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Rusia ha sacudido este sábado a Lviv, la capital de la retaguardia de Ucrania. Dos ataques con misiles de precisión Kalibr han destruido uno de los principales depósitos de combustible del Oeste del país y también unas instalaciones militares de reparación de vehículos blindados, según fuentes consultadas por EL PAÍS. Cinco personas han resultado heridas, según las autoridades locales. La acción rusa ha coincidido con la visita del presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, en la vecina Polonia.

La agresión rusa se ha producido cuando Lviv empezaba a vivir en una relativa tranquilidad, alejada del frente. La planta de combustible destruida se encuentra dentro de la zona urbana. Las viviendas más próximas se ubican a menos de 200 metros. Varios vecinos de la zona de impacto admitían que se habían confiado por la ausencia de sirenas antiaéreas en los últimos días y el retroceso de las tropas rusas en el frente más próximo, el de Kiev —a 500 kilómetros—. Stanislav y Larissa, matrimonio y ambos de 26 años, contaron que cuando sonaron las alarmas de posible ataque aéreo no abandonaron su apartamento, a unos 200 metros de los depósitos destruidos. “Si las sirenas hubieran sonado hace un mes, al inicio de la invasión, hubiéramos corrido al refugio antiaéreo, pero ahora las cosas parecían tranquilas”, decía Stanislav, todavía temblando después del impacto de los tres misiles a las puertas de su hogar. Ambos corrieron tras las explosiones a un refugio antiaéreo en el que se juntaron un centenar de personas. Algunas mujeres rezaban, otras intentaban calmar a los niños, que eran los que estaban más excitados por la situación. El ambiente era tenso y la presencia de periodistas extranjeros era motivo de constantes suspicacias y avisos a la policía.

El segundo ataque contra Lviv fue dirigido a unas instalaciones de reparación de blindados, en la periferia de la ciudad. Ambas agresiones de produjeron con dos misiles Kalibr, según informaron en rueda de prensa las autoridades militares. Por la noche se produjo una tercera agresión en la provincia de Volyn, al norte de Lviv, región también fronteriza con Polonia. Un misil o un dron procedente de Bielorrusia —las autoridades aún no lo han confirmado— fue abatido en las inmediaciones de Lutsk. La violencia rusa en el Oeste de Ucrania ha coincidido con la visita de dos días de Biden a Polonia. El presidente de Estados Unidos estuvo el viernes en Rzeszow, municipio polaco por el que se suministra a Ucrania una parte importante del armamento procedente de los miembros de la OTAN.

Lviv ha asumido un papel clave de recepción de la ayuda internacional a Ucrania. Por esta urbe han pasado la mayoría de los 3,7 millones de niños y mujeres que han salido del país hacia la Unión Europea. También es el lugar al que se han trasladado viceministerios del Gobierno y donde se han establecido las embajadas de decenas de países que abandonaron Kiev tras el inicio de la invasión rusa a la capital. En Lviv se encuentran cientos de periodistas de medios de comunicación de todo el mundo.

El aeropuerto de Lviv fue atacado el pasado 18 de marzo sin que se produjeran víctimas mortales. El golpe más letal que ha sufrido esta provincia fue el 13 de marzo, cuando Rusia mató a 35 militares e hirió a 134 personas más en Yavoriv, en la provincia de Lviv y a 20 kilómetros de Polonia.

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Los misiles impactaron el sábado en Lviv un día después de que las autoridades militares rusas anunciaran que centrarían sus esfuerzos bélicos en Donbás, al Este de Ucrania, al otro extremo del país. En la principal ciudad de la Ucrania occidental, las calles del centro estaban llenas de familias paseando y disfrutando de las primeras temperaturas de primavera cuando impactaron los misiles rusos. El Oeste de Ucrania se había convertido en un lugar de refugio para millones de familias que huían del frente en el Este y el Norte.

Natalia Tsiplitska, una de las coordinadoras del centro de acogida de desplazados en el estadio de fútbol Arena de Lviv, confirmaba en la mañana del sábado que muchos conciudadanos suyos estaban optando, en vez de salir hacia Polonia y otros países vecinos de la UE, por quedarse en la provincia de Lviv. “Al principio de la guerra la gente creía que no había ningún lugar que estuviera a salvo de Rusia”, comentaba Tsiplitska, “pero ahora sí ven que el Oeste es un sitio seguro”. Pocas horas después, los misiles caían sobre su ciudad.

