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La policía negocia este lunes con los okupas de la mansión de un oligarca ruso en Londres.
La policía negocia este lunes con los okupas de la mansión de un oligarca ruso en Londres.JOSHUA BRATT (EFE)

La Policía Metropolitana de Londres ha detenido a última hora de este lunes a los cuatro miembros del movimiento anarquista No Fixed Abode Anti-Fascists (Antifascistas sin Residencia Fija) que habían ocupado una mansión del lujoso barrio de Belgravia, presuntamente perteneciente a un oligarca ruso. Durante horas las fuerzas seguridad han desplegado un juego de paciencia con los okupas, que permanecían atrincherados en el balcón frontal de la vivienda. Avisados en torno a la una de la madrugada de la invasión de la residencia, se desplegaban en la calle horas después un grupo de unos veinte agentes con uniforme y material antidisturbios. Después de forzar su entrada en la vivienda, en torno al mediodía, y comprobar que no había más personas en el interior, han permanecido prácticamente todo el día frente al balcón, en el número 5 de Belgrave Square. “Continuamos estableciendo contacto con las cuatro personas del balcón, mientras ponderamos la necesidad de emplear la fuerza y la seguridad de todos los implicados. Nos mantendremos en el lugar mientras consideramos los siguientes pasos a dar, dada la complejidad y tamaño de la vivienda”, decía Scotland Yard en un primer comunicado. Pocas horas después, anunciaba la detención de los cuatro okupas y de otras cuatro personas más que habían intentado acceder a las viviendas adyacentes. Los agentes habían usado una grúa para entablar conversación con los asaltantes y convencerles de que bajaran del balcón.

El grupo anarquista había desplegado un enorme cartel en la fachada de la vivienda que decía “Esta propiedad ha sido liberada”, junto a otro que decía “Putin, go fuck yourself”(Putin, vete a la mierda, o Putin, que te jodan. En un comunicado hecho público en las redes sociales han explicado que, con la ocupación de la mansión, querían mostrar su solidaridad con el pueblo de Ucrania. “Esta lujosa vivienda servirá de centro de apoyo para los refugiados, tanto ucranios como gente de todas las naciones y de todas las etnias”, prometía el texto, que acababa con un llamamiento a “ocupar las propiedades de los oligarcas por todas partes”.

Deripaska, de 54 años, es propietario del grupo anglo-ruso EN+ Group, uno de los mayores productores de aluminio del mundo. El oligarca, uno de los más fieles a Vladímir Putin, ya sufrió en 2018 las sanciones del Gobierno de Estados Unidos. A través de una reestructuración de la compañía diseñada por Gregory BArker, exsecretario de Estado de Energía del Partido Conservador y nombrado más tarde presidente del consejo de administración de EN+ Group, Deripaska redujo parte de su participación en la compañía y logró que Washington levantara las sanciones. El Gobierno de Johnson colocó al multimillonario ruso en la lista de siete oligarcas a los que, la semana pasada, congeló su patrimonio y actividades económicas en el Reino Unido. El empresario posee la mansión ocupada a través de una compañía radicada en las Islas Vírgenes. Es el dueño, además, de una mansión en Surrey, Hamstone House, de ocho dormitorios con piscina, sauna y amplios jardines.

Downing Street ha condenado la ocupación de la vivienda, pero sin hacer demasiados aspavientos. En las últimas cuarenta y ocho horas, el ministro para el Reequilibrio Económico de Inglaterra (y hombre para todo de Johnson), Michael Gove, había anunciao que el Gobierno se estaba planteando utilizar las residencias de los oligarcas rusos para alojar a varios de los miles de refugiados de Ucrania que pueden acabar llegando al Reino Unido. “Es algo que estamos estudiando, aunque la ocupación de viviendas residenciales sigue siendo ilegal”, ha dicho este lunes un portavoz de Johnson. “Intentamos definir el uso apropiado de todas estas propiedades mientras sus propietarios son objeto de sanciones”, ha añadido.

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Es probable que, por primera vez en su carrera política, Boris Johnson haya apostado no tanto por el lado vencedor sino por el lado correcto de la historia. El primer ministro británico ha sido en las últimas semanas el aliado necesario para Washington y de nuevo fiel para Bruselas. Ha jugado un papel clave en la estrategia preventiva de desvelar al mundo las previsiones de sus servicios de inteligencia, que la brutal invasión de Ucrania ordenada por Vladímir Putin ha demostrado acertadas. Y ha apostado fuerte, y rápido, por imponer duras sanciones económicas al entramado financiero y de oligarcas que respalda al presidente ruso.

Pero la retórica churchilliana desplegada estos días por el político conservador, al fin ante un reto histórico comparable con los que afrontó su héroe vital, no será suficiente para enderezar el pecado original que subyace en esta crisis: Londres ha sido durante años —Londongrado, como se ha llegado a llamar— el paraíso y refugio del dinero de mafias y multimillonarios rusos, muchos de ellos aliados de Putin.

“Los oligarcas rusos siempre han considerado al Reino Unido un destino favorable para su dinero. La clave del atractivo de Londres fue la explotación del programa de visados para inversores [los llamados visados de oro para los que trajeran consigo dos millones de libras esterlinas, o unos 2,3 millones de euros], junto a una normativa legal ligera y limitada. Los pujantes mercados de capital e inmobiliario de la ciudad ofrecieron oportunidades sólidas de inversión”, aseguraba la Comisión de Inteligencia y Seguridad del Parlamento británico, en julio de 2020, en un demoledor informe titulado simplemente Rusia.

Intereses enmascarados

“La llegada de dinero ruso ha propiciado el crecimiento de toda una industria de facilitadores: individuos y organizaciones que gestionan y promueven los intereses de las élites de Rusia en el Reino Unido. Abogados, contables, agentes inmobiliarios y profesionales de las relaciones públicas han jugado un papel, consciente o inconscientemente, a la hora de potenciar la influencia rusa, a menudo vinculada a la promoción de los malvados intereses del Gobierno ruso”, concluía el informe. “Y como consecuencia de todo eso”, aseguraba William Browder, fundador de Hermitage Capital Management (una consultora de inversión especializada en el mercado de valores ruso), en su comparecencia ante los diputados de la Comisión, “desde el lado británico nos toca lidiar con intereses criminales rusos enmascarados como intereses del Gobierno ruso, y con intereses del Kremlin enmascarados bajo los intereses de intermediarios occidentales”.

Es un pecado compartido por conservadores y laboristas. En 2008, el Gobierno del laborista Gordon Brown, asfixiado como el resto del mundo por la crisis financiera, introdujo un sistema de agilización de visados y de obtención de la nacionalidad británica para aquellos que trajeran sus fortunas al país. Una inversión de dos millones de libras (2,4 millones de euros) en una empresa del Reino Unido reduciría todo el proceso a cinco años; tres años si la aportación era de cinco millones de libras; solo dos años si superaba los diez millones.

