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El mundo contempla la brutalidad de la invasión de Ucrania con la perplejidad que se desata ante lo incomprensible, ante lo ignoto, ante lo que no se puede abarcar con los conocimientos adquiridos hasta la fecha. Y entonces surge la gran pregunta: ¿Está loco Vladímir Putin? ¿De dónde viene la crueldad, esta actuación fría, calculada, desalmada e incluso fratricida, desde el punto en que los ucranios son para los rusos hermanos eslavos en raza y religión? ¿Y hasta dónde le llevará esta deriva? Aquí hay algunas respuestas.

El expresidente François Hollande, que le trató ampliamente durante la invasión de Crimea y la guerra desatada en el Donbás en 2014, dijo hace pocos días a EL PAÍS que no es locura, ni paranoia, sino que Putin responde a una lógica —su propia lógica— marcada por la determinación de sus ideas. “Putin solo entiende la relación de fuerza y cuando nada se le resiste, avanza”, explicó el exlíder francés.

Y no es ciertamente locura lo que padece Putin, según todas las fuentes consultadas para trazar este perfil psicológico. En su infancia está la semilla de un espíritu de pelea que hoy ya no libra en el callejón en el que creció, sino en el tablero mundial. Que ya no tiene como testigos ni víctimas a los críos de su barrio, sino a millones de personas en Europa. Locura no es, decimos, aunque sí una deriva autoritaria de una personalidad labrada en el rigor y las dificultades, rígida en sus motivaciones y alimentada por décadas de un poder que ha ido convirtiendo en absoluto e incuestionable. Su concepción arbitraria de ese poder le ha llevado hasta el extremo de equiparar hoy su persona con el Estado, en palabras de Eva Borreguero.

“Putin no es una persona conocible”, cuenta Javier Solana, que le trató y negoció personalmente con él en varias ocasiones. “El que diga algo sobre él está contando lo que él quiere que se cuente. Él te enseña lo que te quiere enseñar. No es un amigo ni entabla relaciones cercanas en las que puedes charlar de todo, como las que en un momento dado pude tener con Clinton o con Obama. Putin no te deja ver más de lo que quiere que veas”. Eso sí, relata quien fue alto representante de Exteriores de la UE y jefe de la OTAN, es “correcto en el trato y puñetero y pijotero también”.

Vladímir Vladímirovich Putin nació en 1952 en Leningrado (hoy San Petersburgo), hijo tardío de obreros humildes. Su padre trabajaba en una fábrica, su abuelo había sido cocinero y su bisabuelo, siervo en el campo, un historial común en esa Unión Soviética comunista que había nacido tras enterrar un zarismo aún feudal.

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Se crio en una komunalka, uno de esos pisos en que se apretaban familias en los tiempos comunistas sin relación ni comodidad alguna, sin libertad de elección y con recursos escasos. De niño fue tan gamberro, tan “hooligan”, como él mismo se ha definido, que ni siquiera le admitieron en los pioneros hasta los 12 años, cuando lo normal era a los nueve, escribe el experto peterburgués Dmitri Travin en Open Democracy. “Crecer en el patio era como vivir en la jungla”, ha dicho el propio Putin. Pelear hasta el final, golpear el primero, sin marcha atrás, entre el culto a la fuerza y el poder de las bandas callejeras y la obligación de no mostrar jamás dudas morales ni el propio sufrimiento. Son frases que le han descrito en boca de especialistas rusos y que, más allá de la leyenda que haya podido construirse en torno a ese chico bajito y peleón de un Leningrado muy lejano a la fama intelectual y elitista de esta ciudad, reflejan el entorno en que creció.

Allí se mezcló con bandas de delincuentes hasta que, según los testimonios recogidos en la miniserie documental de la BBC Putin, de espía a presidente, algo le salvó de la marginalidad: aprendió y se enganchó al judo, un deporte en el que el KGB ojeaba y reclutaba a chicos como hacen hoy los cazatalentos en LinkedIn o quienes buscan futbolistas entre los equipos de benjamines. “Era un abusón y un pandillero y el deporte le salvó, dice Alex Golfdarb, científico y activista ruso autor de Muerte de un disidente (Taurus) en el citado documental. “El judo le sacó de la calle”.

