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Triple frontera entre Kaliningrado (Rusia), Lituania y Polonia. El cartel, en territorio ruso, advierte de que está prohibida la entrada.
Triple frontera entre Kaliningrado (Rusia), Lituania y Polonia. El cartel, en territorio ruso, advierte de que está prohibida la entrada.Albert Garcia (EL PAÍS)

Aleksandra apenas tenía ocho años cuando aprendió en la escuela que no vivía en un lugar de Europa como cualquier otro. “Entonces no entendía bien por qué, pero al pasar a secundaria empecé a darme cuenta de que era un problema, sobre todo al ver que Putin gobernaba en Rusia y aprender la historia de la URSS”, cuenta tras 25 años de vida en Suwalki, la ciudad del noreste de Polonia que da nombre al frágil pasillo fronterizo entre su país y Lituania que, en estos días de guerra en la vecina Ucrania, no solo preocupa a los habitantes de la zona, sino también a la OTAN y la UE.

El “problema” de este talón de Aquiles europeo no es el barrio, sino los vecinos. La única conexión terrestre entre los países bálticos y el resto de la OTAN y la UE son 65 kilómetros en línea recta embutidos entre el enclave ruso de Kaliningrado (un antiguo territorio prusiano que no suponía un problema estratégico durante la Guerra Fría, cuando pertenecía a la URSS y Polonia estaba en el Pacto de Varsovia), al oeste, y una Bielorrusia cada vez más indistinguible del Kremlin, al este. Justo los dos países a los que la OTAN responsabilizó expresamente de la agresión a Ucrania en el comunicado final de la cumbre que celebró el pasado jueves en Bruselas. Si la escalada de tensión con Occidente se descontrolase y Moscú se atreviese a atacar territorio de la OTAN y de la UE, Suwalki sería un primer paso lógico desde la perspectiva militar. Una pinza desde Kaliningrado y Bielorrusia (donde hay 30.000 militares rusos) podría bloquear la frontera en pocos días y aislar por tierra a Lituania, Letonia y Estonia de sus cordones umbilicales militar y político.

El propio presidente lituano, Gitanas Nauseda, mencionó esta preocupación ante la prensa en la última cumbre de Bruselas: “Queremos que el corredor de Suwalki esté defendido por ambas partes. Queremos que [la OTAN] esté adecuadamente preparada para su posible corte por ambos lados”. Nauseda pidió “más campos de entrenamiento, más dinero que gastar en infraestructuras para poder albergar muchas más tropas y, lo más importante, más equipamiento militar”, sobre todo para formar “un paraguas defensivo aéreo”.

La belleza del lugar es, a la vez, una bendición y una maldición para la defensa de sus habitantes. A uno y otro lado de la linde, se ve un lago cada pocos kilómetros, casi todos coronados por una capa de hielo. Brilla un sol de invierno, pero es una de las regiones más frías de Polonia y las decenas de riachuelos, espesos bosques de pinos y caminos embarrados por la lluvia o el deshielo convertirían una invasión tradicional ―con soldados, blindados y artillería― en un dolor de cabeza.

Lago en las proximidades del corredor de Suwalki.
Lago en las proximidades del corredor de Suwalki. Albert Garcia (EL PAÍS)

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La maldición, en cambio, es que solo hay dos carreteras ―que discurren paralelas de norte a sur― con al menos un carril por sentido. Una está tan desierta como aburridos los guardas de fronteras que la vigilan, mientras que la otra se colapsa a media tarde por una hilera de camiones de mercancías. Es en la que convergen una vía desde la capital, Vilnius, y otra desde Klaipeda, el único puerto del país, uno de los pocos sin hielo en Europa septentrional y enclave importante para el transporte de bienes. Un bombardeo con artillería de ambas carreteras, y de la única vía férrea en la zona, cortaría fácilmente las comunicaciones terrestres, limitando el envío de refuerzos a los bálticos a helicópteros y embarcaciones, justo a través de un mar en el que Moscú tiene gran potencial naval. El resto de caminos son estrechos, algunos sin pavimentar y con casas de tejados a dos aguas desperdigadas. Al caer el sol, se escucha más el trino de las aves que el paso de vehículos.

Cola de camiones en Lituania, a la entrada de la frontera con Polonia.
Cola de camiones en Lituania, a la entrada de la frontera con Polonia.Albert Garcia (EL PAÍS)

En el extremo más occidental del corredor, un monolito marca la triple frontera entre Polonia, Lituania y Rusia. Entre una gran valla gris coronada por alambre de espino y otra verde más pequeña, un cartel advierte en ruso, inglés, polaco y lituano: “Detente, esta es una frontera de la Federación Rusa. Prohibida la entrada”. Varios mensajes avisan de la importancia de no pisar por error territorio ruso y unos guardas de fronteras previenen por megafonía a quien se acerca demasiado.

En 2018, el Center for European Policy Analysis, un think tank con sede en la ciudad de Washington, publicó un detallado análisis en el que describía el corredor de Suwalki como un lugar en el que “convergen numerosas debilidades de la OTAN” y explicaba que la estrategia de defensa se basaba en la asunción de que los soldados, paramilitares y reservistas locales, más las escasas tropas aliadas desplegadas, lograrían contener el ataque lo suficiente para que las fuerzas aliadas acudiesen con fuerza y velocidad. El problema, agregaba, eran los “numerosos condicionales”: que la Alianza Atlántica no dudaría a la hora de aplicar el Artículo 5 (que obliga al resto de países miembros a acudir en defensa del agredido), que los servicios de espionaje habrían alertado del ataque, que las tropas rusas no lograrían un avance relámpago sobre el terreno a partir del cual sentarse a negociar el mapa de la paz…

Cuatro años después, y tras un mes de guerra que el Kremlin se ha visto obligado a limitar principalmente al Donbás ante la falta de avances contra un rival inferior, uno de los autores del informe, el teniente general retirado del Ejército estadounidense Ben Hodges, se muestra más optimista. “Estamos mucho mejor preparados ahora. Creo que fracasarían en la misión de cortarlo”, asegura por teléfono. “El lugar es vulnerable solo por lo estrecho que es, pero en términos de preparación no es el que más de la OTAN”. Hodges argumenta que la orografía haría “muy difícil” a Moscú introducir fuerzas móviles y que Rusia está mostrando en Ucrania una “sorprendente incapacidad de hacer operaciones conjuntas y falta de preparación logística”. También cree que Noruega y Suecia ayudarían, pese a no estar en la OTAN, y destaca el despliegue de la Alianza Atlántica y el incremento de las capacidades militares de Lituania, Letonia y Estonia en los últimos años, pese a sumar solo seis millones de habitantes y 175.000 kilómetros cuadrados.

“Lo único que hace más peligrosa la situación es que ahora hay tropas rusas en Bielorrusia”, matiza Hodges. Son 30.000 y, el pasado febrero, pocos días antes de la invasión de Ucrania, el Gobierno de Aleksandr Lukashenko anunció que se quedarían de forma indefinida, en vez de regresar tras unas maniobras militares, como estaba inicialmente previsto. Es el mayor despliegue militar de Moscú en territorio bielorruso desde el final de la Guerra Fría.

Ya iniciada la guerra, Lukashenko organizó además un referéndum para aprobar el fin de la neutralidad y la condición de Estado no nuclear que tenía el país desde la desintegración de la Unión Soviética en 1991, y lanzó un mensaje a Occidente: “Si ustedes llevan armas nucleares a Polonia o Lituania, a nuestras fronteras, entonces me dirigiré a Putin para recuperar las armas nucleares que entregué sin condiciones”. A esto se suma una ambigua declaración este mes de Putin en apoyo del anhelo de Bielorrusia, que carece de salida al mar, de tener “presencia en el Báltico”, un ajetreada ruta de paso de contenedores comerciales.