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Un grupo de 120 internos de un centro psiquiátrico de la región del Donbás llegó la tarde del domingo a Lviv, la capital de la retaguardia en el oeste de Ucrania. Ellos, y los voluntarios que esperaban con camillas y sillas de ruedas para ayudarles a desembarcar, sumaban unas 200 personas en el andén. Pese a la aglomeración, la escena se desarrollaba en un silencio que pesaba en el alma de los presentes. El grito repentino de alguno de los enfermos sacudía esta procesión de dolor a cámara lenta en la estación. Una miembro del equipo de bomberos alemanes se apartaba para llorar; un policía se secaba las lágrimas con disimulo. Los pacientes habían sido desalojados dos días antes de Severodonetsk, después de que un ataque ruso destruyera parte de las instalaciones hospitalarias en las que residían.

El sol del atardecer se iba apagando en el cielo de Lviv mientras los voluntarios transportaban a hombres y a mujeres que a duras penas podían dar un paso sin asistencia. El trayecto en tren, desde Kramatorsk, a mil kilómetros de distancia, duró un día entero. Había ancianos y minusválidos, hombres sin piernas o sin brazos. Sobre todo se contaban personas drogodependientes y veteranos de guerra, los dos grupos de riesgo que son especialidad de la institución evacuada, el Centro de Salud Mental de Severodonetsk. Tatiana Shapovalova, empleada de la organización y responsable del traslado, iba dando órdenes de un lado para otro. Sus lugartenientes eran dos mujeres que buscaban desesperadamente a médicos que les proveyeran de alguna medicación concreta que alguno de sus pacientes había perdido en el tren.

Paciente procedente del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania.
Paciente procedente del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania. Jaime Villanueva (EL PAÍS)

Quienes podían andar cruzaban el pasillo humano guiados por un voluntario. Las suyas eran miradas perdidas, de personas que no eran conscientes de dónde se encontraban, personas con una frágil salud a quien han expulsado de su espacio de seguridad. Pese a la desorientación, muchos agarraban con fuerza el poco equipaje que cargaban consigo, sin dejar que lo sujetara el personal de la estación. Descendían las escaleras que conectan las vías con los accesos a la estación y allí, en unos autobuses escolares, esperaban a que toda la comitiva hubiera salido del tren. Los autocares los trasladarían de noche a un centro psiquiátrico de Chernivtsi, a seis horas por carretera, no muy lejos de la frontera con Rumanía.

Los impactos de artillería rusa en las instalaciones sanitarias de Severodonetsk no han sido una excepción. El precedente más conocido fue el bombardeo de una maternidad en Mariupol. También se han producido ataques en otros centros psiquiátricos, uno de la localidad de Izyum, en la región de Járkov, y otro en Borodyanka, en Kiev.

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Traslado a Chernivtsi

Los internos esperaban sentados en los autocares, excepto aquellos que no podían valerse por sí mismos. Estos últimos yacían en las camillas, colocadas en fila en el suelo, y esperaban turno para que el personal médico les subiera a vehículos adaptados. Trabajadores de ONG repartieron dentro de los autobuses bandejas con la cena, y la comida fue devorada en cuestión de minutos. Luego, decenas de hombres dejaron sus asientos en los autocares para abalanzarse sobre un voluntario que repartía cigarrillos, mientras otro los iba encendiendo. “Fumar, en el caso de personas drogodependientes, calma muchísimo. En un momento como este, es una bendición”, explica Carlota Boyer, una psicóloga alicantina que ejerce estos días de voluntaria en la estación de tren de Lviv con la asociación cultural Causas Comuns.

Uno de lso pacientes del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania.
Uno de lso pacientes del Centro Neurológico de Severodonetks, en el Donbás, a su llegada a la Estación Central de Lviv, en Ucrania. Jaime Villanueva (EL PAÍS)

Boyer tiene experiencia en asistencia en centros penitenciarios, pero también en crisis humanitarias. Para personas con trastornos psiquiátricos, dice, “la situación puede ser cuatro veces más estresante que para los demás”. “Ellos necesitan su rutina, saber dónde está el baño, cuándo hay que comer. Las caras desconocidas, también la mía por mucho que les sonría, les hacen sentir incómodos”. Boyer recuerda de la llegada de los pacientes de Severodonetsk y como muchos insistían con la misma pregunta: a dónde iban.

