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La invasión rusa de Ucrania ya tiene una atrocidad con nombre propio para la historia de los presuntos crímenes de guerra: Bucha. La Unión Europea y gran parte de la comunidad internacional han reaccionado este domingo con estupor ante el descubrimiento de las matanzas cometidas en esa localidad al norte de Kiev. Se trata de la primera prueba tangible y visible de la muerte y devastación en las zonas ocupadas por las tropas del presidente ruso, Vladímir Putin, que asediaban la capital ucrania. El presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, ha asegurado que la UE colaborará con Ucrania y con las ONG para recabar las pruebas necesarias para juzgar las atrocidades del ejército ruso ante los tribunales internacionales.


 

A la condena de Bruselas se han unido Estados Unidos, en boca de su secretario de Estado, Antony Blinken, que ha manifestado que las imágenes de Bucha son un “puñetazo en el estómago” y el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, que ha calificado de “brutalidad” el asesinato de civiles en esta localidad a las afueras de la capital ucrania. Esta condena internacional coincide con la publicación de un informe de la organización Human Right Watch sobre posibles crímenes de guerra en varios puntos del frente norte de la guerra.

 


Las imágenes de Bucha han revelado, tal vez por primera vez desde el inicio de la guerra el pasado 24 de febrero, la magnitud de la violencia provocada por la guerra de Putin contra un país vecino. Tras la retirada del ejército ruso, las fuerzas ucranias han encontrado decenas de civiles muertos y abandonados en plena calle y fosas comunes con cadáveres a medio enterrar.

“Consternada por las informaciones sobre crímenes indescriptibles en las zonas donde se han retirado las tropas rusas”, se ha pronunciado la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. La dirigente comunitaria ha reclamado “una investigación internacional independiente” y ha asegurado que “los perpetradores tendrán que rendir cuentas”.


 

El presidente del Consejo Europeo no tiene dudas sobre quiénes son los responsables. Charles Michel se ha declarado “conmocionado por las impresionantes imágenes de las atrocidades cometidas por el ejército ruso en la región liberada de Kiev”. Michel ha prometido a Ucrania que se redoblarán las sanciones contra Rusia y que continuará la ayuda de todo tipo, incluida la militar, para que el país resista el ataque de Putin.


Pocos días después de que Putin ordenase el inicio de la ofensiva, un convoy ruso trató de cruzar la localidad de Bucha de camino a la capital, pero cayó en una emboscada. A esta derrota temporal le sucedieron numerosas embestidas de fuerzas enviadas por el Kremlin hasta la toma completa de la localidad. Tras el anuncio de Moscú el pasado 29 de marzo de una reducción de operaciones en el norte de Kiev, Ucrania relanzó la batalla para recuperar, dos días después, el control de Bucha. La huella de la batalla ha dejado tirados en las calles una veintena de cadáveres, algunos con las manos atadas.


 

El alcalde Bucha, Anatoli Fedoruk, ha manifestado que hay cerca de 300 cuerpos enterrados en una fosa común. “Algunos estaban tirados en la acera, otros al lado de un coche o de una bicicleta,” afirmó en un vídeo difundido por Facebook.

Dura reacción desde Berlín

La condena también ha sido generalizada en otras capitales europeas. El Gobierno alemán, uno de los más reacios a la ruptura total con Moscú, ha indicado que impulsará una nueva batería de sanciones, aunque no ha concretado si afectarán a las exportaciones energéticas rusas a la UE, que reportan cada día unos 700 millones de euros a las arcas de Putin. La presión para apoyar medidas más duras aumenta en Berlín. La ministra de Defensa alemana, Christine Lambrecht, ha afirmado en una entrevista en la televisión pública que es el momento de estudiar la prohibición del gas ruso.

Las atrocidades cometidas “por Putin y quienes le apoyan” van a tener “consecuencias”, ha dicho el canciller alemán, Olaf Scholz: “Vamos a decidir nuevas medidas con nuestros aliados en los próximos días”, ha afirmado, en una frase que no figuraba en el comunicado que había hecho público unas horas antes. “Continuaremos poniendo armas a disposición de Ucrania para que el país pueda defenderse de la invasión rusa”, ha añadido durante una comparecencia en la Cancillería este domingo. El canciller ha calificado las muertes de civiles como “crímenes de guerra”, y ha pedido que la Cruz Roja haga una evaluación independiente sobre el terreno, informa Elena G. Sevillano.

El vicecanciller alemán, Robert Habeck, ha señalado que “este terrible crimen de guerra no puede quedar sin respuesta”. Y se ha mostrado partidario de “endurecer las sanciones”. “Estamos trabajando en ello con nuestros socios de la UE”, ha apuntado Habeck. Berlín, sin embargo, alude a la quinta ronda de sanciones, que ya estaba en preparación antes del golpe de Bucha y que aspiraba, sobre todo, a mejorar la efectividad de las cuatro primeras rondas.

Polonia y los países bálticos, entre otros socios comunitarios, piden desde hace semanas que se aseste un golpe definitivo a las finanzas de Putin poniendo fin a la compra de gas, petróleo y carbón rusos. El temido impacto de esa decisión en las economías europeas y muy en particular en la alemana ha impedido hasta ahora dar ese paso. El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, ha advertido además que no apoya ese tipo de sanción, lo que resquebrajaría la unidad europea mantenida desde el inicio de la guerra.

Las imágenes de Bucha refuerzan a los partidarios de la mano dura. Y probablemente lograrán, como mínimo, un endurecimiento de las sanciones que se estaban ultimando. “Lo ocurrido en Bucha debe tener un impacto en un quinto paquete de sanciones”, ha defendido la ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock.

Un cuerpo abandonado en una calle de Bucha, este domingo.
Un cuerpo abandonado en una calle de Bucha, este domingo.Luis de Vega

Las sanciones impuestas hasta ahora han golpeado duramente a la economía rusa. Obligaron a mantener cerrada la Bolsa de Moscú durante un mes para evitar una estampida de los inversores, a doblar los tipos de interés para frenar la inflación y la retirada de ahorros, y a imponer un corralito parcial para impedir la salida de capital al exterior.

Pero no hay constancia de que hayan dañado la capacidad de Putin para financiar su agresión armada contra Ucrania. La retirada de tropas rusas se atribuye más bien a la fuerte resistencia de Ucrania y a los errores tácticos y estratégicos cometidos por el Kremlin. El ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian, se ha mostrado partidario de reforzar la presión económica para “obligar a las autoridades rusas a poner fin a la guerra”.

Fuentes comunitarias apuntaban hasta ahora que era necesario reservarse munición para castigar a Putin en función de lo que ocurriese en el campo de batalla. Y aunque ya se había empezado a estudiar el impacto de un corte del suministro de gas y los planes de contingencia para capearlo, se consideraba que esa posibilidad era la sanción de último recurso.

La amenaza de un ataque químico o nuclear en territorio ucranio, un riesgo apuntado por la OTAN, parecía el gatillo necesario para descargar todo el arsenal de sanciones contra Rusia. Pero las imágenes de Bucha pueden acelerar el paso si la reacción de la opinión pública europea demanda una respuesta contundente como ocurrió tras el estallido de la guerra. La primera ronda de sanciones se endureció rápidamente a la vista de la resistencia planteada por el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, y la reacción a su favor de gran parte de la población europea.

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Camila se abraza a su padre. Le premia con besos, caricias, sonrisas… Anton se pasa a la niña de los hombros a los brazos. La levanta por los aires buscando entretenerla mientras le devuelve tanto cariño. Ambos juguetean mientras Elisabeth, la madre, hace cola ante la ventanilla número uno de venta de billetes de la estación de trenes de Kiev. Anton, de 30 años y con el rifle colgando de su espalda, está a punto de despedirse de su mujer y su hija. Ellas se van a Polonia. Él se queda en el frente de Irpin, una de las zonas clave desde donde se ha evitado la toma de Kiev.