Un guarda de frontera lituano realiza un control en un paso fronterizo con Polonia.
Un guarda de frontera lituano realiza un control en un paso fronterizo con Polonia.Albert Garcia (EL PAÍS)

“Sin el corredor, seríamos en realidad una isla. Y si miras al balance de fuerzas, favorece a Rusia”, señala Tomas Jermalavicius, responsable de análisis del Centro Internacional para la Defensa y la Seguridad, con sede en Tallin, la capital estonia. Jermalavicius insiste en que el bloqueo del corredor ya no tendría “grandes implicaciones de seguridad energética”, un tema clave por las conexiones con Moscú heredadas de la época soviética. Los bálticos llevan años en una carrera contrarreloj para reducir esta dependencia. En 2014, Lituania empezó a evitar el único gasoducto ―ruso― que llegaba a su territorio gracias a una terminal de gas natural licuado sobre un buque. En lo que va de año, el país ni siquiera ha importado ya gas ruso, señala Jermalavicius.

William Alberque, director de Estrategia, Tecnología y Control de Armas en el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, admite que la frontera es “muy vulnerable”, pero ve al Kremlin poco capaz de desplazar ahora tropas a la zona. “Hace un año, habría dicho que tardarían entre 72 y 96 horas en cortar el corredor. Mucha gente está recalculando esto, visto el desempeño en Ucrania”, añade. En 2014 y 2015, unos juegos de guerra del centro de análisis RAND Corporation situaban a las fuerzas rusas en las afueras de Tallin y Riga en, como mucho, 60 horas. “No sé si es el mayor talón de Aquiles, pero desde luego es la mayor concentración de capacidades militares por metro cuadrado”, subraya. Y destaca que uno de los problemas de Moscú es que, “como ha vuelto a demostrar el caso de Ucrania”, en la guerra moderna “siguen haciendo falta tropas sobre el terreno”, pese a la importancia de drones, satélites y misiles.

No ha ayudado a la calma un vídeo reciente, que se hizo viral en las redes sociales, en el que un alto mando militar ruso retirado explicaba con un mapa en la televisión estatal cómo bloquear el corredor desde Kaliningrado. Hoy, 40.000 militares operan en Europa bajo mando directo de la OTAN, con cinco formaciones de portaviones aliados navegando por el Báltico y el Mediterráneo. Las unidades de combate en Polonia y los bálticos han duplicado sus dimensiones.

Una mujer hace la compra a primera hora de la mañana en el mercado municipal de la ciudad polaca de Suwalki.
Una mujer hace la compra a primera hora de la mañana en el mercado municipal de la ciudad polaca de Suwalki.Albert Garcia (EL PAÍS)

Hasta 2014, no había en los países bálticos fuerzas de otros miembros de la OTAN. La anexión rusa de Crimea y el inicio de la guerra en el Donbás llevaron a la Alianza a aprobar pocos meses más tarde, en su cumbre en Gales, el refuerzo de la defensa aérea, la vigilancia y las maniobras militares. En 2016 se desplegaron en Polonia y los tres países bálticos cuatro batallones de combate con unas 4.500 tropas. Son similares a los cuatro en Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria a los que dio luz verde la Alianza el pasado jueves. No suponen técnicamente una presencia permanente a las puertas de Kaliningrado, sino rotatoria que se va prorrogando, para no vulnerar el acuerdo de cooperación con Moscú que firmó en 1997 y cuyo segundo párrafo suena estos días extemporáneo: “La OTAN y Rusia no se consideran adversarios el uno al otro”.

En 2017, la OTAN efectuó por primera vez maniobras militares centradas en defender el corredor de Suwalki. Ese mismo año, Rusia y Bielorrusia exhibieron músculo militar con Zapad 2017, unas opacas maniobras que incluían un Kaliningrado que ―recuerda Jermalavicius― está “muy militarizado”, con una potente fuerza naval y una base aérea. Alberga además misiles Iskander, que pueden llevar carga nuclear, aunque los expertos están divididos sobre la presencia de armamento atómico en el enclave.

El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, dijo hace semanas que Lituania, Letonia y Estonia serán los siguientes objetivos de Putin. Al hablar de los bálticos, se suelen mencionar sus notables minorías rusófonas, como las que Moscú acudió a rescatar de un “genocidio” en Donbás. Aleksandra Kuczynka-Zronik, experta en los países bálticos y minorías nacionales de la Universidad Católica Juan Pablo II y del Instituto de Europa Central, ambos en la ciudad polaca de Lublin, insiste en que no son ningún caballo de Troya y recuerda que en Lituania, por ejemplo, solo suponen el 6% de la población. “Son comunidades muy integradas que no están a favor de Rusia”, señala.

Volvamos a la zona y a Aleksandra en Suwalki (prefiere no dar su apellido). Aquí, la vulnerabilidad no es ningún secreto que susurrar como si Moscú no la conociese. Tanto en el lado polaco como en el lituano de la frontera, incluso quienes peor hablan inglés suelen conocer la expresión “Suwalki gap”. Es el término que emplea la OTAN para referirse al corredor, con una palabra que, en este contexto, significa “grieta” de seguridad.

“Aquí estamos más asustados que en Cracovia o Varsovia. Es que está tan cerca…”, dice. “Tienes a Putin en la puerta de al lado y a Bielorrusia al otro lado. Y nuestra historia con Rusia es muy complicada. Aquí hasta los niños entienden lo que está pasando. Los polacos somos muy patriotas y no nos gusta Rusia. A mí me tranquiliza mucho saber que estamos en la UE y la OTAN, pero soy joven y sé que estar en ellas es algo importante. Mi abuela, sin embargo, no se lo cree e insiste en que Estados Unidos y el Reino Unido dijeron que nos ayudarían en la Segunda Guerra Mundial y no lo hicieron”.

Witold Liszkowski es el alcalde de Punsk, una tranquila localidad polaca a tres kilómetros de la frontera en la que el 75% de sus 1.200 habitantes son culturalmente lituanos. “Si los rusos nos separasen, Lituania, Letonia y Estonia dejarían de existir. Estamos conectados no solo geográficamente, también en identidad”, apunta el alcalde, quien recuerda que la Comisión Europea detuvo a principios de mes, con motivo de la invasión de Ucrania, un programa transfronterizo de partenariado que incluía también a Rusia, principalmente en construcción de carreteras. De un tablón a su lado cuelga un calendario del programa para el periodo 2014-2020 y casi parece una metáfora.

Una mujer, en el exterior de su vivienda en la localidad polaca de Punsk.
Una mujer, en el exterior de su vivienda en la localidad polaca de Punsk.Albert Garcia (EL PAÍS)

“La situación sigue igual, pero con Putin nunca se sabe, porque de la noche a la mañana se volvieron asesinos”, dice Natalia, junto a su novio Patrick, ambos de 17 años. El joven Piotr Pietruszkiewicz, empleado en logística en la filial lituana de una empresa de transporte, confirma que el día a día en Punsk “no ha cambiado mucho” desde que empezó la guerra, pero sí “en el aspecto mental”. “No puedes evitar pensar en ello”, apunta. Su padre tiene un terreno agrícola al otro lado de la linde y ―confiesa con una sonrisa― sus amigos que usan aplicaciones de citas no hacen ascos a los matchs al otro lado de la linde.