Kiril Dovzhik es un veinteañero que lleva cuatro días en la estación de tren de Lviv sirviendo como voluntario del Servicio de Defensa Territorial, en el departamento de reservistas y voluntarios de Ucrania. Él es de Zaporiyia, donde trabajaba como profesor de bailes latinos. En esa ciudad y su región se están produciendo choques entre el Ejército ucranio y el invasor. Por eso decidió trasladarse con su madre al Oeste, a una zona más seguras. A Zaporiyia se están trasladando en los últimos días miles de civiles procedentes de Mariúpol, la urbe más castigada por la guerra. Dovzhik explica que los testimonios de los desplazados de Mariupol que llegan a Lviv son descorazonadores; cita el caso de una familia que le relató cómo intentaron salvar su casa incendiada en un bombardeo con cubos de agua. Pero Dovhzik confirma que hasta el momento no había presenciado nada como esta comitiva del centro psiquiátrico de Severodonetsk: “Piense que soy bailarín profesional, antes de la guerra me dedicaba a dar clases de chachachá o de tango; es difícil estar preparado para algo así”.

Con los internos viajan también los familiares de las enfermeras. Dos hermanas adolescentes aguardaban a la partida de los autobuses con una jaula en la que tenían a sus mascotas, dos ratas. Algún paciente pedía acariciar a los animales y ellas los sacaban de la jaula. A Shapovalova la esperaba en Lviv su nieta y los padres de esta. Se habían mudado del Donbás cuando estalló la guerra de 2014 entre los separatistas prorrusos y el Gobierno ucranio. La niña tenía por entonces 10 años, ahora tiene 18. Acompaña a su abuela haciendo llamadas o traduciendo del ucranio al inglés. Su nombre, dice, es Dasha, pero su madre la corrige: ella se llama Daryna, “lo de Dasha se ha acabado”. Dasha es el diminutivo en ruso de su nombre. Ellos son de una región en el Donbás en la que ruso es el principal idioma de la población local. “Ahora ya no quieren saber nada del ruso o de Rusia”, dice Daryna, antes Dasha.

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El Ejército ruso ha lanzado varios misiles sobre el aeropuerto de la ciudad de Lviv sin causar víctimas mortales, han denunciado este viernes por la mañana las autoridades locales. Es el primer bombardeo que tiene lugar en la principal urbe del oeste de Ucrania desde que comenzó la guerra hace 23 días y el primer objetivo no militar. La región de Lviv sí había sido objeto de los misiles rusos en los últimos días. El pasado domingo al menos 35 personas murieron en el ataque a una base militar en Yavoriv, a unos 40 kilómetros de Lviv, y el viernes de la semana pasada otras seis personas perdieron la vida en el bombardeo de una base aérea de Lutsk, a 87 kilómetros de Polonia.

Por el momento, no se han registrado víctimas mortales, pero sí una persona herida, ha informado el responsable de la administración regional militar de Lviv, Maksym Kozytsky. Según él, los rusos han lanzado varios misiles desde el mar Negro y el Ejército ucranio ha conseguido interceptar varios, pero no los cuatro que han logrado dar en su objetivo, las instalaciones en las que se reparan los aviones. Parte de esa planta, cuya actividad se había interrumpido previamente, ha quedado “destruida”, ha comentado el alcalde de la ciudad, Andriy Sadovy.

Esta localidad es el principal lugar de paso por el que unos tres millones de personas han escapado de la guerra como refugiados hacia otros países. “Este ataque confirma que [los rusos] no están en guerra con el Ejército ucranio, están en guerra con el pueblo, las mujeres, los niños, los refugiados. No hay nada sagrado para ellos”, ha añadido Maksym Kozytsky, que lo ha considerado “un golpe” a un “refugio humanitario”.

Apenas había amanecido cuando varias explosiones retumbaron en Lviv, con 700.000 habitantes y situada a unos 70 kilómetros de la frontera con Polonia. Mientras, sonaban las alarmas que advierten a la población del peligro ante la posibilidad de un ataque aéreo y les pide que se pongan a cubierto o se trasladen a los refugios. Pronto una columna de humo negro se alzó sobre la zona del aeropuerto, una zona especialmente sensible para las comunicaciones y sobre la que las autoridades habían mostrado ya su preocupación. Varios vecinos que residen en la zona atacada confirmaron que escucharon tres detonaciones en torno a las seis de la mañana.

