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La vicepresidenta Cristina Kirchner y Alberto Fernández, en noviembre de 2021.
La vicepresidenta Cristina Kirchner y Alberto Fernández, en noviembre de 2021.MATIAS BAGLIETTO (Reuters)

Argentina padece las consecuencias de un divorcio. Un divorcio no consensuado, de esos que llegan a los tribunales y la pasión de antaño es ahora gasolina para las más amargas disputas. El país sudamericano sufre las miserias políticas de una dirigencia que dirime sus peleas a viva voz. El presidente Alberto Fernández y su vice, Cristina Fernández de Kirchner, ya no se hablan. El mar de fondo es la rivalidad por el poder, pero también las diferencias del rumbo que ambos pretenden para Argentina. Y una pecado de nacimiento: Alberto Fernández fue ungido por Cristina Kirchner como candidato a la presidencia y a ella debe su sillón en la Casa Rosada. El experimento funcionó para evitar un segundo mandato de Mauricio Macri en octubre de 2019; pero la anomalía política que supone una vicepresidenta con más poder que un presidente ha sido un fracaso una vez en el Gobierno.

El jueves pasado, Argentina conmemoró el 46 aniversario del golpe militar contra Isabel Perón. El presidente Fernández realizó un pequeño acto protocolar, mientras que Cristina Kirchner y su agrupación política, La Cámpora, movilizaron a 70.000 hacia la Plaza de Mayo, la quintaesencia del poder político en Argentina. Al frente de la movilización estuvo Máximo Kirchner, hijo de la vice. La Cámpora mostró músculo callejero y mandó un mensaje claro a la Casa Rosada: nosotros somos el pueblo, la verdadera base electoral del Gobierno, los acreedores del poder presidencial. Fernández, mientras tanto, llama a la unidad, convencido de que la única posibilidad de vencer en las generales de 2023 está en un peronismo alineado tras un solo candidato.

La sangre entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner llegó a finales del año pasado, cuando el oficialista Frente de Todos sufrió un duro varapalo en las elecciones primarias obligatorias. La vicepresidenta achacó a su delfín político la derrota. Los ministros que le responden presentaron su renuncia y forzaron a Fernández a un cambio de Gabinete que no estaba en sus planes. Dos meses después, las elecciones confirmaron la derrota de los candidatos del Gobierno al Congreso. Cristina Kirchner se mantuvo en silencio, pero el amor con Fernández, su exjefe de Gabinete, ya había terminado. El acuerdo que Argentina cerró esta semana con el FMI por una deuda de 45.000 millones de dólares fue la gota que rebalsó el vaso. El kirchnerismo votó en contra del texto en el Congreso, con el argumento de que un ajuste de la economía, como acordó Fernández, sentencia de muerte cualquier posibilidad de triunfo en las generales de 2023.

“Hay dos grupos que creen tener el derecho a tomar las decisiones, dos líderes que reclaman tener el poder de decidir en última instancia”, dice Sergio Morresi, politólogo de la Universidad del Litoral. “Y aunque la Constitución argentina dice que el poder ejecutivo recae de forma exclusiva en el presidente, lo cierto es que esta vicepresidenta tiene poder propio más allá de su lugar institucional. Y es desde ese poder propio desde donde exige que se considere que el presidente está allí para cumplir un mandato popular del que ella (y quienes la apoyan) se sienten mejores intérpretes”, dice. Andrés Larroque, hombre fuerte del kirchnerismo, lo dijo con claridad durante la marcha del 24 de marzo. Fernández, dijo, “fue jefe de campaña de un espacio que sacó cuatro puntos en la elección de la provincia de Buenos Aires. El frente lo convocó por iniciativa de Cristina”.

En el entorno del presidente no están de acuerdo con esta lectura de “poder prestado”. Si Cristina Kirchner lo ungió como candidato fue porque sabía que no podía ganar por sí sola. Alberto Fernández es, bajo esta lectura, condición necesaria para el triunfo del Frente de Todos frente a Macri en 2019. Por lo tanto, argumentan, tiene derecho a ejercer el poder como mejor le plazca. Se tata, en el fondo, de lecturas diferentes de la realidad. La crisis económica es acuciante. La inflación está disparada (ya supera e 50% anual), y el presidente considera que el acuerdo con el FMI es el primer paso hacia la salida. El kirchnerismo, en cambio, sostiene que nada buevo se puede esperar del FMI, y que es mejor alejarse lo más posible de Fernández mientras la Casa Rosada insista en avanzar sin remedio hacia el abismo. Si el Gobierno que integran fracasa, mejor estar lejos de la onda expansiva.

¿Está Argentina, entonces, encaminada hacia una ruptura definitiva de la coalición de Gobierno? “No lo creo” dice Eduardo Fidanza, director de la consultora Poliarquía. “No le conviene a ninguna de las partes, porque fragmentaría el voto peronista y aseguraría, desde ya, una derrota electoral en 2023″, dice. Pablo Touzón, politólogo y director de la Consultora Escenarios, sí ve la posibilidad de una crisis terminal. “Hay una decisión tomada por parte del cristinismo: considera que desde las PASO [primarias] y la derrota de las legislativas la figura de Alberto Fernández no tiene liderazgo”, explica. Sergio Morresi coincide en que la crisis es “muy grave”, pero considera que “más allá de la voluntad de una parte de la dirigencia para que se terminen de romper lanzas, hay otros sectores, incluso en las bases, que están pujando por mantener la unidad del Frente de Todos”.