Ficha de Putin como agente del KGB.
Ficha de Putin como agente del KGB.Picasa

Putin logró acabar los estudios y graduarse en Derecho, pero en el judo y en los cursos que realizó para ser agente del KGB en San Petersburgo y en el Instituto Andrópov de Moscú debió aprender y labrar buena parte de las características que ha demostrado en su andadura: el hermetismo, la inexpresividad, el cálculo de oportunidades, el dominio absoluto y opacidad de lo íntimo, una frialdad que llega a amedrentar a sus interlocutores y esa máxima de las artes marciales que te enseña a utilizar y revertir la fuerza del rival contra sí mismo. He aquí un dato que ilustra bien el control que guía sus pasos: cuando empezó a salir con Liudmila, quien fue su esposa hasta 2013, pidió a sus amigos que la tentaran también. Ella les rechazó. Y después de comprobar su fidelidad se casó.

Ese divorcio de la mujer que le dio dos hijas (María, nacida en 1985, y Katerina, un año después) tras una larga vida juntos desde bien abajo refleja también la profunda transformación que ha seguido hasta llegar a la cima y que hoy le hace más irreconocible para quienes le trataron. Pero antes, recordemos su evolución: tras ser reclutado por el KGB y pasar seis años en Dresde, la caída del Muro de Berlín le devolvió a su Leningrado natal. Anatoli Sobchak, entonces profesor en la Universidad Estatal (en la que había estudiado Putin) le acogió y le fichó luego como asesor cuando se convirtió en el primer alcalde democráticamente elegido de la ciudad. Allí tuvo varios cargos, incluido vicealcalde, pero el punto común a todos ellos era su invisibilidad. Era el hombre útil, eficaz, seco, nunca protagonista, siempre en la sombra, capaz de prevenir y atajar los problemas para un alcalde poderosísimo que se forjó en esos años de la perestroika en los que mafia, corrupción y apertura flotaban y se cruzaban en la misma miasma en una convivencia provechosa para unos, letal para otros. Putin sabía siempre lo que hacer. Y tal fue su éxito a espaldas del mundo, de lo visible, pero a ojos del establishment postsoviético que, en cuanto Sobchak perdió las elecciones en 1996, la Administración del presidente Yeltsin se lo llevó a Moscú.

Su ascenso ahí fue meteórico, desde la dirección de la Gestión de Bienes a responsable de Regiones, luego director del FSB (antiguo KGB, donde en su día había llegado a teniente coronel) en 1998, primer ministro en agosto de 1999 y, el 31 de diciembre de ese año, tras la dimisión de un Yeltsin alcoholizado y decrépito, presidente interino.

Había llegado a lo más alto y esa carrera súbita no fue casual pues, como dice Solana, saltó a Moscú a ayudar a Yeltsin, a arreglarle su salida sin represalias contra él y su familia y a organizarle, en pocas palabras, la mejor jubilación posible en su estado. Gleb Pavlovsky, asesor en la campaña presidencial de Putin, cuenta en el citado documental que se hizo una encuesta entre los rusos sobre qué características debía tener un presidente y la mayoría había señalado a un personaje de cine: Stirlitz, el James Bond ruso.

Putin, el viernes durante el concierto-mitin organizado para conmemorar el 8º aniversario de la anexión de Crimea.
Putin, el viernes durante el concierto-mitin organizado para conmemorar el 8º aniversario de la anexión de Crimea.SPUTNIK (via REUTERS)

José Manuel Durão Barroso, quien fue presidente de la Comisión Europea de 2004 a 2014, le conoció ampliamente porque compartió con él 25 intensas cumbres en múltiples lugares y todo tipo de situaciones, incluso alguna llamada intempestiva. “Es el líder que más he tratado fuera de la UE”, rememora ahora. Y recuerda sobre todo lo que llama “relámpagos, los estallidos de indignación” que entonces eran momentáneos en reuniones y cumbres por lo demás correctas. “Recuerdo una noche que nos llevó en su yate presidencial por el Volga tras una cena informal en Samara, era todo cordial, una noche magnífica y perfecta, incluso había luna llena. Y [Angela] Merkel [excanciller alemana] le preguntó por el sabotaje a un gasoducto y estalló indignado, armó una buena”, cuenta Durão.

