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El Ejército de Ucrania también logra avances en el este de Kiev que se suman a los conseguidos en los últimos días en el noroeste. Las tropas rusas están perdiendo posiciones en las dos principales vías que han tratado de abrir desde que comenzó la invasión el pasado 24 de febrero para intentar llegar al corazón de la capital. Una base militar atacada entonces a la entrada de Brovari, en la orilla oriental del río Dnieper y a las puertas de Kiev, es el recuerdo del rápido avance ruso en los primeros días de contienda. Pero nunca lograron pasar de ahí y en el último mes no han hecho más que perder terreno. En medio de ese estancamiento, Moscú ha dado un giro en su intención inicial de asestar un golpe rápido a Kiev y al Gobierno del presidente Volodímir Zelenski y asegura ahora que su objetivo es tomar solo la región de Donbás, al este del país, y que los separatistas prorrusos controlan en parte desde hace ocho años.

En la zona de Brovary y Borispyl, al este de Kiev, “el enemigo se está moviendo” pero no está listo “para una ofensiva”, dijo este viernes Oleksandr Hruzevich, vicejefe de las Fuerzas Terrestres de Ucrania, durante una comparecencia pública. Pese a que se ha superado ya el primer mes de guerra, el centro de Kiev, objetivo principal ruso, sigue lejos de estar en la línea de fuego. En todo caso, las tropas rusas “todavía tienen fuerzas para atacar y lo van a hacer en un futuro próximo”, apuntó Hruzevich. Los contraataques ucranios y los problemas de suministro de las fuerzas rusas “han permitido a Ucrania volver a ocupar ciudades y posiciones defensivas hasta a 35 kilómetros al este de Kiev”, según datos de las autoridades del Reino Unido citados por la agencia Reuters.

“Hemos salido con nuestro coche de Shevchenkove por un pasillo humanitario que organizó el Gobierno. Al salir pasamos por tres controles con los rusos armados que revisaban los documentos”, relata Volodímir, de 68 años. “Un matrimonio joven de mi pueblo que trabajaba en el mercadillo ha sido fusilado a tiros por los soldados rusos, el coche con todo lo que estaba dentro destrozado, les hemos enterrado”, añade.

Volodímir es uno de los que espera su turno junto a varias decenas de personas para registrarse en la plaza central de Brovari ante las dependencias municipales. Algunos están enojados porque quieren recibir mejores ayudas. Son ciudadanos que han escapado o han sido evacuados en los últimos días de localidades en disputa entre los dos ejércitos.

“Bohdanivka estaba toda llena de soldados rusos”, cuenta Irina, de 58 años, otra de las que hace cola para registrarse y que fue evacuada a Brovari en la noche del pasado 23 de marzo. “Hemos dejado las casas abiertas para que no rompan nada al querer entrar, porque están destruyendo las ventanas y las vallas”. Irina, acogida en casa de una hermana, lamenta no haber recibido todavía nada y critica que el ritmo de la atención no es el que ella esperaba. “Prometen ayuda para la gente con enfermedades oncológicas, como yo, medicinas, ayuda humanitaria, productos y ayuda material de 2.000 grivnas por persona (unos 70 euros al cambio) y 3.000 (unos 105 euros) para personas con discapacidad, como es mi caso”.

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Algunos milicianos armados ordenan en la plaza el flujo de las peticiones de ayuda mientras la sirena que alerta de un posible ataque desde el aire dirige a algunos de los refugiados a un refugio próximo. Otros no se dan por aludidos. “Estaban bombardeando los almacenes y la calle central. En la casa de un amigo han destruido la puerta de entrada. Eran las dos de la madrugada y menos mal que los niños estaban en el sótano, porque los rusos entraron a la casa y tiraron una granada al dormitorio. Quemaban las casas”, rememora Volodímir, que llegó a Brovari el 20 de marzo desde Shevchenkove.

Una columna de humo sobre el cielo de Kiev este viernes.
Una columna de humo sobre el cielo de Kiev este viernes.Luis de Vega

Unas 20.000 personas han abandonado Borispol, un suburbio al este de Kiev cerca de donde se encuentra el aeropuerto de la capital, para facilitar las tareas del Ejército ucranio frente al ruso, según explicó el alcalde, Volodímir Borisenko, a la agencia Reuters.

