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El presidente de EE UU, Joe Biden, presenta este lunes su propuesta de presupuestos para 2023 en la Casa Blanca.
El presidente de EE UU, Joe Biden, presenta este lunes su propuesta de presupuestos para 2023 en la Casa Blanca.Oliver Contreras / POOL (EFE)

La realidad de la guerra de Ucrania se ha colado en los presupuestos de Estados Unidos para 2023, por valor de 5,8 billones de dólares, con un aumento del 4% del gasto militar junto a numerosos programas sociales. El aumento de impuestos a las rentas más altas sufragará en parte el desembolso del Gobierno federal, en un contexto de incertidumbre por la alta inflación y las turbulencias geopolíticas internacionales, del curso de la contienda al precio y el suministro del petróleo.

La propuesta del presidente Joe Biden para el año fiscal 2023 puede reducir el déficit “en más de 1,3 billones este año”, según ha adelantado la directora de la Oficina de Administración y Presupuesto de la Casa Blanca, Shalala Young, en una llamada con periodistas. Para revitalizar su agenda y recortar el déficit en un billón en la próxima década, la Administración propondrá un gravamen a los estadounidenses más ricos. La presión se aplicaría a los hogares con rentas superiores a 100 millones de dólares, mediante un nuevo impuesto mínimo del 20% sobre los ingresos, así como sobre el valor de activos líquidos como las acciones, que actualmente se tributan solo al venderse.

El aumento fiscal, con todo, no es una novedad, sino una idea planteada desde los primeros compases de la presidencia demócrata para costear sus ambiciosos planes de infraestructuras. El nuevo impuesto para millonarios reducirá el déficit en 361.000 millones de dólares (328.315 millones de euros), mientras que las inversiones y reformas adicionales supondrán una rebaja de 1,413 billones de dólares (1,285 billones de euros).

El segundo presupuesto de la presidencia de Biden —una declaración de intenciones que luego será adelgazada por el Congreso, como sucedió el año pasado—, persigue promover la seguridad en el país y en el mundo, además de realizar las inversiones necesarias para “construir un EE UU mejor” (Build Back Better, el lema de su mandato), ha adelantado la Casa Blanca. En concreto, destina a las inversiones internas 1,6 billones de dólares, un incremento del 7%, en partidas tan dispares como la financiación adicional de viviendas asequibles, iniciativas contra la violencia armada y el apoyo a la industria local para paliar la congestión de la cadena de suministros, uno de los factores que han espoleado la inflación. Enfriar la presión de los precios, en máximos históricos, es otro de los objetivos que sobrevuela la propuesta. La ampliación de los programas de salud pública elevará, en cambio, el déficit en 365.000 millones de dólares (331.953 millones de euros).

Biden solicitará también al Congreso unos 813.000 millones en defensa, 31.000 millones más, o el 4%, con respecto al presente año fiscal, que concluye el 30 de septiembre. Entre las inversiones militares, se incluye el fomento de la investigación y el desarrollo de sistemas de alerta antimisiles, ante potenciales amenazas de países como Corea del Norte o Irán, y en medio de una coyuntura geopolítica al rojo vivo por la guerra en Ucrania y la incógnita de la respuesta final de Rusia.

Según el documento publicado este lunes por la Casa Blanca, el Gobierno federal estima que el déficit se reducirá en 2023 en 1,3 puntos porcentuales, hasta representar el 4,5% del producto interior bruto (PIB). Las cuentas prevén que el déficit presupuestario sea de 1,15 billones de dólares (1,05 billones de euros) en el conjunto de 2023, frente a los 1,415 billones (1,29 billones de euros) previstos este año. Este nivel de déficit es el resultado de registrar ingresos fiscales a nivel federal por valor de 4,638 billones de dólares (4,22 billones de euros) y 5,792 billones (5,27 billones de euros) de gastos.