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“Ha habido explosiones en la zona del aeropuerto, cerca de la fábrica de reparación de aviones y nos hemos asustado mucho”, comenta Irina en la puerta de su casa, cerca del lugar del ataque, en presencia de su hijo. “No estaba dormida. Me asusté mucho porque fue una explosión muy fuerte. A los vecinos les han salido volando las ventanas y nosotros estábamos todos tumbados en el suelo”.

Algunos curiosos se agolpaban en el apeadero y la terminal de carga de trenes que hay próxima al aeropuerto, en una zona tomada por militares que impedían acercarse más y por la que circulaban ambulancias y camiones de bomberos. Los cristales de las ventanas de la estación se han roto por la onda expansiva. Desde un puente, se observaba la pista del aeródromo, que aparentemente no sufrió daños. Varios vehículos de emergencias se hallaban dentro de las instalaciones, mientras vehículos policiales y militares custodiaban el exterior.

Nuevos ataques en Járkov

Los servicios de emergencia de Járkov, la segunda localidad ucrania por población con 1,5 millones de habitantes, han confirmado este viernes la muerte de una persona y que otras 11 han resultado heridas en el bombardeo de un edificio de la ciudad, de mayoría de habla rusa. Las tropas de Vladímir Putin acechan desde hace semanas Járkov, objetivo prioritario en la diana de Moscú, que busca capturar la urbe para hacerse con el control del este de Ucrania y facilitar una tenaza a la región del Donbás, donde están las repúblicas prorrusas de Donetsk y Lugansk.

En la capital de Ucrania, Kiev, un misil ruso ha impactado contra un bloque de viviendas en el norte de la ciudad y ha provocado una víctima mortal y cuatro personas heridas. El Servicio de Emergencia de Ucrania ha informado de que 12 personas han sido rescatadas y otras 98 han sido evacuadas de este edificio de cinco plantas.

En los nuevos bombardeos nocturnos llevados a cabo por el Ejército ruso en las localidades de Severodonetsk y Rubizhne, en la región de Lugansk, en la parte oriental de Ucrania, al menos dos personas han muerto y seis han resultado heridas. Los ataques han afectado a más de una veintena de edificaciones en esas poblaciones y han destruido importantes infraestructuras, según la jefatura de la administración regional de Lugansk, ha informado la agencia Interfax-Ukraine.

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Japón aprueba nuevas sanciones a altos cargos de Defensa y empresas de Rusia

El Gobierno japonés ha anunciado este viernes sanciones adicionales sobre Rusia por la invasión a Ucrania, que conllevan el bloqueo de activos de 15 ciudadanos rusos más, principalmente altos cargos de Defensa, y de nueve corporaciones de la industria militar, naval y aeroespacial. «Seguiremos tomando las medidas adecuadas en colaboración con los países del G7 y la comunidad internacional según evolucione la situación», ha afirmado el portavoz gubernamental, Hirokazu Matsuno, en rueda de prensa al término de una reunión del Ejecutivo donde se aprobaron las nuevas sanciones.

Entre los 15 ciudadanos rusos sancionados figuran altos cargos del Ministerio de Defensa de Rusia, como Aleksey Krivoruchko, Timur Ivanov, Yunus-Bek Evkurov, Dmitry Bulgakov, Yuri Sadovenko y Nikolay Pankov, entre otros; así como la directora del Departamento de Prensa e Información del Ministerio de Asuntos Exteriores, Maria Zakharova. También han sido sancionados el director del Servicio Federal ruso para la Cooperación Técnica Militar, Dmitry Shugaev; el director general de la agencia Rosoboronexport, Alexander Mikheev; y Andre Skoch, miembro de la Duma (la cámara baja del Parlamento de Rusia). Además, se aprobaron sanciones a nueve organizaciones y corporaciones rusas vinculadas a la industria militar, aeroespacial o naval, como Russian Helicopters JSC, PJSC United Aircraft Corporation, SC United Shipbuilding Corporation y la agencia estatal Rosoboronexport (encargada de la importación y exportación de material de defensa), entre otras.

