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Trabajadores preparan las mesas de votación en Bogotá, este viernes.
Trabajadores preparan las mesas de votación en Bogotá, este viernes.Carlos Ortega (EFE)

El Congreso de la República necesita renovación, y en eso coincide casi todo el país. Ese desempeño ha estado lleno de escándalos, malas decisiones, y muy pocos resultados. Para no mencionar a esa gran mayoría arrodillada ante un Ejecutivo marcado por su bien ganada impopularidad y desprestigio. Una encuesta reciente de Invamer destaca que el Congreso de la República ha venido perdiendo credibilidad desde el Gobierno de Juan Manuel Santos hasta tener hoy un 85% de imagen negativa.

Sin duda, esta realidad debe enmarcarse en un contexto más amplio: el del deterioro de la institucionalidad del país cuando esta era una de sus fortalezas. No se salva ninguno, desde los órganos legislativos hasta los entes de control; y entre ellos, la Registraduría Nacional del Estado Civil vital para las elecciones y gran responsable de su manejo en el país. No solo pocos creen hoy en su transparencia, sino que la mayoría está convencida de que el fraude electoral es inminente.

Ante el cambio de Gobierno en agosto, la paradoja está en que mientras se demanda un nuevo Congreso que sí cumpla el papel crucial que se requiere, la realidad parece indicar que estas elecciones legislativas tienen más sombras que luces. La Registraduría Nacional informa que son 2.835 candidatos al Congreso, 934 para ocupar 108 puestos en el Senado y 1.901 para 172 curules en la Cámara de Representantes. Entre los senadores 100 serán elegidos por circunscripción nacional, dos por circunscripciones indígenas, cinco del partido Comunes (ex FARC) y el candidato derrotado en la segunda vuelta de la elección presidencial. En la Cámara 161 serán de circunscripción territorial —Bogotá y 32 departamentos—, dos afrocolombianos, un indígena, un colombiano en el exterior, un raizal, cinco del partido Comunes y la formula vicepresidencial del candidato derrotado.

Para ser objetivos empecemos por lo positivo que puede tener el Congreso que se elegirá el 13 de marzo. Sin duda, se caracterizará por su pluralidad étnica que refleja la realidad de Colombia. En esta contienda tanto para Senado como Cámara debe destacarse un número muy significativo de mujeres, 39.6% del total de aspirantes; un aumento del 6% frente a las elecciones de 2018. Pero tal vez lo más novedoso es que como resultado del Acuerdo de Paz de 2016, se crearon 16 Circunscripciones Especiales para la Paz que implican la participación de 16 representantes de las víctimas del conflicto armado provenientes de los territorios más afectados por esta guerra interna.

Pero detrás de lo anterior hay un lado muy negativo. Es innegable el gran número de candidatos cuestionados: o con investigaciones penales y disciplinarias, o herederos de caudales electorales de personas condenadas, o asociados a escándalos de parapolítica, o involucrados con carteles, o parte de episodios de corrupción como Odebrecht, o por nexos con grupos armados. Según la Fundación Pares, son 108 en ese grupo, es decir, el 3.8%. El otro lío es que ante la evidencia de compra masiva de votos, inclusive de grupos políticos con un candidato a la presidencia, Alex Char, la indiferencia de muchos electores crece. Se sabe que hay por lo menos 33 clanes con empresas de compra de votos que apoyan al 53% de los candidatos cuestionados.

Más doloroso aún son los graves problemas que enfrenta la elección de las curules de paz. Frente a candidaturas no precisamente de víctimas, como la de un hijo de un reconocido paramilitar y victimario, el Gobierno ha sido indiferente, y con ello, ha frenado que las verdaderas víctimas tengan voz en el Congreso. “Un fracaso de la democracia colombiana” es como el diario El Espectador califica que el presidente Duque no les haya dado la financiación estatal a la cual tienen derecho por ley y que su Gobierno no haya garantizado su seguridad para que hagan campaña. ¿Cómo pueden entonces competir con el hijo de ‘Jorge 40‘, que sí tiene la financiación asegurada para hacerse elegir? Todo esto ha llevado a la renuncia por falta de garantías de al menos 10 de estos candidatos.

