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Atrás quedaron las afugias económicas generadas por la pandemia o el alza de precios ocasionado por el paro, en Tuluá no se habla de extorsiones, decapitados o cartelización de alimentos, anunciado el cartel de la feria llegó el momento de “vivir sabroso”.

Editorial

“Los pueblos tienen los gobernantes que se merecen”, es una frase manida que se trae a colación cada vez que nos encontramos con un mandatario incompetente que, de alguna manera, termina representando a la minoría que lo eligió confiando ingenuamente en sus propuestas populistas.

Para nadie es secreto que Tuluá va por mal camino, que John Jairo Gómez Aguirre como gobernante ha sido muy inferior a las responsabilidades que le tocó asumir y que su gestión es tan ineficiente, pobre de resultados y caótica, que a su lado José Germán ‘Chepe’ Gómez, luce como un verdadero estadista y hasta está dispuesto a volver a salir a la calle sin tener que pasar vergüenzas.

“Vivir sabroso”, dicen los entendidos, en una frase acuñada en las profundidades de nuestras comunidades afros para significar una forma de vida cotidiana construida a través “del trabajo colectivo, la lucha y la resistencia de las comunidades” para enfrentar el peligro, el riesgo y la tensión generado por la violencia, más allá de los lineamientos jerárquicos definidos desde la capital del país.

Pues bien, Tuluá volvió a presentar índices de violencia que habían sido superados, y que fueron escabrosos en el periodo 2011-2015, con decapitaciones de seres humanos, extorsiones generalizadas, cartelización de productos básicos de la canasta familiar y una guerra no tan silenciosa entre estructuras criminales por el control de todas las economías ilegales.

La infraestructura pública luce en el abandono, es una suerte encontrar un semáforo en buen estado, las calles sucias, las vías desechas, como lo evidencia el barrio Villa Campestre o el corregimiento de Tres Esquinas y comunidades enteras incomunicadas, como lo vienen denunciando habitantes de La Rivera y El Picacho.

Los piques ilegales de motocicletas, que hoy se realizan cualquier día de la semana y en por toda la ciudad, son la demostración indiscutible de la falta de autoridad; ni Gómez Aguirre ni el cuestionado secretario de Gobierno, coronel (R) Jorge Gallego Chávez, han podido o querido responder al sentir de las comunidades, quienes se están resignando a verlos como unos ineptos en la materia.

El Palacio de Justicia sigue destruido y pocos se atreven a denunciar hechos de corrupción pública o las extorsiones, el asesinato del periodista Marcos Montalvo, mandó un mensaje claro y fuerte, y no son pocas las veces que quienes se atreven alzar la voz reciben mensajes o llamadas “invitándolo” a “despublicar”.

Precios de palcos entre los 6 y los 10 millones de pesos en Feria de Tuluá.

Sin embargo, todo esto quedó atrás, los tulueños tienen su propia identidad, y al parecer, también han construido una cotidianidad que les permite “vivir sabroso”, sin importar los múltiples problemas que los aquejen. El anuncio del cartel de la feria así lo evidenció.

Atrás quedaron las quejas por las precarias condiciones generadas por la pandemia y hasta el mismo paro. Hoy hacen cuentas para adquirir las costosas entradas al evento musical que, muy seguramente, volverá a dejar al municipio un déficit superior a los 2 mil millones de pesos, mientras los empresarios se soban las manos. “Igual se van a robar esa plata, que por lo menos hagan conciertos”, me expresó un ciudadano.

Desprecian el orden, la autoridad y el cumplimiento de las normas por considerarlos “activos” de la “gente de bien”. Al igual que en Cali, pareciera que el desorden, el abandono y la destrucción del municipio fuera el ideal que se quiere alcanzar, un fin montado sobre el reclamo de igualdad y equidad, pero que, en realidad, y a juzgar por los comentarios cargados de rabia y odio, solo se sustentan en la frustración, la envidia y el resentimiento.

Ese pensamiento privilegia el pan y circo sobre la gestión seria, desprecian a buenos gobernantes como Enrique Peñalosa o Gustavo Vélez para arropar a mandatarios populistas como Jorge Iván Ospina y John Jairo Gómez Aguirre, quienes han hecho de Tuluá y Cali dos ciudades invivibles, pero hacen ferias y alumbrados, dejan a la gente “vivir sabroso”.