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En perspectiva, el periodo comprendido entre 2008 y 2015 fue bautizado el “periodo de la fe ciega”. Unos 3.000 individuos, incluidos más de 700 ciudadanos rusos, se acogieron al programa sin apenas comprobaciones ni revisión de sus orígenes. Las instituciones financieras daban por sentado la legitimidad del solicitante, porque ya había obtenido su visado. Y el Gobierno, a su vez, asumía que eran los bancos los que aseguraban que todo fuera correcto y cumplían con las comprobaciones debidas. “Se ofrecieron mecanismos ideales para reciclar las finanzas ilegales a través de lo que pasó a conocerse como la lavandería de Londres”, afirmó la Comisión de Inteligencia y Seguridad. “La influencia rusa en el Reino Unido pasó a ser la ‘nueva normalidad’, y muchos de esos ciudadanos tenían vínculos muy cercanos con Putin, y estaban muy integrados en la escena social y empresarial, que los aceptaba por su riqueza”.

A partir de 2015, gracias sobre todo a un informe de la organización Transparencia Internacional que expuso las estrategias de blanqueo de dinero a través del programa de visados, las condiciones de entrada se endurecieron ligeramente: cualquier solicitante debía abrir previamente una cuenta bancaria en el Reino Unido ―que activaba automáticamente los mecanismos de comprobación― y el Ministerio del Interior se reservaba la prerrogativa de comprobar los antecedentes penales. No todos los ciudadanos rusos que llegaron al Reino Unido estaban vinculados a la delincuencia o tenían lazos estrechos con el presidente ruso. Pero todos quedaron bajo sospecha en 2018, como respuesta al intento de asesinato con un gas nervioso en la localidad de Salisbury del doble agente ruso Serguéi Skripal y de su hija Yulia.

El Kremlin llevó hasta territorio británico sus prácticas mafiosas. El Gobierno de Theresa May forzó la expulsión de decenas de diplomáticos rusos y llevó la relación entre los dos países sus horas más bajas. Ordenó un informe exhaustivo sobre esos más de 700 rusos que se habían afincado en el país entre 2008 y 2015. Nunca se publicó, y a pesar de que las cifras se rebajaran, el Reino Unido, como denunció la comisión parlamentaria, siguió “recibiendo a los oligarcas con los brazos abiertos”. Solo en 2021, de los casi 800 visados concedidos a inversores, 82 fueron para ciudadanos rusos.

La ministra de Interior, Priti Patel, anunció esta semana, cuando comenzaron a desplegarse las medidas de respuesta a la agresión de Putin contra Ucrania, que había ordenado la cancelación total del programa de visados a cambio de inversión. Los diputados de la oposición más críticos, que llevan años denunciando la situación, como el laborista Chris Bryan o la liberal-demócrata, Layla Moran, reclamaban más medidas, y una revisión del pasado. “Cerrar las puertas a los compinches de Putin no basta. Muchos de ellos ya han entrado, sin que nadie les preguntara nada. El Gobierno debe publicar ya el informe sobre todos los que obtuvieron visados”, reclamaba Moran.

Boris Johnson anunció en su comparecencia del miércoles ante la Cámara de los Comunes la voluntad de bloquear activos y perseguir a una lista de casi 100 individuos y entidades rusas, y de endurecer las leyes contra la delincuencia económica con una batería de hasta diez nuevas propuestas. La realidad es que la armadura jurídica y social adquirida por los oligarcas en Londres hace muy difícil y costoso ir a por ellos. Las cifras hablan por sí solas: hasta diciembre del año pasado, el Gobierno británico impuso sanciones a 180 ciudadanos rusos y a 48 compañías.

Según la Oficina de Implementación de Sanciones Financieras, desde 2016 se han recaudado poco más de 24 millones de euros en multas. El valor total de las infracciones financieras registradas en el periodo 2019-2020 fue de más de mil millones. “El Gobierno británico ha situado la lucha contra el crimen organizado en el centro de su estrategia de política exterior”, advertía el pasado diciembre el prestigioso centro de pensamiento Chatham House en un informe titulado El Problema de la Cleptocracia en el Reino Unido, “pero no ha acertado en detectar las conexiones íntimas entre la sociedad del Reino Unido y sus instituciones con las élites de los Estados cleptocráticos”. Y Rusia está a la cabeza de todos ellos.

El oligarca Abramóvich renuncia a ser el administrador del Chelsea FC

En tiempos de turbulencia, perfil bajo. El oligarca Roman Abramóvich, siempre posicionado a favor de Vladimir Putin, ha anunciado este sábado que dejará de estar en primera fila en la gestión del club de fútbol del que es propietario desde hace veinte años, el Chelsea FC. “Siempre he visto mi papel como el de custodio del club, para asegurar que tuviera siempre tanto éxito como el que hoy disfruta, mientras seguíamos construyendo su futuro. Y sin dejar de tener una intervención positiva en nuestras comunidades”, ha anunciado la entidad deportiva en un comunicado. “Siempre he tomado mis decisiones con los intereses del club en mi corazón. Sigo comprometido con esos valores. Por eso hoy he decidido entregar a los fideicomisarios de la fundación caritativa del Chelsea la administración del club. Creo que, en los momentos actuales, están en una mejor posición para cuidar de los intereses del club, de los jugadores, del personal y de los aficionados”.

La posición de Abramóvich como propietario del equipo había sido puesta seriamente en cuestión en los últimos días, después de que el Gobierno de Johnson decidiera actuar contra individuos y entidades rusas vinculadas o cercanas a Vladimir Putin. El diputado laborista, Chris Bryant, había exigido a la ministra del Interior, Priti Patel, que sometiera a Abrámovic a un control férreo. 

Muchos le consideran el último superviviente de los oligarcas rusos. El único que ha sabido mantener un perfil bajo y buena relación con el todopoderoso Putin. Sin ambiciones políticas que supusieran una amenaza para el habitante del Kremlin, su único salto al “poder” fue la compra en 2003 del Chelsea. Según varios medios, utilizó las ganancias obtenidas después de vender una importante participación en la aerolínea rusa Aeroflot. Volcó en el club millones de libras, lo llenó de fichajes estrella y atrajo al entrenador más codiciado del momento, José Mourinho. Cinco títulos de la liga inglesa y una Champions en el 2012 frente al Bayern de Múnich. Dieciocho años al frente de un equipo que convirtió a Abramóvich en un rostro familiar para los ingleses. No querido, sin embargo, más allá de los aficionados devotos. La creciente tensión entre Londres y Moscú, que tuvo su momento álgido tras el intento de asesinato, en la localidad de Salisbury, del agente doble Sergei Skripal en 2018, puso las cosas complicadas para el magnate, que inició un periodo de reclusión pública, y ya no era fácil verle sonreír en el palco del Stamford Bridge. En ese mismo año, Abramóvich desistió de su intento de renovar el visado británico y adquirió la nacionalidad israelí.

