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La última frontera del continente europeo que han cruzado un millar de ucranios desde comienzos de marzo se atraviesa en un automotor diésel de Comboios de Portugal que suele partir de la vía 1 de la estación de Badajoz alrededor de las 16.25. Este domingo aguarda la llegada del retrasado tren de Madrid con 31 refugiados. Cuando se apean en el andén, los voluntarios de Cruz Roja fotocopian a toda prisa sus pasaportes, reparten bolsas de plástico con bocadillos y les proporcionan una pulsera verde que les identifica. El todoincluido de la guerra. Los trenes de Europa al servicio del mayor movimiento demográfico desde la Segunda Guerra Mundial: más de 3,5 millones de desplazados por la contienda en Ucrania se distribuyen por un continente que –esta vez, sí– les ha abierto los brazos de par en par.

Los ucranios sufren la pésima conexión ferroviaria entre España y Portugal, que les obliga a tomar tres trenes y emplear 10 horas y media para recorrer 624 kilómetros. A estas alturas, apenas una menudencia que solo añade cansancio al agotamiento que acumulan refugiados como Violetta Khadasevich y Serguéi Dzemikhov, que habrán recorrido nueve países cuando esta noche lleguen a su destino final tras más de una semana de viaje.

En su vida anterior al 24 de febrero eran sumilleres en Kiev. Tienen 23 y 26 años, están casados y son bielorrusos. Huyen con Elena, la madre de Serguéi, y su mascota Mike, un perro abandonado que adoptaron en un refugio en Bielorrusia hace cuatro años y que no ladrará ni una sola vez durante las cinco horas que dura el trayecto hasta Lisboa. Tampoco los niños hacen ruido, entretenidos en juegos en el móvil, ni se elevan voces de conversaciones entre adultos. Las madres reprenden a los pequeños que corretean por el pasillo, como si no quisieran molestar. Las vidas de quienes huyen caben en pequeñas bolsas que se apiñan en el compartimento superior de los asientos.

Violetta y Serguéi han pasado la noche en un albergue en Badajoz, atendido por Cruz Roja. Los sumilleres están curtidos en huidas. Hace dos años salieron de Bielorrusia, después de que la policía apaleara a Violetta durante toda una noche. Ella muestra la foto de su torso amoratado. Explica que la detuvieron sin motivo camino del metro. Se mudaron a Kiev. “Teníamos una buena vida. Nos ayudó un montón de gente a encontrar trabajo y a tener documentos”, explica Serguéi dentro del tren. Un Kiev que nada se parece al que dejaron atrás, sometido a las reglas de la guerra. Su último techo allí fue una estación de metro para protegerse de bombardeos. Esperan reconstruir su vida por tercera vez en dos años.

A pesar de que los refugiados tienen que recorrer más de 4.000 kilómetros hasta Portugal, el país del continente más alejado de Ucrania, 18.400 han recibido ya el estatuto de protección temporal que concede el Gobierno luso para agilizar su integración: los niños entran en el sistema educativo y los mayores pueden trabajar sin trabas burocráticas. Aunque sorprendentemente no había ningún dispositivo de acogida a su llegada a Lisboa y fueron encaminados a una comisaría de policía cercana para recibir ayuda.

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La solidaridad de la colonia ucrania afincada desde hace años en Portugal (más de 27.000 personas en 2021) incentiva también el largo desplazamiento. La pareja bielorrusa tiene amigos en Nazaré, mientras que Irina, que viaja con su cuñada y su sobrina de seis años, pretende llegar hasta Setúbal, donde residen familiares.

El ucranio Igor Ryzhykov, en el tren que le lleva de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.
El ucranio Igor Ryzhykov, en el tren que le lleva de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

No todos eligen Portugal por disponer de una red de apoyo. Igor Ryzhykov escogió el país por su buena imagen: “Agradable y donde la gente habla bien inglés”. Su familia está a salvo de momento en la zona occidental de Ucrania y confía en poder traer a su hija con él en cuanto logre instalarse. La guerra entró en su vida a las cinco de la mañana con dos explosiones que le despertaron en Járkov, la segunda ciudad más grande de Ucrania y una de las más rusófilas por su cercanía geográfica (a 40 kilómetros de la frontera). “Mi madre tiene hermanos que viven en Rusia. Les llamó para decirles que Putin había invadido el país y no se lo creían, decían que eran los americanos. Ellos creen antes la propaganda de Putin que nuestras palabras”, relata Igor Ryzhykov en el andén de Badajoz, poco antes de la salida del tren. Su viaje hasta aquí ha sido menos extenuante que otros, gracias a un vuelo que le llevó de Rumania a Barcelona.

Preguntar por el fin de la guerra es absurdo, pero Igor responde: “Espero que alguien mate a Putin, pero creo que los rusos son zombis. Tal vez protesten dentro de unos meses, cuando las sanciones hundan su economía. Ellos pueden ganar la guerra con ataques aéreos, pero creo que sobre el terreno nuestro ejército es más fuerte”.

También el nigeriano William Obiana, un programador informático de 29 años que se formó y montó su vida en Kiev, ha escogido Portugal a pesar de no disponer de redes de apoyo. Lo suyo fue más analítico. “Hice una investigación entre diferentes países para ver las ayudas a los refugiados y Portugal me pareció el mejor, junto a Noruega, Francia y España. El peor es Suecia”, afirma. El mito nórdico se resquebraja. Lo percibió también en la práctica tras pasar por nueve países, Suecia incluida, en 14 días.

Deja atrás trabajo, amigos, dinero y apartamento. Sobre todo deja una vida a la que ahora mira con una añoranza dolorosa: “Los ucranios son uno de los pueblos más agradables que he conocido nunca. Fui a Kiev a estudiar porque tienen un buen sistema educativo, ahora trabajaba y tenía la residencia. Ucrania es mi casa y quiero volver cuando la guerra acabe”.

Refugiados de la guerra de Ucrania, en el tren que les llevaba de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo.
Refugiados de la guerra de Ucrania, en el tren que les llevaba de Badajoz a Lisboa el pasado domingo 20 de marzo. JOAO HENRIQUES (JOAO HENRIQUES / EL PAIS )

Los primeros refugiados que llegaron a Badajoz eran estudiantes asiáticos que huían del conflicto. El flujo constante (reciben grupos diarios de entre 30 y 90 personas) obligó a Comboios de Portugal a reforzar el solitario automotor con un segundo coche. “Comenzaron el pasado 5 de marzo y desde entonces llegan a diario, aunque el perfil ha cambiado y cada vez son más ucranios”, explica Sandra Murillo. Ella y Víctor Domínguez coordinan el dispositivo de emergencia de Cruz Roja en Badajoz, que se encarga de recibir y atender a los refugiados. “Cada historia da mucha pena. Hay gente que trae maletas, otros que han comprado cosas por el camino y otros que no tienen nada”, describe Murillo. Entre el millar de personas que han atendido, había 144 menores y 18 mayores de 65 años. Cuando llegan de Madrid en trenes que no enlazan con la única conexión que parte hacia Lisboa, pernoctan en un albergue. El dispositivo de Cruz Roja incluye actividades para entretener a los niños y asistencia psicológica y jurídica para los adultos.

