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El nuevo presidente de Chile, Gabriel Boric, ha cargado contra el rey Felipe VI. En una entrevista con la televisión local T13 el lunes por la noche, consideró “bien inaceptable” que su ceremonia de asunción, celebrada el viernes 11 de marzo al mediodía, se demorara “porque el rey de España llegó tarde”. La ceremonia de juramento comenzó 15 minutos tarde, según el horario previsto. Felipe VI llegó el último entre los 12 jefes de Estado que se esperaban en Valparaíso, a 120 kilómetros de Santiago, donde está la sede del Congreso.

Fuentes de la Casa del Rey indicaron que “la delegación española siguió en todo momento las indicaciones del protocolo y seguridad chilena, que son quienes marcan el ritmo de llegada de las caravanas”. “De hecho, la caravana con la delegación española estuvo esperando en fila detrás de otras hasta que protocolo y seguridad dieron la instrucción de que ya se podía acceder”, agregaron.

Boric no se había referido al retraso en el inicio de su ceremonia hasta ahora. Lo hizo en una entrevista distendida en Las caras de La Moneda, un programa conducido por el animador televisivo Don Francisco, uno de los más populares de Chile y Latinoamérica. Las caras de La Moneda (como se llama la sede del Gobierno chileno) prometía durante la campaña mostrar a los televidentes “la persona” detrás “del candidato”.

Boric agradeció el lunes a Don Francisco la entrevista que le hizo días antes de la segunda vuelta del 19 de diciembre, a la que consideró clave en su triunfo sobre el ultraderechista José Antonio Kast. Consultado por el conductor del programa sobre las impresiones que le había dejado su asunción ante el Congreso, cargó contra Felipe VI. “Me pareció bien inaceptable que se atrasara la ceremonia porque el rey de España se había atrasado. Pero bueno, son cosas que pasan. Uno tiene que aceptar los protocolos establecidos”, dijo Boric.

Los invitados debieron recorrer el viernes por carretera los 120 kilómetros que separan Santiago de Valparaíso. Por cuestiones de seguridad, no se les permitió utilizar el aeropuerto de Viña del Mar, ubicado a unos pocos kilómetros. Una vez en Valparaíso, las comitivas sorteaban tres cordones de seguridad antes de llegar a la sede del Parlamento. Cuando la hora de inicio de la toma de juramento se acercaba, era evidente que ya no se podría cumplir con el horario estipulado. A las 12.00 horas, había aún largas filas de coches esperando para dejar invitados frente a las escalinatas del edificio. Las comitivas oficiales de jefes de Estado y presidentes incluían varios vehículos de custodia que se amontonaban sobre la calle. Cada nuevo invitado debía esperar el retiro de toda la comitiva anterior. Felipe VI llegó minutos después que el presidente de Bolivia, Luis Arce. Cuando el Rey ingresó al edificio, se cerraron las puertas y comenzó la ceremonia.

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La presidenta electa de Honduras Xiomara Castro saluda a su llegada a la sede del Congreso Nacional este domingo en Tegucigalpa.
La presidenta electa de Honduras Xiomara Castro saluda a su llegada a la sede del Congreso Nacional este domingo en Tegucigalpa.GUSTAVO AMADOR (EFE)

No habrá luna de miel para Xiomara Castro. A cuatro días de la fecha prevista para que asuma el poder en Honduras, la presidenta electa está inmersa en su primera crisis después de que los congresistas eligieran dos juntas directivas del Parlamento —una en el edificio legislativo y otra en un club social a las afueras de Tegucigalpa— en un movimiento que revela un enfrentamiento con miembros disidentes de su partido.

Los problemas para la líder del izquierdista Partido Libertad y Refundación (Libre) se hicieron patentes el viernes cuando lo que debía ser el trámite de la elección de la junta directiva del Parlamento terminó en una trifulca con golpes y empujones después de que un veintena de diputados disidentes de la agrupación se opusieron a elegir a Luis Redondo, el designado por la mandataria electa. Esos parlamentarios optaron por apoyar a Jorge Cálix, uno de los disidentes de Libre, que también contó con los 44 votos del Partido Nacional, el movimiento político del actual presidente Juan Orlando Hernández, que lleva doce años consecutivos en el poder. Castro, que ganó las elecciones de noviembre de manera contundente, lo calificó entonces como una “traición” por parte de sus compañeros de partido díscolos y no reconoció a esa junta directiva.