Es difícil entender este nuevo y revolucionario modelo de pensamiento y sociedad, pero más desesperanzador es encontrar que personas con cierta capacidad de raciocinio y lógica no se arriesguen a pensar, y muy triste tener que aceptar que Gardeazábal tenía razón al afirmar que “para la estupidez no hay cura”, y lo peor, descubrir que al parecer esta cualidad es contagiosa y no se salvan ni reconocidos opinadores.


Camila se abraza a su padre. Le premia con besos, caricias, sonrisas… Anton se pasa a la niña de los hombros a los brazos. La levanta por los aires buscando entretenerla mientras le devuelve tanto cariño. Ambos juguetean mientras Elisabeth, la madre, hace cola ante la ventanilla número uno de venta de billetes de la estación de trenes de Kiev. Anton, de 30 años y con el rifle colgando de su espalda, está a punto de despedirse de su mujer y su hija. Ellas se van a Polonia. Él se queda en el frente de Irpin, una de las zonas clave desde donde se ha evitado la toma de Kiev.

La capital de Ucrania trata de adaptarse a una nueva realidad superadas las primeras semanas de guerra en las que los carros de combate rusos no han logrado tomar el centro de la ciudad y derribar el Gobierno del presidente Volodímir Zelenski. La urbe y sus habitantes —la mitad aproximadamente de los tres millones se han ido ya— no logran vivir ajenos a la guerra. Pero tampoco paralizados como muchos se quedaron los primeros días de la invasión del país por tropas rusas el 24 de febrero. Por eso, de una u otra manera, la existencia de todos ellos pasa por vivir bajo la amenaza permanente de un ataque.

No hay según los kievitas a pie buenas intenciones de Moscú en las negociaciones que se llevan a cabo en Turquía entre ambos gobiernos. El anuncio del Kremlin de que va a reducir el hostigamiento a Kiev y Chernihiv, una ciudad muy castigada, no es recibido con optimismo.

La vida ha de seguir mientras tanto su curso. Una de las últimas decisiones la tomó el lunes el alcalde, Vitali Klistchko, que anunció que los alumnos retomaban las clases de manera telemática. Muchos lo han hecho lejos de sus colegios, de su ciudad y hasta de su país. Ya antes algunas universidades, aprovechando la experiencia de la pandemia, habían decidido la vuelta en remoto.

A través de la pantalla, Julia Pidipryhora, licenciada en Filología Española, explica estos días a sus 80 alumnos el Desastre del 98. Al menos tres atienden conectadas desde España. Otros lo hacen desde Polonia o Italia. La mayoría desde fuera de Kiev. “No creo en nada de lo que dicen los rusos. No podemos fiarnos”, añade en perfecto español haciendo gala de las asignaturas que imparte desde hace un cuarto de siglo pese a que el salario público de Ucrania, lamenta, le impide viajar a España desde hace un par de décadas. Y ahora no está en su agenda, pese a que más de tres millones y medio de compatriotas han dejado el país en estas semanas de conflicto. “No pienso salir por el capricho de un loco que quiere adueñarse de mi país”, resuelve esta profesora refiriéndose al presidente Vladímir Putin.

Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientes
Con mucha menos afluencia porque muchos habitantes se han ido, este mercadillo semanal del barrio de Galagany (Kiev) sigue atrayendo algunos clientesLuis de Vega

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En Kiev, los principales supermercados siguen funcionando y no hay escasez importante de alimentos; la espera en las gasolineras no es de horas como cuando se pensaba que había que tener el coche lleno por si había que irse a toda velocidad ante una inminente llegada de los rusos. El suministro de agua, luz y calefacción se mantiene. Hoy, sin embargo, sigue habiendo colas en las farmacias, en entidades bancarias o en oficinas de envío y recepción de paquetes, lo que contrasta con las calles medio desiertas. En el barrio de Galagany, el mercadillo semanal agrupaba este martes a una decena de puestos y a unos puñados de clientes. Víctor reconoce mientras despieza a cuchillo carne de cerdo y cordero para despacharla que trata de mantener los precios, pero que hay muchos días en los que no pueden desplazarse y trabajar.

