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Guy Verhofstadt, el jueves en el paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid.
Guy Verhofstadt, el jueves en el paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid.Claudio Alvarez

Guy Verhofstadt (Dendermonde, Bélgica, 68 años) rebosa energía. Las últimas cinco semanas, las más oscuras de Europa en décadas, han sido de actividad incesante, pero siente que aún tiene mucho por hacer y poco tiempo que perder. Tras una jornada ajetreada en Madrid, el ex primer ministro belga (1999-2008) y líder durante un decenio del grupo liberal (ALDE) en el Parlamento Europeo recibió el jueves a EL PAÍS. Verhofstadt, que además de eurodiputado es copresidente de la Conferencia sobre el Futuro de Europa, no deja de gesticular en ningún momento y aprovecha cualquier instante, incluso mientras atiende las peticiones del fotógrafo, para incidir en que la UE tiene que endurecer las sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania.

Pregunta. Usted publicó la semana pasada un tuit en el que aseguraba que si Rusia acaba teniendo éxito en Ucrania, otro país del este de Europa será el siguiente. ¿Qué le hace estar convencido de ello?

Respuesta. Hace un par de meses todos creíamos que [el presidente ruso, Vladímir] Putin no llegaría a atacar Ucrania. Y nos equivocamos. Estaban en vigor los acuerdos de Minsk y las garantías que se habían aprobado cuando Ucrania se independizó (el Memorándum de Budapest, suscrito en 1994 por Moscú, Washington y Londres), y nada de esto se ha cumplido. La lucha de Ucrania es una lucha por Europa, por el camino que escogieron en 2014 con el acuerdo de asociación con la UE, que tuvo un clarísimo respaldo de la población, incluso entre los rusófonos. Creo que la guerra no tiene realmente nada que ver con la protección del idioma; lo que le preocupa a Putin es tener otro país democrático y proeuropeo en sus fronteras. Por lo tanto, si ha invadido Ucrania, creo que es posible que de aquí a un tiempo pudiera ir, por ejemplo, a por los bálticos, países con minorías de habla rusa.

P. El rublo se está recuperando mientras los países comunitarios pagan unos 700 millones de euros diarios por la importación de gas y petróleo ruso. ¿Son suficientes las sanciones impuestas por la UE?

R. No, no, claramente no. No podemos seguir financiando la guerra de Putin. Tenemos que imponer ya un embargo temporal al gas, al petróleo y al carbón ruso. Y las sanciones no deben afectar únicamente a los oligarcas, que están trabajando con sus abogados en cómo esquivarlas, sino que han de incluir a la segunda capa de la élite rusa, como a algunos alcaldes o funcionarios. Nuestra primera reacción tras la invasión fue buena, luego nos ha frenado la falta de unanimidad.

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P. ¿Y cuál es la solución para terminar de la noche a la mañana con la dependencia de los hidrocarburos rusos?

R. Aumentarían todavía más los precios, pero está terminando el frío y el embargo se levantaría en cuanto terminara la guerra. Si queremos ser solidarios de verdad, tenemos que estar dispuestos a sufrir las consecuencias de las sanciones. EE UU ha vetado la importación de petróleo ruso y acaba de anunciar que sacará al mercado un millón de barriles diarios procedentes de sus reservas. Mientras tanto, nosotros estamos hablando de planes para acabar con la dependencia energética rusa en cinco o 10 años, pero eso ahora no sirve de nada; lo que hace falta es un embargo temporal y tomar las medidas necesarias para aliviar el impacto en las sociedades europeas.

P. ¿Qué tipo de medidas? ¿La aprobación de otro fondo de recuperación europeo?

R. Probablemente, sí. Hemos de convertir en permanente la capacidad fiscal que se alcanzó con la respuesta a la pandemia. Es necesario para poder reaccionar a crisis como la actual o las futuras con inversiones rápidas en los sectores afectados y mitigar el impacto en la ciudadanía.

P. Sorprendentemente, Rusia no domina por completo el espacio aéreo y todavía hay pilotos de caza ucranios que están siendo capaces de volar. ¿Puede Occidente hacer más para que se mantenga esa situación?

R. Sí. Comprendo que no se quiera imponer una zona de exclusión aérea, porque supondría una implicación directa de la OTAN, pero entonces tenemos que darles aviones de combate y sistemas de misiles antiaéreos para que puedan defender la existencia de Ucrania.

P. Y al margen de eso, ¿hay que seguir suministrando más armamento?

R. Todo lo que nos pida y necesite Ucrania para poder seguir defendiendo su integridad y los valores europeos.

P. ¿Es el momento de crear unas fuerzas armadas europeas?

R. Hace mucho que llegó el momento de organizar una defensa europea, no contraria a la OTAN, sino como parte de la Alianza. Es un asunto urgente y prioritario. El gasto militar anual de los países de la UE es de unos 240.000 millones de euros y no estamos preparados para protegernos de Rusia, que tiene una inversión de 65.000 millones. Esto se debe, entre otros motivos, a las duplicidades. Y ahora tenemos una buena relación con [el presidente de EE UU, Joe] Biden, pero puede suceder, espero que no, que [Donald] Trump o alguien como él vuelva al poder.

P. ¿Está a favor de crear una vía rápida para que Ucrania se adhiera a la UE?

R. Lo que no comprendo es que tengamos que esperar a que la Comisión elabore un dictamen sobre el ingreso. Son meses perdidos. Creo que hay que comenzar ya las negociaciones formales. Y será un proceso que durará años, porque habrá que llevar a cabo unas cuantas reformas necesarias en un país devastado.

El ex primer ministro belga, tras la entrevista.
El ex primer ministro belga, tras la entrevista.Claudio Alvarez

P. Más de tres millones de ucranios han cruzado a países de la UE huyendo de la guerra. ¿Podrán tener una solución duradera?

R. La intención con la que se está aplicando la directiva europea de protección temporal es que la gente pueda regresar a su país cuando termine la guerra. Creo que es lo correcto, tenemos que ser solidarios con ellos ahora y esperar a que las circunstancias les permitan volver.

P. Rusia y Bielorrusia llevan años aplastando a la oposición política. ¿Puede Bruselas hacer algo más al respecto?

R. Aprobar más y más sanciones. Y creo que tenemos que ser duros con los oligarcas, pero tener una actitud más positiva hacia Rusia en general. Hay millones de europeos que hablan ruso, es un idioma que debemos fomentar. Facilitemos la llegada de estudiantes rusos y bielorrusos, de artistas, de científicos.

P. Hungría está siendo uno de los países más reacios a endurecer las sanciones, además de no permitir que el armamento destinado a Ucrania pase por su territorio. Y algunas normas impulsadas por el Ejecutivo de Viktor Orbán en los últimos años van claramente en contra de los valores esenciales del proyecto europeo. ¿Cómo de relevantes son las elecciones parlamentarias de este domingo?

R. Son cruciales. En la familia europea estamos viendo cómo uno de sus miembros está creando un régimen autoritario y eso es inaceptable. Confiemos en que las elecciones sean libres y justas.