Estas sanciones sobre Rusia se suman a las aprobadas recientemente por el Gobierno japonés, que hasta la fecha eleva a 76 el número de ciudadanos rusos cuyos activos se han bloqueado, entre altos cargos gubernamentales y empresarios, junto a un total de 12 organizaciones y corporaciones rusas. Desde el inicio del conflicto por la invasión rusa a Ucrania, Japón ha impuesto sanciones a ciudadanos rusos, entre ellos el presidente Vladímir Putin, así como a 12 bielorrusos, entre los que está su homólogo Alexandr Lukashenko.

Las autoridades financieras de Japón también han ordenado a las casas de cambio de criptomonedas afincadas en su territorio el bloqueo de las transacciones con estos activos que impliquen a individuos o entidades sujetos a las sanciones contra Rusia y Bielorrusia.

Japón, al igual que otros países del G7 y la Unión Europea, ha aplicado sucesivas rondas de sanciones a Rusia desde que comenzó el conflicto, entre las que también se incluye la exclusión de bancos rusos del sistema SWIFT o el veto a la exportación de semiconductores, de maquinaria para la industria petrolera y otra tecnología con potencial bélico. (Efe)



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El futuro de Ucrania se juega hoy en Kiev y en el andén número 5 de la estación de Lviv, la ciudad fronteriza con Polonia y la urbe ucrania más europea (725.000 habitantes). La capital es el símbolo de la resistencia contra el invasor ruso; el andén de Lviv, del que parten los trenes hacia Polonia, es el camino que lleva a lugar seguro a cientos de miles de mujeres y niños, familias de combatientes. Convoyes de todo el país llegan sin pausa a la magnífica estación de estilo art nouveau inaugurada en 1904 bajo el reinado del emperador Francisco José I. La monumentalidad del edificio empequeñece ante la catástrofe humanitaria que estos días alberga.

Más de la mitad de los 1,5 millones de refugiados salidos de Ucrania, según la ONU, han cruzado a Polonia, y la gran mayoría lo han hecho desde Lviv. Cada día que pasa llegan en mayor número los desplazados del frente. En los andenes, sin embargo, impera una calma sorprendente, mientras en el exterior se agolpan miles de personas.

Cientos de personas intentan abandonar Ucrania, en tren y autobús, desde la estación central de Lviv, este domingo.
Cientos de personas intentan abandonar Ucrania, en tren y autobús, desde la estación central de Lviv, este domingo.Jaime Villanueva

Con el paso de los días ha mejorado el orden y distribución del gentío. Las autoridades han conseguido que los andenes se mantengan despejados. En las colas apenas hay discusiones pese a que la espera puede ser de más de 24 horas. Lo que sí hay son miles de niños sin entender qué ha sucedido con sus vidas y madres con los rostros demacrados. Los adolescentes intentan refugiarse en su mundo, como Karina, de 15 años y procedente de Járkov —la segunda ciudad en población del país (1,5 millones)— , que el sábado explicaba a este diario que cuando podía, intentaba leer algo de las novelas de Stephen King que cargaba en la mochila.

Los más pequeños no juegan ni corretean: se quedan junto a sus madres o piden permiso para acercarse a los vecinos de espera que transportan mascotas. Los perros son acariciados con fruición por los niños. Los gatos se pasan los días encerrados en sus jaulas de transporte. Stanislava, una niña de 8 años de Kiev, contaba que su única ilusión en esta larga espera es jugar con su gato. En cambio, a su amiga Vladislava no le dejaron quedarse con sus cobayas: ella quería convencerse de que cuando volviera a su casa habrían sobrevivido porque les había dejado “mucha comida”. En la estación de Lviv hay voluntarios que reparten pienso para perros y gatos, y que intentan salvar a unos pocos de los muchos animales de compañía que acaban siendo abandonados.

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En los aledaños de la estación, bajo las tres imponentes cúpulas y la bandera de Ucrania, fluye un río en movimiento constante compuesto por personas, abrigos de colores y maletas. En las paredes de la estación cuelgan multitud de anuncios e instrucciones para los que llegan a Lviv: un comunicado recuerda a los hombres que deben registrarse en las oficinas del Ejército y que no pueden salir de Ucrania. Una nota resume las dos opciones que tienen las mujeres para proseguir hasta la frontera con Polonia, a 70 kilómetros: el tren o los autobuses que aguardan en las paradas de la estación. Para ir en bus hay dos posibilidades, montarse en los que son gratuitos, lo que implica hacer más cola, y los privados, más cómodos y rápidos, pero pagando 2.000 grivnas (alrededor de 60 euros).