La estación de trenes está lejos de las jornadas en las que decenas de miles de personas se agolpaban a la búsqueda de una plaza que los alejara de la capital. Anton cuenta con Camila en brazos que trabajaba de camionero para una empresa polaca. El comienzo de la guerra le pilló por sorpresa en carreteras francesas. Llevaba seis meses sin ver a su familia. Dio media vuelta y hace ya un mes que regresó para empuñar las armas y defender a su país. La guerra ha supuesto para ellos una vuelta de tortilla. Anton está ahora en Ucrania y su mujer y su hija, en el extranjero. Como él, muchos otros han cambiado su ocupación para adaptarla a los nuevos tiempos.

Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusos
Decenas de voluntarios cubren con sacos de arena el monumento a la princesa Olga en el centro de Kiev para protegerlo de posibles ataques rusosLuis de Vega

Boris es un abogado reconvertido en voluntario al servicio del Ayuntamiento que está en contra de que Kiev negocie nada con Moscú. No, al menos, antes de que su Ejército ponga fin a la ocupación de Ucrania. En la mañana del lunes, con sus manos cubiertas con guantes, Boris ayuda a cubrir de sacos terreros el monumento de la princesa Olga, en el centro de la ciudad. Junto a él, varias decenas de hombres y mujeres se afanan en llenar los sacos, con el logotipo de una empresa brasileña y originalmente destinados a uso alimentario.

Entre ese ir y venir se encuentra Paul, un guardabosques austriaco de 42 años al que la primera ola de la pandemia dejó en paro. Ahora Kiev, señala, le ha sacado de la depresión. Paul vive acogido desde hace un par de semanas en casa de un particular y se ha puesto a disposición de quien requiera su ayuda. No va a unirse a los extranjeros que se van al frente, lo tiene claro. Se ofrece tanto para llenar sacos como para lavar cacharros en una cocina. “Trato de demostrar que podemos cambiar la sociedad. Mi país ya pasó hace 80 años por una gran jodienda, con perdón”, recalca dejando claro su discurso pacifista. “No quiero tocar un arma”.

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Fernando Valera ha sido asaltado 5 veces en su casa, pero se resiste a abandonarla.

Son muchas las propiedades disponibles aquí. La mayoría las venden por muy poco dinero o los propietarios las ceden solo a cambio de que alguien se ocupe de ellas.

Map

Raúl López, que fue secretario de Desarrollo Económico del estado Miranda, que engloba la región de Barlovento, recuerda que «en la buena época, las casas aquí costaban por lo menos US$80.000».

«Ahora supe de alguien que vendía dos casas y una lancha por US$30.000».

Pero, pese a las facilidades, no aparecen los interesados.

Una de las zonas más abandonadas es la de los Canales de Río Chico. Desarrollada en la década de 1970, sus promotores querían emular a algunas de las urbanizaciones exclusivas de Miami y otros lugares costeros de Estados Unidos, en las que los dueños de casas de lujo pueden llegar en lancha directamente hasta su entrada.

Se construyeron cursos de agua, embarcaderos y hasta un campo de golf. El negocio dio pronto resultados.

«En los 80 hubo un auténtico boom en Río Chico de gente que compraba aquí viviendas vacacionales y venía a pasar fines de semana y temporadas de descanso», dice López.

Casa en Río Chico, Venezuela
Casas como esta están a la venta por US$3.000, cuando hace algunos años su valor era mucho mayor.

Qué cambió

Pero las cosas empezaron a cambiar dramáticamente a partir de 2013 cuando el gobierno del entonces presidente Hugo Chávez comenzó un proceso de negociación con decenas de bandas criminales para impulsar su desarme y reinserción social.

Lo llamaron Cuadrantes de Paz, territorios en los que, a cambio de que abandonaran la violencia, el Estado dejaría de perseguir a los delincuentes y les entregaría recursos para que fueran económicamente viables sin delinquir.

Barlovento fue uno de esos cuadrantes.

«Esas zonas de paz pronto se convirtieron en un refugio para las bandas y desde Barlovento manejaban sus actividades criminales en Caracas», afirma López.

