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El número de refugiados ucranios por la invasión rusa supera ya los cuatro millones, según ha anunciado este miércoles la agencia de Naciones Unidas encargada de los refugiados, ACNUR. Es una cifra simbólica por tratarse del horizonte al que apuntaba la propia agencia de la ONU en los primeros días de la guerra para advertir de las dimensiones que podría alcanzar el éxodo. Entonces era solo el que más rápido crecía desde el fin de la II Guerra Mundial, ya que las guerras de desintegración de Yugoslavia y la crisis de Kosovo causaron en los años noventa al menos 2,2 millones de refugiados.

Los cuatro millones son también tristemente simbólicos porque suponen que cerca del 10% de los habitantes de Ucrania antes de la guerra (unos 44 millones) ya no están en el país. Y eso que hay una parte importante (los hombres de 18 a 60 años) que tiene prohibido abandonar Ucrania por la ley marcial, salvo algunas excepciones. El 90% de los refugiados de esta crisis son mujeres y niños. Estos últimos suman 1,5 millones, según la agencia de la ONU dedicada a la infancia, UNICEF.

Además de los cuatro millones de refugiados, hay 6,5 millones de desplazados, cobijados principalmente en la menos castigada zona occidental del país. Así que, en conjunto, prácticamente uno de cada cuatro ucranios ha tenido que abandonar su casa.

La ONU calcula, además, en 13 millones las personas atrapadas en zonas de conflicto o sin capacidad de salir, por motivos como el riesgo que implica para su seguridad, la destrucción de puentes y carreteras o las dudas sobre su capacidad de comer o alojarse antes de cruzar la frontera. “La escala del sufrimiento humano y el desplazamiento forzado exceden sobremanera el peor escenario planificado”, ha afirmado este miércoles el director general de la Organización Internacional para las Migraciones, António Vitorino.

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La Organización Mundial de la Salud calcula que medio millón de los refugiados ucranios necesita ayuda por problemas de salud mental, graves en 30.000 de los casos. Su representante en Polonia, Paloma Cuchi, indicó el pasado día 23 en la sede de la organización en Ginebra que el trauma psicológico requiere más atención que otros problemas de salud que suelen presentar los refugiados, como deshidratación o diarrea.

Aunque no ha sido formalmente anunciada como tal, la crisis ucrania es ya la mayor en los últimos 75 años de historia del continente. “Se puede decir sin temor a equivocarse que, por la combinación de la magnitud y la velocidad, no ha habido ninguna de este tipo en Europa desde la II Guerra Mundial […] Para nuestro conocimiento, ninguna ni tan grande ni tan veloz”, señala por teléfono Matt Saltmarsh, portavoz de ACNUR. En la segunda semana de la invasión rusa, el responsable de la diplomacia europea, Josep Borrell, vaticinó incluso cinco millones de refugiados. Hoy, la UE habla de hasta ocho o diez millones si el conflicto se prolonga durante meses.

El único precedente mayor en números absolutos en el continente es la masiva expulsión de alemanes étnicos, principalmente en la entonces URSS, Polonia y Checoslovaquia, tras la capitulación de la Alemania nazi en mayo de 1945 y hasta 1950. No hay un cálculo definitivo, pero los historiadores la cifran en una horquilla de 10 a 15 millones de personas y la consideran la peor oleada de refugiados que dejó el conflicto, pese a suceder tras su fin. Acnur nació en 1950 justamente para socorrer a los refugiados en Europa para un periodo de tres años que ha acabado durando 72.

El éxodo ucranio es aún porcentualmente menor que el de la también europea y bastante más pequeña Bosnia. La guerra en el país balcánico (1992-1995) convirtió en refugiados o desplazados a casi la mitad de sus entonces cuatro millones de habitantes. Ucrania sigue también por debajo, en términos absolutos, de grandes oleadas históricas de refugiados en otras partes del mundo, como las que generaron la partición de la India y la posterior creación de Bangladés; Afganistán, primero con la invasión soviética, luego con las guerras civiles y más tarde con el primer régimen talibán; o, sin ir más lejos en el tiempo, la guerra en Siria iniciada en 2011. El éxodo venezolano presenta números similares al caso sirio, en torno a los seis millones de personas, pero no todos son considerados refugiados. En cualquier caso, son ejemplos de años, mientras que la guerra en Ucrania apenas acumula cinco semanas.

Menos salidas diarias

En los puestos fronterizos, estaciones de trenes y autobús y centros de acogida de refugiados en Polonia se nota que el ritmo de salidas de Ucrania ha caído notablemente. Los antes abarrotados pabellones, vestíbulos de las arterias de transporte y los atascos interminables en los accesos por carretera han dado paso a un ajetreo constante, pero menos masivo, que se expande en muchos casos a otros puntos de la Unión Europea, principalmente Alemania, que ha registrado unos 270.000 refugiados. Austria y Lituania, con 35.000; Francia, con 30.000; y España, con alrededor de 25.000, son otros de los principales países de destino.