Patrick y Natalia, estudiantes de 17 años, en Punsk.
Patrick y Natalia, estudiantes de 17 años, en Punsk.Albert Garcia (EL PAÍS)
Piotr Pietruszkiewicz, en Punsk.
Piotr Pietruszkiewicz, en Punsk.Albert Garcia (EL PAÍS)

El tráfico de personas es, por lo general, de la parte lituana a la polaca. Cruzan a comprar porque es más barato, incluso tras perder un poco en el cambio de euros a eslotis. “En fin de semana puedo atender unos 200 lituanos al día”, explica Paulina en la farmacia en la que trabaja, enmarcada en un centro comercial en el acceso a Suwalki desde Lituania.

En Kalvarija, una localidad de 5.000 habitantes ya en el lado lituano del corredor, Karol entra a un supermercado aún con la equipación del partido de fútbol que viene de jugar. En el parking hay un vehículo de transporte de tropas. “Tratamos de no pensar mucho en la posibilidad de quedarnos aislados, porque si no te vuelves paranoico. Pero no tenemos miedo de Rusia. Estamos en la OTAN y solo Polonia ya podría con Bielorrusia”, afirma. Frente al Ayuntamiento de la localidad de Lazdijai, también en Lituania, se ve un detalle inhabitual en otros países comunitarios: junto a las banderas local, nacional y de la UE, ondea la de la OTAN. En la plaza central hay una instalación con las letras de la palabra libertad en lituano decoradas con la bandera de Ucrania.

A pocos kilómetros está la antigua verja fronteriza entre la entonces república soviética de Lituania y Polonia. Mide apenas dos metros y se conservan algunas partes como recuerdo, con lacitos con los colores de la bandera lituana anudados. El paso fronterizo de Lazdijai ―el único entonces― fue escenario de un momento histórico en 1990, en el aniversario del acuerdo secreto Ribbentrop-Molotov por el que la Alemania nazi y la URSS se repartieron territorios como Lituania. Una multitud se manifestó pacíficamente con el lema “Volvamos a Europa” para denunciar que los soldados soviéticos controlasen los accesos. Los numerosos pinos que rodean la valla recuerdan otro simbólico hecho posterior: en apenas cuatro días de 2003, entre la firma del acuerdo de entrada en la UE y el referéndum para confirmarlo, se plantaron miles para resaltar que, con Polonia y Lituania ya en la UE, la valla era cosa del pasado.

Antigua valla que separaba Lituania y Polonia.
Antigua valla que separaba Lituania y Polonia.Albert Garcia (EL PAÍS)

En las conversaciones aquí a veces se desliza una comparación histórica: Berlín Occidental durante la Guerra Fría. Un territorio rodeado de enemigos (como le sucedería a los bálticos sin acceso al corredor) cuya población sobrevivió a casi un año de cerco terrestre de la URSS en 1948 y 1949 gracias a decenas de miles de vuelos en el famoso puente aéreo aliado.

Más cerca que Berlín, a unos 300 kilómetros de aquí, estaba otro corredor más presente en los libros de historia: el de Danzig. Su invasión por los nazis en 1939 marcó el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Dividía a la República de Weimar de Prusia Oriental, que fue troceada tras la guerra, con la ciudad de Königsberg rebautizada por la URSS como Kaliningrado. Fue escenario de una de las terribles expulsiones de la minoría alemana bendecidas en la Conferencia de Yalta de 1945.

La historia trágica de la zona se aparece a cada poco. Un monumento “a las víctimas del terror estalinista” recuerda la muerte y desaparición de cientos de miembros de organizaciones clandestinas anticomunistas en 1945. “Murieron por ser polacos”, reza una inscripción en granito acompañada de decenas de cruces de madera y de un “roble papal”, crecido a partir de semillas consagradas por el polaco Juan Pablo II.

Aún se pueden ver 13 búnkeres alemanes de la época, mientras que en el Cementerio de las Siete Confesiones de Suwalki la parte judía (casi un tercio de su población antes de la Segunda Guerra Mundial) es un gran llano vacío, solo interrumpido por un monumento conmemorativo formado con trozos de lápidas. Fue destruido durante la ocupación nazi y los miles de residentes judíos que no lograron huir, exterminados.

Búnker de la Segunda Guerra Mundial, en Bakalarzewo (Polonia).
Búnker de la Segunda Guerra Mundial, en Bakalarzewo (Polonia).Albert Garcia (EL PAÍS)

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Italia ha sido uno de los principales socios de Rusia en Europa y un aliado estratégico del presidente Vladímir Putin en cuestiones comerciales. Solo hace cuatro años, el Gobierno de la Liga y el Movimiento 5 Estrellas estrechó todavía más esos vínculos. Por eso, cada vez que el foco de la guerra pasa por el país transalpino, vuelven a verse las costuras de aquella relación. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, compareció este martes por videoconferencia en la Cámara de Diputados italiana. Agradeció el apoyo italiano, pero pidió que las sanciones y la oposición a Rusia sean todavía más contundentes.

La comparecencia de Zelenski en el Palacio de Montecitorio —una hora antes había llamado al papa Francisco, que también le mostró su apoyo— es un paso más en la gira telemática del líder ucranio por los parlamentos internacionales. Lo hizo con toda solemnidad, ante todos los senadores y diputados del Parlamento y el propio presidente del Consejo de Ministros, Mario Draghi. Todos ellos condenaron “netamente el ataque ruso”. El aplauso en pie de los miembros de ambas cámaras duró varios minutos y no dejó lugar a dudas. Draghi fue rotundo en su intervención, en la que atacó directamente “la arrogancia del Gobierno ruso” y llegó a proclamar que “Italia quiere a Ucrania en la Unión Europea”. Zelenski hablaba precedido por cierta polémica en algunos sectores de la parte escindida del Movimiento 5 Estrellas (M5S), que montó su propio grupo político, y el lunes reclamaba escuchar también la versión del bando ruso. Pero este martes el apoyo fue unánime.

Zelenski tuvo un tono menos beligerante que ante el Parlamento alemán. Pero advirtió a los italianos de lo que puede suceder si no se aumenta la presión sobre Putin, comparando la destrucción de lugares como Mariupol con lo que supondría para ciudades italianas como Génova, del mismo tamaño. Además, recordó que ya han muerto 117 niños desde el comienzo de la invasión. “Hay que hacer todo lo posible para garantizar la paz. Es una guerra organizada durante años por una sola persona, ganando dinero del gas y usándolo para la guerra. Quiere controlar vuestras vidas y vuestra política, destruir vuestros valores democráticos. Ucrania es la puerta para el Ejército ruso a Europa. Y ellos quieren entrar en Europa, pero la barbarie no debe entrar. […] La invasión dura ya 27 días, casi un mes. Así que necesitamos más sanciones y otras presiones hasta que llegue la paz”, lanzó a través de la pantalla.

Veto a las vacaciones de los rusos en Italia

El presidente ucranio pidió redoblar los esfuerzos para aislar a Putin, también cerrando la puerta a ciudadanos rusos que pasan las vacaciones en Italia. “Sabéis quién ordena combatir y quién ha llevado la guerra a Ucrania. Todos utilizan Italia para sus vacaciones. No tenéis que acoger a estas personas. Hay que bloquear y congelar sus bienes. Sus cuentas, yates, hasta el más pequeño. Congelar todos los activos de los que tienen fuerza de decisión en Rusia. Hay que apoyar las sanciones y el embargo contra todos ellos. Ninguna excepción para ningún banco ruso. Hay que parar los asesinatos y la guerra rusa”, insistió. La situación, recordó, es extrema. Y comparable a lo que hicieron los nazis, lanzó. “Hay tropas del Ejército ruso que torturan, violan y raptan a los niños. Nos están robando. Eso es lo que hicieron los nazis cuando ocuparon otros países”.

