 han recibido ya el estatuto de protección temporal que concede el Gobierno luso para agilizar su integración: los niños entran en el sistema educativo y los mayores pueden trabajar sin trabas burocráticas. Aunque sorprendentemente no había ningún dispositivo de acogida a su llegada a Lisboa y fueron encaminados a una comisaría de policía cercana para recibir ayuda.

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La solidaridad de la colonia ucrania afincada desde hace años en Portugal (más de 27.000 personas en 2021) incentiva también el largo desplazamiento. La pareja bielorrusa tiene amigos en Nazaré, mientras que Irina, que viaja con su cuñada y su sobrina de seis años, pretende llegar hasta Setúbal, donde residen familiares.

El ucranio Igor Ryzhykov, en el tren que le lleva de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.
El ucranio Igor Ryzhykov, en el tren que le lleva de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

No todos eligen Portugal por disponer de una red de apoyo. Igor Ryzhykov escogió el país por su buena imagen: “Agradable y donde la gente habla bien inglés”. Su familia está a salvo de momento en la zona occidental de Ucrania y confía en poder traer a su hija con él en cuanto logre instalarse. La guerra entró en su vida a las cinco de la mañana con dos explosiones que le despertaron en Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania y una de las más rusófilas por su cercanía geográfica (a 40 kilómetros de la frontera). “Mi madre tiene hermanos que viven en Rusia. Les llamó para decirles que Putin había invadido el país y no se lo creían, decían que eran los americanos. Ellos creen antes la propaganda de Putin que nuestras palabras”, relata Igor Ryzhykov en el andén de Badajoz, poco antes de la salida del tren. Su viaje hasta aquí ha sido menos extenuante que otros, gracias a un vuelo que le llevó de Rumania a Barcelona.

Preguntar por el fin de la guerra es absurdo, pero Igor responde: “Espero que alguien mate a Putin, pero creo que los rusos son zombis. Tal vez protesten dentro de unos meses, cuando las sanciones hundan su economía. Ellos pueden ganar la guerra con ataques aéreos, pero creo que sobre el terreno nuestro ejército es más fuerte”.

También el nigeriano William Obiana, un programador informático de 29 años que se formó y montó su vida en Kiev, ha escogido Portugal a pesar de no disponer de redes de apoyo. Lo suyo fue más analítico. “Hice una investigación entre diferentes países para ver las ayudas a los refugiados y Portugal me pareció el mejor, junto a Noruega, Francia y España. El peor es Suecia”, afirma. El mito nórdico se resquebraja. Lo percibió también en la práctica tras pasar por nueve países, Suecia incluida, en 14 días.

Deja atrás trabajo, amigos, dinero y apartamento. Sobre todo deja una vida a la que ahora mira con una añoranza dolorosa: “Los ucranios son uno de los pueblos más agradables que he conocido nunca. Fui a Kiev a estudiar porque tienen un buen sistema educativo, ahora trabajaba y tenía la residencia. Ucrania es mi casa y quiero volver cuando la guerra acabe”.

Refugiados de la guerra de Ucrania, en el tren que les llevaba de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.
Refugiados de la guerra de Ucrania, en el tren que les llevaba de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo. JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

Los primeros refugiados que llegaron a Badajoz eran estudiantes asiáticos que huían del conflicto. El flujo constante (reciben grupos diarios de entre 30 y 90 personas) obligó a Comboios de Portugal a reforzar el solitario automotor con un segundo coche. “Comenzaron el pasado 5 de marzo y desde entonces llegan a diario, aunque el perfil ha cambiado y cada vez son más ucranios”, explica Sandra Murillo. Ella y Víctor Domínguez coordinan el dispositivo de emergencia de Cruz Roja en Badajoz, que se encarga de recibir y atender a los refugiados. “Cada historia da mucha pena. Hay gente que trae maletas, otros que han comprado cosas por el camino y otros que no tienen nada”, describe Murillo. Entre el millar de personas que han atendido, había 144 menores y 18 mayores de 65 años. Cuando llegan de Madrid en trenes que no enlazan con la única conexión que parte hacia Lisboa, pernoctan en un albergue. El dispositivo de Cruz Roja incluye actividades para entretener a los niños y asistencia psicológica y jurídica para los adultos.

El tren tarda tres horas en cubrir los 180 kilómetros entre Badajoz y Entroncamento, donde personal de bomberos voluntarios portugueses recibe a los refugiados y les dirige hacia nuevas líneas según su destino. Este domingo pasado había grupos para Fátima, Oporto y Lisboa. Mientras el automotor avanzaba por el Alto Alentejo, Irina respondía a través del traductor de voz de su móvil que usa desde que dejó atrás Mikolaiv, en el sur del país, con su cuñada y su sobrina de seis años. Su marido permanece allí para cuidar de su madre discapacitada y de su padre. Huyó con algo de ropa, documentos y un poco de dinero. Habla con constantes citas a Dios y con determinación, decidida a salir adelante. Tiene la misma solidez para dar las gracias a los voluntarios que para condenar a los rusos: “Para nosotros ese pueblo ya no existe, ni parientes ni amigos ni nadie. Esta no es nuestra guerra, no hicimos daño a nadie ni necesitábamos ser liberados, pero un día terminará y reconstruiremos Ucrania y seremos mucho mejores”. Y, sin que medien más preguntas, coge el teléfono para dejar una frase final: “Quiero decir que ahora maldigo a todos los rusos”.

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En el lado polaco de Medyka, el puesto fronterizo con Ucrania que más refugiados cruzan, una valla divide a quienes son trasladados en autobuses a centros de recepción o estaciones de tren de aquellos a los que alguien recoge. A esta última fila solo acceden vehículos cuyos conductores llevan en la muñeca una cinta lila, parecida a las de los festivales de música, que sobresale de su manga. Es la prueba de que han sido registrados por las autoridades para asegurarse de que los traficantes de seres humanos no sacan partida de una situación tan jugosa como la huida veloz de una guerra de 3,3 millones de personas. Más aún cuando se trata casi únicamente de sus dianas habituales en lo poblacional y lo geográfico: mujeres y niños de Europa del Este en situación de vulnerabilidad. Las ONG locales alertan de episodios de acoso de proxenetas y de ofertas de trabajo falsas en Internet, y los expertos dan por hecho que habrá casos, pero tras casi un mes de guerra aún no se ha confirmado ninguno en Polonia.

Un conductor de autobús que transporta refugiados desde el punto fronterizo de Medyka muestra la pulsera que se entrega a los transportistas autorizados, este viernes.
Un conductor de autobús que transporta refugiados desde el punto fronterizo de Medyka muestra la pulsera que se entrega a los transportistas autorizados, este viernes.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

Karolina Wierzbinska es coordinadora y cofundadora de la ONG polaca Homo Faber, que gestiona un centro de ayuda a los refugiados en la ciudad polaca de Lublin con un call center al que pueden llamar los ucranios en su lengua cualquier día a cualquier hora. “Hemos registrado los primeros casos de proxenetas acosando a mujeres ucranias cerca de los puntos de refugiados en Lublin; abordándolas, a veces con agresividad, bajo la apariencia de ofrecer transporte, trabajo o alojamiento. No solo hombres, también hay mujeres tratando de obtener para la prostitución a refugiadas en las estaciones de autobuses. Esperan a que lleguen desde Ucrania y fingen ofrecer un viaje o alojamiento a mujeres angustiadas y exhaustas por el viaje”, explica.

Wierzbinska habla también de parejas, generalmente un hombre y una mujer, que se acercan en coche a la frontera y operan de manera más sofisticada: “Habitualmente, ella comienza a actuar como si estuviese cansada o se encontrase mal, coge una manta y una taza de té de las organizaciones caritativas allí presentes y trata de mezclarse con la multitud de ucranias. Tras un rato, empieza a ofrecer transporte a mujeres y niñas para persuadirlas de que vayan al coche con su amigo”. Cuando alguien sospecha y se les acerca para pedirles que se inscriban en el registro, suelen salir corriendo, agrega.