El portugués ha observado su evolución y cree que esos estallidos que entonces duraban instantes son los que ahora pueden prolongarse sin fin, como en el discurso del 22 de febrero previo a la invasión de Ucrania. “Cuando le vi pensé que era exactamente la misma expresión, pero lo que antes era un estallido de un minuto ahora es una hora”.

El dirigente portugués cuenta que Putin tiene “un resentimiento, un revanchismo y una agresividad” con los que intenta “compensar su inseguridad de origen y de educación”. Porque ni es un intelectual ni demasiado culto y además, no es carismático. “Me acuerdo cuando llegamos a una cumbre del G-20, era la primera de Obama y todos querían hacerse un selfi con él, como si fuera una estrella de cine. El presidente Hu Jintao estaba sentado como un buda esperando que fueran a verle los demás. Merkel y yo deambulábamos saludando a todo el mundo tan normales y Putin estaba solo, abandonado como un chico o una chica en una discoteca al que nadie saca a bailar”, rememora sonriente Durão. “Rusia había sido una superpotencia y ya nadie le hacía caso, de ahí el resentimiento”. Además, Putin no tiene carisma: “Hay dictadores con carisma, seductores, pero no es el caso”. A partir de entonces, Putin empezó a llegar tarde a las cumbres, el cambio fue muy perceptible.

Dentro de Rusia, esa evolución la ha contemplado el periodista ruso Mikhail Zygar, que estos días contaba en The New York Times cómo el hombre que siempre fue “reservado y conspiranoico” ha entrado en una deriva de inaccesibilidad que le ha llevado a rodearse solo de “ideólogos y sicofantes”. Zygar, autor del libro All the Kremlin’s men (Todos los hombres del Kremlin), asegura que el presidente ha estado los dos últimos años recluido. Pasa muchas temporadas en su residencia en Valdai, a medio camino entre Moscú y San Petersburgo, y la única persona que le suele acompañar es Yuri Kovalchuk, accionista del banco Rossiya, entre otros negocios, cuyo pensamiento combina “misticismo cristiano ortodoxo con teorías conspiranoicas antiamericanas y hedonismo”. En ese contexto, Putin “ha perdido interés en el presente y está obsesionado con el pasado”. Para verle se ha rodeado de tales protocolos de cuarentena y aislamiento que recuerdan los comportamientos de emperadores o tiranos.

“El Putin que yo conocí y traté hace 20 años ha cambiado”, cuenta Álvaro Gil-Robles, quien tuvo numerosas reuniones sobre la situación en Chechenia como comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa. “Entonces era una persona distante, lo que es lógico en muchos políticos, previsible en sus posiciones, pero se podía negociar con él y lo que se acordaba, no se movía. El de hoy lo desconozco completamente: esta brutalidad, esta crueldad no es el que yo conocí. Esto no quiere decir que fuera un angelito, ya tenía gestos autoritarios, pero no es el mismo”.

Gil-Robles y también Solana se refieren por ejemplo a esa escena de distanciamiento con Macron, al que sentó en la otra punta de una larga mesa en el Kremlin. O a la humillación al jefe del servicio de inteligencia exterior, que se trastabillaba al expresar su apoyo al reconocimiento de la independencia de Lugansk y Donetsk días antes de la invasión. “Cuando hablaba con él estábamos en sendos sillones en torno a una mesita normal”, dice Ril-Robles. “No había esa agresividad, ese ego personal de quien se sienta solo en la mesa como un zar mientras los demás permanecen apartados. Así no le conocí yo”.

“Entonces era alguien que calculaba, jugaba con qué cedía y qué conseguía a cambio, había un espacio para el diálogo y el entendimiento y así logramos crear, por ejemplo, la figura del defensor del pueblo en Chechenia o la reapertura de un juicio contra un militar violador. Eso hoy sería imposible”, dice Gil-Robles.

Y es que el hombre que hoy contemplamos amasa un perfil psicológico con rasgos muy determinados. Jorge Sobral, catedrático de Psicología Criminal de la Universidad de Santiago de Compostela, aclara como es debido que no puede diagnosticar a Putin sin un análisis profesional, pero que el presidente ruso tiene -como coinciden estos días otros profesionales- “un fuerte componente narcisista”. “Y el narcisismo”, dice, “es una degeneración de la autoestima cuando el yo se convierte en el eje de tu percepción de la realidad”. Por ello, Putin “ha puesto al servicio del narcisismo la mentira, la manipulación y la justificación de todos los medios para llegar al fin y lo que en psicología llamamos maquiavelismo”.