Las entradas diarias a los países fronterizos llevan varios días en torno a las 40.000. Entre el 25 y el 27 de febrero ―tras el empuje inicial ruso y el recrudecimiento del cerco a la capital ucrania, Kiev―, el número de refugiados casi se duplicó, al pasar de algo más de 80.000 a rozar los 160.000. El 6 de marzo marcó el pico, con 200.000 salidas en un día, para ir descendiendo paulatinamente. Más de la mitad de los refugiados (2,33 millones) han salido a través de Polonia. El resto lo ha hecho por las fronteras de Rumania (608.936), Moldavia (387.151), Hungría (364.804), Rusia (350.632), Eslovaquia (281.172) y Bielorrusia (10.902), según los últimos datos de Acnur, actualizados el pasado martes.

Con una distribución desigual de los refugiados en la UE, pese a las fronteras abiertas, ha empezado el debate del reparto. El movimiento no ha sido tan orgánico como se esperaba. La Unión, sin embargo, no tiene previsto activar ningún mecanismo obligatorio de cuotas de refugiados, sino más bien alentar su desplazamiento con mayor información sobre las capacidades de acogida de los países y el fomento de centros de transporte con acceso a trenes, autobuses e incluso vuelos. “Tenemos que distribuir a refugiados más activamente dentro de la Unión Europea y mostrar solidaridad albergando a refugiados”, aseguró a la prensa la ministra alemana del Interior, Nancy Faeser, a su llegada este lunes a la reunión extraordinaria con sus homólogos comunitarios en Bruselas, en la que se aprobó un decálogo de acciones para aliviar el drama humanitario. Faeser aclaró que no se refería a un sistema de cuotas, como el que se puso en marcha en la crisis migratoria de 2015-16, sino más bien a un índice en función de la proporción entre la población del país y los refugiados en su territorio.

Unos 800.000 ucranios han pedido la protección temporal que la UE ofrece, sobre la base de una directiva aprobada en 2001 a raíz de la crisis de los Balcanes y que permanecía sin usarse desde entonces. Permite el acceso a la vivienda, al mercado laboral y a los sistemas sanitario y de seguridad social. También la escolarización de los niños.

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Con 1,53 millones de personas huidas en apenas semana y media de guerra, el éxodo ucranio es ya el más rápido de los ocurridos en Europa en ocho décadas, ha anunciado este domingo la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur. “Más de 1,5 millones de refugiados desde Ucrania han cruzado a países vecinos en 10 días; es la crisis de refugiados que crece más rápido en Europa desde la II Guerra Mundial”, ha tuiteado el máximo responsable de Acnur, Filippo Grandi.

El pasado miércoles Acnur calculó en cuatro millones las personas que “podrían escapar en las próximas semanas y meses de Ucrania”, un país que antes del conflicto tenía 44,3 millones de habitantes. El éxodo, sobre todo, afecta a mujeres y niños, ya que la ley marcial impide abandonar Ucrania a los hombres de entre 18 y 60 años.

El destino principal de la huida es Polonia, que ya ha recibido a más de la mitad del total de refugiados. Se espera que el número total de ucranios que atraviesen esa frontera sobrepase el millón este domingo, después de las 129.000 entradas de la víspera. El sábado se alcanzó el máximo diario de refugiados llegados a Polonia desde el inicio de la ofensiva rusa, el pasado 24 de febrero, y el total de huidos de Ucrania a territorio polaco llegó a 922.400. Muchos ucranios escapan a Polonia porque es la frontera occidental ―es decir, en sentido contrario al avance ruso―, porque es un borde amplio ―mide más de 500 kilómetros― y porque muchos tienen allí familiares o amigos. Un millón de ucranios, principalmente migrantes económicos, residen en Polonia, donde la lengua es parecida.

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Hungría, Eslovaquia, Moldavia, Rumania y Rusia suman un tercio de las llegadas de refugiados de la guerra. Los que llegan generalmente continúan su trayecto hacia otros países europeos. El Consejo Europeo dio luz verde este jueves a la activación de un mecanismo especial de protección temporal que permitirá que los refugiados ucranios puedan permanecer legalmente en la UE hasta tres años, con derecho a trabajar y a la asistencia social que precisen.

