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Este viernes, Gabriel Boric asumirá como presidente de Chile. Será el presidente más joven en la historia del país con 36 años. Las urgencias del futuro mandatario serán la crisis económica, que le afecta desde el ámbito internacional como el conflicto interno. Además, deberá resolver la crisis migratoria en el norte del país. Dentro de su Gabinete estarán Izkia Siches, ministro de Interior; Giorgio Jackson, a cargo de las políticas de mediano y largo plazo en la Secretaría de la Presidencia; Mario Marcel estará al frente de Hacienda; Camila Vallejo será portavoz y Antonia Orellana liderará el ministerio de la Mujer.

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A Sergio Fajardo le faltaron apenas 250.000 votos para ser el competidor de Iván Duque en segunda vuelta. Esa es la ventaja que le sacó Gustavo Petro en la primera vuelta de 2018. Suficiente como para que en los siguientes cuatro años la gente viese a este último, y no al matemático, como verdadero opositor. En este tiempo, Fajardo no solo ha perdido popularidad, ha perdido grado de reconocimiento: no solo ha descendido el porcentaje de personas que lo valoran positivamente, también quienes lo hacen de forma negativa, lo que indica que tiene un problema de visibilidad.

Hoy día un 43% de la ciudadanía no dispone de suficiente información como para opinar sobre Fajardo. Más o menos los mismos que no opinan sobre su rival inmediato en la lucha por la candidatura de la Coalición Centro Esperanza, Juan Manuel Galán (48%). Pero menos que los que no disponen de valoración para Alejandro Gaviria (61%) o para el senador Jorge Robledo (71%).

Y este es, aproximadamente, el orden que sigue la intención de voto medida por las encuestas para la consulta de centro: primero Fajardo, con un rango que va del 39% al 44%; Galán está entre el 16% y el 31%; Gaviria, un poquito más abajo pero solapándose: 10% a 22%. Las cifras para Robledo, Carlos Amaya o Juan Fernando Cristo son notablemente menores, siempre por debajo del 9%.

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Esta es quizás la contienda más apretada de las tres que se resolverán el próximo 13 de marzo, aunque los datos están sujetos a duda porque sus participantes también han cambiado. La salida de Ingrid Betancourt quizás no ha modificado la intención de muchos de los convencidos de la coalición, pero algunos dudosos pueden haber corregido a la baja sus expectativas sobre esta consulta, desplazándose a otras.

El motivo de esta salida fue, según Betancourt, la demanda de probidad absoluta en sus compañeros de viaje. La corrupción ha sido una de las palancas del centro, y se esperaba que fuera su pegamento, pero ha terminado resquebrajándola, quizás porque es un concepto de definición más maleable de lo que parece. Es difícil medir con datos su dimensión, y las percepciones sobre su frecuencia en las encuestas tienden a variar según el cristal ideológico de las gafas con las que miran a la realidad encuestador y encuestado.

Llama la atención que otro concepto fuerte para el espacio de centro haya quedado un tanto relegado en el debate público, más aún cuando hay datos duros que indican que nunca en tiempos recientes fue tan importante como hoy lo es para el país: la educación. Durante la pandemia, la deserción escolar se multiplicó en Colombia. Lo hizo a ritmos distintos: en las zonas urbanas, el porcentaje de mayores de 6 y menores de 16 años que no asistían al colegio pasó del 3% al 16%. Pero es que en las zonas urbanas el ascenso fue del doble: del 5% al 30%.

Ante este y otros datos similares, la pregunta que tal vez se hacen algunos votantes potenciales es por qué una coalición que tiene la Esperanza en su nombre y el foco en los problemas reales (siempre según sus intenciones declaradas) termina convirtiendo sus discursos y distensiones internas en el centro de su atención, mirando más a sus muchos ombligos que al país al que aspiran a representar y a gobernar.

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Seis meses después de la amarga salida de Afganistán, la amenaza de Rusia sobre Ucrania ha colocado a Joe Biden ante otra crisis exterior con la que lidiar, cuando su principal interés exterior consiste en el desafío de China y su mayor urgencia, avanzar en su agenda política interna. El presidente ha optado por rebajar cualquier optimismo y exponer crudas perspectivas: ha compartido información de inteligencia sobre las supuestas maniobras del Kremlin para crear un pretexto que justifique una invasión, ha manifestado su convencimiento de que Vladímir Putin quiere intervenir tan pronto como en febrero, y ha amenazado con responder con sanciones económicas de dureza sin precedentes.