Otro de los elementos es la audacia, esa especie de valentía al servicio de sus finalidades, a veces perversas, la desinhibición absoluta como la que ha mostrado con los opositores encarcelados, los periodistas asesinados y ahora los ucranios. Eso se vio desde la segunda guerra de Chechenia (primera suya, cuando aún era primer ministro y que desató su popularidad), a la exhibición de su fuerza en los asesinatos de disidentes como Litvinenko o Sripal cuando podían haber sido discretos. “Esta insensibilidad ante el dolor ajeno es típica de los tiranos”, prosigue Sobral.

Ahí engarza con esa lógica propia que mencionaba Hollande y con el diagnóstico más simple, pero certero, con que Biden sorprendió al mundo al inicio de su mandato cuando dijo: “Es un asesino”. Su “desconexión moral”, dice Sobral, le lleva a tergiversar el análisis de la realidad, a culpabilizar a la víctima en el mismo truco de autoengaño que practican los agresores sexuales, los genocidas y los abusadores. “Es perfectamente posible que se lo crean y eso les hace todavía más peligrosos. Si te desconectas de la moral consensuada para crear tu propio universo moral tienes el círculo perfecto para legitimar la barbarie”.

El General de las Fuerzas Armadas Alexander Kharchevsky termina de colocar el traje a Vladímir Putin antes de comenzar su vuelo hacia la zona de guerra de chechenia desde Krasnodar, en 2000.
El General de las Fuerzas Armadas Alexander Kharchevsky termina de colocar el traje a Vladímir Putin antes de comenzar su vuelo hacia la zona de guerra de chechenia desde Krasnodar, en 2000.AP

En sus primeros años como presidente, Putin solo rompía su frialdad cuando expresaba sus convicciones, cuenta Gil-Robles. “Cuando tomaba la palabra podía pasar bastante tiempo explicando su posición de forma muy apasionada”. Esas convicciones son el único resquicio de pasión que le conceden quienes le conocen. “Cuando hablabas de víctimas no era expresivo, aunque sí era consciente. Sabía el coste humano de lo que hacía pero no mostraba sentimientos por ello. La única pasión que mostraba era al explicar las razones de la guerra y por qué Occidente no entendía. Después ha desarrollado una concepción de lo que debe ser Rusia, de que Occidente ha intentado socavar su poder y quiere recuperar la Rusia que fue”, asegura. Solana pone el punto de inflexión en su discurso en la conferencia de Múnich en 2007, cuando desplegó “toda su incomodidad con Occidente y acusó de haberle engañado”. “Pero no se engañó a Rusia”, dice Solana, que sabe bien cómo y con quién negoció. “Yeltsin firmó el acuerdo que yo negocié”. Eso fue en 1997 y a partir de ahí entraron Polonia, Hungría y Chequia en la OTAN.

El resto de la historia es conocida: la deriva autoritaria, la forja de su propio universo moral y la insensibilidad ante el dolor ajeno o propio que describen los psicólogos le ha llevado hasta una invasión a Ucrania que nadie sabe dónde tendrá sus límites. Ese Putin que no era conocible, en palabras de Solana, ya lo es. Es el que se deja ver en sus hechos.

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Escribió Shakespeare que “hay hombres que nacen grandes, otros alcanzan la grandeza, y a otros simplemente se les viene encima”. Boris Johnson (Nueva York, 57 años) lleva toda su vida persiguiendo la gloria política. Intentó tocarla con el Brexit, pero dejó tras de sí una estela de división ciudadana. La pandemia le arrolló, como a otros muchos dirigentes. Su momento churchilliano ha podido llegar con la invasión de Ucrania. “Nunca había visto de un modo tan nítido en política internacional la diferencia entre lo justo y lo injusto, entre el bien y el mal”, admite a los corresponsales del diario alemán Die Welt, el italiano La Repubblica y EL PAÍS, todos ellos miembros de la alianza de medios europeos LENA. Johnson y sus ministros han estado en la primera línea de respuesta al desafío de Vladímir Putin. Los servicios de inteligencia británicos anticiparon claramente las intenciones del Kremlin, y Downing Street envió mucho antes que otros países armamento ofensivo al Gobierno de Ucrania. “Putin ha decidido redoblar su apuesta, y ve que no hay forma de salir del callejón sin salida en que se encuentra más que con la destrucción y aniquilación de población inocente”, advierte el primer ministro antes de responder a las preguntas.