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Entre esos sectores está el propio Alberto Fernández. Durante la última semana, la estrategia del presidente ha sido difundir la idea de que una fractura abre las puertas a un regreso de la derecha al poder, representada por Mauricio Macri. Macri es, para el peronismo, la consumación de todos los males. Fernández no habla con su vice, pero hace llamados desde los medios de comunicación. “Quien cree que eso tendrá algún efecto no tiene ni la más remota idea de cómo piensa la vicepresidenta”, dicen desde el entorno de Cristina Kirchner. La manifestación multitudinaria del 24 de marzo fue una evidencia de eso: el verdadero poder está en la calle y se puede exhibir. Y el rechazo al FMI fue la bandera.

En la Argentina, sin embargo, nadie tiene muy claro donde está la salida del atolladero. “El cristinismo tiene un enunciado, pero no tiene un proyecto real de país”, aclara Pablo Touzón. “Por eso prefiere irse, porque carece de una solución alternativa a esto que propone el FMI. Lo que quiere preservar es una especie de núcleo de valores y de sentidos”, dice.

Ese núcleo es la última esperanza de la Cristina Kirchner y su movimiento, que ve como irremediable un fracaso del Gobierno qué ella misma concibió. Alberto Fernández, mientras tanto, recibe la presión de su entorno para crear “el albertismo”, un movimiento que rompa amarras con el kirchnerismo apoyado en el poder de los gobernadores peronistas y los sindicatos que lo apoyan.

“No le otorgo muchas posibilidades a Alberto Fernández, aunque él y su grupo más próximo creen que puede aspirar a la reelección”, dice Eduardo Fidanza. “En la actual situación económica y social sus chances son muy reducidas”, dice. Sergio Morresi coincide. “En primer lugar, el presidente Fernández no parece decidido a lanzar un movimiento propio y prescindir de sus socios, aun si algunos de ellos quieren prescindir de él y se mueven para socavar su capacidad de acción. En segundo lugar, me parece que se está atravesando un momento social y económico muy delicado, y las condiciones para lanzar un movimiento político propio no son precisamente óptimas”, dice. Al gobierno de Alberto Fernández le restan dos años de mandato, y deberá navegar en el desierto.

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El peronismo está dividido, una vez más. Para suerte de Argentina, las disputas ya no son a los tiros, como en los años setenta, sino con demostraciones de fuerza callejera. Quien moviliza a más gente, mejor representa el legado de Juan Domingo Perón. Lo sabe bien La Cámpora, la agrupación que lidera Máximo Kirchner, el hijo de la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Este jueves 24 de marzo, Argentina conmemoró el 46 aniversario del inicio de la dictadura más sangrienta del Cono Sur americano. Y La Cámpora desbordó la Plaza de Mayo, el sitio donde se concentran todos los símbolos del poder político. El presidente Alberto Fernández no fue invitado a la plaza más peronista de Argentina. Prefirió entonces recordar con un pequeño acto protocolar a los científicos asesinados por los militares.

La Cámpora, y con ella Cristina Fernández de Kirchner, forma parte del Gobierno de Fernández. El divorcio, sin embargo, parece inminente. Los senadores y diputados que siguen a Kirchner votaron en contra del acuerdo que Argentina acaba de firmar con el FMI para refinanciar la deuda de 45.500 millones de dólares heredada del Gobierno de Mauricio Macri. Fernández consiguió la aprobación con los votos opositores, mientras Kirchner se ausentaba del Senado en el momento de la votación. Fue una declaración de guerra interna.

En los pasillos de la Casa Rosada corrió entonces el rumor de que la vicepresidenta preparaba una carta incendiaria contra el presidente, el hombre al que ella misma ungió hace dos años como candidato de su espacio político. La derrota en las Legislativas de noviembre del año pasado degradó la relación. Desde el kirchnerismo acusaron a Fernández por la derrota: dijeron que se había alejado de la gente, que la crisis económica era insostenible. El acuerdo con el FMI fue la gota que rebalsó el vaso. El kirchnerismo asocia al Fondo con todos los males argentinos y firmar en Washington era una afrenta a su base electoral. La Cámpora lo dejó bien en claro este jueves.

La agrupación kirchnerista convocó a sus simpatizantes frente al predio de la antigua Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), donde funcionó el mayor centro clandestino de la dictadura, hoy convertido en espacio para la memoria. La respuesta fue multitudinaria: a las diez de la mañana, los manifestantes ocupaban ya más de diez calles de la avenida del Libertador, una de las más anchas de Buenos Aires. Desde allí, las columnas recorrieron 13 kilómetros por el norte de la ciudad hasta la avenida de Mayo.