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Ambiente sombrío, lenguaje sin vaselina diplomática y advertencias directas y tajantes. La cumbre de la UE con China, celebrada por videoconferencia este viernes, ha sido probablemente una de las más tensas de las 23 citas bilaterales que han mantenido los dos gigantes comerciales desde 1998. Los líderes comunitarios han exigido al presidente chino, Xi Jinping, que abandone su calculada equidistancia a favor de Rusia en la guerra de Ucrania y que se implique a fondo para imponer la paz. Sin apenas miramientos, la UE ha advertido a Pekín que con su indiferencia se está jugando su reputación internacional, unas palabras que evocan la sombra del estatus de Estado paria que Occidente intenta imponer a Rusia con sus sanciones. Los líderes han recordado a Xi que el daño a su imagen ya ha provocado una estampida empresarial e inversora en Rusia, un peligro que acecharía también a China si apoya la guerra del presidente ruso, Vladímir Putin.

“Esta cumbre no ha sido una más”, ha reconocido el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, al término del encuentro con Xi. Michel ha subrayado que “China no puede cerrar los ojos ante las violaciones rusas del derecho internacional” y ha urgido a Pekín a que “ayude a parar la guerra en Ucrania”.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, añadía, por su parte, que la reunión ha transcurrido “en una atmósfera muy sobria, con la guerra de Rusia contra Ucrania como telón de fondo”. Ambos han definido el diálogo con Xi y con el primer ministro chino, Li Keqiang, como “franco y abierto”, términos que aluden a la contundencia con que Bruselas y Pekín han defendido sus respectivas posiciones.

El ministerio chino de Exteriores, en un comunicado, también ha calificado la conversación como “sincera” y “en profundidad”. Lejos de comprometerse con la presión sobre Rusia que han reclamado Michel y Von der Leyen, Pekín se limita a indicar que Xi “siempre está del lado de la paz” y “alienta las conversaciones de paz a su manera”.

Imagen de la cumbre virtual entre la UE y China, este viernes.
Imagen de la cumbre virtual entre la UE y China, este viernes.OLIVIER MATTHYS / POOL (EFE)

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Desde el comienzo del conflicto, China ha adoptado una posición de “neutralidad escorada” hacia Rusia, su socio estratégico, y ha rechazado condenar el ataque ruso, que evita calificar de “invasión” o “guerra”. Se opone a las sanciones internacionales y responsabiliza del conflicto a la OTAN y Estados Unidos por no haber tenido en cuenta las “preocupaciones de seguridad legítimas” de Rusia.

Xi ha reiterado en la cumbre esa posición, al sostener que “la raíz de la crisis en Ucrania está en las tensiones de seguridad regionales que se han creado en Europa a lo largo de los años”, y ha instado a abandonar la “mentalidad de la Guerra Fría” en las arquitecturas de seguridad regionales y globales.

La UE exige a China que asuma su responsabilidad como miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y utilice su ascendiente sobre Moscú para detener la guerra cuanto antes. “También hemos dejado muy claro que China debe como mínimo no interferir en nuestras sanciones [a Rusia] si no las apoya”, ha advertido Von der Leyen.

Bruselas no amenaza expresamente a Pekín con imponerle sanciones en caso de que tercie a favor de Putin, con apoyo financiero o militar. Pero los líderes europeos han advertido a Xi de que las multinacionales están observando y evaluando la posición de cada país en el conflicto con vistas a decidir las inversiones a largo plazo.

“China se está jugando su reputación”, ha advertido Von der Leyen. Y los líderes comunitarios han recordado al presidente ruso que el daño reputacional ya ha provocado una estampida de empresas europeas en Rusia, una fuga que podría repetirse en el gigante asiático si la opinión pública europea percibe que Pekín apoya o financia la invasión de Ucrania, la muerte de civiles y la destrucción de infraestructuras neurálgicas en ese país.

El lado europeo no ha dudado en recordar a Xi la importancia del mercado comunitario para las exportaciones chinas. El comercio entre ambos bloques asciende a 2.000 millones de euros al día, mientras que el de China con Rusia es de 330 millones, según datos de la Comisión Europea.

Bruselas también ha tentado a Pekín con la calidad de las vacunas europeas contra la covid-19, desarrolladas con una nueva tecnología (ARN) a la que los investigadores chinos no parecen tener acceso de momento. “Siempre estamos dispuestos a compartir conocimiento y apoyo en esta materia”, ha ofrecido Von der Leyen tras recordar que en estos momentos la UE tiene al 70% de la población vacunada y al 52% con dosis de refuerzo, mientras que en China la pandemia todavía bloquea el 30% de la economía y al 25% de la población.

China, en cambio, ha culpado a Europa y a la comunidad internacional en general de “echar leña al fuego e intensificar las tensiones” con su castigo económico a Moscú. Y considera inaceptable lo que ha calificado como una alteración “por capricho” del sistema económico global y una “instrumentalización de la economía global como arma”.

Xi ha advertido que las drásticas medidas adoptadas por Occidente para golpear a Rusia pueden acarrear “graves crisis” en sectores como las cadenas de suministro, el comercio, las finanzas globales, la energía o la alimentación. Y que si las relaciones se deterioran aún más “podrían hacer falta años, si no décadas, para volver a enderezar la situación”.

“Las sanciones también tienen un precio para nosotros en Europa, pero es el precio por defender la libertad y la democracia”, ha afirmado Michel. Y ha advertido a China: “Estaremos vigilantes ante cualquier intento de circunvalar las sanciones o de ayudar a Rusia a prolongar la guerra”.

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Hace muchos años, en 2006, preguntaron en un programa de televisión al actual ministro de Defensa ruso qué es lo que haría si se encontrase en un avión que se precipitase contra el suelo. “Nada. De todos modos seguiría cayendo”, respondió Serguéi Shoigú al presentador, sin dudar un segundo. La anécdota la cuenta Mijaíl Zygar, director de la televisión Dozhd, bloqueada ahora por las autoridades, en su libro Todos los hombres del Kremlin: dentro de la corte de Vladímir Putin. Este episodio refleja la personalidad del general sobre cuyos hombros ha recaído todo el peso del ataque contra Ucrania, un hombre que tenía un expediente inmaculado como fiel servidor de Putin durante un cuarto de siglo, y sobre el que ahora pende la amenaza de un enorme fracaso.

Según publicó The New York Times el pasado miércoles, el servicio de espionaje estadounidense “sugiere” que el estancamiento de la ofensiva ha disparado la tensión entre el presidente ruso y el alto mando de sus Fuerzas Armadas. Las diversas fuentes de la inteligencia norteamericana que cita el diario decían que incluso Shoigú, uno de los pocos hombres que forman parte del estrecho círculo del mandatario, habría perdido su confianza.

El portavoz del Pentágono, John Kirby, se sumó a estas supuestas revelaciones y dijo esta semana que los generales rusos no estarían ofreciendo al mandatario información fiable sobre el progreso de la campaña. “Hemos podido llegar a la conclusión de que Putin no ha sido totalmente informado por su ministro de Defensa de todos los giros ocurridos en el último mes”, apuntó el representante de las Fuerzas Armadas estadounidenses, opinión que también compartió el secretario de Estado, Antony Blinken, durante un viaje a Argelia. “Uno de los talones de Aquiles de las autocracias es que no hay gente que diga o que tenga la capacidad de decir la verdad al poder, y eso es algo que estamos viendo en Rusia”, recalcó el jefe de la diplomacia estadounidense.

Algunas pistas de que no todo marcha acorde al plan son los supuestos arrestos domiciliarios de dos miembros del Quinto Departamento del Servicio Federal de Seguridad (FSB) —responsable del espionaje exterior— por proporcionar información equivocada sobre la situación política de Ucrania en vísperas de la ofensiva, según el diario opositor Meduza, y también la destitución del vicejefe de la Guardia Nacional, Román Gavrílov.