Italia siempre ha tenido una elevada promiscuidad con Rusia. Desde los tiempos en los que el Partido Comunista Italiano era el más importante de Europa, pasando por la intensa amistad de Silvio Berlusconi con Putin, a los flirteos del Ejecutivo populista que formó el Movimiento 5 Estrellas con La Liga en 2018. La imagen de los camiones rusos entrando en Bérgamo en plena pandemia para prestar ayuda sanitaria y logística mostraron la última postal de una sintonía que se ha traducido en los últimos años en un suculento intercambio comercial —7.000 millones de euros de exportaciones a Rusia y 12.600 millones de importaciones— y que ahora coloca en una situación incómoda a muchos de los incondicionales de Putin.

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La situación, sin embargo, ha cambiado en las últimas semanas y Rusia ha colocado a Italia en la lista negra de países. No han gustado las declaraciones, los actos ni las medidas contra los oligarcas dentro de las fronteras italianas. “Si el Gobierno italiano sigue a Francia a la hora de declarar una guerra financiera y económica total a Rusia al aprobar nuevas sanciones, habrá las correspondientes consecuencias irreversibles”, amenazó Alexéi Paramonov, excónsul ruso en Milán, y hoy director del departamento europeo del Ministerio ruso de Asuntos Exteriores. Paramonov recordó también a Italia la ayuda que había recibido durante la pandemia y acusó al ministro de Defensa italiano, Lorenzo Guerini, de ser “un halcón y uno de los principales inspiradores de la campaña antirrusa del Gobierno italiano”.

Draghi fue muy claro en su intervención y dejó atrás cualquier titubeo del país en esta cuestión. “La arrogancia del Gobierno ruso ha chocado con la dignidad del pueblo ucranio, que frena las ansias expansionistas de Moscú e impone costes altísimos al invasor. La resistencia de Mariupol y otras ciudades a las que se asoma la ferocidad de Putin es heroica. Hoy Ucrania defiende nuestra paz, nuestra libertad, nuestra seguridad. Un orden multilateral basado en reglas y derechos que hemos construido con mucha fatiga desde después de la guerra. Italia le es profundamente grata. Italia no volverá la espalda a Ucrania. El Gobierno y el Parlamento están en primera fila del apoyo a Ucrania”, aseguró Draghi.

Italia debe ahora encontrar una solución al problema energético. Se trata de uno de los países de Europa occidental con mayor dependencia, ya que casi la mitad de su suministro (46%) procede de Rusia. En los últimos años, Roma ha intensificado considerablemente su relación energética con Moscú, a pesar de su cercanía con otros proveedores como Argelia, Túnez o Libia, que suministran este hidrocarburo a Italia a través de gasoductos que no están totalmente cargados como el TransMed o el GreenStream. Como recordó el propio Draghi, hace 10 años el país transalpino importaba solo cerca del 27% de su gas de Rusia.

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La Unión Europea sopesa incluir el sector energético en las sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania, pero quiere garantizar que ese paso no quiebre la férrea unidad mantenida desde el inicio de la guerra. La reunión de este viernes de los 27 socios de la Unión, representados por sus embajadores ante la UE, ha constatado que el embargo del petróleo y del gas ruso no cuenta por ahora con el respaldo de todas las capitales. Varios países, con Polonia al frente, reclaman ya la activación de esa medida, considerada como el arma de último recurso. Pero Bruselas teme que resquebraje la posición común de la UE si se intenta adoptar de forma prematura o sin un desencadenante en el campo de batalla que haga inevitable una decisión de tantísimo calado político y económico.

“Estamos abiertos a todas opciones, pero hay que mantener la unidad. Es importante”, señalaba este viernes una fuente diplomática europea cuyo país suele ser escuchado con mucha atención en todos los debates de la UE. “En las últimas tres semanas hemos demostrado que podemos reaccionar con unidad, rapidez y contundencia y en el futuro seguirá siendo así”, subrayaba otra fuente comunitaria. La misma voz reconoce el enorme trabajo y esfuerzo que requiere lograr el apoyo unánime de los 27 gobiernos de la Unión a cada ronda de sanciones. Pero subraya: “Todas las decisiones han sido por unanimidad o por consenso”.

Además de las sanciones para castigar al invasor, Bruselas también da pasos para ayudar al agredido. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, ha hablado por teléfono este viernes con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, con el que ha acordado estudiar vías para crear un fondo que permita a este país financiar su esfuerzo bélico y las necesidades básicas de la población y de la Administración. También serviría para preparar la reconstrucción tras la guerra “anclando” a Kiev a Occidente, según ha explicado un portavoz de Michel. Este instrumento se financiaría con una conferencia de donantes.

La atención en Bruselas, pese a todo, se focaliza en el castigo a Moscú, un asunto más espinoso que la ayuda a Ucrania. La UE adoptó un primer castigo el 23 de febrero, solo 48 horas después de que el presidente ruso, Vladímir Putin, decidiese reconocer la independencia de las autoproclamadas repúblicas prorrusas en el territorio ucranio del Donbás. Al día siguiente estalló la guerra y el Consejo Europeo anunció nuevas sanciones, pero solo concretó la inclusión de Putin y su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, en la lista negra de altos cargos sujetos a la congelación de sus bienes en territorio comunitario.

El umbral del castigo se elevó drásticamente a partir del tercer día de combates, cuando las imágenes de destrucción y muerte en Ucrania provocaron estupor en gran parte de la opinión pública europea. En cuestión de días se congelaron las reservas del banco central ruso situadas en Europa; se excluyó de la plataforma de pagos financieros SWIFT al 25% del sector bancario; se prohibieron las emisiones de canales rusos de televisión; y se amplió la lista negra que impide la entrada en la UE y congela los bienes en territorio comunitario para incluir a 877 personas y 62 empresas o entidades rusas. El cuarto paquete —o, como subrayaba un diplomático europeo esta semana, “un complemento al tercero”— se impulsó en la cumbre de Versalles.

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Alemania reclama calma

Pero la aprobación formal de esta última tanda ya ha evidenciado ciertas discrepancias, al menos en el ritmo de aprobación. Alemania, apuntan varias fuentes, pidió calma y tiempo para estudiar los castigos que, en principio, iban a ver la luz el pasado domingo y al final salieron adelante el lunes. Ahora empieza a prepararse ya otro paquete. “Llegará, pero no el próximo lunes [en la reunión de ministros de Asuntos Exteriores]”, apuntaban este viernes en una embajada. Lo más probable es que se abra paso tras la cumbre de jefes de Estados y Gobierno de la semana que viene, a la que también acudirá el presidente de Estados Unidos, Joe Biden.

Su contenido está ultimándose. Es muy probable que se amplíe la lista de oligarcas. Y mucho menos probable que se den pasos para dejar de comprar hidrocarburos a Rusia, un camino que podría empezar a recorrerse por el petróleo, ya que es más fácil de sustituir con otros suministradores. Los partidarios de cerrar ya los grifos de las tuberías de gas y crudo que llegan del Este saben, admitían este viernes en una de sus delegaciones, que todavía no cuentan con el respaldo necesario en el Consejo, si bien lo siguen reclamando.

En el resto de capitales, sin embargo, parecen optar por una respuesta gradual, ganando tiempo para dejar atrás la época de más frío —cuando más necesario es el gas— y dejándose balas en la recámara por si Putin aumenta la crueldad de su campaña bélica. Aunque este grupo no es un bloque homogéneo, los hay “abiertos a todas las opciones”, esperando la evolución de la guerra y cuidando la unidad de acción (Holanda, Francia, España…), y a los que son más reacios a dar el paso, entre ellos Alemania e Italia, por las duras consecuencias sobre su economía.