La capital de Ucrania trata de adaptarse a una nueva realidad superadas las primeras semanas de guerra en las que los carros de combate rusos no han logrado tomar el centro de la ciudad y derribar el Gobierno del presidente Volodímir Zelenski. La urbe y sus habitantes —la mitad aproximadamente de los tres millones se han ido ya— no logran vivir ajenos a la guerra. Pero tampoco paralizados como muchos se quedaron los primeros días de la invasión del país por tropas rusas el 24 de febrero. Por eso, de una u otra manera, la existencia de todos ellos pasa por vivir bajo la amenaza permanente de un ataque.

No hay según los kievitas a pie buenas intenciones de Moscú en las negociaciones que se llevan a cabo en Turquía entre ambos gobiernos. El anuncio del Kremlin de que va a reducir el hostigamiento a Kiev y Chernihiv, una ciudad muy castigada, no es recibido con optimismo.

La vida ha de seguir mientras tanto su curso. Una de las últimas decisiones la tomó el lunes el alcalde, Vitali Klistchko, que anunció que los alumnos retomaban las clases de manera telemática. Muchos lo han hecho lejos de sus colegios, de su ciudad y hasta de su país. Ya antes algunas universidades, aprovechando la experiencia de la pandemia, habían decidido la vuelta en remoto.

A través de la pantalla, Julia Pidipryhora, licenciada en Filología Española, explica estos días a sus 80 alumnos el Desastre del 98. Al menos tres atienden conectadas desde España. Otros lo hacen desde Polonia o Italia. La mayoría desde fuera de Kiev. “No creo en nada de lo que dicen los rusos. No podemos fiarnos”, añade en perfecto español haciendo gala de las asignaturas que imparte desde hace un cuarto de siglo pese a que el salario público de Ucrania, lamenta, le impide viajar a España desde hace un par de décadas. Y ahora no está en su agenda, pese a que más de tres millones y medio de compatriotas han dejado el país en estas semanas de conflicto. “No pienso salir por el capricho de un loco que quiere adueñarse de mi país”, resuelve esta profesora refiriéndose al presidente Vladímir Putin.

Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientes
Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientesLuis de Vega

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En Kiev, los principales supermercados siguen funcionando y no hay escasez importante de alimentos; la espera en las gasolineras no es de horas como cuando se pensaba que había que tener el coche lleno por si había que irse a toda velocidad ante una inminente llegada de los rusos. El suministro de agua, luz y calefacción se mantiene. Hoy, sin embargo, sigue habiendo colas en las farmacias, en entidades bancarias o en oficinas de envío y recepción de paquetes, lo que contrasta con las calles medio desiertas. En el barrio de Galagany, el mercadillo semanal agrupaba este martes a una decena de puestos y a unos puñados de clientes. Víctor reconoce mientras despieza a cuchillo carne de cerdo y cordero para despacharla que trata de mantener los precios, pero que hay muchos días en los que no pueden desplazarse y trabajar.

La estación de trenes está lejos de las jornadas en las que decenas de miles de personas se agolpaban a la búsqueda de una plaza que los alejara de la capital. Anton cuenta con Camila en brazos que trabajaba de camionero para una empresa polaca. El comienzo de la guerra le pilló por sorpresa en carreteras francesas. Llevaba seis meses sin ver a su familia. Dio media vuelta y hace ya un mes que regresó para empuñar las armas y defender a su país. La guerra ha supuesto para ellos una vuelta de tortilla. Anton está ahora en Ucrania y su mujer y su hija, en el extranjero. Como él, muchos otros han cambiado su ocupación para adaptarla a los nuevos tiempos.

Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusos
Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusosLuis de Vega

Boris es un abogado reconvertido en voluntario al servicio del Ayuntamiento que está en contra de que Kiev negocie nada con Moscú. No, al menos, antes de que su Ejército ponga fin a la ocupación de Ucrania. En la mañana del lunes, con sus manos cubiertas con guantes, Boris ayuda a cubrir de sacos terreros el monumento de la princesa Olga, en el centro de la ciudad. Junto a él, varias decenas de hombres y mujeres se afanan en llenar los sacos, con el logotipo de una empresa brasileña y originalmente destinados a uso alimentario.

Entre ese ir y venir se encuentra Paul, un guardabosques austriaco de 42 años al que la primera ola de la pandemia dejó en paro. Ahora Kiev, señala, le ha sacado de la depresión. Paul vive acogido desde hace un par de semanas en casa de un particular y se ha puesto a disposición de quien requiera su ayuda. No va a unirse a los extranjeros que se van al frente, lo tiene claro. Se ofrece tanto para llenar sacos como para lavar cacharros en una cocina. “Trato de demostrar que podemos cambiar la sociedad. Mi país ya pasó hace 80 años por una gran jodienda, con perdón”, recalca dejando claro su discurso pacifista. “No quiero tocar un arma”.

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En las localidades ucranias que caen en manos del ejército ruso, la prioridad es evacuar en primer lugar a los vivos, especialmente los heridos para que puedan ser atendidos. Los muertos no corren tanta prisa. Vasil, de 63 años, ha logrado salvar la vida, pero no su pierna derecha. Afirma que en la noche del 16 al 17 de marzo los militares invasores ordenaron a los hombres ponerse en fila y que él recibió a sangre fría un disparo a la altura de la tibia por llegar con retraso. Tardó dos días en ser trasladado desde Bohdanivka hasta el hospital de Brovari, al este de Kiev, a una distancia de solo una veintena de kilómetros.

“Llevo más de 20 años de profesión y no he visto daños como los que he visto estos días”, comenta Volodímir Andriiets, de 44 años y subdirector del centro médico. El tiempo parece haberse congelado en las estancias de este edificio decorado con plantas, muebles, tapetes de ganchillo y teléfonos que parecen traídos de un museo, pero donde los equipos médicos brillan por su ausencia. Algunos de los entrevistados, como el propio Vasil, reconocen, sin embargo, que el haber conseguido ser trasladados aquí les permite ahora mirar hacia delante, aunque en su caso sea con un par de muletas que ahora descansan junto al cabecero de la cama.

En este hospital atienden ahora mismo a 28 civiles heridos que han llegado desde diferentes localidades de los alrededores de Brovari. La orilla oriental del río Dnieper, que riega una parte importante de Ucrania, es estos días escenario de combates entre los ejércitos de Ucrania y Rusia en los alrededores de la capital.

Zina, de 62 años y con experiencia como enfermera, controla que la medicación de su marido acabe de caer por el gotero antes de darle de comer una sopa. El relato de Vasil coincide con el de otros desplazados internos que han logrado escapar de esos pueblos, pero estremece verlo hablar sin alterar el tono de voz con el muñón sobre la cama.

Fue a la una de la madrugada del jueves 17 de marzo. Una veintena de vecinos se encontraban refugiados en una vivienda, todos juntos. “Vinieron a la casa y un oficial dijo que los hombres tenían 10 segundos para ponerse en fila enfrente de él. Llegué con retraso y me disparó directamente a la pierna. Quería dispararme en la segunda, y yo le dije: ‘Pues dispara’. Pero se fueron”, rememora el hombre. “Pusimos el vendaje. Teníamos antibióticos, analgésicos y pusimos el torniquete. No pudimos salvar la pierna, pero sí la vida”, explica ella, sentada en la cama de al lado. Añade la mujer que los propios militares rusos que contemplaron la escena “entendieron que su oficial no estaba bien de la cabeza y nos dejaron salir” hasta otro pueblo cercano. Aleksandr, el yerno de Vasil, también ha tenido que salir de Bohdanivka con su mujer y los niños. Al llegar al hospital a visitar a su suegro, cuenta que en su barrio han tenido que enterrar ya a dos vecinos en la calle y que hay tres cadáveres pendientes de recoger.