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Cressida Dick, este jueves en Londres.
Cressida Dick, este jueves en Londres.ANDY RAIN (EFE)

La comisaria general y jefa de la Policía Metropolitana de Londres (Scotland Yard), Cressida Dick, ha anunciado este jueves a última hora su dimisión, después de que el alcalde de la ciudad, el laborista Sadiq Khan, le retirara públicamente su confianza. “La semana pasada, dejé claro a la comisaria jefa la dimensión del cambio que era necesario llevar a cabo con urgencia para que los londinenses recuperaran su confianza en la Policía Metropolitana, y para erradicar el racismo, el machismo, la homofobia, los abusos, la discriminación y la misoginia que existen aún en su seno”, ha anunciado Khan en un comunicado. “No estoy satisfecho con la respuesta de la comisaria”, concluía. Dick, que este jueves por la mañana había dado una entrevista a la BBC en la que se había mostrado desafiante y anunciado que no pensaba dimitir, ha dado finalmente su brazo a torcer.

Ha aguantado cuatro años en el puesto, y nadie ha discutido su rigor, profesionalidad y defensa del personal a su cargo. Pero ha sido incapaz de adoptar decisiones firmes ante los escándalos que han salpicado recientemente al cuerpo policial. A principio de febrero se conoció el resultado de una investigación interna de la Oficina de Conducta Policial sobre las actitudes racistas y homófobas de varios agentes de la estación policial de Charing Cross, en Londres. Mensajes de WhatsApp lanzaban bromas macabras sobre supuestas violaciones y tenían frases de un insultante racismo. Tanto el alcalde como la ministra del Interior, Priti Patel, exigieron a Dick una respuesta dura y firme.

La comisaria ya estaba en la cuerda floja después del escándalo que supuso el año pasado la reacción de los agentes presentes en la vigilia por la muerte de Sarah Everard, la joven violada, asesinada y descuartizada por el oficial Wayne Couzens. La concentración de mujeres en el quiosco de un parque de Londres para protestar por la muerte de Everard, a la que acudió incluso la duquesa de Cambridge, Kate Middleton, había sido desaconsejada por las restricciones sociales derivadas de la pandemia. En vez de mostrar una actitud prudente ante los nervios del momento, los agentes desplegaron contra las manifestantes una violencia que provocó la irritación general de la ciudadanía.

Cressida Dick, de 61 años, tenía ya muchos enemigos cuando decidió, hace dos semanas, meterse en un nuevo avispero y ordenar que la policía investigara las fiestas prohibidas de Downing Street. Puso más presión sobre el primer ministro, Boris Johnson, pero a la vez indignó a los diputados que vieron cómo la injerencia policial retrasaba la publicación del informe sobre las fiestas de la funcionaria Sue Gray.

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El Partido Unionista Democrático (DUP, en sus siglas en inglés) lleva meses mirando de reojo y con pavor las encuestas. Anuncian que perderá su posición de primer partido en Irlanda del Norte en las próximas elecciones autonómicas de mayo, en favor de los republicanos del Sinn Féin (antiguo brazo político del IRA, y partidarios de la reunificación de la isla). Y hace tiempo también que el DUP ha señalado al chivo expiatorio que culpa de todos sus males: el Protocolo de Irlanda, que firmaron Londres y Bruselas para cerrar definitivamente un acuerdo sobre el Brexit. En una acción concertada para dar un golpe al avispero, el ministro principal del Gobierno autónomo (cargo equivalente a primer ministro), Paul Givan, ha anunciado este jueves su dimisión. Y el consejero de Agricultura, Edwin Poots, ha decidido unilateralmente suspender los controles sanitarios de productos ganaderos y agrícolas procedentes de Gran Bretaña, algo de obligatorio cumplimiento según lo acordado entre el Reino Unido y la Unión Europea.

Ambos políticos son unionistas del DUP. Ambos pertenecen a la línea dura del partido, que quiere deshacerse del Protocolo de Irlanda antes de que lleguen las elecciones de mayo. Frente a ellos se sitúa el presidente de la formación, Jeffrey Donaldson, quien quisiera dar una última oportunidad a las negociaciones en curso entre Londres y Bruselas. Después de la dimisión a mediados de diciembre de David Frost como negociador británico con la UE se abrió un cierto margen de esperanza. Tomó las riendas de ese negociado Liz Truss, la ministra británica de Exteriores. Y aunque mantuvo en sus declaraciones el tono de dureza de su predecesor, su voluntad de regresar con otra actitud a la mesa de negociación relajó una relación que a punto había estado de derivar en una guerra comercial entre las dos orillas del canal de la Mancha.

Un portavoz del Gobierno de Johnson ha asegurado este jueves que Downing Street desconocía la intención del Ejecutivo norirlandés de suspender los controles sanitarios, y que el primer ministro desearía una solución lo más pronto posible frente a este nuevo inconveniente.

Truss y su contraparte negociadora, el vicepresidente de la Comisión Europea, Maros Sefcovic, han retomado este jueves sus conversaciones bajo la sombra de la sorprendente decisión del Gobierno autónomo irlandés. “La Comisión Europea ha estado trabajando de un modo incansable con el Gobierno del Reino Unido para solucionar los problemas prácticos derivados de la puesta en práctica del protocolo. La decisión del consejero de Agricultura de Irlanda del Norte resulta de poca ayuda”, ha dicho un portavoz comunitario. “Vigilaremos de cerca los siguientes movimientos en Irlanda del Norte después de este anuncio”, han advertido.

Poots se ha cobijado en un supuesto asesoramiento legal que le permitiría suspender los controles sanitarios ante los problemas que provocan, pero el resto de partidos norirlandeses le han acusado de estar violando las obligaciones de un tratado internacional con fuerza legal. Y a última hora del jueves ni siquiera estaba claro que su orden se hubiera cumplido en los distintos puertos norirlandeses, porque los altos funcionarios encargados de trasladar la directiva habían expresado dudas sobre su legalidad.

La UE no entra en las maniobras políticas internas del Gobierno norirlandés, pero sí responde ante una decisión que choca legalmente con un tratado internacional como es el Protocolo de Irlanda. Firmado como anexo del Acuerdo de Retirada de la UE, el protocolo fue una solución compleja y largamente negociada para solucionar el atasco del Brexit. El abandono del Reino Unido suponía que Irlanda fuera la única frontera terrestre de la UE con ese país. Bruselas quería proteger a toda costa su preciado Mercado Interior, pero no al precio de volver a partir en dos la isla de Irlanda y poner en peligro la paz alcanzada en el Acuerdo de Viernes Santo de 1998. Aquel pacto estableció la conveniente ficción de que Irlanda era una única isla, y su frontera interna se volvió invisible. Cualquier nueva señal de control entre las partes, aunque fuera aduanero, podía resucitar la violencia sectaria. La solución, firmada por Boris Johnson, fue mantener a Irlanda del Norte dentro del espacio aduanero de la UE y trasladar la barrera aduanera al mar de Irlanda.