Para los propietarios de las viviendas comenzó un calvario. «Primero se encontraban con pequeños robos, con que cada vez que llegaban a su casa a pasar el fin de semana se encontraban con que faltaba algo, pero luego la cosa se agravó y empezaron los secuestros».

Sumado al deterioro económico del país, que desde hace varios años vive una crisis económica sin freno que ha empujado a emigrar a millones de venezolanos, y las crecientes dificultades para conseguir gasolina, hizo que muchos renunciaran para siempre a sus escapadas a Barlovento.

«Muchas son buenas casas con piscina y solo el mantenimiento de la piscina ya costaba un buen dinero», subraya López.

Casas junto al mar en Barlovento.
Esta imagen de hace unos años muestra algunas de las casas de la zona.

Fernando Valera es de los pocos que no se rindió. «Me han robado aquí cinco veces», cuenta.

«La primera vez fueron entre 15 y 20 hombres con armas largas y ropa militar. Salieron del monte, encañonaron a mi mujer y a mis sobrinas, que estaban en la piscina, y a mí me sacaron de la ducha».

Valera recuerda que actuaron con disciplina militar. «Había un líder que nos daba las órdenes y nos trató correctamente. Los demás obedecían; cargaron todo y se lo llevaron».

Otros no fueron tan «profesionales». «En unos de los asaltos estaban muy nerviosos y le colocaron un machete en el cuello a mi mujer».

«Se lo llevaron todo»

Después de tanto robo, su amplia propiedad luce casi vacía. Los enseres indispensables en la cocina; y en la sala, un par de sillones y un viejo reproductor de discos compactos. «No quiero tener nada que llame la atención, porque entonces vienen y se lo llevan todo».

Como otros muchos que vivieron experiencias similares en la zona, su familia no quiere regresar al lugar que él soñaba convertir en el lugar de descanso ideal para ellos.

Fue en 2010 cuando invirtió lo que le pagaron de indemnización al dejar de trabajar como mecánico textil en Caracas para retirarse a un lugar en el que «uno se podía olvidar de todo».

Escuchando el canto de las aves tropicales que revolotean por las palmeras de su jardín, uno podría creerle.

Pero, mientras hablamos, un agente de la Guardia Nacional aparece en moto para recordar que los equipos de grabación no deben permanecer mucho tiempo a la vista. «Esta zona no es muy segura», advierte.

Delincuentes «eliminados»

La presencia policial en la zona de Río Chico se ha incrementado en los últimos tiempos y Fernando dice vivir más tranquilo desde que instalaron un comando de la Guardia Nacional cerca de su casa. Pasan a menudo por allí y están pendientes de él.

Pero algunas de las tácticas policiales han causado polémica y críticas internacionales al gobierno de Nicolás Maduro.

«Las cosas están mejorando porque a muchos de los malandros (delincuentes) que tenían azotada esta zona los han ido eliminando», asegura Fernando.

Dice que pocos días antes de nuestro encuentro, tres supuestos delincuentes fueron abatidos por la Fuerza de Acciones Especiales de la Policía. No es el único en Río Chico que da cuenta de incursiones de los agentes en los escondites boscosos de los delincuentes para acabar con ellos.

La Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha reportado miles de estas «ejecuciones extrajudiciales» en Venezuela en los últimos años.

El gobierno no respondió cuando BBC Mundo pidió información.

Policía en Venezuela
La Fuerza de Acciones Especiales de la Policía ha sido acusada de cometer ejecuciones extrajudiciales. (Imagen de archivo)

«No es que me alegre de que los eliminen, pero al menos espero que haya tranquilidad», dice Valera sobre los delincuentes abatidos.

Ruinas modernas

En el municipio de Río Chico no cuesta encontrar antiguas villas vacacionales reducidas a la ruina.

Villa vacacional abandonada en Río Chico.
Río Chico está salpicado de villas vacacionales hoy abandonadas.

Algunas eran propiedad de grandes empresas del país que las ofrecían a precios ventajosos a sus empleados, o del Estado, que dejó de ocuparse de su mantenimiento tiempo atrás.

Familias muy pobres han encontrado cobijo en ellas y por sus calles agujereadas pueden verse grupos de niños descalzos que acarrean cubos de agua a merced de los mosquitos del atardecer.

Cerca de allí está Caño Copey, la playa inmensa y desierta en la que pasa los días Carlos Quintana.