El tren cuenta con una ventaja: puede desembarcar a los refugiados directamente en la estación polaca de Przemysl. Desplazarse en vehículo rodado significa pasar como mínimo un día en el interior del vehículo, o andar no menos de dos horas hasta la cola del puesto fronterizo de Shehyni, frente a Polonia, según subrayan los paneles informativos. Las penurias que estas familias atraviesan hasta llegar a la estación de Lviv solo parecen aliviarse cuando se llora o con el momento de alegría contenida de las madres al acceder al último tramo antes del andén número cinco, el de los pasillos subterráneos que cruzan las vías.

Organizaciones de auxilio del Gobierno, de ONG, de la Cruz Roja o de la Iglesia Greco-Católica, mayoritaria en el oeste de Ucrania, mantienen en funcionamiento día y noche un campamento de socorro donde es posible abastecerse de alimentos, agua y ropa. Bidones que sirven de braseros calientan a los que esperan a la intemperie con temperaturas inferiores a los 5 grados bajo cero. Frente a estas hogueras es común ver sentados a ancianos, a los pocos de las generaciones de edad avanzada que se han atrevido a emprender esta penosa odisea. Algunas personas con trastornos psiquiátricos deambulan, gritan o lloran sin consuelo. En la estación, junto a las ofertas municipales para albergar temporalmente a los que quieran descansar en Lviv, se anuncia un servicio local de atención psicológica, presencial o mediante un teléfono de consulta y auxilio.

Maria y Emilia, antes de subir al tren en la estación central de Lviv este domingo.
Maria y Emilia, antes de subir al tren en la estación central de Lviv este domingo. Jaime Villanueva

Los trenes que salen de Lviv hacia otras regiones de Ucrania marchan en la mayoría de los casos prácticamente vacíos. Fue así con el convoy que se detuvo el mediodía del domingo en Lviv procedente de Jérson, ciudad en la desembocadura del río Dniéper. Ese tren trajo a cientos de familias y marchó ya descongestionado hacia Uzhorod, en la frontera con Eslovaquia. Jérson fue la primera ciudad que cayó en manos del ocupante ruso en su ofensiva para hacerse con la costa ucrania del mar Negro. Por Eslovaquia habían huido hasta el sábado 113.000 ucranios.

Se organizan turnos para que los que lo necesiten ocupen los asientos disponibles de la sala de espera de la estación. El ambiente está tan cargado que una mujer pide socorro a un sanitario por culpa de un mareo. Una de las consecuencias de la guerra es que para los ucranios, la pandemia del covid ha dejado de existir. Si alguien enferma, se ignora. Son excepción los que llevan mascarilla o quienes se pueden lavar las manos con regularidad. Las distancias de seguridad para evitar contagios son imposibles de mantener.

En el gran vestíbulo de la estación, en una de las pantallas que en tiempos de paz comunicaban la llegada y salida de los trenes, la compañía de ferrocarriles proyecta fotografías de los bombardeos y de la destrucción causada por las tropas rusas. No hay nadie que preste atención a las imágenes, muchos han sido supervivientes de estos horrores, otros tienen la mente al otro lado de la frontera, preparando la siguiente etapa de su escapada, lejos de su país.

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Pocos en Lviv quieren expresarlo en voz alta, pero la idea está presente entre la población: si el asedio ruso hiciera imposible dirigir el país desde Kiev, o si la capital cayese en manos del enemigo, su ciudad tendría que asumir la capitalidad de la Ucrania libre. “Si la guerra continúa, creo que Lviv puede ser la retaguardia del Gobierno y de la Comandancia del Ejército”, resume el novelista Andrei Kurkov, presidente de la delegación ucrania de la asociación de escritores PEN Internacional. Kurkov es uno más de los cientos de miles de compatriotas que han huido del frente de guerra para refugiarse en la provincia de Lviv. Muchos cruzan hacia la Unión Europea; otros, como Kurkov, permanecen en Ucrania a la espera de los acontecimientos.

Muchas potencias han codiciado Lviv a lo largo de la historia: la ciudad cambió ocho veces de dominio solo entre 1914 y 1946, en un juego de poder en el que participaban el desaparecido Imperio Austrohúngaro, Polonia y Ucrania, Alemania y la Unión Soviética. “Las calles de Lviv son un microcosmos del tumultuoso siglo XX de Europa, escenario de conflictos sangrientos que hicieron pedazos sus culturas”. Así lo escribió Philippe Sands, jurista y ensayista, investigador sobre el Holocausto y crímenes de lesa humanidad, en su célebre novela Calle Este-Oeste.