Fuentes comunitarias reconocen que el daño causado por las medidas adoptadas hasta ahora tardarán meses o años en debilitar a Rusia, mientras que las bombas de Putin caen día a día en Ucrania. Pero añaden que el impacto “ya se está dejando notar tanto en la economía como en la sociedad rusa”. Y enfatizan: “Se pueden adoptar nuevas medidas cuando lo consideremos oportuno”.

“Mi impresión es que vamos a continuar nuestra respuesta a la vista de lo que está ocurriendo sobre el terreno”, pronostica una diplomática europea. Otra diplomática prefiere no especular sobre el alcance del quinto paquete sancionador, pero resalta: “Estamos listos para cuando haga falta adoptarlo y con eso basta”.

Escasa munición restante

Las primeras cuatro rondas han sido de tal magnitud que han dejado a la UE con escasa munición para redoblar el castigo sin incluir al sector energético. Ya se ha decretado un embargo a las exportaciones de numerosos sectores rusos y se ha prohibido la inversión en casi todos ellos, así como la transferencia de tecnología. El veto también afecta a numerosas exportaciones europeas imprescindibles para Rusia. En el sector financiero se han librado de la exclusión de SWIFT los bancos Sberbank y Gazprombank, pues su desconexión afectaría a las importaciones de gas y petróleo porque Europa paga su factura energética a través de esas entidades.

Pero la presión para endurecer el castigo aumenta. Rusia ha ingresado casi 15.000 millones de euros desde el inicio de la invasión de Ucrania gracias a las exportaciones de gas, petróleo y carbón a la Unión Europea, según el centro de estudios CREA (Centre for Research on Energy and Clean Air). La elevada factura da fuerza a los países de la UE partidarios de renunciar a las importaciones energéticas para doblegar al régimen de Putin. Moscú financia más de un tercio de los presupuestos nacionales gracias a los ingresos por la venta de hidrocarburos y Europa es su principal cliente, con una cuota del 50%.

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La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aplaude la intervención telemática del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en el Parlamento Europeo.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aplaude la intervención telemática del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en el Parlamento Europeo.STEPHANIE LECOCQ (EFE)

La invasión rusa de Ucrania está provocando movimientos en la Unión Europea a una velocidad insospechada antes del 24 de febrero, día en el que Vladímir Putin ordenó la entrada a sangre y fuego de sus tropas en la antigua república soviética. El Consejo de la UE no ha tardado ni una semana en responder a la solicitud de Ucrania, Moldavia y Georgia de entrar en la Unión Europea al reclamar este mismo lunes a la Comisión Europea que dé su opinión. En circunstancias normales, este paso podría considerarse un mero trámite, pero con la guerra abierta en la frontera oriental, precisamente en el suelo de uno de estos países, el movimiento adquiere mucho significado político y envía una señal favorable a la petición de Kiev.

El paso lo han dado los embajadores de los 27 Estados miembros en una reunión mantenida este lunes en el Consejo. Posteriormente, la presidencia rotatoria de la UE, que corresponde a Francia en el primer semestre de 2022, ha anunciado la petición a través su cuenta oficial de Twitter.

Para entender cómo la agresión rusa ha movido con velocidad placas tectónicas de la geopolítica europea que parecían inamovibles basta con constatar lo que ha pasado en las últimas semanas en Suecia, Finlandia y Dinamarca, países que históricamente han mantenido posiciones diferentes al resto de sus socios comunitarios en asuntos de defensa. Los ministros de Asuntos Exteriores de los dos primeros acudieron el pasado viernes a una reunión de la OTAN. Y en Finlandia, uno de los países tradicionalmente neutrales que comparte una larga frontera con Rusia, su opinión pública empieza a mostrarse partidaria de entrar en la Alianza. La otra prueba llegó este domingo de Copenhague: la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha convocado un referéndum para el próximo 1 de junio para preguntar si pone fin a la excepción que su país mantiene desde 1993 (a raíz de su rechazo inicial al Tratado de Maastricht) de no participar en los programas de defensa en la UE.

Y en este escenario se inserta el cambio de clima sobre la ampliación de la UE. Fue la propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien abrió la puerta a este movimiento al dar esperanzas a Kiev hace apenas ocho días. “Es uno de nosotros y los queremos dentro”, apuntó, mencionando la opción de que Ucrania entrara en la UE.

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El presidente del Consejo, Charles Michel, se mostró mucho más escéptico, en línea con la doctrina tradicional de las diferentes capitales europeas, más escépticas con las ampliaciones. Pero la guerra y la simpatía que la causa ucrania ha logrado entre la opinión pública europea —en la que han calado los videos del presidente Volodímir Zelenski mostrando su resistencia a la invasión— han ido matizando las posturas. Ese cambio se percibió ya el pasado miércoles en el Parlamento Europeo, cuando una declaración de apoyo a la solicitud de Kiev salió adelante por una abrumadora mayoría, con respaldo desde la izquierda hasta la extrema derecha.

El paso a favor de la adhesión en la UE que este lunes han dado los embajadores no supone ni siquiera un comienzo de las negociaciones. Viene a ser una especie de acuse de recibo, aunque a la luz de los movimientos que está provocando el escenario bélico no puede descartarse que el proceso sea más rápido de lo esperado. Sin embargo, esto no va a ser fácil, como ya demostró lo sucedido en Moldavia, un pequeño país incrustado entre la frontera nororiental de Rumania y la occidental de Ucrania. Cuando Chisinau cursó la solicitud, Transnistria, la zona prorrusa del país en la que Moscú tiene tropas, reclamó su independencia.

Esta falta de control de los tres países sobre sus fronteras (Rusia tiene tropas y ocupa parte de sus territorios) es uno de los obstáculos que pueden torpedear el proceso de adhesión. Además, tanto Ucrania como Moldavia y Georgia está lejos de cumplir los criterios de Copenhague, que fijan los baremos políticos (democracia estable y Estado de derecho), económicos (una economía viable y competitiva) y legales (capacidad de asumir el acervo normativo de la UE) que deben cumplirse para iniciar la negociación previa al ingreso.

A estas dificultades objetivas hay que añadir que recientemente, a petición de Francia, se ha endurecido el examen previo y el proceso de negociación para evitar que se repitan casos como los de Hungría o Polonia, que una vez dentro del club han rebajado la calidad de su Estado de derecho y han adoptado políticas discriminatorias o xenófobas que Bruselas considera incompatibles con el Tratado de la UE.

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Los huérfanos de Putin en la Unión Europea. Se trata de un sintagma con múltiples interpretaciones que resulta interesante explorar. La más inmediata es la atención a los niños ucranios que han perdido, o perderán, a uno o a ambos progenitores en la guerra desatada sin derecho, sin justificación y sin escrúpulos por el presidente de Rusia. Ellos son la prioridad. Hace bien la UE en adoptar una política de puertas abiertas sin matices, para ellos, y para todos los ciudadanos ucranios.

El sintagma también puede referirse a los niños sirios que quedaron huérfanos por las bombas de las fuerzas rusas desplegadas en apoyo al dictador Bachar el Asad. Conviene no olvidar que para ellos y sus familiares supervivientes las puertas de la UE no se abrieron como ahora. Múltiples circunstancias confluyen en generar el diferente trato. Racismo e islamofobia destacan entre ellas.

En otro orden, menos dramático, pero también relevante, el sintagma puede apuntar a esos dirigentes europeos que han quedado huérfanos por la conversión en espíritu del Averno del líder ruso, con quien habían cultivado relaciones estrechas, compartiendo algunos pedestres intereses pecuniarios, y otros una línea ideológica nacionalista-conservadora que culebrea en tantos rincones de la UE.