“A pesar de las bombas, de los fusilamientos, de los compañeros muertos, de los desaparecidos, no nos han vencido”, cantaban los manifestantes. “No se va, no se va, la jefa no se va”, coreaban algunas columnas, en referencia a la vicepresidenta y las amenazas de ruptura que pesan sobre la coalición. Los cánticos y eslóganes peronistas se impusieron durante el recorrido sobre aquellos vinculados al Día de la Memoria. Sólo algunos pañuelos blancos, símbolo de las Madres de Plaza de Mayo, interrumpían la marea de banderas de La Cámpora y fotografías de Perón, Evita y los Kirchner.

Miembros de las Madres de Plaza de Mayo participan con miles de personas en una marcha por el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, que recuerda el golpe militar de 1976, este jueves en Buenos Aires.
Miembros de las Madres de Plaza de Mayo participan con miles de personas en una marcha por el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, que recuerda el golpe militar de 1976, este jueves en Buenos Aires.Juan Ignacio Roncoroni (EFE)

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La Cámpora estuvo ausente en la calle cuando el Congreso aprobó el acuerdo entre el FMI. La recuperaron este jueves para mostrar su rechazo. “Independencia económica”, podía leerse en una de las pancartas de la movilización. “Esa deuda que dejaron no la vamos a pagar”. “Con el hambre del pueblo no se jode nunca más”, cantaban. A lo largo de toda la ciudad hay pintadas en las que los camporistas exigen que no se pague al Fondo. “Primero que coman los argentinos”, se lee también en las paredes. Según las estadísticas oficiales, cuatro de cada diez argentinos son pobres.

En la cabecera de la movilización circulaba un autobús descubierto, desde el que la agrupación política retransmitió en streaming toda la manifestación. Desde allí entrevistaban también a los principales referentes del kirchnerismo, reacios a menudo a hablar con los medios. Desde allí disparaban contra el presidente Fernández, sin nombrarlo. “Cuando decíamos a la sociedad argentina que había que bancársela con los fondos buitre para que no ingresaran a la Argentina, era porque no queríamos que pasara lo que estamos pasando hoy”, dijo Máximo Kirchner desde el autobús reconvertido en estudio de televisión. “Cuando la gente está presente en un Gobierno, lo malo es menos malo y lo bueno es bueno. Es con la gente adentro. Siempre, compañero”, destacó el diputado nacional, convertido en la gran estrella de la movilización entre saludos y selfies.

Menos diplomático fue Andrés Larroque, ministro de Desarrollo en la provincia de Buenos Aires y hombre fuerte de La Cámpora. Larroque no se olvidó del presidente, la interna que divide a la coalición y la posición que consideran que ocupan en ella. “No nos podemos ir de algo que gestamos”, dijo. “El presidente estaba en un espacio político y fue jefe de campaña de un espacio que sacó el 4% en la elección de la provincia de Buenos Aires”, recordó, en referencia a los tiempos en lo que Fernández estaba enfrentado a Kirchner. El kirchnerismo le recuerda cada vez que puede que debe su cargo en la Casa Rosada a la vicepresidenta.

Las diferencias no se limitan al seno del Gobierno. También son visibles en la calle. La izquierda ocupó la Plaza de Mayo a partir del mediodía y se replegó pasadas las tres para dejar lugar a La Cámpora. “Si hoy estuviesen los 30.000 ­[desaparecidos] en esta plaza, muchas cosas no pasarían. Esos 30.000 no aceptarían al FMI”, dijo desde el escenario la titular de Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora, Nora Cortiñas. “Todos los que apoyan al Fondo son traidores al pueblo”, agregó.

Alberto Fernández celebró su propio acto por la mañana, lejos de las multitudes. Acompañado por algunos de sus ministros, recordó con tono protocolar en la sede del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) a los científicos asesinados durante la dictadura. Desde allí convocó, una vez más, a la unidad del peronismo y a terminar con el debate interno.

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El presidente de Argentina, Alberto Fernández, y su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, saludan tras la apertura de sesiones del Congreso, el 1 de marzo de 2022 en Buenos Aires.
El presidente de Argentina, Alberto Fernández, y su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, saludan tras la apertura de sesiones del Congreso, el 1 de marzo de 2022 en Buenos Aires.NATACHA PISARENKO (AFP)

La crisis en la cúpula del poder en Argentina escala día a día. El presidente Alberto Fernández ya no oculta su malestar con su vice, Cristina Fernández de Kirchner. Este martes, advirtió a quien fuera su mentora política que es él quien toma las decisiones de Gobierno. Pero al mismo tiempo pidió por la unidad del Frente de Todos, la coalición peronista que tiene al kirchnerismo como su principal fuerza. La ruptura se consumó el jueves pasado, cuando los 13 senadores que responden a la vicepresidenta votaron en contra del acuerdo firmado con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para refinanciar una deuda de 44.500 millones de dólares. Fernández hace tiempo que soporta fuego amigo, pero el voto negativo de los miembros de su propia coalición fue demasiado.