Sands, en unas reflexiones escritas para EL PAÍS, ve en la situación actual una recuperación trágica de Lviv como crisol de culturas: “Lviv es la intersección entre el Este y el Oeste, esto se ve en los cafés y en las sopas, en la literatura y en la música, en los edificios y en la gente”. Este académico no se refiere únicamente a la trayectoria histórica o a la localización geográfica de la urbe, también piensa en las masas de toda Ucrania que desde hace una semana, empujadas por la violencia en Kiev y en el este del país, se han ido asentando en la región o que han seguido su periplo rumbo a la UE.

La mayoría del millón de desplazados a otros países que ha provocado la guerra han pasado por Lviv. En su estación de tren, edificio de 1904 de bello art nouveau, también se concentran estos días miles de estudiantes extranjeros, sobre todo de África y Asia, que huyen del conflicto.

Nuevo golpe a la urbe ucrania más europea

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La guerra golpea de nuevo a la urbe ucrania más europea (725.000 habitantes), aunque sin la virulencia de los acontecimientos en Kiev, Járkov o Mauripol. A 400 kilómetros de la capital, los enfrentamientos quedan todavía lejos de Lviv. Pero a medida que avanza el frente, su protagonismo irá a más. Las primeras señales de este papel llegaron hace dos semanas, cuando potencias como Estados Unidos y el Reino Unido desplazaron allí sus embajadas. Desde que Rusia inició la invasión de Ucrania han seguido el mismo camino otras delegaciones diplomáticas: los últimos en llegar son Estados europeos como Francia, Italia, Holanda o Noruega, u otros países como la India o Marruecos. España no ha dado el paso de trasladar su Embajada a esta ciudad.

Decenas de mujeres y niños salen el miércoles en un tren desde la Estacion Central de Lviv (Ucrania) hacia Polonia.
Decenas de mujeres y niños salen el miércoles en un tren desde la Estacion Central de Lviv (Ucrania) hacia Polonia.

Los edificios administrativos e institucionales de Lviv, también sus monumentos del casco viejo, van blindándose paulatinamente: un día se protegen las vidrieras de la basílica renacentista de la Asunción, al siguiente se colocan planchas de metal en los ventanales del museo Etnográfico o se instalan nuevas vallas en los accesos al Ayuntamiento.

En Lviv, como en el resto del país, los ciudadanos consumen información de manera compulsiva, sobre todo canales de mensajería en Telegram o WhatsApp. Estos alimentan una rumorología constante, en muchos casos sin fundamento, que afirman que este diputado o ese ministro ya se ha instalado en la ciudad. Algunos departamentos gubernamentales, viceministerios como el de Cultura, sí se han mudado a la región.

Kurkov recuerda que “Lviv fue y continúa siendo la capital cultural de Ucrania”. Pero la autocracia rusa también alimenta bulos, como cuando el presidente de la Duma (el parlamento ruso), Vyacheslav Volodin, aseguró la semana pasada que el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, había huido de Kiev a Lviv. Más de un transeúnte interrogado por este diario decía creer en algunos de estos rumores, creencias que reflejan el sentir local de que su ciudad podría tener que tomar el relevo de Kiev en una siguiente fase del conflicto, en el caso de que Rusia controlara la capital y la mitad oriental del país.

Lviv es el principal nudo ferroviario que lleva a Polonia, a tan solo 70 kilómetros de distancia, y también conexión de acceso a Eslovaquia, a 200 kilómetros. Es la puerta ucrania a Europa, por donde llega material humanitario, médico y militar, además de la vía de acceso de los miles de ucranios en el exterior que regresan a la patria para alistarse voluntariamente en el Ejército.

Sands intuye que la ciudad volverá a ser protagonista: “Lviv refleja las más grandes esperanzas de Europa, pero también sus peores miedos”. En un punto de la ciudad con una zona de paseo para perros, la municipalidad reabría este jueves un búnker sellado de la II Guerra Mundial. Un grupo de voluntarios limpiaban los accesos del refugio y preparaban el interior para volver a ser utilizado. Extraían de su interior objetos abandonados: zapatos, botellas, ollas e incluso un triciclo. Los fantasmas del pasado reaparecían con cada golpe de pala que daba Alexandr Lesziuk, voluntario para tareas de defensa.