Los nombres son notorios. Destaca Francia, con un amplio abanico de dirigentes con un historial que ahora resulta insostenible, desde Marine Le Pen, que ha tenido que tirar a la basura más de un millón de copias de un folleto electoral para la campaña de las presidenciales donde aparecía una foto de ella con Putin, hasta Éric Zemmour, hasta hace nada declarado admirador del líder ruso. En Italia está en primera fila Matteo Salvini, dirigente de la Liga, históricamente empático con el Kremlin y que ahora rechaza el envío de armas a Ucrania. “No en mi nombre”, ha dicho, en una postura curiosamente coincidente con la de la secretaria general de Podemos, Ione Belarra. Berlusconi también ha cultivado durante décadas una estrecha relación con el mandatario ruso y Renzi ha tenido que dimitir del consejo de administración de una empresa rusa. En Alemania también hay figuras que salen realmente mal en la foto, como el excanciller Gerhard Schröder, y otras bastante desdibujadas. En el flanco oriental, destaca Viktor Orbán, durante mucho tiempo atento a la relación con el Kremlin hasta el punto de ser considerado por algunos, en cierto sentido, un potencial caballo de Troya ruso en la UE.

La invasión ha cambiado todo esto. El efecto inmediato es el corte de relaciones con Rusia, que significa muchas cosas. Por supuesto, de entrada, el impacto económico vinculado a la espiral de sanciones. Pero también una repercusión en el ámbito político. Las terminales nerviosas de Putin en Europa, con su potencial alborotador y divisorio, han quedado cortocircuitadas. Una corriente eléctrica dinamizadora recorre el proyecto europeo, impulsando enormes y positivos saltos de integración. El destello de las explosiones deja claro cómo termina a menudo el viaje al fin de la noche. El viaje del nacionalismo exacerbado, del apego a valores retrógrados y excluyentes, del deseo de orden por encima del de derechos. La prioridad en Europa ahora es unidad absoluta frente a la agresión rusa y en apoyo a Ucrania. Será bueno, después, mantenerla para que, en clave interna, esos instintos contra los que se fundó la UE y que circulan en nuestras sociedades se vayan por el desagüe que conduce al Averno donde deambula el alma de Vladímir Putin.

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Una niña mira a un policía en la frontera de Polonia y Hungría.
Una niña mira a un policía en la frontera de Polonia y Hungría.Deml Ondøej (Europa Press)

La guerra en Ucrania está derribando varios tabúes en la Unión Europea. Este jueves ha sido el turno de la acogida masiva de personas que huyen de una catástrofe. El marco legal, en forma de directiva, estaba listo desde hace más de dos décadas. Pero nunca hasta ahora se había activado, ni con la llegada masiva de refugiados de Siria en 2015. Ahora lo han hecho los ministros del Interior de la UE, al dar el visto bueno a la propuesta que les hizo la Comisión Europea el día anterior, según ha anunciado el titular francés de Interior, Gérald Darmanin, que posteriormente ha comparecido junto a la comisaria europea del ramo, Ylva Johansson. La Unión abre así las puertas de par en par al masivo éxodo ucranio.

No hay precedentes de una decisión así. Al igual que ha ocurrido con la financiación de los envíos de material bélico a Ucrania o con la contundencia de las sanciones, la UE se adentra en caminos inexplorados en su severa respuesta a la agresión rusa a la antigua república soviética.

La decisión persigue no solo facilitar la llegada de cientos de miles de ucranios asediados por los bombardeos del presidente ruso, Vladímir Putin, sino también que puedan permanecer en la UE durante al menos un año, plazo renovable si fuera necesario. La directiva de 2001 se aprobó con la memoria reciente del conflicto en los Balcanes. “Los casos de afluencia masiva de personas desplazadas que no pueden volver a su país de origen han aumentado considerablemente estos últimos años en Europa”, justifica el texto, que cumplirá 21 años en agosto. En él se garantiza un amplio abanico de derechos a quienes huyen de algún tipo de catástrofe. Y en estas calamidades se incluye, por supuesto, una guerra como la que estos días sufre Ucrania. La norma comunitaria contempla ofrecer protección a los que lleguen en ámbitos como los permisos de residencia y trabajo, el acceso a la vivienda, la asistencia social y médica. Los menores también tienen derecho a educación.

El alcance de la medida es amplísimo, ya que no hay restricción alguna para los ucranios que salgan o hayan salido de su país desde el 24 de febrero, cuando comenzó la guerra. Tampoco para quienes residan en el país del este y tengan el estatus legal de refugiados. La situación cambia para quienes vivieran en Ucrania por trabajo o estudios. En estos supuestos, la directiva de protección temporal no se les aplica, y se deja en manos de los Estados miembros y de sus legislaciones. No obstante, la comisaria Johansson ha señalado en su comparecencia que sí se les permitirá la entrada y se les dará ayuda, aunque tendrán que volver a sus países de origen.

El número de personas que salen de Ucrania por la guerra se cuenta por centenares de miles diarios. Cuando la Comisión redactó su propuesta hace unos días, lo cifraba en 650.000. Al aprobarse la activación de la directiva, este jueves, el volumen total ya supera el millón de personas. ACNUR, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados, estima que, si el conflicto se alarga, podrían llegar a superar los cuatro millones, un desplazamiento masivo de un volumen desconocido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

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Suspicacias de los países

La aprobación de la iniciativa de la Comisión, sin embargo, no ha sido tan sencilla como parecía al comienzo del día. Las suspicacias de varios países han puesto en riesgo la activación de la medida. Fuentes comunitarias detallan las reticencias de varios países del este y centro de Europa, entre ellos algunos de los que han abogado por acciones más contundentes en otros campos, como las sanciones económicas o los envíos de material bélico. Polonia, Eslovaquia, Lituania, Rumania, República Checa y Hungría han pedido más tiempo para analizar la propuesta de la Comisión, según estas fuentes.

Las personas que gocen de esta protección temporal podrá moverse libremente por cualquier Estado de la UE y tendrán garantizados esos derechos durante un año, un periodo que podrá prorrogarse por seis meses dos veces. No obstante, el Ejecutivo comunitario podrá proponer que se acorte el plazo, “siempre que se pasara a una situación en Ucrania que permitiese un retorno seguro y duradero de las personas a las que se concede la protección temporal”, apuntaba la Comisión el miércoles. Bruselas también podría reclamar una prórroga de un año de esta protección especial. Este estatus de protección no supone, sin embargo, considerar como refugiados a los que llegan a través de este mecanismo. Ellos deben solicitarlo si quieren pasar a esa situación y corresponde a los Estados decidir si conceden la petición o no.

En la propuesta de la directiva, no se especifica cuánto dinero podría destinarse a aplicar esta decisión porque “debido a la naturaleza de esta propuesta, no es posible estimar a priori el impacto presupuestario”. Lo que sí aclara es que los fondos saldrán de remanentes destinados a migración, asilo y fronteras contemplados en los periodos presupuestarios 2014-20 y 2021-27.

Varios países de la UE ya estaban aplicando a las personas procedentes de Ucrania muchos de los contenidos previstos en la norma de 2001. Este ha sido otro de los argumentos esgrimidos para convencer a los países más remisos a aplicarla. Sin embargo, la Comisión defiende que así se establece un suelo mínimo de derechos en toda la Unión para los ucranios que salgan de su país. De esta manera, pueden moverse libremente por los 27 Estados miembros con unas garantías mínimas en todo el territorio comunitario.

Uno de los problemas que se están encontrando los refugiados ucranios al salir de su país está en el cambio de moneda. Muchos no pueden cambiar su divisa por la moneda del país al que llegan. Esto ha provocado que un grupo de eurodiputados envíen una carta a la presidenta del BCE, Christine Lagarde, para pedirle que establezca una línea con el Banco de Ucrania que facilite estos cambios de divisa y que apoye a los bancos centrales de Polonia, Hungría, Rumania, República Checa y Eslovaquia. De esta lista, solo este último país está integrado en la zona euro.