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Pero aún hay más. Si bien sí hay candidatos que representan la renovación y que sí pueden luchar por los colombianos, estos se han enfrentado a la invisibilidad de sus nombres y propuestas por la coincidencia de su elección con las consultas presidenciales que definirán quien representará a los partidos en la gran contienda. Los debates han estado centrados en las llamadas coaliciones —Centro Esperanza, Equipo por Colombia y el Pacto Histórico— llenas de precandidatos y en los otros cinco ya candidatos que han copado la atención pública. Lo anterior puede fácilmente traducirse en lo indeseable: que se reelija ese viejo, ya conocido, y mal Congreso de la República porque muy pocos candidatos de buen perfil han tenido el espacio para que el país los conozca y vote por ellos.

Esta paradoja a la que se enfrenta este país el 13 de marzo es uno de los mayores retos de la sociedad colombiana. La elección de un nuevo Jefe de Estado que responda al clamor de un país que quiere paz, crecimiento, equidad, transparencia, y democracia puede frenarse en seco porque no hay Gobierno que pueda cambiar una nación si no tiene el apoyo de la mayoría del Congreso. El futuro de Colombia es preocupante, pero como este es el país de las mil paradojas, la esperanza está en nuestros jóvenes.

La economista, exsenadora y exministra colombiana Cecilia López Montaño es actualmente la presidenta de la Fundación CiSoe

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Vasily Nebenzya, embajador de Rusia en la ONU, el miércoles pasado en la sede del organismo en Nueva York.
Vasily Nebenzya, embajador de Rusia en la ONU, el miércoles pasado en la sede del organismo en Nueva York.John Minchillo (AP)

Que Rusia presida este mes el Consejo de Seguridad de la ONU puede verse como una simple coincidencia o una grave paradoja: el agresor disfrazado de árbitro; el zorro cuidando el corral de las gallinas. También depara escenas peculiares. Mientras el ministro de Exteriores ucranio, Dmitro Kuleba, se dirigía el pasado miércoles a la Asamblea General, el representante permanente de Rusia ante la ONU, el embajador Vasily Nebenzya, presidía una reunión del máximo órgano ejecutivo… sobre Oriente Próximo. Para escuchar a Kuleba ocupó el asiento ruso un diplomático de menor rango. Por la noche, en la segunda reunión del Consejo en apenas 48 horas, saboteada por el anuncio del Kremlin de “una acción militar especial” en Ucrania, el anfitrión Nebenzya hubo de oír, impertérrito, toda clase de condenas, que se convirtieron en un dramático duelo cuando tomó la palabra su homólogo ucranio, Sergiy Kyslytsya. Victimario frente a víctima: la dramatización del conflicto.

Es una situación sin precedentes. Ningún embajador soviético o ruso ocupaba la presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU durante crisis similares. En los cinco casos más parecidos (la revolución húngara en 1956; la Primavera de Praga, 1968; la invasión soviética de Afganistán, 1979; la guerra de Georgia, en 2008, y la invasión y anexión de Crimea en 2014), “la función principal del embajador soviético o ruso era vetar cualquier resolución o declaración que condenara las acciones de su país. Probablemente, esa seguirá siendo la principal tarea del embajador Nebenzya”, sostiene Ian Johnson, de la Universidad de Notre Dame (Indiana).

El presidente aprueba el orden del día de las reuniones, concede la palabra y decide el orden de votación de las enmiendas o resoluciones. “En teoría, debería recusarse si el asunto que se discute está directamente relacionado con el Estado que representa, pero esto ha sucedido muy raramente”, explica Johnson.