Pregunta. Recibió usted la llamada del presidente Zelenski esta madrugada [del jueves al viernes] y le expresó su gran preocupación por el incidente en la central nuclear de Zaporiyia. ¿Estamos más cerca de una guerra nuclear o de un incidente nuclear?

Respuesta. Creo que debemos distinguir muy claramente entre dos cosas. Toda la cuestión sobre un posible intercambio nuclear, por así decirlo, el uso de armas nucleares, es una distracción de lo que está sucediendo en Ucrania, que es, me temo, un ataque brutal y bárbaro contra personas inocentes. Y no creo que debamos dejarnos despistar por parte de la retórica que estamos escuchando. El asunto en cuestión tiene que ver con la seguridad de las centrales nucleares y los residuos nucleares. Me preocupa que trabajemos juntos para pensar en formas con las que podamos evitar un desastre así, porque como dije, creo que sería un desastre paneuropeo. Y creo que es algo que preocupa legítimamente a todos los países.

P. ¿Y cómo podemos proteger las plantas nucleares?

R. Tenemos que dejarle claro al Kremlin que un desastre nuclear civil en Ucrania, otro Chernóbil, es un desastre para Rusia y para todo el mundo. Y por lo tanto, creo que algún sistema para proteger esas plantas, algún sistema para garantizar que los niveles de radiactividad sean monitoreados por las autoridades internacionales, como la ONU y la Agencia Internacional para la Energía Atómica, sería algo extremadamente importante.

P. Su secretario de Defensa, Ben Wallace, ha dicho que Putin se ha vuelto “completamente loco” [”full tonto”, en la expresión coloquial inglesa]. ¿Está de acuerdo con esa afirmación? ¿Es esta una estrategia calculada a sangre fría o, como acaba de decir, Putin está en un callejón sin salida, y su estado mental es de nervios y desesperación?

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R. Creo que es muy difícil hacer esa lectura, abrir una ventana de su alma y tratar de imaginar lo que está pensando realmente. Recibo todo tipo de información sobre la forma en que funciona su Gobierno, su sistema, o sobre la falta de controles y equilibrios de ese sistema, o sobre la forma arbitraria en que puede tomar decisiones, y todo eso es extremadamente preocupante. Pero creo que la clave está en que claramente cometió errores de cálculo. Creo que probablemente tiene una carencia de percepción real, a pie de calle, de lo que es realmente la vida para la gente en Ucrania y de lo que la gente de Ucrania siente sobre su propio país. Es posible que no haya estado allí desde hace mucho tiempo. Era un problema de pura lógica. Porque yo sabía que los ucranios lucharían, y cualquiera que haya estado lo habría pensado por pura intuición. Tal vez ha ido perdiendo el contacto real con esta situación. Y ha cometido un error. Tiene que haber una salida, tiene que haber una solución que no implique la destrucción total, o que él continúe en este camino de destrucción total. Pero me temo que, lógicamente, es muy, muy difícil ver cuál es esa solución. Por eso he llegado a la conclusión de que debemos lograr que fracase.

P. El presidente francés, Emmanuel Macron, es el único líder que todavía está hablando con Putin. ¿Cree que esto es algo conveniente? Lo que le cuenta, ¿le preocupa?

R. Creo que la unidad de Occidente ha sido una de las cosas más importantes que han ocurrido. Antes de que comenzara la invasión, estábamos trabajando junto con Emmanuel para comprender cuáles serían las implicaciones. Es muy importante que sigamos trabajando, particularmente con los estadounidenses, para compartir presunciones y prioridades sobre el conflicto. La lección de la historia desde 1914, hasta Bosnia y más allá, es que, lamentablemente, los conflictos europeos más espantosos no se resuelven sin cierta medida de interés y liderazgo estadounidenses. Eso va a ser muy importante también en estos momentos.