“Cuando me propusieron estar a cargo sabía que iba a tener que tomar decisiones y esperaba que me acompañaran y no me acompañaron”, lamentó el presidente en una entrevista que concedió a una radio ultrakirchnerista. Intentó así dar un mensaje directo a quien lo puso a cargo de la presidencia, como él mismo dijo. En 2019, fue Cristina Kirchner quien le pidió a Fernández ser candidato a presidente, con ella como vice. El experimento resultó exitoso para bloquear la reelección de Mauricio Macri, pero ha hecho agua para gobernar. Las diferencias respecto al rumbo económico crecieron con el agravamiento de la crisis. Las críticas de Cristina Kirchner y su hijo Máximo, líder de la agrupación La Cámpora, fueron cada vez menos veladas. La rebelión parlamentaria del kirchnerismo fue, finalmente, una declaración de guerra abierta.

Fernández ha dicho este martes que no será él quien de el paso hacia una ruptura de la coalición. “No todos pensamos igual. Lo que creo que no podemos hacer es darnos el lujo, por la causa que sea, narcisismos, egoísmo, política, de desunirnos. De mi parte no esperen un solo gesto que rompa la unidad. Yo no soy títere de nadie. Ha quedado demostrado que tengo diferencias, pero yo actúo con mis convicciones. Yo escucho a todos, pero el presidente soy yo y el que tiene que tomar las decisiones soy yo”, expresó.

Es la primera vez que el presidente argentino se refiere tan abiertamente a la pelea con Cristina Kirchner. Los argentinos sabían que las cosas no estaban bien por las acciones, más que por las palabras. Tras la derrota electoral en las elecciones primarias de septiembre del año pasado, Cristina Kirchner ordenó a los ministros que le responden que presentasen la renuncia. Forzó así a Fernández a realizar un cambio de Gabinete que no quería. La relación se deterioró definitivamente con el acuerdo con el FMI. Mientras la oposición lo apoyó en el Congreso, el texto recibió críticas despiadadas del kirchnerismo.

El lunes, un grupo de intelectuales kirchneristas le puso palabras al descontento del sector. En una carta pública, criticaron la estrategia económica de Fernández para combatir la inflación, que ya supera el 50%, y advirtieron que los llamados a la unidad por si solos no alcanzan para resolver el descalabro económico y político que atraviesa Argentina. “¿Unidad para qué política? ¿Unidad que garantice la transferencia de recursos desde los trabajadores hacia el capital? ¿Unidad que rompa el contrato electoral y en la que los trabajadores resultan perjudicados?”, se preguntaban los autores del documento. “La ‘Unidad’ del Frente de Todos ya se rompió en noviembre de 2021 cuando más de cuatro millones de electores que lo acompañaron en el año 2019 ya no lo hicieron en las elecciones de medio mandato. Reconstruirla es el objetivo”, dice el documento.

En el kirchnerismo consideran que la crisis terminará por arrastrarlos a una derrota en las presidenciales de 2023. Y que el acuerdo con el FMI solo agravará la debacle. La estrategia ha sido dejar solo al presidente. Por ahora, Cristina Kirchner seguirá en el Ejecutivo, al menos en lo formal. El jueves Argentina conmemora un nuevo aniversario del golpe militar de 1976 contra Isabel Perón. La Cámpora, la agrupación de Máximo, el hijo de Cristina Kirchner, ha organizado una larga marcha desde el ex centro de detención ilegal de la ESMA hacia la Plaza de Mayo. La recorrida supone atravesar toda la ciudad de Buenos Aires de oeste a este. Será una demostración de fuerza a Fernández, un recuerdo de que la calle les pertenece.

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El presidente de Argentina, Alberto Fernández, y la vicepresidenta, Cristina Kirchner, este martes.
El presidente de Argentina, Alberto Fernández, y la vicepresidenta, Cristina Kirchner, este martes.NATACHA PISARENKO (AFP)

La negociación con el FMI concentra toda la atención en Argentina. El presidente Alberto Fernández admitió este martes que el acuerdo para refinanciar los 44.500 millones de dólares que recibió el país en 2018 aún no está cerrado, pero dijo que lo enviará “esta semana” para su tratamiento en el Congreso. Ese fue el anuncio más importante de la hora y media de discurso que el mandatario dio durante la apertura del curso parlamentario. La cuestión de la deuda fue también origen de un rifirrafe con parte de la oposición, que abandonó el recinto cuando Fernández reiteró que investigará la responsabilidad penal de ese endeudamiento récord, producido durante la gestión de Mauricio Macri. “Los argentinos y las argentinas tienen el derecho de saber cómo y quiénes fueron los responsables de tanto desatino”, dijo, en medio de un gran griterío de unos y aplausos de otros. Lo escuchaba a su lado Cristina Fernández de Kirchner, que como vicepresidenta presidió la sesión.

Alberto Fernández es un presidente debilitado por las tensiones que mantiene con Fernández de Kirchner, líder de la principal fuerza de la coalición de Gobierno. Las diferencias se concentran, justamente, en el acuerdo con el FMI. Los legisladores kirchneristas han puesto múltiples objeciones a un texto que consideran una claudicación de la Casa Rosada ante el acreedor, que pide déficit cero en un plazo de tres años y condiciona la vigencia del acuerdo al resultado de auditorías trimestrales. Cristina Kirchner no apareció en público ni hizo declaraciones desde finales de enero, cuando el FMI y Fernández anunciaron el inicio de un entendimiento. Durante la última semana, el kirchnerismo filtró a la prensa presuntos detalles del acuerdo, que hablaban de una reforma laboral y previsional y una subida de las tarifas de los servicios públicos.