Cuenta que en su día sirvió en la escolta personal del fallecido Hugo Chávez. Ahora es el socorrista de una playa a la que casi nunca va nadie.

«Me paso todo el día sentado, viendo el agua, la arena y la brisa».

Los folletos turísticos que sobreviven en la red describen Caño Copey como «un lugar donde contará con los servicios turísticos necesarios para pasar un tranquilo día de playa».

También en la red hay videos que muestran a vista de pájaro las casas con piscina, las playas y la red de canales que recorre la zona.

Playa en Barlovento hace unos años.
Barlovento ha sido un tradicional destino de vacaciones para venezolanos de clase media y alta.

Ninguna de esas imágenes idílicas coincide con las escenas a las que está acostumbrado el socorrista.

«Una vez vi cómo asaltaban a punta de cuchillo a unos turistas que acababan de llegar a la playa. Quise intervenir pero podía haber salido lastimado».

Sin visitantes urbanos a los que extorsionar o asaltar, ahora son los productores de cacao de la zona los que tienen que pagar a las bandas que han hecho de Barlovento su fortín.

Quienes se quedaron aquí han tenido que adaptarse a la desaparición del turismo, que hizo aún más duro el impacto de la crisis económica.

Quintana, por ejemplo, alimenta a sus dos hijos con los plátanos que crecen en su jardín y las sardinas que logra pescar en este solitario litoral porque su salario no le alcanza más que para unos paquetes de arroz.

El socorrista Carlos Quintana.
Carlos Quintana es el socorrista en una playa en la que casi nadie se baña.

Añora el tiempo en que las cosas eran diferentes.

«En carnavales o en fin de semana venían montones de turistas y había mucho movimiento en torno a las quintas de la playa», explica, mientras señala con el dedo lo que queda de las casas bajas junto al mar.

Quintana me guía hasta una de ellas. Queda poco más que la fachada y el suelo, pero su ubicación privilegiada a pocos metros de donde rompen las olas y sus generosas dimensiones dan idea de su esplendor pasado.

«Los dueños solían subir al techo al final del día para ver el atardecer y compartir unos tragos mientras escuchaban música», recuerda.

Cuando dejaron de venir, aparecieron los saqueadores. «Se llevaron los inodoros, las puertas, las ventanas, todo…»

Y pudo haber sido peor. «En cuanto aparece alguien que tiene aspecto de llevar una vida normal, lo asaltan o lo secuestran y le obligan a pagar una extorsión».

«¿Así quién va a querer una casa aquí?», se pregunta Quintana.


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Señalar que las propiedades que suelen venderse en dicho territorio fluctúan entre los 300 a 400 metros cuadrados, aproximadamente, con 3 ó 4 dormitorios y 2 baños.

Así, el ránking de las casas con valores más caros en promedio quedó así:

  • Las Cones ($329 millones)
  • Lo Barnechea ($326 millines)
  • Ñuñoa ($277 millones)
  • Vitacura ($270 millones)
  • La Reina ($262 millones)
  • San Miguel ($260 millones)

En dicho índice, San Miguel superó a la ‘tradicional’ Providencia cuyo valor en promedio llegó a $259 millones.

Casas y departamentos: las nuevas comunas más caras para vivir en Santiago 

«Hemos podido observar que esta tendencia tiene que ver con un explosivo crecimiento y desarrollo de la comuna. San Miguel es una zona que ha tenido una notable renovación urbana, y donde hoy en día conviven grandes y modernos edificios con casas más antiguas pero que cuentan con amplios terrenos e interiores espaciosos», dijo Claudia Castro, gerenta de Clasificados de Yapo.cl.

Agregó que también «se caracteriza por su conectividad, con estaciones de metro, grandes avenidas y acceso a autopistas que permiten a sus habitantes estar en pocos minutos en el centro de Santiago, áreas verdes, entre otras cosas que claramente mejoran la calidad de vida de las personas».

HUECHURABA

Por su parte, Huechuraba presentó un aumento de 34% el precio de venta de los departamentos, pasando de $115.581.900 a $154.567.133 en este año.