P. Entonces, ¿es bueno que Macron todavía esté hablando con Putin?

R. Creo que es importante que se preserve la unidad de Occidente. Estoy seguro de que Emmanuel no se está desviando de esa posición de unidad.

Johnson atiende a los corresponsales en Downing Street
Johnson atiende a los corresponsales en Downing Street Martin U. K. Lengemann

P. Usted dijo que Putin debía fracasar. ¿Pero no debería también caer, quiero decir, perder el poder, para acabar con todo esto? ¿Cómo puede Occidente hacer que suceda? ¿Debería animar a la oposición rusa a rebelarse?

R. Hay dos cosas que debemos delimitar de modo estricto. No debemos caer en la trampa de enmarcar esto como un conflicto entre el pueblo ruso, o Rusia, y Occidente, o incluso entre Putin y la OTAN, o Putin y Occidente. No se trata de eso. Esa es una categoría en la que no debemos caer. Se trata de ayudar al pueblo ucranio a protegerse a sí mismo, a proteger sus vidas, sus familias y su independencia. Número dos: creo que es muy importante que la gente vea que este es el objetivo delimitado y completo de nuestra agenda. No hay más agenda. No podemos pensar así. Los acontecimientos en Moscú o en la política rusa son simplemente imprevisibles. De hecho, eso sería una distracción total. Permítanme ser muy claro: no se trata de intentar hacer nada para acortar la carrera política de nadie en Moscú. Por el contrario, se trata simplemente de tratar de proteger a la gente de Ucrania y brindarles la ayuda que necesitan.

P. Usted dijo en la Cámara de los Comunes que Putin es un criminal de guerra. ¿Debería Occidente aspirar a poner a este criminal de guerra ante un tribunal internacional, como Milosevic ante el Tribunal de La Haya, o los nazis en el juicio de Nuremberg?

R. Ciertamente creo que existe una estrecha analogía entre el comportamiento de Putin y los últimos años de Slobodan Milosevic. Es muy interesante que ambos líderes estuvieron en el poder durante mucho tiempo, ambos cada vez más autócratas, ambos buscando apuntalar su posición interna, y para ello fundaron una gran causa nacionalista. Slobodan Milosevic identificó el lugar de nacimiento del nacionalismo serbio, de hecho de la nación serbia, en Kosovo Polje, y convenció a su pueblo con esta idea descabellada de que necesitaba ser rescatado y liberado. Hay una especie de analogía muy estrecha entre ese error catastrófico y lo que el presidente de Rusia ha estado diciendo sobre Kiev y los orígenes de la religión, la cultura y la civilización rusas y sus objetivos en Ucrania. Pero cuando se trata del Tribunal Penal Internacional, es un asunto que le compete a ella. Tendrá que haber una recopilación de pruebas. Si hay evidencia del uso de municiones ilegales, bombas de racimo, armas de largo alcance…, esto claramente tendrá que ser trasladado a Holanda.

P. ¿Y a quién corresponde hacer eso?

R. Creo que debemos ser bastante limitados en lo que nos proponemos hacer. Porque nunca he visto en mucho tiempo una diferencia tan clara entre lo justo y lo injusto en la política internacional, o una diferencia tan clara entre el bien y el mal. En el momento en que comenzamos a introducir otro tipo de consideraciones políticas en Moscú, o cualquier consideración geoestratégica, perdemos la nitidez y el enfoque.

P. Usted descartó una zona de exclusión aérea el otro día en la frontera de Polonia con Ucrania, porque sería una confrontación directa muy peligrosa entre Occidente y Rusia. Pero, ¿cuántas muertes y brutalidades de Putin podemos permitir? ¿Cuál es la línea roja para que Occidente intervenga?