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Pese a la abultada reducción del déficit en 2023 respecto a 2022, las previsiones para la próxima década se estancan en una tasa crónica en torno al 4,5%. Lo mismo sucede con la ratio de deuda pública sobre el PIB, que cerrará 2023 en casi el 102% y durante la próxima década continuará por encima del umbral del 100%. La deuda pública superó en 2021 los 30 billones de dólares por el sobrecoste de combatir la pandemia. El Gobierno federal destinó cinco billones, financiados con préstamos, a paliar los estragos de la crisis sanitaria, por lo que, en un contexto económico incierto —alta inflación y crisis energética—, la reducción es prioritaria.

“Los presupuestos son una declaración de objetivos, y el presupuesto que estamos presentando hoy envía un claro mensaje de que valoramos la responsabilidad fiscal, la seguridad en casa y en todo el mundo y las inversiones necesarias para continuar con nuestro crecimiento justo y construir un Estados Unidos mejor”, ha subrayado el presidente del país, Joe Biden, en la presentación.

El mandatario recupera su agenda doméstica tras la polémica diplomática por un comentario presuntamente favorable a desalojar a Vladímir Putin del poder, este fin de semana. Si desde el primer día de su mandato la recuperación económica y la reconstrucción del país tras la pandemia han sido prioritarias —con inversiones millonarias en infraestructuras, gasto social y energías limpias—, la guerra de Ucrania le ha obligado a corregir el paso.



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Anna Reid, periodista e historiadora británica de 56 años, vivió entre 1993 y 1995 en Ucrania como corresponsal de The Economist y The Daily Telegraph y nunca ha dejado de regresar a ese país. Borderland: A Journey Through the History of Ukraine (”Tierra de frontera: un viaje por la historia de Ucrania”, sin edición española) resume sus profundos conocimientos de este Estado. Se trata de un libro que mezcla la historia con la crónica de viajes y que la realidad le ha obligado a actualizar varias veces (la última edición salió en 2015). Acaba de publicar en castellano un ensayo convertido ya en un clásico sobre la Segunda Guerra Mundial, Leningrado (Debate, traducción de Raquel Marqués). Esta conversación se desarrolló por teléfono el pasado miércoles.

Pregunta. En su libro sostiene que ser ucranio no tiene que ver ni con un apellido, ni con la lengua que se habla, sino que se trata de una elección moral.

Respuesta. Los historiadores han exagerado mucho la idea de la identidad de frontera al referirse a Ucrania, y la primera culpable soy yo porque titulé así mi libro. Pero [el presidente ruso Vladímir] Putin se ha apoderado de esta idea y muchos comentaristas occidentales la repiten sin ni siquiera ser prorrusos. Sin embargo, se ha impuesto la versión rusa de que Ucrania siempre ha estado invadida por otros países, que siempre ha estado internamente dividida, algo que Rusia enfatiza especialmente desde 2014 cuando se anexionó Crimea. Y, que, por lo tanto, siempre ha estado condenada a ser un Estado fallido, una especie de tierra de sangre. Pero no es verdad en absoluto. Durante largos periodos de su historia, Ucrania ha sido un territorio próspero y pacífico, que además se transformó totalmente desde su independencia en 1991. No podemos olvidar que Kiev y Odesa fueron dos ciudades muy ricas y la tercera y la cuarta en importancia durante el viejo Imperio ruso.

P. En su libro, escrito en los años noventa, ya asegura que el Kremlin estaba tratando de desestabilizar Ucrania. ¿Pensó alguna vez que iba a llegar tan lejos, que iba a destruir ciudades enteras?

R. Creo que muchos observadores, tanto ucranios como internacionales, fueron incapaces de interpretar a Putin. Pensaban que se conformaría manteniendo una guerra de baja intensidad en el este del país, como si hubiese lanzado una pastilla venenosa contra Ucrania porque, mientras existiese ese conflicto, no podría ni en la UE ni en la OTAN. Algunos creían que tal vez trataría de crear un corredor terrestre que uniese el Donbás con Crimea. Pero incluso para mí, que llevó estudiando esa parte del mundo desde hace mucho tiempo, resultaba inconcebible que lanzase sus tanques contra Kiev.