Polonia es una diana lógica de las mafias de trata. Es adonde cruzan el 60% de los refugiados desde el inicio de la guerra, el pasado 24 de febrero, y se han quedado la mitad, en torno a un millón. El país forma parte además del espacio Schengen de libre tránsito. La semana pasada, el Gobierno enmendó la ley de respuesta a la crisis de refugiados para aumentar de tres a 10 años de la pena mínima por trata y de 10 a 25 la máxima por traficar con niños para fines sexuales. Sin embargo, no hay casos confirmados de tráfico de mujeres o niños para prostitución, trabajos forzados o extracción de órganos. Ni las decenas de refugiados, policías, cooperantes o voluntarios consultados en las fronteras polaca o rumana conocen casos de primera mano.

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Es una de las ventajas de la política de puertas abiertas que la UE aplica estos días con los refugiados ucranios, a diferencia de las trabas, vallas o cuotas de reparto que marcaron la crisis de 2015-16 o la propia actitud de Varsovia en la crisis migratoria en su frontera creada el año pasado por el líder bielorruso Aleksandr Lukashenko, en las que el derecho a solicitar asilo por huir de la guerra o la persecución no siempre fue respetado.

Refugiados ucranios en el paso fronterizo de Dorohusk, este miércoles.
Refugiados ucranios en el paso fronterizo de Dorohusk, este miércoles. MASSIMILIANO MINOCRI

A la estación de tren de Chelm, en Polonia, llega un tren desde Kiev con unos 700 refugiados. Una mezcla de militares; policías nacionales, algunos de ellos de incógnito, y municipales; y guardas de fronteras y ferroviarios liberan el acceso lateral al vestíbulo de forma que no quede nadie sin identificar. En el andén, la policía organiza el descenso vagón por vagón para evitar aglomeraciones. Se forma una cola de la que los voluntarios sacan a los ancianos y personas con problemas de movilidad para que no tengan que hacerla.

Al cruzar la puerta, el resto se encuentra una mesa a cada lado con ocho policías de fronteras que registran sus documentos (no todos tenían pasaporte cuando huyeron) y las partidas de nacimiento de los niños, una hoja que muchas madres traen plastificada. A continuación, dificulta el paso una mesa con mapas e información sobre cómo continuar hacia el próximo destino y folletos en ucranio, ruso e inglés con números de teléfono de emergencia y frases como: “¡Ten cuidado, hay gente que quiere aprovecharse de tu tragedia!”. Entre los consejos figuran no entregar el pasaporte ni el móvil a nadie, registrarse cuanto antes en el punto de recepción más cercano, rechazar ofertas de transporte sospechosas, apuntar la matrícula y hacerse un selfi con el conductor del vehículo e, importante, dejarse guiar por la intuición. Los editan el Ministerio del Interior polaco, la Universidad de Varsovia o la Fundación La Strada contra el tráfico de seres humanos y la esclavitud.

Una refugiada ucrania sujeta un folleto que alerta del riesgo de trata, en el punto fronterizo de Dorohusk entre Polonia y Ucrania, el pasado miércoles.
Una refugiada ucrania sujeta un folleto que alerta del riesgo de trata, en el punto fronterizo de Dorohusk entre Polonia y Ucrania, el pasado miércoles.MASSIMILIANO MINOCRI (EL PAÍS)

Tanto allí como en las estaciones de tren y autobuses de Przemyśl y Lublin, en los pasos fronterizos de Medyka, Dorohusk y Budomierz o en centros de acogida de refugiados como Hrubieszow, el sistema funciona razonablemente bien, con policías y voluntarios vigilando los movimientos sospechosos. Como el de un holandés que pretendía acoger varios refugiados a su país y regalar sacos de dormir: fue interceptado a la entrada de la estación ferroviaria de Chelm y obligado a registrar en un furgón policial su pasaporte y el modelo y matrícula de su vehículo. A unos 200 kilómetros, en el vestíbulo de la de Przemysl, una mujer levantaba un cartón con un mensaje en el que ofrecía espacio en su casa en Suecia. Podía hacerlo porque se había registrado antes en un antiguo gran almacén cercano, en el que las propuestas se categorizan por nacionalidades. El Ayuntamiento ha puesto en marcha además una aplicación de móvil que conecta a refugiados y conductores, que no pueden ser anónimos.

Las refugiadas llegan exhaustas tras horas en el mejor de los casos ―días, habitualmente― de viaje, preocupadas por los familiares que dejan en un país en guerra y asimilando todavía el repentino vuelco que han dado sus vidas. “Sobre todo están abrumadas. Y, por lo general, también confundidas”, señala la brasileña Josi Borges, voluntaria como psicóloga en Medyka que recibe con una sonrisa a una familia, coge al niño de la mano y les acompaña hasta la zona de transporte.

La inmensa mayoría se registra y ciñe a los canales acreditados de transporte y alojamiento, pero también se ve a familias con ojeras y maletas avanzar sin rumbo claro y salir a la calle sin tener muy claro cómo actuar ni adónde ir. “Y ahí es donde los perdemos del radar”, lamenta en conversación telefónica Zbigniew Lasocil, director del Centro de Investigación sobre la Trata de Personas de la Facultad de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales de la Universidad de Varsovia y autor de un centenar de publicaciones sobre el tema. “El sistema actual no es suficiente ni eficiente. Hace falta un sistema efectivo de registro y conciencia del riesgo, tanto en la sociedad como entre las mujeres”.

Cuando cruzan, señala Lasocil, las refugiadas “se sienten seguras” porque han salido de un país en guerra y se relajan ante potenciales peligros, que tienen que ver con el cambio del patrón histórico en el ámbito de la trata. “Hace 15 años, las mujeres eran directamente raptadas. Ahora hay más reclutamiento de mujeres muy vulnerables por una situación familiar, personal, económica… Y la guerra no ofrece personas individuales, sino una riada de mujeres que podrían ser fácilmente victimizadas”, señala antes de resumir con crudeza: “En una situación de absoluta vulnerabilidad, la única divisa que tiene una mujer es sus hijos y su cuerpo”.

La parte más frágil

Los niños son la parte más frágil de la ecuación, pero el número de los que han cruzado solos la frontera es anecdótico, coinciden diversas fuentes sobre el terreno. Daniele Febei, de la rama polaca de la Organización Internacional de Migraciones, explica en una carpa en Medyka que los escasísimos menores de 14 años que lo hacen “son inmediatamente derivados a los servicios sociales” y advierte de los riesgos que genera la ayuda por libre. “Llegan muchísimos voluntarios de todas partes del mundo. Y es muy bonito, pero también caótico. Ahora se hace más con ONG estructuradas, que rinden cuentas, y se ha establecido un sistema de credenciales”.

Tampoco se ha informado de desapariciones de menores, mientras que en enero de 2016 una declaración de Europol cifraba en 10.000 los menores migrantes desaparecidos. En Medyka, por ejemplo, Ramón Mínguez espera a cuatro en el lado polaco, a pocos metros de la valla fronteriza. Es el coordinador general de Kids Ucrania, una pequeña ONG española creada en 2019, y los recibirá de manos de su madre, que luego cruzará de vuelta a Ucrania. Los niños tienen previsto llegar este domingo a Barcelona en autobús, en una iniciativa de acogida de medio centenar de ucranios en la que colabora Intervención Solidaria Barakaldo, una asociación formada por policías municipales.

Otro de los problemas es entender qué pasó al principio de la guerra, cuando el aluvión de refugiados desbordó a los países vecinos y una legión de voluntarios evitó escenas de refugiados durmiendo a la intemperie. “En los primeros días no había nada parecido a control. [Los refugiados] podían ser recogidos por cualquier persona que expresase voluntad de llevárselas”, señala Lasocil. Esos días, en el puesto fronterizo de Siret, en Rumania, no era difícil llegar a zonas donde desembarcaban refugiados sin tener que mostrar antes el pasaporte.

Vicente Raimundo, director de Cooperación Internacional y Ayuda Humanitaria de Save the Children España, visitó Siret y se muestra más preocupado por el futuro que por el presente. Admite que “ahora mismo hay muchos más ojos y atención” que en la crisis de 2015-2016 y que “todavía no es una crisis de menores solos, sino de familias rotas”. Pero teme que, si la guerra se prolonga, padres cada vez más pobres y vulnerables pensarán: “Saco a mi hijo por la frontera y que sea lo que Dios quiera”. “Hay mucho mercado, puede haber mucho descontrol y hay mucha vulnerabilidad”, resume. “El cóctel está ahí”.