El presidente uso buena parte de su discurso ante la Asamblea para desmentir la filtración. “Que quede claro, no habrá reforma laboral”, dijo primero. “Quiero ser muy claro ante esta Asamblea Legislativa: no habrá una reforma previsional”, agregó después. Y repitió varias veces que el acuerdo no supone “un ajuste”, palabra maldita en Argentina. “Es un entendimiento inusual: sin políticas de ajuste y con incremento del gasto real en todos los años del programa”, dijo. Sí habrá guerra, sin embargo, en la cuestión de las tarifas a la energía.

El Gobierno destina hoy el 2,3% del PIB (unos 11.000 millones de dólares) en subsidios para que no suba en los hogares el precio de la electricidad y el gas. Es parte de una política contra la inflación, que supera el 50% interanual. El kirchnerismo no quiere subidas mayores del 20% en las tarifas, pero el FMI exige que al menos se acerquen el IPC. Alberto Fernández dijo esta tarde que los aumentos estarán atados al índice salarial, lo que supera ampliamente las aspiraciones de la expresidenta.

Fueron todas palabras para el kirchnerismo, que amenazó con bloquear el acuerdo en el Senado, donde Cristina Kirchner tiene el control, e incluso en la Cámara de Diputados. El hijo de la expresidenta, Máximo Kirchner, renunció a principios de febrero como líder parlamentario de la coalición oficialista, el Frente de Todos, en desacuerdo con el texto firmado con el FMI. El diputado no estuvo este martes en el Congreso, evidencia de la dimensión de la fractura. Tampoco estuvo fuera del edificio legislativo la agrupación política que lidera, La Cámpora, acompañando a los sindicatos y organizaciones sociales que arroparon a Fernández.

Sindicatos y movimientos sociales afines al presidente de Argentina, Alberto Fernández, se manifiestan afuera del Congreso, este martes.
Sindicatos y movimientos sociales afines al presidente de Argentina, Alberto Fernández, se manifiestan afuera del Congreso, este martes.Natacha Pisarenko (AP)

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Tensión con la oposición

El presidente necesita los votos del kirchnerismo para aprobar el acuerdo con el FMI, paso previo a la firma definitiva en Washington. Pero también necesita de la oposición. Y este martes en la Asamblea rompió puentes con los legisladores de Juntos por el Cambio, la coalición del expresidente Mauricio Macri. Los acusó de promover un crédito irresponsable e impagable, con compromisos anuales “sin precedentes en la historia universal de la historia moderna”. Según el acuerdo firmado con el FMI en 2018, Argentina debía pagar este año 19.000 millones de dólares y una suma similar el año que viene. Cuando Macri entregó el poder en 2019 a Fernández, el cronograma con el FMI ya era inviable y Argentina estaba en default con los acreedores privados. Fernández recordó a Juntos por el Cambio que hay una investigación judicial contra los responsables de recibir el crédito. Los diputados de Macri se retiraron entonces del recinto.

Fue el momento más caliente de la sesión, para disfrute de Cristina Kirchner, testigo silenciosa de la escena. Fernández se perdió luego en un largo listado de anuncios económicos, la mayoría ligados al sector productivo, y el repaso de los indicadores que indican un repunte de la economía en la pospandemia.

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El presidente de Argentina, Alberto Fernández, se ha sentado este martes ante un juez. No como acusado, sino como testigo. Lo hizo en forma presencial, cuando pudo hacerlo por escrito. Durante dos horas y media, defendió a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner de las acusaciones de corrupción que enfrenta. Habló como exjefe de Gabinete entre 2003 y 2008, parte del período en que se produjeron los presuntos delitos investigados: un desvío discrecional de fondos de obra pública a favor de Lázaro Báez, un empresario ligado al kirchnerismo que en pocos años pasó de ser un ignoto cajero de banco a multimillonario.

Báez cumple en la cárcel una condena de 12 años por lavado de dinero. En marzo de 2021, la justicia argentina lo encontró culpable de blanquear activos por 60 millones de dólares entre 2010 y 2013, cuando su nombre figuraba entre los contratistas del Estado preferidos por el kirchnerismo. Báez era en aquel tiempo dueño de Austral Construcción, una empresa con sede en Santa Cruz, la provincia patagónica que fue bastión político de los Kirchner. Cristina Fernández de Kirchner es ahora investigada en una causa paralela por supuestamente beneficiar a Báez con contratos millonarios a cambio de sobornos. Las acusaciones se basan en una auditoría encargada por el Gobierno de Mauricio Macri, referidas a 51 obras públicas de seguridad vial. Austral se encargó del 82% de las licitaciones en Santa Cruz durante la Presidencia de Néstor Kirchner (2003-2007) y percibió en total más de 4.000 millones de pesos (equivalente a unos 300 millones de dólares al cambio monetario de 2015, cuando Cristina Kirchner entregó el poder a Macri).