El tren tarda tres horas en cubrir los 180 kilómetros entre Badajoz y Entroncamento, donde personal de bomberos voluntarios portugueses recibe a los refugiados y les dirige hacia nuevas líneas según su destino. Este domingo pasado había grupos para Fátima, Oporto y Lisboa. Mientras el automotor avanzaba por el Alto Alentejo, Irina respondía a través del traductor de voz de su móvil que usa desde que dejó atrás Mikolaiv, en el sur del país, con su cuñada y su sobrina de seis años. Su marido permanece allí para cuidar de su madre discapacitada y de su padre. Huyó con algo de ropa, documentos y un poco de dinero. Habla con constantes citas a Dios y con determinación, decidida a salir adelante. Tiene la misma solidez para dar las gracias a los voluntarios que para condenar a los rusos: “Para nosotros ese pueblo ya no existe, ni parientes ni amigos ni nadie. Esta no es nuestra guerra, no hicimos daño a nadie ni necesitábamos ser liberados, pero un día terminará y reconstruiremos Ucrania y seremos mucho mejores”. Y, sin que medien más preguntas, coge el teléfono para dejar una frase final: “Quiero decir que ahora maldigo a todos los rusos”.

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El día 26 de marzo se
correrá la etapa contra reloj individual entre el casco urbano de Buga y el
corregimiento de la Habana.

El sábado 26 de marzo, se correrá en Buga una de las etapas de la carrera más antiguas del país en ciclismo, la cual se correrá entre el 24 y 27 de marzo por las carreteras del departamento.

Serán cuatro etapas, la primera se cumplirá el 24 de marzo con 136 kilómetros en Palmira, la segunda etapa se disputará el 25 de marzo con 144 kilómetros en Pradera, la tercera etapa será una contrarreloj entre el casco urbano de Buga y el Corregimiento de la Habana. El circuito final será el 27 de marzo con 15.2 kilómetros en Cerrito.

Nos sentimos complacidos del retorno de la Vuelta al Valle, una carrera que además de contar con una gran calidad de ciclistas, nos permitirá la reactivación deportiva y turística en el departamento, estrategia liderada por la gobernadora Clara Luz Roldán, que con estos grandes eventos seguimos afianzando”, afirmó el gerente de Indervalle, Carlos Felipe López.

Hasta el momento han confirmado su presencia los equipos EPM Scott, Colombia Tierra de Atletas, Team Super GIROS, Nariño Tierra de Ciclistas, Orgullo Paisa, Nativos, Boyacá Raza de Campeones, Fundación Team Recapi, Fundación Strongman y Banco Guayaquil, de Ecuador.



El Ejército ruso ha lanzado varios misiles sobre el aeropuerto de la ciudad de Lviv sin causar víctimas mortales, han denunciado este viernes por la mañana las autoridades locales. Es el primer bombardeo que tiene lugar en la principal urbe del oeste de Ucrania desde que comenzó la guerra hace 23 días y el primer objetivo no militar. La región de Lviv sí había sido objeto de los misiles rusos en los últimos días. El pasado domingo al menos 35 personas murieron en el ataque a una base militar en Yavoriv, a unos 40 kilómetros de Lviv, y el viernes de la semana pasada otras seis personas perdieron la vida en el bombardeo de una base aérea de Lutsk, a 87 kilómetros de Polonia.

Por el momento, no se han registrado víctimas mortales, pero sí una persona herida, ha informado el responsable de la administración regional militar de Lviv, Maksym Kozytsky. Según él, los rusos han lanzado varios misiles desde el mar Negro y el Ejército ucranio ha conseguido interceptar varios, pero no los cuatro que han logrado dar en su objetivo, las instalaciones en las que se reparan los aviones. Parte de esa planta, cuya actividad se había interrumpido previamente, ha quedado “destruida”, ha comentado el alcalde de la ciudad, Andriy Sadovy.

Esta localidad es el principal lugar de paso por el que unos tres millones de personas han escapado de la guerra como refugiados hacia otros países. “Este ataque confirma que [los rusos] no están en guerra con el Ejército ucranio, están en guerra con el pueblo, las mujeres, los niños, los refugiados. No hay nada sagrado para ellos”, ha añadido Maksym Kozytsky, que lo ha considerado “un golpe” a un “refugio humanitario”.

Apenas había amanecido cuando varias explosiones retumbaron en Lviv, con 700.000 habitantes y situada a unos 70 kilómetros de la frontera con Polonia. Mientras, sonaban las alarmas que advierten a la población del peligro ante la posibilidad de un ataque aéreo y les pide que se pongan a cubierto o se trasladen a los refugios. Pronto una columna de humo negro se alzó sobre la zona del aeropuerto, una zona especialmente sensible para las comunicaciones y sobre la que las autoridades habían mostrado ya su preocupación. Varios vecinos que residen en la zona atacada confirmaron que escucharon tres detonaciones en torno a las seis de la mañana.

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“Ha habido explosiones en la zona del aeropuerto, cerca de la fábrica de reparación de aviones y nos hemos asustado mucho”, comenta Irina en la puerta de su casa, cerca del lugar del ataque, en presencia de su hijo. “No estaba dormida. Me asusté mucho porque fue una explosión muy fuerte. A los vecinos les han salido volando las ventanas y nosotros estábamos todos tumbados en el suelo”.

Algunos curiosos se agolpaban en el apeadero y la terminal de carga de trenes que hay próxima al aeropuerto, en una zona tomada por militares que impedían acercarse más y por la que circulaban ambulancias y camiones de bomberos. Los cristales de las ventanas de la estación se han roto por la onda expansiva. Desde un puente, se observaba la pista del aeródromo, que aparentemente no sufrió daños. Varios vehículos de emergencias se hallaban dentro de las instalaciones, mientras vehículos policiales y militares custodiaban el exterior.

Nuevos ataques en Járkov

Los servicios de emergencia de Járkov, la segunda localidad ucrania por población con 1,5 millones de habitantes, han confirmado este viernes la muerte de una persona y que otras 11 han resultado heridas en el bombardeo de un edificio de la ciudad, de mayoría de habla rusa. Las tropas de Vladímir Putin acechan desde hace semanas Járkov, objetivo prioritario en la diana de Moscú, que busca capturar la urbe para hacerse con el control del este de Ucrania y facilitar una tenaza a la región del Donbás, donde están las repúblicas prorrusas de Donetsk y Lugansk.

En la capital de Ucrania, Kiev, un misil ruso ha impactado contra un bloque de viviendas en el norte de la ciudad y ha provocado una víctima mortal y cuatro personas heridas. El Servicio de Emergencia de Ucrania ha informado de que 12 personas han sido rescatadas y otras 98 han sido evacuadas de este edificio de cinco plantas.

En los nuevos bombardeos nocturnos llevados a cabo por el Ejército ruso en las localidades de Severodonetsk y Rubizhne, en la región de Lugansk, en la parte oriental de Ucrania, al menos dos personas han muerto y seis han resultado heridas. Los ataques han afectado a más de una veintena de edificaciones en esas poblaciones y han destruido importantes infraestructuras, según la jefatura de la administración regional de Lugansk, ha informado la agencia Interfax-Ukraine.

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Japón aprueba nuevas sanciones a altos cargos de Defensa y empresas de Rusia

El Gobierno japonés ha anunciado este viernes sanciones adicionales sobre Rusia por la invasión a Ucrania, que conllevan el bloqueo de activos de 15 ciudadanos rusos más, principalmente altos cargos de Defensa, y de nueve corporaciones de la industria militar, naval y aeroespacial. «Seguiremos tomando las medidas adecuadas en colaboración con los países del G7 y la comunidad internacional según evolucione la situación», ha afirmado el portavoz gubernamental, Hirokazu Matsuno, en rueda de prensa al término de una reunión del Ejecutivo donde se aprobaron las nuevas sanciones.