Dado el poder de veto de Rusia, uno de los cinco miembros permanentes de los 15 que componen el Consejo, las reuniones de urgencia del lunes y el miércoles no arrojaron ningún resultado concreto. Esgrima verbal, el habitual cruce de acusaciones y alguna intervención reseñable quedaron en nada, como suele pasar con las convocatorias relativas al conflicto israelo-palestino por el continuo veto de EE UU. Pero quien esperara algún beneficio o baza por parte de Rusia por su especial protagonismo, lo hizo en vano. “No está claro si ocupar la presidencia presenta alguna ventaja para Rusia en esta crisis. Nebenzya intentó celebrar la reunión del lunes a puerta cerrada. Pero aparentemente bajo presión de EE UU, admitió celebrarla públicamente”, añade el profesor de Notre Dame.

Tampoco debería verse premeditación en lo que es una simple coincidencia. “Dado que la presidencia rotatoria se determina a finales del otoño tras la elección de nuevos miembros, considero que no es creíble sugerir que los rusos vieron este turno como parte de su plan para invadir Ucrania, algo que podrían explotar a su favor. Aun así, cabe notar, ahora que la invasión está en pleno apogeo, la presidencia a partir del 1 de marzo [Emiratos Árabes Unidos] bien puede limitar el debate y la discusión sobre el tema”, sostiene George A. Lopez, profesor emérito de Estudios de Paz en Notre Dame.

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La diplomacia, cuando se juega en el máximo foro de la ONU, es a veces algo más que lengua de madera. Dos momentos, pertenecientes cada uno de ellos a las reuniones del lunes y el miércoles, pasarán a la historia de la organización: el discurso del embajador de Kenia, Martin Kimani, alertando de los peligrosos estertores de imperios caídos (en alusión a la URSS), y la entereza de Kyslytsya el miércoles, minutos después de conocer la declaración de guerra del Kremlin, encarándose con su homólogo ruso.

“Creo que se ha exagerado la importancia de la presidencia rusa del Consejo; el presidente en realidad tiene poderes bastante limitados. Los rusos no pudieron impedir el debate, y eso fue vergonzoso cuando el embajador de Kenia pronunció un brillante discurso atacando el comportamiento imperialista de Moscú”, señalaba horas antes de la segunda cita Richard Gowan, experto en la ONU del International Crisis Group. Gowan, no obstante, concede algo de crédito personal a Nebenzya “por presidir la reunión de manera bastante profesional, especialmente cuando, parece, se está recuperando de un caso bastante desagradable de covid”. Nebenzya replicó brevemente a su homólogo ucranio el miércoles, no más que dos frases lacónicas sobre las intenciones de Moscú.

“Los rusos intentaron utilizar la reunión anterior del Consejo, el 17 de febrero, sobre los acuerdos de Minsk para acusar a Ucrania de incumplir sus obligaciones en el Donbás”, subraya Gowan. “Pero unos días después, Putin dinamitó los acuerdos de Minsk para siempre. Eso hace que parezca que el equipo ruso en Nueva York [ante la ONU] estaba siendo engañoso o bien no estaba informado de los planes de Putin”. Miembros del Consejo, como Kenia y Gabón, que se mostraron escépticos en un debate sobre Ucrania en enero, han cambiado de posición desde entonces y son severamente críticos con Rusia, subraya el experto. “Creo que Moscú está perdiendo la batalla por controlar la narrativa política sobre Ucrania en la ONU, pero la triste realidad es que Putin ignorará a la ONU, y lo que importa es el verdadero equilibrio de fuerzas en Ucrania, no los buenos discursos en Nueva York”. Unas palabras proféticas, confirmadas horas después.

“Hemos visto dos sesiones extraordinarias del Consejo, incluida esta noche [la del miércoles], con fuertes condenas del secretario general y de Estados miembros. Sí, el embajador ruso pronunciará afirmaciones grandiosas sobre la legalidad y los ‘objetivos limitados’ de su acción, pero Guterres y el Consejo no se lo creen. Moscú no podrá escapar a gran parte de estas críticas, a pesar de que “controla la pluma” [el relato]. Moscú está solo (a excepción de Bielorrusia, parece) en sus afirmaciones y acciones. Pero a Putin no parece importarle”, concluye Lopez.