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Un viejo puente cruza la carretera secundaria M21. Sobre él hay plantada una tienda de campaña de la que sale el humo de una estufa de carbón. La carretera conecta Vinnitsia y Mohiliv-Podilskii, en la frontera ucrania con Moldavia. Alrededor hay campos helados y unas pocas granjas de construcción humilde, levantadas por sus propios moradores. Alguna gallina se asoma para observar a los inesperados visitantes. La temperatura, la mañana del pasado sábado, era de cinco grados bajo cero. Dentro de la tienda, tres hombres se resguardaban del frío bebiendo té. Desde el puente pueden controlar decenas de kilómetros de horizonte y otros tantos de carretera en línea recta. “Estamos aquí por si un día llega la invasión desde Transdniéster”, asegura uno de los miembros de la patrulla, un vecino voluntario en la militarización de Ucrania.

Las provincias de Vinnitsia y de Odesa, al sur de Ucrania, son colindantes con Transdniéster, república separada unilateralmente de Moldavia hace 30 años, durante el proceso de desintegración de la Unión Soviética. Transdniéster se ha mantenido independiente, sin reconocimiento internacional, gracias al apoyo de Rusia. La separación de Moldavia se explica en parte por la mayor proximidad cultural de su población con Rusia.

Cartel en Mohiliv-Podilskii (Ucrania) con los rostros de los soldados muertos en el Donbás.
Cartel en Mohiliv-Podilskii (Ucrania) con los rostros de los soldados muertos en el Donbás.Jaime Villanueva

El Kremlin tiene apostados a 2.000 soldados en Transdniéster. Su misión es disuadir a Moldavia de intentar recuperar el territorio y también proteger las 22.000 toneladas de munición que Rusia tiene almacenadas a cinco kilómetros de la frontera con Ucrania, según la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Es uno de los arsenales más grandes que hay en Europa del Este.

La invasión rusa del sur de Ucrania persigue el pleno control del mar Negro, con Odesa como objetivo principal. El Gobierno de Volodímir Zelenski cree que el enemigo intentará avanzar desde el principal puerto de Ucrania hacia el norte, pero también hacia Transdniéster, territorio amigo de Rusia. El presidente transdnistrio, Vadim Krasnoselski, afirmó al inicio del conflicto que no tiene intención de entrar en guerra, pero Ucrania da por hecho que el líder ruso, Vladímir Putin, tiene otros planes. El Ejército ucranio de momento ya ha dinamitado puentes estratégicos en la provincia de Odesa que conectan con Transdniéster.

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Puentes militarizados

Nada escapa a los controles del Ejército en el perímetro ucranio de la frontera. La delimitación la marca el cauce del río Dniéster, una barrera natural difícil de superar en caso de una hipotética movilización de infantería y blindados. Todos los puentes sobre el Dniéster están militarizados. Los periodistas no pasan desapercibidos y en cada villorrio, los vecinos avisan a las Fuerzas Armadas de la aparición de extranjeros con cámaras. Lo mismo ocurre en centros urbanos más grandes.

En Yampil —municipio agrícola de 10.000 habitantes a 15 kilómetros de Transdniéster— el concejal de Sanidad, Gennadi Koliushko, se ofrece a acompañar a EL PAÍS a fotografiar un monumento en honor a la victoria soviética sobre la Alemania nazi en la II Guerra Mundial. “La gente sospechará y llamarán a la policía. Compréndanlo, es una situación muy tensa”, se justifica Koliushko. Efectivamente, al poco de llegar frente al monumento, varias personas se acercan, llaman discretamente y en cuestión de minutos aparece un todoterreno con soldados.

Paso fronterizo en Mohiliv-Podilskii (Ucrania).
Paso fronterizo en Mohiliv-Podilskii (Ucrania). Jaime Villanueva

La principal atracción del monumento soviético de Yampil es un SU-152, legendario modelo de cañón autopropulsado utilizado en la II Guerra Mundial. El arma expuesta fue usada en una cruenta batalla que se desarrolló en el Dniéster. Bajo el cañón hay estelas que evocan ciudades rusas, bielorrusas y ucranias reconocidas como heroicas durante aquel conflicto. “Esto es parte de nuestra historia, no puede cambiarse”, dice Koliushko. Él nació como ciudadano de la Unión Soviética y recuerda con orgullo que su abuelo combatió contra el nazismo. Y añade: “Tengo familia en Rusia, y no saben lo que sucede aquí. Creen que es una operación limitada a terroristas y fascistas, dicen”.

“El problema no lo tenemos con la ciudadanía de Transdniéster, de hecho, la mayoría de gente al otro lado procede de Ucrania”, afirma el alcalde de Yampil, Sergei Gadzhuk. Su despacho es amplio y moderno. Hay una televisión gigante que se mantiene encendida todo el día emitiendo noticias de la contienda. “Nuestros agricultores trabajan con el tractor a 100 metros de los suyos y la circulación de uno al otro lado es constante”, dice el edil. Ahora, admite, la frontera está cerrada.

En la sala de recepción de las dependencias del alcalde hay una montaña de sacos de dormir donados por el Ejército polaco. En una de las estanterías hay un libro sobre la participación de cientos de vecinos de Yampil en la invasión soviética de Afganistán (1979-1989). Desde el inicio del ataque ruso a Ucrania el pasado 24 de febrero han muerto dos ciudadanos del municipio en el frente y media docena han sido heridos en combate, según confirman las autoridades locales.

En tiempos de guerra los rumores son una constante. En Vinnitsia más de uno aseguraba que los cohetes que alcanzaron el aeropuerto procedieron de Transdniéster, pero desde el Ayuntamiento de Mohiliv-Podilskii aseguran que fueron disparados desde posiciones rusas en el mar Negro, a 400 kilómetros. Este viernes fueron interceptados sobre Vinnitsa tres misiles balísticos. En esta ciudad se ubica el cuartel general del Ejército del Aire.

“Nuestros hermanos nos están matando”

La responsable de relaciones internacionales del Consistorio de

-Podolski, Olha Sluzhaluik explica que en su demarcación hay otras dos bases militares ucranias. Sluzhaluik habla a este diario bajo las banderas de la Unión Europea y de Ucrania, izadas en el acceso al edificio del Gobierno municipal. En la puerta hay una orla con las fotos de una docena de ciudadanos fallecidos en 2014 y 2015 durante la guerra del Donbás contra las fuerzas separatistas prorrusas. Transdniéster no es algo que ahora le quite el sueño a Sluzhaluik, aunque sabe que en el futuro sí podría ser: “Nuestros servicios de inteligencia insisten en que para los rusos es crucial conectar con nuestros vecinos al otro lado del río Dniéster”.

Tatiana con su hija Angelina, de 10 años, que han logrado escapar de Mariupol, en una clase del colegio Liceo 4, en Mohiliv-Podilskii, (Ucrania).
Tatiana con su hija Angelina, de 10 años, que han logrado escapar de Mariupol, en una clase del colegio Liceo 4, en Mohiliv-Podilskii, (Ucrania). Jaime Villanueva

El sol luce anunciando la primavera y los vecinos de Mohiliv-Podilskii salen a pasear. Dos amigos, Ludmila Piadnikova y Alexandr, se han sentado en un banco frente a una escultura del escritor e icono nacional Taras Shevchenko. Ludmila, de 70 años, ha dejado la bolsa de la compra a sus pies. Era profesora de literatura rusa en el colegio número 4 de Mohiliv-Podilskii, ahora reconvertido en centro de acogida para 4.000 desplazados por la guerra. Dice estar “muy asustada” por la proximidad de su municipio con Transdniéster —a 50 kilómetros al oeste por el río Dniéster—, aunque resalta que por encima de todo siente “desconcierto”: “Soy incapaz de entender cómo los que se suponía que eran nuestros hermanos, nos están matando”.

En Yampil, Koliushko escoltó a los periodistas de EL PAÍS hasta la salida del municipio y se despidió con dos palabras en castellano, “no pasarán”, eco republicano de la Guerra Civil española: “Qué mundo más extraño; aquí me tiene, gritando esto contra los rusos”.