Entre los 15 ciudadanos rusos sancionados figuran altos cargos del Ministerio de Defensa de Rusia, como Aleksey Krivoruchko, Timur Ivanov, Yunus-Bek Evkurov, Dmitry Bulgakov, Yuri Sadovenko y Nikolay Pankov, entre otros; así como la directora del Departamento de Prensa e Información del Ministerio de Asuntos Exteriores, Maria Zakharova. También han sido sancionados el director del Servicio Federal ruso para la Cooperación Técnica Militar, Dmitry Shugaev; el director general de la agencia Rosoboronexport, Alexander Mikheev; y Andre Skoch, miembro de la Duma (la cámara baja del Parlamento de Rusia). Además, se aprobaron sanciones a nueve organizaciones y corporaciones rusas vinculadas a la industria militar, aeroespacial o naval, como Russian Helicopters JSC, PJSC United Aircraft Corporation, SC United Shipbuilding Corporation y la agencia estatal Rosoboronexport (encargada de la importación y exportación de material de defensa), entre otras.

Estas sanciones sobre Rusia se suman a las aprobadas recientemente por el Gobierno japonés, que hasta la fecha eleva a 76 el número de ciudadanos rusos cuyos activos se han bloqueado, entre altos cargos gubernamentales y empresarios, junto a un total de 12 organizaciones y corporaciones rusas. Desde el inicio del conflicto por la invasión rusa a Ucrania, Japón ha impuesto sanciones a ciudadanos rusos, entre ellos el presidente Vladímir Putin, así como a 12 bielorrusos, entre los que está su homólogo Alexandr Lukashenko.

Las autoridades financieras de Japón también han ordenado a las casas de cambio de criptomonedas afincadas en su territorio el bloqueo de las transacciones con estos activos que impliquen a individuos o entidades sujetos a las sanciones contra Rusia y Bielorrusia.

Japón, al igual que otros países del G7 y la Unión Europea, ha aplicado sucesivas rondas de sanciones a Rusia desde que comenzó el conflicto, entre las que también se incluye la exclusión de bancos rusos del sistema SWIFT o el veto a la exportación de semiconductores, de maquinaria para la industria petrolera y otra tecnología con potencial bélico. (Efe)



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El primer ministro de Polonia, Mateusz Morawiecki, aseguró este lunes que el ataque de la víspera contra una base militar en el oeste de Ucrania ―situada a apenas 25 kilómetros de su país― tenía como objetivo “generar pánico” entre la población. Una de las personas a las que bien podría referirse es Beata Wozoszyn, que llenaba el depósito de su coche en la localidad polaca de Lubaczow, a 13 kilómetros de la frontera con Ucrania. Lo hace a diario desde que empezó la guerra para escapar lo más lejos posible sin repostar en caso de que Vladímir Putin también ataque su país.

“Queremos vivir normal, pero la situación es anormal. La gente compra menos estos días porque está ahorrando. Los precios han subido y nadie sabe lo que pasará mañana”, asegura Wozoszyn en la panadería en la que trabaja en Lubaczow, donde la edad media de sus alrededor de 12.000 vecinos y las imágenes de Juan Pablo II recuerdan que se trata del sudeste polaco: tradicional, religioso, avejentado y feudo de Ley y Justicia (PiS), el partido ultraconservador en el poder.

Wozoszyn cuenta que tiene “mucho miedo” desde el principio del conflicto y que solo una vez antes en sus 49 años de vida ―cuando el fin del periodo comunista disparó el desempleo en los años noventa― había pensado en dejar su país. El bombardeo del domingo, que causó al menos 35 muertos, le ha hecho replantearse por qué se queda, más aún con sus tres hijos emancipados ya en otras partes de Polonia.

Beata Wozoszyn, en la panadería en la que trabaja en Lubaczow, este lunes.
Beata Wozoszyn, en la panadería en la que trabaja en Lubaczow, este lunes. MASSIMILIANO MINOCRI

El miedo de Wozoszyn es ―a juicio del primer ministro polaco― justo lo que Moscú quería cuando decidió bombardear tan cerca de un país miembro de la UE y de la OTAN. “Un ataque con misiles a solo 20 kilómetros de nuestra frontera muestra cómo opera Rusia. Quiere generar pánico entre la población civil”, dijo este lunes Morawiecki en una conferencia de prensa conjunta con sus homólogos de Lituania, Ingrida Simonyte, y Ucrania, Denys Shmyhal. Era una reunión del conocido como Triángulo de Lublin, una alianza regional inspirada en la Mancomunidad polaco-lituana creada en el siglo XVI. La conferencia de prensa se convirtió en escaparate de la línea dura contra Moscú que abandera Polonia.

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Morawiecki acusó a Rusia de efectuar una “masacre” en Ucrania y de emplear los recursos naturales “para chantajear” al resto de Europa. Y prometió hacer “todo lo posible” para que Ucrania entre en la UE. Hace una semana, el Consejo de la UE dio el visto bueno a la solicitud de Kiev, en una decisión exprés que se extiende a Moldavia y Georgia, también fronterizas con Rusia. El primer ministro ucranio insistió por videoconferencia en que una zona de exclusión aérea ―que la OTAN rechaza imponer por temor a que agrande y globalice el conflicto― “salvaría miles de vidas”.

Mercado al aire libre en Lubaczow, este lunes.
Mercado al aire libre en Lubaczow, este lunes.MASSIMILIANO MINOCRI

En un país tan políticamente dividido como Polonia, la guerra en Ucrania ha dado una tregua a la brecha. El miedo a ser la siguiente pieza de Putin (pese a la cláusula de defensa mutua de la OTAN) y el aluvión de refugiados (es el país que más ha recibido: 1,7 millones de los 2,8 millones) han dejado las divergencias en segundo plano. Tomasz Siemoniak, ministro de Defensa entre 2011 y 2016 y vicepresidente de la principal fuerza opositora, la Plataforma Cívica de Donald Tusk, ha asegurado este lunes que “la situación es muy grave cuando se produce un ataque masivo con misiles” tan cerca de la frontera polaca. “Es también una señal muy fuerte para nosotros”, ha agregado en una entrevista con Radio Plus.

Una señal que los padres de Daniel Argasinski, Waldemar y Monika, no habían esperado a recibir. El 25 de febrero, en el segundo día de ofensiva rusa, dejaron Lubaczow para instalarse en los Países Bajos, donde Waldemar había trabajado en el pasado. “Mi madre me llama todos los días para decirme que me vaya con ellos”, afirma. Argasinski tiene 25 años y estudia programación en Rzeszow, la principal ciudad del sudeste de Polonia. Al marcharse sus padres, pidió y obtuvo permiso de la Universidad para continuar las clases de manera virtual. “Mi hermano y yo nos hemos quedado a proteger la casa, por si algún ucranio entra a robar”, explica.

Daniel Argasinki, este lunes en Lubaczow.
Daniel Argasinki, este lunes en Lubaczow.MASSIMILIANO MINOCRI

En este pueblo grande de casas bajas, la vida transcurre estos días despacio, pero no apacible. De vez en cuando atraviesa el cielo un helicóptero militar. Los vecinos hablan de falta de productos en los supermercados, en lo que parece una mezcla de desabastecimiento por miedo a un ataque ruso y de ruptura de stock porque los refugiados ucranios (hay un puesto fronterizo a apenas 12 kilómetros) también compran aquí ahora, de paso a otras partes de Europa. “Los primeros tres días de la guerra era imposible repostar en todas las gasolineras. Ahora está cara, pero hay”, asegura Stanislav mientras introduce el surtidor en su moto, justo a la salida de la localidad.