Las diferencias entre ambas facciones de Libre se consumaron este domingo, el día previsto para que la elección se hiciera oficial, cuando se han juramentado dos directivas parlamentarias en paralelo. Mientras la sede del Congreso en Tegucigalpa estaba rodeada desde el sábado por seguidores de Castro que llevaban a cabo una vigilia convocada por la presidenta electa, en un club social de Zambrano, a unos 30 kilómetros al norte de Tegucigalpa, Jorge Cálix era ratificado en una sesión convocada por la junta directiva provisional electa el viernes.

En un discurso tras su nombramiento, Cálix dijo que trabajará junto con la presidenta electa pese a sus diferencias. “Nuestra agenda legislativa tiene como prioridad hacer realidad el plan de Gobierno de Castro”, aseguró.

Poco después, en la sede del Parlamento, diputados oficiales y suplentes han elegido una directiva paralela encabezada por Luis Redondo, que ha sido reconocida por Xiomara Castro. “Le invito a mi juramentación junto al pueblo el 27 de enero. Felicito a diputadas que rechazan 12 años de redes de corrupción de “Joh” (Juan Orlando Hernández): camino a saludarles en el CN (Congreso Nacional) ¡Ganamos!”, escribió en la red social Twitter.

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La designación de Redondo como el candidato de Castro a presidir el Parlamento quedó determinada antes de las elecciones de noviembre en una alianza que la mandataria electa y su esposo, el expresidente Manuel Zelaya —quien también es coordinador general de Libre—, suscribieron con el Partido Salvador de Honduras (PSH). Una de las exigencias de Salvador Nasralla, el líder de esa agrupación que obtuvo 10 diputados, era escoger al jefe del Congreso. Pero parte del partido rechazó el nombre propuesto a favor del de Jorge Cálix.

Esta nueva crisis política genera incertidumbre para la ceremonia de investidura de Castro, prevista para el próximo jueves 27. El viernes, tras los incidentes en el Parlamento, Castro dijo que haría su juramentación ante un juez civil.

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Daniel Ortega llegó más temprano de lo previsto a su acto de investidura, celebrado en la vieja Plaza de la Revolución Sandinista, en Managua. Lo acompañaba su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo, quien con severidad llamaba la atención de las edecanes que les mostraban el camino hacia la tarima. En el descampado de concreto, cuidadosamente acomodados en sillas vestidas de blanco con un listón azul, los asistentes esperaban a la pareja presidencial que venía a sellar su perpetuación en el poder, luego de encarcelar a todos sus opositores antes de las elecciones de noviembre pasado. El aforo lo llenaban simpatizantes sandinistas, funcionarios del Estado, policías y militares. En el sector de los invitados internacionales sobresalían dos expresidentes salvadoreños prófugos de la justicia, Salvador Sánchez Cerén y Mauricio Funes, activistas estadounidenses nostálgicos de la revolución sandinista y representantes de remotas naciones cuyos nombres no podía pronunciar el diputado oficialista Wilfredo Navarro, encargado de dar el recibimiento.

Ortega, más hiperactivo de lo habitual, saludaba a las delegaciones foráneas. Daba apretones de manos, se movía de un lado a otro de la tarima, ansioso, hasta que se bajó de imprevisto del podio para ir a recibir a uno de sus invitados especiales, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, quien llegó impoluto en su guayabera almidonada. Le siguió el venezolano Nicolás Maduro, el tercer jefe de Estado en acompañar a Ortega a la investidura. El primero en llegar a la plaza había sido el hondureño Juan Orlando Hernández, mandatario saliente señalado por narcotráfico en una corte de Nueva York y que en los últimos meses se ha acercado a su par nicaragüense.