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P. ¿Es una exageración decir que Ucrania parece un país maldecido por la historia? Padeció la Primera Guerra Mundial; la guerra civil posterior a la Revolución, que tuvo lugar mayoritariamente en su territorio; la deportación masiva de los kulaks, los pequeños campesinos con tierras; la hambruna organizada por Stalin que mató a millones de personas entre 1932 y 1933; la Segunda Guerra Mundial; el Holocausto; las deportaciones de pueblos enteros tras el conflicto como los tártaros; la guerra de 2014 en el Donbás y la invasión actual…

R. Creo que en la primera mitad del siglo XX, Ucrania sufrió más que cualquier otro país europeo si se mira el porcentaje de muertos sobre el conjunto de la población. Pero no siempre fue así: vivió un gran auge durante la segunda mitad del siglo XIX, también al final de la Unión Soviética y después de la independencia.

Tienda del centro de Moscú con propaganda a favor de Putin y de la guerra en Ucrania.
Tienda del centro de Moscú con propaganda a favor de Putin y de la guerra en Ucrania.MAXIM SHIPENKOV (EFE)

P. ¿Por qué Ucrania, pese a sentirse una nación desde hace siglos, no logró la independencia hasta 1991? ¿Por qué a diferencia de otras naciones que lograron convertirse en Estados tras la Primera Guerra Mundial sobre las cenizas de imperios difuntos, Ucrania no lo consiguió?

R. Ucrania alberga un movimiento nacionalista desde la mitad del siglo XIX, que hacía mucho hincapié en el lenguaje, en el folclore, en la literatura o en los clubs deportivos. Al carecer de poder político, se construyeron muchas instituciones cívicas. Es cierto que otros pueblos lograron Estados tras la Primera Guerra Mundial tras la disolución del Imperio Austrohúngaro. Sin embargo, no se puede olvidar que dos tercios del actual territorio ucranio estaban dominados por Rusia. Y pese a que los ucranios enviaron representantes a la conferencia de paz de París de 1919, que se multiplicaron los contactos y que existieron gobiernos ucranios embrionarios en 1918 y 1919, no lograron persuadir a las potencias victoriosas. Y, de todos modos, cualquier independencia de Ucrania hubiese sido aniquilada por Stalin, que no dudó en matar de hambre a casi cuatro millones de personas y en deportar y asesinar a una gran parte de los intelectuales ucranios.

P. ¿Qué dice sobre Ucrania que escritores tan famosos como Joseph Conrad, Gregor von Rezzori, Joseph Roth, Bruno Schulz, Paul Celan y hasta Leopold von Sacher-Masoch naciesen en la actual Ucrania, pero escribiesen en otras lenguas y casi nadie les identifica como ucranios?

R. Significa que se trata de un país multiétnico, mucho menos de lo que fue porque Stalin deportó o asesinó a millones de personas. Ucrania siempre ha sido un país étnicamente mezclado en el que vivían polacos, rusos, ucranios, judíos, tártaros, rumanos… Una enorme mezcla de pueblos que hablan diferentes lenguas. Se trata de algo que define a Ucrania, que sea un país tan mezclado y tan híbrido y que sea un maravilloso babel en el que se hablaban diferentes lenguas en las calles. Nikolái Gógol utilizaba los dos idiomas, dependiendo de la audiencia a la que se dirigía. Los ucranios también podrían reivindicar a Anna Ajmátova, la gran poetisa de las purgas estalinistas, que nació cerca de Odesa, aunque pasó la mayor parte de su vida en San Petersburgo.

Soldados de los escuadrones de la muerte Einsatzgruppe C junto a cadáveres de judíos asesinados en Babi Yar, cerca de Kiev, en octubre de 1941.
Soldados de los escuadrones de la muerte Einsatzgruppe C junto a cadáveres de judíos asesinados en Babi Yar, cerca de Kiev, en octubre de 1941.US Holocaust Memorial Museum

P. ¿Cómo es posible que Putin haya logrado que se identifique el nazismo con Ucrania?

R. Ucrania fue totalmente ocupada por Alemania de 1941 a 1944 y se trató de una ocupación brutal. Es cierto que Alemania organizó dos batallones ucranios que contaban con unos 12.000 efectivos y que bajo la ocupación los nazis reclutaron a ucranios para diferentes tareas. También que hubo ucranios que fueron guardianes de campos de exterminio y que formaron parte de los escuadrones de la muerte que participaron en el Holocausto de las balas. Era algo deliberado: los nazis reclutaban a eslavos para lo que consideraban los trabajos sucios. Pero en las partes de Rusia ocupadas por los nazis ocurrió exactamente lo mismo. Y no se puede olvidar que cientos de miles de ucranios lucharon en el Ejército rojo, que muchos fueron héroes de la Unión Soviética.