Enfrente, se ha topado con las quejas del propio Gobierno de Kiev, que alerta contra el alarmismo; contra el flanco más progresista de su partido, que se opone a las maniobras de Rusia pero cuestiona la mano dura en el conflicto; el azote del los republicanos trumpistas, que critican la implicación estadounidense y con la tarea de ganar la confianza de los aliados europeos después de las tensiones creadas a raíz del desastre de Kabul y el acuerdo de defensa con Reino Unido y Australia. Washington se encuentra en el fuego cruzado de varios intereses. La crisis brinda al presidente la oportunidad de lograr una relevante victoria diplomática, y sacar brillo así a tan traída y llevada experiencia en política exterior, aunque también, el riesgo de cargar con otro fracaso.

“Después de lo que pasó con Afganistán y con el acuerdo sobre submarinos [pacto de defensa con Reino Unido y Australia] y cómo enfadó a los aliados europeos, la Administración de Biden se ha esforzado mucho en compartir la información y los planes con los europeos, en conseguir un frente diplomático común, y creo que lo han conseguido en buena medida”, señala por teléfono el analista Michael Kimmage, historiador especializado en la Guerra Fría y en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Aun así, añade, “es muy difícil para Biden equilibrar las preocupaciones de las repúblicas bálticas, Polonia y Suecia, que se sienten directamente amenazados por los movimientos militares de Rusia en Bielorrusia y Ucrania, por una parte; y al mismo tiempo, los de Alemania y la Europa occidental y del sur, que no quieren ver una excesiva militarización de este conflicto”.

Dentro de Estados Unidos, Biden también se mueve entre diferentes sensibilidades, a pesar de que el grueso de la población está de acuerdo, independientemente del partido al que votan, en que Vladímir Putin es el villano de esta historia. En un sondeo de Pew Research realizado entre el 10 y el 17 de enero, hasta un 41% ve a Rusia como un enemigo (39% en el caso de los republicanos, 43% en opinión de los demócratas) y un 49%, como un competidor (50% para los republicanos y 49% para los demócratas). El refuerzo militar ruso en Ucrania es considerado una gran amenaza por el 26% (27%-26%) y una amenaza menor por el 33% (36%-33%).

Entre la clase política, los republicanos afrontan la crisis ucrania divididos: por un lado, el halcón tradicional que pide a Biden mano dura ante los desafíos del Kremlin; por otro, la nueva hornada de acólitos de Donald Trump y de su doctrina, que cuestionan las intervenciones de Estados Unidos en el exterior e incluso simpatizan con la figura de Putin.

J. D. Vance, aspirante al Senado por Ohio y autor del famoso libro Hillbilly, una elegía rural, que ha decidido tomar todas las banderas del trumpismo, resumió en un mensaje de Twitter: “¿Odias a América a menos que quieras enviar a nuestra mejor gente a morir en una guerra que no tiene nada que ver con nosotros?”. “Vale la pena repetirlo: nuestros líderes se preocupan más por la frontera con Ucrania que por la nuestra”, señaló en otro momento.

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Tucker Carlson, la gran estrella televisiva conservadora del momento, una de las voces más influyentes para la derecha americana, planteó a un congresista republicano, Michael Turner, en antena: “Pregunta sincera, ¿por qué debemos ponernos del lado de Ucrania en esto y no del lado de Rusia?”. Turner le respondió que Rusia “es un régimen autoritario” que pretende imponer su voluntad a “una democracia” como Ucrania y que los estadounidenses suelen “están del lado de las democracias”.

También el flanco izquierdo del Partido Demócrata ha expresado sus recelos. Las líderes del caucus progresista del Congreso, Pramila Jayapal y Barbara Lee, emitieron un comunicado conjunto esta semana con esta advertencia: “Nos preocupa enormemente que los nuevos despliegues de tropas, las sanciones indiscriminadas y una oleada de millones de dólares en armas letales solo conseguirán aumentar las tensiones e incrementar los errores de cálculo. Estados Unidos y la OTAN no deben jugar con esta estrategia”.

Ni Estados Unidos ni la OTAN han hablado todavía de destacar soldados dentro de Ucrania, país que no forma parte de la Alianza Atlántica, aunque sí de ayudar con armas y desplegar tropas en la región. Biden confirmó el viernes por la tarde que enviará efectivos a corto plazo al este de Europa y los países bálticos, si bien añadió que no serían “demasiados”.

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