El ministro Shoigú bajo presión

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Si todo esto se traduce en un cambio tangible en el rumbo de la operación en Ucrania, solo el tiempo lo dirá. “Pese a su frustración, sustituir al ministro es un riesgo y Putin no es alguien inclinado a cambiar a sus altos cargos por impulso”, dice a EL PAÍS Tatiana Stanovaya, politóloga del centro Carnegie de Moscú. “Pienso que Putin no tiene motivos para temer, para sospechar una traición, pero sí para sentir un gran enfado por el desarrollo de la campaña, pero ¿qué puede hacer?”, añade. “Todo eso son especulaciones. Lo que está claro es que Shoigú se encuentra bajo una gran presión”, destaca la experta, tras señalar que “hay signos de una opinión muy negativa (por parte del presidente ruso) acerca de la dirección del Ejército y del Ministerio de Defensa”.

En cualquier caso, la lealtad de Shoigú, jefe de una de las instituciones más respetadas de Rusia, nunca ha sido cuestionada. Su historia con Putin arrancó hace más de dos décadas. Semanas antes del 31 de diciembre de 1999, el día que Boris Yeltsin renunció al poder y Putin fue nombrado presidente en funciones, se celebraron unas elecciones parlamentarias que fueron claves para el futuro presidente. La formación de su máximo rival, Yevgueni Primakov, le superaba en todas las encuestas, y sus seguidores tuvieron que constituir un partido nuevo con apenas dos meses de margen para hacerle frente.

“Poner a Putin al frente de Unidad era peligroso, pues un fracaso electoral podía hacer imposible que sucediera a Yeltsin en las presidenciales. Entonces eligieron como red protectora a otro candidato que también era popular: el ministro de Emergencias, Serguéi Shoigú”, recuerda Zygar en su libro. Shoigú nunca le disputaría el liderazgo a Putin pese a haber sido el máximo responsable de aquel partido y del que fue creado posteriormente, Rusia Unida. Al revés, le mostró su lealtad incluso en su ostracismo de los primeros años, cuando su Ministerio de Emergencias llegó a ser investigado por corrupción por el FSB, dirigido por aquel entonces por Nikolái Patrushev, hoy jefe del Consejo de Seguridad y también miembro selecto del círculo de Putin.

“Shoigú, silovik (político procedente de las fuerzas de seguridad) de la era Yeltsin, era un enemigo natural para la administración controlada por el FSB”, agrega Zygar. Pero sobrevivió en la primera línea política, a diferencia de otros, “porque explotó el amor del presidente por la caza y los deportes extremos, y el ministro de Emergencias se convirtió así en el turoperador de Putin por toda Rusia”, apunta. Una costumbre, la de viajar juntos, que nunca perdieron: el pasado año, justo antes de comenzar el despliegue masivo de tropas rusas alrededor de Ucrania, los dos pasaron varios días juntos en la taiga.

Sus escapadas al campo han sido unas de las raras actividades públicas de Putin desde que comenzó la pandemia. Los rusos se han acostumbrado en los dos últimos años a verle aislado en su despacho, ya sea a través de videoconferencias, en mensajes a la nación cara a cara con la cámara o durante encuentros personales con otros líderes mundiales, separado de ellos por una enorme mesa. Según las fuentes estadounidenses consultadas por The New York Times, su distanciamiento por la Covid-19 y su reprensión a quienes no comparten su punto de vista “han creado cierta cautela, e incluso miedo, en los altos mandos del Ejército ruso”.

En opinión de Ben Noble, profesor asociado de Política Rusa en el University College de Londres, es cierto que ha estado físicamente aislado durante gran parte de la crisis del coronavirus. “Dicho esto, no parece que eso haya jugado un papel decisivo en sus ideas sobre Ucrania. En todo caso, su aislamiento ha fortalecido sus creencias previas sobre un presunto deseo de Occidente de hundir a Rusia a través del control de Kiev”, señala Noble.

Por otro lado, Stanovaya cree que a Putin no le falta apoyo dentro de su círculo. “Todos le respaldan, le temen, comparten su preocupación por la situación actual. El problema es otro: a Shoigú, Gerásimov [jefe del Estado Mayor], Zolotov [director de la Guardia Nacional], Naryshkin [director del Servicio de Inteligencia Exterior]… les preocupa que Putin les retire su confianza. Ellos le apoyan sin lugar a dudas. Son serviciales, son militares”, añade la politóloga.

Este terror quedó reflejado en el ataque de pánico que sufrió Naryshkin bajo la mirada escrutadora de Putin en la sesión extraordinaria del Consejo de Seguridad del pasado 21 de febrero, en la cual el presidente ruso y sus colaboradores cruzaron el Rubicón hacia la invasión de Ucrania. El balbuceo del jefe de los espías en el extranjero, que no atinaba a reconocer la independencia de Donbás, como sí hicieron Patrushev y Shoigú, no fue eliminado de la grabación difundida a posteriori, algo que sí ocurrió con otros fragmentos de la reunión. “Ese encuentro fue una obra de teatro político y, aun así, parece que algunos miembros estaban menos seguros que otros al recomendar que Rusia reconociera las llamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk”, incide, desde Londres, Noble.

Para Stanovaya, “el problema no es de intenciones, sino de incompetencia”, pues los mandos “no han cumplido sus tareas y eso ha tenido muchas consecuencias. Shoigú se encuentra en una situación muy difícil porque Putin sabe que ha fracasado”.

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La UE y China celebran este viernes una cumbre bilateral que puede marcar la supervivencia de unas relaciones políticamente muy tensas pero muy fructíferas para la economía de ambas partes. Bruselas exigirá en términos meridianamente claros al presidente chino, Xi Jinping, que se abstenga de ayudar a Rusia en su ataque contra Ucrania, tanto en suministro de armamento militar como en fórmulas para sortear las sanciones occidentales. Fuentes comunitarias enfatizan: “Cualquier asistencia financiera o armamentística sería interpretada como el fin de la neutralidad de China en el conflicto”. Los organismos comunitarios confían en que Pekín no traspase esa peligrosa línea, pero advierten que, de hacerlo, sufriría graves consecuencias políticas y económicas en la escena internacional.

El encuentro por videoconferencia, previsiblemente tirante, contará por el lado comunitario con la participación del presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y del alto representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell. El primer ministro chino, Li Keqiang, participará en la sesión de la mañana. Y el presidente Xi, en la de la tarde. Ninguna de las partes aspira a una declaración común o de rueda de prensa compartida, dos objetivos que solían centrar la atención en las anteriores cumbres UE-China. “Esta es una cumbre en medio de una guerra que amenaza la seguridad de Europa y el orden internacional; si se logra parar la muerte y la destrucción en Ucrania o se contribuye a evitar el uso de armas de destrucción masiva, será mucho más importante que cualquier declaración”, apunta una fuente europea.

Bruselas quiere que Pekín se comprometa de manera activa a colaborar en la detención del conflicto. Y, sobre todo, que no dé ningún paso que pueda ayudar al presidente ruso, Vladímir Putin, a superar las dificultades que está encontrando en el campo de batalla, por la resistencia del Ejército ucranio, y en el terreno económico, por las sanciones impuestas por Occidente. “No se trata de fijar ninguna línea roja a China, pero si facilitas armas a Moscú o ayudas a que esquiven las sanciones, está claro que habría dejado de ser neutral”, apuntan fuentes comunitarias.