Polonia es uno de los pocos países de la UE que no ha cambiado su moneda, el esloti, por el euro. El empleado de una casa de cambios, que no se quiere identificar, asegura que la demanda de euros y dólares por los lugareños ha aumentado entre dos y tres veces desde que empezó la guerra. “No es un problema, porque a los pocos minutos suelen llegar ucranios a cambiar su moneda por eslotis y entonces se compensa lo que tengo”, señala.

Calma

En las conversaciones, varias personas usan la expresión “cuando Putin ataque Polonia”, en vez de “si Putin ataca Polonia”, pero el alcalde, Krzysztof Szpyt, llama a la calma y se muestra más preocupado por el “riesgo de imprecisión” que conlleva todo bombardeo en el país vecino que por un “ataque directo”. “En la guerra moderna, la verdad, no cambia tanto un bombardeo a 10 kilómetros o a 50 […] La OTAN nos da sensación de seguridad y no queremos extender el pánico”, añade Szpyt, del PiS, en su despacho del Ayuntamiento.

Krzysztof Szpyt, alcalde de Lubaczow, en el Ayuntamiento, este lunes.
Krzysztof Szpyt, alcalde de Lubaczow, en el Ayuntamiento, este lunes.MASSIMILIANO MINOCRI

A Jan, en cambio, el paraguas de la Alianza Atlántica no le da mucha confianza. “Nuestro país tiene la experiencia de dos guerras mundiales en las que Europa dijo que nos ayudaría y en el momento de la verdad se quedó de brazos cruzados”, afirma este policía de 53 años tras ojear las esquelas en el tablón de la iglesia. Tampoco a Stanislav, que no quiere dejar de nuevo su país tras 14 de sus 55 años como trabajador de la construcción en Noruega. Menos ahora, que le gusta “mucho” el Gobierno ultranacionalista. Considera que el principal problema de Polonia en esta crisis es que carece de armamento nuclear y que “Putin ve débil a Europa por culpa de la izquierda”, que “ha hecho creer que dos o tres hombres, o dos o tres mujeres, son una familia, y no solo amigos”.

Como buen lugar de frontera, las conexiones del pasado con Ucrania llegan al presente. Czestawa Polinska tiene 86 años y hace la señal de la cruz mientras recuerda cómo bajaba de niña a los búnkeres y se ocultaba en los bosques con sus padres durante la II Guerra Mundial. “La gente de Rusia trató de matarnos, a mí y a mi familia”, dice sobre la invasión soviética de esa zona, acordada con los nazis en el pacto Ribbentrop-Molotov. Desde que empezó la guerra en Ucrania reza cada día en las anexas concatedral de San Estanislao e Iglesia del Mártir “para que Dios proteja a Polonia”.

Czeslawa Polinksa, frente a la concatedral de Lubaczow, este lunes.
Czeslawa Polinksa, frente a la concatedral de Lubaczow, este lunes.MASSIMILIANO MINOCRI

Si un lugar tan pequeño tiene una concatedral, cuya cruz se observa sobre el resto de edificios en el centro histórico, es porque allí fue trasladada en 1946 la sede del arzobispado después de que Lviv, que era parte de Polonia, quedase encuadrada en la URSS. Es justo la ciudad ucrania más cercana al bombardeo del domingo. El papa Karol Wojtyla visitó cinco veces la iglesia de Lubaczow, la última en 1991, ya como Juan Pablo II. En su interior están expuestos el solideo, anillo y rosario que regaló al templo. Cuesta ver iglesias en los alrededores sin imágenes o esculturas del fallecido papa polaco.

Aunque los polacos se han volcado con los refugiados ucranios, algunos habitantes de la zona no los ayudan porque el Ejército Insurgente Ucranio asesinó en esta zona y en la Galicia oriental durante la II Guerra Mundial a decenas de miles de sus antepasados. Un anuncio de Tax Free en un supermercado Lidl recuerda que, hace apenas tres semanas, bastantes ucranios cruzaban a comprar porque, tras la devolución de una parte del IVA, les salía a cuenta. Tal es la conexión que, a Argasinski, sus amigos en Rzeszow le dicen en burla que vive en Ucrania.

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El Ejército ruso lanzó en la madrugada del domingo 30 misiles contra una base militar de Ucrania situada en la región de Lviv, en el oeste del país, a tan solo unos 25 kilómetros de la frontera con Polonia, un país miembro tanto de la Unión Europea como de la OTAN, según confirmaron las autoridades militares de la región. Se trata del Centro para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad Internacionales, una instalación de entrenamiento militar situada en la localidad de Yavoriv que ha recibido visitas de diferentes delegaciones de la Alianza Atlántica. El gobernador de la región de Lviv ha señalado que el ataque ha causado al menos 35 muertos y 134 heridos, mientras el ministro de Defensa de Ucrania, Oleksii Reznikov, ha informado de que en la instalación había “instructores extranjeros”. Con este bombardeo, el presidente ruso, Vladímir Putin, no solo redobla su amenaza a Ucrania, sino que endurece su pulso con la Unión Europea y la OTAN un día después de que la UE expresara su intención de enviar al país todas las armas que sean necesarias. Moscú ha designado el suministro de armamento a Kiev como “objetivo legítimo”.

Un portavoz de las Fuerzas Armadas de Ucrania ha apuntado que el ataque golpeó una de las unidades militares de la base de Yavoriv, tal y como ha trasladado la Administración Militar de Lviv. Es una de las instalaciones de adiestramiento militar más grande del país, con 360 kilómetros cuadrados. Se ha dedicado fundamentalmente al entrenamiento de tropas ucranias y es donde se han realizado la mayoría de los programas de formación con países de la OTAN. Se puso en marcha en 2007 para entrenar a los militares ucranios, sobre todo aquellos destinados a misiones de paz de la ONU en todo el mundo, según fuentes de Defensa. Hace cinco días, el presidente, Volodímir Zelenski, anunció que retiraba a los soldados de su país desplegados en este tipo de misiones para poder hacer frente a la invasión rusa.

La instalación militar atacada también ha recibido visitas de las delegaciones de la Alianza Atlántica, según información del organismo de cooperación militar, y suele acoger a tropas internacionales, que aprenden allí habilidades como la retirada de minas para misiones de paz. Ucrania no es miembro de la OTAN —a la que aspira a entrar desde que recibió la invitación en 2008—. Su membresía es una de las líneas rojas esgrimidas por el Kremlin para justificar la invasión.

Un militar herido en el ataque de la base militar de Lviv, este domingo.
Un militar herido en el ataque de la base militar de Lviv, este domingo.Luis de Vega

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El ministro Reznikov ha asegurado en un mensaje en las redes sociales que en la base trabajan instructores extranjeros. “Se está aclarando la información sobre las víctimas. Este es un nuevo ataque terrorista contra la paz y la seguridad cerca de la frontera entre la Unión Europea y la OTAN. Se deben tomar medidas para detener esto”, ha señalado.

Un periodista de EL PAÍS ha logrado llegar este domingo a la entrada del recinto. En la puerta de acceso podía verse un gran trasiego de ambulancias entrando y saliendo de la instalación militar. En la puerta, un grupo de militares ucranios comentaban entre ellos que el ataque se produjo entre las cuatro y las cinco de la madrugada, pero se negaban a facilitar más información a los medios de comunicación.