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Enfermeras en el hospital de Brovary, al este de Kiev, este domingo
Enfermeras en el hospital de Brovary, al este de Kiev, este domingoLuis de Vega

Bohdanivka, a unos 50 kilómetros del centro de Kiev, llevaba ya días en manos de las tropas del Kremlin, que no lograban avanzar hacia la capital y sufrían problemas de abastecimiento y logísticos. Por eso, los vecinos huidos ahora en Brovari coinciden al describir escenas de pillaje y abusos. Vasil, obrero de la construcción ya jubilado, lo recuerda como si se tratara de una película que ha tenido que vivir en primera persona: “Al lado de cada casa había uno o dos tanques, transportes blindados de personal y equipos. Teníamos mucho miedo. Habían ocupado todas nuestras casas y guardaban sus equipos en los patios. Rompían, destruían, robaban, no se salvaba nada. Robaban toda la ropa de hombre, toda, y la de mujer también. Sacaban todos los electrodomésticos”. Zina apunta: “Menos en las casas que ocuparon parar vivir, que allí sí los usaban. El oro. Toda la comida que había en el frigorífico. Se llevaban las bicicletas de los niños, los patinetes, porque tenemos a cuatro nietos, las motos y las montaban”.

En el hospital no se ven escenas de caos ni hay carreras con heridos llegando cada poco. El subdirector detalla que en los últimos días, coincidiendo con el repliegue de tropas rusas, apenas llegan cuatro o cinco heridos civiles cada día.

En otra de las habitaciones se recupera Yuri, de 47 años, integrante de los grupos de defensa civil de la localidad de Dimerka. El hombre se señala la pierna y el vientre, donde se le quedaron incrustados fragmentos de una bomba de racimo, armamento prohibido por más de un centenar de países, pero no para Rusia, que no ha ratificado la Convención sobre Municiones de Racimo. Yuri resultó herido el pasado 8 de marzo y fue operado nada más llegar a Brovari. “Yo estaba corriendo de mi casa al refugio para esconderme y de camino recibí el disparo de un fragmento del proyectil. La bomba de racimo pasó por todo el pueblo y cayó en una de las casas, quemándola. Pero los fragmentos salieron disparados y explotaron por todos sitios. Al principio no me enteré de que estaba herido. Noté algo, pero pensé que a lo mejor era la onda expansiva, luego me puse malo y vi que tenía un agujero en el vientre”.

Rina, la mujer de Vasil, que también está siendo atendido de daños en el colon, tira de sorna: “El gran ejército ruso, pura pobreza”. Y se despacha a gusto: “Queremos que se vayan, que se vaya hasta el último. Quiero que toda Europa sepa qué tipo de Ejército es. No es un Ejército, son vagabundos. Y van vestidos peor que los vagabundos. Sin ducharse dos meses, sucios, grasientos. Sin ropa, vestidos con nuestra ropa”.

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Los paneles electrónicos que reclaman a la OTAN que cierre el espacio aéreo conviven en las calles de Kiev con los carteles que siguen anunciando el concierto del 29 de mayo de Iron Maiden y que el conflicto ha obligado a suspender. La capital de Ucrania es una ciudad en la que apenas se ven ya niños superado el mes de la invasión rusa, que comenzó el 24 de febrero pasado. Aproximadamente la mitad de los tres millones de habitantes se han marchado huyendo de la guerra. Los hombres de entre 18 y 60 años han de quedarse, pero muchas mujeres y menores han ido saliendo de forma escalonada. Forman parte de los diez millones de ucranios que han huido de los bombardeos, 3,5 millones fuera del país y 6,5 millones como desplazados internos. La capital de Ucrania ha aprendido en el último mes a convivir con el estruendo de los combates que se escuchan de fondo, los sonidos de las alarmas, las noches en los refugios y las calles medio desiertas. Este es el testimonio de algunos de los vecinos que siguen en Kiev.

Alexei, repartidor de Glovo con chaleco antibalas y casco: “La gente tiene miedo de abrir las puertas de sus casas”

Alexei, de 36 años, repartidor de Glovo en las calles de Kiev.
Alexei, de 36 años, repartidor de Glovo en las calles de Kiev.Luis de Vega

Es una imagen fantasmal que recuerda al cierre de la vida pública en todo el mundo por la pandemia de covid. La estampa de los riders por las calles de Kiev en plena guerra es para algunos el símbolo del avance irrefrenable y sin piedad del capitalismo en la exrepública soviética. Su presencia entre avenidas medio desiertas y zigzagueando entre las barricadas recuerda a aquellos días de confinamiento impuesto por el virus, pero aquí los repartidores pedalean entre los zambombazos del Ejército de Ucrania y el de Rusia. La aplicación que regula los pedidos y repartos de Glovo se bloquea en cuanto empiezan a sonar las alarmas que advierten de un posible ataque en la capital ucrania. Alexei, de 36 años (prefiere no dar su apellido), no acaba de acostumbrarse a esos parones, pero lo lleva con resignación. Reconoce que la empresa les paga un poco más por cada viaje por el peligro que supone trabajar estos días. “Si ya estoy de camino cuando suena la alarma, no tiro el pedido”, señala con cierta sorna. Explica que lo lleva a destino y espera a que la normalidad, si es que puede decirse así, se retome para esperar nuevos encargos.

Hace tres años que este padre soltero de una hija de diez años se gana así la vida, como repartidor a tiempo parcial. Estos días de conflicto lo hace sobre todo en la zona centro, que es la más tranquila y se mantiene alejada de los combates, aunque “se escuchan los ecos de las explosiones de otras partes de la ciudad y hay tensión”, señala. Por eso, cuando ha de ir a zonas más alejadas o conflictivas asegura que lo hace con el casco y el chaleco antibalas que ha obtenido como miembro de los grupos de defensa civil en los que se ha enrolado. Cuenta que lo que más está llevando a los clientes es tabaco, cereales y pan, pero que el clima bélico tras un mes de conflicto ha enrarecido a la población. “La gente tiene miedo, tiene miedo de abrir las puertas de sus casas. Si antes tocabas el timbre y te abrían, ahora tienes que llamar por teléfono antes. Te hacen preguntas y a veces tienes que enseñar los documentos”, comenta con las manos apoyadas en el manillar y la mochila amarilla a los hombros.

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Dice que muchos de los repartidores se han ido de la ciudad o se han unido a los grupos de defensa, por eso han quedado pocos. Además, añade, la cantidad de los pedidos ha disminuido porque la ciudad tiene ahora una población menor. Pero haciendo un balance, a él la carga de trabajo no se le ha hundido porque antes de la guerra realizaba unos 10 pedidos al día, y ahora en las jornada que considera buenas, sin muchas alarmas, hace en torno a siete u ocho. Pero en las malas, con muchas advertencias de seguridad, apenas uno o dos. En definitiva, tiene menos pedidos pero cobra algo más por cada uno de ellos en concepto de riesgo. Si antes sacaba una media de entre 1.000 o 1.500 grivnas al día (30-45 euros), ahora obtiene una cantidad de entre 1.000 y 1.200 (30-37 euros). Pero Alexei insiste en que, más allá de la bicicleta y Glovo, su papel ahora mismo es más el de defender a su pueblo y para ello se apoya en su madre, que es quien se hace cargo de su hija.

Julia, reportera del canal 1+1: “El frente es ahora mi casa”

Julia Kyriienko, de 34 años, reportera del canal 1+1.
Julia Kyriienko, de 34 años, reportera del canal 1+1.Cedida por Canal 1+1

El bautizo como reportera de guerra de Julia, de 34 años, tuvo lugar en 2014 en el este de su país, en la región del Donbás. Allí, separatistas prorrusos llevan todo este tiempo desafiando a las tropas ucranias. Ahora, a Julia Kyriienko, periodista del canal de televisión 1+1, la guerra le pilla a las puertas de casa, en los alrededores de Kiev. Además, su marido, hasta hace unas semanas vendedor de teléfonos móviles, se ha ido al frente con el Ejército mientras que el hijo de ambos, de dos años, se ha refugiado en el oeste del país con la abuela. “En el Donbás, sabías dónde estaba la línea del enemigo, de dónde podían salir los tiros”, pero “ahora estamos todos bajo fuego, no importa si estás en casa, en el trabajo o en el frente. Mi vida personal ha cambiado desde el 24 de febrero porque el frente es ahora mi casa”.