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Desde entonces, todo han sido problemas. La burocracia y aumento de costes y controles aduaneros y sanitarios para el envío de productos desde Gran Bretaña a Irlanda del Norte desató las protestas de empresas y ciudadanos. Fue la llamada “guerra de las salchichas”, cuando desapareció este producto de las estanterías de supermercados británicos con establecimientos en la región. A pesar de la voluntad de Bruselas de buscar soluciones prácticas —redujo hasta un 80% el número de obligaciones aduaneras—, Londres y Belfast se alinearon en una posición extrema. El Gobierno de Johnson ha mantenido en todo momento sobre la mesa la amenaza de invocar el artículo 16 del protocolo, que permite la suspensión unilateral de sus disposiciones “ante graves dificultades económicas, sociales o medioambientales”. El aumento de la violencia vandálica en las calles de Belfast y Londonderry de los últimos meses, sobre todo por parte de bandas juveniles unionistas, ha sido la justificación esgrimida por el Gobierno de Johnson para replantear un tratado que, sobre todo, irritaba al ala euroescéptica del Partido Conservador y dejaba a los pies de los caballos a los unionistas del DUP, porque su electorado veía el protocolo como una traición que los alejaba aún más del resto del Reino Unido.

La dimisión de Givan

Unionistas y republicanos están obligados a compartir el poder en las instituciones autonómicas de Irlanda del Norte, pero el puesto de ministro principal queda reservado para el partido más votado. Hasta ahora ha sido el DUP. El anuncio de dimisión de Paul Givan implica automáticamente el cese de la viceministra principal, Michelle O’Neill, del Sinn Féin. En el plazo de una semana, los dos partidos deberán ponerse de acuerdo para un nuevo reparto de puestos, o el ministro británico para Irlanda del Norte, Brandon Lewis, estará autorizado a adelantar los comicios autonómicos, previstos para mayo. El movimiento sorpresa del DUP, en teoría, no tendría por qué acelerar el plazo para convocar las urnas, pero su dirección llevaba meses advirtiendo que reventaría la estabilidad de las instituciones políticas autonómicas —al abandonarlas— si no desaparecía el Protocolo de Irlanda. La voluntad negociadora expresada por Londres y Bruselas amenazaba con mantener vivo el problema para cuando mayo llegara, y obligar al DUP a competir con ese lastre. “Nuestras instituciones vuelven a estar sometidas a prueba (…) y su delicado equilibrio ha resultado afectado por el acuerdo entre el Reino Unido y la UE que puso en marcha el Protocolo de Irlanda”, ha dicho Givan en una comparecencia en un hotel de Belfast, al borde de las lágrimas.

La presidenta del Sinn Féin, Mary Lou McDonald, ha exigido la convocatoria inmediata de elecciones, “ante la ausencia de un Ejecutivo en funcionamiento. Debe quedar claro que las maniobras del DUP tienen sus consecuencias”, ha dicho.

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El canciller alemán, Olaf Scholz (derecha), saluda al presidente francés, Emmanuel Macron, este martes al inicio de su reunión en Berlín.
El canciller alemán, Olaf Scholz (derecha), saluda al presidente francés, Emmanuel Macron, este martes al inicio de su reunión en Berlín.MICHELE TANTUSSI (AFP)

Alemania se mantiene firme en su decisión de no enviar armas a Ucrania, pese a la escalada de tensión por la presencia de decenas de miles de tropas rusas junto a su frontera y a las críticas de las autoridades de Kiev, que se consideran abandonadas por Berlín.

El canciller alemán, Olaf Scholz, respondió el martes a las acusaciones de falta de solidaridad asegurando que Alemania “ha hecho mucho para apoyar el desarrollo económico y democrático” de la antigua república soviética. En la cuestión del armamento, sin embargo, no habrá marcha atrás pese a que tanto Estados Unidos como el Reino Unido y los países bálticos están dando apoyo militar a Kiev. Berlín se queda cada vez más aislado en su veto. “Alemania decidió hace años no enviar armas letales a zonas de conflicto”, zanjó Scholz en una conferencia conjunta con el presidente francés, Emmanuel Macron.

A la tradicional reticencia alemana a la exportación de armamento a países en guerra se suma el hecho de que el veto figura también en el acuerdo de coalición entre socialdemócratas, verdes y liberales. Scholz recordó que la negativa tiene también una dimensión histórica que se justifica por “los acontecimientos de las últimas décadas”. El canciller aseguró que Kiev puede contar con Berlín como ha hecho hasta ahora y recordó el compromiso alemán de mantener a Ucrania como país de tránsito de gas. En las últimas semanas Scholz se ha mostrado a favor de paralizar la puesta en marcha del gasoducto Nord Stream 2, controlado por la empresa estatal rusa Gazprom, en caso de ataque.

La situación en Ucrania es “grave”, coincidieron ambos mandatarios, reunidos en Berlín. El mensaje que trasladaron fue de unidad, aunque Macron empleó un tono más firme que su homólogo. “El precio será muy alto” se escuchó tanto en francés como en alemán. Vladímir Putin tiene que saber a qué se expone si pasa de la amenaza al ataque contra la integridad de Ucrania, aseguraron ambos líderes, que apostaron también por mantener las conversaciones con el Kremlin en todos los formatos posibles.

“Nunca abandonaremos el diálogo con Rusia”, aseguró Macron, que enumeró los distintos foros en lo que las potencias occidentales mantienen contactos y reuniones con Moscú: con Estados Unidos, la OTAN, la OSCE, la UE o el conocido como formato de Normandía (Rusia, Ucrania, Francia y Alemania). “Todas y cada una de estas vías deben ser explotadas hasta el final para llegar al objetivo de la desescalada con respecto a Ucrania”, subrayó el presidente francés.

Diálogo “difícil”

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A preguntas de los periodistas sobre el papel de Europa en las conversaciones y del protagonismo de Washington en el diálogo con el Kremlin, Macron insistió en que este último formato es “algo positivo”, pero deslizó que todavía no ha dado ningún resultado claro. Reconoció asimismo que los resultados del formato de Normandía tampoco han estado “a la altura del esfuerzo” que le han dedicado sus participantes. “El diálogo con Rusia siempre es difícil”, constató. Este miércoles se producirá una nueva reunión del formato de Normandía.

