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Un grupo de personas espera para recibir alimentos gratuitos en una iglesia de Caracas en mayo de 2020.
Un grupo de personas espera para recibir alimentos gratuitos en una iglesia de Caracas en mayo de 2020.Ariana Cubillos (AP)

Mientras los bomberos intentaban abrir la puerta del apartamento del profesor universitario Pedro Salinas, se escuchaban sus quejidos de fondo en un video que circuló en redes sociales. Al ingeniero de 83 años en estado de deshidratación le diagnosticaron desnutrición y depresión. Estaba junto al cadáver de su esposa, Ysbelia Hernández, de 74 años, bioanalista y abogada de la comunidad de la Universidad de Los Andes, en Mérida, al occidente de Venezuela. El cuerpo de la mujer también tenía signos de desnutrición. Había muerto de un infarto, según las primeras declaraciones de los rescatistas.

La noticia de encontrar a dos profesores universitarios muertos o a punto de morir por desnutrición es verosímil en la Venezuela de 2022. Por ello, pese a que algunos familiares de la pareja desmintieron desde el extranjero que los ancianos estuvieran en situación de abandono y aseguraron que había comida en la despensa de su casa, el caso de Hernández y Salinas, que se recupera en un hospital, se convirtió en el amargo retrato de todo un gremio que sobrevive con salarios de hambre.

Un profesor universitario en Venezuela percibe un salario de entre 3 y 11 dólares mensuales, la remuneración más baja de América Latina. Los de mayor rango, como Salinas, que es una eminencia en ecología, estudios forestales y planificación de áreas naturales protegidas, con formación en el Imperial College de Londres y director de revistas arbitradas, la remuneración puede alcanzar a 20 dólares al mes, una cifra muy lejana al precio de la canasta de alimentos en Venezuela que al cierre de 2021 superó los 400 dólares mensuales para una familia. “Nos han reducido a la indigencia”, reconoce Mario Bonucci, rector de la Universidad de Los Andes, la casa de estudios de la que la pareja se jubiló. “Estamos consternados”.

La Universidad de Los Andes es una de las más importantes del país y es el corazón de la ciudad de Mérida. Mirar sus números da una idea de cómo el sector universitario público ha sido arrinconado. Bonucci procesa a diario una o dos renuncias de personal de la casa de estudios. En cinco años, ha visto reducir a la mitad el número de estudiantes. Con el presupuesto que recibieron en 2021 del Estado cada dependencia de la universidad contó con apenas 295 dólares para funcionar durante un año. No hay comedor, ni transporte, ni becas estudiantiles, ni cobertura médica para los profesores. Hay áreas del campus cerradas por la imposibilidad de mantenerlas. Bonucci señala que están por medir nuevamente la deserción en la planta profesoral, no solo los números, sino el tipo de personal calificado que han perdido, un problema común en todas las universidades venezolanas.

En una reciente publicación de la Academia de Ciencias Físicas Matemáticas y Naturales, el investigador Jaime Requena advierte que son más los científicos que se jubilan y abandonan la profesión que los que cada año ingresan a ella en Venezuela. A la fuga de talentos que ha vivido Venezuela en los últimos años le pone un número: más de dos mil investigadores han dejado el país en dos décadas, refiere el estudio. En medio de la masiva migración que ha empujado a más de 6 millones de venezolanos a cruzar las fronteras huyendo de la crisis, las aulas se han vaciado y han quedado los más viejos, los profesores jubilados, como el relevo, una de las consecuencias menos visibles de la crisis humanitaria que atraviesa el país petrolero.

El Observatorio de Universidades evaluó en 2021 las condiciones de vida de la población universitaria en Venezuela y encontró que 8 de cada 10 docentes de 60 años o más sufre de enfermedades crónicas y a 9 de cada 10 se le dificulta adquirir medicamentos. Dentro de este grupo, 35% come menos de tres veces al día y otro 35% no recibe ningún ingreso extra a su salario del Ministerio de Educación Universitaria. Asimismo, 26% tiene más de tres años sin hacerse un chequeo médico o examen de rutina y 21% nunca logró comprar sus medicamentos.

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En la ULA, con ayuda de egresados, se ha recolectado ropa y zapatos para profesores y trabajadores que no tienen ni cómo vestirse. “Cuando se asigna un sueldo como el que tienen los profesores venezolanos, el Estado se desentiende de las universidades”, apunta Bonucci. Desde el año pasado, la organización Brigadas Azules también recoge regularmente comida y enseres básicos para profesores de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, en situación de vulnerabilidad. Esta misma semana corrió una solicitud de ayuda a otro profesor que requería desde medicamentos hasta jabón para su aseo y comida. La solidaridad y las campañas de recolección de donaciones y la ayuda humanitaria internacional que entra a cuenta gotas, son lo que sostiene a gran parte de los venezolanos. Cuando se habla de que 96% de los venezolanos vive en pobreza y de los 9,3 millones de personas en inseguridad alimentaria moderada y severa —datos de Encovi y del Programa Mundial de Alimentos, respectivamente—, también se habla de estos casos, profesionales que se han empobrecido por la voraz pérdida de valor del bolívar en Venezuela.