«En el caso de de Huechuraba, el atractivo que ha generado esta comuna es que se encuentra apartada de la zona céntrica y que es un sector con mucha vegetación y zonas verdes. Pero, además, es una de las dos zonas que ofrecen mayor superficie en departamentos junto con Lo Barnechea, lo que lo hace aún más potente» añadió Castro.

La comuna superó en valores a La Reina y Ñuñoa en el ámbito, entrando en el top 5:

  • Vitacura ($270 millones)
  • Las Condes ($201 millones)
  • Lo Barnechea ($170 millones)
  • Providencia ($162 millones)
  • Huechuraba ($154 millones)


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El uso de mascarillas es obligatorio, incluso en exteriores, pero no cuando se hace ejercicio.
familia en Singapur
Los singapurenses pueden reunirse con sus familiares en grupos que no sobrepasen 8 personas.

Muchos de nosotros hemos vuelto al trabajo en una oficina con distanciamiento social, y puedes ver una película, asistir a un concierto o ir de compras, siempre que uses tu mascarilla y te registres en una aplicación de rastreo de contactos.

Las escuelas y las guarderías están abiertas, y los fines de semana puedo llevar a mis hijos a cualquier lugar, aunque muchos recintos tienen una capacidad reducida para garantizar el distanciamiento social, por lo que planificar cualquier actividad es muy parecido a prepararse para un ejercicio militar (soy la desafortunada soldado y mis hijos son los generales).

Singapur
Las tiendas y mercados abrieron después de un breve confinamiento a principios del año pasado.

Aproximadamente el 15% de nuestra población fue completamente vacunada desde principios de año.

Esta estadística se debe en parte a una población pequeña (solo somos unos seis millones), pero también a una implementación bien gestionada, una gran confianza en el gobierno y muy poca vacilación sobre la inmunización.

Así que estamos a salvo y lo estamos haciendo bien: el uso obligatorio de mascarillas, el agresivo rastreo de contactos y las restricciones prolongadas en los viajes y las grandes reuniones han ayudado, al igual que el hecho de que somos una isla con fronteras fácilmente controladas, grandes reservas financieras y un sistema implacablemente eficiente.

Singapur
El distanciamiento social se ha convertido en una norma en Singapur.

Pero al mismo tiempo, existe una profunda discordancia en la idea de que somos el mejor lugar para vivir en este momento.

Muchos en Singapur disfrutan de la libertad de movimiento, pero ese no es el caso de los cientos de miles de trabajadores migrantes que en su mayoría todavía están confinados en sus lugares de trabajo y dormitorios, luego de los brotes masivos del año pasado debido a las condiciones de vida precarias e insalubres.

Tienen que pedir permiso a sus empleadores si quieren salir de sus dormitorios y, sobre todo, socializar en centros de recreación aprobados por el gobierno.

El gobierno argumenta que todo esto es necesario para proteger al resto del país, ya que existe un riesgo «real y significativo» de otro brote en su comunidad.

Esto no es falso, dado que muchos trabajadores viven en lugares más hacinados que la mayoría de los singapurenses, incluso después de los esfuerzos para mejorar su alojamiento.

Pero también pone de manifiesto el amargo hecho de que, a pesar de todo su discurso sobre la igualdad, Singapur sigue siendo una sociedad profundamente segregada.

Esto es «vergonzoso y discriminatorio», dice el activista por los derechos de los migrantes Jolovan Wham.

«Debido a que los trabajadores migrantes carecen de poder político, de alguna manera se vuelve socialmente aceptable que carguen con la peor parte de los fracasos de nuestras políticas», señala.

«Nueva Zelanda también está en los primeros lugares de la lista de Resiliencia de Covid y sin embargo no abusó de los derechos de las personas. No se trata solo del resultado, sino de los medios para llegar allí».

trabajadores en Singapur
Los trabajadores inmigrantes tienen que pedir permiso a sus empleadores para poder salir de sus dormitorios.

La pandemia también continúa haciendo mella en las familias desfavorecidas y de bajos ingresos.

El gobierno ha invertido millones de dólares en apuntalar la economía y ayudar a las familias necesitadas, y la tasa de desempleo se ha mantenido baja.

Pero las cifras no cuentan la historia completa.

Algunos trabajadores han visto recortes salariales y muchos de los que perdieron sus trabajos han encontrado otros empleos en la economía informal como repartidores de alimentos o conductores.