Ninguno de los dos mandatarios se atrevió a calificar cuáles son las auténticas intenciones de Putin en el conflicto de Ucrania. “No creo que tenga sentido especular sobre las intenciones de terceros más allá de lo que han dicho en público”, contestó un comedido Scholz. Sin hacer predicciones, Macron sí se extendió en el peligro que supone Rusia para la seguridad europea. “Se están multiplicando los actos de desestabilización contra Estados soberanos que antes formaron parte de la Unión Soviética”, aseguró, y mencionó ejemplos de ofensivas híbridas protagonizadas por Moscú, como los ciberataques, la amenaza migratoria y las maniobras militares. “Rusia se está convirtiendo en una potencia desestabilizadora”, aseguró.

Macron está dispuesto a pedir “aclaraciones” sobre las intenciones de Rusia hacia Ucrania en una llamada telefónica que mantendrá con Putin el viernes. De esa cita de mediación espera “un diálogo con voluntad de exigencia y lucidez”, aseguró. La conversación se enmarca dentro de la estrategia europea de apostar por el diálogo constante con Rusia y por acelerar la vía diplomática en busca de una salida a la crisis. En un primer momento, Moscú anunció que participaría en la conversación el presidente ucranio, Volodímir Zelenski, pero posteriormente modificó la información. La cita con Scholz ha permitido al presidente francés coordinar su posición con Alemania después de la videoconferencia que mantuvieron los principales líderes europeos con el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, el lunes por la noche.

Mientras prosiguen los esfuerzos diplomáticos para evitar un conflicto bélico junto a la frontera oriental de la UE, la OTAN ha anunciado que sus aliados están poniendo sus fuerzas en “estado de alerta” y enviando barcos y aviones de combate hacia la zona para reforzar el flanco oriental de la alianza. Estados Unidos tiene a 8.500 soldados en “alerta máxima” para un posible despliegue en las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y Lituania). España enviará en febrero cuatro cazas a Bulgaria, una contribución a las misiones internacionales en las que participa Madrid ya prevista anteriormente.

Los planes se conocieron al mismo tiempo que EE UU autorizaba a todo su personal no esencial la salida de Ucrania y recomendaba a sus ciudadanos que abandonen el país, en un movimiento que parece indicar la inminencia del ataque, o al menos el convencimiento que tienen tanto Washington como Londres de que se va a producir. También el Reino Unido ha adoptado esta medida, a diferencia de la UE, que afirma no verlo necesario. Rusia, por su parte, mantiene que la escalada de tensión obedece a la “histeria informativa” de Estados Unidos y la OTAN.

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Hasta el último momento la Policía Metropolitana de Londres (la Met, o New Scotland Yard, como se conoce su sede) se había resistido a entrar en el escándalo de las fiestas prohibidas en Downing Street durante el confinamiento. En parte por la excusa de mantener la regla de no investigar infracciones en la pandemia de modo retrospectivo. En parte por esperar a las conclusiones de Sue Gray, la alta funcionaria que ha tomado las riendas de la investigación interna. Pero sobre todo, por el tremendo impacto político que tendría revestir de sospecha criminal una crisis política de tal magnitud. Hasta este martes. La directora de la policía, Cressida Dick, ha confirmado ante la asamblea municipal de Londres que su departamento investiga ya varias de las fiestas que tuvieron lugar en la sede del Gobierno. “Puedo confirmar que la Met investiga en estos momentos varios eventos que ocurrieron en Downing Street y Whitehall [como se conoce al complejo donde se concentran los principales ministerios, antiguo Palacio de Whitehall] en los últimos dos años, en relación con la posible violación de las reglas de distanciamiento social para combatir la covid-19″, ha dicho la comisaria.

La decisión, que incrementa notablemente la presión sobre Johnson, ha sido una combinación de la información compartida entre Sue Gray, la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete que conduce las pesquisas internas, y la propia Cressida Dick. Esta última, presionada en los últimos días por la oposición laborista por su pasividad ante el escándalo, ha valorado además “las opiniones de sus propios agentes” para dar un paso tan delicado, según ha explicado.

Todo ocurre durante una semana crítica para el primer ministro. A la espera del informe de Gray, que todos daban por sentado que sería antes del viernes, aunque no tenga una fecha oficial de publicación, Johnson intenta recuperar una apariencia de normalidad, mientras su equipo transmite la idea de que nada está perdido y de que su jefe pretende plantar cara y resistir en el puesto. Las pruebas, sin embargo, se acumulan en su contra. Como la fiesta sorpresa de cumpleaños que organizó su esposa en pleno confinamiento. Carrie Symonds compró una tarta el 19 de junio de 2020 y convocó a unas 30 personas en el Cabinet Room (la sala del Consejo de Ministros con su mesa ovalada) para sorprender al primer ministro, que ese día cumplía 56 años. Entre los invitados estaba Luly Lytle, la cotizada diseñadora de interiores a la que el matrimonio Johnson había encargado la redecoración de su apartamento privado, en el número 11 de Downing Street.

Hubo comida preparada, procedente de los almacenes Mark&Spencer, y se cantó el Cumpleaños Feliz. Hasta el ministro de Economía, Rishi Sunak, a quien todas las quinielas sitúan como principal candidato a suceder a Johnson, se dejó ver por la fiesta, “aunque no fue invitado”, según uno de sus portavoces. ITV asegura que varios familiares de Johnson pasaron esa noche en Downing Street, y la fiesta se prolongó. Fuentes del Gobierno ya han admitido que los hermanos del primer ministro compartieron esa noche con él y su esposa una barbacoa en el jardín de la residencia, pero que el número de personas nunca superó el límite de seis que estaba entonces vigente.

“Un grupo del personal que trabaja normalmente en el número 10 de Downing Street se reunió brevemente en el Cabinet Room, después de una reunión, para desear al primer ministro un feliz cumpleaños. Él no estuvo presente más de 10 minutos”, aseguran los portavoces de Johnson en su respuesta oficial a las nuevas informaciones. Ya no niegan ni la celebración sorpresa, ni la tarta, ni las 30 personas convocadas en un espacio interior, ni el hecho de que todo eso ocurriera mientras las reglas, para el resto de británicos, prohibían los encuentros en sitios cerrados de individuos procedentes de distintos domicilios.

“Es completamente nauseabundo que el primer ministro dedicara esa tarde a compartir pastel con 30 amigos en un espacio interior. A pesar de que ya nada nos sorprende, todavía nos trae al recuerdo un dolor muy vivo. Mientras decenas de personas le cantaban el cumpleaños feliz, algunas familias no podían siquiera cantar juntas en recuerdo de sus seres queridos en un funeral”, ha dicho Jo Goodman, la mujer que contribuyó a fundar la asociación Justicia para los Familiares de Víctimas de la Covid-19. “Si tuviera alguna decencia, haría lo que nosotros y el resto del país le está reclamando y dimitiría”, ha exigido Goodman. “El primer ministro se ha convertido en una distracción para la nación. Mientras millones de personas luchan por pagar sus facturas, Boris Johnson y su Gobierno dedican todo el tiempo a intentar limpiar su rastro de engaños, corrupción y quebranto de la legalidad”, ha asegurado el líder de la oposición laborista, Keir Starmer.