Julia forma parte de los equipos de periodistas ucranios a los que se permite estar empotrados con las tropas de su país, algo que apenas consiguen los medios extranjeros. “Muchas veces tenemos que seguir trabajando hasta cuando se encienden las sirenas, estando en la calle o camino a rodar. El riesgo es máximo”, relata durante una entrevista a primera hora de la mañana en la sede del canal 1+1, que forma parte del grupo de siete medios que se ha unido bajo la guerra para, entre todos, emitir de manera ininterrumpida las 24 horas del día. De esta forma, explica Julia, mantienen informada a la población de manera permanente y, al mismo tiempo, hacen frente a la falta de personal, pues muchos trabajadores se han ido por seguridad de Kiev.

Cada canal se encarga de una franja horaria que va rotando cada día. “El trabajo del periodista no ha cambiado, solo que el tiempo que tenemos que cubrir en antena ha aumentado a unas tres horas cada día”. A veces Julia coincide con su marido en los alrededores de la línea del frente, pero no puede acompañarlo porque “está en una división que no permite trabajar junto a él”. En cuanto a la implicación que pueda tener la guerra en su forma de cubrir la actualidad señala: “Entendemos qué es lo que está haciendo Rusia y cómo intenta hacer nuestra nación desaparecer. Llevamos ocho años de guerra. Los rusos se están hundiendo en sus fake news y todo el mundo lo puede ver, no tenemos este problema de tener que desmontar sus mitos. Todo el mundo se está riendo de ellos”. La reportera muestra en su móvil algunas imágenes del frente, entre ellas, un selfi en el que de fondo aparece un perro comiéndose el cadáver de un militar ruso.

Volodímir, conductor de una empresa funeraria: ”Cuando hay un niño muerto no lo puedes comprender”

Tumbas en el cementerio del crematorio de Kiev
Tumbas en el cementerio del crematorio de KievLuis de Vega

Cada día al llegar a casa Volodímir trata de “cambiar el chip” y pensar en otra cosa que no sea su trabajo. Cientos de vasijas con cenizas se acumulan ordenadas por orden alfabético en las dependencias del crematorio del cementerio de Baikove de Kiev. El humo negro que sale por la chimenea impregna el entorno. Muchas familias no acuden estos días a buscar los restos de sus seres queridos por la guerra. En las últimas semanas, los operarios han abierto nuevas cavidades en el terreno para tratar de aligerar el proceso de sepultura, pero no pueden avanzar sin que se cumplimenten los trámites burocráticos. Como en muchas otras profesiones, la de conductor de vehículos fúnebres también se ha visto afectada con el conflicto. “Después del 24 de febrero, algunos cuerpos se quedan en las morgues. Es imposible sacarlos por el pánico, mucha gente ha huido y el proceso se ralentiza. El trabajo es el mismo que antes, lo único es que falta gente”, explica Volodímir, de 34 años y conductor desde hace 12 en una empresa mixta de titularidad pública y privada.

Ha acudido hasta el crematorio a trasladar el cadáver de un hombre que murió una semana antes de un disparo mientras ayudaba a evacuar a civiles en su coche de Irpin, en la línea del frente a las afueras de la capital. En las dos pequeñas capillas los procesos son rápidos, ceremonias de apenas unos minutos. Algunos religiosos despiden incluso a algunos de los finados dentro de la misma furgoneta en la que llegan. Abren el féretro, ondean un pequeño incensario y listo. Volodímir asegura que también faltan enterradores y que los ataúdes empiezan a escasear porque no hay quien los fabrique dentro de Kiev. Pese a sus años de experiencia, reconoce: “Me asustan las muertes que no son naturales, como estos días cuando están matando a la gente. Cuando hay un niño muerto no lo puedes comprender, el cerebro te explota y piensas ¿por qué? Últimamente he visto a niños y gente joven a la que han disparado durante la evacuación de Irpin, de Bucha…”. Por eso, al final de la jornada laboral trata de dejar el trabajo en la puerta y dedicarse a cuidar de su mujer y su hijos.

Roman, acogido en un hogar para personas sin techo: “No me hablo con mi familia. No tengo a nadie”

Roman, de 43 años, en la casa para personas sin techo donde está acogido en Kiev.
Roman, de 43 años, en la casa para personas sin techo donde está acogido en Kiev.Luis de Vega

Roman, de 43 años, muestra el refugio subterráneo con cinco literas que, en la actual coyuntura, se ha erigido como la estrella de la humilde casa de acogida donde habita junto a una veintena de mujeres y hombres sin techo en Kiev. “Llevo en este lugar unas dos semanas, un poco después de haber empezado la guerra”, explica mientras ordena las pocas pertenencias de las que dispone. Desde 2008, cuando fue desahuciado por impago, anda dando tumbos y ahora se ha visto obligado a buscar amparo en una organización humanitaria porque los toques de queda prohíben permanecer en la calle a los ciudadanos. Roman tiene exmujer y un hijo. Sabe que están en la región de Kiev, pero no mantiene contacto con ellos. “No me hablo con mi familia. No tengo a nadie”.

En la vivienda, además del sótano, hay dos dormitorios donde duermen separados mujeres y hombres. A la casa se entra por una estancia que hace las veces de pequeño salón y cocina. Varios hombres matan ahí el tiempo cocinando o limpiando. Lo más emocionante del relato de Roman son los paseos “de tres kilómetros” para traer agua porque, afirma, la del grifo no pueden beberla. Al enterarse de que el reportero es español, cuenta de inmediato con cara de sorpresa que su madre vive desde hace dos décadas en Avilés. Asegura que le gustaría irse de Kiev, pero la ley obliga a todos los varones de entre 18 y 60 años a quedarse a defender el país y él mismo reconoce que no tiene “adónde ir”, pues ni siquiera puede encontrar un trabajo. Le acompañan tres hombres armenios, Georgi, de 53 años, Aram, de 52, y Tigram de 39, cuyas circunstancias son similares. Se han quedado atrapados en la capital ucrania sin poder salir.

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El Ejército de Ucrania también logra avances en el este de Kiev que se suman a los conseguidos en los últimos días en el noroeste. Las tropas rusas están perdiendo posiciones en las dos principales vías que han tratado de abrir desde que comenzó la invasión el pasado 24 de febrero para intentar llegar al corazón de la capital. Una base militar atacada entonces a la entrada de Brovari, en la orilla oriental del río Dnieper y a las puertas de Kiev, es el recuerdo del rápido avance ruso en los primeros días de contienda. Pero nunca lograron pasar de ahí y en el último mes no han hecho más que perder terreno. En medio de ese estancamiento, Moscú ha dado un giro en su intención inicial de asestar un golpe rápido a Kiev y al Gobierno del presidente Volodímir Zelenski y asegura ahora que su objetivo es tomar solo la región de Donbás, al este del país, y que los separatistas prorrusos controlan en parte desde hace ocho años.

En la zona de Brovary y Borispyl, al este de Kiev, “el enemigo se está moviendo” pero no está listo “para una ofensiva”, dijo este viernes Oleksandr Hruzevich, vicejefe de las Fuerzas Terrestres de Ucrania, durante una comparecencia pública. Pese a que se ha superado ya el primer mes de guerra, el centro de Kiev, objetivo principal ruso, sigue lejos de estar en la línea de fuego. En todo caso, las tropas rusas “todavía tienen fuerzas para atacar y lo van a hacer en un futuro próximo”, apuntó Hruzevich. Los contraataques ucranios y los problemas de suministro de las fuerzas rusas “han permitido a Ucrania volver a ocupar ciudades y posiciones defensivas hasta a 35 kilómetros al este de Kiev”, según datos de las autoridades del Reino Unido citados por la agencia Reuters.