Esos fueron los tres únicos jefes de Estado que acompañaron a Ortega y su esposa en una toma de protesta marcada por un aislamiento internacional sin precedentes, incluso mayor al que sufrió Nicaragua en la década de los ochenta durante la Revolución Sandinista. 39 países, varios sistemas como la Unión Europea y 25 naciones de la Organización de Estados Americanos (OEA) desconocen la legitimidad de las elecciones de noviembre pasado. Así, la pareja presidencial inauguró un nuevo periodo de ilegitimidad y aislamiento. Pese a que los anfitriones quisieron esforzarse por aparentar que el mundo los acompañaba en la toma de protesta, la lista de asistentes internacionales quedó así: dos presidentes autoritarios, uno con nexos con el narcotráfico, dos expresidentes prófugos y varios representantes de pequeños países. Las delegaciones que fueron enumeradas por el diputado Navarro no estuvieron compuestas por altos funcionarios, incluida la de México, cuyo Gobierno trastabilló en los últimos días sobre si mandaría a alguien o no.

A la par de Díaz-Canel, Maduro y Juan Orlando Hernández se situó la delegación de China, país al que Ortega reconoció hace un mes tras quebrar la relación con Taiwán. Pekín envió como cabeza de la comitiva a Cao Jianming, vicepresidente del Comité Permanente de la Asamblea Nacional Popular Comunista. Previo al acto en la Plaza de la Revolución, Ortega y los chinos firmaron cuatro acuerdos, entre los que sobresale la cooperación en el marco de la franja económica de la Ruta de la Seda y la ruta marítima de la Seda del siglo XXI. La ruta de la Seda está concebida como una red china de infraestructuras repartida por los cinco continentes que puede costar hasta un billón de dólares.

En una ceremonia que reflejó su aislamiento internacional, Ortega recibió la banda presidencial de las manos del presidente de la Asamblea Nacional, el muy leal diputado Gustavo Porras. De inmediato, el mandatario tomó el micrófono y empezó una perorata que tuvo tres momentos determinantes. El primero, cuando se quejó de la ausencia de delegaciones de Estados Unidos y Europa. “El Gobierno yanki y los gobiernos europeos no mandan delegados, pero qué mayor orgullo tener aquí a representantes a hombres y mujeres dignas que luchan por la verdadera independencia en sus países”, dijo en referencia a los representantes de esos países que se movían al ritmo de las canciones de propaganda.

Luego, Ortega invocó el asalto al Capitolio en Washington, cometido por hordas trumpistas hace un año. Para justificar a los más de 160 presos políticos que tiene en Nicaragua, el presidente recién investido sostuvo que los procesados por la toma del Congreso estadounidense “son 700 presos políticos”. “¿Qué esperan para ponerlos en libertad? Ahí están duros contra ellos… Y, ¿cómo habrían reaccionado los yanquis si se les dieran actos de terrorismo como los que enfrentamos en el 2018?”, insistió, en referencia a las protestas ciudadanas en Nicaragua que policías y paramilitares bajo su dictado reprimieron con violencia.

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Al final del discurso, Ortega dijo que su meta “es darle continuidad a la buena marcha que traíamos hasta antes de abril 2018. Eso, borrón y cuenta nueva, y vamos adelante”, zanjó. La declaración comenzó a ser mal vista de inmediato, así como interpretada como una forma de Ortega de oficializar impunidad sobre el reclamo de justicia de las 355 víctimas fatales de abril de 2018. Una lápida de olvido.

La mañana de este lunes, previo a la cuestionada investidura de los Ortega-Murillo, Estados Unidos y la Unión Europea sancionaron conjuntamente a funcionarios y entidades del régimen claves en el engranaje represivo, como la Policía Nacional, el Consejo Supremo Electoral y el Instituto Nicaragüense de Telecomunicaciones y Correos (Telcor), entidad encargada de una granja de troles para generar desinformación, según reveló una investigación periodística en junio de 2021.

Estados Unidos puso la nota dura al sancionar a seis personas más, en especial a tres generales del Ejército de Nicaragua, una institución que siempre ha alegado que se mantiene al margen de la represión política, aunque muchas organizaciones de derechos humanos la acusan de complicidad e inacción ante el desarme de grupos paramilitares que operan al margen de la Constitución. Posteriormente, EE UU también anunció que cancelaba las visas a 116 personas “cómplices de socavar la democracia en Nicaragua”, incluidos alcaldes, fiscales, administradores universitarios y funcionarios policiales, penitenciarios y militares.

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