La defensa de Cristina Kirchner pidió que declarasen todos sus exjefes de Gabinete para que explicasen al juez cómo se resuelve el reparto de fondos para obras de infraestructura. Alberto Fernández estaba entonces alejado de Kirchner y la criticaba con crudeza en los canales de televisión. Luego se amigaron, Fernández fue candidato y ganó la presidencia. Las idas y vueltas de la política argentina terminaron en un hecho sin precedentes: un presidente en funciones declaró como testigo presencial a pedido de su vicepresidenta.

Fernández llegó a los tribunales federales antes de las 10 de la mañana. Contestó una a una las preguntas del juez y discutió con el fiscal, responsable de la acusación. Dijo que al empresario Báez lo había visto una sola vez en su vida “en el parque de la casa de [el expresidente] Néstor Kirchner”. Aclaró que no hay una norma que diga cómo deben repartirse los fondos nacionales para obras de infraestructura en las provincias, pero negó que se trate de una decisión arbitraria del presidente.

“Lo que están discutiendo son decisiones políticas no judiciables, y esas decisiones presupuestarias de ningún modo pueden ser arbitrarias”, dijo. Explicó entonces que el presidente, cualquiera sea, no está al tanto de los contratos, sino apenas de una versión general del presupuesto. “No se tiene en cuenta cómo funciona la aprobación de un presupuesto, no es decisión de un presidente decidir dónde se gasta la plata. Eso va al Congreso y se genera un debate enorme dentro del Congreso, porque cada diputado y senador pelea para llevar recursos a sus provincias”, dijo Fernández. “Definitivamente, no”, respondió cuando el abogado de la defensa le preguntó si Cristina Kirchner integraba una asociación ilícita para favorecer a Báez, como sostiene la querella.

Cuando Cristina Kirchner se convirtió en vicepresidenta en diciembre de 2019 enfrentaba 10 investigaciones por presunta corrupción. Desde entonces, las causas cayeron una a una, ya sea por falta de pruebas, ausencia de delito o problemas de procedimiento. Solo el expediente de la obra pública sigue en pie. El 21 de mayo de 2019 iniciaron las audiencias presenciales y Cristina Kirchner se sentó en el banquillo. El país estaba en pleno proceso electoral y el kirchnerismo acusaba a Macri de presionar en los tribunales para sacarla de la carrera política. El juicio siguió su curso y está ahora en la etapa final de la ronda de testigos. Restan los alegatos de los abogados y el veredicto. La sentencia final no tiene fecha.

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Agrupaciones izquierda, movimiento sociales y sindicatos marchan el martes pasado contra el acuerdo entre el Gobierno de Alberto Fernández y el FMI.
Agrupaciones izquierda, movimiento sociales y sindicatos marchan el martes pasado contra el acuerdo entre el Gobierno de Alberto Fernández y el FMI.Enrique García Medina (EFE)

Alberto Fernández ha intentado deshacer este sábado el embrollo que generó con Estados Unidos durante la gira que realizó la primera semana de febrero a Rusia y China. Tras acusar a la Casa Blanca de no apoyarlo en sus negociaciones con el FMI, que terminaron en un acuerdo a finales de enero, ha dicho ahora que “el actual gobierno norteamericano acompañó con su voto a Argentina”. “Eso lo valoro”, dijo, en un largo hilo en sus redes sociales en el que también defendió las relaciones de su país con Moscú y Pekín.

Las palabras de Fernández son el corolario de una semana de tensión diplomática. El argentino usó el Kremlin para proclamar que su país necesitaba reducir su “dependencia” del Fondo Monetario Internacional y de Estados Unidos, al tiempo que ofrecía a Vladimir Putin que Argentina fuese “la puerta de entrada” de Rusia a América Latina. Días después, en China, elogió la revolución maoísta. El tenor de la agenda geopolítica desplegada por el presidente no estaba en el guion original que había escrito la Cancillería en Buenos Aires. Y cayó muy mal en Washington.

El Departamento de Estado no hizo declaraciones públicas, pero sentó su posición a través de una fuente reservada que el diario La Nación replicó el jueves en su portada. El funcionario estadounidense dejaba claro el malestar del Gobierno de Joe Biden con Fernández, enumeraba los gestos que había realizado la Casa Blanca y manifestaba la voluntad de seguir, pese a todo, apoyando a Argentina.

El visto bueno de Estados Unidos a las negociaciones con el FMI fue clave para la firma de un acuerdo. El tiempo urgía para Argentina, que este año debe pagar 19.000 de los 44.000 millones que el Gobierno de Mauricio Macri había recibido como rescate financiero en 2018. Con sus reservas internacionales cercanas a cero y una situación económica muy endeble, solo una refinanciación podía evitar una nueva cesación de pagos.

Antes de terminar su gira asiática, Fernández habló con medios argentinos por videoconferencia y ratificó sus críticas. “¿Quién me ayudó? A mí con el Fondo me ayudaron los países europeos, me ayudó China, me ayudó Rusia, los países americanos y paro ahí. Sé quién hizo mucho para que ese préstamo sea dado. Eso sí lo sé, el gobierno anterior de Estados Unidos”, dijo, en referencia a la Administración de Donald Trump y sus esfuerzos por ayudar a Macri. Este sábado dio marcha atrás, reconoció la ayuda del país norteamericano y quitó fuelle a las consecuencias políticas de su visita a Rusia en medio de la escalada en Ucrania y a China.