“Hemos salido con nuestro coche de Shevchenkove por un pasillo humanitario que organizó el Gobierno. Al salir pasamos por tres controles con los rusos armados que revisaban los documentos”, relata Volodímir, de 68 años. “Un matrimonio joven de mi pueblo que trabajaba en el mercadillo ha sido fusilado a tiros por los soldados rusos, el coche con todo lo que estaba dentro destrozado, les hemos enterrado”, añade.

Volodímir es uno de los que espera su turno junto a varias decenas de personas para registrarse en la plaza central de Brovari ante las dependencias municipales. Algunos están enojados porque quieren recibir mejores ayudas. Son ciudadanos que han escapado o han sido evacuados en los últimos días de localidades en disputa entre los dos ejércitos.

“Bohdanivka estaba toda llena de soldados rusos”, cuenta Irina, de 58 años, otra de las que hace cola para registrarse y que fue evacuada a Brovari en la noche del pasado 23 de marzo. “Hemos dejado las casas abiertas para que no rompan nada al querer entrar, porque están destruyendo las ventanas y las vallas”. Irina, acogida en casa de una hermana, lamenta no haber recibido todavía nada y critica que el ritmo de la atención no es el que ella esperaba. “Prometen ayuda para la gente con enfermedades oncológicas, como yo, medicinas, ayuda humanitaria, productos y ayuda material de 2.000 grivnas por persona (unos 70 euros al cambio) y 3.000 (unos 105 euros) para personas con discapacidad, como es mi caso”.

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Algunos milicianos armados ordenan en la plaza el flujo de las peticiones de ayuda mientras la sirena que alerta de un posible ataque desde el aire dirige a algunos de los refugiados a un refugio próximo. Otros no se dan por aludidos. “Estaban bombardeando los almacenes y la calle central. En la casa de un amigo han destruido la puerta de entrada. Eran las dos de la madrugada y menos mal que los niños estaban en el sótano, porque los rusos entraron a la casa y tiraron una granada al dormitorio. Quemaban las casas”, rememora Volodímir, que llegó a Brovari el 20 de marzo desde Shevchenkove.

Una columna de humo sobre el cielo de Kiev este viernes.
Una columna de humo sobre el cielo de Kiev este viernes.Luis de Vega

Unas 20.000 personas han abandonado Borispol, un suburbio al este de Kiev cerca de donde se encuentra el aeropuerto de la capital, para facilitar las tareas del Ejército ucranio frente al ruso, según explicó el alcalde, Volodímir Borisenko, a la agencia Reuters.

La estrategia del Ejército local es dificultar la llegada de suministros a los rusos y tratar de rodear cerca de Kiev a sus tropas una vez desabastecidas, según un portavoz militar. Calcula que el Kremlin tiene desplegados unos 19.000 hombres en el noroeste de la capital ucrania, que ha sido el principal objetivo militar y político del presidente ruso, Vladímir Putin, desde que ordenó la invasión. Las fuerzas de tierra que comanda el general Oleksandr Sirskii llevan días logrando frenar el avance de las tropas del Kremlin al noroeste de la capital en torno a las disputadas localidades de Irpin, Gostomel, Bucha y Makariv.

Al este de la principal orbe del país, desde la entrada de la base militar de Brovari, se observa que los daños son evidentes en distintos edificios tras el ataque ruso al comienzo de la guerra. Varios vehículos destrozados en la refriega, entre ellos un blindado del Ejército ucranio, sirven ahora de barricada para ralentizar el paso de los vehículos por la carretera. Uno de los que controla el lugar es Serguéi, de 27 años, empleado de una empresa tecnológica de EE UU al que le han permitido unirse a la defensa civil de su país y, al mismo tiempo, seguir percibiendo el mínimo de su sueldo. El joven, armado y pertrechado con toda la parafernalia militar, no escucha de fondo más disparos que los de sus compañeros que realizan prácticas de tiro dentro de las instalaciones militares.

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Una gran columna de humo se alza sobre una zona logística de Chaiky, a las afueras de Kiev. A media mañana del jueves, justo cuando arranca el segundo mes de guerra en la exrepública soviética, se escuchan intensas detonaciones en el lugar. Algunos de los militares ucranios que custodian la zona a unos metros de un retén de bomberos se muestran enervados por la situación. En primera línea de combate, a unos kilómetros de aquí, la estrategia del Ejército local sigue siendo golpear las columnas de suministro logístico de los rusos y tratar de rodear a sus tropas una vez desabastecidas, explica optimista a este periódico un portavoz militar en Kiev. Calcula que el Kremlin tiene desplegados unos 19.000 hombres en el noroeste de la capital ucrania, principal objetivo militar y político del presidente ruso, Vladímir Putin, desde que ordenó la invasión.

Un puñado de vecinos de las casas más próximas al polígono alcanzado por los proyectiles se paran apenas unos segundos mientras el sol queda por momentos eclipsado por la humareda. De inmediato siguen con su vida, como un hombre que no oculta que permanece en su casa junto a su mujer, sus hijos y sus nietos. No es el primer día que los continuos zambombazos son la banda sonora en estas calles de Petropavlivska Borschahivka, la localidad a la que pertenecen. Testigo privilegiado de los combates es la iglesia ortodoxa erigida en honor al nacimiento de la virgen María.

Las fuerzas de tierra que comanda el general Oleksandr Sirskii llevan días no solo impidiendo el avance de los rusos a las afueras de Kiev, sino que su intención es rodear la zona en la que se encuentran estancados en las disputadas localidades de Irpin, Gostomel, Bucha y Makariv con serios problemas logísticos, detalla Volodímir Fitio, uno de los portavoces del Ejército. La estrategia es cortar la llegada de apoyo a los rusos desde la retaguardia en forma de combustible, municiones o comida a la línea del frente.

Los mencionados son enclaves estratégicos que Rusia quiso tomar desde el principio como punta de lanza para meter a sus hombres en el centro de la capital. Los carros de combate del Kremlin llegaron hasta aquí muy pronto, apenas un par de días después de la invasión ordenada por Putin, pero lo que entonces parecía un progreso rápido y casi imposible de frenar se ha acabado estancando.

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El Ejército ruso “ha perdido el potencial de ataque, su estado moral y psicológico es bajo. Todo lo que pueden hacer ahora es saqueo, robar todo lo que pueden, destrozar todo lo que tocan”, afirma Fitio, que estima que hay unos 16.000 soldados rusos en la región noroeste de Kiev a los que hay que sumar unos 3.000 más dedicados a la defensa aérea y la logística. “Las Fuerzas Armadas ucranias intentan echar al enemigo de estas ciudades y sus alrededores y llevar a cabo una limpieza”, y “en el caso de que el enemigo decida atacar a Kiev, será parado y eliminado”. “Por ahora estamos intentando hacerles retroceder”, añade.

Ucrania está recibiendo ayuda desde el extranjero tanto en efectivos como en armamento, pero las autoridades prefieren que esos detalles se mantengan lejos del foco mediático. “Agradecemos a los países amigos el suministro de ayuda, que es muy necesaria. Pero no hay necesidad de hablar de ello”, ha comentado en Kiev este jueves Oleksandr Motuzianik, portavoz del Ministerio de Defensa, en una comparecencia pública.

Cadáveres abandonados

En Irpin, Bucha o Gostomel sigue habiendo estos días enfrentamientos, reconocen fuentes militares ucranias. No quieren referirse, sin embargo, a las bajas que están sufriendo las tropas locales, pero hablan de miles de rusos desperdigados por el campo de batalla cuyos cuerpos no están siendo recogidos.

“Necesitamos que el mundo vea cuántos cuerpos de los soldados rusos están tirados en los campos y que nadie quiere recogerlos”, comenta el portavoz militar, que incluso se refiere a “una catástrofe ecológica”, especialmente en la región de Sumy, donde no se retira ninguno. “La parte rusa no está interesada en recoger los cuerpos para que no se conozca el número real de los muertos y la parte ucraniana se ve obligada a hacer fosas comunes”, pero “no es siempre posible, porque no se puede hacer en las zonas del combate, ni tampoco es posible hacerlo en los territorios ocupados por las tropas rusas”.