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Son “días muy tristes, oscuros y trágicos”, lamenta la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, en su despacho de la Eurocámara en Bruselas. La maltesa del partido popular europeo apenas lleva un mes en el cargo y la guerra en Ucrania ha entrado como un ciclón en su agenda. “Hace dos semanas nadie habría podido predecir la velocidad de rayo con la que los Estados miembros se unirían para actuar juntos”, dice sobre la contundente respuesta de la UE contra la invasión rusa en una entrevista concedida el miércoles 2 de marzo a EL PAÍS junto a otros tres medios europeos. La víspera, tras escuchar un discurso del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, que conectó por videoconferencia desde Kiev, el hemiciclo de la UE aprobó por una mayoría aplastante una resolución en la que “solicita a las instituciones de la Unión que trabajen para conceder el estatuto de país candidato a la Unión a Ucrania”.

Pregunta. Hay otros países candidatos que llevan años esperando. Más allá del gesto simbólico, ¿no sería frustrante si al final nunca llega a suceder esa adhesión?

Respuesta. Todos los países pueden solicitar ser miembros de la UE, es algo que permiten los tratados. Por lo que han vivido los ucranianos y por su petición de un mayor apoyo, no solo logístico sino también para que su pueblo encuentre acomodo al mirar hacia Europa, es necesario en este momento el reconocimiento por parte de las instituciones comunitarias de esa perspectiva europea. Es el mensaje que el pueblo ucraniano necesitaba recibir.

P. De todas las medidas que la UE ha tomado, ¿qué cree que permanecerá?

R. Creo que nadie hace dos semanas habría podido predecir la velocidad de rayo con la que los Estados miembros se unirían para actuar juntos. Esta UE siempre encontrará uno, dos o tres Gobiernos más reacios, algo que luego se refleja en el Parlamento, a través de las líneas políticas de los partidos o de las estrategias nacionales. Esta vez la respuesta ha sido rápida cuando las instituciones han necesitado unirse para establecer las sanciones o acordar la ayuda financiera de 1.200 millones de euros a Ucrania. También mencionaría la decisión del SWIFT [la UE ha excluido a siete bancos rusos del sistema de pagos interbancarios], algo que fue impulsado por la ciudadanía europea a través de peticiones organizadas para que los Gobiernos actuaran.

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P. ¿Qué puede hacer el Parlamento Europeo para ayudar a Ucrania?

R. Somos una autoridad presupuestaria y, cuando se toman decisiones para asignar ayuda financiera a Ucrania, el Parlamento Europeo vota. Así ha ocurrido con la ayuda que se votó hace dos semanas. Me hubiera gustado que hubiera salido una mayoría aún más holgada para demostrar que la Eurocámara está dispuesta a actuar y no obstaculiza. Como presidenta haré todo lo que esté en mi mano para asegurarme de que las decisiones se toman en línea con las demás instituciones. En cuanto a la política, ayer [por el miércoles], por primera vez, el presidente Zelenski y el presidente del Parlamento de Ucrania [Ruslan] Stefanchuk, junto a los ciudadanos ucranianos y la Eurocámara hablaron con una sola voz. El Parlamento ha demostrado que se puede unir a la gente, dar esperanza. Porque eso también alienta a las personas valientes que luchan sobre el terreno, como nos dijeron el presidente Zelenski y el presidente del Parlamento, Stefanchuck. Además, el Parlamento Europeo está estudiando la posibilidad de apoyar el funcionamiento continuado del Parlamento de Ucrania. Los órganos competentes tomarán una decisión final sobre si se podrían proporcionar locales físicos para que la comunidad ucrania los utilice como centro de operaciones en Bruselas.

P. Durante mucho tiempo algunos Estados miembros han protegido sus negocios con Rusia. ¿Cree que alguno de ellos entonará el mea culpa?

R. A la vista de ciertas prácticas y de cómo los oligarcas han vivido cómodamente en Europa y se han refugiado aquí, definitivamente tenemos que analizar la forma en que dirigimos nuestros gobiernos, nuestras empresas, nuestras organizaciones. No podemos volver a como estábamos, y nunca volveremos.

P. La importación de gas ruso a la UE contribuye a financiar la guerra. ¿Deberíamos cortar totalmente el suministro de gas de Rusia?

R. Mi posición el 1 de marzo en el Parlamento fue muy clara: quiero una UE no dependiente, es decir, cero gas de Rusia. Ese tiene que ser nuestro objetivo final. También, creo, esto es algo que podría desencadenar resistencia por parte de algunos Estados miembros a la hora de identificar la diversificación de su mix energético a nivel nacional. Hay partes de Europa que dependen casi completamente del gas ruso. Tenemos que estar mejor equipados, desde una perspectiva financiera y energética. No es solo una consideración de mercado, se trata de nuestra seguridad.

P. La UE se ha unido por primera vez para suministrar armas “letales” a un país. ¿Esto incrementa el riesgo de un conflicto a gran escala en Ucrania?

R. La elección a la que nos enfrentamos es la siguiente: la integridad de un Estado territorialmente independiente ha sido violada flagrantemente por un vecino agresivo y brutal. Cuando lo que se busca es restaurar esa integridad y esa democracia, hemos de utilizar los medios con los que contamos. Entre ellos está la necesidad de proteger a los ciudadanos ucranios y de ayudar a personas que nunca han luchado dándoles la posibilidad de defender su tierra.

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La guerra en Ucrania ha movido a la Unión Europea a adoptar nuevas medidas encaminadas a la defensa del país contra el ataque de Rusia. La Comisión Europea coordinará la compra de material letal —también no letal— para armar al Ejército ucranio, en una decisión que supone un hito en su política de defensa, por tratarse de la primera vez que participa en la compra de armamento y asume la coordinación para distribuir el material.

¿Por qué se ha implicado la UE en el envío de armas a Ucrania?

El brutal ataque de Rusia contra su país vecino ha provocado una ola de indignación en las opiniones públicas europeas. Y los 27 países de la Unión, incluso los más reacios a implicarse en un conflicto, se han sentido impelidos a aumentar drásticamente su apoyo al Estado ucranio. Como en tantos otros asuntos (comercio, política monetaria, vacunas, etcétera), la suma de iniciativas nacionales ha requerido finalmente la coordinación por parte de la Comisión Europea, para garantizar que no se desperdician recursos o se duplican esfuerzos.

¿Es la primera vez que la Comisión participa en una compra de armamentos?

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Sí. Desde el año pasado, la UE dispone del llamado Fondo Europeo de Apoyo para la Paz (FEAP), un fondo de nombre cada vez más orwelliano que hasta ahora solo había financiado programas de apoyo de formación militar o de compra de material no letal en países como Malí, República Centroafricana o Mozambique.

¿A cuánto asciende el fondo con el que se financiará la compra?

Cuenta con 5.692 millones de euros para el período 2021-2027.

¿Cuánto se destinará a apoyar a Ucrania?

Se asignarán 450 millones de euros para armas de combate y 50 millones para material no letal. La Comisión Europea quiere así incentivar a los socios al envío de armamento y no simplemente de equipamiento defensivo o sanitario.

¿Quién se encarga de la adquisición de armas y del envío?

Cada Estado miembro decide libremente qué material desea aportar para socorrer a Ucrania, pero se hará de forma coordinada dentro de la UE. La factura corre por cuenta de cada Estado, pero pueden solicitar el reembolso de una parte con cargo al fondo europeo. Las modalidades de envío son confidenciales por razones de seguridad, en prevención de posibles represalias rusas.