Tras el inicio de la guerra, la UE había alentado al Gobierno chino a que aprovechara su capacidad de presión sobre Putin para frenar el ataque y ejercer de mediador. Ahora parece conformarse con que no se ponga del lado del agresor, una decisión que desequilibraría aún más la guerra en contra de Ucrania y que, sobre todo, reforzaría el escenario de confrontación entre Occidente y el resto del mundo que difunde la propaganda del Kremlin. Bruselas teme que China pase de su neutralidad sesgada a favor de Moscú a un apoyo claro y tangible. “¿Prolongas esta guerra o le pones fin? Estas es la pregunta existencial de la cumbre”, añaden fuentes comunitarias.

La UE está convencida de que los intereses de Pekín no pasan por secundar un conflicto bélico cuya escalada, de producirse, pondría en peligro la paz mundial e interrumpiría una globalización comercial de la que China ha sido uno de los principales beneficiados. Fuentes europeas consideran improbable que “China se arriesgue a perder lo logrado durante tres décadas de estabilidad y a poner en peligro la promesa del régimen a sus ciudadanos de que cada generación vivirá mejor que la anterior”.

Pero en Bruselas inquieta sobremanera el alcance de la declaración conjunta suscrita por Xi y Putin en Pekín el 4 de febrero, solo 20 días antes del inicio de la invasión rusa de Ucrania. El texto fue interpretado como una declaración de guerra contra el orden internacional auspiciado por Occidente e imperante desde el final de la II Guerra Mundial. Y por primera vez, China se pronunciaba abiertamente en contra de la ampliación de la OTAN, una organización militar que hasta ahora parecía haber escapado a la atención del radar del régimen comunista oriental.

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En respuesta a ese frente común, Michel, Von der Leyen y Borrell no van a dudar en esgrimir ante Li y Xi la envergadura de los lazos comerciales entre China y la UE frente al escaso peso de sus vínculos económicos con Moscú. El mercado europeo absorbe el 15% de las exportaciones chinas frente al 1,9% que supone el mercado ruso. En 2019, el último ejercicio antes de la pandemia, el comercio de bienes entre China y la UE ascendía a 560.000 millones de euros, con un déficit comercial a favor del lado chino de 160.000 millones de euros.

Pero esos flujos multimillonarios no han impedido que en los últimos años se tensen las relaciones entre Bruselas y Pekín, sobre todo desde que en 2019 la Comisión Europea calificó a China como “rival sistémico”, término que solivianta al régimen de Xi. El choque se agravó en marzo de 2021, cuando la UE impuso sanciones a China, las primeras en 30 años, por la persecución contra la minoría étnica de los uigures. Pekín adoptó represalias y sus sanciones incluyeron a cinco miembros del Parlamento Europeo, lo que dejado en el aire un acuerdo de inversión que aspiraba a aumentar la llegada de capital europeo a China y viceversa.

Fuentes europeas avisan de que las relaciones con China se deteriorarán aún más, hasta un punto de difícil retorno, si Pekín se decanta a favor de Putin en el ataque contra Ucrania. “Se dañará la imagen internacional de China, afectará a sus empresas, a sus bancos y a su capacidad de ofrecer prosperidad a sus ciudadanos”, advierten esas fuentes, con unos términos que se asemejan, aunque en menor grado, a las amenazas de “sanciones masivas” que se lanzaron antes de la guerra para intentar disuadir al presidente ruso. La estrategia no funcionó con Putin y hay dudas sobre su efectividad con Xi.

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El pasado 24 de febrero, Vladímir Putin, presidente de Rusia, anunció su decisión de invadir Ucrania a través de un discurso grabado en su despacho. En él, aseguró que “la ‘desnazificación’ de Ucrania” era uno de los motivos principales de la agresión militar. Además, el líder ruso ha repetido esta idea en todas sus intervenciones durante el transcurso del conflicto. Este vídeo explica por qué Putin ha utilizado este término tan a menudo para justificar la guerra, atacar al Gobierno de Volodímir Zelenski, presidente ucranio, y etiquetar como nazi a todo el país invadido.

La periodista de Internacional de EL PAÍS, Patricia R. Blanco, y especialista en desinformación, analiza en este vídeo los puntos clave del relato que el mandatario ruso ha tratado de implantar en toda la ciudadanía de su país. También comenta qué ha llevado a Putin a elegir esta apelación al régimen alemán de Adolf Hitler que provocó la Segunda Guerra Mundial —entre 1939 y 1945—. Blanco detecta y señala las falsedades que contiene el argumentario del presidente ruso y expone qué razones le han llevado a usarlo en cada una de sus apariciones públicas desde que declaró la guerra al país vecino.

¿Es útil esta estrategia? ¿Ha funcionado anteriormente? Como se detalla en el vídeo, ejemplos como la ocupación de Crimea en 2014 y su posterior anexión a la Federación de Rusia sirven como precedentes para entender el discurso que Putin ha articulado en torno a la vieja Unión Soviética —que llegó a ser la principal potencia del mundo junto a Estados Unidos— y su posterior descomposición con la caída del muro de Berlín. ¿Cómo ha utilizado la historia de Rusia en su discurso? Blanco responde a todas estas preguntas y desgrana la intención que tiene Putin al evocar el nazismo para defender su ataque a Ucrania.

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Estados Unidos abre un nuevo frente en la guerra informativa contra el presidente ruso, Vladímir Putin. Washington ha hecho públicos este miércoles informes de sus servicios de inteligencia que sugieren que el presidente ruso vive engañado por sus asesores sobre la marcha real de la guerra. Así han coincidido en señalarlo la Casa Blanca, el Pentágono y el Departamento de Estado en lo que cabe interpretar como un paso más en una estrategia en la que lleva meses embarcada la Administración de Joe Biden: compartir toda la información de la que disponen sobre las intenciones del Kremlin para sabotear sus planes.

El esfuerzo comenzó antes de la invasión de Ucrania, que Putin lanzó el pasado 24 de febrero, semanas después de que Washington comenzara la publicación sistemática de secretos de inteligencia para entorpecer los intentos de Rusia de crear falsos pretextos para justificar la guerra.

La directora de comunicaciones de la Casa Blanca, Kate Bedingfield, ha debutado este miércoles en la comparecencia diaria ante la prensa y en vista de las bajas por coronavirus de la titular, Jen Psaki, y de la suplente, Karine Jean-Pierre, con esta afirmación: “Tenemos información de que a Putin lo ha engañado el Ejército ruso, lo que ha desatado las tensiones entre este y su Estado mayor. Creemos que le ocultan información sobre la incompetencia de sus tropas y sobre cuánto están afectando las sanciones a la economía de su país. Sospechamos que sus colaboradores más cercanos tienen miedo a decirle le verdad”. Bedingfield ha concluido a renglón seguido que esa es la demostración de que “la guerra de Putin ha sido un error estratégico que ha aumentado la vulnerabilidad de Rusia a largo plazo y que ha dejado al país cada vez más aislado en el escenario mundial.”

“Uno de los talones de Aquiles de las autocracias es que nadie se atreve a decirle la verdad al líder de turno”, ha añadido este miércoles el secretario de Estado, Antony Bliken, durante un viaje a Argelia. “Creo que eso es exactamente lo que vemos que está pasando ahora en Rusia”.