Volodímir Fitio, uno de los portavoces del Ejército de Ucrania, este jueves en Kiev.
Volodímir Fitio, uno de los portavoces del Ejército de Ucrania, este jueves en Kiev.Luis de Vega

El pasado lunes el diario Komsomolskaya Pravda, un medio afín al Kremlin, publicó durante unos minutos que hasta el momento habían perdido la vida 9.861 militares rusos en la guerra de Ucrania y 16.153 habían resultado heridos. Las autoridades no han desmentido esas cifras, mientras que la dirección del tabloide asegura que aquel día fue pirateada la interfaz de su sitio web y alguien manipuló la pieza con “información inexacta”. Hasta el momento, Moscú solo ha informado oficialmente el pasado 2 de marzo de 498 muertos y 1.597 heridos en sus filas.

Volodímir Fitio reclama “apoyo internacional y de países miembros de la OTAN con armamento” y también: “Necesitamos que todos los negocios internacionales que todavía no han salido de Rusia, salgan del país y no paguen impuestos que financian las Fuerzas Armadas rusas y esta guerra”. El portavoz militar considera que si cae Ucrania, Putin pondrá en su punto de mira otros países europeos. “Y no será solo Polonia, irá hasta Alemania y aún más lejos”, pronostica.

Mientras, en las calles de Petropavlivska Borschahivka, bajo la columna de humo, los integrantes del cuerpo de defensa civil controlan la circulación y el tránsito de personas en los alrededores de la zona industrial atacada. Uno de ellos, Sasha, va con una mochila a la espalda y busca transporte hasta el centro de Kiev. Como muchos otros, tiene a su mujer y dos hijos en el oeste del país y, tras este mes de guerra con la defensa civil, ha decidido dar el salto al Ejército. Los zumbidos de misiles que rompen el cielo hacen al reportero maldecir mirando hacia arriba entre las risas de los presentes, que están más que habituados. “No pasa nada”, tranquilizan.

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La batalla en Ucrania contra la ciudadanía es cada vez más encarnizada. Dos bombardeos en Kiev y los disparos de soldados rusos para dispersar una manifestación en Jersón este lunes evidencian la crudeza de la guerra en medio del estancamiento de las negociaciones. Odesa, en el sur, ha soportado su primer ataque, lanzado también contra una zona residencial. En Mariupol, la ciudad que se ha convertido en símbolo de la destrucción y el ensañamiento con los civiles en esta guerra que cumple ya 26 días, las tropas ucranias han rechazado rendirse ante el ultimátum que les lanzó Moscú el domingo.

Al menos ocho personas murieron en el ataque llevado a cabo a última hora del domingo en el norte de Kiev. A las once de la noche del domingo la explosión se escuchó en varios kilómetros a la redonda. El amanecer, con el fin del toque de queda, trajo de nuevo la imagen de la devastación. Esta vez el blanco de los ataques fue el centro comercial Retroville, de reciente construcción. La galería se levanta en uno de los ensanches en el corte de la capital de Ucrania, no lejos de la zona en la que desde hace días el Ejército ucranio y el ruso se disputan el terreno de acceso a la capital. En la tarde de este lunes, desde la zona atacada todavía se escuchan en la distancia los combates.

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Los vecinos se agolpaban en la mañana del lunes lo más cerca que podían de la zona acordonada. “Fue como un terremoto”, explica Victoria, una de ellas, haciendo con las manos el gesto de la detonación que sacudió a todos los que viven en el barrio. “Estaba sentada en el sofá de casa cuando todo tembló y empezaron a caer pequeños trozos de las ventanas”.

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Alrededor del epicentro del ataque hay bloques de unos quince pisos de altura construidos hace pocos años con zonas ajardinadas en el medio. Muchas de las ventanas y cristales han saltado por los aires. También escaparates de los comercios. Los daños podían verse incluso a varios centenares de metros de la gran explosión que golpeó el centro comercial. Muchos de los carteles de grandes marcas de moda internacional, de la restauración o bricolaje se habían instalado en esta zona comercial que este lunes permanece rodeada por los equipos de seguridad y miembros del Ejército.

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Horas después, el alcalde de la capital, Vitali Klitschko, ha informado en una entrevista con TVE de otro ataque en el centro de la ciudad en el que ha muerto un civil y 10 personas han resultado heridas. “Esperamos nuevos ataques en las próximas 24 horas y nuestra prioridad principal es salvaguardar las vidas de los ciudadanos”, ha asegurado Klitschko.

Unas horas después del bombardeo, la capital de Ucrania vive un nuevo periodo de letargo impuesto por el Ayuntamiento. El nuevo toque de queda se extenderá desde la tarde del lunes hasta la mañana del miércoles. Durante la noche no está permitido salir ningún día. La finalidad de esta medida —que es la tercera vez que se impone a los ciudadanos desde el comienzo de la guerra, el pasado 24 de febrero— es combatir con mayor eficacia a supuestos grupos de enemigos infiltrados en la ciudad, según las autoridades.

Primer ataque a Odesa

En el frente sur, las autoridades locales han informado este lunes del primer ataque en la ciudad costera de Odesa, con alrededor de un millón de habitantes, y un puerto estratégico del mar Negro que el Kremlin ansía conquistar. El objetivo, también esta vez, fueron edificios residenciales, pero el ataque no causó víctimas mortales. La localidad, situada en un punto estratégico para Moscú, llevaba semanas blindándose ante la posibilidad de una invasión inminente.

Las autoridades de Ucrania han anunciado el cierre de los puertos del mar de Azov y el mar Negro. Tras semanas de intensos combates, Kiev ha perdido el control del mar de Azov, pieza clave geoestratégica para el Kremlin que trata de unir la península de Crimea, anexionada ilegalmente en 2014, con la región separatista y prorrusa del Donbás. Las tropas de Putin se han hecho con el puerto de Mariupol, el principal de esas aguas, y han entrado ya en la estratégica ciudad, donde combaten calle a calle con las fuerzas ucranias. El ultimátum lanzado por Moscú el domingo para que el Ejército ucranio entregue las armas y abandone la localidad arrasada por las bombas no ha surtido efecto. El plazo venció a las cinco de la madrugada del lunes y las autoridades ucranias se niegan a ceder la ciudad, como reclama el Kremlin.

Bombardeos constantes en Járkov

Además de Mariupol, Járkov, Sumi y Chernígov, en el este del país, son las ciudades que más han sufrido la táctica rusa de destruir zonas urbanas con artillería. El alcalde de Járkov, Igor Terekhov, asegura que muchos de los edificios reducidos a escombros en la segunda ciudad del país eran de viviendas. “Es imposible decir que hemos dejado atrás los peores días; estamos constantemente siendo bombardeados, anoche volvió a haber fuego de artillería”, ha manifestado Terekhov en declaraciones a Reuters.

Hasta ahora, se habían visto manifestaciones pacíficas de ciudadanos ucranios que protestaban por la invasión ante la mirada de las tropas rusas. Este lunes, sin embargo, los soldados han reprimido con fuego real una protesta en Jersón, según ha denunciado el ministro de Exteriores, Dmitro Kuleba. Según el ministro, han herido a un pensionista.

El Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania también ha acusado a Rusia de trasladar a la fuerza a miles de niños y niñas desde la región del Donbás hasta Rusia. El portavoz del ministerio, Oleg Nikolenko, ha asegurado en sus redes sociales que 2.389 menores fueron apartados de sus familias solo el sábado.

En el oeste del país, a apenas 166 kilómetros de Polonia, varias personas han resultado heridas este lunes tras un ataque con misiles contra unas instalaciones militares ucranias en la región de Rivne, según ha informado el Ministerio de Defensa ruso y ha confirmado el alcalde de la localidad, Alexandr Tretiak, a través de su cuenta de Telegram. “Según las primeras informaciones, hay varios heridos. Informaremos con más detalle más adelante”, ha detallado el regidor de Rivne.