Refugiados en Dorohusk, en la frontera de Polonia con Ucrania, el sábado 5 de marzo.
Refugiados en Dorohusk, en la frontera de Polonia con Ucrania, el sábado 5 de marzo. WOJTEK JARGILO (EFE)

Alemania, Holanda, el Reino Unido o Italia son algunos de los destinos más mencionados por quienes cruzan a través del paso fronterizo de Siret, en el norte de Rumania. Desde el inicio de la guerra han entrado en Rumania más de 252.000 ucranios, 24.846 en las últimas 24 horas, un 9,3% más que el día anterior, según datos difundidos en la tarde de este domingo por la policía de fronteras del país. El Gobierno rumano pretende instalar cerca del aeropuerto de Suceava —la principal ciudad de la región donde está el paso de Siret— un centro operativo para la llegada y envío de ayuda internacional humanitaria a Ucrania.

Los accesos por carretera a los países fronterizos están atascados por largas colas de coches, que suelen ir de los 10 a los 20 kilómetros, según el relato de quienes cruzan. Es habitual que los hombres acerquen en coche a familiares o conocidos lo máximo posible al cruce. Muchos refugiados optan, de hecho, por bajarse del vehículo y caminar los últimos kilómetros, pese al frío y la nieve. Las temperaturas en la tarde de este domingo eran de un grado bajo cero y se prevé que lleguen a menos ocho grados a mitad de la próxima semana.

Al principio de la guerra cruzaban la frontera con Rumania, a menudo a través de Moldavia, principalmente quienes vivían en el sur de Ucrania y, por tanto, esta era su vía de salida más rápida. Luego empezaron a llegar también desde Kiev, ante el atasco de la vía polaca. Aunque se dirigiesen finalmente a Polonia, preferían escapar cuanto antes de la guerra y moverse hacia allá, ya desde dentro de la UE.

Kujar Yaroslava, de 19 años, y su amigo Vlad Drevinskii, de 17, representan un último grupo: aquellos que no sentían urgencia de escapar, porque no vivían en un punto caliente, pero la guerra ha acabado por alcanzarlos. “No estábamos decididos a huir porque nunca creímos que fuera a llegar la guerra, pero empezaron a atacarnos ayer por la mañana [sábado] y tuvimos constancia de que mataban también a civiles”, cuenta Yaroslava a escasos metros del lado rumano de la frontera, donde se avista una ristra de vehículos ucranios. Vienen de la ciudad de Vinitsia (360.000 habitantes), en el centro del país y cuyo aeropuerto ha sido destruido por los bombardeos rusos, según ha señalado este domingo el presidente ucranio, Vladímir Zelenski, en un vídeo. “Ocho misiles fueron lanzados contra nuestra ciudad, contra nuestra pacífica y buena Vinitsia, que nunca ha amenazado a Rusia”, ha añadido.

Kujar Yaroslava (en el centro) y Vlad Drevinskii, a la derecha, este domingo en el paso fronterizo de Siret, en Rumania.
Kujar Yaroslava (en el centro) y Vlad Drevinskii, a la derecha, este domingo en el paso fronterizo de Siret, en Rumania.Alex Onciu

La empresa estadounidense de nuevas tecnologías en la que trabaja Yaroslava fletó un autobús para sacarlos de Ucrania. “No teníamos otra opción. Dejé a mis padres, que nunca querrán abandonar su tierra, y a mi marido, que debe quedarse”, añade mientras espera a varios amigos para proseguir su camino hacia Bucarest. Llevan solo una mochila y una maleta amarilla grande, con la esperanza de regresar lo antes posible a su país. “Estaremos de vuelta en unos meses”, afirma Drevinskii.

Otra cosa ha cambiado en el paso de Siret. Está más organizado que a principios de semana, con casetas de ayuda de distintos colectivos, como distintas ONG, Cruz Roja, el Arzobispado de Suceava (la capital de la provincia de Bucovina). Hay también una clínica veterinaria, una representación de los testigos de Jehová y una carpa conjunta de la organización judía conocida como Joint y la agrupación de comunidad judías de Rumania, en la que se ofrecen tarjetas SIM de móvil, cargadores, comida. También se ayuda con los trámites para establecerse en Israel. Más de 200.000 ucranios pueden obtener la nacionalidad de forma automática al tener al menos un abuelo judío.

«En Odesa, mi hija solo lloraba»

ALEJANDRA AGUDO (CHISINÁU)

En Moldavia había, según datos de Acnur, algo más de 84.000 refugiados el domingo. Unos 20.000 menos que el día anterior, pues muchos pasan a la UE por Rumania por carretera o tren, ya que el espacio aéreo está cerrado para vuelos comerciales. 

En los centros de acogida temporales en la capital, Chisináu, es fácil encontrar numerosos refugiados de países como Azerbaiyán, Marruecos o Túnez que, en algunos casos, esperan arreglar los papeles con la Embajada de su país de origen para regresar. 

Es el caso de Sagrat, que después de tres décadas en Ucrania, se ve forzado a volver a Azerbaiyán, la tierra que abandonó cuando tenía 20 años. Lleva cuatro días con sus hijos en el refugio instalado en la feria de Moldavia Moldexpo, en Chisináu, y esperan marchar en cuanto consigan pasaportes.