Sobre las 10.45 de la mañana, horas después del ataque, sonaron las sirenas de alarma en los núcleos urbanos que rodean a la inmensa base militar. Tras oírlas, los habitantes de la zona se dirigieron rápidamente a los refugios antiaéreos ante el aviso de posibles nuevos bombardeos. La mayoría de los ciudadanos corrían nerviosos para buscar resguardo lo antes posible, mientras la megafonía de las calles también advertía de un posible nuevo ataque. Mientras, en la cercana localidad de Novoiavorivsk, familiares de los militares esperaban junto al hospital local para saber si sus seres queridos se encuentran entre las víctimas, entre el movimiento de soldados heridos entrando y saliendo del centro sanitario.

“Fue como si nos hubiera llegado el fin del mundo”, ha afirmado al recordar lo sucedido Volodymyr Matseliukh, el alcalde de Novoyavorivsk. Sin querer interferir en asuntos militares, el edil ha reconocido desde la sede municipal que primero empezaron a sonar las alarmas y, después, tuvo lugar el ataque con “enormes explosiones”. “Ni una sola persona en todo Ucrania está segura frente a los misiles de Putin”, ha añadido Matseliukh, quien ha instado a la OTAN que cierre el espacio aéreo ucranio.

Una militar herida en el ataque de la base militar de Lviv, este domingo.
Una militar herida en el ataque de la base militar de Lviv, este domingo.Luis De Vega Hernández

El Kremlin ha lanzado este domingo otros ataques en diferentes zonas del país, entre ellas Mikolaiv, una importante ciudad portuaria del mar Negro de la que las tropas rusas tratan de apoderarse desde hace casi dos semanas. En uno de los ataques más mortíferos contra una zona residencial, nueve personas han fallecido este domingo en un bombardeo al norte de esa localidad, según el gobernador de la región, Vitali Kim. Mikolaiv, de unos 500.000 habitantes, bajo ataques intensos que han dañado sus infraestructuras y también dos hospitales los últimos días, tiene uno de los puertos más grandes del país. Es un enclave estratégico en el avance ruso en su ofensiva al flanco sur y fundamental en su camino para conquistar Odesa, el principal puerto del país y sede del las fuerzas navales ucranias.

Los ataques de este domingo ahondan en la estrategia de Moscú, con la que busca quebrar la cadena de suministros de armas y de ayuda humanitaria desde los países aliados a Ucrania, y también dificultar su transporte. Además, los ataques tan cerca de la ciudad de Lviv, al oeste de Ucrania y que se ha convertido en un gran centro logístico y de salida para cientos de miles de refugiados, aumenta las alarmas.

El viernes, otros dos ataques de las tropas de Putin alcanzaron objetivos lejos del frente más caliente y se dirigieron a dos ciudades del oeste, Ivano-Frankivsk y Lutsk. El patrón se ha repetido este domingo en otro intento por impedir que Ucrania se reabastezca: esta vez el objetivo ha sido de nuevo aeropuerto de Ivano-Frankivsk, una localidad de 230.000 habitantes situada a 153 kilómetros de la frontera con Rumania, según ha confirmado su alcalde, Ruslan Martsinkiv.

Un militar herido en el ataque de la base militar de Lviv.
Un militar herido en el ataque de la base militar de Lviv. Luis de Vega

Ataques cada vez más cerca de la UE

El bombardeo de esta madrugada ha sido el que más se ha acercado hasta el momento a la frontera con la Unión Europea. Los ataques se han ido aproximando desde el viernes, cuando las fuerzas de Putin atacaron la base aérea de Lutsk, a unos 80 kilómetros de Polonia, causando la muerte a cuatro soldados y dejando heridos a seis. Fueron las primeras víctimas mortales de la guerra en un punto tan cercano a la UE y al territorio de la OTAN.

El sábado, el viceministro de Exteriores ruso, Serguéi Riabkov, aseguró que cualquier envío de armas a Ucrania sería considerado “objetivo militar legítimo”. Pese a las amenazas, los aliados del país del este han asegurado que seguirán suministrando material de defensa. De hecho, Estados Unidos anunció el sábado que agilizaría el aporte de 200 millones de dólares, algo más de 183 millones de euros, en fondos adicionales para armas pequeñas, armas antitanque y antiaéreas. Hasta ahora, Rusia ha tenido un éxito limitado en interrumpir los convoyes de suministro u otro tráfico militar en Ucrania.

Los envíos siguen llegando a Ucrania, aunque de una manera menos pública que hace semanas. El sábado, al menos siete aviones militares de carga de los aliados de la OTAN aterrizaron en Rzeszow, en un pequeño aeródromo en el sur de Polonia que se está usando como punto receptor para los suministros que después van a Ucrania.

Ejercicios militares en la base de Yavoriv, el 28 de enero, en una foto facilitada por el Ejército ucranio.
Ejercicios militares en la base de Yavoriv, el 28 de enero, en una foto facilitada por el Ejército ucranio.UKRAINIAN DEFENCE MINISTRY (via REUTERS)

Además, las autoridades ucranias han denunciado este domingo que las localidades del este Sievierodonetsk y Rubiyne han sufrido continuos bombardeos en las últimas horas, que se han extendido a las cercanas zonas de Popasna y Lisichansk. Por su parte, la ciudad costera de Mariupol (sudeste, en el mar de Azov) continúa bajo asedio constante, y se espera que un convoy humanitario llegue a lo largo de la jornada a la localidad, que padece una situación de catástrofe humana, según las autoridades locales.

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Enrique Arnau tenía la furgoneta ya desmontada. Había empezado a camperizarla [hacerla habitable] para viajar en el tiempo libre que le deja estar retirado del Ejército español con 71 años. El inicio de la ofensiva rusa en Ucrania, el 24 de febrero, le cambió el paso. Telefoneó al arzobispado para ofrecerse, le indicaron que se pusiera en contacto con la comunidad ucrania local y obtuvo el número de teléfono de Pablo Komarnitskii, monaguillo ucranio de la Parroquia de Santa Teresa de Jesús, en la ciudad madrileña de Getafe. “Tengo una furgoneta de nueve plazas y quiero traer a madres y niños de Ucrania, así que necesito a otro conductor, ¿me ayudas?”, le preguntó, recuerda hoy mucho más lejos, a escasos metros del paso fronterizo de Siret entre Rumania y Ucrania, que atraviesan sin cesar ucranios que huyen de la guerra (1,73 millones a todos los países vecinos, según datos de la ONU de este lunes). “Enseguida le dije que me iba. Llamé a mi empresa y les comuniqué que tengo que ir a ayudar a mi pueblo”, rememora a su lado Komarnitskii, que estaba ese día en un almacén gestionando una colecta urgente de medicamentos. “La guerra nos pilló desprevenidos a todos”, admite.

Komarnitskii, de 28 años y residente en España desde 2003, convenció a otro compatriota para acompañarlo y turnarse al volante en un recorrido de más de 3.200 kilómetros. Arnau voló a Rumania y allí se juntaron. En la furgoneta, transportaban también alimentos y ropa térmica (las temperaturas están bajo cero estos días en la zona y se avecina una bajada brusca hasta los menos 10 grados) que ya han introducido en Ucrania. “El Ayuntamiento de Boadilla del Monte [Madrid] nos ha proporcionado bastantes medicamentos, material quirúrgico y mantas térmicas; también la parroquia nos entregó otros enseres y comida”, precisa. Komarnitskii no puede introducir este cargamento ―confirmado por el Ayuntamiento― por la ley marcial que obliga a permanecer en Ucrania a los hombres de 18 a 60 años, salvo algunas excepciones. “Si entro, no salgo. Y desde aquí puedo aportar, pero allí, no mucho. No soy médico, ni enfermero, ni tengo experiencia militar”, resume.