Junto al discurso histórico del embajador de Kenia, para muchos el mejor escuchado en la ONU en años, y el tenso cara a cara de los diplomáticos ucranio y ruso, esta semana convulsa, también diplomáticamente hablando, ha dejado otra imagen para el recuerdo: Kyslytsya, esgrimiendo el lunes un papel que enfrentaba el texto de los decretos que Vladímir Putin firmó en vísperas de la invasión de Georgia en 2008 y, este lunes, para reconocer a las irredentas repúblicas del este de Ucrania: como dos gotas de agua. La historia se repite. Hungría, Praga, Afganistán, Georgia, Crimea. Y Ucrania.

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A menos de un mes de la votación de las tres consultas para elegir candidato presidencial dentro de las principales coaliciones en Colombia (izquierda, centro y derecha), Gustavo Petro sigue siendo el contendiente más claro y destacado dentro de todas las consultas. Entre un 77% y un 90% de los que pretenden votar en la consulta del Pacto Histórico el próximo 13 de marzo afirman que lo elegirán por encima de sus rivales de plataforma.

La distancia contra su contrincante inmediata, la activista afro y campesina Francia Márquez, es abismal: en su mejor sondeo, el último del Centro Nacional de Consultoría, apenas alcanza el 12%. Eso por no hablar del rebotado del Partido Verde Camilo Romero, que se queda en un 5% en el mejor de los casos, ni del resto de candidatas y candidatos, que están incluso por debajo.

Petro mantiene esta descomunal ventaja gracias a una campaña continua de cuatro años, desde que cayó derrotado en segunda vuelta contra Iván Duque en 2018, que le ha permitido ser el precandidato más conocido de lejos. Según la última edición de la encuesta bimensual de Invamer, la más longeva del país, a finales de 2021 solo un 22% de la ciudadanía no tenía opinión sobre él. Este es un indicador aproximado de personas que no están lo suficientemente familiarizadas con su candidatura, no se acuerdan o nunca han oído hablar de Gustavo Petro: una minoría, sin duda.

Ahora bien, el precio a pagar por este dominio es doble. En primer lugar, hacia afuera, convierte a Petro en el blanco de todos los golpes. El resto de candidatos fuera de la coalición del Pacto Histórico solo tienen incentivos para atacar a quien ya anticipan que será su rival después del 13 de marzo. Eso anticipa el desgaste, que de hecho se aprecia en la alta proporción de colombianos que tienen una opinión desfavorable de Petro: un 44%.

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Ciertamente, hay un 34% que lo ven con buenos ojos, lo que le deja un neto de diez negativos. Pero esto solo muestra que Petro es una figura polarizante. Aquí los datos coinciden con la conversación que casi cualquiera puede tener, y muchos han tenido ya, en su entorno familiar o de amigos sobre el senador.

Esta polarización es una bendición y una maldición al mismo tiempo. Las tres encuestas de intención de voto que comparan entre candidatos de distintas coaliciones publicadas hasta ahora en 2022 le dan alrededor de un 27-28% de intención de voto como máximo, un nivel similar al que le facilitó el acceso a la segunda vuelta en 2018 (25%), que fue suficiente pero se quedó a solo 250.000 votos del tercero, Sergio Fajardo. Petro deberá demostrar que puede romper esta barrera para ser verdaderamente competitivo.

El segundo precio a pagar por el dominio absoluto es hacia adentro, con sus propios compañeros de viaje y, en este instante, rivales por una plaza que a tenor de todos los datos (y las conversaciones a pie de calle) parece prácticamente decidida. El resto de candidatas y candidatos podrían preguntarse cuál es exactamente su papel en una plataforma que ahora mismo tiene más bien forma de pirámide.

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