En su conferencia de prensa diaria, John F. Kirby, portavoz del Pentágono, ha abundado, por su parte, en esa idea. “Si Putin está mal informado o desinformado sobre lo que sucede en Ucrania, es cosa de su Ejército; es su guerra, y él la eligió”, ha dicho Kirby en Washington. “Carece del contexto y no comprende completamente hasta qué punto sus fuerzas están fallando en Ucrania, lo cual es, para ser honestos, un poco incómodo”. El Departamento de Defensa estadounidense achaca esa incomprensión al aislamiento al que se sometió Putin voluntariamente durante la pandemia y a su tendencia a reprender públicamente a los asesores que no comparten sus puntos de vista. Eso habría provocado que los colaboradores le hayan entregado informes demasiado optimistas sobre los avances de Rusia en Ucrania.

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En lo que parece una acción coordinada entre aliados, un alto cargo del espionaje británico ha incidido en el mensaje de Estados Unidos pocas horas después desde Australia. Sir Jeremy Fleming, director de la agencia de vigilancia electrónica del Reino Unido, ha hablado desde la Universidad de Canberra sobre la baja moral y la incompetencia de las tropas rusas, así como de problemas de abastecimiento militar y de alimentos. También ha dicho que los servicios de su país tienen indicios de que algunos soldados rusos se han rendido o saboteado sus propios vehículos para evitar entrar en combate.

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Hungría estaba sumergida en la campaña electoral de unas elecciones en las que por primera vez en años la oposición atisbaba la posibilidad de derrocar a Viktor Orbán cuando Rusia invadió Ucrania. El primer impulso de algunos analistas fue pensar que la agresión contra el país vecino pasaría factura al líder ultraconservador húngaro, considerado el aliado del Kremlin en la UE. La guerra que se desarrolla al otro lado de la frontera este del país se ha apoderado de la campaña electoral, pero por ahora parece improbable que la onda expansiva altere los resultados de los comicios del próximo domingo, a los que el primer ministro de Fidesz llega con una ligera ventaja.

“Orbán es una marioneta de [el presidente ruso, Vladímir] Putin y un traidor para la Unión Europea y la OTAN”, afirmó en una videoconferencia con medios extranjeros el pasado jueves Péter Marki-Zai, el candidato que representa a los seis partidos de la oposición, unidos por primera vez frente al dirigente de Fidesz. “Pero es muy pragmático. Siempre mide la opinión pública y puede cambiar de opinión de un día para otro”, añadió.

El primer ministro húngaro se ha reunido con Putin 11 veces en los últimos 12 años en el poder, según el think tank Political Capital. La última fue el 2 de febrero en la kilométrica mesa del Kremlin, 22 días antes de la invasión. Según Orbán, fue a Moscú en misión de paz para ampliar su contrato de suministro de gas. De Rusia procede el 65% del petróleo y el 85% del gas que se consume en Hungría, que tiene pendiente además un proyecto de ampliación de la central nuclear de Paks con la empresa rusa Rosatom financiado principalmente con préstamos rusos.

Zoltán Kovács, secretario de Estado de Comunicación y Relaciones Internacionales, considera que “las relaciones amigables con otros países con vínculos económicos son normales”. “Se nos señala como aliados, pero ni el alcance ni el tamaño de nuestra cooperación es comparable con los de otros como Alemania y Francia”, dice.

Las relaciones recientes de Budapest con el país invadido han sido más problemáticas. Hungría ha bloqueado activamente a Ucrania en la OTAN desde 2017 por las políticas lingüísticas de Kiev. Las decisiones sobre el uso del ucranio en el sistema educativo, dirigidas sobre todo al uso del ruso, afectaban también a los 150.000 integrantes de la minoría húngara de la región de Transcarpatia, que hasta el tratado de Trianón de 1920 era territorio de Hungría.

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La maestría del equilibrista

Con estos antecedentes, la primera semana tras la invasión hubo caos comunicativo en la campaña. Pero Orbán tomó enseguida las riendas con la maestría de un equilibrista. Condenó el ataque ruso y votó a favor de los sucesivos paquetes de sanciones europeas, con una línea roja —al igual que otros países de la UE— en las importaciones de energía. Aceptó reforzar las tropas de la OTAN en la parte occidental de Hungría, pero se negó a enviar armas a Ucrania o a dejar pasar las de otros Estados por su territorio. E insistió en que tampoco enviará tropas. También se comprometió a ofrecer toda la ayuda necesaria a los ya más de 530.000 refugiados ucranios que han cruzado las fronteras húngaras, según datos oficiales de este lunes.

En casa, Orbán apostó por venderse como el único garante posible de la paz y la estabilidad, además de la energía a buen precio. Y señaló a la oposición como un puñado de irresponsables que quieren arrastrar a Hungría a la guerra. “Nos meterían en una guerra que no es nuestra, en la que no tenemos nada que ganar y todo que perder”, dijo este lunes en una entrevista.

“El Gobierno se encontró con una situación complicada. No podía seguir apoyando a Rusia, porque no sentaría bien ni a la población ni a la UE”, explica Andrea Virág, directora de estrategia del Instituto Republikon. Según la experta en demoscopia, el Ejecutivo condenó la agresión y no se declaró a favor de Rusia, pero tampoco en contra de Moscú ni a favor de Kiev, “porque eso habría significado negar su política exterior de apertura hacia el Este”. “Su solución ha sido bastante eficaz: declararse defensor de la paz”.

“Está funcionando”, afirma la analista. La guerra, señala en su despacho en un caserón reconvertido en oficina, “no ha tenido ningún efecto en el apoyo al partido o el comportamiento de los votantes”. Virág se encuentra entre los analistas que creían que la agresión del aliado del Gobierno en el país vecino podía tener un efecto en las elecciones. “Vemos movimiento, pero dentro de los márgenes de error”.

Los sondeos de Republikon señalan desde hace más de un año y medio un empate técnico entre Fidesz y la oposición, con una ligera ventaja del partido de Orbán (41% frente al 39%) y un 16% de indecisos. Según una encuesta de SzázadvéG, un think tank con vínculos con el Gobierno, el 66% de los votantes considera a Orbán como el líder más fuerte para mantener la seguridad de Hungría, frente al 25% que dice lo mismo sobre Márki-Zay.

La guerra encajaba con la narrativa de la oposición, que había lanzado su campaña con el lema de que Hungría debe decidir el 3 de abril si se queda en el Este o en el Oeste. “Al principio, la oposición fue muy exitosa movilizando a sus votantes. Pero después no se ha visto que estén usando este asunto [la guerra] para conseguir más apoyos”, analiza Virág.

La participación sí podría verse impulsada por el conflicto, porque se están consumiendo más noticias. Está por ver, sin embargo, qué consecuencias tendría este efecto que señala la analista. Los medios más cercanos al Gobierno difunden “propaganda del Kremlin, culpando a Ucrania de la guerra”, asegura. También, según Márki-Zay, lanzan mentiras como que la oposición “quiere enviar a los jóvenes húngaros a morir a la guerra en Ucrania”.

Los ánimos están calientes en Hungría. En los cuatro días que quedan hasta las elecciones del domingo, cualquier asunto de envergadura puede decantar la balanza hacia un lado u otro en los comicios más reñidos desde que Orbán llegó al poder en 2010. Estos días se ha hablado mucho de la intervención del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en el Consejo Europeo de la semana pasada, cuando se dirigió específicamente a Orbán. “Escucha, Viktor, ¿sabes lo qué está pasando en Mariupol?”, le preguntó. “¿Y tú dudas sobre si imponer sanciones o no? ¿Dudas sobre si dejar pasar armas o no? ¿Dudas sobre si seguir haciendo negocios con Rusia o no? No hay tiempo para dudar. Ya es el momento de decidir”, continuó.