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Fuentes de Downing Street han confirmado que la polémica fiesta de cumpleaños ya formaba parte de la investigación de Gray, y por tanto no se trata de un episodio nuevo que pudiera retrasar aún más su investigación. Sin embargo, la decisión de New Scotland Yard de entrar a investigar varias de las fiestas puede provocar un efecto inesperado: el equipo de Johnson, según ha adelantado SkyNews, retrasará la publicación del informe hasta que concluyan las pesquisas policiales, que podrían llevar semanas o meses.

La funcionaria, que en última instancia depende directamente del primer ministro, tenía previsto entregar a Johnson una copia de su informe horas antes de hacerlo público. La estrategia del político conservador y de su equipo pasaba por preparar de inmediato una intervención ante la Cámara de los Comunes en la que vuelva a ofrecer sus disculpas e intente “controlar el relato final” de todo lo ocurrido. Por eso muchas voces, comenzando por los editoriales del diario The Times, exigen la publicación íntegra del informe, y no el sumario de conclusiones que Downing Street pretendía presentar.

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Las pruebas contra el equipo de Boris Johnson que revelan otras fiestas en Downing Street durante el confinamiento —la más reciente, un cumpleaños sorpresa para el primer ministro— han llevado al grupo de fieles del político conservador a cambiar de estrategia. Ya no se trata de negar la realidad, sino de intentar ofrecer su versión más presentable. La cadena de televisión ITV ha informado este lunes de un presunto nuevo escándalo.

La esposa de Johnson, Carrie Symonds, compró una tarta el 19 de junio de 2020 y convocó a unas 30 personas en el Cabinet Room (la sala del Consejo de Ministros con su mesa ovalada) para sorprender al primer ministro, que ese día cumplía 56 años. Entre los invitados estaba Luly Lytle, la cotizada diseñadora de interiores a la que el matrimonio Johnson había encargado la redecoración de su apartamento privado, en el número 11 de Downing Street. El presupuesto en muebles y papel pintado para redecorar las paredes, en el estilo orgánico y campestre tan demandado por los famosos británicos, supuso un gasto de más de 100.000 euros y una investigación oficial de la que Johnson se salvó por ocultar unos mensajes de WhatsApp comprometedores.

“Un grupo del personal que trabaja normalmente en el número 10 de Downing Street se reunió brevemente en el Cabinet Room, después de una reunión, para desear al primer ministro un feliz cumpleaños. Él no estuvo presente más de 10 minutos”, aseguran los portavoces de Johnson en su respuesta oficial a las nuevas informaciones. Ya no niegan ni la celebración sorpresa, ni la tarta, ni las 30 personas convocadas en un espacio interior, ni el hecho de que todo eso ocurriera mientras las reglas, para el resto de británicos, prohibían los encuentros en sitios cerrados de individuos procedentes de distintos domicilios.

La indignación de los ciudadanos del Reino Unido en torno al escándalo de las fiestas prohibidas ha hecho que este lunes circulara como la pólvora en las redes sociales un tuit de la policía de Newham, un distrito del este de Londres, publicado el 4 de abril de 2020. Poco más de un mes antes de la fiesta sorpresa de Johnson, pero cuando las reglas de distancia social eran las mismas. Una foto con globos, bebidas y pasteles en la mesa de un domicilio ilustraba la última acción de la policía ese mismo día: impedir una fiesta de 18º cumpleaños en un domicilio particular, con 25 invitados.

“Es completamente nauseabundo que el primer ministro dedicara esa tarde a compartir pastel con 30 amigos en un espacio interior. A pesar de que ya nada nos sorprende, todavía nos trae al recuerdo un dolor muy vivo. Mientras decenas de personas le cantaban el cumpleaños feliz, algunas familias no podían siquiera cantar juntas en recuerdo de sus seres queridos en un funeral”, ha dicho Jo Goodman, la mujer que contribuyó a fundar la asociación Justicia para los Familiares de Víctimas de la Covid-19. “Si tuviera alguna decencia, haría lo que nosotros y el resto del país le está reclamando y dimitiría”, ha exigido Goodman.

A la espera del Informe Gray

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La semana en la que Sue Gray, la vicesecretaria permanente de la Oficina del Gabinete, debe publicar su esperado informe sobre las fiestas prohibidas en Downing Street, la presión sobre Johnson desde todos los ámbitos no ha cesado. “El primer ministro se ha convertido en una distracción para la nación. Mientras millones de personas luchan por pagar sus facturas, Boris Johnson y su Gobierno dedican todo el tiempo a intentar limpiar su rastro de engaños, corrupción y quebranto de la legalidad”, ha asegurado el líder de la oposición laborista, Keir Starmer.

El equipo del primer ministro, que no ha dudado en aprovechar la crisis de Ucrania y la amenaza militar rusa sobre este país para presentar una versión del Johnson estadista, asegura a quien quiere escuchar que el político conservador no está dispuesto a tirar la toalla. Seguirá peleando por mantenerse en el cargo aunque el informe de la alta funcionaria, como cada vez parece más claro, arroje duras críticas contra la cultura de alcohol y falta de respeto a las normas de decoro del equipo de asesores y fieles de Johnson en Downing Street.

Gray tenía previsto interrogar este lunes a Dominic Cummings, el exasesor estrella del primer ministro que ha acabado convirtiéndose en su peor enemigo, después de que su rivalidad con la esposa de Johnson —también ella reputada exasesora de comunicación del Partido Conservador— resultara en su salida humillante, por la puerta de atrás, de Downing Street. Cummings, a través de su blog particular, ha filtrado informaciones sobre las fiestas, y ha dirigido las pesquisas de los medios británicos para que no se despistaran de cuál era la pieza de caza mayor a abatir: el propio primer ministro. Sin embargo, quien fuera el principal ideólogo del Brexit ha decidido finalmente no acudir al encuentro con Gray.

La funcionaria no tiene autoridad para recabar su presencia como testigo, y Cummings ha anunciado que prefería decir todo lo que tenía que decir por escrito, para evitar que “el primer ministro se invente algunas tonterías [sobre la conversación]” “Y las haga circular por los medios, para que tú y yo tengamos problemas”, le ha dicho a Gray en una nueva publicación de su blog. Al parecer, la mujer de cuya investigación depende el futuro de Johnson ha aceptado que Cummings respondía por escrito a sus preguntas.

El polémico asesor ha asegurado que, en cualquier caso, no dejarán de surgir en las próximas semanas nuevas informaciones comprometedoras para Johnson hasta que renuncie a su puesto de primer ministro. Muchos de los diputados conservadores que expresaron la semana pasada su rabia y hartazgo con todo lo sucedido optaron por esperar a la publicación del informe de Gray antes de decidir si ponían en marcha el mecanismo de moción de censura interna que supondría, de salir adelante, la expulsión de Johnson.