La estrategia del Ejército local es dificultar la llegada de suministros a los rusos y tratar de rodear cerca de Kiev a sus tropas una vez desabastecidas, según un portavoz militar. Calcula que el Kremlin tiene desplegados unos 19.000 hombres en el noroeste de la capital ucrania, que ha sido el principal objetivo militar y político del presidente ruso, Vladímir Putin, desde que ordenó la invasión. Las fuerzas de tierra que comanda el general Oleksandr Sirskii llevan días logrando frenar el avance de las tropas del Kremlin al noroeste de la capital en torno a las disputadas localidades de Irpin, Gostomel, Bucha y Makariv.

Al este de la principal orbe del país, desde la entrada de la base militar de Brovari, se observa que los daños son evidentes en distintos edificios tras el ataque ruso al comienzo de la guerra. Varios vehículos destrozados en la refriega, entre ellos un blindado del Ejército ucranio, sirven ahora de barricada para ralentizar el paso de los vehículos por la carretera. Uno de los que controla el lugar es Serguéi, de 27 años, empleado de una empresa tecnológica de EE UU al que le han permitido unirse a la defensa civil de su país y, al mismo tiempo, seguir percibiendo el mínimo de su sueldo. El joven, armado y pertrechado con toda la parafernalia militar, no escucha de fondo más disparos que los de sus compañeros que realizan prácticas de tiro dentro de las instalaciones militares.

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Tropas prorrusas con uniformes sin insignias conducían este sábado un vehículo blindado por Mariupol.
Tropas prorrusas con uniformes sin insignias conducían este sábado un vehículo blindado por Mariupol.STRINGER (REUTERS)

Serguéi Zozulya les pidió a los médicos que trataran de salvarle la mano. Que le dieran “una oportunidad”. Tumbado en una camilla del hospital regional de Mariupol, sin agua, sin calefacción, con las ventanas sin vidrios apenas cegadas con láminas de madera y de cartón, Zozulya cerró los ojos y con el estómago encogido trató de no mirar. Los fármacos escaseaban incluso allí y hacía días que la anestesia general se había acabado, le dijeron los sanitarios. Le durmieron el brazo y parte del torso “con algo”, cuenta. Y le cosieron como pudieron.

Horas antes, cuando trataba de calentar una cacerola con sopa en una fogata del patio de su edificio, donde los vecinos cocinaban como podían, sintió un fortísimo golpe en el brazo y una explosión. “Caí al suelo y vi que mi mano ya no era una mano”, relata en voz baja y tono tranquilo. Después, carreras, un torniquete y al hospital. Allí, tumbado en la sala de operaciones —una sola para varios pacientes para economizar la electricidad del generador que permite al centro seguir funcionando en una ciudad convertida en escombros y sin suministros básicos— oyó que llevaban a una mujer embarazada, con el pie amputado desde el tobillo y una herida abierta en el vientre. “Ya no había bebé. Las enfermeras comentaron que los aviones rusos habían bombardeado dos hospitales. Uno, la maternidad de Mariupol. Era el 9 de marzo”, dice Serguéi.


Anexionada por

Rusia en 2014

Nota: ¿Qué es control? Mantener influencia física sobre un área para evitar su uso por el enemigo. Puede lograrse ocupándola o dominándola con armas. No implica gobernanza ni legitimidad. Fuentes: Institute for the Study of War y American Enterprise Institute’s Critical Threats Project (para avances y zonas controladas); Inteligencia del Reino Unido (ciudades cercadas); EL PAÍS y otras fuentes (combates y bombardeos).

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Rusia en 2014

Nota: ¿Qué es control? Mantener influencia física sobre un área para evitar su uso por el enemigo. Puede lograrse ocupándola o dominándola con armas. No implica gobernanza ni legitimidad. Fuentes: Institute for the Study of War y American Enterprise Institute’s Critical Threats Project (para avances y zonas controladas); Inteligencia del Reino Unido (ciudades cercadas); EL PAÍS y otras fuentes (combates y bombardeos).