El primer ministro húngaro, que también está recibiendo reproches y distanciamiento de Polonia, su gran aliado en sus batallas contra la Unión Europea, respondió a la petición de Zelenski reivindicando los intereses nacionales de Hungría. Apoyar las sanciones a la importación de energía rusa, aseguró, llevaría al país a la ruina.

“Orbán se está adaptando a la presión y se enfrenta a una situación económica muy difícil, con una inflación prevista del 9,8% para este año”, dijo Márki-Zay a la prensa extranjera, y subrayó que a la situación de inseguridad militar se añade la económica. Orbán ha extendido el límite a las facturas de energía de los hogares y ha añadido otros topes a los precios de alimentos básicos y a la gasolina. En la segunda semana de marzo, las estaciones de servicio vivieron momentos de pánico, con la demanda disparada por el miedo al desabastecimiento. El Gobierno impulsó entonces medidas como la prohibición de circular durante cuatro días a los camiones.

Tanto Fidesz como la alianza de la oposición insisten en que la guerra ha situado a Hungría en un momento decisivo. “La guerra ha cambiado la campaña, la ha envuelto por completo. ¿Cambiará también el resultado?”, se pregunta Virág. Por ahora no está convencida, pero aún quedan unos días en los que, dice, todo es posible.

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El ministro de Economía alemán, Robert Habeck (derecha) visita una planta de energía solar con Mohamed Jameel Al Ramahi, CEO de una empresa energética de Emiratos Árabes Unidos, durante un viaje la semana pasada a este país en busca de acuerdos en materia de suministro energético.
El ministro de Economía alemán, Robert Habeck (derecha) visita una planta de energía solar con Mohamed Jameel Al Ramahi, CEO de una empresa energética de Emiratos Árabes Unidos, durante un viaje la semana pasada a este país en busca de acuerdos en materia de suministro energético.DPA vía Europa Press (Europa Press)

Los líderes de los principales países industrializados no van a doblegarse ante la exigencia de Vladímir Putin de pagar el suministro de gas en rublos. Los países del G-7 acordaron este lunes seguir mostrando su unidad ante Moscú y rechazar de plano la compra de moneda rusa para desembolsar la factura energética. La imposición de Putin es “inadmisible”, aseguró el ministro de Economía y Clima alemán, Robert Habeck, tras una reunión virtual con los ministros de Energía del grupo. La incógnita ahora es si Rusia seguirá entregando el gas cuando compruebe que Occidente no respeta sus nuevas condiciones.

El presidente ruso anunció la semana pasada que iba a exigir el pago en rublos a los “países hostiles”, entre los que se encuentra la Unión Europea, que depende en un 40% de las importaciones de gas ruso. Los ministros del G-7 coincidieron en que la demanda de Putin supone “un incumplimiento unilateral y claro de los contratos existentes”, aseguró Habeck. Alemania preside ahora el grupo de Estados, que incluye a Alemania, Francia, Italia, Japón, Canadá, Estados Unidos y Reino Unido. En la reunión participaron también representantes de la UE. Si los contratos son válidos, las empresas deben seguir respetando lo que se especifica en ellos, añadió Habeck: “Eso significa que el pago en rublos es inaceptable”.

La contrasanción de Putin no solo pretende provocar a los aliados y tratar de provocar fisuras, sino también fortalecer el rublo y apuntalar el banco central ruso, prácticamente aislado de los mercados internacionales por culpa de las sanciones occidentales. En la situación actual, conseguir las grandes sumas de rublos necesarias para pagar la abultada factura del gas no es sencillo en los mercados de divisas, por lo que sería necesario recurrir al banco central ruso, quebrantando así sus propias sanciones.

“No entregaremos gas gratis”

Putin firmó este lunes el decreto por el que el gabinete de ministros, el banco central y Gazprom, la empresa con el monopolio del Estado para la exportación de gas, deberán acordar el mecanismo para convertir a rublos los contratos de gas ya firmados en otras divisas con los países de la Unión Europea. El conflicto sigue escalando y nadie se atreve a aventurar si podría acabar en un corte de suministro. El portavoz del presidente ruso no detalló este lunes qué hará Moscú si Europa se niega a pagar en rublos. “Resolveremos los problemas a medida que lleguen, pero el hecho de que no entregaremos gas gratis es indiscutible. En nuestra situación, no es posible ni conveniente la caridad con Europa”, dijo Dmitri Peskov.

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“Estamos preparados para todos los escenarios”, respondió Habeck en Berlín cuando le preguntaron qué pasaría si Moscú cierra el grifo de los hidrocarburos. El ministro alemán pidió a las empresas afectadas —son las compañías y no los Estados los que le compran el gas a Gazprom— que “no respondan a la petición de Putin”. Y como ya había hecho el canciller Olaf Scholz tras conocerse la exigencia del presidente ruso la semana pasada, acusó a Moscú de ser “un proveedor poco fiable”.

“Creo que hay que interpretar esta exigencia como una muestra de que Putin se encuentra entre la espada y la pared”, añadió Habeck, en referencia a que las sanciones occidentales están dañando gravemente la economía rusa.

Las empresas occidentales suelen tener firmados acuerdos de suministro a largo plazo para las importaciones de gas ruso y todavía no se sabe cómo va a implementar Moscú el cambio en la moneda de pago, que viene especificada en las cláusulas. La mayoría de contratos están en euros o en dólares. Algunas empresas ya se han pronunciado. La francesa Engie y la austriaca OMV han subrayado que los contratos no permiten el pago en rublos y que, por tanto, ellos van a seguir pagando en euros o dólares.

Analistas como Katja Yafimava, del Instituto de Estudios Energéticos de la Universidad de Oxford, creen que Gazprom continuará suministrando gas. “No le interesa aislar a Europa y dar a los europeos un pretexto para intentar terminar sus contratos antes de que expiren”, explica por correo electrónico. La modificación no sería en sí misma un incumplimiento de contrato, sino el inicio de un cambio con el que un comprador europeo “podría estar de acuerdo o no”. En cualquier caso, el contrato no puede modificarse unilateralmente, explica. Si una empresa sigue pagando en euros, Gazprom podría someter la disputa a arbitraje.

Hacia la independencia del gas ruso

La Unión Europea ha evitado hasta ahora imponer sanciones a las importaciones energéticas de Moscú, como sí han hecho Estados Unidos y el Reino Unido, mucho menos dependientes del gas y el petróleo rusos. Washington se comprometió la semana pasada con Bruselas a aumentar sus envíos de gas natural licuado (GNL) a la UE para acelerar el cierre del grifo ruso. Este acuerdo se enmarca en el esfuerzo de Bruselas para intentar reducir en dos tercios la dependencia de gas ruso antes de que acabe el año. Es decir, pasar de los más de 150.000 a 50.000 millones de metros cúbicos. Para ello ya está negociando con nuevos suministradores, como el propio Estados Unidos, Qatar y Noruega.

El ministro de Economía alemán viajó la semana pasada a Qatar y a Emiratos Árabes Unidos para buscar alternativas rápidas al suministro de gas ruso. Allí presentó sus objetivos para reducir drásticamente la dependencia de la energía rusa. Berlín, que hasta ahora importaba el 55% del gas que consume y un tercio del petróleo de Rusia, se volverá “prácticamente independiente” del segundo a finales de este año y se ha comprometido a abandonar completamente el gas a mediados de 2024.