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Debajo de un puente peatonal, un policía municipal de Tijuana juega con su teléfono. Desde el interior de un coche vigila una plaza acordonada, desierta. La garita El Chaparral, uno de los pasos peatonales de México a Estados Unidos, albergaba un campamento de casi 400 migrantes centroamericanos que pedían ingresar a California. Fueron desalojados del lugar el 6 de marzo. Hoy viven en diversos albergues. La zona se prepara ahora para la crisis que viene. El uniformado apuntaba el miércoles al oeste, a la aduana de San Ysidro, a poco más de dos kilómetros de distancia. “Allá están llegando los rusos”, decía con impaciencia por volver al móvil. Una de las fronteras con más movimiento de América aguarda las olas que ha provocado del otro lado del globo la guerra en Europa, un conflicto que ha dejado hasta el momento a tres millones de ucranios desplazados.

Ucranios y rusos comenzaron a llegar a la línea fronteriza la semana pasada. Se toparon con el muro que la Administración de Joe Biden ha dejado en pie de los tiempos de su predecesor, Donald Trump, un pantano burocrático que retrasa las solicitudes de refugio y asilo, un mecanismo que fue dañado por el republicano y que el presente Gobierno ha prometido reparar. Pero el recrudecimiento de la ofensiva de Vladímir Putin en Ucrania ha movido el engranaje en Washington. Cualquiera que muestre hoy un pasaporte ucranio puede entrar a Estados Unidos. El domingo pasaron once, el lunes nueve. Y así ha sido, a cuentagotas, en una aduana donde cada día cruzan en promedio unas 14.400 personas. Los ciudadanos del país bajo asedio son estos días una estrella fugaz en la frontera. Su paso parte en dos las nutridas filas de personas que aguardan el cruce.

TIJUANA BAJA CALIFORNIA, 11MARZO2022.- Familias víctimas del conflicto entre Ucrania y Rusia sigue arribando  a Tijuana y permanecen en la entrada de la garita Internacional de San Ysidro con el objetivo de pedir asilo humanitario a Estados Unidos. Los migrantes están a la espera en la garita peatonal para ser atendidos por personal del CBP (Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos) de los cuales hay menores de edad.Estas familias salieron de sus países el pasado 24 de febrero y llegaron a la ciudad ayer, una de las grandes complicaciones a las que dicen que se han enfrentado es el idioma, pues no hablan español ni inglés, por lo que han tenido que utilizar aplicaciones de traducción para poder comunicarse. FOTO: OMAR MARTÍNEZ /CUARTOSCURO.COM

“Sabemos que los ucranios son los privilegiados ahora”, cuenta Marc, un moscovita de 32 años, quien prefiere no revelar su apellido. Es uno entre la treintena de rusos que han llegado a Tijuana en los días recientes. Gerente de un restaurante, se opone a la guerra y acudió a algunas manifestaciones en contra del conflicto. Dice que tenía un buen sueldo y un buen salario. Reconoce que tuvo algunos problemas con la policía, pero no quiere entrar en detalle porque sus padres y suegros siguen en el país. “La guerra me dejó claro que nada volverá a ser igual en Rusia. Las cosas iban mal y ahora solo pueden ir a peor”, afirma en inglés.

Gastó 2.000 dólares en billetes de avión para él y su esposa Oxana, de 29 años. Salieron hace seis días a Turquía, después para Alemania, desde donde volaron al puerto turístico de Cancún. Sentado frente a las olas del Caribe, pensaron qué hacer con sus vidas. Cuatro días después, allí están. Duermen sobre el asfalto, a escasos metros de la puerta que sueñan cruzar como asilados políticos. “No son vacaciones, estamos huyendo”, afirma. Es rubio, rapado y de ojos de un verde profundo. Viste una camiseta del álbum de And Justice for All, de Metallica. No le queda más que esperar, aunque sea un año. “No habrá vuelta para nosotros a Rusia”.

Ciudadanos rusos en la garita de San Ysidro.
Ciudadanos rusos en la garita de San Ysidro. Omar Martínez (CUARTOSCURO)

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Las autoridades locales temen que este campamento se salga de control en las próximas semanas. Los asentamientos despiertan el optimismo de muchos otros. En menos de una semana, allí llegaron migrantes de Guerrero que huían de la violencia, una pareja de colombianos y hasta un sirio cuyo lenguaje de solidaridad con los rusos se basaba en el intercambio de cigarrillos. Migrar es más fácil si es un sueño colectivo. Pero la tarde del miércoles un funcionario del ayuntamiento de Tijuana se acercó al grupo para entregarles una carta que les prohíbe dormir o vivir en la calle. El texto les ofrecía llevarlos a uno de los albergues de la ciudad. El documento tardó días en llegar porque no encontraban a un traductor que redactara en ruso. El mensaje dejó preocupados a los nuevos migrantes.

Una haitiana que paseaba a su perro por la garita fronteriza le daba consejo a Maxi, un checheno de 35 años que arribó también al Estado de Quintana Roo desde San Petersburgo junto a su esposa Amina, embarazada de dos meses, y dos hijas, de 5 y 8 años. “Hagan lo que hagan, no les mientan [a las autoridades de EE UU] ni traten de entrar ilegalmente. Si lo hacen, nunca los van a dejar pasar”, les indicaba la mujer. Maxi, quien se considera un disidente, dice que no está dispuesto a soportar más las mentiras del régimen de Putin, un nombre que tanto él como los otros mencionan en un susurro. “Esto nunca podría pasar en Rusia. Estaríamos cinco minutos y después todos estaríamos en la cárcel. Tú incluido”, dice a través de la traducción de Marc. Amina explica que las niñas extrañan a sus maestras y a sus compañeros de la escuela. De momento, les han contado que todo es una aventura. También les han mentido diciendo que pronto volverán a casa.

La garita de San Ysidro es un punto que recibe las interminables crisis del mundo. La llegada de hondureños habla de la miseria y la violencia pandillera. La de venezolanos, de una emergencia económica y humanitaria sin salida. Los haitianos, de una crisis política y los desastres naturales que se han ensañado con su país. Los mexicanos huyen de las balas del narco. Y Yuri Savkin, de 36 años, porque quería poner la mayor distancia posible entre su país y él. “En mi opinión, hay una posibilidad de que Putin lance un misil nuclear a Europa”, dice con ayuda del traductor de Google.

Savkin viajó desde Chernogolovka, a 80 kilómetros de Moscú, hasta Ciudad de México, adonde aterrizó el 14 de marzo. Junto a él llegaron su esposa Helen, de 44, y Sonia, su hija de 9 años. “Decidí abandonar el país y no esperar el llamado del Ejército porque no quiero luchar contra la población civil ni obedecer órdenes criminales”, afirma. Viste una elegante chaqueta de Tommy Hilfiger y su rostro luce manchas de protector solar. En su país era un empresario con un servicio de inversiones financieras. Todo se ha esfumado con las sanciones impuestas por Occidente. Tiene 3.000 dólares con él. No puede tocar el dinero que tiene en Inglaterra. Sus tarjetas están bloqueadas y sus cuentas congeladas. Hoy su único privilegio es ocupar el primer sitio junto a la cerca de alambre de púas, la violenta arquitectura de la Patrulla Fronteriza. Lleva cinco días publicando su historia en las redes sociales de políticos estadounidenses. Cuenta con 180 días, la estancia legal en México, para que alguien en Estados Unidos lo escuche. “No hay plan B”, finaliza.

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El primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki, aseguró este lunes que el ataque de la víspera contra una base militar en el oeste de Ucrania ―situada a apenas 25 kilómetros de su país― tenía como objetivo “generar pánico” entre la población. Una de las personas a las que bien podría referirse es Beata Wozoszyn, que llenaba el depósito de su coche en la localidad polaca de Lubaczow, a 13 kilómetros de la frontera con Ucrania. Lo hace a diario desde que empezó la guerra para escapar lo más lejos posible sin repostar en caso de que Vladímir Putin también ataque su país.

“Queremos vivir normal, pero la situación es anormal. La gente compra menos estos días porque está ahorrando. Los precios han subido y nadie sabe lo que pasará mañana”, asegura Wozoszyn en la panadería en la que trabaja en Lubaczow, donde la edad media de sus alrededor de 12.000 vecinos y las imágenes de Juan Pablo II recuerdan que se trata del sudeste polaco: tradicional, religioso, avejentado y feudo de Ley y Justicia (PiS), el partido ultraconservador en el poder.