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Rusia en 2014

Nota: ¿Qué es control? Mantener influencia física sobre un área para evitar su uso por el enemigo. Puede lograrse ocupándola o dominándola con armas. No implica gobernanza ni legitimidad. Fuentes: Institute for the Study of War y American Enterprise Institute’s Critical Threats Project (para avances y zonas controladas); Inteligencia del Reino Unido (ciudades cercadas); EL PAÍS y otras fuentes (combates y bombardeos).

Es el día 24 de la guerra del presidente ruso, Vladímir Putin, contra Ucrania y la familia Zozulya ya no tiene casa. Serguéi ni siquiera sabe si conservará la mano. Lleva el brazo derecho en cabestrillo con una apretada venda que ha visto días mejores y que necesitaría un lavado urgente. Pero el hombre, de 47 años, su esposa, Oksana, y sus dos hijos, están vivos y han escapado del horror. Han huido de Mariupol, una ciudad convertida en ruinas humeantes.

Unas personas caminaban el viernes por las calles devastadas de Mariupol.
Unas personas caminaban el viernes por las calles devastadas de Mariupol.STRINGER (REUTERS)

No saben cuánto durará, pero por primera vez en semanas pueden estirar las piernas al aire libre más de cinco minutos sin tener que correr a acurrucarse en el sótano por los bombardeos. Aunque sea en el aparcamiento de un anodino centro comercial de Zaporiyia (en el todavía no demasiado atacado centro-sur de Ucrania), transformado en un punto de primera respuesta para atender a desplazados por la invasión del Kremlin. Sobre todo de Mariupol, de donde se calcula que a duras penas han escapado unas 20.000 personas, según las autoridades. Gente que lo ha perdido casi todo. Como ellos, que hasta hace un mes pensaban en el horizonte de las vacaciones, de los paseos familiares por la playa bajo el sol. De otro día de trabajo para Serguéi, que se dedica al alquiler de bungalows en el mar de Azov. De otra carantoña para el pequeño Nikita, un chiquillo rubio y mofletudo de un año y ocho meses, o de las buenas notas de Igor, de 13 años, que camina como una fierecilla desenjaulada por el recinto.

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Los Zozulya han tardado casi un día en llegar a lo que todavía y pese a ataques puntuales parece un puerto seguro. Han llegado en coche, con Serguéi al volante, cambiando de marchas como pudo, con una sola mano, la izquierda. Salieron el viernes de Mariupol, cuando un bombardeo alcanzó su edificio y fulminó en un suspiro el tercer y el cuarto piso y las llamas empezaron a devorar el resto. “Llevábamos viviendo en el sótano con los vecinos semanas porque los bombardeos y los disparos eran constantes”, suspira Oksana mientras trata de tranquilizar a Nikita, que llora a ráfagas mientras mira alrededor desconfiado. “Escriba usted que los aviones rusos están bombardeando la ciudad sin rumbo fijo. Los misiles y los cohetes caen en cualquier lugar. Incluso en una guardería”, pide Serguéi. “Nos liberan de no se sabe quién”, dice irónicamente Oksana. Viste dos o tres jerséis y un abrigo, pero aún así, la mujer parece menuda y frágil. “Ahora los rusos ya están en la ciudad y están tratando de borrarla hasta los cimientos. No hay remedio. Solo marcharse”, dice la mujer de 43 años, encogiéndose de hombros.

Tras semanas de intensos combates, Ucrania ha perdido el control del mar de Azov. Las tropas del Kremlin se han hecho con el puerto de Mariupol, el principal de esas aguas, y han entrado ya en la estratégica ciudad. Con algo más de 400.000 habitantes, la urbe portuaria, es una de las piezas clave de las aspiraciones de Putin. Su control permitiría a Moscú una mejor logística de suministros y refuerzos a las unidades del Ejército ruso que están más al oeste y facilitaría una operación para hacer una pinza con la que rodear a las fuerzas ucranias alrededor del Donbás. Pero sobre todo, allanaría el camino para completar un corredor desde la península ucrania de Crimea, que Moscú se anexionó ilegalmente en 2014, hasta los territorios de Donetsk y Lugansk, controlados por el Kremlin a través de los separatistas prorrusos, a los que sustenta desde hace ocho años y que son la base del argumentario de lo que Putin ha llamado “operación militar especial” para “desnazificar” Ucrania y proteger a la población rusófona del Donbás, región a la que pertenece la asediada Mariupol.