El Kremlin también instruyó este lunes a Gazprom a mantener sus volúmenes de suministro una vez cambie el sistema de pago, aunque el margen de tiempo que tendrán los clientes europeos es mínimo: el ministro de Finanzas ruso, Antón Siluanov, agregó que el mecanismo para cobrar en rublos “aún está en desarrollo”.

“El proceso para las entregas de gas es muy, muy complicado. No es como coger cualquier cosa en la tienda y pagar. Están los suministros, los pagos y hacer balances”, añadió Peskov. Según un estudio de la agencia de noticias estatal Interfax, Rusia se anotó unos ingresos récord de unos 8.860 millones de euros en enero por la exportación de gas. De esta cifra, alrededor de 5.500 millones de euros procedían de países hostiles.

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Las ciudades son los centros neurálgicos del poder desde hace milenios. Su relevancia ha ido creciendo a lo largo de la historia de la mano de los procesos de urbanización, y con ella ha aumentado su importancia estratégica en las guerras. El conflicto en Ucrania no es una excepción. Desde el principio de su ofensiva, las fuerzas rusas han apuntado hacia las principales urbes como elemento esencial para cumplir con los objetivos políticos maximalistas perseguidos por el Kremlin. Hasta la fecha, el resultado ha sido un enorme sufrimiento para los civiles ucranios y un cúmulo de reveses para Rusia que han desbaratado la estrategia de subyugación que a todas luces Moscú perseguía. La resistencia ucrania en las ciudades es un factor clave que empuja el conflicto hacia una nueva dinámica.

El Kremlin buscó someter a Ucrania yendo directamente a por Kiev, Járkov —segunda ciudad del país— y otros importantes centros. Un mes después, pese al enorme esfuerzo y al gran número de bajas acumuladas en sus filas, no hay apenas urbes significativas en su haber, un elemento esencial para lograr el objetivo de cambio de Gobierno en Ucrania que sin duda deseaba. Mariupol resiste, en Kiev las fuerzas rusas retroceden y consolidan posiciones en vez de buscar atacar, Odesa parece fuera de sus capacidades. Ante las dificultades, Rusia recurre a bombardeos salvajes. El viernes anunció una nueva fase de su ofensiva, en la que sostiene que concentrará su acción en la región oriental de Donbás.

“Las fuerzas rusas están deliberadamente disparando de forma indiscriminada, muy destructiva”, comenta Anthony King, profesor de estudios de guerra en la Universidad de Warwick, en el Reino Unido. “Si quisieran solo degradar las capacidades de los combatientes enemigos, los ataques serían más acotados. Ofensivas tan destructivas como la de Mariupol muestran una voluntad de provocar un efecto psicológico: aterrorizar a la población”, dice King.

Queda por ver en qué consistirá realmente la nueva fase de la que habla el Kremlin. De momento, los bombardeos siguen, e incluso han golpeado con especial intensidad en zona occidentales menos atacadas hasta ahora, como en Lviv el sábado. Las autoridades de Kiev sospechan que, ante su fracaso en la opción maximalista, Moscú intentará lograr el control de una amplia parte del sur y el este del país, para partir en dos a Ucrania en una suerte de coreanización. “Hay razones para creer que está considerando un escenario coreano para Ucrania. Este es un intento de crear Corea del Norte y Corea del Sur en Ucrania”, aseguró el general de brigada Kirill Budanov, según recoge la agencia Unian.

En cualquier caso, la capacidad de las fuerzas ucranias de defender la mayor parte de las ciudades atacadas es el elemento estratégico clave hasta la fecha. A continuación, una mirada a distintas razones, objetivas y subjetivas, que ayudan a entender la capacidad de resistencia en esta primera fase de la contienda y las perspectivas para la siguiente.

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La ventaja del defensor

Los expertos militares coinciden en que las guerras urbanas conceden una posición de especial ventaja al defensor. Los inmuebles y las estructuras de las ciudades ofrecen extraordinarias oportunidades para esconderse y refugiarse —máxime cuando disponen de redes de metro— y para golpear de forma sorpresiva a enemigos que, para penetrar, se ven obligados a desfilar por espacios previsibles y limitados como las calles o avenidas. Se trata de un combate tan desigual que los manuales llegan a aconsejar ratios de 10 soldados de ataque por cada defensor.

La batalla de Stalingrado —actual Volgogrado, unos 600 kilómetros al este de Mariupol— es probablemente el epítome del espanto (casi dos millones de personas fallecieron, según estimaciones de expertos) y de la relevancia estratégica (marcó una decisiva inversión de tendencia en la Segunda Guerra Mundial) de los combates urbanos modernos. Su historia ofrece una anécdota que describe a la perfección las consecuencias de la asimetría entre atacantes y defensores en ese contexto.

A finales de septiembre del 1942, un pelotón del 42º regimiento de la Guardia Soviética se hizo con el control de un edificio de cuatro plantas en la ciudad soviética, después conocido como la Casa de Pávlov, por el apellido del sargento al mando de la unidad. El pelotón logró resistir casi dos meses en la casa frente a los ataques de las fuerzas nazis, aprovechando con inteligencia y valentía el inmueble: sus sótanos para refugiarse, techos y múltiples ángulos de disparo para defenderse, horadando la estructura para facilitar comunicaciones y movimientos internos. Un puñado de soldados soviéticos logró infligir una cantidad de bajas tan descomunal a los nazis que, según señala Antony Beevor en su Stalingrado, el gran comandante Vasili Chuíkov diría posteriormente que fallecieron más soldados alemanes para conquistar la Casa de Pávlov que para tomar París.

El dilema del atacante

El episodio de Stalingrado señala dificultades militares que permanecen vigentes 80 años después, aunque las tecnologías hayan avanzado mucho. Ante estas circunstancias, los comandantes de una fuerza asaltante deben decidir hasta qué punto bombardear —lo que ablanda la resistencia con un inmenso coste civil— y a partir de eso si lanzar incursiones —con la amenaza que supone para las tropas—. El punto de equilibrio elegido, de alguna manera, define el nivel de civilización de la sociedad de la que emana la fuerza militar en cuestión.

En esta tesitura, la doctrina militar rusa parece optar por reducir la exposición a esos encarnizados combates cuerpo a cuerpo y apostar por la laminación de la resistencia vía bombardeos masivos. Así lo hicieron en Grozni, en los años noventa, y en Alepo, en la década pasada. Y en Mariupol el patrón es parecido. La ciudad está sufriendo un altísimo grado de destrucción. Algunas unidades rusas han entrado en la urbe, pero, según el Pentágono, no se trata del grueso de las fuerzas del Kremlin en la zona.

El potencial destructor y atemorizante de los bombardeos contra las ciudades es enorme, especialmente si provienen de una fuerza con arsenales como los rusos. Infundir terror y hundir en la desesperación a la población es una manera de intentar socavar el apoyo a la resistencia encabezada por los líderes políticos y militares. Pero este resultado no está asegurado: la ciudadanía puede reaccionar mayoritariamente con deseo de lucha y venganza. Y además, según señala King, en estas ofensivas la degradación militar del adversario no es equivalente al grado de destrucción logrado.

Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.
Dos soldados ucranios, el domingo en la sede del Gobierno regional de Járkov.ARIS MESSINIS (AFP)

Falta de precisión

Para debilitar militarmente al adversario es necesaria precisión en la información sobre su ubicación y en el golpeo. “Las fuerzas rusas se han mostrado muy poco competentes en este apartado, como demuestra que no hayan logrado todavía aniquilar las defensas antiaéreas de Ucrania”, dice King. O no tenían buena información sobre su ubicación o no tenían precisión en los ataques. Probablemente, sea una mezcla de los dos factores. El Pentágono calcula que Rusia mantiene todavía una amplia disponibilidad de misiles en sus arsenales, pero sufre escasez en las variantes de precisión guiadas.