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La Unión Europea se ha mostrado este lunes dispuesta a mantener su presencia diplomática en Kiev a pesar de que EE UU y Reino Unido han anunciado la retirada de Ucrania de parte de su personal civil por razones de seguridad. Bruselas considera de momento innecesario ese movimiento de precaución e, incluso, quiere aumentar su apoyo económico y empresarial para contrarrestar la desestabilización que están provocando en el país las continuas amenazas bélicas de Rusia.

La UE ha reiterado que cualquier ataque de Moscú desencadenará represalias económicas sin precedentes. Y la OTAN ha hecho recuento del despliegue de fuerzas de los aliados en el flanco oriental, un gesto de fuerza que ha llevado al Kremlin a asegurar que la probabilidad de un conflicto es más alta que nunca.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha anunciado un paquete de asistencia macrofinanciera de 1.200 millones de euros para ayudar al gobierno de Volodimir Zelenski “a afrontar las necesidades financieras originadas por el conflicto”. Von der Leyen confía en que el Consejo de la UE y el Parlamento Europeo aprueben rápidamente la propuesta “para proceder rápidamente a un primer desembolso de 600 millones de euros”.

Bruselas casi doblará, además, las subvenciones a fondo perdido que ofrecerá a Ucrania este año, añadiendo 120 millones de euros a los 160 millones ya previsto, según ha detallado la presidenta de la Comisión.

El Alto Representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell, ha descartado por su parte secundar la decisión de Washington de comenzar a reducir la presencia diplomática en Kiev a menos que EE UU facilite información que justifique la alerta. “No vamos a hacer lo mismo [que EE UU]”, ha señalado Borrell a su llegada a la reunión del consejo de ministros de Exteriores de la UE en Bruselas. El jefe de la diplomacia europea considera que “mientras las negociaciones [con Moscú] continúen, y de momento continúan, no pienso que sea necesario salir de Ucrania”.

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La UE parece apostar así por una escalada de tensión a medio plazo pero sin un desenlace armado inmediato. Washington, en cambio, asegura que el ataque de las fuerzas rusas contra Ucrania podría producirse en cualquier momento. Y Moscú acusa una y otra vez a Kiev, este mismo lunes de nuevo, de estar preparando un ataque militar contra las provincias ucranianas del Donbás que están en manos de rebeldes prorrusos, una amenaza que, real o no, podría brindar al Kremlin la excusa para irrumpir en el territorio de su país vecino.

Los ministros de Exteriores de la UE han analizado la posibilidad de ese ataque en una reunión por videoconferencia con el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken. Y después, a puerta cerrada, los europeos han abordado los planes de represalias y contingencia que se adoptarían en caso de que el presidente ruso, Vladímir Putin, consume una invasión del territorio ucraniano.

Los ministros de Exteriores de la UE han aprobado por unanimidad un texto en el que reiteran la advertencia a Moscú de que “cualquier nueva agresión militar de Rusia contra Ucrania tendrá consecuencias enormes y costes elevadísimos”. El documento detalla de manera oficial por primera vez que las represalias económicas de la UE y de sus aliados occidentales no afectarán solo a altos cargos rusos sino también “a una amplia gama de sectores”.

Los 27 consideran innegociables ni susceptibles de revisión los textos fundacionales de la seguridad europea tras la Guerra Fría, como el acta de Helsinki o la carta de París. Y señalan que su violación por parte de Moscú sería “una amenaza para la paz y la estabilidad en nuestro continente”.

El documento, cargado de párrafos muy duros contra la Rusia de Putin, mantiene la oferta de diálogo como la mejor vía para resolver el conflicto. Y ofrece un apoyo sin fisuras a la integridad y la soberanía de Ucrania frente a las agresiones que viene sufriendo.

“Cualquier forma de agresión por parte del Gobierno ruso tendrá una postura clara, una respuesta clara por parte de los europeos junto con los estadounidenses y en el marco de la OTAN”, ha señalado la ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock, a su llegada a Bruselas. Pero ha añadido que mientas se contemplan todos los escenarios, la prioridad debe ser la ayuda económica al país asediado.

“Es importante que vigilemos la la situación económica de Ucrania, su estabilización”, ha afirmado Baerbock antes de la reunión de los ministros europeos. Y ha añadido que “estamos trabajando muy estrechamente con Ucrania, tanto en términos de apoyo financiero como de asistencia económica”.

Baerbock también se ha desmarcado de la retirada de personal diplomático anunciada por Washington y ha insistido en que la presencia diplomática y empresarial en Ucrania puede contribuir a estabilizar la situación y a propiciar una desescalada de la tensión. La ministra ha asegurado que la seguridad del personal es la prioridad absoluta “pero también es importante que no contribuyamos a aumentar la incertidumbre de la situación, sino que sigamos apoyando claramente al gobierno ucraniano y, sobre todo, que mantengamos la estabilidad del país”.

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La Comisión Europea y el Gobierno británico han retomado la negociación sobre la aplicación de los acuerdos del Brexit en Irlanda del Norte tras el descanso navideño y, aparentemente, parece que lo han hecho con buen pie. Este viernes, de hecho, el vicepresidente Maros Sefcovic y la ministra de Asuntos Exteriores, Liz Truss, han emitido un comunicado conjunto, algo inusual en los últimos meses, sobre el primer encuentro entre ambos después de que la británica se haya hecho cargo de estas conversaciones, que hasta el mes pasado llevaba David Frost, dimitido ministro para el Brexit del Ejecutivo de Boris Johnson. “La reunión se celebró en una atmósfera cordial. Ambos acordaron que los técnicos se reunirán la próxima semana en conversaciones intensas”, apunta el texto.

Con la salida de Frost del Ejecutivo se esperaba con cierta expectación este primer encuentro. Frost es uno de los miembros del partido conservador británico con posiciones más duras e ideologizadas sobre el Brexit, y su personalidad había marcado fuertemente las negociaciones por sus constantes amenazas a recurrir al artículo 16 del Protocolo norirlandés, que supone la suspensión unilateral del acuerdo que ambas partes suscribieron para que saliera adelante la totalidad del Acuerdo de Retirada británica de la UE, que regula las relaciones entre Londres y Bruselas. En Bruselas se esperaba que la nueva jefa del equipo negociador mantuviera una posición más pragmática, pero un artículo que publicó hace días en la prensa británica había reducido esta esperanza. Finalmente, parece que, al menos en este primer encuentro, este nuevo comienzo permite ver con cierto optimismo la posibilidad de que se encuentre una salida a este asunto.