Al menos cinco millones de pensionados y casi dos millones de empleados públicos, entre los que se cuentan los universitarios, pertenecen al grupo más golpeado por la crisis y escapan a la burbuja de la dolarización que ha permitido la recuperación de algunos sectores económicos el último año. Un duro ajuste ha recaído sobre esta población en los intentos de Nicolás Maduro por maniobrar contra el alza de los precios. En los últimos dos años, el Gobierno ha sacrificado el gasto fiscal y mantiene un salario mínimo integral en 10 bolívares, que llega apenas a dos dólares mensuales, para contener el tipo de cambio y ponerle frenos a la hiperinflación de la que finalmente saldrá el país este 2022, sin que esto signifique un alivio total al alto costo de la vida en Venezuela. Aunque el Gobierno asigna bonificaciones mensuales, son insuficientes para alzar la cabeza en medio de la pobreza.

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Taxistas Pasto tarfias carreras
Un vídeo en el que se observa un altercado por el costo de la carrera, «muy caro», es viral en redes sociales. Las tarifas sin embargo, están establecidas en una tabla de control.

Un vídeo en el que se observa un altercado por el costo de la carrera, «muy caro», es viral en redes sociales. Las tarifas sin embargo, están establecidas en una tabla de control.

Noticias Pasto.

En la ciudad se han presentado diversas denuncias por cobros de tarifas de carreras en taxis, que muchos señalan «son muy caras» y no se apegan a lo establecido en el municipio, donde existe una tarjeta de control; en dónde se evidencian los costos.

devueltas carrera taxi Pasto
En diciembre dos mujeres se enfrascaron en una discusión y luego golpes, por las devueltas de una carrera de taxi en Pasto. Ninguna interpuso denuncia.

Otro vídeo, muestra un incidente con otro taxista, por el valor del servicio prestado el domingo en horas de la noche.

El denunciante reclama que para él, «el costo se excede al que debería cobrar», y el taxista permanece en silencio mientras conduce.

Quien denuncia dice que le están cobrando 7.500 por la carrera.

«Se ponen bravos porque uno les pude un servicio de extremo a extremo, necesitamos urgentemente el Uber aquí en Pasto», manifiesta el pasajero.

Luego proceden a bajarse del vehículo. «Señor vale 6.700 la carrera, nadie le está diciendo que le voy a pagar 5.500», le responde.

El señor se aleja y el denunciante manifiesta que lo deja en una zona que el no había pedido ser llevado.

La otra versión

TuBarco Noticias Pasto habló con el taxista implicado en la denuncia. Y quiso dar su versión.

Manifestó que se le solicitó una carrera desde un barrio periférico a otro periférico, es decir de un lado de Pasto al otro lado.

El servicio fue solicitado en el barrio Sindagua y debía terminar en Tamasagra.

La carrera costaba 7.000 pesos.

El taxista relató que el usuario empezó a grabar desde que inició el recorrido, y esto lo hizo sentir intimidaddo.

Ante la negación del usuario a pagar este costo, procedió a explicarle las tarifas y porque le cobró esa cantidad. En medio de la confusión con la tarjeta, la situación se puso más tensa. «Yo le dije que la viera pero no que le tomara fotos a mis datos personales».

Recalcó que no quiso generar polémica ni entrar en alegatos, por eso no discutió. Solo aclaró cuanto costaba realmente.

A la negativa del usuario de pagar lo que se le estaba cobrando y de bajarse del vehículo, el taxista procedió a dirigirse a su vivienda. Explicó que tiene 65 años de edad, y una enfermedad crónica, por eso, no peleó ni quiso que el problema se agravara.

«Si el señor en algún momento se sintió ofendido o tumbado, pido disculpas, pero las cosas no fueron así como las presentó», manifiesta.

Recalcó que al gremio de taxistas lo conforma en su mayoría personas humildes y honestas, sin omitir que pueden haber personas que no hacen su trabajo de manera adecuada.

La tarjeta de control

En la tarjeta de control, se encuentra la firma y sello de la empresa que debe ser diligenciada cada mes; certificando que la documentación se encuentra al día.

Los taxistas responden que la mayoría, cumple con lo establecido.

Teniendo en cuenta la tarjeta de control, los costos de un barrio periférico a otro tiene un valor de 6.700 pesos; el adicional por ser domingo tiene el valor de 500 pesos lo que sería un total de 7.200.

Además, a los usuarios les recomienda siempre preguntar costos o apenas subirse verificarlos en la tabla que está al reverso de la silla del conductor. Si no la ve, también la puede pedir.

Las tarifas de las carreras son fijas, y solo hay recargo autorizado y es el de $500 pesos, si les cobran más de eso, los usuarios deben hacer los reportes ante las autoridades y las empresas.

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