P. ¿Es la historia, o mejor dicho, la manipulación de la historia, uno de los frentes de esta guerra?

R. Sí, sin duda. La primera seña de que el Kremlin estaba tramando algo contra Ucrania fue el largo ensayo que publicó Putin en julio del año pasado. Tenía 7.000 palabras y se titulaba ‘Sobre la unidad histórica de rusos y ucranios’. Es un texto largo, que empieza en el siglo X con el Rus de Kiev y llega hasta el presente. Es bastante factual, no dice muchas mentiras, aunque es muy sesgado. Por ejemplo, cuando llega al periodo estalinista es pura posverdad. No menciona que Stalin y Hitler se dividieron Polonia entre ellos y luego habla de liberación de territorios que nunca fueron rusos y apenas se refiere a la Gran Hambruna y solo para definirla como “una tragedia compartida”. Su concepto del oeste de Ucrania es que se trata de una tierra arrancada a su auténtico espíritu eslavo ortodoxo por unos malvados occidentales. Sí, creo que la historia es uno de los frentes de esta guerra. Me he pasado años respondiendo a preguntas del tipo de si todos los ucranios hablan ruso y explicando que la mayoría de ellos lo hablan, aunque en el oeste hablan sobre todo ucranio y en el este sobre todo ruso. Y que, en cualquier caso, la lengua que hablas no tiene nada que ver con tu lealtad política. Pero se trata de un mensaje que no ha calado totalmente. Muchos de los soldados que están combatiendo la invasión hablan ruso y hemos visto vídeos de ucranios insultando a los ocupantes en ruso.

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Mientras los aliados occidentales hablan y negocian para concretar un paquete contundente de sanciones contra Rusia, en caso de nueva agresión a Ucrania, el Gobierno de Kiev reprocha a la Unión Europea y a Estados Unidos que no haya impuesto ya nuevas represalias contra Moscú. Sanciones, ha dicho este miércoles el ministro de Exteriores ucranio, Dmytro Kuleba, que no serían preventivas por la actual amenaza, sino por haber “vulnerado la legislación internacional” y contravenido el espíritu de los acuerdos de paz de Minsk de 2015 y 2014 al aplicar medidas para tratar de anexionarse de facto las regiones ucranias de Donetsk y Lugansk (zona del Donbás), donde los separatistas que reciben el apoyo político y militar del Kremlin luchan desde hace casi ocho años contra el Ejército de del país. “Se podrían haber adoptado antes ciertas medidas para demostrar la determinación de llevar a cabo acciones severas”, ha incidido Kuleba en una rueda de prensa junto a su homólogo español, José Manuel Albares, de visita en la capital ucrania. Albares ha afirmado que España no tiene previsto el envío de armas a Kiev.

Con el escenario de fondo de nuevas concentraciones de tropas rusas a lo largo de las fronteras con Ucrania, barcos en el Mar Negro y el pistoletazo de salida, este jueves, a la segunda fase de maniobras conjuntas de fuerzas de Moscú y Minsk en Bielorrusia, el ministro de Exteriores español ha insistido en la senda diplomática para una desescalada que todavía es posible, ha dicho. “Todos los esfuerzos deben ir a encauzar la distensión a través de la vía del diálogo para que Ucrania pueda vivir en paz con respecto a sus fronteras y garantizando su soberanía”, ha declarado Albares, que ha insistido en que su viaje a Kiev —donde también se ha reunido con el presidente, Volodímir Zelenski, y con el primer ministro, Denys Shmyhal— forma parte de esa actividad diplomática “de alta intensidad” de cara a disuadir a Rusia.