«Moldavia alberga el mayor número de refugiados en comparación con su población: 4 refugiados por cada 100 habitantes”, ha tuiteado este domingo su primera ministra, Natalia Gravilita, tras su reunión con el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken. 

Hasta ahora han podido cubrir las necesidades básicas de los recién llegados. En un espacio gestionado por la entidad local Areap, que habitualmente sirve comidas a personas vulnerables de su comunidad, Edinet, se ha empezado también a distribuir alimentos y artículos de higiene donados a los refugiados como Olesia, de 32 años y madre de dos hijos, uno de 12 y una de cuatro con problemas cardíacos. «No nos podíamos quedar en Odesa porque no puede sufrir estrés», explica abrazando a la niña. La zona estaba siendo bombardeada. «Pasamos tres días en un refugio subterráneo, sonaba la sirena cada 10 minutos», rememora. Llegaron hace tres días y acuden al centro de Areap a por alimentos y juguetes. «No imaginé que acabaría dejando mi país, a mis padres y mi marido», rompe a llorar. «Pero mi hijo veía la televisión y pensaba que iban a atacar nuestra casa. La niña solo lloraba».

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La guerra empieza con un audio de tu tía a las cinco de la mañana: “Hemos recogido todos nuestros documentos, un poco de comida, agua. Estamos sentados pensando adónde ir. De fondo suenan los disparos o los misiles, no lo sé. Pero ir, ¿adónde? Suenan por todo el país”. La guerra continúa con un segundo audio, en el que dice que se han subido todos al coche y que se dirigen fuera de la ciudad. Todavía no ha amanecido y en Mariupol, una ciudad de casi medio millón de habitantes situada en el Donbás, los disparos suenan aún más amenazantes porque no sabes de dónde vienen ni dónde puede caer un proyectil.

Mariupol lleva desde 2014 siendo la última frontera de Ucrania frente a la región separatista de Donetsk. Es la ciudad más importante de la zona después de que Donetsk, que antes era la capital de la región, quedase en manos de los separatistas. Por eso, cuando el martes Putin reconoció la autodenominada república popular como un Estado soberano y situó sus fronteras no en las que los separatistas habían conseguido arrebatar a Ucrania, sino en las reconocidas en la Constitución, Mariupol quedó automáticamente anexionada a ese nuevo Estado reconocido por Putin. Mariupol es un punto estratégico para Ucrania y Rusia. También la ciudad de la que esta mañana ha huido mi familia.

Aprendes desde la distancia que la guerra no es lo que se explica en los libros de Historia. No son solo los tira y afloja entre potencias hasta que la cuerda acaba rompiéndose. Ni la dialéctica bélica en los despachos, los ninguneos, los gestos feos. La guerra, eso no te lo explica nadie, es comprobar si los cimientos del sótano en el que antes guardabas confitura de cerezas van a resistir un bombardeo. Son las sirenas antiaéreas sonando en Kiev, la gente escondida en el metro, que se construyó profundo durante la Guerra Fría por miedo a las bombas estadounidenses. Y ahora resulta que las bombas que dan miedo son las de tu vecino de toda la vida. La guerra es el pánico que encoge tus entrañas cuando tu familia no te coge el teléfono. Y marcas de nuevo. Marcas una y otra vez hasta que alguien contesta al otro lado y entonces sientes un alivio tan grande que en vez de hablar, lloras.

También la guerra es que el grupo familiar de WhatsApp se llene de mensajes de tu abuela diciendo que han conseguido pasar el checkpoint militar de Mariupol y ya van camino a la región de al lado. Entender que ahora tus tíos, abuelos y primos son refugiados. Repetirte esa frase y no acabar por captar todo su peso porque es tan doloroso que puede hacer que simplemente te desmorones.

Han pasado ya unas horas desde que Putin atacó Ucrania. Ya hay varios muertos, todavía no tenemos números exactos. Tras el shock inicial de la mañana, la información sigue confusa. Mi familia ha conseguido salir de Mariupol y alojarse en varios pisos alquilados en una ciudad que a duras penas conocen, pero que, por su situación geográfica, no es estratégica ni para Rusia ni para Ucrania. Mientras llegaban a la ciudad, mi tía me ha dejado otro audio: “En los checkpoints de Mariupol ya no dejan salir a nadie. Solo a mujeres y niños y andando, sin coches. Los hombres se deben quedar en la ciudad”. En el momento en el que escribo esto, Volodímir Zelenski, el presidente de Ucrania, ha dado la orden de repartir armas a todo ciudadano ucranio que quiera defender su país y ha declarado la ley marcial. La guerra ha empezado.

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