¿Qué países de la UE han enviado material de combate hasta ahora?

Son Alemania, Bélgica, Eslovenia, Estonia, Francia, Grecia, Letonia, Lituania, Países Bajos, Polonia, Portugal, República Checa y Rumania, según información recopilada por la OTAN. También Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido.

¿Dónde estará el centro de coordinación?

El jefe de Política Exterior y de Seguridad de la UE, el vicepresidente de la Comisión Josep Borrell, creará una célula encargada de coordinar las operaciones de provisión de armamento. Funcionará como una cámara de compensación, dedicada a casar las peticiones del Gobierno ucranio de Volodímir Zelenski con las ofertas de los Estados miembros. Si Kiev demanda, por ejemplo, munición, misiles y defensas antiaéreas, Bruselas sondeará a los socios de la UE su disponibilidad para cubrir la petición hasta colmar las necesidades planteadas.

¿Qué ventajas tiene esa centralización?

Según la Comisión, evitará que varios Estados envíen el mismo material, que alguno aporte productos innecesarios o que se queden sin cubrir algunas de las carencias de Ucrania.

¿Participa España en esta operación?

Sí. El fondo se sufraga, como todo el presupuesto comunitario, con contribuciones de los Estados, entre ellos España. Y el Ministerio de Defensa español será uno de los 24 encargados de la ejecución del plan de asistencia a Ucrania con cargo al fondo, según la Decisión del Consejo de la UE publicada este lunes en el Diario oficial de la Unión Europea. Solo tres países —Austria, Irlanda y Malta— han optado por no participar en la ejecución del plan, aunque no han vetado su puesta en marcha y participan en la compra de material no letal.

Entonces, ¿España está colaborando en el envío de armamento a Ucrania?

Sí. El Gobierno español ha descartado el envío bilateral, pero participa en la ejecución del plan europeo para armar al ejército ucranio.

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La Unión Europea da otro paso en su escalada de sanciones contra Rusia como represalia por la invasión de Ucrania. Los Veintisiete van a prohibir la emisión a las principales televisiones internacionales rusas, las públicas Russia Today y Sputnik TV, y a sus filiales. El anuncio llega apenas unas horas después de que se comunicaran dos durísimas sanciones financieras, la desconexión de varios bancos rusos del sistema de pagos internacional Swift, y la congelación de los activos del banco central ruso en los países implicados en este castigo (la UE, Estados Unidos, Canadá y Reino Unido). En ambos casos la encargada de comunicar la decisión ha sido la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

“En otro paso sin precedentes, prohibiremos la maquinaria mediática del Kremlin en la Unión Europea. Los medios públicos Russia Today y Sputnik, más todas sus filiales, no podrán extender sus mentiras para justificar la guerra de Putin y la división en nuestra Unión. Estamos desarrollando herramientas para prohibir su desinformación tóxica en Europa”, ha justificado la presidenta Von der Leyen junto al alto representante para la Política Exterior de la Unión Europea, Josep Borrell.

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Macron y Putin coinciden en que hay que “restablecer” el alto el fuego en el este de Ucrania, según el Elíseo

El presidente francés, Emmanuel Macron, ha logrado este domingo de su homólogo ruso, Vladímir Putin, un compromiso para intentar pactar un alto el fuego en la denominada línea de contacto del este de Ucrania, según ha asegurado el Elíseo. Aunque el Kremlin sigue hablando de la responsabilidad de Kiev por la escalada de la tensión en el Donbás con sus “provocaciones”, ha aceptado el formato propuesto por París para una solución diplomática: una reunión este lunes del denominado grupo trilateral de contacto, formado por Rusia, Ucrania y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), de acuerdo con las fuentes oficiales francesas.

En una nueva conversación telefónica, Macron y Putin “han acordado la necesidad de restablecer el alto el fuego y Rusia ha aceptado que el grupo trilateral de contacto se reúna mañana [lunes] para trabajar sobre el alto el fuego”, explicaron fuentes del Elíseo. De acuerdo con la presidencia francesa, los ministros de Exteriores francés y ruso, Jean-Yves Le Drian y Serguéi Lavrov, se verán además próximamente para continuar la vía diplomática, opción privilegiada también para, en un formato ampliado con “europeos, aliados, rusos y ucranios”, intentar, “si se dan las condiciones”, un encuentro al más alto nivel “para definir un nuevo orden de paz y de seguridad en Europa”, en una fecha aún por definir. Por Silvia Ayuso.



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Rusia ha fracasado en su intento de abrir una brecha entre los 27 países miembros de la Unión Europea enviando un carta a cada uno de ellos y ninguneando a la institución. La respuesta a esta misiva firmada por el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, ha llegado del Alto Representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, en nombre de todos los responsables de la diplomacia de cada país comunitario, en un anuncio hecho por el propio Borrell en Twitter este jueves a mediodía. El mensaje de Borrell trata de cerrar filas en Bruselas, donde conviven diferentes posiciones respecto a cómo abordar la crisis en Ucrania, y mostrar ante Moscú una posición unitaria de la UE en el frente diplomático de la actual escalada de tensión por una posible incursión rusa en territorio ucranio.

Lavrov había solicitado a cada uno de los 27 países que le respondiera por separado a sus demandas en el conflicto, por ahora diplomático, que tiene abierto Moscú con la OTAN, en el que la situación en Ucrania sirve de punta de lanza. Pero lo que se ha encontrado es una contestación unida firmada por el Alto Representante que, según un borrador citado por la agencia Bloomberg, empezaría diciendo: “En relación con su reciente carta dirigida a los 27 Estados miembros de la Unión Europea, le escribo para transmitirle en nuestro nombre…”.

El propio Borrell había anunciado ya que Rusia no podía esperar una respuesta distinta de cada país de la Unión Europea. Lo hizo el pasado martes en Washington cuando se le preguntó al respecto: “Será una buena ocasión para demostrar la unidad europea y quizá el hecho de que no hay 27 países diferentes, sino una unión, algo que los rusos no aceptan”.

También sale para Moscú otra carta, esta de la OTAN en la que el secretario general, Jens Stoltenberg, invita a Lavrov a continuar dialogando para resolver la tensión en la frontera de Rusia con Ucrania, donde los primeros han desplegado un contingente de más de 100.000 soldados en la frontera que ha provocado que Estados Unidos advierta reiteradamente del riesgo de invasión. “Esta mañana he enviado una carta al ministro de Exteriores Lavrov en la que reitero mi invitación a Rusia para seguir con nuestro diálogo en una serie de reuniones del Consejo OTAN-Rusia (foro de encuentro entre las dos partes) para encontrar una forma diplomática de avanzar”, ha apuntado Stoltenberg en una rueda de prensa junto al primer ministro británico, Boris Johnson, que ha visitado la sede de la Alianza Atlántica en Bruselas este jueves.

A pesar de estas llamadas al diálogo y la negociación, la tensión entre todas las partes implicadas no mejora. Este mismo jueves, mientras las cartas salían de Bruselas, la ministra de Asuntos Exteriores británica Liz Truss se ha reunido con Lavrov en Moscú, en un encuentro fallido. El ruso al acabar ha señalado delante de su interlocutora: “Parece que oímos, pero no escuchamos”.

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Este desencuentro se suma al que ha tenido el mismo presidente ruso, Vladímir Putin, con el francés, Emmanuel Macron, esta semana. Tras cenar juntos el pasado lunes, el galo aseguró que Moscú se había comprometido a “no emprender nuevas iniciativas militares”, algo que fue desmentido por Rusia al día siguiente en una declaración en la que, incluso, ninguneó a Francia al subrayar que este país no lideraba la OTAN.

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