Enrique Arnau, junto a su furgoneta cerca del paso de Siret, este domingo.
Enrique Arnau, junto a su furgoneta cerca del paso de Siret, este domingo.Alex Onciu

El objetivo de ambos es, sobre todo, trasladar a España el mayor número posible de refugiados ucranios. “Se nos ha ido de las manos, porque en un principio veníamos a por nueve. Si vemos la posibilidad de enviarlos por avión, lo haremos. Y si hay unas 50 personas, fletaremos un autobús”, señala Arnau. ¿Y el dinero? “Ya lo conseguiremos de cualquier lado”, responde.

Su caso no es tan rara avis como pueda parecer. En una intersección situada a dos kilómetros del cruce fronterizo, justo donde una señal marca la salida del poblado rumano de Siret, se pueden ver coches con matrícula extranjera y personas durmiendo con el asiento reclinado o tomando un café. Algunos no tienen relación alguna ni con Ucrania, ni con la ayuda vehiculada a través de ONG o instituciones. No son cooperantes ni transportistas contratados, sino personas de otras partes de Europa que ―tras ver las imágenes de la guerra en Ucrania― se han liado la manta a la cabeza de la noche a la mañana, con la ventaja de la agilidad en la ayuda y la desventaja de la descoordinación, los problemas de cómputo y los riesgos potenciales para los refugiados.

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En algunos casos, como el de Getafe, se trata de un impulso individual que además canaliza ayuda colectiva. Otros, como los lituanos Evaldas Lubrickas y su amigo Vytautas Stancikas, han conducido desde la Europa septentrional hasta la oriental para dar amparo a familias desconocidas en su país de origen. “El navegador marcaba 28 horas de trayecto [por el rodeo que implica evitar Ucrania], pero con las paradas para repostar, más alguna para echar una cabezada y comer, son dos días enteros”, recapitula Lubrickas, de 38 años.

Los lituanos Evaldas Lubrickas y Vytautas Stancikas, a dos kilómetros del paso fronterizo de Siret, este domingo.
Los lituanos Evaldas Lubrickas y Vytautas Stancikas, a dos kilómetros del paso fronterizo de Siret, este domingo. Alex Onciu

Solo saben que esperan a cuatro madres y siete niños ucranios, entre ellos un bebé de 11 meses. Las colas de kilómetros en el lado ucranio de Siret hacen imposible calcular la hora de entrada en Rumania. “Debemos ayudar. Y hay personas en Lituania esperándolas en sus casas, así que nosotros las traeremos” en dos coches, explica Lubrickas en el interior del vehículo para resguardarse del frío. Admite también que siente “una cierta solidaridad” con Ucrania por la historia compartida. “No queremos regresar a la Federación Rusa. Sabemos lo que sienten. Eso nos motiva”, afirma en referencia a la anexión de su país por la URSS durante la Segunda Guerra Mundial junto con Estonia y Letonia. Las tres repúblicas bálticas recuperaron su independencia con la Revolución Cantada de 1991.

Fabrice Fahrner, de 43 años, tiene los ojos rojos del sueño y se emociona con facilidad al hablar. “Estoy cansado, todo es a flor de piel”, admite. Ha llegado esta mañana en coche desde Durrenentzen, un pequeño pueblo de Alsacia, en el noreste de Francia, muy cerca de Alemania. A su lado está Éric Bosnin, de 49 años y dueño de una escuela de pilotaje que coopera con otra de la ciudad ucrania de Járkov y coordina esta red informal de ayuda desde Francia.

Hace unos días, Fahrner leyó en Facebook una publicación que había compartido una amiga en la que se pedía ayuda para acoger familias de refugiados ucranios. “Preguntaban si existía la posibilidad de desplazarse y puse que sí, pensando que era dentro de Alsacia. Finalmente, me contactaron de nuevo y dijeron: ‘¿Puedes venir a la frontera con Ucrania?’ Dije ‘OK’, me organicé, porque no contaba con ello, y dos horas más tarde salí y conduje del tirón hasta aquí. Tras dos llamadas, sin conocernos. No he dormido en 48 horas, pero quería llegar lo más rápido posible. Pensaba, ¿y si cruzan la frontera y se quedan en el frío, sin nada? Porque todos los hoteles de la zona están llenos”, apunta.

 Fabrice Fahrner y Éric Bosnin, este domingo a la salida del poblado rumano de Siret.
Fabrice Fahrner y Éric Bosnin, este domingo a la salida del poblado rumano de Siret.Alex Onciu

Cuenta que está “tirando de ahorros” para el viaje (1.800 kilómetros, 22 horas de conducción) y que ha intentado que, en la familia a la que dé cobijo temporal, haya niños de una edad similar a los suyos para que conecten más fácilmente. Tiene tres hijas, con edades de los 11 a los 19 años, y es bombero voluntario en su país. “Esto no hay que reflexionarlo […] Sentí que tenía que hacerlo, aunque ahora tengo también un poco de miedo de volver sin que aparezcan”, añade. Es la primera vez que hace algo parecido. Tampoco había pisado nunca la Europa del Este. “Es más bien”, resume, “que cuando uno ve las imágenes de Ucrania, se proyecta sobre lo que ellos están viviendo”.

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“Por favor, no entren en Ucrania, den la vuelta, es muy peligroso”. Las primeras palabras que los periodistas de EL PAÍS escuchan en el puesto fronterizo de Shehyni, en Ucrania, es esta advertencia de un joven africano. Su rostro, demacrado, muestra la extenuación de haber estado tres días recorriendo kilómetros a pie y durmiendo al raso para cruzar a Polonia. Soldados armados con rifles AK-47 y voluntarios con bates de béisbol vigilaban este lunes la cola de miles de ciudadanos que ni son ucranios ni europeos, pero que, como el resto, quieren dejar atrás la guerra. Hacinados, improvisando hogueras con plásticos y papeles para calentarse por unos minutos, aguardan para huir de un conflicto que no vieron venir.

Naciones Unidas ha afirmado este martes que la invasión rusa de Ucrania ya ha forzado el desplazamiento de 660.000 personas a países vecinos, con la principal presión de los huidos sobre Polonia. Para llegar a Sheyni hay una cola de más de 30 kilómetros formada por turismos, furgonetas y autobuses. Conducen padres de familia o voluntarios que llevan a las mujeres y niños ucranios a las puertas de la Unión Europea. Esperan una media de tres días para alcanzar Polonia. La mayoría de estos puede dormir dentro de los vehículos; en cambio, los miles de africanos y asiáticos lo hacen a la intemperie, bajo la nieve y a temperaturas de varios grados bajo cero. En la estación de tren de Lviv, de la que sin horario regular salen algunos convoyes hacia la frontera polaca, la prioridad es que embarquen las mujeres y niños ucranios.

En el puesto fronterizo de Sheyni se marca una división: en una fila, sobre todo hay hombres subsaharianos, magrebíes y asiáticos —también hay mujeres, aunque en menor medida—; en la otra fila, menos concurrida, se encuentran mujeres ucranias con sus hijos menores de edad a punto de superar los últimos metros antes de llegar a Polonia. Los varones ucranios de entre 18 y 60 años han sido movilizados y no pueden abandonar el país. Pasada la frontera empezará otra epopeya, la de conseguir algún hogar en la UE para aguardar al final de la ofensiva rusa contra Ucrania.