El Protocolo fue un añadido a los acuerdos generales entre la UE y Londres que permitían dar con una solución al problema más espinoso del Brexit, el encaje del Ulster tras la salida del Reino Unido. Se evitaba así la posibilidad de que se levantara una frontera física entre los condados de Irlanda del Norte y del resto de la Isla, poniendo en riesgo la delicada convivencia en esa zona entre católicos y protestantes y los acuerdos de Viernes Santo de 1998, que pusieron fin a la violencia terrorista entre ambas comunidades. Pero la aplicación de este protocolo, especialmente en el tráfico de mercancías, creó algunos problemas cotidianos que el Gobierno de Londres utilizó para renegar de un pacto que había suscrito en noviembre de 2019 y exigir que se renegociara todo de nuevo.

Esta posición siempre ha sido rechazada por Bruselas, que rechaza empezar de nuevo. La Comisión Europea no niega que la aplicación del protocolo haya traído trastornos en el intercambio de mercancías y por eso ha ofrecido la reducción de muchos de los trámites burocráticos necesarios en la llegada de productos de Gran Bretaña a Irlanda del Norte, ya que esta zona está ahora dentro del mercado común. Pero a lo que se ha negado en redondo es a prescindir del papel del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, una exigencia de Londres que Truss reiteró en su artículo de prensa. El argumento de Bruselas es que supondría el fin de la unidad de mercado.

Hasta ahora, después de tres meses de negociaciones y consumido el primer plazo que fijaba antes de Navidad la resolución del conflicto, solo se ha avanzado bastante en el capítulo de llegada de medicamentos a Irlanda del Norte desde Gran Bretaña.

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El unionismo más radical de Irlanda del Norte (la facción política partidaria de la unión con Gran Bretaña) considera que el protocolo sobre su territorio que selló el Brexit fue una amenaza existencial a su identidad, y en cualquier caso, una traición de Boris Johnson. El líder del Partido Unionista Democrático (DUP), actualmente la mayor de las cuatro formaciones probritánicas, Jeffrey Donaldson, ha estrenado 2022 con la apuesta redoblada de reventar las instituciones de autogobierno de la región si Londres no pone fecha y límite a sus negociaciones con Bruselas. El DUP quiere que todo acabe a finales de febrero. “Si no logramos un progreso rápido y decisivo en las negociaciones, y ambas partes siguen dando patadas al balón hacia adelante, habrá consecuencias graves para la estabilidad de las instituciones políticas de Irlanda del Norte”, ha dicho Donaldson al Daily Telegraph, el diario más defensor del Brexit y más cercano a Johnson.

El Gobierno británico evitó a última hora del año pasado una guerra comercial con Bruselas, al retirar —temporalmente— su exigencia de que el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) no fuera el supervisor último del cumplimiento de las reglas del mercado interno en Irlanda del Norte. Para evitar la imposición de una frontera dentro de la isla (la República de Irlanda es miembro de la Unión y, por tanto, la frontera comunitaria con territorio británico), el Reino Unido y la Unión Europea aprobaron, junto al Acuerdo de Retirada, un documento anejo con el mismo vigor jurídico: el Protocolo de Irlanda. El territorio británico de la isla permanecería dentro del mercado interior de la UE, y los controles aduaneros se realizarían en el mar de Irlanda. Se mantenía así la frontera invisible entre las dos Irlandas que impuso el Acuerdo de Viernes Santo de 1998, que logró preservar la paz con la idea, entre otras, de que ya solo había una Irlanda, aunque en algunos sitios se pagara en libras y se midiera en millas, y en otros en euros y kilómetros.

Londres boicoteó el Protocolo desde el primer minuto. Por varios motivos, prácticos e ideológicos. Las nuevas normas aduaneras impusieron muchas trabas a la exportación de productos desde Gran Bretaña a Irlanda del Norte. Por ejemplo, a los suministros de las grandes cadenas de supermercados con superficies en ambos lados. O para el envío de medicamentos genéricos del Servicio Nacional de Salud británico (NHS, en sus siglas en inglés). Pero los problemas de “fricción comercial”, los que realmente preocupaban a las empresas, fueron en gran parte la excusa para la cerrazón política e ideológica de Londres y de los partidos unionistas de Belfast. El entonces ministro de Johnson para el Brexit, David Frost, redobló la presión sobre Bruselas al exigir la retirada del Tribunal de Justicia de la UE del protocolo, algo nunca antes había planteado, y que irritó a la UE, porque alteraba profundamente el espíritu del tratado. Y las cuatro formaciones unionistas se conjuraron en septiembre para exigir conjuntamente que se retirara por completo el Protocolo.

El DUP fue aún más lejos, y anunció que abandonaría las instituciones de autogobierno norirlandesas, que comparten por imposición del acuerdo de paz republicanos y unionistas. Todo un golpe a una autonomía siempre endeble y en peligro, que ha llegado a estar hasta tres años suspendida por Londres, ante las desavenencias de sus miembros.

La decisión de Johnson de poner las riendas del Brexit en manos de su nueva ministra de Exteriores, Liz Truss, después de que Frost anunciara por sorpresa su dimisión a finales de diciembre, fue acogida con alivio. Es cierto que la propia Truss se encargó de ratificar en un comunicado la línea oficial del Gobierno, esto es, que mantenía abierta la posibilidad de invocar el artículo 16 del Protocolo, y suspender unilateralmente gran parte de sus disposiciones. Pero el anuncio previo de que se abandonaba la exigencia de anular el papel del TJUE en Irlanda del Norte fue interpretado por Bruselas —y por Dublín, al que afecta más directamente el conflicto— como una señal de flexibilidad en las negociaciones.

La presión sobre Truss, sin embargo, llega ahora por partida doble. No solo el ala dura y euroescéptica del Partido Conservador, cada vez más alejada de Johnson, vigilará que no se aleje de la pureza del Brexit conquistado. Los unionistas, especialmente el DUP, no van a dejar de apretar las tuercas. El próximo mes de mayo se celebran elecciones autonómicas en Irlanda del Norte. Y la amenaza para las fuerzas probritánicas se desborda por varios frentes. Demográfica y electoralmente, cada vez es más poderosa la mayoría que suman partidos republicanos como el Sinn Féin o progresistas a secas como el Alliance o el Partido Socialdemócrata y Laborista (SDLP). Y el Partido Unionista del Úlster (UUP), protagonista de los años que llevaron la paz a la región, pero que permanece desde hace una década en dique seco, tiene ahora serias posibilidades de arrebatar el trono a un DUP en horas bajas. Por eso los matices son importantes, y su dirección ha sugerido ya fórmulas pragmáticas para rescatar (o modificar sin alterar sus fundamentos) el Protocolo, en vez de seguir clamando por su derogación. Si el nuevo líder del DUP, Donaldson, comienza a sentirse acorralado, se sentirá tentado a dinamitar las instituciones de autogobierno en febrero, y acelerar el comienzo de una campaña electoral con resultado incierto para Belfast, Londres y Dublín.

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