Wozoszyn cuenta que tiene “mucho miedo” desde el principio del conflicto y que solo una vez antes en sus 49 años de vida ―cuando el fin del periodo comunista disparó el desempleo en los años noventa― había pensado en dejar su país. El bombardeo del domingo, que causó al menos 35 muertos, le ha hecho replantearse por qué se queda, más aún con sus tres hijos emancipados ya en otras partes de Polonia.

Beata Wozoszyn, en la panadería en la que trabaja en Lubaczow, este lunes.
Beata Wozoszyn, en la panadería en la que trabaja en Lubaczow, este lunes. MASSIMILIANO MINOCRI

El miedo de Wozoszyn es ―a juicio del primer ministro polaco― justo lo que Moscú quería cuando decidió bombardear tan cerca de un país miembro de la UE y de la OTAN. “Un ataque con misiles a solo 20 kilómetros de nuestra frontera muestra cómo opera Rusia. Quiere generar pánico entre la población civil”, dijo este lunes Morawiecki en una conferencia de prensa conjunta con sus homólogos de Lituania, Ingrida Simonyte, y Ucrania, Denys Shmyhal. Era una reunión del conocido como Triángulo de Lublin, una alianza regional inspirada en la Mancomunidad polaco-lituana creada en el siglo XVI. La conferencia de prensa se convirtió en escaparate de la línea dura contra Moscú que abandera Polonia.

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Morawiecki acusó a Rusia de efectuar una “masacre” en Ucrania y de emplear los recursos naturales “para chantajear” al resto de Europa. Y prometió hacer “todo lo posible” para que Ucrania entre en la UE. Hace una semana, el Consejo de la UE dio el visto bueno a la solicitud de Kiev, en una decisión exprés que se extiende a Moldavia y Georgia, también fronterizas con Rusia. El primer ministro ucranio insistió por videoconferencia en que una zona de exclusión aérea ―que la OTAN rechaza imponer por temor a que agrande y globalice el conflicto― “salvaría miles de vidas”.

Mercado al aire libre en Lubaczow, este lunes.
Mercado al aire libre en Lubaczow, este lunes.MASSIMILIANO MINOCRI

En un país tan políticamente dividido como Polonia, la guerra en Ucrania ha dado una tregua a la brecha. El miedo a ser la siguiente pieza de Putin (pese a la cláusula de defensa mutua de la OTAN) y el aluvión de refugiados (es el país que más ha recibido: 1,7 millones de los 2,8 millones) han dejado las divergencias en segundo plano. Tomasz Siemoniak, ministro de Defensa entre 2011 y 2016 y vicepresidente de la principal fuerza opositora, la Plataforma Cívica de Donald Tusk, ha asegurado este lunes que “la situación es muy grave cuando se produce un ataque masivo con misiles” tan cerca de la frontera polaca. “Es también una señal muy fuerte para nosotros”, ha agregado en una entrevista con Radio Plus.

Una señal que los padres de Daniel Argasinski, Waldemar y Monika, no habían esperado a recibir. El 25 de febrero, en el segundo día de ofensiva rusa, dejaron Lubaczow para instalarse en los Países Bajos, donde Waldemar había trabajado en el pasado. “Mi madre me llama todos los días para decirme que me vaya con ellos”, afirma. Argasinski tiene 25 años y estudia programación en Rzeszow, la principal ciudad del sudeste de Polonia. Al marcharse sus padres, pidió y obtuvo permiso de la Universidad para continuar las clases de manera virtual. “Mi hermano y yo nos hemos quedado a proteger la casa, por si algún ucranio entra a robar”, explica.

Daniel Argasinki, este lunes en Lubaczow.
Daniel Argasinki, este lunes en Lubaczow.MASSIMILIANO MINOCRI

En este pueblo grande de casas bajas, la vida transcurre estos días despacio, pero no apacible. De vez en cuando atraviesa el cielo un helicóptero militar. Los vecinos hablan de falta de productos en los supermercados, en lo que parece una mezcla de desabastecimiento por miedo a un ataque ruso y de ruptura de stock porque los refugiados ucranios (hay un puesto fronterizo a apenas 12 kilómetros) también compran aquí ahora, de paso a otras partes de Europa. “Los primeros tres días de la guerra era imposible repostar en todas las gasolineras. Ahora está cara, pero hay”, asegura Stanislav mientras introduce el surtidor en su moto, justo a la salida de la localidad.

Polonia es uno de los pocos países de la UE que no ha cambiado su moneda, el esloti, por el euro. El empleado de una casa de cambios, que no se quiere identificar, asegura que la demanda de euros y dólares por los lugareños ha aumentado entre dos y tres veces desde que empezó la guerra. “No es un problema, porque a los pocos minutos suelen llegar ucranios a cambiar su moneda por eslotis y entonces se compensa lo que tengo”, señala.

Calma

En las conversaciones, varias personas usan la expresión “cuando Putin ataque Polonia”, en vez de “si Putin ataca Polonia”, pero el alcalde, Krzysztof Szpyt, llama a la calma y se muestra más preocupado por el “riesgo de imprecisión” que conlleva todo bombardeo en el país vecino que por un “ataque directo”. “En la guerra moderna, la verdad, no cambia tanto un bombardeo a 10 kilómetros o a 50 […] La OTAN nos da sensación de seguridad y no queremos extender el pánico”, añade Szpyt, del PiS, en su despacho del Ayuntamiento.

Krzysztof Szpyt, alcalde de Lubaczow, en el Ayuntamiento, este lunes.
Krzysztof Szpyt, alcalde de Lubaczow, en el Ayuntamiento, este lunes.MASSIMILIANO MINOCRI

A Jan, en cambio, el paraguas de la Alianza Atlántica no le da mucha confianza. “Nuestro país tiene la experiencia de dos guerras mundiales en las que Europa dijo que nos ayudaría y en el momento de la verdad se quedó de brazos cruzados”, afirma este policía de 53 años tras ojear las esquelas en el tablón de la iglesia. Tampoco a Stanislav, que no quiere dejar de nuevo su país tras 14 de sus 55 años como trabajador de la construcción en Noruega. Menos ahora, que le gusta “mucho” el Gobierno ultranacionalista. Considera que el principal problema de Polonia en esta crisis es que carece de armamento nuclear y que “Putin ve débil a Europa por culpa de la izquierda”, que “ha hecho creer que dos o tres hombres, o dos o tres mujeres, son una familia, y no solo amigos”.

Como buen lugar de frontera, las conexiones del pasado con Ucrania llegan al presente. Czestawa Polinska tiene 86 años y hace la señal de la cruz mientras recuerda cómo bajaba de niña a los búnkeres y se ocultaba en los bosques con sus padres durante la II Guerra Mundial. “La gente de Rusia trató de matarnos, a mí y a mi familia”, dice sobre la invasión soviética de esa zona, acordada con los nazis en el pacto Ribbentrop-Molotov. Desde que empezó la guerra en Ucrania reza cada día en las anexas concatedral de San Estanislao e Iglesia del Mártir “para que Dios proteja a Polonia”.

Czeslawa Polinksa, frente a la concatedral de Lubaczow, este lunes.
Czeslawa Polinksa, frente a la concatedral de Lubaczow, este lunes.MASSIMILIANO MINOCRI

Si un lugar tan pequeño tiene una concatedral, cuya cruz se observa sobre el resto de edificios en el centro histórico, es porque allí fue trasladada en 1946 la sede del arzobispado después de que Lviv, que era parte de Polonia, quedase encuadrada en la URSS. Es justo la ciudad ucrania más cercana al bombardeo del domingo. El papa Karol Wojtyla visitó cinco veces la iglesia de Lubaczow, la última en 1991, ya como Juan Pablo II. En su interior están expuestos el solideo, anillo y rosario que regaló al templo. Cuesta ver iglesias en los alrededores sin imágenes o esculturas del fallecido papa polaco.