Colas de vehículos y personas que huyen de la ofensiva rusa, en el paso fronterizo de Shehyni, en Ucrania.
Colas de vehículos y personas que huyen de la ofensiva rusa, en el paso fronterizo de Shehyni, en Ucrania.Jaime Villanueva

Hay cuatro kilómetros de carretera entre el punto fronterizo de Sheyni y el control militar que supervisa a los miles de vehículos que se acercan. Las autoridades permiten el acceso del transporte rodado a cuentagotas para descargar a sus pasajeros en la aduana. Muchos tienen que superar esta distancia —o incluso 10 kilómetros más, donde se ubica la estación de ferrocarril más cercana— andando y cargados con sus pertenencias. En este recorrido hay ciudadanos locales que ofrecen socorro a ucranios y a extranjeros. La escuela del pueblo de Sheyni se ha reconvertido en albergue para mujeres. En la puerta aguarda este lunes con dos amigas Cassandra, una estudiante de Ghana de 23 años. Ucrania es un consolidado destino universitario para ciudadanos de países en desarrollo. Cassandra y sus amigas transportan maletas y dos jaulas con sendos gatos que adoptaron hace tres años, cuando se instalaron en Ucrania. Quieren llegar a Francia y, pese al engorro de cargar a los animales, prometen que no los abandonarán.

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En una gasolinera, el encargado del establecimiento obsequia con té a un grupo de indios y a una familia vietnamita, y les permite que duerman unas horas tumbados entre pasillos con las estanterías de productos vacías. En la capilla de San Juan Bautista, en Sheyni, algunos católicos aprovechan para orar en completo silencio, unos minutos de paz y recogimiento. Tres feligresas ofrecen té o alimentos calientes y el sacerdote distribuye dos finas mantas por persona a quien lo requiera.

La mayoría de los vehículos que descargan a ucranios en Sheyni vuelven hacia la ciudad de Lviv, a 70 kilómetros, trasladando a los compatriotas que regresan de la UE para alistarse en el Ejército o para ayudar en la resistencia contra Rusia. Otros vehículos también transportan ayuda humanitaria que llega por la frontera: es el caso de Fernando, un madrileño casado con una ucrania que ha transportado material médico financiado por ucranios en España. Fernando —no quiere revelar su apellido— admite que en cuando pueda, dejará Ucrania con su esposa, aunque quizá para regresar en los próximos días con más productos de primera necesidad.

Los 70 kilómetros a Lviv se recorren en coche en dos horas. Una vez en los accesos a la ciudad, los controles militares convierten el ingreso a la capital de la Ucrania occidental en otro atasco perpetuo. En un autobús de línea que conecta las afueras de la ciudad con la estación de tren, el marroquí Mouad Kanti cuenta su historia: hace cuatro años que estudia Medicina en la Universidad Alfred Nobel de Dnipró, uno de los enclaves más violentos de la guerra. Kanti salió de Dnipró al segundo día de la invasión rusa en un tren que le llevó a Lviv, a 1.000 kilómetros hacia el oeste. Intentó abandonar Ucrania por Sheyni, pero tras 48 horas desistió porque la experiencia era demasiado dura. Optó por regresar a Lviv y probar suerte por la frontera eslovaca, donde, según le comunicó el decano de su facultad, hay menos aglomeraciones.

Un anciano en el autobús habla airadamente señalando a Kanti y a este periodista. “No le gustan los extranjeros”, dice en voz baja el joven marroquí, aunque añade acto seguido que su experiencia durante estos años había sido muy positiva. Dos ucranios que han llegado de Sheyni intervienen para acallar al hombre. Cargados con mochilas y esterillas, se apean del autobús frente a la estación de tren de Lviv, dispuestos a alistarse en el frente contra los rusos.

La noche ya cae en la antigua capital de la región histórica de Galitzia, antaño austrohúngara, polaca y ucrania. Una hora más tarde sonarán las primeras sirenas antiaéreas de la noche que advierten de un posible ataque ruso. Las calles de Lviv se vacían en cuestión de minutos, con sus habitantes apresurándose para cobijarse en los refugios antiaéreos habilitados sobre todo en los sótanos de sus edificios. Mientras, en la estación de tren continúa el trasiego de las masas de ucranios que llegan de zonas de conflicto y de voluntarios que se disponen a partir para defender a su patria.

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El presidente ruso, Vladímir Putin, intensifica su ofensiva contra Ucrania. A medida que las tropas de Moscú enfrentan resistencia del Ejército y de las milicias civiles, el Kremlin ha pasado a lanzar ataques más agresivos y contra infraestructuras civiles. En un intento por aislar la región del Donbás y hacerse con el control de todo el este de Ucrania, Putin ha iniciado esta mañana otro intenso ataque contra la ciudad de Járkov, la segunda más grande en población del país (1,4 millones de habitantes) y de mayoría de habla rusa. La enorme explosión ha golpeado el centro de la localidad —sitiada desde hace tres días y con las fuerzas ucranias reprimiendo la ofensiva—, alcanzando el edificio de la Administración Regional, según ha informado el Ministerio de Situaciones de Emergencia de Ucrania.

La zona afectada por la explosión en Járkov (Ucrania) contra el Edificio de la Administración Regional, el 1 de marzo de 2022.Foto: REUTERS/ Vyacheslav Madiyevskyy | Vídeo: EPV

El vídeo de una cámara de seguridad frente al inmueble muestra las consecuencias del ataque, que ha tenido lugar alrededor de las ocho de la mañana, poco después de que se levantase el toque de queda en la ciudad. Tras el impacto del misil, una gran bola de fuego ha engullido los coches aparcados frente al edificio, junto a la simbólica plaza de la Libertad. El asesor del Ministerio del Interior Anton Geraschenko asegura que la intención del bombardeo era acabar con la vida del gobernador y de la cúpula política de la ciudad.

Aún no hay información sobre muertos o heridos de este nuevo bombardeo sobre Járkov, pero este lunes, en otro ataque contra infraestructuras civiles, diez personas murieron durante un bombardeo a un barrio residencial de la ciudad, según el alcalde, Igor Terejov. La explosión acabó con la vida de una familia entera —los dos padres y sus tres hijos— que viajaba en un coche por la zona atacada. Además, el castigo aéreo provocó decenas de heridos, con lo que las víctimas mortales podrían aumentar en las próximas horas.

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“Un exterminio consciente”

El ataque del lunes contra Járkov, el más destructivo hasta el momento en la guerra de Putin contra Ucrania, visibiliza el cambio de estrategia de Rusia en este conflicto, el mayor en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. “Hoy se ha demostrado que esto no es solo una guerra, es un asesinato de nuestro pueblo, el pueblo ucranio”, dijo el lunes Terejov en un vídeo mensaje publicado en las redes sociales.

Casi 90 edificios de apartamentos de Járkov, capital de Ucrania en las décadas de 1920 y 1930 y un importante centro educativo, han sufrido daños por los sucesivos bombardeos. Muchas partes de la ciudad están sin electricidad, agua o calefacción en pleno invierno y un buen número de personas pasan las noches acurrucadas en los refugios antiaéreos.

”Esto no es un ataque equivocado al azar, sino un exterminio consciente de personas. Los rusos sabían a lo que estaban disparando”, denunció el presidente ucranio, Volodímir Zelenski el lunes por la noche. “Esto es, sin duda alguna, un crimen militar. Una ciudad pacífica. Barrios residenciales tranquilos. Ni un solo objeto militar a la vista”, remarcó el líder ucranio, que ha llevado a Rusia ante la Corte Penal Internacional de La Haya por crímenes de guerra. En concreto, Kiev denuncia que 16 niños han muerto en el país como consecuencia de distintos ataques y que hospitales y otras estructuras civiles han sido bombardeadas o han sufrido daños por ataques en zonas residenciales en los cinco días de ofensiva rusa.