Mientras los ataques se suceden, los equipos negociadores han retomado las conversaciones este lunes. Los delegados de Moscú y Kiev han hablado esta mañana por videoconferencia durante 90 minutos. Según David Arajamia, líder del partido del presidente ucranio, Volodímir Zelenski, en el Parlamento, seguirán hablando con la delegación rusa durante todo el día.

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Kiev se ha instalado en algo parecido a una tierra de nadie dentro de la guerra que comenzó hace 25 días en Ucrania. Las tropas rusas no han accedido al corazón de la capital ni han llevado a cabo incursiones o bombardeos intensos, aunque sí se producen intensos combates en las localidades de sus alrededores. Pero los cientos de miles de habitantes que todavía siguen viviendo en Kiev no tienen ni un solo día de calma. Este domingo ha vuelto a haber un ataque en un barrio residencial sin que se hayan producido víctimas mortales y al caer la noche, el fuego antiaéreo ha retumbado en toda la ciudad. Se calcula que aproximadamente la mitad de los tres millones de personas que vivían en la principal urbe del país la han abandonado desde que comenzó la invasión de las tropas del Kremlin el pasado 24 de febrero.

Los controles militares, las barricadas y los bloques de hormigón con los que se trata de frenar la posible incursión rusa en la capital forman ya parte de la nueva fisonomía. El tráfico es escaso y las aceras están desiertas casi a cualquier hora del día, pero a veces se forman atascos en los puntos en los que militares o policías requieren a los conductores que se identifiquen o que abran el maletero del coche para comprobar qué es lo que transportan. Hay miles de personas entre civiles y uniformados pendientes de la seguridad de la ciudad, pero los carros de combate rusos no se han acercado al centro.

Sin embargo, a las dos de la tarde del domingo una explosión se escuchó a varios kilómetros de distancia tras sacudir una zona residencial a medio camino entre el centro de Kiev y la localidad de Irpin, escenario desde hace días de intensos combates. Varios coches han ardido junto a un cráter horadado junto a un edificio de viviendas de 10 plantas. Los alrededores han quedado alfombrados de cristales que sonaban al crujir bajo el calzado, conforme los vecinos se iban acercando a contemplar lo ocurrido. No era la primera vez en los últimos días que caía un proyectil en esta zona.

Cientos de ventanas y las fachadas de varios bloques habían quedado dañadas. Las autoridades no han informado de víctimas mortales, pero sí se han registrado cinco heridos. Como ha ocurrido en los ataques que han tenido lugar en los últimos días, hasta la escena se ha desplazado con rapidez el alcalde de la capital, el antiguo campeón de boxeo Vitali Klichko. Junto a las ambulancias, que han trasladado a dos de los heridos al hospital, han llegado también camiones de bomberos para apagar el incendio. Es una ceremonia que se repite desde que, el segundo día de la guerra, Rusia atacó por vez primera en la capital un edificio donde viven civiles en una acción que se ha repetido en varias ocasiones desde entonces.

Eugeni, de 33 años, contempla lo ocurrido este domingo en su edificio a cierta distancia en compañía de una vecina de avanzada edad de la que se está haciendo cargo. Esperan a que la zona deje de estar acordonada por las fuerzas de seguridad para volver a casa pese a los destrozos. De fondo se escucha el trabajo para acabar de retirar los cristales del que fue su colegio, a unas decenas de metros del edificio donde habita. Contempla la escena con nostalgia. “Esta es mi ciudad y pienso regresar a mi casa”, cuenta decidido Eugeni señalando hacia la fachada dañada de su bloque. Con los ojos llorosos, pese a su determinación, explica que su mujer embarazada de seis meses se ha tenido que marchar lejos de Kiev. Ambos esperan un niño que será su primer hijo.

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Decenas de periodistas de todo el mundo han acudido hasta el lugar de la explosión para tomar imágenes o realizar conexiones en directo. Uno de los militares que custodia la zona se queja de lo que él entiende que son mirones. “La gente aquí vive bajo presión porque llevamos recibiendo cohetes de los rusos desde hace un mes. Vivimos bajo un peligro muy grande”, cuenta Anton, de 32 años, otro vecino, que se expresa en español. “La gente que vive aquí son completamente civiles. Aquí no hay ningún objetivo militar, como dice la Federación rusa que está bombardeando, y sí mucha gente que vive aquí, mujeres con niños, personas que no quieren dejar su ciudad natal. Cada noche, muchos han de refugiarse en los sótanos”, añade mientras de fondo se escuchan las detonaciones y suenan las alarmas que alertan ante un posible ataque aéreo.

Fuera del cordón de seguridad se ha instalado una carpa de la Cruz Roja donde son atendidos algunos vecinos. Diana, una voluntaria de 21 años cuenta que muchas son personas mayores a las que han de escuchar y a las que ofrecen un té y un café. “A muchas les cuesta abandonar su casa” incluso en días con ataques como este porque es “donde han vivido toda su vida”, comenta la joven voluntaria.

Mientras, lejos del lugar del ataque del domingo, la plaza que se abre delante de la catedral de Santa Sofía, en el centro, una alfombra de un millón y medio de tulipanes recuerda a los caídos en la guerra. La explanada se ha convertido en lugar de peregrinación para algunos kievitas que acuden a contemplar la escena o a fotografiarla con su móvil.

Un millón y medio de tulipanes forman una alfombra en honor de los caídos en la guerra delante de la catedral de Santa Sofía de Kiev.
Un millón y medio de tulipanes forman una alfombra en honor de los caídos en la guerra delante de la catedral de Santa Sofía de Kiev.Luis de Vega

A unos 700 kilómetros de esa plaza, en el sur del país, se ha registrado el segundo ataque con misiles hipersónicos, de acuerdo a la información rusa. Ha sido en Konstantinovka, una ciudad de 70.000 habitantes, donde el proyectil lanzado desde Crimea y capaz de burlar las defensas antiaéreas, habría destruido “un gran almacén de combustible”, según el Kremlin. “Desde esa base se efectuaban los principales suministros de combustible para vehículos blindados ucranios en áreas de combate en el sur de Ucrania”, ha asegurado el Ministerio de Defensa ruso.

Ucrania ha denunciado este domingo otra matanza de civiles que asegura se produjo el 11 de marzo en Kreminna, una ciudad de 23.000 habitantes de Lugansk. Serhii Haidai, comandante del óblast de Lugansk —zona controlada por las tropas ucranias en esta región contestada por los separatistas prorrusos—, ha denunciado este domingo en su Telegram el Ejército ruso mató a 56 personas en una residencia de ancianos. “Lo hicieron de forma deliberada y cínica”, ha afirmado. Haidai ha añadido que no han podido recuperar los cadáveres, y que 15 supervivientes fueron trasladados a un geriátrico en la zona ya ocupada por Rusia de Svatove.

La Defensora del Pueblo ucrania, Ludmila Denisova, ha calificado el ataque de “genocidio”, y ha pedido que se establezca un Tribunal Militar Especial. “Por cada crimen de este tipo, por cada vida inocente quitada, el liderazgo del Estado agresor debe rendir cuentas con toda la severidad del derecho penal internacional”, ha afirmado en un mensaje de Telegram.

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Los ataques rusos contra zonas residenciales en Kiev han arreciado este martes con al menos tres potentes explosiones e imágenes que muestran a los bomberos de la capital en una lucha desigual contra enormes lenguas de fuego causadas por proyectiles en dos barrios de civiles, han informado los servicios de emergencia del país. La ciudad se encuentra casi totalmente rodeada por las fuerzas del Kremlin. Sin embargo, este martes, el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, su vice primer ministro, Jarosław Gowin; el primer ministro checo, Petr Fiala, y su homólogo esloveno, Janez Janša, viajan a la capital ucrania para reunirse con el presidente Volodímir Zelenski. Los tres jefes de Gobierno están de camino a Kiev en un tren que ya se encuentra en Ucrania tras atravesar la frontera de ese país con Polonia, informa la BBC, que cita a Michal Dworczyk, jefe de gabinete del gabinete de Morawiecki. Rusia y Ucrania tienen previsto retomar, también esta jornada, la última ronda de negociaciones de paz que iniciaron el lunes, unos contactos que ya han comenzado, según el canal de información Nexta.