Aunque los polacos se han volcado con los refugiados ucranios, algunos habitantes de la zona no los ayudan porque el Ejército Insurgente Ucranio asesinó en esta zona y en la Galicia oriental durante la II Guerra Mundial a decenas de miles de sus antepasados. Un anuncio de Tax Free en un supermercado Lidl recuerda que, hace apenas tres semanas, bastantes ucranios cruzaban a comprar porque, tras la devolución de una parte del IVA, les salía a cuenta. Tal es la conexión que, a Argasinski, sus amigos en Rzeszow le dicen en burla que vive en Ucrania.

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Liubov aún no entiende cómo pudo sentir, desde el búnker de su edificio, la vibración del bombardeo ruso contra una base militar en la localidad ucrania de Yavoriv, a solo 25 kilómetros de Polonia, que ha causado este domingo al menos 35 muertos. Entonces estaba a cuatro metros bajo tierra en Solonka, un suburbio meridional de la ciudad de Lviv, en el oeste de Ucrania. Dos horas después, ella y sus tres hijos, de 10, 14 y 19 años, ya habían hecho las maletas y se habían coordinado con una vecina para huir hacia la frontera más cercana, la polaca, a menos de dos horas en coche. A las 14.00, hora polaca (una menos que en Ucrania), cruzaban el paso fronterizo de Budomierz-Hruszow para sumarse a los 1,65 millones de refugiados ucranios en Polonia y descansar en una carpa de emergencia con colchones, calefacción y una bombilla. El estruendo no solo conmocionó a la localidad ucrania afectada; al otro lado de la frontera, en territorio polaco, se sintieron con fuerza las explosiones. “Sentíamos que todo temblaba, que seguramente serían bombas. El cielo estaba todo rojo y nos hemos dicho ‘es demasiado cerca, no es posible”, relata la francesa Sreemati, que estaba a cinco kilómetros del paso por la parte polaca. El estruendo también despertó a la alemana Mona Gehring en una furgoneta camperizada cerca de Budomierz, en el lado polaco de la linde: “Pude sentir la explosión. La verdad es que dio mucho miedo”.

“Al principio no sabía lo que pasaba. Preguntaba a los demás ‘¿lo has sentido?’ Cuando subimos, los colegas nos dijeron que habían visto fuego. Dos días antes había ido allí a llevar ayuda médica uno de nuestros colegas”, señala Gehring, seguidora ―como Sreemati― de Mata Amritanandamayi, una gurú india conocida por sus abrazos y generalmente llamada Amma (madre), palabra que lleva impresa en el abrigo.

En Ucrania, el ataque despertó a Liubov sobre las seis de la mañana. “Me asusté mucho. Me cubrí la cabeza y me puse de cuclillas instintivamente”, asegura esta mujer de 38 años, que prefiere no dar su apellido por “miedo a Vladímir Putin”.

La zona en la que residen ha sido una de las más tranquilas para un país en guerra y allí se han refugiado desplazados procedentes de las más castigadas Kiev o Járkov. El pasado viernes, las fuerzas rusas ya bombardearon por primera vez dos ciudades del oeste, Lutsk e Ivano-Frankivsk. Las dos están a entre 100 y 150 kilómetros de la casa a la que Liubov quiere “volver y dormir en paz”. “No nos fuimos hasta hoy porque esperábamos que todo fuese bien y Putin entrase en razón. Amamos Odesa y Kiev [por la resistencia a la ofensiva] pero lo vemos como que está allá”, asegura. “Detrás de nosotros, en la cola [del paso fronterizo] había muchos bebes de dos o tres meses. No te imaginas cómo nos están presionando para que dejemos nuestra querida Ucrania”.

Polonia, el país miembro de la UE y la OTAN que ha recibido más del 60% de los 2,7 millones de refugiados en los países limítrofes, es uno de los abanderados de la línea dura contra Rusia. Su presidente, Andrzej Duda, ha advertido de que “cambiaría la situación” si Moscú utilizase armas químicas en Ucrania, en una entrevista a la BBC difundida este domingo.

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Refugiados ucranios en el lado polaco del paso fronterizo de Budomierz, este domingo.
Refugiados ucranios en el lado polaco del paso fronterizo de Budomierz, este domingo.MASSIMILIANO MINOCRI

Tres hermanos cruzan juntos la frontera. Con ellos viaja el hijo de la mayor, de seis años. Nadiya tiene 27 años y vive en Lviv. Sus dos hermanos menores, de 15 y 13, en casa de sus padres en Novoiavorivsk, una localidad a apenas quince kilómetros de la localidad que alberga la base militar bombardeada. Al primero, Sasha, le despertó el estruendo. “Oímos una explosión y la casa vibró. Vibró mucho. Vivimos en el sexto y a mi vecino del quinto se le rompió una ventana”, explica mientras sujeta la maleta. Atrás quedan sus padres. “Tenemos cuatro gatos y alguien tendrá que alimentarlos”, dice con sorna antes de explicar que, en realidad, simplemente han querido que sus hijos estén a salvo y unirse luego si la cosa se complica aún más. “La explosión ha sido claramente el punto de inflexión. Pensábamos en irnos, pero es que allí [Novoiavorivsk], la situación estaba tranquila”, añade.

Stas Sagala, su madre y sus dos hermanos menores escapan del mismo sitio y por el mismo motivo. Con una diferencia: no es un padre preocupado por sus hijos, sino un adolescente que quiere combatir, pero aún le faltan dos años para cumplir 18. “Tenemos miedo, es muy peligroso. Yo no quería irme, pero mi madre quería que estuviésemos a salvo. Yo quería proteger mi país”, dice. Justo habían regresado a su domicilio tras dos semanas en una casa de campo que les parecía más segura.

Los seguidores de Mata Amritanandamayi instalan cada día una carpa en la que ofrecen café o té a quienes cruzan y ayudarles con las maletas. Por la noche la recogen y llevan a un hostal unos cinco kilómetros más al interior de Polonia. Allí despertó a Sreemati la explosión: “A las cinco de la mañana [una hora más en Ucrania] hemos oído deflagraciones y mirado por la ventana. Nos costaba creerlo. Sentíamos que temblaba, que seguramente serían bombas. El cielo estaba todo rojo y nos hemos dicho ‘es demasiado cerca, no es posible”. Una vez despierta, ella y sus compañeros se ducharon y prepararon para instalar la carpa: “Hemos pensado: ‘Hoy va a hacer falta reconfortar a la gente”. Solo más tarde se enteraron de que el objetivo era un campamento militar en Ucrania. “En Francia no sabemos qué es algo así. Nunca he oído bombas. Sabemos que hay guerra, pero pensábamos que estaba mucho más lejos. En cualquier caso, sentíamos que no era algo normal”.

Refugiados ucranios tras cruzar el paso fronterizo de Budomierz, este domingo.
Refugiados ucranios tras cruzar el paso fronterizo de Budomierz, este domingo.MASSIMILIANO MINOCRI

El paso de Budomierz es pequeño. Aquí no hay grandes tiendas de campaña, ni hileras de coches atascados en el lado ucranio, ni una sucesión de autobuses y furgonetas descargando refugiados. Tan solo un goteo de personas que cruzan a pie y andan unos centenares de metros, algún autobús aislado y unos pocos vehículos, sobre todo de Cruz Roja, Animal Rescue o con matrícula diplomática. Lo usan sobre todo los ucranios con familiares que les esperan del lado polaco. Cada pocos minutos, una nueva familia se acerca lo más posible a la verja de seguridad mientras habla emocionada por teléfono con quienes se disponen a cruzar.

Es el caso de Natalia Svatovka, una ucrania de 42 años que salió en la noche del sábado de Berlín (nueve horas de trayecto) para asegurarse de que estaría presente cuando llegasen sus padres, de 60 años, y su abuela, de 87. Son de Kiev, pero hace tres días se desplazaron a una aldea próxima a Ivano-Frankivsk pensando que estarían a salvo. “Ya el primer viaje fue difícil para ellos con esa edad, sobre todo para mi abuela, que va en silla de ruedas. No querían irse. Es muy difícil para ellos dejar atrás no solo todo lo que han ido comprando poco a poco, como la casa o el coche, sino también lo que han ido heredando de sus antepasados”, explica junto a una policía polaca de fronteras que vigila el acceso. La acompaña un amigo al que pidió el favor pocas horas antes de salir. Vuelven este mismo domingo porque trabajan al día siguiente en la capital alemana. Los cinco suben al coche y ponen rumbo a la casa de Svatovka en Berlín. Sus padres y abuela vivirán allí “lo que haga falta”, aclara.