Zelenski ha exigido la paralización “de inmediato” de los ataques, la expulsión de Rusia de la ONU y que ningún país adquiera recursos al régimen de Vladímir Putin. Por su parte, Moscú ha justificado la invasión del Estado vecino por un supuesto peligro de que obtenga armamento nuclear. Mientras se intensifica la ofensiva, el ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, ha afirmado en una intervención por videoconferencia ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra: “Ucrania tiene aún tecnología nuclear soviética. No podemos no actuar ante ese peligro”.

En Járkov, Maria Avdeeva, una analista ucrania que vive en esa ciudad, cuenta que los bombardeos están siendo muy intensos. Avdeeva estaba en la calle este lunes, con un grupo de medios, cuando uno de los bombardeos alcanzó un área residencial de la ciudad. “Fue terrible”, explica por teléfono. “Estábamos en espacio abierto sin ningún sitio para esconderse. Los ataques han seguido durante 15 minutos. Esa área residencial, con apartamentos y tiendas, sin objetos millares que pudieran ser objetivo de esos ataques”, comenta Avdeeva, por teléfono. La experta cree que el ataque contra Járkov, a 30 kilómetros de la frontera rusa, es la demostración de Putin de que puede atacar a civiles y no le temblará el pulso en hacerlo, como en las guerras de Chechenia, donde aplicó una política de tierra quemada.

El bombardeo de este lunes en Járkov se produjo, además, al tiempo que una delegación ucrania y una rusa se sentaban por primera vez a negociar en Bielorrusia, junto a la frontera de Ucrania, para tratar de alcanzar un alto el fuego. La mesa de diálogo no tuvo logros concretos, aunque los equipos de ambos países se han emplazado a volver a conversar “en los próximos días”. La reunión podría ser esta vez en la frontera entre Ucrania y Polonia, según fuentes del Gobierno de Zelenski.

Un militar ucranio se acerca a un vehículo en Járkov.
Un militar ucranio se acerca a un vehículo en Járkov.VYACHESLAV MADIYEVSKYY (REUTERS)

Mientras, muy cerca de Kiev, una inmensa caravana de vehículos militares rusos que se extiende a lo largo de 60 kilómetros al noroeste de la ciudad, según informa AFP, amenaza con incrementar las hostilidades en la capital de Ucrania, según las imágenes satelitales captadas por la empresa estadounidense Maxar. El ministro de Defensa de Reino Unido ha advertido de que Rusia tiene preparadas “largas columnas de blindados y vehículos con logística” a pocos kilómetros de la frontera y listas para sumarse a la ofensiva y apoyar a sus tropas sobre el terreno. Putin tiene la mayor parte de sus fuerzas terrestres a más de 30 kilómetros al norte de Kiev, que sigue estando en la mira del presidente ruso, que quiere extremar la ofensiva contra la capital, de 2,8 millones de habitantes, para forzar a Zelenski a capitular.

Con los intensos ataques a la sitiada Járkov y el avance de las tropas rusas por el sur, donde han logrado hacerse con el control de Berdiansk, en el mar de Azov, y la dura ofensiva contra la ciudad portuaria de Mariupol, donde la resistencia está plantando cara a las fuerzas de Putin, el Kremlin trata de hacer una pinza para envolver el Donbás. En Mariupol, la mayoría de los vecindarios están sin electricidad ni calefacción, después de que varios ataques alcanzaran puntos de suministro y subestaciones eléctricas, denunciaron las autoridades locales.

Con esos mimbres, también avanza la perspectiva de construir un corredor desde la península ucrania de Crimea, que Moscú se anexionó en 2014 con un referéndum ilegal, hasta las regiones de Donetsk y Lugansk. Ese corredor permitiría una conexión con la estratégica península, que ha estado teniendo problemas de suministro de agua desde la anexión. Además, Putin intensifica su ataque contra la ciudad de Jersón, en el flanco izquierdo de Crimea, un punto clave que permitiría lanzar una dura ofensiva contra Odesa y hacerse con el control de todo el acceso al mar Negro, donde tienen salida tres países de la OTAN: Turquía, Rumania y Bulgaria. Las fuerzas rusas rodearon durante la pasada noche Jersón y desplegaron puestos de control a su alrededor, según las autoridades locales.

La ofensiva de Vladímir Putin para “desnazificar” Ucrania y “proteger” a la ciudadanía ha causado ya cientos de muertos y medio millón de refugiados. El Ejército ucranio está logrando contener por ahora el ataque en las ciudades más importantes del país. Pero los bombardeos han continuado este martes y las fuerzas rusas avanzan.

“Para el enemigo, Kiev es el objetivo clave. Quieren destruir nuestro Estado, y por eso la capital está bajo constante amenaza”, ha advertido el presidente Zelenski, que ha asegurado que Putin está intentando volar la principal central eléctrica de la ciudad para dejar a la capital, donde ya hay problemas de suministro, sin electricidad. Las fuerzas de seguridad ucranias han elevado además sus advertencias sobre infiltrados paramilitares a sueldo de Rusia. El Ejército asegura que tratan de penetrar en Kiev y que visten uniformes de policía o de las fuerzas armadas ucranias.

Al Kremlin no ha parecido importarle la marea de sanciones internacionales a sus empresas, personas y bancos rusos. Este lunes, Moscú ha respondido a las represalias que han cerrado el espacio aéreo europeo a las aerolíneas rusas y a los aviones privados que suelen utilizar los empresarios de la órbita del Kremlin, con el cierre de su propio espacio aéreo a 36 aerolíneas, incluidas las de los 27 países miembros de la UE. Rusia además, ha amenazado a la UE con más represalias. “Habrá una dura respuesta a las acciones de la UE. Rusia continuará asegurando el logro de los intereses nacionales vitales, independientemente de las sanciones o su amenaza”, ha dicho el ministerio de Exteriores ruso en un comunicado en el que ha amenazado también con duras represalias a los ciudadanos de la UE y a las entidades involucradas en la entrega de armas, combustible y suministros de defensa a Ucrania.

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travesía en bicicleta
en lo corrido de sus viajes se han encontrado con otros grupos de ciclistas para compartir experiencias, quiere llegar a Cartagena y pide apoyo.

Ahora el deportista requiere apoyo económico para poder culminar la última etapa de travesía en bicicleta.

Noticias Pasto.

Como un ejemplo a seguir fue catalogada la travesía del ciclista nariñense Jairo Obando quien decidió emprender un viaje en bicicleta al norte del país.

El deportista dio a conocer que el propósito es cumplir con 1.400 kilómetros de recorrido, razón por la cual desde el pasado 2 de enero inició su viaje.

Indicó que la travesía arrancó desde la ciudad de Pasto y el propósito es llegar hasta Cartagena.


Por medio de sus redes sociales explicó como ha sido todo este proceso y como día y noche ha tenido que avanzar en medio de la travesía.

Añadió que luego de pasar por varios departamentos, hoy se encuentra en Córdoba.

Cuenta que en lo corrido de sus viajes se han encontrado con otros grupos de ciclistas para compartir experiencias.

Sin embargo, explicó que para cumplir con este último tramo necesita apoyo, razón por la cual acudió a la solidaridad de todos los nariñenses.

Señala que requiere ayuda económica, para poder cumplir con esta última etapa del recorrido.

Dijo que aquellos que deseen apoyarlo en esta iniciativa, pueden contactarse a través del 3183137722 para hacerle llegar cualquier aporte que le permita cumplir su meta.

 



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