R. Si pensamos en unas pocas semanas atrás, nadie se hubiera imaginado que tantos países europeos ahora estarían haciendo lo que hizo el Reino Unido y enviando armas. No creo que nadie hubiera imaginado que el canciller alemán hiciera un discurso como el que ha hecho. Y que Alemania estuviera en la posición que ahora está. Las cosas están cambiando. Y eso se debe a la indignación y el disgusto de la gente por lo que está sucediendo en Ucrania. Lo que trato de decir es que Occidente ya ha avanzado mucho. Y está muy unido. Pero queda un larguísimo camino por delante para la idea de cualquier tipo de confrontación directa entre las fuerzas occidentales… entre las Fuerzas Armadas del Reino Unido, Italia, Alemania o España, y las fuerzas rusas. Las consecuencias de una decisión así serían muy difíciles de controlar y gestionar. No sabríamos dónde terminaría. Y los riesgos de error de cálculo son enormes. Tenemos que mantener un límite, tenemos que mantener un límite conceptual en lo que estamos haciendo. Eso no significa que no nos importe apasionadamente, o que no haremos todo lo posible dentro de los parámetros que hemos establecido para tratar de cambiar las probabilidades a favor de las víctimas. Y lo haremos. Pero creo que no hay ningún país occidental, que yo sepa, que actualmente esté considerando enviar combatientes a ese teatro del conflicto. Esa es la realidad. No está en la agenda.

P. Así que una zona de exclusión aérea sigue siendo una idea…

R. El problema con la zona de exclusión aérea es precisamente ese. Lógicamente, implica el derribo de aviones rusos. Y, de nuevo, estaríamos atrapados en una lógica de confrontación.

P. La crisis de Ucrania, en cierto sentido, ha reparado muchas heridas y muchas relaciones rotas entre el Reino Unido y la Unión Europea. ¿Diría usted eso? Sobre todo, después de todo lo que pasó a partir del Brexit…

R. Creo que lo que hacen todas las crisis es revelar las verdaderas relaciones. A veces, si una familia atraviesa un gran trauma, la verdadera fuerza del afecto entre los miembros de la familia y la forma en que trabajan juntos puede volver a revelarse repentinamente. Y creo que eso es probablemente lo que está sucediendo ahora.

P. ¿Debería el Reino Unido aumentar la cooperación en proyectos militares con la UE, como han anunciado EE UU, Canadá o Noruega?

R. Las últimas semanas han demostrado que la OTAN es más fuerte que nunca y más relevante que nunca. Putin no solo calculó mal con respecto al pueblo de Ucrania, sino que calculó mal al pensar que iba a debilitar a la OTAN al invadir Ucrania. La está fortaleciendo. El gasto en defensa está aumentando. Y la OTAN es el formato para eso, porque tiene una estructura de comando y las tropas del Reino Unido pueden colocarse bajo su mando. El Reino Unido no desea explorar una alternativa a algo que ya existe, que funciona, que tiene líneas claras.

"Nunca en política internacional he visto tan claramente la diferencia entre el bien y el mal", ha asegurado el primer ministro británico
«Nunca en política internacional he visto tan claramente la diferencia entre el bien y el mal», ha asegurado el primer ministro británicoMartin U. K. Lengemann

P. ¿Cree que todos los países de la UE deberían dejar de comprar gas y petróleo a Rusia?

R. Eso sí que es increíblemente difícil. Y es importante que nosotros en el Reino Unido no parezca que sermoneamos a países que claramente tienen una dependencia masiva de los hidrocarburos rusos. No es solo en Alemania o Italia. Todos los países europeos tienen cierta dependencia. Nosotros también les compramos algo, pero es mucho menos de lo que solíamos. Creo que necesitamos una estrategia colectiva en Europa y en Occidente. Una estrategia para diversificar esta dependencia. Y creo que escuchando al canciller alemán está claro que está de acuerdo con eso. Y creo que habrá un programa. Y habrá un calendario. Pero no será fácil. Hay otras fuentes energéticas, en América del Norte y Canadá. En el Golfo. Hay maneras de hacer esto. Y hay formas en las que podemos trabajar juntos para producir más energías renovables. No es fácil, y para nuestros votantes será difícil.

P. Su Gobierno ha anunciado ya duras medidas contra entidades y oligarcas rusos, pero Roman Abramóvich sigue conservando su patrimonio. ¿Por qué no actúan contra él como ha exigido la oposición laborista?

R. Nadie quiere vivir en un país donde el Gobierno pueda quitarte la casa sin acumular indicios sólidos en tu contra y sin el proceso debido. No tiene sentido lanzarse a por alguien para darse de bruces con un batallón de abogados. Así que tenemos que hacerlo bien. Y estamos tratando de no hacer esto solo contra un individuo. Una de las medidas principales del paquete legal que vamos a aprobar el próximo lunes es que podremos utilizar las disposiciones aprobadas en la UE contra los oligarcas para detenerlos aquí también.