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Enrique Arnau tenía la furgoneta ya desmontada. Había empezado a camperizarla [hacerla habitable] para viajar en el tiempo libre que le deja estar retirado del Ejército español con 71 años. El inicio de la ofensiva rusa en Ucrania, el 24 de febrero, le cambió el paso. Telefoneó al arzobispado para ofrecerse, le indicaron que se pusiera en contacto con la comunidad ucrania local y obtuvo el número de teléfono de Pablo Komarnitskii, monaguillo ucranio de la Parroquia de Santa Teresa de Jesús, en la ciudad madrileña de Getafe. “Tengo una furgoneta de nueve plazas y quiero traer a madres y niños de Ucrania, así que necesito a otro conductor, ¿me ayudas?”, le preguntó, recuerda hoy mucho más lejos, a escasos metros del paso fronterizo de Siret entre Rumania y Ucrania, que atraviesan sin cesar ucranios que huyen de la guerra (1,73 millones a todos los países vecinos, según datos de la ONU de este lunes). “Enseguida le dije que me iba. Llamé a mi empresa y les comuniqué que tengo que ir a ayudar a mi pueblo”, rememora a su lado Komarnitskii, que estaba ese día en un almacén gestionando una colecta urgente de medicamentos. “La guerra nos pilló desprevenidos a todos”, admite.

Komarnitskii, de 28 años y residente en España desde 2003, convenció a otro compatriota para acompañarlo y turnarse al volante en un recorrido de más de 3.200 kilómetros. Arnau voló a Rumania y allí se juntaron. En la furgoneta, transportaban también alimentos y ropa térmica (las temperaturas están bajo cero estos días en la zona y se avecina una bajada brusca hasta los menos 10 grados) que ya han introducido en Ucrania. “El Ayuntamiento de Boadilla del Monte [Madrid] nos ha proporcionado bastantes medicamentos, material quirúrgico y mantas térmicas; también la parroquia nos entregó otros enseres y comida”, precisa. Komarnitskii no puede introducir este cargamento ―confirmado por el Ayuntamiento― por la ley marcial que obliga a permanecer en Ucrania a los hombres de 18 a 60 años, salvo algunas excepciones. “Si entro, no salgo. Y desde aquí puedo aportar, pero allí, no mucho. No soy médico, ni enfermero, ni tengo experiencia militar”, resume.

Enrique Arnau, junto a su furgoneta cerca del paso de Siret, este domingo.
Enrique Arnau, junto a su furgoneta cerca del paso de Siret, este domingo.Alex Onciu

El objetivo de ambos es, sobre todo, trasladar a España el mayor número posible de refugiados ucranios. “Se nos ha ido de las manos, porque en un principio veníamos a por nueve. Si vemos la posibilidad de enviarlos por avión, lo haremos. Y si hay unas 50 personas, fletaremos un autobús”, señala Arnau. ¿Y el dinero? “Ya lo conseguiremos de cualquier lado”, responde.

Su caso no es tan rara avis como pueda parecer. En una intersección situada a dos kilómetros del cruce fronterizo, justo donde una señal marca la salida del poblado rumano de Siret, se pueden ver coches con matrícula extranjera y personas durmiendo con el asiento reclinado o tomando un café. Algunos no tienen relación alguna ni con Ucrania, ni con la ayuda vehiculada a través de ONG o instituciones. No son cooperantes ni transportistas contratados, sino personas de otras partes de Europa que ―tras ver las imágenes de la guerra en Ucrania― se han liado la manta a la cabeza de la noche a la mañana, con la ventaja de la agilidad en la ayuda y la desventaja de la descoordinación, los problemas de cómputo y los riesgos potenciales para los refugiados.

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En algunos casos, como el de Getafe, se trata de un impulso individual que además canaliza ayuda colectiva. Otros, como los lituanos Evaldas Lubrickas y su amigo Vytautas Stancikas, han conducido desde la Europa septentrional hasta la oriental para dar amparo a familias desconocidas en su país de origen. “El navegador marcaba 28 horas de trayecto [por el rodeo que implica evitar Ucrania], pero con las paradas para repostar, más alguna para echar una cabezada y comer, son dos días enteros”, recapitula Lubrickas, de 38 años.

Los lituanos Evaldas Lubrickas y Vytautas Stancikas, a dos kilómetros del paso fronterizo de Siret, este domingo.
Los lituanos Evaldas Lubrickas y Vytautas Stancikas, a dos kilómetros del paso fronterizo de Siret, este domingo. Alex Onciu

Solo saben que esperan a cuatro madres y siete niños ucranios, entre ellos un bebé de 11 meses. Las colas de kilómetros en el lado ucranio de Siret hacen imposible calcular la hora de entrada en Rumania. “Debemos ayudar. Y hay personas en Lituania esperándolas en sus casas, así que nosotros las traeremos” en dos coches, explica Lubrickas en el interior del vehículo para resguardarse del frío. Admite también que siente “una cierta solidaridad” con Ucrania por la historia compartida. “No queremos regresar a la Federación Rusa. Sabemos lo que sienten. Eso nos motiva”, afirma en referencia a la anexión de su país por la URSS durante la Segunda Guerra Mundial junto con Estonia y Letonia. Las tres repúblicas bálticas recuperaron su independencia con la Revolución Cantada de 1991.

Fabrice Fahrner, de 43 años, tiene los ojos rojos del sueño y se emociona con facilidad al hablar. “Estoy cansado, todo es a flor de piel”, admite. Ha llegado esta mañana en coche desde Durrenentzen, un pequeño pueblo de Alsacia, en el noreste de Francia, muy cerca de Alemania. A su lado está Éric Bosnin, de 49 años y dueño de una escuela de pilotaje que coopera con otra de la ciudad ucrania de Járkov y coordina esta red informal de ayuda desde Francia.

Hace unos días, Fahrner leyó en Facebook una publicación que había compartido una amiga en la que se pedía ayuda para acoger familias de refugiados ucranios. “Preguntaban si existía la posibilidad de desplazarse y puse que sí, pensando que era dentro de Alsacia. Finalmente, me contactaron de nuevo y dijeron: ‘¿Puedes venir a la frontera con Ucrania?’ Dije ‘OK’, me organicé, porque no contaba con ello, y dos horas más tarde salí y conduje del tirón hasta aquí. Tras dos llamadas, sin conocernos. No he dormido en 48 horas, pero quería llegar lo más rápido posible. Pensaba, ¿y si cruzan la frontera y se quedan en el frío, sin nada? Porque todos los hoteles de la zona están llenos”, apunta.

 Fabrice Fahrner y Éric Bosnin, este domingo a la salida del poblado rumano de Siret.
Fabrice Fahrner y Éric Bosnin, este domingo a la salida del poblado rumano de Siret.Alex Onciu

Cuenta que está “tirando de ahorros” para el viaje (1.800 kilómetros, 22 horas de conducción) y que ha intentado que, en la familia a la que dé cobijo temporal, haya niños de una edad similar a los suyos para que conecten más fácilmente. Tiene tres hijas, con edades de los 11 a los 19 años, y es bombero voluntario en su país. “Esto no hay que reflexionarlo […] Sentí que tenía que hacerlo, aunque ahora tengo también un poco de miedo de volver sin que aparezcan”, añade. Es la primera vez que hace algo parecido. Tampoco había pisado nunca la Europa del Este. “Es más bien”, resume, “que cuando uno ve las imágenes de Ucrania, se proyecta sobre lo que ellos están viviendo”.

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En la pequeña y remota aldea rumana de Negostina, la historia parece importar más que las fronteras. Nieva sin cesar al norte y al sur de la línea divisoria con la hoy invadida Ucrania, situada a apenas dos kilómetros. Ambas partes pertenecen al mismo territorio histórico, Bucovina (Bukovina, en ucranio), que fue troceado durante la II Guerra Mundial, cuando la URSS integró a la fuerza la parte norte, que luego recuperó Rumania gracias al avance de sus aliados nazis y volvió a manos soviéticas en 1944.