Lesziuk era antes de la invasión el proyeccionista del cine Comos de Lviv: “Espero que los rusos no lleguen hasta aquí, pero tenemos que estar preparados ante cualquier amenaza”. El objetivo, aseguraba este hombre de 29 años, es que la ciudad siga siendo el cordón umbilical de la resistencia ucrania con Europa.

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El edificio de la Embajada estadounidense en Kiev, el pasado sábado.
El edificio de la Embajada estadounidense en Kiev, el pasado sábado.VALENTYN OGIRENKO (REUTERS)

Tiempo de mudanza entre las advertencias de un ataque inminente de Rusia sobre Ucrania. Estados Unidos, que ya comenzó la semana pasada a evacuar a su personal no esencial, cierra la embajada en Kiev y ha iniciado el traslado de lo que queda de su legación diplomática a Lviv, ciudad en el extremo occidental del país, casi 550 kilómetros más al oeste de la frontera rusa, a una hora de Polonia. El secretario de Estado de EE UU, Antony Blinken ha emitido un comunicado, firmado por él mismo, en el que confirma lo ya anunciado.

“No tengo mayor prioridad que la seguridad y la protección de los estadounidenses en todo el mundo y eso incluye a nuestros colegas destinados en el extranjero”, afirma Blinken. “Mi equipo y yo revisamos constantemente la situación de seguridad para determinar cuándo la prudencia dicta un cambio de postura. Con eso en mente, estamos reubicando temporalmente las operaciones de nuestra Embajada en Ucrania de Kiev a Lviv debido a la dramática aceleración en la acumulación de fuerzas rusas. La Embajada seguirá comprometida con el Gobierno ucranio”. También, añade el secretario de Estado, continuarán los esfuerzos diplomáticos para evitar la confrontación militar, guiados por “el compromiso inquebrantable con la soberanía y la integridad territorial de Ucrania”.

Según The Wall Street Journal, el Departamento de Estado ha ordenado también la destrucción de equipo de comunicaciones e informático, así como el desmantelamiento de las líneas telefónicas. Esas acciones convierten en inservible en la práctica la sede diplomática de Kiev. Los materiales confidenciales que allí se custodiaban llegaron a bordo de un avión este domingo al aeropuerto de Washington (Dulles), junto a 56 trabajadores de la misión diplomática, siempre según el diario neoyorquino. La reducida presencia consular en Lviv está destinada a atender emergencias de los ciudadanos estadounidenses. No tendrá capacidad para expedir pasaportes o visados.

Blinken ha aprovechado su mensaje para volver a “instar enfáticamente a cualquier ciudadano estadounidense en Ucrania a salir el país inmediatamente”. También, para facilitar una dirección de internet para la comunicar a las autoridades cualquier emergencia. “El camino de la diplomacia sigue abierto para Rusia, si decide tomarlo de buena fe”, afirma. “Esperamos devolver a nuestro personal a la Embajada tan pronto como las condiciones lo permitan”. La de Kiev era la tercera misión diplomática estadounidense más grande en suelo europeo, y contaba con 181 empleados del Departamento de Estado y de más de una docena de agencias, así como unos 560 trabajadores ucranios.

Los informes de los servicios de espionaje estadounidenses calculan que el presidente ruso, Vladímir Putin, ha concentrado más unos 130.000 soldados en tres puntos de su frontera con Ucrania. La semana pasada, también dio la orden de iniciar 10 días de ejercicios militares conjuntos con Bielorrusia, que linda por el sur con Ucrania. Estados Unidos viene avisando en los últimos días de la inminencia del inicio de una agresión militar. El presidente ucranio, Volodímir Zelenski, ha asegurado este lunes en Facebook que ha recibido el aviso de que el ataque puede producirse este miércoles, fechas que se viene barajando desde el fin de semana pasado. Zelenski no ha desvelado en su mensaje de dónde proviene esa información.

Moscú sigue negando esos planes. Putin y el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, han escenificado este lunes su disposición al diálogo, que, han dicho, “está lejos de agotarse”. Un asesor del Kremlin dijo el sábado pasado, tras la llamada mantenida entre Putin y el presidente estadounidense, Joe Biden, para tratar la crisis, que Washington y sus aliados están haciendo gala de “una histeria sin precedentes”. También aseguró que es “absurdo” el miedo a la invasión.

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