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Candelaria, Valle escolta
Ocurrió este sábado cuando el escolta iba resguardando un vehículo que iba a dejar productos a una tienda, en zona rural de Candelaria, Valle.

Ocurrió este sábado cuando el escolta iba resguardando un vehículo que iba a dejar productos a una tienda, en zona rural de Candelaria, Valle.

Noticias Valle.

Este sábado mataron a un hombre, un escolta que iba resguardando un vehículo repartidor en zona rural de Candelaria, Valle del Cauca.

Ocurrió en el corregimiento de San Joaquín.

TuBarco conoció que en esta zona, se han registrado otros hurtos violentos, y por ello, varios vehículos que llevan productos a las tiendas de la zona, han contratado servicio de escoltas.

En este caso, el escolta asesinado en uno de los callejones de esta zona de Candelaria, Valle, cerca a Cali, trabajaba para al empresa Experto.

Primeras versiones indican que, le dispararon al presuntamente, oponerse al robo de su arma de dotación. Un tiro fue en la cabeza.

Al sitio llegó la policía, el escolta quedó sin vida en el sitio. Ya no tenía el arma, y se desconoce si iba en moto o en el vhículo que custodiaba.

Algunos compañeros han enviado mensajes de condolencias en redes sociales.

En el Valle del Cauca han sido asesinado, la mayoría en Cali, varios escoltas de camiones y vehículos de alimentos, bebidas y otros, en barrios con altos índices de delincuencia y violencia.

Noticia en desarrollo…

 





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bajó el carro por un callejón
Por sorpresa tomó a habitantes de la zona y transeúntes ver que un hombre bajó el carro por un callejón, por las escaleras y luego pudo seguir como si nada. Ocurrió en Bogotá.

Por sorpresa tomó a habitantes de la zona y transeúntes ver que un hombre bajó el carro por un callejón, por las escaleras y luego pudo seguir como si nada. Ocurrió en Bogotá.

Noticias Bogotá.

En la Localidad de Chapinero un conductor, que no se sabe aún si terminó perdido o por ‘ahorrar camino’, bajó su carro por un callejón que terminaba en escaleras, y por ahí se metió, con un Mercedes Benz.

Ante la mirada atónica de la gente, el conductor maniobró para evitar volcarse o que el carro, se le desbaratara.

La escena se vivió el martes, en la calle 60a con carrera 3 en Chapinero, en el nororiente de la capital del país.

No está claro si el conductor del lujoso vehículo venía por la carrera 60 y terminó metido en una zona sin más vía vehícular, porque para salir a la 60a, debía ir más adelante, y terminó saliendo por un sendereo y escaleras.

El actor Julio Cesar Herrera, divulgó el vídeo. 

«Alguien creyó que su carro era una 4×4», dijo.

Lo que se conoció, es que era un conductor (un hombre), Herrera, subió hasta el punto por donde bajó el carro por un callejón.

«Estaba parqueadero por acá y empezó a bajar por todo esto (un callejón), miren lo que hizo el tipo, cómo lo hizo. Miren las ruedas (marcas) del carro», explicó.

¿Qué pasó?

Toda suerte de teorías se han debatido en Twitter, unos señalan que se lo había robado sin embargo otros los descartan porque cuando bajó no arrancó a toda velocidad, y además, el recorrido por el callejón era muy largo, «si era para robarlo, lo hubiesen sacado en reversa para llevárse por la carrera 3 u otro vía».

Otros, señalan que era «alguna persona de bien haciendo lo que le da la gana».

Sin embargo, la mayoría coincide en que pudo tratarse de una confusión, es decir, que usó alguna aplicación y esta lo dirigía por alguna vía que no conocía, terminó en el callejó sin salida y decidió bajar por esas escaleras al ver la calle abajo.

En medio de la complicada maroma para un automóvil, no hubo daños en la zona, pero del vehículo se desconoce si quedó averiado.

Por o menos externamente no se le vieron golpes.

Autoridades en Bogotá no se han pronunciado.





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