Una ciudad simbólica para el Kremlin también porque su conquista significaría la derrota del batallón Azov, de corte ultranacionalista, y ahora parte de la guardia nacional de Ucrania, en su propia base, su sede, su cuartel general, comenta Alexéi, un joven programador, que acaba de llegar con su esposa, su suegra y el hijo de cuatro años de esta a Zaporiyia. “Las luchas son brutales dentro de la ciudad. Los rusos disparan y los azov responden. Desde cualquier lugar. Desde dentro de la ciudad, desde pisos, desde edificios de apartamentos. Y nosotros en medio de todo”, dice. “Hay disparos de artillería y bombardeos cada media hora. Te duermes con bombas y te despiertas con bombas”, relata. Un sonido que cala hasta el tuétano. Como el miedo.

Alexéi, un joven de grandes ojos almendrados y mirada tímida, cuenta su infierno punto por punto. Casi minuto a minuto. Con una precisión cronológica inquietante. Desde el día que Putin lanzó la invasión y que tenía una entrevista de trabajo que nunca se celebró. Cuando una bomba destruyó el piso de su suegra, Viktoria. Cuando perdió el contacto con los amigos con coche que debían pasar a recogerles a él y a Tatiana, de 26 años. Cuando metieron todas sus cosas en unas cuantas bolsas y salieron de su piso para no volver. Primero, en el vehículo de unos conocidos. Después, en autostop. Cuando se lavaron la cara y las manos, después de tres semanas. “Hemos dejado atrás todo. Todos nuestros recuerdos. Las fotografías…”, dice el joven, de 27 años. En los 24 días de invasión ha forjado recuerdos nuevos. Tantos como para llenar varias vidas. Muchos recuerdos y grandes pesadillas. “Ya no queda nada de Mariupol. Todo se ha convertido en polvo”, se lamenta.

Danilo Yevmanchuk y Valeria Moscovtsova huyeron del infierno a pie. Metieron lo que pudieron en tres maletas y echaron a correr. Llevaban 22 días sin agua, sin electricidad y sin calefacción. Caminaron más de cinco kilómetros desde su refugio de Mariupol hasta que un coche con otras personas que huían les paró. Se apiñaron siete en el vehículo hasta un pueblo cercano Y de allí, autostop a otro punto. Pasando por controles rusos en los que los soldados de Putin les revisaron el móvil en busca de algún tipo de pista, y rastrearon el cuello, los brazos, los hombros, las rodillas, en busca de tatuajes “de tipo nacionalista”, cuenta Danilo. Después, otro coche. Otra ayuda. Y otro más. Hasta el anodino centro comercial de Zaporiyia, donde el bucólico mobiliario de jardín, que aún tiene el precio, y los anuncios de ofertas de yogures y colchas de dos por el precio de uno contrastan con los rostros cansados y angustiados de decenas de personas que apuran tratan ahora de decidir qué hacer con lo que queda de su vida.

Unos desplazados de Mariupol llegaban este sábado a Zaporiyia.
Unos desplazados de Mariupol llegaban este sábado a Zaporiyia.STRINGER (REUTERS)

El asedio es como un cinturón cada vez más ancho y apretado. Un cordel que estrangula. O como una serpiente que ondula para tratar de atrapar a su presa. Y Danilo y Valeria, de 25 y 23 años, llevan huyendo de esa serpiente desde hace semanas. Primero, un proyectil cayó en su edificio y se mudaron al sótano. Después, preocupados por los abuelos de ella, que apenas podían salir a buscar agua, a calentar la comida, se mudaron a su apartamento. “Ahí todavía vivíamos como gente normal, como personas, dormíamos con colchones sobre el suelo, incluso en pijama. Luego todo se convirtió en un infierno. Los aviones empezaron a sobrevolar nuestra zona. A disparar. Y tuvimos que bajar al sótano. Hemos estado 10 días. 10 días bebiendo nieve y zumo”, dice Valeria. Cuenta que se han marchado dejando a la familia atrás. Los abuelos, octogenarios, no les dejaron opción. “Ya casi no había agua. Sabían que si nos quedábamos probablemente todos moriríamos”, se lamenta la joven, que lleva sobre los cabellos castaños un cómico gorrito rosa con orejas de oso. Otro contraste entre el espanto.