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“No sé por qué levantó tanta polvareda el tema, ¿por qué viajar a Rusia y China significa que nosotros queremos tener una mala relación con los Estados Unidos? No sé qué tiene que ver una cosa con la otra. La realidad es que fuimos a Rusia y a China a reforzar y promover aún más nuestros vínculos comerciales y financieros en un momento en el que la Argentina lo necesita”, dijo Fernández en declaraciones a una radio local, cuando ya había lanzado en Twitter su nueva posición hacia la Casa Blanca. “Argentina no tiene amigos ni enemigos permanentes ni perpetuos, lo único perpetuo es la defensa de sus intereses”, agregó. El acuerdo firmado necesita aún la aprobación del directorio del FMI para entrar en vigor, y Argentina depende, como en 2018, de Estados Unidos.

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Alberto Fernández llega este 7 de febrero de 2022 en visita oficial a Barbados, última escala de una gira por Rusia y China.
Alberto Fernández llega este 7 de febrero de 2022 en visita oficial a Barbados, última escala de una gira por Rusia y China.HANDOUT (AFP)

Los problemas persiguen a Alberto Fernández fuera de casa. Las urgencias políticas y una serie de errores diplomáticos no forzados obligaron al presidente de Argentina a adelantar el balance de la gira que lo llevó a Rusia y China. Desde Barbados, última escala de su viaje, relativizó este lunes el impacto que tuvieron en Estados Unidos las críticas que lanzó desde Moscú a la Casa Blanca. Y quitó fuelle a la crisis que abrió en su coalición de Gobierno el acuerdo que firmó a finales de enero con el Fondo Monetario Internacional para refinanciar una deuda de 44.500 millones de dólares. Reveló entonces que había hablado por teléfono desde Pekín con su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, crítica de ese acuerdo, y confió en que los diputados que la siguen darán su voto al memorando con el Fondo en el Congreso.

Fernández está atrapado entre dos frentes, uno interno y otro externo. En el interno, vive la desafección del kirchnerismo, la principal fuerza de la coalición peronista que lo llevó al poder en 2019. El acuerdo con el FMI, firmado días antes de volar hacia Moscú, se saldó con la renuncia de Máximo Kirchner, hijo de la expresidenta, como jefe de la bancada oficialista en la Cámara de Diputados. Máximo Kirchner dijo que no estaba dispuesto a trabajar por la aprobación parlamentaria de un acuerdo que rechazaba y abrió la enésima crisis en el seno del Gobierno argentino. Cristina Kirchner se mantuvo desde entonces en silencio. El presidente Fernández habló este lunes de “matices” con respecto al acuerdo con el FMI y admitió incluso que podría haber diputados kirchneristas que votarán en contra. “Hablé con Cristina y le conté cómo seguíamos”, dijo Fernández. “La verdad, yo no tengo dudas de que nuestra fuerza política nos va a acompañar” en el Congreso, explicó por videoconferencia a periodistas de medios argentinos que lo consultaron desde Buenos Aires.

El acuerdo con el FMI, que aún debe ser aprobado por el directorio del organismo multilateral, es crucial para que Argentina no entre en marzo en suspensión de pagos y se agrave aún más la crisis económica que atraviesa. Pero la firma profundizó las diferencias que ya acumulaba Fernández con sus socios del kirchnerismo ante cualquier entendimiento con el multilateral que supusiese un ajuste fiscal. La renuncia de Máximo Kirchner y el silencio de Cristina Kirchner dispararon todo tipo de especulaciones sobre hasta donde resistirá una alianza que cada vez es más frágil.

Sin el consenso de su propia fuerza política, Fernández necesita más que nunca el apoyo de la Casa Blanca para resolver en Washington la deuda que Argentina asumió con el Fondo en 2018, durante el Gobierno de Mauricio Macri. Por eso sorprendió a propios y ajenos las críticas que el presidente lanzó contra Estados Unidos y el FMI desde Moscú. Al tiempo que ofrecía a Putin convertir a Argentina en ”la puerta de entrada” de Rusia en América Latina, proclamaba la necesidad de reducir la “dependencia de Argentina” de Washington.

Fernández se salió por iniciativa propia de un guion escrito por la Cancillería que se limitaba a defender el multilateralismo y las buenas relaciones con Rusia para presentarse en cambio como el principal aliado del Kremlin en la región. El argentino optó por una alienación sin concesiones en momentos en que Rusia tensa al máximo la relación con Occidente por sus aspiraciones sobre Ucrania. En su rueda de prensa virtual desde Barbados, Fernández dijo, sin embargo, que sus declaraciones no habían generado problema alguno con Washington. “No recibí ninguna declaración de Estados Unidos por lo que dije. Yo siento que no dije nada novedoso ni creo que nadie se haya molestado por eso. No recibí quejas ni cuestionamiento”, dijo Fernández. “Sostengo que con Estados Unidos debemos tener relaciones serias y responsables como con cualquier país del mundo. Creemos en el multilateralismo”, agregó.