Insuficiencia de efectivos

Otro factor importante que condiciona las perspectivas de asalto urbano de las tropas del Kremlin es el insuficiente número de efectivos. Muchos expertos militares consideran que, de entrada, la fuerza acumulada para la invasión —se estima entre 150.000 y 190.000 soldados— no es adecuada para una operación de amplio espectro en un país con la extensión y la población de Ucrania. La estrategia de atacar en múltiples ejes simultáneamente ha provocado una dispersión de las fuerzas rusas y graves problemas logísticos y de suministro. “En ningún momento han logrado una auténtica supremacía de fuerzas terrestres”, observa King.

Además de la escasez inicial, aunque las cifras no estén claras a estas alturas, es evidente que Rusia ha sufrido un considerable número de bajas. Moscú reconoce 1.300 soldados fallecidos y 3.800 heridos. El Pentágono considera que ha perdido más de un 10% de su fuerza inicial de combate. Fuentes de la OTAN apuntan a que incluso más.

Cadena de mando

Otro importante factor es que el combate urbano requiere especial sofisticación en la cadena de mando y control. En las ofensivas militares contemporáneas es necesario orquestar un amplio abanico de líneas de acción y tecnología. “Los países occidentales, especialmente EE UU, han evolucionado hacia estructuras de mando muy sofisticadas”, explica King. “En Rusia, si miras la doctrina Gerasimov (apellido del jefe del Estado Mayor), cabría imaginar que las Fuerzas Armadas se habrían modernizado alejándose del tradicional modelo autoritario, rígido, arriba-abajo. Yo creía que se habían movido hacia otro modelo. Pero las últimas semanas han demostrado una total ineficacia en gestionar una guerra del siglo XXI”.

Habilidad ucrania

Por otra parte, los rusos se enfrentan a unas fuerzas ucranias que han planteado hasta ahora una resistencia firme, ágil y eficaz. Su fuerza de voluntad no se ha quebrado. El suministro de armas occidentales —aunque limitado— consolida su lucha, así como el flujo de información de inteligencia y los asesoramientos. Han obstaculizado los avances volando puentes, enfrentándose a las cabezas de lanza aerotransportadas, golpeando la logística de apoyo o resistiendo dentro de las ciudades asediadas con valentía.

El conjunto de estas circunstancias determina las graves dificultades rusas para conquistar ciudades, su recurso a la versión más bárbara de la táctica de cerco y bombardeos y el anuncio de la apertura de una nueva fase que parece asumir la falta de capacidad para conquistar todas las ciudades contra las que han lanzado operaciones simultáneamente.

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La insistente retórica de Vladímir Putin sobre su supuesto objetivo de “desnazificar” Ucrania y proteger a la población prorrusa con la invasión del país potencia una narrativa que va mucho más allá del intento de justificar una guerra ilegal. El presidente ruso pretende, a la vez, alimentar su versión del nacionalismo ruso moderno de corte étnico presentando a Rusia como un país rodeado de enemigos que solo puede salir victorioso si hace valer el lugar que ocupa en el mundo como superpotencia. Y la alusión al nazismo contiene todos los elementos necesarios para azuzar el anhelo neoimperialista de Putin.

En su discurso del 24 de febrero, justo antes de la invasión a Ucrania, el mandatario hizo este llamamiento a los ciudadanos: “¡Queridos camaradas! Sus padres, abuelos, bisabuelos no lucharon contra los nazis ni defendieron nuestra patria común para que los neonazis de hoy tomaran el poder en Ucrania”. La frase condensa en menos de 30 palabras la visión de lo que el historiador José María Faraldo, autor de El nacionalismo ruso moderno (Báltica Editorial, 2020), considera elementos claves del neoimpeiralismo de Putin: el victimismo, la exaltación de Rusia como una superpotencia y el nacionalismo de corte etnicista.

En primer lugar, con el llamamiento a combatir a los neonazis, Putin apela al gran padecimiento de la Unión Soviética frente a la Alemania nazi, que provocó la muerte de entre 22 y 29 de millones de personas. Al mismo tiempo, exalta la Gran Guerra Patriótica —nombre con el que en Rusia se conoce a la II Guerra Mundial— que logró frenar el avance de Adolf Hitler, mito fundamental de la Unión Soviética, y que le ayuda a presentar a Rusia como una superpotencia mundial. Y, por último, alude a los lazos familiares —padres, abuelos y bisabuelos— en línea con su visión nacionalista etnicista, que solo considera a los auténticos rusos —no a todos los ciudadanos de las antiguas repúblicas soviéticas— vivan o no en el país.

“Es un discurso muy potente, muy enraizado en la población, y Putin ha conseguido relacionar el neoimperialismo de la gran potencia que desea con la idea de que se fundamenta en un sacrificio enorme del pueblo ruso, como si no hubiera habido ningún otro pueblo soviético que hubiera luchado contra los nazis, como los ucranios, los bielorrusos o los kazajos”, sostiene Faraldo.

Rusofobia

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Pero, además, el recurso al nazismo ayuda también a Putin a profundizar en su idea de rusofobia cuando acusa a Occidente de apoyar al Gobierno neonazi de Ucrania. Es lo que el politólogo británico de origen ucranio Taras Kuzio ha denominado “complejo de Weimar”, es decir, la victimización de Rusia como un país cercado y amenazado por potencias hostiles que podría llegar a desintegrarse, como le ocurrió a la Unión Soviética.

El mandatario fue muy elocuente en este aspecto en su discurso del 16 de marzo, cuando afirmó: “Quiero ser lo más directo posible: el discurso hipócrita y las recientes acciones del supuesto Occidente colectivo esconden intenciones geopolíticas hostiles. No soportan —simplemente no soportan— que Rusia sea fuerte y soberana, y no nos perdonarán por nuestra política independiente o por defender nuestros intereses nacionales”. Y añadió: “Al igual que en la década de 1990 y a principios de la de 2000, quieren intentar acabar con nosotros. (…) Fracasaron entonces, y fracasarán esta vez”.

“Ese discurso victimista de que los rusos llevan siglos siendo perseguidos, de que siempre están rodeados de enemigos, que nadie los quiere y que es mejor que los teman antes de que los quieran, ha sido promovido conscientemente por Putin durante todos estos años”, añade Faraldo.

Frente a esa hostilidad, la defensa de Rusia es “reivindicar su papel como superpotencia mundial”, lo que le permite responder a “los traumas de identidad de la población rusa, como la humillación por la desaparición de la Unión Soviética o el lastre de oligarcas y políticos corruptos como Boris Yeltsin”, analiza Eric Pardo, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Deusto y experto en Rusia y Ucrania.

Y, en última instancia, la defensa de la población rusa de Ucrania frente a los ataques nazis alude a la idea del “Russki Mir o mundo ruso, que va más allá de lo que es Rusia”, continúa Faraldo. “Son los rusófonos o personas que hablan ruso o están relacionadas con la cultura rusa, que se encuentran en cualquier parte del mundo y a los que el Estado ruso protegerá”. Es lo que el historiador describe como un “sovietismo rusificado al que apelan los nacionalistas rusófonos fuera de la Federación, el mismo que ha impulsado las violencias en las fronteras, sea en Ucrania, Georgia o Transnitria”.

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