Valeria desearía que todo lo que se ha dicho de Mariupol fuese mentira: que derriten nieve para poder beber; que cocinaban, hasta que los bombardeos se hicieron continuos, en hogueras en la calle; que ya no hay comida, ni medicamentos; que además de los vecinos que rompieron las ventanas de los supermercados y las farmacias para coger lo que necesitaban para subsistir hubo saqueadores que se llevaron televisiones, incluso en una ciudad sin electricidad. Que los cadáveres, en el mejor de los casos, se entierran en fosas, o en los parques y jardines, otros, yacen sin recoger por las calles: “El cementerio principal está fuera de Mariupol y es imposible llegar por los bombardeos. Pero incluso pudiendo: quién gastaría combustible que se reserva para poder huir para eso. Si fuese mi cuerpo yo no querría que otro se arriesgase. Así es la guerra. Hay que sobrevivir”.

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Una abuela que pide a Dios que ponga fin a la guerra para poder ser enterrada en Ucrania, una gestora de vientres de alquiler que dejó las dudas de lado y escapó sin rumbo claro, una psicóloga que espera a asentarse en Ámsterdam para empezar a ayudar a sus compatriotas a gestionar el terremoto vital del desarraigo súbito, una treintañera enfadada por lo que considera el abandono de Occidente a su país en el momento más crítico, un matrimonio de profesionales nigerianos que vive la evacuación como una odisea que contar a sus nietos… Son relatos de gente que de la noche a la mañana ha dejado atrás una Ucrania en guerra y cruzado al norte de Rumania, en un éxodo camino de convertirse ―por su espeluznante ritmo de crecimiento― en el mayor en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Ya suma 1,37 millones de refugiados a través de Polonia, Hungría, Moldavia, Eslovaquia, Rumania y Rusia, según los últimos datos de la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, de este sábado. Son, sobre todo, mujeres y niños porque la ley marcial obliga a los hombres de 18 a 60 años a permanecer en Ucrania.

Poder yacer en Ucrania

Valentina Tzvek juega nerviosa con el anillo, sentada en una cama plegable de aluminio y lona azul. Lleva tres días en un centro de mayores reconvertido de urgencia en albergue de refugiados en el pueblo rumano de Mihaileni, que linda por el norte justo con la frontera ucrania. Espera un microbús que la lleve con su hija y un nieto adolescente a Milán, donde reside otro de sus hijos. Es viuda.

“No pensaba en ningún momento que fuese a haber guerra. Pensaba que eran solo ejercicios militares [rusos] en la frontera. O que harían algo, pero solo en el Donbás […] En el momento en el que escuché que había guerra, decidí coger a mis nietos y venirme. Tardamos un día en encontrar transporte, en hacer las gestiones para lograrlo. Estaba muy asustada”, asegura. Cuenta que su miedo aumentó por el rumor que se extendió de que soldados rusos estaban sacando de sus casas a civiles ucranios en los alrededores de Chernivtsi. Es uno de los nombres más escuchados en los últimos días en el norte de Rumania, al tratarse de la principal ciudad ucrania (unos 250.000 habitantes) cerca del paso con la localidad rumana de Siret. La situación allí no es grave, pero está solo a 40 kilómetros de la frontera.

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A sus 60 años, Tzvek tuvo que caminar ocho kilómetros para llegar a la frontera por la enorme cola de vehículos que taponaba el acceso. Las temperaturas estos días están en torno a los cero grados durante el día y nieva a menudo. Luego tuvo que esperar cinco horas en la frontera.

“Ahora me siento segura, ya sin miedo. Le he dado las gracias al Señor”, señala. De su cuello cuelga una imagen de la Virgen María, muy venerada en el cristianismo ortodoxo, la religión mayoritaria en Ucrania. La muestra y añade: “Espero que Él arregle la situación. Ucrania es el lugar donde he nacido y donde he de yacer”.