Militares rusos que asisten a ejercicios tácticos y especiales.
Foto: EFE | Vídeo: LAURA RINCÓN/ NELLY RAGUA/PAULA CASADO

La visita de Albares forma parte de una intensa actividad político-diplomática en torno a Kiev en las últimas semanas, con visitas de varios líderes y altos cargos de la UE y de países de la OTAN, que han tratado de dar visibilidad al apoyo a Ucrania ante la amenaza rusa. Una agenda intensa que el ministro de Exteriores Kuleba ha agradecido y definido como uno de los pilares más importantes frente a la escalada del Kremlin. El Gobierno ucranio ha insistido de nuevo, además, en que nada indica que el peor escenario, el de una nueva agresión militar, vaya a materializarse por ahora. “Nadie en este lado de Europa se está preparando para una guerra”, ha recalcado también Albares. “Y, por tanto, no tenemos que dar la impresión de que es un escenario inevitable porque no lo es. Y hoy en día se está privilegiando la vía diplomática”, ha dicho el español.

Rusia insiste en reconocer como único interlocutor de esta crisis de seguridad en Europa a Estados Unidos, como volvió a demostrar el martes el Kremlin tras la reunión del presidente ruso, Vladímir Putin, con el presidente francés, Emmanuel Macron, al que ninguneó al decir que no contempla acuerdos con él, sino solo con Washington. En ese contexto, Albares ha asegurado que hay unidad en torno a los socios y que no se hablará de temas que afecten al viejo continente sin la UE. Esa unidad, ha dicho el ministro español, también es disuasión hacia Rusia.

Para Kuleba, el paquete de sanciones que están preparando sus aliados occidentales para lanzarlo en el instante en que Rusia iniciara una nueva agresión militar, ya está siendo también una “medida eficaz de disuasión”. Sin embargo, Ucrania cree que Occidente podría haber hecho más y haberlo hecho antes, contra medidas como la entrega de miles de pasaportes rusos a los ciudadanos ucranios de las regiones de Donetsk y Lugansk (alrededor de un millón, según estimaciones oficiales rusas). Bruselas y Washington ya impusieron sanciones a Moscú por anexionarse la península ucrania de Crimea en 2014 tras un referéndum considerado ilegal por la comunidad internacional.

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Según argumenta Ucrania, la concesión de la ciudadanía a miles de ciudadanos de esas regiones del Donbás, unida a los decretos que facilitan el comercio entre estas zonas y Rusia, vulnera la esencia de los tratados de Minsk, y muestra cómo Rusia está integrando estos dos territorios en su espacio político-económico y cultural. Al mismo tiempo, Moscú reclama en los foros internacionales que se cumplan los acuerdos firmados en la capital ucrania hace siete años por Moscú, Kiev y los líderes separatistas bajo la mediación de Francia y Alemania, y bajo la égida de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), y que ninguna de las partes transita por el momento.

Frente al potencial del Ejército ruso, que Moscú está mostrando estos días más abiertamente en Bielorrusia —este miércoles han llegado a las maniobras altos cargos militares de Rusia—, Kiev sigue reclamando a sus aliados occidentales que le brinden ayuda en forma de material de defensa, que ha recibido ya de Estados Unidos o el Reino Unido, por ejemplo. España, ha dicho Albares, no tiene previsto enviar armas a Kiev. “Creemos que es el momento de la diplomacia, no de abrir escenarios e hipótesis que no están ahí”, ha afirmado el titular español de Exteriores.

Kuleba, mientras, ha insistido en que la alerta por la escalada rusa no compete solo a Kiev. “Es importante tener en cuenta que [esta crisis] no solo trata de una amenaza para Ucrania, sino para todo el conjunto de Europa”, ha remarcado. “Sin duda alguna, Rusia intenta tomarse la revancha de haber perdido la URSS y la Guerra Fría; por eso esto se trata de defender la arquitectura de seguridad de Europa. De cómo toda la comunidad europea supere esta crisis depende el futuro de Europa y de todos los países europeos”, ha añadido el ministro ucranio.

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