Antes de aterrizar en Bridgetown, Fernández estuvo en China. El domingo firmó la adhesión de Argentina a la llamada Ruta de la Seda, una iniciativa de Xi Jinping para reforzar la relación económica con terceros países y al que ya adhieren 140 países. Fernández se llevó de Pekín promesas de inversiones por 23.000 millones de dólares en obras de infraestructura y la posibilidad de agrandar el acuerdo que hoy permite al Banco Central de Argentina sumar a su balance de reservas 20.000 millones de dólares (en yuanes) del Banco Popular de China.

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Este martes, el presidente argentino se reunirá con la primera ministra de Barbados, Mia Mottley, y con representantes de los países que integran la Organización de Estados del Caribe Oriental (OECO). Esta última escala tiene poco que ver con las anteriores y es, si no hay sorpresas de última hora, menos riesgosa en términos diplomáticos: se trata del estreno del presidente argentino como presidente pro témpore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), cargo que recibió el 7 de enero de manos de México.

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Alberto Fernández está en China. Este viernes participó en Pekín de la apertura de los Juegos Olímpicos de invierno y el domingo se reunirá con su par Xi Jinping. La reunión será el epílogo de una alianza en la que Argentina pretende acelerar las inversiones chinas en proyectos de infraestructura, una larga lista que incluye centrales hidroeléctricas y nucleares y desarrollos en energías renovables. La escala previa de Fernández fue, en cambio, más política. Duró menos de 24 horas y tuvo como objetivo agradecer al presidente ruso, Vladimir Putin, la venta de la vacuna Sputnik V en el inicio de la pandemia, cuando las dosis escaseaban y los países productores acaparaban para sí toda las dosis. Fernández, sin embargo, fue más allá. En su charla a solas con Putin se ofreció como “puerta de entrada” a América Latina y cargó contra Estados Unidos, al que acusó de tener una influencia negativa sobre el Fondo Monetario Internacional, el principal acreedor de Argentina.

Fernández y Putin almorzaron a solas el jueves en Moscú. El contenido de la conversación surgió de una transcripción de la agencia oficial de noticias argentina, Telam. “Tenemos que ver la manera en que Argentina se convierta en puerta de entrada de Rusia en América Latina de un modo más decidido”, le dijo Fernández a Putin. Rusia tiene ahora una presencia indirecta en América Latina a través de la colaboración militar con Venezuela y Cuba, que choca contra los intereses de Estados Unidos en la región. La propuesta de Fernández no cayó bien en Washington, donde ya consideraban que era una mala idea que visitase Moscú en pleno conflicto entre la OTAN y el Kremlin por Ucrania. Estados Unidos fue clave además en el acuerdo alcanzado entre Argentina y el FMI para refinanciar una deuda de 44.000 millones de dólares.

Los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de Argentina, Alberto Fernández, se estrechan las manos tras un encuentro oficial en Moscú, el 3 de febrero pasado.
Los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de Argentina, Alberto Fernández, se estrechan las manos tras un encuentro oficial en Moscú, el 3 de febrero pasado.JUAN MABROMATA (AFP)

El Gobierno de Joe Biden dio su apoyo luego de intensas gestiones de la Cancillería argentina, que incluyeron una visita del ministro de Exteriores, Santiago Cafiero, a su par de Estados Unidos, Antony Blinken. Como el mayor accionista del FMI, cualquier entendimiento debe tener el visto bueno de la Casa Blanca. Fernández, sin embargo, cargó desde Moscú contra ella. “Argentina ha puesto su mirada, ha volcado su mirada muy firmemente en Estados Unidos. Y depende mucho la economía argentina de la deuda que tiene con Estados Unidos, con el Fondo Monetario y la influencia que Estados Unidos tiene en el Fondo”, dijo. La idea del presidente es que Argentina no debe ser un satélite de Washington, y para ello necesita de la ayuda de Rusia. “Estoy empecinado en que la Argentina tiene que dejar de tener esa dependencia tan grande que tiene con el Fondo y Estados Unidos, tiene que abrirse camino hacia otros lados y ahí Rusia tiene un lugar muy importante”, le dijo a Putin, citado por la agencia estatal Telam.

Putin agradeció el gesto, pero se limitó a resaltar el “potencial que hay” para el “comercio bilateral”. “En el ultimo año hemos visto un buen ritmo de crecimiento”, dijo, recordando el contrato firmado para la provisión de vacunas, cifrado en 30 millones de dosis. Este martes, Argentina anunció que ya no compraría más la Sputnik V a Moscú porque está lista para fabricar y exportar las dosis desde un laboratorio local.

Mientras Fernández cargaba en Moscú contra Washington y el FMI, en Buenos Aires hacían control de daños. El jefe de Ministros, Juan Manzur, visitó este viernes al embajador de Estados Unidos, Marc Stanley, para “para dialogar sobre el fortalecimiento de los vínculos bilaterales”. “Tenemos grandes expectativas por seguir articulando y profundizando proyectos en áreas de interés común para el beneficio de nuestros pueblos”, escribió Manzur en Twitter. “Gran encuentro”, le contestó Stanley por la misma vía.

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