Irina Vasylenko (derecha), con su madre e hijo, en un hotel de Radauți, en Rumania, este viernes.
Irina Vasylenko (derecha), con su madre e hijo, en un hotel de Radauți, en Rumania, este viernes.Alex Onciu

Escapar por el hijo tras seis días de dudas

El lúgubre búnker donde se resguardaba en la ciudad de Kirovohrad, en el centro de Ucrania, y el continuo zumbido de las alarmas antiaéreas que avisaban de un eventual bombardeo determinaron a Irina Vasylenko, de 35 años, a tomar en brazos a su hijo de casi dos años y abandonar todo junto a su madre para cruzar a la Bucovina rumana sin remota idea de hacia dónde dirigirse tras casi un día de trayecto. Seis días le costó decidirse a marcharse de su país. “Se escuchaban sirenas y gritos día y noche, el niño no cejaba de asustarse, llorar y temblar del frío”, cuenta esta mujer, que trabaja en una empresa que se ocupa de gestionar vientres de alquiler para clientes de Estados Unidos, Australia y el Reino Unido. Varias de esas mujeres están cerca de la frontera con Polonia a la espera de hacerse las pruebas médicas y obtener el tratamiento hormonal necesario.

En un hotel de la localidad rumana de Radauti, a pocos kilómetros de la frontera con Ucrania, Vasylenko cuenta que decidió irse para que su hijo no crezca con el trauma de la guerra. Su marido, que las acompañó a la frontera, lleva dos días intentando regresar a casa sin vehículo para ayudar a los soldados en primera línea de batalla y estar al lado de sus padres y hermanos, que siguen en Kirovohrad. “Mi esposo me dijo: ‘Voy a luchar por Ucrania, por un mejor estado de bienestar, no quiero vivir como los rusos, que realmente son muy pobres fuera de Moscú y San Petersburgo”, relata, mientras el crío, con rostro serio, siente temor ante la presencia de extraños. Pero su mayor inquietud no es que su marido vaya al frente, sino las centrales nucleares. “Si las destruyen, las radiaciones nos afectarán a todos”, sentencia.

Elena Krutelyova, en un hotel de la ciudad rumana de Suceava, este viernes.
Elena Krutelyova, en un hotel de la ciudad rumana de Suceava, este viernes.Alex Onciu

La psicóloga que vive el trauma de la guerra

Elena Krutelyova estaba “durmiendo tranquilamente” cuando empezó la guerra porque, como no pocos ucranios, no pensaba que ocurriría. Tiene 35 años y pasó cinco días refugiada en el sótano de su edificio en Kiev, uno de los puntos calientes de la guerra. Solo subía a su apartamento a ducharse. “Dos veces sentí el impacto de las bombas mientras me duchaba […] Me fui cuando entendí que Rusia también iba a por los civiles. Aún estamos en shock. Todos vamos a tener el síndrome de quienes han estado en la guerra”, asegura en Suceava, la capital de la provincia rumana de Bucovina, mientras sus padres y su tía esperan en el coche con el motor encendido. Su destino final es Ámsterdam, donde vive su hermana.

Su marido les acercó lo más posible a la atascada frontera entre Ucrania y Rumania. “Solo tuvimos que andar tres kilómetros, lo que está muy bien porque mucha gente había tenido que andar bastante más en los días previos”, explica. Él no puede salir por la ley marcial y se dedica a hacer idas y venidas a la divisoria como voluntario para las familias que carecen de coche.

El simpático perrito que sostiene y el colorido gorro de búho que abriga su cabeza contrastan con el orgullo y seriedad con los que habla de su país: “Ucrania es ahora mismo una frontera contra la agresión rusa”, “no esperábamos que tanta gente fuese a defender nuestro país”, “los voluntarios son nuestros ángeles”… Cuando abandona el nosotros para hablar desde el yo, las palabras que usa ―como trauma, espectro de emociones o enfermedad mental― revelan su profesión. “Ha sido muy difícil, pero intenté usar un poco de mi práctica como psicóloga y pensar: ‘Ok, ahora lo que debo hacer es sobrevivir y salvar a mis padres. Luego ya lidiaré con los trastornos mentales”. Dentro de unos días, añade, empezará a ayudar a otros refugiados ucranios a gestionar que su vida haya cambiado tanto en tan poco tiempo.