«Es precario y la sensación de no saber cuánto puedes ganar ese día puede ser muy estresante», dice la trabajadora social Patricia Wee.

«También son fácilmente reemplazables. Así que es esa falta de seguridad social». Este estrés puede afectar a las familias de «formas insidiosas», añade.

Los casos de violencia familiar, por ejemplo, han ido en aumento, incluso después del confinamiento.

Una jaula dorada

Incluso para aquellos de nosotros que disfrutamos de los privilegios de la libertad y un ingreso estable, existen algunas desventajas.

La poca privacidad que teníamos antes de la pandemia en este Estado altamente vigilado ha disminuido aún más.

Hemos llegado a aceptar que donde quiera que vamos, tenemos que usar una aplicación o llevar una ficha que rastrea nuestro paradero y de las personas con las que entramos en contacto, aunque el gobierno dice que los datos son anónimos.

Con la covid-19 se ha acelerado el camino hacia una mayor vigilancia sin mucho debate público.

Muchos están de acuerdo con el argumento del gobierno de que es necesario en una crisis, pero algunos han advertido sobre el posible uso indebido de una recolección tan masiva de datos.

El gobierno admitió recientemente que permitió a la policía utilizar estos datos para fines distintos al rastreo de contactos, a pesar de las anteriores garantías de privacidad, y esta falta de transparencia enfureció a algunos.

Muchos también están irritados por lo que ha resultado ser una jaula dorada, gracias a las estrictas reglas de cuarentena en Singapur y otros lugares, lo que, por ahora, ha descartado poder viajar fácilmente.

cruceros
Decenas de miles de singapurenses han tomado cruceros que no van a hacia ninguna parte.

Significa que muchos de nosotros todavía no podemos ver en persona a nuestros seres queridos en otros países.

Al vivir en una poblada ciudad-estado sin interior, muchos en Singapur están acostumbrados a viajar al extranjero, incluso si es solo una excursión de fin de semana a una isla cercana de Indonesia o a las ciudades fronterizas vecinas de Malasia.

Esto ya no es posible, por lo que decenas de miles han viajado en cruceros a ninguna parte, mientras que los hoteles están reservados para «vacaciones en casa».

Los entusiastas de las motocicletas y los automóviles, acostumbrados a correr por las pistas y carreteras de Malasia, han estado recorriendo interminables circuitos cerrados alrededor de la isla.

La noticia de que Singapur está abriendo una burbuja de viajes con Hong Kong, después de un intento fallido el año pasado, fue recibida con alegría, luego una sensación de fatalismo después de que se informaron casos comunitarios en ambas ciudades esta semana.

«La culpa del sobreviviente»

Pero es difícil quejarse del aburrimiento cuando el virus todavía está asolando algunas partes del mundo.

Algunos de nosotros, como el escritor Sudhir Thomas Vadaketh, que tiene una familia en la India, donde se está viviendo una segunda ola devastadora, estamos experimentando algo parecido a la «culpa del sobreviviente» al ver a tus seres queridos sufrir desde lejos.

«Se siente extraño que la situación en algunos países del planeta sea literalmente un infierno, mientras que aquí estamos esperando la burbuja de los viajes«, dice.

«Es casi inmoral que lo estemos haciendo tan bien y disfrutando de nuestras vidas estando aislados, y otros países lo están haciendo tan mal».

«Singapur es una ciudad que se ha enriquecido gracias a la globalización. Dada nuestra conectividad y la naturaleza del desarrollo económico, siento que tenemos una mayor responsabilidad moral [de preocuparnos por otros países]», agrega.

Singapur
Singapur ha impuesto severas restricciones de viaje.

Muchos en Singapur dirían que, por ahora, estamos agradecidos y aliviados por haber capeado una peligrosa pandemia mundial en esta pequeña y segura burbuja.

Pero eventualmente explotará. El gobierno de Singapur ha enfatizado repetidamente que el país tiene que reabrir por el bien de la supervivencia económica y ya ha comenzado a retirar las restricciones para los viajeros de algunos lugares como China continental y Australia.

Singapur se volverá a unir por completo al resto del mundo algún día, y esa será nuestra verdadera prueba de la resistencia a covid.


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