Por eso, a Clem Aglaia, de 78 años, la posibilidad de que soldados rusos se aposten a una distancia visible del trozo de terreno que cultiva con su nieto en Negostina (unos 800 habitantes) pesa mucho más que todos los discursos de hombres encorbatados que escucha en televisión sobre la importancia del Artículo Quinto de la OTAN, aquel que establece que un ataque contra un país miembro lo es contra todos. A diferencia de Ucrania, Rumania está en la Alianza Atlántica desde 2004 (y en la UE desde 2007).

Clem Aglaia, en el pueblo rumano de Negostina, este jueves.Foto: Alex Onciu | Vídeo: Saúl Ruiz

“Tengo miedo, ni puedo dormir por la noche. Si oigo un ruido de un coche, pienso: ¡ya está, viene un avión!”, asegura mientras se seca las lágrimas con un colorido delantal típico de la región. “Estoy preocupada porque vamos a morir, nos van a comer los gusanos si nos bombardean. Si Putin decide bombardearnos, toda la aldea desaparecerá […] No queremos guerra, no queremos morir ni que mueran nuestros hijos, nuestros nietos. Se estaba bien sin guerra, ¿qué quiere Putin de estas personas?”, lanza mientras mira hacia la frontera con Ucrania.

Nunca ha vivido una guerra. Nació en 1943, así que no recuerda la II Guerra Mundial, pero sí las historias de sus padres sobre los padecimientos que sufrieron. En sus palabras sí se nota, en cambio, el peso de la dictadura de Nicolae Ceausescu, en la que cualquier vecino podía ser un delator: teme que los periodistas seamos espías enviados por Putin.

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En Negostina, suele salir pronto a colación una palabra en rumano: frica (miedo). “Los vecinos aquí tienen miedo de los rusos porque la guerra está cerca. Tienen mucho miedo de que vengan a por nosotros”, asegura Ionel Rosca, un jubilado de 70 años que prefiere los llanos de tierra negra y laderas con pinos del lugar al apartamento de la cercana ciudad de Suceava donde residen su mujer y su hija. Eso sí, matiza, “la gente agradece que hayan venido las tropas de la OTAN y tenemos esperanzas de que nos vayan a defender en caso de que suceda algo”, señala en referencia al refuerzo de la presencia de la Alianza en el marco de la crisis. El pasado martes llegaron a Rumania 500 militares franceses.

Ionel Rosca, en el pueblo rumano de Negostina, este jueves.Foto: Alex Onciu | Vídeo: Saúl Ruiz

Lucian Petrasuc, de 51 años, vive aún en la casa en la que crecieron sus abuelos. Trabajaba en una maderera ―una industria históricamente pujante en la zona― que está a punto de cerrar por falta de pedidos. Al hablar de la guerra, aplica una lógica espacial: “La OTAN nos defendería y tiene tecnología moderna, pero de nada sirve enviar 2.000 o 3.000 personas porque, en caso de guerra, es a nosotros a quienes bombardearían. ¿No moriríamos nosotros? Nos envían tropas estadounidenses, francesas… miles de personas, pero en caso de guerra, los rusos no se enfrentan a los alemanes, sino a Polonia, Rumania…”. La gente en el pueblo, cuenta, ha empezado a pensar a dónde escaparían las mujeres y niños en caso de guerra. “¿Cómo no tener emociones? Nosotros estamos cerca de la frontera”, agrega.

Lucian Petrasuc, en el pueblo rumano de Negostina, este jueves.Foto: Alex Onciu | Vídeo: Saúl Ruiz

En cualquier caso, una cosa es el miedo y otra, el pánico. El único cambio visible en el pueblo es que se ha acortado la jornada escolar para que los profesores puedan ayudar a los refugiados ucranios en el paso fronterizo. “De aquí no se ha ido nadie, todo lo contrario: ha venido gente de fuera porque quiere ayudar”, aclara el cura Daniel Petrisor en la iglesia ortodoxa rumana de Negostina en la que preside unas misas en las que ahora incluye “una petición de oración especial por la paz, en Ucrania y en todo el mundo”. Pertenece a la minúscula minoría étnica ucrania en Rumania (apenas unas decenas de miles de los 20 millones de habitantes) y utiliza su conocimiento de ambas lenguas para ayudar como traductor a los refugiados que cruzan por el cercano puesto de Siret, uno de los pasos fronterizos por los que un millón de ucranios han escapado de la guerra a los países vecinos, sobre todo Polonia. “Todos estamos preocupados porque, en el siglo en el que vivimos, no pensábamos en la guerra. Hace una semana, había paz a nuestro alrededor. Ahora todos estamos afectados, porque somos el primer Estado al lado [de Ucrania] y yo, personalmente, siendo de etnia ucrania, estoy preocupado y me duele con todo el alma, sobre todo porque hice estudios religiosos en Kiev”.

El cura Daniel Petrisor, en el pueblo rumano de Negostina, este jueves.Foto: Alex Onciu | Vídeo: Saúl Ruiz

Oeste y este

Palabras como OTAN, Washington o Moscú suenan distinto en el oeste y el este de la UE. En Rumania, país con un notable sentimiento antirruso, la Alianza Atlántica es el país u organismo internacional que más confianza genera (60,6%), seguida de la UE (55,9%), Alemania (51,8%) y Estados Unidos (50%), según un sondeo del pasado enero del centro demoscópico Inscop. Rusia obtiene un 18% (un porcentaje similar al de encuestas anteriores previas a la escalada de tensión por Ucrania) y China, un 17,2%. Otra encuesta de Inscop apunta que un 70,3% de los rumanos cree que los aliados de la OTAN acudirían en ayuda de su país si fuese atacado por Rusia, frente a un 20,3% que cree que la cláusula de defensa mutua garantizada sería ignorada.

Rumania era además, de largo, el país europeo, de los siete analizados en un sondeo del think tank European Council on Foreign Relations (ECFR), en el que más gente (un 31%) veía a finales de enero “muy probable” una invasión rusa de Ucrania este año. El segundo era Polonia, con un 20%. Los ciudadanos de Italia (8%), Finlandia (9%) y Francia (11%) eran los más optimistas.

“Antes de la guerra, polacos y rumanos no fueron tomados en serio, se los veía como esos belicistas obsesionados con Rusia. Pero ellos tienen una perspectiva diferente, por historia y cercanía geográfica”, explica por teléfono Jana Puglierin, experta en seguridad y defensa europea y transatlántica del ECFR. Puglierin admite, no obstante, que “un ataque ruso contra territorio OTAN es muy improbable, por el Artículo Quinto y por la credibilidad que hay sobre que se respetaría. Quizás con [Donald] Trump [como presidente de Estados Unidos] hubiera sido diferente, pero [su sucesor, Joe] Biden ha sido muy claro sobre la línea roja que supondría cruzarlo. Y también lo ha sido el compromiso de la UE”.

No todos en la zona viven igual la situación. Desde el pueblo de Mihaileni se ve una loma que ya es territorio ucranio sin necesidad de forzar la mirada. Benone Levițchi ha pasado allí casi todos los 57 años de su vida. Cuenta que la entrada de su país en la OTAN hace casi dos décadas le alegró “mucho” porque suponía un “paraguas de seguridad” que estos días agradece. Comprende que sus vecinos vean llegar a los refugiados y teman “acabar así también”, pero él se muestra relajado. “No sé lo que estará en la cabeza de Putin […] pero tengo una cierta tranquilidad, porque los rusos se lo van a pensar dos veces antes de atacar un país de la OTAN […] Incluso si invadiesen Moldavia, me quedaría aquí. Solo me iría en el momento en el que viese que mi vida corre peligro”, resume.

Benone Levitchi, en su bar de Mihaileni, este jueves.
Benone Levitchi, en su bar de Mihaileni, este jueves.Alex Onciu

Moldavia es justamente el otro país con el que Rumania limita al norte y tampoco pertenece a la OTAN. Este jueves ha presentado su candidatura a entrar en la UE, en el marco del acercamiento a Occidente que ha impulsado la guerra. “No ha considerado de momento unirse a la Alianza Atlántica, pero necesita algún tipo de garantía de seguridad. Su exministro de Defensa Viorel Cibotaru está pidiendo un acuerdo conjunto de defensa con Rumania”, explica Liliana Smiech, experta del think tank polaco Warsaw Institute.

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