Alexandra Kustarnikova, en un hotel de Suceava, este viernes.
Alexandra Kustarnikova, en un hotel de Suceava, este viernes.Alex Onciu

“Mi mayor preocupación: que no haya más Ucrania en el mapa”

Vestida en un chándal turquesa que no se quita desde principios de semana, Alexandra Kustarnikova, 36 años, se acerca tímidamente a los periodistas en un refugio para cientos de refugiados ucranios improvisado en un salón de celebraciones de un hotel cercano a la frontera rumana de Siret. Quiere desfogar su enfado contenido y nerviosismo, que se observan en los bruscos giros de su centelleante iris celeste. En un perfecto español, adquirido durante más de un año en Pamplona, esta directora de desarrollo de negocio de tecnologías de la información en una empresa sueca da rienda suelta a sus miedos como antídoto a la guerra, tras dejar ―muy a su pesar― en su país a su marido, un especialista en contrarrestar ciberataques en el ejército digital constituido por Kiev.

“Mi mayor preocupación pasa por que no haya más Ucrania en el mapa; igual, luego, tampoco más partes de Europa. O todo el continente”, asegura. “Putin no se conformará con Ucrania, irá a por los vecinos limítrofes hasta Alemania”, opina Kustarnikova, quien se quedó a una hora de poder cruzar a Polonia con su esposo, tras iniciar su viaje en Kiev, porque justo entonces fue aprobada la ley marcial. Acusa a Europa de ignorar la importancia del conflicto armado. Ahora, ayuda como voluntaria en Rumania mientras espera reunirse con su marido, que está en Chernovtsi, a unos 40 kilómetros de la frontera. De repente, sucumbe al pesimismo al recordar que la OTAN rechaza crear una zona de exclusión aérea en Ucrania. “Solo nosotros nos podemos ayudar, los únicos que luchan contra Rusia, por la libertad, por los valores que defiende la UE”, abunda. “Nadie quiere morir por la democracia; nosotros, sí”.

Faith Igogo y su marido Sahdrach, en un hotel de la ciudad rumana de Suceava, este viernes.
Faith Igogo y su marido Sahdrach, en un hotel de la ciudad rumana de Suceava, este viernes.Alex Onciu

La lección de la solidaridad

Con una sonrisa, Faith Igogo y su marido Sahdrach, nigerianos de 33 años, explican que, tras cuatro años juntos en Ucrania, estaban listos para empezar una nueva vida en alguna otra parte del mundo, con su bebé de un año y con el que nacerá en pocos meses. El estallido del conflicto les convirtió de repente en refugiados y sus planes iniciales se transformaron en forzados. Faith se había establecido en la ciudad de Ivano-Frankivsk, en el oeste de Ucrania, siete años antes que su marido, para estudiar la especialidad de pediatría y construir una carrera como médica. “No estamos huyendo, volveremos”, asevera la pediatra, ataviada con ropa deportiva y gorro blanco, y sumamente agradecida de cómo los rumanos se han volcado en cubrir todas sus necesidades básicas.

El matrimonio, que se conoció en la escuela primaria en Nigeria, entró en el norte de Rumania el pasado domingo y fue acomodado de inmediato en un hotel junto a otros cientos de refugiados. El martes volarán por fin a Londres para reunirse con algunos familiares, tras una odisea que quieren contar algún día a sus nietos. “La seguridad es prioritaria. Al principio pensábamos que estábamos seguros, pero nos dimos cuenta enseguida de que estábamos en peligro tras escuchar que se estaban produciendo bombardeos en varias ciudades del país”, explica Sahdrach, ingeniero de petróleo y gas, quien reconoce que teme por aquellos que se han quedado sin opción de escapar de la ofensiva rusa. Sin embargo, ponen buena cara a lo que está sucediendo. Faith destaca el impulso de solidaridad que ha generado la guerra: “En esta dramática situación, unos y otros nos estamos ayudando para sobrevivir, es una lección, sin duda”.

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