El gabinete del primer ministro polaco había confirmado previamente en su web que los tres jefes de Gobierno viajan a Kiev en representación de la Unión Europea. La visita “se ha organizado tras consultar al presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, y a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen”, asegura el sitio oficial. El objetivo de este viaje, precisa el Ejecutivo polaco, es “confirmar el apoyo inequívoco de toda la Unión Europea a la soberanía e independencia de Ucrania, y presentar un amplio paquete de apoyo a Ucrania y a los ucranianos”.

Junto al gesto político de apoyo que representa esta visita en medio de una guerra que cumple su vigésimo día, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se ha congratulado más tarde de la “rápida adopción” de un cuarto paquete de sanciones contra Rusia, que “paralizará aún más la capacidad de Putin para financiar esta guerra injustificada”. Von der Leyen ha recalcado que “la UE y sus socios mantendrán la presión sobre el Kremlin hasta que detenga la invasión de Ucrania”.

Ucrania y Rusia tienen previsto retomar durante esta jornada la ronda de conversaciones por videoconferencia suspendida temporalmente el lunes. El asesor jefe del presidente de Ucrania, Oleksii Arestovich, ha publicado un vídeo, citado por la agencia Reuters, en el que dibuja un escenario para el fin de las hostilidades “a principios de mayo”, pronosticó este colaborador de Zelenski, momento en el que “Rusia se quedará sin recursos (humanos) para mantener la invasión”. “Creo que a más tardar a principios de mayo, deberíamos tener un acuerdo de paz, tal vez mucho antes, ya veremos, estoy hablando de las últimas fechas posibles”, precisó Arestovich.

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El asesor a quien se considera la mano derecha de Zelenski aludió también a otro escenario, a su juicio “completamente loco”, que podría implicar que Rusia “envíe nuevos reclutas [a Ucrania] tras un mes de entrenamiento”, añadió.

Los bombardeos en Kiev prosiguen

En las horas previas al anuncio del viaje de los tres primeros ministros europeos, los combates se habían intensificado alrededor de Kiev, que se encuentra casi totalmente rodeada por las fuerzas rusas. Al menos cuatro personas han muerto este martes en la capital ucrania después de que las tropas rusas atacaran zonas residenciales. El servicio de emergencias de Ucrania ha señalado que un bloque de viviendas en el distrito de Podilsk, en el noroeste de Kiev, recibió esta madrugada fuego de artillería pesada. “Empezó un incendio en las primeras cinco plantas del edificio residencial de diez plantas en la calle Mostytska como resultado de fuego de artillería pesada”, ha indicado este servicio en sus redes sociales. Las llamas fueron extinguidas y una persona fue hospitalizada. El servicio de emergencias ha informado también de una casa de dos plantas impactada por un ataque en el distrito de Osokorky (sureste), que no causó víctimas.

Una mujer observa este martes lo que queda de su casa prácticamente reducida a cenizas por el fuego causado por un bombardeo en Kiev.
Una mujer observa este martes lo que queda de su casa prácticamente reducida a cenizas por el fuego causado por un bombardeo en Kiev. FADEL SENNA (AFP)

Pese a que los ataques contra barrios residenciales no cesan, el progreso de las tropas del Kremlin sigue sin doblegar la resistencia ucrania. Las fuerzas rusas han llevado también a cabo varios ataques limitados al noroeste de Kiev, intentando sin éxito salvar el río Irpin, de acuerdo con el Instituto de Estudios para la Guerra (ISW). Los militares rusos mantienen el control del área al norte y noroeste de esa localidad, a unos 25 kilómetros de Kiev. De acuerdo con la consultora de Seguridad y Defensa Rochan Consulting, los rusos están concentrándose en esa zona, sin lanzar operaciones ofensivas en el área oriental de la capital, una estrategia que la consultora atribuye a la posibilidad de que carezcan de fuerzas suficientes para reanudar la ofensiva por ese flanco.

En el sur del país, los rusos retomaron el lunes su ofensiva desde Jersón hacia Mijolaiv, pero las fuerzas ucranias los han contenido, según el ISW. Rusia podría estar organizando un “referéndum” en Jersón, una ciudad del sur del país de unos 300.000 habitantes, para justificar la proclamación de una “república separatista”, ha alertado, por su parte, el Ministerio de Defensa del Reino Unido en su último informe. Este es el mismo método que Moscú ya utilizó en 2014, con la anexión de la península ucrania de Crimea, y posteriormente en la región del Donbás, donde se autoproclamaron dos “repúblicas populares”, Donetsk y Lugansk. El Kremlin reconoció como estados independientes a estas dos entidades separatistas el 21 de febrero, en una decisión que sirvió de antesala al inicio de la guerra, tres días más tarde.

Jersón constituye un punto estratégico en la desembocadura del río Dnipró en el mar Negro. Las tropas rusas, siempre según datos del informe del espionaje británico, dispersaron el lunes con disparos protestas ciudadanas pacíficas contra la ocupación rusa. La resistencia civil en esta urbe no ha sido la única. En los últimos días, también se han registrado manifestaciones en las ciudades ocupadas por los rusos de Melitopol (sur) y Berdiansk (sureste).

Las tropas del Kremlin prosiguen también con su campaña de destrucción de infraestructuras militares y civiles. En la ciudad de Dnipro, a 460 kilómetros al sur de la capital, el Ejército ruso bombardeó el aeropuerto. La pista de despegue ha quedado destruida y la terminal, dañada, ha informado en su canal de Telegram, Valentin Reznichenko, gobernador de esa región ucrania.

Un brutal aliado de Putin

Mientras las tropas rusas no consiguen de momento tomar la capital, el líder de la República de Chechenia, Razmán Kadirov, ha asegurado estar en Ucrania en un vídeo publicado en Telegram. El hombre a quien se considera uno de los aliados más brutales del presidente ruso, Vladímir Putin, afirma encontrarse en Gostomel, un aeropuerto cercano a Kiev, que fue tomado por los rusos en los primeros días de la invasión. En las imágenes, el presidente checheno aparece vestido con uniforme militar supervisando mapas y planos alrededor de una mesa junto a varios soldados. “El otro día estábamos a unos 20 kilómetros de ustedes, los nazis de Kiev, y ahora estamos aún más cerca”, escribió en un mensaje en la aplicación de mensajería, en el que retoma la retórica de Putin de que la ofensiva rusa persigue “desnazificar” Ucrania.

El jefe supremo de la República de Chechenia hace a su vez un llamamiento en el vídeo a las fuerzas ucranias para que se rindan “o estarán acabados”. “Les mostraremos que la práctica rusa enseña la guerra mejor que la teoría extranjera y las recomendaciones de los asesores militares”, añadió.

La ominosa amenaza de este exrebelde llega mientras Ucrania ha vuelto a anunciar este martes que intentará de nuevo abrir nueve corredores humanitarios para evacuar a los civiles atrapados. Uno de los lugares donde la situación humana era ya “apocalíptica” la semana pasada, de acuerdo con Cruz Roja, es la ciudad portuaria de Mariupol en el mar de Azov. Desde hace 11 días, 200.000 de su casi medio millón de habitantes subsisten sin agua corriente, electricidad y sin apenas comida. El lunes, por primera vez desde que las tropas rusas iniciaron el asedio a la urbe, una caravana de unos 160 coches particulares logró abandonar la localidad en dirección a Zaporiyia.

Kiev denunció que las tropas rusas vetaron de nuevo el lunes el paso de la ayuda humanitaria a Mariupol. Este martes, Ucrania intentará hacer llegar esos suministros de superviviencia a los habitantes de la ciudad, ha informado la vice primera ministra ucrania, Irina Vereshchuk. Alrededor de 150.000 personas han salido ya por corredores humanitarios de ciudades asediadas en Ucrania, una cifra muy reducida si se la compara con el total de 2′9 millones de civiles de ese país que ya han huido del país.

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